Portugal

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Publicado por astro 01/03/2009 @ 17:38

Tags : portugal, europa, internacional

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Homosexualidad en Portugal

Busto de mármol de Adriano, del siglo II, amante de Antínoo. Hoy en el Palazzo di Conservatori.

La homosexualidad en Portugal ha sido sobre todo dominada a lo largo de la historia por la ideología cristiana de la Iglesia Católica Apostólica Romana, que caracteriza la sexualidad como un acto exclusivamente destinado la procreación, por lo que todas las demás actividades sexuales son vistas como pecaminosas y contrarias a Dios. A partir del siglo XVI la Inquisición portuguesa se encargó incluso de investigar, juzgar y condenar en la hoguera la sodomía. Esta visión moralista de la sexualidad se mantuvo hasta finales del siglo XX, a pesar de la descriminalización que había ocurrido anteriormente, implicando que la gran mayoría de los homosexuales prefiriera esconderse a los ojos de la sociedad.

Actualmente la sociedad portuguesa ha venido a reducir progresivamente la discriminación por orientación sexual, tanto a nivel social, como político y legal, sobre todo entre las capas más jóvenes de la población. La homosexualidad, cada vez más, está comenzando a ser considerada como una variante más de la sexualidad humana, de la esfera íntima y personal de cada uno, y en gran medida libre de connotaciones de índole moral. Los derechos más importantes que aún son negados a los homosexuales en Portugal son el derecho al matrimonio y el derecho a la adopción de niños.

Los romanos trajeron, juntamente con los otros elementos de su cultura, su moralidad sexual. En la sexualidad romana era factor determinante el estatus individual: la moralidad de los ciudadanos romanos les permitía, indiferentemente, penetrar a jóvenes esclavos, eunucos y prostitutos o esclavas, concubinas y prostitutas; por el contrario, no era aceptable que un ciudadano romano practicara sexo con otro ciudadano, ni dejara que cualquier otro hombre, cualquiera que fuera su edad o estatuto, lo penetrara. La distinción entre el homosexual activo (que podía tener sexo con mujeres y con hombres) y el pasivo era muy marcada, siendo el último visto como servil y afeminado, indigno de la ciudadanía romana, cuyos miembros masculinos debían ser viri, «hombres». Esta moralidad fue utilizada, por ejemplo, contra Júlio César, cuyos supuestos devaneos de juventud con Nicomedes IV, el rey de Bitínia, más viejo y su superior, corrían por las bocas de toda Roma; a lo que César respondió seduciendo a las mujeres de sus adversarios: «César, el hombre de todas las mujeres, la mujer de todos los hombres».

En general, en Roma dominaba una forma de sexualidad muy semejante a la practicada por los griegos, siendo la principal diferencia la no aceptación de la pederastia como relación sexual aceptable, incluyendo una componente pedagógica, entre un ciudadano adulto y otros más jóvenes.

El lesbianismo también era conocido en la Roma Antigua, tanto en su forma sáfica, o sea, entre mujeres «femeninas» que apreciaban sexo con adolescentes —una especie de pederastia femenina—, como en la forma tribadista, en la que mujeres «masculinas» apreciaban ocupaciones típicamente masculinas como la lucha, la caza y, también, el sexo con otras mujeres.

Como ejemplo, se puede mencionar a Marco Valerio Marcial, un gran poeta y hombre de letras nacido en Bílbilis, próximo a la actual Calatayud, pero vivió la mayor parte de su vida en Roma. La poesía de Marcial era rica en epigramas, donde describió, narrando en una primera persona ficticia, la penetración anal y vaginal, y la felación tanto con hombres como mujeres.

Otro ejemplo es Adriano, uno de los emperadores romanos (de 117 a 138 AC) nacidos en Hispania, más concretamente en Itálica (actual Santiponce). Tuvo un famoso amante, Antínoo o Antonius, a quien, después de su muerte accidental en el Nilo, elevó al estatuto de Dios y en cuya honra construyó la ciudad de Antinópolis, en Egipto, así como incontables templos y santuarios esparcidos por todo el Imperio.

La moralidad romana ya había cambiado hacia el siglo IV, en el que Amiano Marcelino critica amargamente las costumbres sexuales de los taifali, una tribu bárbara situada entre los Cárpatos y el Mar Negro, que praticaba la pederastia de estilo griego. En 342 los emperadores Constantino y Constancio introdujeron una ley para castigar la homosexualidad pasiva, posiblemente con la castración, ley que fue ampliada en el 390 por Teodosio, que deja quemar en la hoguera a todos los homosexuales pasivos que trabajaban en burdeles. En 438 la ley fue ampliada a todos los homosexuales pasivos y en el 533 Justiniano castigaba cualquier acto homosexual con la castración y la hoguera, ley que se hizo más estricta en el 559.

Se han dado tres razones para este cambio de actitud. Procopio de Cesarea, historiador de la corte de Justiniano, consideró que tras las leyes había motivos políticos, ya que permitieron a Justiniano eliminar a enemigos políticos, quedarse con sus propiedades y no tuvieron mucha eficacia eliminando la homosexualidad entre la gente corriente. La segunda razón y quizás la de más peso, sería la extensión del cristianismo dentro de la sociedad romana, que fue asumiendo el paradigma cristiano de que el sexo debe servir exclusivamente para la reproducción. Colin Spencer, en su libro Homosexuality. A history, avanza la posibilidad de que un cierto sentido de autoprotección de la sociedad romana tras sufrir alguna epidemia (como la peste, por ejemplo) aumentó la presión reproductiva sobre los individuos. Este fenómeno estaría combinado con la extensión del estoicismo en el Imperio.

Poco a poco los Padres de la Iglesia fueron creando un cuerpo literario en el que se condenaba la homosexualidad y el sexo en general en los términos más enérgicos, luchando contra una práctica común en la sociedad de la época, incluyendo la primitiva Iglesia. Por otra parte se identificó a la homosexualidad con la herejía desde muy pronto, no sólo a causa de las costumbres paganas, sino también debido a los rituales de algunas sectas gnósticas o del maniqueísmo, que, según San Agustín, practicaban ritos homosexuales.

Los pueblos germánicos denigraban la homosexualidad pasiva y las mujeres, que se encontraban en el mismo nivel que los «imbéciles» y los esclavos, y glorificaban la camaradería guerrera entre hombres. Sin embargo, en los países escandinavos hay noticias de sacerdotes travestidos y afeminados y los dioses nórdicos, los Æsir, incluyendo a Thor y Odín, conseguían conocimientos arcanos bebiendo semen.

Durante la Alta Edad Media, las actitudes frente a la homosexualidad que habían existido en el Imperio Romano básicamente se mantuvieron. Se conocen casos claros de homosexualidad, que si bien no era aceptada, tampoco sufría consecuencias. Es el caso del rey de los francos salios, Clodoveo I, que en el siglo VI, el día de su bautizo, confesó relaciones con hombres o Alcuino de York, el poeta anglosajón del siglo IX cuyos versos y cartas destilan homoerotismo. Pero poco a poco la moralidad cristiana, muy ligada a la sexualidad y basada en la idea judía de que el sexo era exclusivamente para la reproducción, se fue convirtiendo en un complejo entramado de disposiciones canónicas que influyó fuertemente en la legalidad vigente.

Uno de los primeros cuerpos legales que consideraba un crimen la homosexualidad masculina en Europa fue el Liber Iudiciorum (o Lex Visigothorum), que se promulgó en el siglo VII. La ley visigoda contenida en dicho código (L. 3,5,6) castigaba la llamada sodomía con el destierro y la castración. Dentro de la sodomía se incluían todos los crímenes sexuales considerados no naturales, entre los que se contaban la homosexualidad masculina, el sexo anal (heterosexual y homosexual) y la zoofilia. El lesbianismo sólo era considerado sodomía si incluía instrumentos fálicos.

Fue el rey Chindasvinto (642-653) el que impuso para la homosexualidad la pena de castración. Esta pena era desconocida en las leyes visigodas, excepto para los judíos que practicaban la circuncisión. Además de sufrir la castración, el reo era entregado al obispo local para que lo desterrara. Si era casado, el matrimonio quedaba anulado, la dote era devuelta a la mujer y los bienes repartidos entre los herederos.

En 693 Égica ordenó a los obispos reconsiderar la cuestión de la homosexualidad. Reunido el XVI Concilio de Toledo ese mismo año, los prelados ardiendo en el celo del Señor afirmaron que es bien conocido que muchos hombres están infectados por el mal de la sodomía .

En vista de la extensión del mal, los obispos acordaron confirmar el severo castigo ordenado por Chindasvinto, añadiendo cien latigazos y la decalvación. Además el destierro debía ser a perpetuidad. El concilio reconoció que la homosexualidad también se daba entre los obispos, sacerdotes y diáconos, pero decretó penas mucho más suaves para estos casos: los culpables debían ser simplemente secularizados y desterrados. Posteriormente Egica extendió a los clérigos la pena de castración y las demás impuestas por el concilio a los laicos.

La brillante civilización de Al-Ándalus fue muy tolerante en cuanto a la sexualidad, al contrario que sus vecinos cristianos del norte, a excepción del intervalo creado por los almorávides y almohades. Paradójicamente, el Corán prohíbe la homosexualidad, llegando incluso a la pena de muerte, pero las sociedades musulmanas, tanto de la península Ibérica como del resto del mundo musulmán, no seguían esta regla. En la Risala fi-l-Fiqh, un compendio de Derecho islámico elaborado por Ibn Abi Zayd, alfaquí de la escuela Maliki, se expresa que el hombre que yaciera con un varón mayor de edad y que consintiera, provocaría la lapidación de ambos.

Grandes gobernantes como Abderramán III, Al-Hakem II, Hisham II y Al-Mutamid tuvieron como amantes a muchachos. Se llegó al extremo de que, para asegurar la descendencia, hubo que disfrazar a una muchacha de chico para seducir a Al-Hakem II. Estas costumbres también estaban extendidas entre la nobleza y las clases más altas.

Para hacerse una idea del ambiente, Abdelwahab Bouhdiba describe la siguiente situación en su Sexuality in Islam (Sexualidad en el islam). En los alrededores de Córdoba había algunos grandes jardines pertenecientes a palacios y casas solariegas, e incluso monasterios cristianos, en los que se jugaba y fluía el vino, en los que se disfrutaba de representaciones teatrales, cantantes y danzantes. En este ambiente se gozaba de una forma bastante liberal del sexo, tanto heterosexual como homosexual, no siendo extraña la presencia de prostitutas de ambos sexos. De hecho, es conocido que la prostitución masculina estuvo mejor pagada que la femenina durante algún tiempo.

También hay textos que condenan la homosexualidad y Ahmad ibn Yusuf al Tayfashi en su Nuzhat-al-Albab (El deleite de los corazones) cuenta que los hombres que buscan otros de su misma edad tienen vidas cortas, puesto que se arriesgan a ser robados o asesinados. Los cuentos incluidos en el Nuzhat-al-Albab pueden servir para probar que la actitud de la sociedad islámica hacia la homosexualidad era positiva, negativa o indiferente. El autor Colin Spencer comenta que es posible que las tres actitudes se dieran al mismo tiempo.

El lesbianismo también era común, sobre todo en los harenes, aunque naturalmente las relaciones se mantenían discretamente ya que ese tipo de relación podía emplearse en las intrigas políticas. Algunas mujeres de Al-Ándalus privilegiadas tenían acceso a la educación y existen dos antologías modernas de poesía escrita por mujeres, de Teresa Garulo y de Maḥmud Subḥ, en las que el amor entre mujeres aparece tratado con normalidad.

Sin embargo, las noticias que se conservan sobre la homosexualidad son pocas. La mayoría de la información proviene de la poesía homoerótica andalusí, que fue tan popular como sus equivalentes de Próximo Oriente. Esta poesía fue redescubierta en occidente en la década de 1920, con la publicación del estudio Poemas arabigoandaluces de Emilio García Gómez.

Habitualmente se dedicaba a jóvenes imberbes de clases inferiores, esclavos o cristianos, cuya belleza y gracia se alababa en verso, aunque existen bastantes casos de poemas dedicados entre hombres adultos. Los jóvenes suelen nombrarse como «gacela» o «corzo» y se habla a menudo sobre el bozo, la primera pelusilla de la barba, con el que los efebos llegan a la culminación de su belleza.

Dentro del esplendor medieval de la cultura judía se ha descubierto, gracias a los estudios de Jefim Schirmann y Norman Roth, que el homoerotismo y la homosexualidad tuvieron una gran importancia dentro de la sociedad judía de la época. La cultura judía ibérica tuvo su cumbre durante el siglo XI en el reino de Granada, época en la que la homosexualidad se extendió de tal forma entre la aristocracia, que se puede hablar de que era algo habitual. De hecho, en la cultura cristiana y durante siglos XIII al XV y hasta el siglo XVII, se asimilaba el judaísmo con la perversión sexual y la homosexualidad, como testimonia la poesía satírica de la época.

La poesía homoerótica hispanojudía tuvo una extensión poco conocida debido a estar escrita en hebreo en su mayoría y a que gran parte está sin traducir. Los autores, que declaran su amor tanto a muchachos como a hombres adultos, eran incluso importantes líderes de la comunidad o rabinos como es el caso de Ibn Gabirol, Samuel ha-Naguid, Moisés Ibn Ezra y Judah ha-Levi.

Tras su independencia del Reino de Castilla en 1128, Portugal mantuvo la legislación medieval castellana, de influencia visigótica, incluyendo los castigos de castración, destierro y confiscación de la propiedad para el delito de sodomía. La legislación fue reforzada en el siglo XIV por el rey Alfonso IV de Portugal, que especificaba que los acusados de sodomía, al contrario que los acusados de otros delitos, no podían buscar refugio en las iglesias. En 1499, el rey Manuel I de Portugal especificaba que las mujeres que fueran atrapadas en actos homosexuales también debían ser castigadas.

Existen sospechas de que diversos reyes portugueses tuvieron relaciones homosexuales. El escándalo que produjeron las relaciones de Alfonso IV con los hermanos italianos Juan y Antonio Conti fue tal, que el Consejo de Estado lo obligó a expulsarlos del país. Arlindo Camillo Monteiro en su obra Amor sáfico e socrático (1922) recoge rumores sobre las veleidades homosexuales del rey Pedro I de Portugal, hijo del anterior, llamado «el Cruel», del que menciona dos posibles amantes, el escudero Afonso Madeira y el caballero Fernão Martins de Santârem. También es posible que los reyes Juan I y Juan II fueran homosexuales, de hecho se sabe que Juan I afirmó: «Menos mal ser puto, que mandado».

Otros autores que incluyen la homosexualidad masculina en sus cántigas de escarnio y maldecir son por ejemplo Pero da Ponte, que en la cántiga n.° 1160 describe un intento de pederastía que pasó de joven, João Soares Coelho, que en la cántiga n.° 1020 dice « fody e vós fodestes / con Roy Gil. », o Gonçal' Eanes do Vinhal, que en la cántiga n.° 1000 escribió «peage de cuu pagará hy».

El lesbianismo también aparece en el Cancionero Vaticano.

Otros autores que tratan el tema son João de Menezes, Fernão da Silveira, Rodrigo de Castro o Pedro da Silva. Fernão da Silveira, por ejemplo, compuso una sátira sobre las relaciones de una dama con Guiomar de Castro y Joana de Sousa.

Los viajes marítimos de largos meses y la reducida presencia de mujeres a bordo, fueron un factor determinante para aumentar la frecuencia de los casos de actos homosexuales a bordo de las naves de los Descubrimientos. El aumento de actos homosexuales en ambientes cerrados es un fenómeno conocido, que se relaciona con el aislamiento frente a miembros del sexo opuesto y está presente también, por ejemplo, en las prisiones. El castigo para los casos que eran descubiertos o denunciados podía ir desde el desembarque en el primer puerto donde el navío atracase, hasta, en los casos más extremos, a la ejecución del «pecador».

La información que ha llegado a nuestros días tiene origen en los relatos de los religiosos y capitanes de las naves. Fue el caso del capitán de la nave Esfera en viaje a la India en 1548, D. João Henriques, que relataba al rey que un tal Diogo Ramires, castellano, «cometera pecado de sodomia» con dos criados de un pasajero noble. Después de que se quejaran los criados, el individuo fue ejecutado. En 1620, en carta del rey para su virrey en la India, se puede leer: «He sido informado que, en las naves de viaje, van de este Reino muchos niños, que los soldados inmediatamente llevan para sus casas cuando allí llegan las dichas naves y que algunos usan mal de ellos».

Monteiro menciona en su libro rumores sobre la homosexualidad de Afonso de Albuquerque. Lopo Vaz de Sampaio, transmitido por Diogo do Couto, pone en boca de Albuquerque la siguiente expresión: «sabéis cuan mala gente hay en la India, que me tomaron por puto y me lo demostraron». Por otra parte, Albuquerque mandó ahorcar a Rui Dias por sodomita y existen noticias transmitidas por su hijo sobre la rigurosidad del trato de los homosexuales por su padre, siendo gobernador de la India.

En las costas de Guinea, donde era frecuente el «vício do bugre», siendo que entre algunas etnias además de practicado y socialmente aceptado, la actividad era divinizada.

El aumento de la homosexualidad por la adopción de hábitos diversos de los naturales de las tierras descubiertas y la presión sexual causada por muchos meses de aisladas viajes por mar, se reforzó con la llegada al Nuevo Mundo de desterrados condenados por sodomía. El recelo de generalizado frente a las prácticas homosexuales, teniendo en cuenta que la presión política para colonizar —que implicaba no sólo crear familia y criar el mayor número de hijos posible, sino también luchar «virilmente» por el territorio conquistado— era enorme. Finalmente llevó al rey, en la orden de creación de las Capitanías, en 1532, a otorgar autoridad a los capitanes mayores para condenar a muerte, sin necesidad de autorización previa de la Metrópoli, sólo a los culpables de 4 crímenes muy graves: traición y alianza con los indíos, herejía, falsificación de moneda y sodomía. La posibilidad de que los colonos «machos» blancos buscaran alivio sexual con indios o esclavos, reduciendo su autoridad y fomentando la osadía en los oprimidos para rebelarse, provocó que la homosexualidad fuera aún más reprimida en las nuevas colonias que en Portugal. Así, por ejemplo, en 1630 fue procesado el gobernador de Cabo Verde, Cristóvão Cabral, por sodomía con cinco hombres y seis mujeres, sobre todo con su paje Gaspar Telles.

De 1536 a 1821 la Inquisición o Tribunal del Santo Oficio en Portugal reprimió la sodomía, el «abominable acto nefando» o simplemente «nefando pecado». La sodomía era equiparada por la Inquisición a los peores crímenes, como la herejía, siendo que el compañero pasivo en la relación era particularmente penalizado. En el total, más de 4000 personas fueron denunciadas, cerca de 500 presas y 30 quemadas, la mayoría durante el siglo XVII, siendo que varios centenares fueron condenados a desfilar públicamente en autos de fe y exiliadas.

Los actos sexuales entre mujeres eran considerados menos graves, habiendo sido descriminalizados por el Santo Oficio a mediados del siglo XVII, en 1646. No existe constancia de la ejecución de mujeres ni por el Santo Oficio, ni por las autoridades civiles. Se conocen dos casos en los que la Inquisición procesó mujeres, uno en Coimbra en 1570 y otro en 1574 entre dos monjas del Monasterio de Santa Marta de Lisboa. Por otra parte, las mujeres que vivían solas corrían el riesgo de ser acusadas de brujería.

Un caso interesante fue el de Vicente Nogueira, humanista tardío, letrado y bibliófilo, canónigo de la catedral de Lisboa, en el siglo XVII. La Inquisición lo juzgó y desterró en 1633 por poseer una biblioteca de libros prohibidos y por pecado nefando. Nogueira huyó a Roma, donde pasó a trabajar como librero y ser informante del rey Juan IV de Portugal. Otro caso a mencionar fue el de Gregório Martins Ferreira, decano de la Catedral de Oporto y doctor en cánones por la Universidad de Salamanca, que llegó a componer versos en latín a los mozos más bonitos de la ciudad y que cuidaba un discurso muy militante para la época, diciendo que Dios prohibió la sodomía sólo porque impedía la reproducción humana, pero que sino sólo sería pecado de fornicación, además de afirmar que era al pecado más delicioso para el hombre. Fue procesado por el Santo Oficio en 1619.

Hacia el siglo XVIII la persecución fue disminuyendo por influencia de las ideas de la Ilustración: en 1711 se produce el último encarcelamiento en Coímbra y en 1768 los últimos de Lisboa y Évora.

Los archivos de la Inquisición de Lisboa sobrevivieron en su mayoría y pueden ser consultados en la Torre del Tombo, por lo que existe bastante información sobre las prácticas homosexuales de la época, la forma como eran vistas por la sociedad y juzgadas y condenadas por la Inquisición.

Muchas de las víctimas de persecución por sodomía de la Inquisición eran hombres pobres, muchas veces jóvenes, que recurrían a todo el tipo de argucias, incluyendo la prostitución masculina, para sobrevivir. Otros parecen haber practicado actos homosexuales sólo de forma coyuntural: siendo la virginidad de las mujeres solteras fuertemente defendida, los hombres jóvenes recurrían al sexo con otros hombres mientras se mantenían solteros, dejando la práctica después de la boda. Hay referencias a lugares, como la Ribeira das Naus, barrio portuario de Lisboa, donde hombres se encontraban con otros hombres del siglo XVI al XVIII. Otros lugares de encuentro eran calles oscuras, letrinas, muros de iglesias, como las de Nuestra Señora de Gracia o la misma catedral. Una de las hospederías más usadas por los homosexuales fue la de las puertas de Santo Antão da Banda de Dentro y también existían casas particulares que se usaban para ese fín o como burdeles.

También se menciona un espectáculo público, que sería hoy llamado de espectáculo de travestis, la dança dos fanchonos. Como escribió Isabel Drumond Braga: «Su identificación era facilitada por la manera extravagante en la que se presentaban, el uso exagerado del color, los elementos femeninos en la ropa, el maquillaje, el recurso a la depilación y el uso de cabellos largos con moños y flecos.» Tavestis y andróginos también son conocidos por las crónicas, como Pantalião da Costa, llamado Mininoputo, que se arreglaba los cabellos como una mujer, o João Correia de Lacerda, paje de dos inquisidores en Coimbra y Évora, cantaba en falsete como un castrato. En 1556 las prostitutas de la Ribera de Lisboa denunciaron a Antônio, negro de Benín, esclavo de Paulo Manriques, por hacerles competencia desleal, ya que se había pasar por una mujer. Ante la Inquisición negó ser hombre, a pesar de las evidencias.

Dentro de la subcultura homosexual existía también un código verbal que permitía identificarse y hablar de determinados asuntos con menor riesgo. Así, el acto sexual se denominaba «botijar», «obrar», «fazer»; tener un cliente un prostituto era «tenho-vos un gancho de uma pataca»; a sí mismos se referían como «sendo do oficio»; y los heterosexuales eran llamados «feios». Encontrar compañero sexual era llamado «cazar».

El código penal de 1852 no mencionaba las relaciones homosexuales, por lo que pasaron a ser legales.

En el silgo XIX se produjeron algunos escándalos, al igual que en Inglaterra (casos Oscar Wilde o de la calle Cleveland y Alemania (casos Harden-Eulenburg o Krupp), pero las consecuencias y el tratamiento fueron completamente distintos. El primer caso fue el del Marqués de Valada, que fue detenido en 1880 por realizar «reprensibles libidinosidades con un soldado» en el número 63, primer piso, de la calle Travessa da Espera. El caso fue tratado por el caricaturista Rafael Bordalo Pinheiro y sirvió de inspiración a una revista representada entre 1885 y 1887 en el Teatro da Rua dos Condes, además de dos novelas posteriores de Abel Botelho (O Barão de Lavos, la primera novela que trató el tema de la homosexualidad en Portugal) y Alfredo Gallis. El Marqués se refugió en casa de familia de la alta aristocracia y no sufrió consecuencias. Algo más tarde, el Marqués se vio envuelto en otro escándalo cuando uno de los jóvenes que lo había seducido en la calle intentó robarle, acabando el incidente con la intervención de la policía. Un segundo caso fue el del Vizconde de X, un conocido jurisperito, al que le robaron un reloj de oro en una de sus aventuras sexuales por el submundo homosexual. El Vizconde se dirigió a la policía, ya que el reloj era un regalo de noviazgo, recuperándolo gracias a la labor policial.

Ambos casos anteriores muestran la existencia de un submundo de delincuentes homosexuales que se dedicaban a robar a las víctimas que seducían. Entre ellos se encontraba O Manoelsinho, relacionado con los casos anteriores, y otros apodados como A bonita o A gata, que llegaron a tener una cierta celebridad a través de los periódicos. La detención de este último condujo a la policía a la detención de numerosos homosexuales de todas las clases sociales. A la hora de trasladar a los detenidos del Gobierno Civil al Tribunal de la Boa-Hora había un público tan numeroso en las calles que debían recorrer, que se decidió cambiar de trayecto. Para evitar más escándalos, una orden superior paralizó las diligencias.

El primero en publicar sobre la homosexualidad en Portugal fue Adelino Silva, que publicó en 1896 el libro A inversão sexual, una obra muy moderna para la época que ya empleaba términos como «uranismo» y «homosexualidad». También Francisco Ferraz de Macedo, médico, antropólogo y criminólogo brasileño-portugués escribió sobre el tema. Publicó en 1873 en Brasil su tesis doctoral, Da prostituição em geral, e em particular em relação à cidade de Rio de Janeiro: prophylaxia da syphilis, que no sólo hablaba de la prostitución, sino también de la homosexualidad en el apartado «Sodomia o prostituição masculina», en el que trata el tema de forma relativamente moderada. En 1902, ya de vuelta en Portugal, Macedo publicó Os devassos, concupiscentes e sodomitas: patologia e crimes, que repetía prácticamente lo publicado en 1873, pero de forma más agresiva y violenta, sin indicar que los datos se referían principalmente a Río de Janeiro y no a Lisboa. Egas Moniz, neurólogo Premio Nobel de Medicina, también trata el tema en su obra A vida sexual (1901). Moniz consideró la homosexualidad como una enfermedad mental y una perversión, «tan digna de ser tratada como cualquier otra».

Durante la Primera República siguió el interés por la homosexualidad en el estamento médico, como muestran las obras de Asdrúbal de Aguiar y Arlindo Camillo Monteiro. El primero, el principal médico forense en el Portugal de la época, publicó Evolução da Pederastia e do Lesbismo na Europa (1926) y Medicina Legal: A Homosexualidade masculina através dos tempos (1934), obras escritas desde un punto de vista bastante objetivo y neutral, que resume los conocimientos de la literatura anterior del siglo XIX. Monteiro publicó, en una tirada limitada a 500 ejemplares, Amor Sáfico e Socrático (1922), bajo los auspicios del Instituto de Medicina Legal de Lisboa. El libro se divide en dos partes. La primera trata la historia de la homosexualidad desde la antigüedad hasta el siglo XX, centrándose sobre todo en Occidente y Portugal. La segunda parte es un compendio del conocimiento científico de la época sobre la homosexualidad y la bisexualidad, apoyándose en autores alemanes, franceses e italianos. La obra de Monteiro es menos objetiva que la de de Aguiar y las críticas a la homosexualidad muy frecuentes, pero el detalle y el cuidado con el que se realizó la obra hace pensar en una obra querida. Finalmente, Luis A. Duarte Santos, profesor en la universidad de Coímbra, también escribió hacia 1943 sobre el tema. Duarte Santos rechazaba que la homosexualidad fuera innata y consideraba a los homosexuales responsables de sus actos, alegrándose, por ejemplo del despido de Botto de su puesto de funcionario.

En 1923, el Gobernador Civil de Lisboa mandó incautar los libros de poesía Canções de António Botto, Decadência de Judite Teixeira y Sodoma divinizada de Raul Leal, autores que escribían textos literarios de carácter muy claramente homosexual y que habían generado gran polémica en la conservadora sociedad lisboeta de la época. También Manuel Teixeira Gomes, el séptimo Presidente de la República Portuguesa, dimitió en 1925 para dedicarse a la literatura, según se dijo, pero en la realidad hubo de por medio acusaciones de ser autor de obras homoeróticas.

En 1929 Portugal fue el único país europeo que no envió delegados a la conferencia internacional de la Liga por la Mundial por la Reforma Sexual de Londres, una asociación internacional creada por Magnus Hirschfeld para promover la reforma sexual, entre cuyos objetivos estaban los derechos de los homosexuales.

Con el advenimiento del Estado Nuevo, se asistiría a un regreso a los valores morales de la religión cristiana, el primero de los tres pilares de la doctrina del régimen, que se resumía en la frase «Fátima, fado y fútbol». La sexualidad pasó a ser vista sólo como medio para la procreación y se creó una definición marcada de los papeles esperados de cada uno de los sexos: a los hombres correspondía trabajar, mandar y sostener la familia; a la mujeres cuidar de los hijos y de la casa. Asociado a este retroceso, se asiste a la represión de todas las demás expresiones de la sexualidad, en paralelo a la represión de otras formas de expresión política y social: los actos homosexuales, así como otros actos sexuales llamados «adicciones contra la naturaleza» (ya que sólo era considerada moralmente válido el sexo genital, reproductivo), volvieron a ser criminalizados.

El régimen de Salazar procederá aún a la censura sistemática de todo el contenido artístico homosexual, tanto nacional como extranjero, en una tentativa de evitar la quiebra, a todo coste, de los tabús morales instituidos. La Policía de Seguridad Pública mantuvo un apretada vigilancia a los locales de encuentro o convivencia de homosexuales, efectuando redadas por sorpresa, que resultaban en la identificación y fichado de todos los presentes, y, en algunos casos, en su encarcelamiento. Los homosexuales y otros acusados de «conducta inmoral» o «vagancia», como prostitutas, proxenetas, enfermos mentales, mendigos o los niños en «riesgo moral», debían ser escondidos de la sociedad y a menudo eran ingresados por largos periodos en establecimientos específicos de «reeducación», como las mitras, en los que fueron admitidos y maltratados de 1933 a 1951 más de 12 mil personas.

Hay también referencia a la detención, tortura y deportación de homosexuales por la PIDE, asociada muchas veces a la represión política. Es el caso de Júlio Fogaça, dirigente del Partido Comunista Portugués, entonces en la clandestinidad, que en 1962 fue condenado como «pederasta pasivo y habitual en la práctica de adicciones contra la naturaleza». No era la primera vez que Fogaça había sido detenido —ya había sido deportado dos veces—, pero fue la primera vez que la acusación de homosexualidad fue empleada para quitarle la libertad. Sin embargo, no fue sólo el Régimen el que condenaba y reprimía la homosexualidad. Júlio Fogaça también fue víctima de la intolerancia del Partido Comunista, que lo expulsó en esa misma ocasión por su conducta moral. No fue última vez que el PCP lo haría.

Con la Revolución del 25 de Abril de 1974 se crearon las condiciones básicas fundamentales para los cambios de mentalidad social, política y legislativa, que conducirían a la descriminalización y aceptación de la homosexualidad en Portugal. Sin embargo, el cambio sería muy lento pues los partidos de izquierda, los que teóricamente eran más sensibles a la cuestiones de igualdad y derechos cívicos, tenían su atención y esfuerzos centrados en la «lucha de las mujeres y de los jóvenes».

Tras la Revolución surgen algunos movimientos activistas homosexuales, como el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR), del que António Serzedelo fue fundador y que en mayo de 1974 lanzó el Manifiesto por las Libertades Sexuales. El manifiesto fue enseguida contestado por el general Galvão de Melo, que afirmó en la televisión que el «25 de Abril» no se había hecho para que los homosexuales y prostitutas reivindicaran. También se creó el Colectivo de Homosexuales Revolucionarios (CHOR) en 1980 y se realizaron los encuentros «Ser (homo)sexual», organizados por el CNC en 1982. Fueron organizaciones efímeras y de impacto reducido.

Sólo tras la aparición del sida en Portugal, en la primera mitad de la década de 1980, el movimiento asociativo homosexual ganó consistencia, visibilidad y respetabilidad, en articulación con la Comisión nacional de lucha contra el sida y la asociación Abraço. En esta fase comenzaron a surgir y a consolidar su visibilidad las primeras figuras públicas homosexuales, como Carlos Castro, Guilherme de Melo, Ary dos Santos y António Variações, cuya muerte provocada por el sida en 1986 fue un acontecimiento que causó alguna conmoción e impacto a nivel nacional.

El Partido Socialista Revolucionario (PSR), hoy integrado en el Bloque de Izquierda, fue el primer partido político, en 1991, que formalizó la existencia de una organización interna dedicada específicamente a la lucha contra el machismo, la homofobia y la discriminación, el Grupo de Trabajo Homosexual. Con este impulso de gran impacto mediático del PSR y a partir de mediados de los años 90, la comunidad gay comenzó a organizarse y a ganar voz propia, con la institución y consolidación de diversas asociaciones, como la Asociación ILGA Portugal (1995), el Club Safo (1996), la asociación Opus Gay (1999), la revista Korpus, la página de internet PortugalGay.pt, el evento Arraial Pride, la Marcha Nacional del Orgullo LGBT y el Festival de Cine Gay y Lésbico de Lisboa.

La comunidad LGBT aun sufre mucho rechazo en Portugal. Una encuesta del Eurobarómetro de marzo de 2008 revelaba que un 65% de los portugueses considera que la discriminación por orientación sexual estaba muy o bastante extendida en su país. La mayoría de la población se opone al matrimonio homosexual, a penas un 26% estaba a favor en diciembre de 2006.

La homofobia ha tomado tintes más graves en Oporto, donde en enero 2007 se detuvo a un grupo de tres jóvenes que había asaltado a varios homosexuales tras atraerlos a una cita falsa a través de internet. En julio de ese mismo año se detuvo a ocho jóvenes de una pandilla que asaltaban a homosexuales. La violencia también se extiende a otras zonas del país, como el Algarve.

Un colectivo muy vulnerable es el de los transexuales, siendo el caso mas grave el asesinato en 2006 de Gisberta en Oporto. Gisberta fue maltratada durante tres días por 14 jóvenes entre 12 y 16 años y luego tirada a un pozo en el centro de la ciudad, aún con vida. El crimen no se consideró homicidio porque la víctima aún estaba viva cuando fue tirada al pozo y la pena máxima fue para el joven de 16 años, que fue condenado a 8 meses de prisión. El 23 de febrero de 2008 apareció en Lisboa una segunda transexual asesinada.

Así, el ámbito del artículo 175º no se restringía a los actos de cópula, coito anal o coito oral, por lo que cualquier otro acto sexual entre un adulto y un menor, como por ejemplo un beso en la boca, podía ser castigado. Además el artículo 174º estaba limitado a quien ejecutara el acto abusando de la inexperiencia del menor, cláusula que no existe en el artículo 175º que además castigaba a quien instigase a la práctica. Sin embargo, en una serie de casos que tuvieron gran proyección mediática, el artículo 175º fue considerado inconstitucional, lo que acabó por ser confirmado en dos sentencias del Tribunal Constitucional. En consecuencia se pasó en la práctica y en la mayor parte de los casos a mencionar sólo el artículo 174º, «Actos sexuales con adolescentes», desapareciendo de la discusión y de la aplicación práctica la componente de discriminación en relación a la orientación sexual.

Lo que convirtió a Portugal en el primer país de Europa en introducir la prohibición explícita de la discriminación por orientación sexual en su constitución, el cuatro del mundo después de Ecuador, Fiyi y África del Sur.

El matrimonio homosexual fue discutido en 2008 por el parlamento portugués, pero fue rechazado con los votos en contra del Partido Socialista, el Partido Social Demócrata y el Centro Democrático Social / Partido Popular. En febrero de 2009, el Partido Socialista introdujo el matrimonio homosexual en su programa electoral. La Iglesia Católica respondió inmediatamente y solicitó, en boca del portavoz de la Conferencia Episcopal, Manuel Morujão, el voto contra quienes defienden el matrimonio entre homosexuales.

La primera novela publicado en Portugal cuya temática se centraba en la homosexualidad fue O Barão de Lavos («El barón de Lavos», 1891) de Abel Botelho. La novela relata de un triángulo amoroso entre un noble, su esposa y el amante de esta. El libro resulta interesante por la detallada descripción del submundo homosexual de Lisboa. Como exigía el cánon de la época, la novela terminaba mal para los protagonistas. No es conocido si Botelho, un hombre casado, tenía conocimiento de primera mano sobre el tema del que trata su libro.

Otras obras importantes fueron la novela A confissão de Lúcio («La confesión de Lucio», 1914) de Mario de Sá-Carneiro, Antinous («Antínoo», 1918), un poema en inglés de Fernando Pessoa y la colección de poesía Canções («Canciones», 1922) de António Botto, poeta abiertamente homosexual. De la vida sexual de Pessoa, quizás el autor importante de la literatura portuguesa tras Camoens, apenas se sabe nada. No se conocen amantes masculinos o femeninos, por lo que sorprende el homoerotismo que destilan algunos de sus versos, escritos en inglés y firmados con su propio nombre, al contrario que sus textos en portugués, que habitualmente estaban firmados con seudónimos. Bajo su seudónimo «Álvaro de Campos» escribió un poema de amor a Walt Whitman, en el que abraza a Whitman como su mentor/padre/amante.

Eugénio de Andrade tuvo que ocultar la homosexualidad en sus poemas durante el Régimen de Salazar con un «tu» genérico, empleando a menudo las palabras «amor» y «corpo», ambas masculinas. Posteriormente, durante la democracia, hizo su poesía más transparente, pero siempre mantuvo un velo que sólo permite ver la homosexualidad entre líneas.

Autores recientes son los poetas Ary dos Santos, quizás el más importante letrista de fado del siglo XX, y Al Berto, uno de los poetas recientes más importantes de la literatura portuguesa. Al Berto se exilió durante la dictadura, pero volvió en 1975 con la democratización, viviendo su homosexualidad de forma abierta e incluyéndola dentro de su obra. Perteneció a un grupo de poetas portugueses que tratan en su obra el homoerotismo, que llegaron a su madurez literaria en la década de 1970 y posteriormente. Además de los mencionados, se puede incluir a Armando da Silva Carvalho, João Miguel Fernandes Jorge, Gastão Cruz y Luís Miguel Nava.

En la narrativa, el autor homosexual más conocido quizás sea Guilherme de Melo, que en 1981 publicó A sombra dos dias, una novela semi autobiográfica sobre su vida como homosexual en Lourenço Marques, en Mozambique. La fama que le dio el éxito del libro, lo convirtió en algo parecido a un portavoz de los homosexuales en Portugal. Melo todavía ha publicado dos novelas más de tema homosexual, Ainda havia sol (1984) y O que haver de morrer (1989).

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Portugal bajo la Casa de Austria

Escudo de los reyes de la Casa de Austria, también como soberanos de Portugal. Es de destacar las armas de Portugal entre las de Castilla y Aragón

El periodo histórico en el que Portugal estuvo gobernado por el mismo soberano de la Casa de Austria, se refiere a la unión dinástica y territorial de los distintos reinos que componían la Península Ibérica: Castilla, Aragón y Portugal.

La historiografía portuguesa conoce también a este periodo como Dinastía Filipina o Tercera Dinastía. Durante su existencia, la extensión teritorial del bloque territorial llegó a convertirse en el imperio más dilatado de su tiempo debido a que gobernó sobre un gran número de territorios coloniales que abarcaban desde el Continente Americano hasta el sudeste asiático, incluyendo colonias en África y la India.

Y de esta manera, el soberano de Portugal era el rey de España; y en la Collecção dos tratados, convenções, contratos e actos publicos celebrados entre a coroa de Portugal e as mais potencias desde 1640 até ao presente, compiladas por José Ferreira Borges de Castro (1856), en su página pág 102 figura el Assento feito em Goa a 20 de Janeiro de 1635, entre o vice-rei conde de Linhares, e Guilherme Methwold presidente da Companhia de Inglaterra, para se haverem de guardar as pazes celebradas em Madrid, em 15 de novembro de 1630, entre Portugal e a Gram Bretanha, donde la palabra Portugal sólo aparece en el título, y los únicos monarcas que menciona son los de Espanha e Inglaterra.

Es ya en el siglo XVIII, cuando cambia esta concepción de España y se fijan sus límites geográficos, institucionales y de acción política.

Felipe II de España terminó siendo reconocido como rey de Portugal en las Cortes de Tomar de 1581. Mientras tanto, la idea de perder la independencia dio lugar a una revolución liderada por el Prior de Crato que llegó a proclamarse rey en 1580 y gobernó hasta 1583 en la isla Terceira de las Azores. El Prior de Crato terminaría derrotado debido principalmente al apoyo a Felipe de la burguesía y de la nobleza tradicional.

Para conseguir tales apoyos, Felipe se comprometió a mantener y respetar los fueros, costumbres y privilegios de los portugueses. Lo mismo sucedería con los que ocuparan los cargos de la administración central y local, así como con los efectivos de las guarniciones y de las flotas de Guinea y de la India. En las Cortes estuvieron presentes todos los procuradores de las villas y ciudades portuguesas, a excepción de las de los de las Azores, fieles al rival pretendiente al trono derrotado por Felipe II, el Prior de Crato.

Este fue el principio de la unión real que, sin grandes alteraciones, dominaría hasta cerca de 1640 a pesar de las intervenciones inglesas en las Azores en 1589. Así, la unión de Portugal y Castilla daría lugar a un conglomerado territorial que incluía posesiones en todo el mundo: México, Cuba, América Central, Sudamérica, África, la India (Goa, Diu, Calcuta), litorales de Sri Lanka y Taiwán, territorios del norte de África, litorales Africanos de Guinea, Angola, Congo y Mozambique, Filipinas, China (Macao), Indonesia (Timor Oriental, Molucas), etc.

Los reinados de Felipe I y Felipe II de Portugal fueron relativamente pacíficos principalmente porque hubo poca interferencia castellana en los asuntos de Portugal, que seguía bajo la administración de gobiernos portugueses. A partir de 1630, ya en el reinado de Felipe III de Portugal, la situación tendió a una mayor intervención castellana y a un descontento creciente. Las numerosas guerras en las que España se vio envuelta, por ejemplo contra las Provincias Unidas (Guerra de los Ochenta Años) y contra Inglaterra, habían costado vidas portuguesas y oportunidades comerciales. Dos revueltas portuguesas habidas en 1634 y 1637 no llegaron a tener proporciones peligrosas, pero en 1640 el poder militar español se vio reducido debido a la guerra con Francia y la sublevación de Cataluña.

La falta de respeto de los privilegios de la nobleza nacional se fue agravando. Los impuestos aumentaban, la población empobrecía, los burgueses estaban afectados en sus intereses comerciales, la nobleza estaba preocupada con la pérdida de sus puestos y rendimientos y el imperio portugués era amenazado por los ingleses y holandeses mediante la impotencia o desintereses de los gobernadores de los reyes españoles.

La gota que colmó el vaso fue la intención del Conde-Duque de Olivares en 1640 de usar tropas portuguesas contra los catalanes sublevados. El Cardenal Richelieu, mediante sus agentes en Lisboa, halló un líder en Juan II, Duque de Braganza, nieto de Catalina de Portugal. Aprovechándose de la falta de popularidad de la gobernadora Margarita de Saboya, Duquesa de Mantua, y de su secretario de estado Miguel de Vasconcelos, los líderes separatistas portugueses dirigieron una conspiración el 1 de diciembre de 1640. Vasconcelos, que sería defenestrado, fue prácticamente la única víctima. El 15 de diciembre de 1640 el Duque de Braganza fue aclamado rey como Juan IV, pero prudentemente se negó a ser coronado, consagrando la corona portuguesa a la Virgen María.

La historiografía proportuguesa ha mantenido que la unión de las coronas ibéricas resultó perjudicial para el reino portugués debido a las guerras emprendidas en Europa por los monarcas Habsburgo. De ahí en adelante se produjo un período de declive político, de endeudamiento y de dependencia económica que disminuyó considerablemente el poderío luso en el continente y en las colonias.

Portugal se vio envuelto en las controversias europeas y otras distantes, como las de Cataluña, que la corona estaba atravesando siendo arrastrado a conflictos costosos (en término de vidas y recursos financieros y territoriales) con potencias emergentes como Inglaterra y sobre todo Holanda, resultando inevitablemente en la expansión de los referidos conflictos para los territorios ultramarinos durante este período. Así, sobre todo durante el reinado de Felipe IV de España, las colonias portuguesas fueron siendo sucesivamente atacadas por ingleses y principalmente por holandeses, resultando en grandes pérdidas en África (São Jorge da Mina, 1637), en Oriente (Ormuz, en 1622 y Japón, en 1639) y fundamentalmente en el Brasil (Salvador, Bahía, en 1624; Pernambuco, Paraíba, rio Grande do Norte, Ceará y Sergipe desde 1630).

Sin embargo, los portugueses aprovecharon de la unión dinástica con España para violar el Tratado de Tordesillas y extenderse así por territorios americanos que le correspondían a la Corona de Castilla.

En 1640 ya después de la restauración de la independencia el esfuerzo nacional para la manutención de esa misma independencia fue mantenido durante veintiocho años, con lo cual fue posible rechazar las sucesivas tentativas de invasión de los ejércitos de Felipe IV de España y vencerlos en las más importantes batallas, firmando un tratado de paz definitivo en 1668.

Esos años fueron bien sucedidos internamente, entretanto en los territorios ultramarinos las pérdidas directamente atribuibles al belicismo y arrogancia de Felipe IV, fueron apenas parcialmente minimizadas. Las tropas portuguesas conseguirán expulsar a los holandeses del Brasil, como también de Angola y de São Tomé y Príncipe (1641-1654), restableciendo el poder atlántico portugués. Aún así, las pérdidas en Oriente se volvieron irreversibles y Ceuta quedaría como posesión de los Habsburgo.

No obstante, los territorios obtenidos a costa de Castilla en América no fueron devueltos, invocandose el derecho de Uti possidetis iure, por lo que en definitiva Portugal al término de la unión, resultó más grande territorialmente que en un comienzo.

Paralelamemte debido a la indisponibilidad de los mercados indianos, Portugal pasó a beneficiarse con la caña de azúcar del Brasil.

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Historia de Portugal

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La Historia de Portugal es la propia de una nación europea cuyos orígenes se remontan a la Baja Edad Media, ampliando sus territorios durante la Era de los Descubrimientos hasta crear un vasto imperio y convirtiéndose en una potencia mundial entre los siglos XV y XVI. Portugal entró en decadencia perdiendo gran parte de su riqueza y status, lo que comenzó por la pérdida de su fuerza militar y naval en el desastre Alcacer-Kibir, y de su flota, que fue incorporada a la Armada Española, lo que no permitió que el país defendiera sus posesiones de ultramar. Volvió a ser arruinado en 1755 con la destrucción casi total de su capital por un terremoto, a comienzos del siglo XIX con las Guerras Napoleónicas y en 1822 con la independencia de su mayor colonia, Brasil. Una revolución en 1910 depuso la monarquía, pero la República fue incapaz de solventar los problemas de un país inmerso en la conflictividad social, la corrupción y los enfrentamientos con la Iglesia. En 1926 un golpe de Estado dio paso a una dictadura que se mantuvo en el poder hasta 1974, cuando una revolución de militares de izquierdas impuso la Democracia. Al año siguiente, Portugal declaró la independencia de todas sus posesiones en África. Es socio fundador de la OTAN, OECD y la EFTA. En 1986 ingresó en la CEE actual Unión Europea.

El nombre de Portugal deriva del nombre romano Portus Cale. Cale era el nombre de un asentamiento primitivo localizado en la desembocadura del Duero, que fluye hacia el Océano Atlántico en el norte del actual país. Durante la Segunda Guerra Púnica (final del siglo III a. C.) los Romanos intervienen en la Península Ibérica en contra de los cartagineses. En ese conflicto conquistaron la localidad de Cale (puerto de origen griego cercano al actual Oporto) pasando a denominarla Portus Cale. Durante la Edad Media, la región circundante a Cale pasó a ser denominada por los Visigodos Portucale. Ese nombre derivaría en Portugale durante los siglos VII y VIII. El término fue usado para referirse a la región entre el Duero y el Miño, que se convirtió en la frontera entre Portugal y España.

Algunos historiadores creen que la palabra Cale deriva del griego Kalles ("bonito"), refiriéndose a la belleza del valle del Duero, donde los griegos decidieron establecerse. La palabra sería transformada por los fenicios en Cale, pasando así a los Romanos. Otros autores piensan que Cale deriva de los pueblos Galaicos que habitaban en la zona.

Portu viene de la palabra Puerto, nombre que también recibe la ciudad que se encuentra actualmente en el lugar, Oporto. La ubicación de la antigua Cale es la actual Gaia (Vila Nova de Gaia), una ciudad al otro lado del río. Muchos piensan que ambas ciudades deben unirse, debido a su cercanía y a sus enlaces históricos.

La región en la que se encuentra el actual Portugal estuvo habitada al menos hace quinientos mil años, primero por los Neanderthales y más tarde por los hombres modernos.

Los primeros contactos con griegos y fenicios (finales del II milenio a. C.) significaron el surgimiento de pequeños puestos comerciales costeros semipermanentes. La parte atlántica de la península tuvo menos contactos por lo que está menos documentada que la parte mediterránea. Esa época coincidió con la formación de la primera entidad política conocida, el mítico reino de Tartessos, en el suroeste peninsular. En el I milenio a. C. la Península Ibérica estaba habitada por los denominados historiográficamente pueblos prerromanos. Recibieron el nombre colectivo de Iberos los de la franja mediterránea y valles del Ebro y Guadalquivir, mientras que los del interior se asociaban a la influencia cultural celta. Debe evitarse considerar tales denominaciones como reflejo de una unidad étnica o cultural que estuvo muy lejos de producirse. En la zona del actual Portugal las fuentes romanas localizan a pueblos que denominan Lusitanos, Galaicos o Gallaeci y los Conios). Otras tribus menos significativas fueron los Brácaros, Célticos, Coelernos, Equesos, Grovios, Interamici, Leunos, Luancos, Límicos, Narbasos, Nemetatos, Pésures, Quaquernos, Seurbos, Tamagani, Taporos, Zoelas o Túrdulos.

La Península Ibérica fue, junto con el norte de Italia el escenario principal de la Segunda Guerra Púnica entre Cartago y el Imperio Romano. Fue durante esta guerra cuando arribaron a las costas peninsulares tropas romanas por primera vez. Tras la conquista de Cartago por parte del Roma, los cartagineses tuvieron que renunciar a la península a favor de los romanos (en el 206 antes de Cristo). Este resultado, tras el final de la Segunda Guerra Púnica, se desarrolló a partir del 202 a. C. En el 197 a. C. los romanos crearon dos provincias, bajo las cuales quedaba dividida la península, eran la Hispania citerior (Norte de Hispania) y la Hispania ulterior (Sur de Hispania).

Los pueblos célticos que habitaban la zona, no estaban dispuestos a someterse a los romanos sin antes luchar. Esta resistencia comenzó prácticamente desde el momento en que los romanos pisaron el territorio. De esta forma, en el 197 a. C. comenzaron las guerras celtíberas entre los pueblos oriundos de Iberia y las tropas romanas. Tras un acuerdo de paz, en 179 aC, ideado por Tiberio Sempronio Graco, los pueblos lusos se sometieron a la que entonces era la Republica Romana.

Con esta victoria romana no se trajo paz a las provincias, sino que los Lusitanos, otro pueblo celtíbero, terminarían por levantarse contra los romanos. El conflicto se fue agrandando cada vez más.

En 154 aC dio comienzo lo que se conoce como Guerra Hispánica, un levantamiento de los pueblos celtíberos. Cuatro años más tarde, los romanos consiguieron vencer al jefe lusitano y terminar con la revuelta. Viriato, uno de los pocos supervivientes, se convirtió en jefe de los Lusitanos, continuando con las luchas contra los romanos y convirtiéndose en el héroe de su pueblo. Cuando fue asesinado en manos romanas, mientras se encontraba junto con su pueblo en la localidad de Viseu en 139 aC, comenzó de nuevo una revuelta. A partir del 138 aC los romanos comenzaron a fortificar la zona en la que se encuentra la actual Lisboa. Julio César arribo a Lisboa en el 60 aC, y terminó con el último foco de resistencia lusitano.

Roma mantuvo el poder en el territorio durante casi cuatro siglos. En 27 a. C. tiene lugar una reforma administrativa bajo el gobierno de César Augusto, en la cual se divide la Península Ibérica en tres provincias: Bética, Hispania Citerior o Tarraconense y Lusitania (con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida). La provincia de la Lusitania se dividió en tres conventos jurídicos: Pacensis (con capital en Pax Iulia, la actual Beja), Scallabitanus (con capital en Scallabis, la actual Santarém) y Emeritensis (con capital en Emerita Augusta, la actual Mérida). Lusitania se componía de la mayor parte del territorio portugués actual (lo que encontramos al sur del Duero) así como las provincias españolas de Salamanca , Cáceres , gran parte de Ávila, zonas de Zamora , el oriente de Toledo , así como una buena parte de Badajoz . Durante la Antigüedad tardía, Diocleciano dividiría la Tarraconense en 3 provincias surgiendo la Hispania Cartaginense y Callaecia o Gallaecia. La Gallaecia se componía de los territorios del actual Portugal que se encontraban al norte del Duero.

Los celtíberos eran paganos, practicando el Sacrificio humano, lo que fue certificado por Apiano durante las exequias de Viriato. En el siglo IV comenzó la cristianización de todos los territorios, creándose cuatro diócesis (Braga, Ossónoba, Évora y Lisboa), de las cuales Braga era la más antigua.

En 409 los llamados pueblos bárbaros, Suevos, Alanos y Vándalos (Asdingos y Silingos) Todos de origen germánico, salvo los Alanos que eran pueblos iranios, se asientan en Hispania. En 411 estos pueblos se dividen entre sí el territorio: los Vándalos Asdingos ocuparon la Gallecia, los Suevos la región del norte del Duero, los Alanos las provincias de Lusitania y Cartaginense y los Vándalos silingos la Bética.

Al mismo tiempo tiene lugar la entrada de los Visigodos en la Península Ibérica al servicio del Imperio Romano con el objetivo de subyugar a los invasores.

De todos estos pueblos, los Suevos y los Visigodos serían los que tuvieron una presencia más duradera en el territorio en el que actualmente se asienta Portugal. Estableciendo la capital del su reino en Braga, los Suevos expanden su territorio hacia Galicia y Lusitania. Los suevos eran originariamente paganos, habiendo sido evangelizados por Martín de Braga, aunque la variante del cristianismo a la que pertenecieron fue alternativamente católica (la de la población autóctona) o arriana (la de los visigodos). A partir de 470 crecen los problemas del Reino Suevo con el vecino Reino Visigodo de Toledo. En 585 el rey visigodo Leovigildo toma Braga y se anexiona el Reino Suevo. A partir de este momento, toda la península permanecerá bajo el reinado godo (con la excepción de algunos puntos en la costa sur del mediterráneo, que estaban controladas por los Bizantinos), hasta la invasión musulmana de 711.

Los pueblos bárbaros eran numéricamente inferiores a la población hispano-romana, por lo que su estrategia fue en primer lugar mantenerse como minoría dirigente estrictamente separada de la mayoría autóctona. A ello ayudó el mantenimiento de las diferencias idiomática y religiosa, y la prohibición legal de los matrimonios mixtos. No obstante, la consolidación del reino visigodo (y en menor medida del suevo) se consiguió justamente por políticas de integración con la población local, incluyendo la conversión religiosa, la unificación legislativa y la autorización de matrimonios mixtos, lo que produjo una progresiva identificación y mezcla étnica y cultural.

Las ciudades sufrieron una fuerte decadencia, como en toda Europa Occidental, y tanto las formas de vida urbanas como la economía sufrieron una fuerte ruralización.

En 711 la Península Ibérica fue ocupada por las tropas del Califato de Damasco (básicamente bizantinos norteafricanos con algunos elementos Árabes). Durante los primeros dos siglos el Califato de Damasco luchó por mantener el control de toda la Península. Tras las primeras victorias cristianas la antigua provincia del imperio Omeya se independizó y pasó a ser el emirato de Al-Ándalus, y más tarde pasó a estar controlada por el Califato de Córdoba. En el 712 cayó Toledo, la capital Visigoda. Desde entonces fueron avanzando hacia el norte, y todas las ciudades fueron capitulando. En el 716 controlaban toda la península, aunque el control en el norte era más nominal que militar. A partir de entonces dirigieron sus esfuerzos hacia los Pirineos para tomar el reino Carolingio. En el año 718 en Asturias se produce la primera revuelta, al mando de un noble visigodo llamado Don Pelayo. En 722 tiene lugar la Batalla de Covadonga, donde Pelayo vence y funda el reino de Asturias.

Los siglos VIII y IX significarían un creciente poderío musulmán, a pesar de los núcleos cristianos del norte de la península. En el siglo X, Abderramán III convierte Al-Andalus en califato independiente.

La Reconquista terminó con la Conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos en 1492. En esa época, el reino portugués ya existía como nación independiente, dedicándose a los descubrimientos ultramarinos con la excusa de seguir con las cruzadas para difundir el Cristianismo. Los musulmanes que no fueron expulsados o asesinados durante la reconquista tuvieron que adquirir las costumbres locales incluido el credo cristiano. No hay datos ciertos sobre la presencia de componentes bereberes en la población portuguesa actual pero algunos científicos apuntan a que la hay.

Si rápida fue la Invasión musulmana, la Reconquista de los reductos de cristianos del norte fue francamente más lenta. Este proceso gradual originó el nacimiento de pequeños reinos que se irían agrandando a medida que la Reconquista iba dando sus frutos. El primero, el Reino de Asturias, se convertiría en Reino de León con Alfonso III el Magno de León en el año 901.

Más tarde, Alfonso VI de León (autodenominado emperador) entregó, por mérito, a su cuñado Enrique de Borgoña, el Condado Portucalense. De este condado, que pertenecía al Reino de León, pero que poseía gran autonomía surgiría el Reino de Portugal. Enrique gobernó para conseguir una autonomía completa en su condado y dejó una tierra portucalense mucho más libre de la que recibió. Tras su muerte (1112), le sucede la viuda de éste, Teresa de León, como regente del condado durante la minoría de edad de Afonso Henriques. El pensamiento de Teresa fue idéntico al de su marido: fortalecer la vida portucalense y conseguir la independencia del condado. Teresa comenzó en 1121 a autodenominarse reina, pero los grandes conflictos diplomáticos y la influencia de los nobles gallegos (principalmente Fernando Pérez de Traba) en la regencia de los asuntos públicos perjudicó su esfuerzo. A los catorce años de edad (1125), el joven Afonso Henriques es elevado a la condición de caballero, siguiendo las costumbres de los reyes, y convirtiéndose así en guerrero independiente. La posición de favoritismo de la reina en relación a los nobles gallegos y la indiferencia a los hidalgos y eclesiásticos portucalenses originó una revuelta de estos, bajo la dirección de su hijo.

La lucha entre Alfonso Henriques y su madre se desarrolla hasta que en 1128 tiene lugar la Batalla de San Mamede (Guimarães) en la que Teresa es derrotada y expulsada del territorio que había gobernado durante quince años. Afonso Henriques aprovechó la ocasión para declarar al condado como principado independiente.

No obstante, continuó luchando contra las tropas de Alfonso VII de León y Castilla (no conforme con la pérdida del condado), mientras que paralelamente luchaba contra los moros. En 1139, Alfonso Henriques consiguió una importante victoria contra los moros en la Batalla de Ourique, habiendo declarado la independencia con el apoyo de los jefes portugueses, que le aclamaron como rey.

En esta fecha, 1139, nacía oficialmente el Reino de Portugal y su primera dinastía, con Alfonso I de Portugal como rey.

Reclamado protección pontificia para la nueva monarquía, Alfonso Henriques se dirigió al papa Inocencio II, que declaró Portugal como tributario de la Santa Sede. En 1143 es reconocida la Independencia de Portugal por el rey de Castilla en el Tratado de Zamora, firmándose definitivamente la paz. Durante el periodo que continúa, se siguió atendiendo, siempre que era posible, a asegurar la soberanía (que no estuvo asegurada durante la Crisis dinástica), así como a ampliar el territorio hacia el sur.

Enrique de Borgoña fue el fundador de la primera casa real portuguesa, la Casa de Borgoña, que gobernó el país hasta 1383. Fernando I fue el último miembro de esta familia en gobernar Portugal. Los motivos de la caída de esta dinastía fueron las luchas contra los reinos vecinos de León y Castilla y las revueltas en tiempos de Dionisio I.

Terminada la parte portuguesa de la Reconquista en 1249, la independencia estuvo en peligro por la presencia castellana, como resultado de la crisis de 1383-1385 por la sucesión del rey Fernando I. La independencia queda garantizada en la batalla de Aljubarrota con la aniquilación total del ejército castellano y la aclamación popular de Juan I, hermano de Fernando I pero hijo ilegítimo de Pedro I, que representaba el inicio de la segunda dinastía, la de Avis, casa real que gobernaría Portugal hasta la llegada de Felipe I y la independencia con la Dinastía de Braganza. Bajo la dinastía Avís, Portugal comenzó los descubrimientos en ultramar así como fue creando un Imperio comercial por África, Asia y América.

A principios del siglo XV se llevaron a cabo algunas campañas fuera del territorio portugués, que llevaron a la conquista de plazas en África, como Ceuta y Tánger. Debido a la riqueza que supusieron estas nuevas adquisiciones territoriales, los portugueses decidieron continuar con las expediciones de ultramar para describir más territorios con los que comerciar. El pretexto inicial fue la Evangelización, que enseguida cambiaría por el interés de los descubrimientos y la voluntad aventurera de los portugueses. Portugal decide enviar varias expediciones a lo largo de la Costa Africana, descubriendo Madeira, São Tomé e Príncipe, Cabo Verde, Angola y la Guinea, hasta que Juan II basado en datos que quiso esclarecer, inicia un proyecto destinado a convertir Portugal en una de las potencias internacionales, el descubrimiento de la ruta marítima a la India. El proyecto sale a buen puerto y fue Vasco da Gama, ya en tiempos de Manuel I el que descubre el Océano Índico y expande la presencia portuguesa por toda la costa africana oriental hasta la India. Mientras tanto, desde España llegaban noticias de que Cristóbal Colón había descubierto tierras hacia el oeste, lo que más tarde sería denominado las Indias Occidentales. La curiosidad de Pedro Álvares Cabral sería la que descubriese el Brasil para los portugueses. Con colonias establecidas por varios puntos del mundo, Portugal se convirtió rápidamente en un importante centro comercial, y junto con España, convertirían a la Península Ibérica en la mayor potencia mundial de la época.

El Imperio Portugués fue el primero y más duradero de los imperios coloniales (1415-1999) desde la Era de los Descubrimientos. Tras el descubrimiento de la costa Africana, mientras se avanzaba por tierra hacia el centro del continente, se exploraban rutas alternativas para el comercio de las especias. La intensidad de esta búsqueda, por varias naciones, permitiría establecer colonias por todo el mundo, siendo Portugal una de esas naciones. Desde Brasil a Asia, Portugal expandía su lengua y costumbres, trayendo grandes riquezas a la metrópolis, en muchas ocasiones en perjuicio de las propias colonias. Salvo Brasil, donde emigraron muchos portugueses, la mayor parte de las colonias portuguesas no fueron más que factorías costeras fortificadas que centralizaban el comercio local y lo vinculaban con el transoceánico.

Tras el siglo XVI, Portugal vio perder gradualmente sus riquezas, ya que al formar parte de la Monarquía española de la Casa de Austria desde 1580 hasta 1640, provocó que muchas de las colonias portuguesas fueran atacadas por enemigos de España como Holanda e Inglaterra.

En la metrópolis, la vida era calmada y serena con los dos primeros reyes españoles, ya que mantuvieron el status de Portugal, dando a nobles portugueses buenos puestos en la corte española, y manteniendo la independencia, leyes, moneda y gobierno portugués. Se propuso trasladar la capital de Imperio español a Lisboa. Más tarde, Felipe III intentó reducir esa autonomía, y los nobles portugueses temieron perder poder. Aprovechando la circunstancia de la sublevación de Cataluña, el 1 de diciembre de 1640 se proclamó a Juan IV como nuevo rey, desatándose una guerra con España. La guarnición de Ceuta no aceptó al nuevo rey y se mantuvo fiel a Felipe.

En el siglo XVII los portugueses emigraron en gran número a Brasil. En 1709, Juan V prohibió la emigración, ya que el país había perdido una gran porción de su población. Brasil fue convertido en un virreinato y los Amerindios obtuvieron la libertad. En 1807 la corona portuguesa huyó de Napoleón y se instaló en Brasil, que dejó de ser una colonia para convertirse en reino y cabeza del imperio. Tras la revolución portuguesa de 1820, que reclamaba el regreso del rey a Lisboa, Brasil se independizó. Durante la segunda mitad del siglo XIX Portugal ocupó el territorio africano que rodeaba las fortalezas costeras establecidas desde el siglo XVI, y se constituyeron los gobiernos coloniales de Angola, Mozambique y Guinea-Bissau. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó la descolonización, Portugal se resistió a conceder la independencia a sus colonias. En 1961, tras la pérdida de Goa, invadida por la India, aparecieron guerrillas independentistas en Angola y Mozambique, dando inicio a un larga guerra colonial que poco después se extendió a Guinea-Bissau. El desgaste por la guerra en tres frentes llevó a que una parte del ejército diese un golpe de Estado en 1974 y prometiese la descolonización. Las colonias africanas, junto a Timor Oriental, Santo Tomás y Príncipe y Cabo Verde se independizaron en 1975. La última colonia portuguesa, Macao, dejó de estar bajo los dominios lusos en 1999, cuando se incorporó a China.

La muerte del rey Sebastián I de Portugal sin herederos, acaecida en la batalla de Alcazarquivir, daría pie a una gran crisis sucesoria, en la que descendientes de la dinastía de Avis lucharían por llegar al trono.

Inmediatamente después de ocurrida la muerte del rey Sebastián, las Cortes portuguesas reconocieron como rey a Enrique el Cardenal, quien había sido regente del rey entre 1557 y 1568. A la muerte de éste, acaecida en 1580, la regencia del reino fue asumida por el Consejo de gobernadores del Reino de Portugal, constituida por cinco gobernadores.

A partir de aquel momento, la corona portuguesa fue disputada por varios descendientes de la Dinastía de Avis. Así se la disputaron Catalina –hija del infante Eduardo–, su sobrino Ranuccio I Farnesio (Duque de Parma), Felipe II de España y Antonio, prior de Crato. Ranuccio era el heredero más apropiado al tratarse de un varón y descender por línea masculina, al igual que Catalina. Felipe II era el pretendiente menos aventajado en cuanto a la genealogía, ya que era nieto de Manuel I por línea femenina, y además era extranjero. En cuanto a Antonio, también era nieto de Manuel I, pero había nacido fuera del matrimonio de su padre, por lo que era considerado ilegítimo.

Antonio, confiando en la hostilidad popular hacia un rey castellano, se presentó como candidato alternativo a Felipe II. Se esforzó por probar el casamiento de sus padres, pero no pudo mostrar ninguna evidencia. Antonio recibió el apoyo popular y el del clero inferior, mientras que Felipe II soborna a las clases altas con oro procedente de las Indias Occidentales; estas clases veían la unión de Portugal con los Reinos españoles, como altamente beneficiosa para sus intereses.

El 24 de julio de 1580, Antonio se autocoronó rey de Portugal en Santarem, con la aclamación popular. Un mes después, el 25 de agosto, las tropas castellanas del duque de Alba lo derrotaron en la batalla de Alcántara, convirtiéndose Felipe II en el nuevo rey Portugal (con el nombre de Felipe I) el 15 de abril de 1581, según el reconocimiento de las Cortes de Tomar. Antonio huyó a las Azores, desde donde intentó continuar ejerciendo soberanía sobre Portugal hasta 1583, año en que fue expulsado de ellas por las huestes castellanas.

De esta forma, Portugal pasó a formar parte de la Monarquía Hispánica (1580 - 1640) en una unión dinástica aeque principaliter]]. Esta unión no supuso ningún cambio significativo, pues los reinos de Felipe II, tenían el mismo monarca, y seguían manteniendo sus ordenamientos jurídicos e instituciones propias. Con esta unión, bajo la figura de Felipe II se mantendría el mayor imperio colonial de la historia, pues a las ya vastas posesiones españolas habría que unir las importantes plazas portuguesas en Brasil, África y Asia.

Los reinados de Felipe I y Felipe II de Portugal fueron relativamente pacíficos principalmente porque hubo poca interferencia castellana en los asuntos de Portugal, que seguía bajo la administración de gobiernos portugueses. A partir de 1630, ya en el reinado de Felipe III de Portugal, la situación tendió a una mayor intervención castellana y a un descontento creciente. Las numerosas guerras en las que España se vio envuelta, por ejemplo contra las Provincias Unidas (Guerra de los Ochenta Años) y contra Inglaterra, habían costado vidas portuguesas y oportunidades comerciales. Dos revueltas portuguesas habidas en 1634 y 1637 no llegaron a tener proporciones peligrosas, pero en 1640 el poder militar español se vio reducido debido a la guerra con Francia y la sublevación de Cataluña.

La gota que colmó el vaso fue la intención del Conde-Duque de Olivares en 1640 de usar tropas portuguesas contra los catalanes que se habían declarado súbditos del rey de Francia. El cardenal Richelieu, mediante sus agentes en Lisboa, halló un líder en Juan II, Duque de Braganza, nieto de Catalina de Portugal. Aprovechándose de la falta de popularidad de la gobernadora Margarita de Saboya, Duquesa de Mantua, y de su secretario de estado Miguel de Vasconcelos, los líderes separatistas portugueses dirigieron una conspiración nacionalista el 1 de diciembre de 1640. Vasconcelos, que sería defenestrado, fue prácticamente la única víctima. El 15 de diciembre de 1640 el Duque de Braganza fue aclamado rey como Juan IV, pero se negó a ser coronado, consagrando la corona portuguesa a la Virgen María. Debido a estos sucesos, estalla a Guerra de Restauración, para lograr la Independencia, conflicto que se mantendría hasta la firma del Tratado de Lisboa en 1668, por el cual España reconoce la soberanía de Portugal y Portugal cede, a petición de los habitantes, la plaza de Ceuta a España.

Tras 1640, la corona portuguesa creó un Consejo de Ultramar, encargado de la nueva política colonial. Con el objetivo de superar la situación económica a la que se enfrentaba la metrópolis. En este contexto, Brasil, como la mayor y más rica colonia, se vio sumido en una serie de reformas administrativas y económicas, buscándose el descubrimiento de oro y piedras preciosas. Además se intentó reducir el poder de las Cámaras Municipales para dar mayor poder al Estado.

Entre 1634 y 1637 se producen levantamientos en Évora. En 1640 hubo una revuelta en Cataluña y el Conde-duque de Olivares, el todopoderoso primer ministro de Felipe III (Felipe IV de España), planeó enviar tropas portuguesas para terminar con el levantamiento. Francia, el gran enemigo de los Austrias, vio una oportunidad para debilitar a España. El Cardenal Richelieu apoyó a los portugueses y al Duque de Braganza para que se levantaran contra los españoles. Las debilitadas fuerzas españolas fueron aplastadas en un golpe de mano y la Condesa de Mantua, representante del Rey de España en Lisboa fue derrocada, proclamándose a Juan IV como rey.

Hubo un levantamiento del arzobispo de Braga y de algunos nobles que solicitaban que el nuevo rey renunciara y devolviera la corona al rey de España. Estos nobles y eclesiásticos fueron sometidos a tormento y juzgados sin ningún tipo de piedad por el nuevo monarca. Con Juan IV, la Dinastía de Braganza accedió al trono portugués siendo la penúltima dinastía en reinar en el país.

España reaccionó años más tarde a los sucesos de Portugal. La razón fue que España se encontraba inmersa en la Guerra de los treinta años en Alemania y simultáneamente en la guerra con Francia, además de la sublevación de Cataluña, Nápoles y Sicilia, y una conspiración en Andalucía, por lo que sus ejércitos no se encontraban disponibles; fue un delicadísimo momento conocido como crisis de 1640. En 1644 hay una pequeña lucha en Montijo. Portugal había renovado su alianza con Inglaterra, siendo las figuras clave del nuevo pacto Carlos I, Oliver Cromwell y Carlos II el marido de Catalina de Braganza. Portugal entregó Tánger y Bombay a Inglaterra. Juan IV intentó con éxito reconquistar territorios pertenecientes al Imperio portugués. Pese a que Ceilán y Malaca habían sido conquistados por los Países Bajos, logró echar a los holandeses de Luanda y Santo Tomás y Príncipe y, en unión con Inglaterra, los logró expulsar de Brasil. Debido a la pérdida de las colonias orientales, el oro, azúcar y diamantes del Brasil se convirtieron en la principal fuente de ingresos del país. Debido a la confrontación con España, el rey de Portugal reforzó la administración del Estado. De esta forma habría un consejo de guerra permanente así como un consejo de vigilancia de las fronteras Con ayuda de la Compañía General de Comercio de Brasil, en 1649 se aseguró el paso marítimo desde la metrópolis a su principal colonia. Bajo el reinado de Juan IV, Portugal volvió a ser una potencia mundial y un país respetado en Europa.

En 1656 murió Juan IV. Su hijo mayor, Alfonso VI ascendió al trono. Cuando murió su padre, el príncipe contaba con solo 13 años de edad, así que su madre Luisa de Guzmán tuvo que ejercer la regencia. En 1662 comenzó a gobernar formalmente el nuevo monarca. En 1659 habiendo terminado la guerra con Francia, España decide atacar a Portugal para devolver el trono a los Austrias (Guerra de Restauración portuguesa). Los españoles ocuparon Elvas. Tropas inglesas y portuguesas atacaron a las tropas españolas. En 1665 murió Felipe IV de España, el último monarca de la Casa de Austria que había poseído el título de rey de Portugal. Los españoles, con las fuerzas militares debilitadas, se vieron obligados a firmar la Paz de Lisboa, por la cual se reconocía la independencia de Portugal. Ceuta se mantuvo del lado español. Esta victoria sobre España le dio al rey el sobrenombre de el Victorioso.

Alfonso VI perdió cada vez más influencia sobre su hermano menor, el infante Pedro II. Esto provocó que Pedro se levantara contra su hermano. En el pueblo y las cortes también compartían la opinión de que el rey, debido a sus minusvalías, no podía seguir gobernando el país.

En 1667 Pedro obligó al rey, con el Consejo de la corona, a firmar un documento en el que se aseguraba el gobierno. Las cortes abjuraron del rey en 1668 y aclamaron a Pedro como regente. La honra del rey estaba perdida y la reina contrajo matrimonio con el príncipe Regente. Alfonso VI vivió hasta su muerte en 1683 como preso en Sintra y en las Azores. Tras su muerte, el príncipe regente, adquirió el Título de Pedro II de Portugal.

El final del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII estará marcado por el florecimiento de la explotación minera de Brasil, donde se descubrirá oro y piedras preciosas. El rey Don João V llegará a ser uno de los monarcas más opulentos de Europa.

Durante el reinado de su sucesor Don José I, se produce el Terremoto de Lisboa, el 1 de noviembre de 1755, que destruyó la práctica totalidad de la ciudad y que supuso un golpe en la esencia del imperio. Su rápida reconstrucción bajo la dirección del marqués de Pombal abrió un período de modernización y europeización con profundas reformas en la administración, la economía y la educación, en vías de una monarquía absoluta frente a la importancia de los nobles.

El intento de asesinato del rey fue aprovechado por el Marqués de Pombal para iniciar una campaña de castigo contra las familias reticentes a sus propuestas de cambio y contra la Compañía de Jesús que sería expulsada de Portugal con la aquiescencia del Vaticano.

En 1779 muere el rey, llegando al trono María I de Portugal y su marido Pedro III quienes destituyen y obligan al marqués de Pombal a refugiarse en sus propiedades fuera de la capital.

El imperio decae poco a poco a pesar de que Portugal entra a formar parte del Bloqueo Continental junto a Inglaterra. El declive seguirá durante las guerras Napoleónicas, la ocupación de la Península Ibérica, la huida de la familia real a Río de Janeiro, y la pérdida de su colonia brasileña en 1822.

En 1807 Portugal rechazó la demanda de Napoleón Bonaparte para acceder al Bloqueo Continental un embargo al Reino Unido. Esto provocó que las tropas francesas invadieran Portugal comandadas por Junot y la capital fue tomada el 1 de diciembre de 1807. La intervención de las tropas británicas en la Guerra de la Independencia devolvió la independencia al país. Las últimas tropas francesas fueron expulsadas en 1812. La guerra le costó a Portugal la pérdida de la provincia de Olivenza que, tras la Guerra de las Naranjas, había pasado a pertenecer a España. La huida de la familia real durante la guerra produjo que Río de Janeiro pasara a ser la capital de Portugal entre 1808 y 1821. En 1820 vio la luz una constitución debido a las insurrecciones de Oporto (el 24 de agosto) y Lisboa (el 15 de septiembre). Cuando Brasil accedió a la independencia en 1822, Lisboa recuperó su status de capital.

La muerte de Juan VI en 1826 llevó a una crisis sucesoria. Su hijo mayor, Pedro I de Brasil se convirtió en Pedro IV de Portugal pero ni los portugueses ni los brasileños querían una monarquía unificada; consecuentemente, Pedro abdicó su corona portuguesa en su hija María da Glória, con la condición de que cuando tuviera edad suficiente se casara con su hermano Miguel. El descontento por las reformas constitucionales de Pedro, llevó a que la nobleza territorial y la Iglesia proclamara a Miguel como rey en 1828. Esto provocó las Guerras Liberales en las cuales Pedro, con ayuda inglesa, forzó a Miguel a abdicar y marchar al exilio en 1834, colocando a su hija en el trono como María II.

Con el ascenso del autocoronado emperador Napoleón Bonaparte comienza una estrategia militar francesa por toda Europa para garantizar la hegemonía francesa y terminar con Inglaterra como principal potencia económica y militar de la época. Napoleón requirió a los Estados europeos que se unieran al Bloqueo Continental. Aquellos que se negaron a formar parte de él serían invadidos por los ejércitos imperiales franceses. Portugal, debido a la alianza que mantenía con Inglaterra desde la Edad Media se negó a formar parte. De esta forma, Napoleón, que previamente había pactado con España la anexión de Portugal, a través del Tratado de Fontainebleau y de la Guerra de las Naranjas, invadió Portugal, obligando a la casa real portuguesa a huir a Brasil. La ayuda de los ingleses fue crucial para lograr expulsar a los invasores. Las luchas no sólo se desarrollaron en Europa sino también en América del Sur, donde Portugal conquistó la Guayana Francesa.

A principios del siglo XIX Portugal vivía una crisis motivada por la huida de la familia real a Brasil, por las consecuencias desastrosas de las invasiones napoleónicas, por el dominio de los ingleses y por la apertura de los puertos brasileños al comercio mundial, lo que había provocado la ruina de muchos comerciantes portugueses. Al mismo tiempo, la ideología liberal se iba implantando en pequeños grupos de burgueses.

El 24 de agosto de 1820 estalló en Oporto una revolución cuyo objetivo inmediato era convocar cortes que dotasen al país de una Constitución.

Esta revolución no encontró oposición. La ciudad de Lisboa también se sumó al movimiento, creándose una Junta Provisional cuyo objetivo era organizar unas elecciones para elegir a las cortes. Los diputados electos, oriundos de todos los territorios controlados por Portugal (Brasil, Madeira, Azores y las posesiones en África y Asia) formaron las primeras cortes constituyentes del país.

El rey Juan VI fue requerido para que regresase a Portugal. Antes de volver, nombraría a su hijo, Pedro, regente de Brasil, lo que desagradó a las cortes, que entendían que la soberanía sólo podía residir en el Portugal continental. Las cortes ordenaron también que Pedro abandonase Brasil y regresase a Europa para recibir formación. Estas actitudes generaron el descontento de 65 diputados brasileños, que abandonarían las cortes para regresar a Brasil. El 7 de septiembre de 1822, Pedro recibe otro mensaje de las cortes que rompe delante de sus compañeros exclamando: "¡Independência o muerte!". Este acto, conocido como el Grito de Ipiranga marcaría la fecha de la Independencia de Brasil.

En el mismo año, las cortes aprobaron la Constitución. Inspirada en la Constitución Francesa de 1791, consagraba la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), limitaba el poder del rey a una mera función simbólica, dando al gobierno todo el poder así como a las cortes, un parlamento unicameral elegido por sufragio directo, la potestad legislativa.

Con la muerte de Juan VI se generó un problema de sucesión. A Pedro IV se le forzó a abdicar el trono portugués para mantener el trono brasileño, en su hija María II, que accedía a él por legitimidad. Mientras tanto, el hermano de Pedro IV, Miguel I que se encontraba en el exilio en Austria por haberse levantado contra su padre por dos veces, fue nombrado regente del reino y se preparó una boda con su sobrina María II. En el intento de imponer su régimen absolutista frente al régimen constitucional de María II, se iniciaron seis años de conflictos armados con la intervención de otras potencias europeas. Para resolver la situación, Pedro abdica el trono brasileño en su hijo Pedro II de Brasil y se impone por la fuerza. Las derrotas sucesivas de don Miguel le forzarían a desistir en su empeño, firmando el Compromiso de Évora-monte. y permitió la restauración de la Constitución portuguesa de 1826 y la vuelta al trono de María II.

Tras la derrota de los absolutistas, la política portuguesa del siglo XIX estuvo marcada por las ideas liberales, aunque tampoco se logró la tranquilidad deseada. Los liberales eran un grupo heterogéneo que se había unido para luchar contra los absolutistas pero que en común poseían muchas discrepancias. Por este motivo se dividieron en primer lugar entre los moderados y los progresistas. El primer punto de desencuentro fue la nueva constitución política del país. Mientras que los progresistas, denominados Septembristas, querían volver a implantar la Constitución de 1821, los moderados, denominados Cartistas, querían imponer la Constitución de 1826. La reina María II, que era favorable a los Cartistas, entregó el poder a Costa Cabral, nombrándolo ministro de justicia. Costa Cabral gobernó el país de forma dictatorial, provocando el descontento de la población, por lo que se desarrolló una guerra civil. La reina tuvo que destituirlo y llamar al gobierno al partido progresista.

En 1853 murió María II dando a luz a su undécimo hijo con 34 años. Con el reinado de María II terminó en Portugal la Casa de Braganza. La reina se había casado en 1836 con Fernando II de la Casa Sajonia-Coburgo-Gotha. A través de ese matrimonio, la casa alemana pasó a reinar en Portugal.

El sucesor de María II sería su hijo Pedro V, que cuando murío su madre aún era menor de edad, así que su padre Fernando II tuvo que asumir la regencia. En 1855 llegó a la mayoría de edad y tomó las riendas del reino. Se inició un largo período de estabilidad, en el que Portugal era un modelo de monarquía constitucional, en la que se respetaban los derechos individuales y había una amplia libertad de prensa.

Los partidos liberales habían llegado un consenso sobre la bondad del fomento material, el desarrollo de los ferrocarriles, el comercio y la industria, y dejaron de lado los disensos constitucionales de las décadas de 1830 y 1840. Sin embargo, pese a la paz social, la industrialización y la modernización de la agricultura, así como la alfabetización de la población, fueron más lentos en Portugal que en cualquier otro país de la Europa occidental.

Tras una crisis política entre 1868 y 1872, coincidiendo con el sexenio democrático español, el sistema político recuperó la estabilidad. Y se esbozó el modelo político del turnismo de partidos, llamado rotativismo, en el cual, los dos principales partidos políticos, el Partido Regenerador (conservador) y el Partido Histórico (progresista) se alternaban en el poder. En la década de 1880 se produjo una ampliación del sufragio a todos los cabezas de familia, aproximándolo mucho al sufragio universal. Sin embargo, la mayor parte de la población, rural y analfabeta, vivía ajena la política y eso permitía un control caciquil del sistema político.

En 1890 se produjo crisis colonial en África, a la que siguió una serie de campañas militares para la ocupación efectiva del territorio que Portugal reclamaba colonias suyas. Esas campañas crearon un nuevo cuerpo de oficiales africanistas y anti-liberales que posteriormente serían muy importantes en la historia portuguesa. Mientras tanto, los movimientos republicanos iban ganando adeptos. En 1908 el rey Carlos I y su príncipe heredero fueron asesinados a tiros en la Praça do Comércio de Lisboa. El nuevo rey, Manuel II culpó de los sucesos a João Franco primer ministro de su padre que había gobernado de forma dictatorial durante los últimos años. João Franco fue destituido pero el nuevo rey no pudo mejorar la imagen de la monarquía ni frenar el emmpuje del movimiento republicano. En 1910 se proclamó la república, marchando el monarca al exilio en Reino Unido.

Tras una revolución en Lisboa, a la Monarquía la sucedió una República parlamentaria, que duró de 1910 a 1926. Los republicanos eran una minoría urbana en un país rural, y restringieron el derecho de voto a los varones alfabetizados. Fue un periodo de gran inestabilidad política. En los dieciséis años de duración, se sucedieron nueve presidentes y 45 gobiernos. El parlamento era el centro del sistema político y elegía al presidente de la república, que tenía poco poder para arbitrar entre las distintas facciones. El sistema de partidos estaba fragmentado y se sucedían gobiernos sin mayoría parlamentaria suficiente. Una facción del Partido Republicano Portugués, los "Democráticos" de Afonso Costa, se convirtió en el centro del sistema político y controlaba la administración y, por medio del caciquismo, las elecciones. El resto de facciones republicanas recurrieron la insurrección para llegar al poder, al igual que los monárquicos. Hubo numerosas conspiraciones y golpes de estado. El régimen era débil y las políticas laicas y de control de la Iglesia Católica lo enfrentaron a ésta y a la población rural.

Portugal participó en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la movilización militar y el colapso del comercio marítimo causaron numerosos problemas sociales, como la inflación y el desabastecimiento. El movimiento obrero, en el que primaba la organización de los anarco-sindicalistas, tampoco se sentía representado por la República y fue muy combativo, con numerosas huelgas contra la carestía en las que se usaba la violencia política. El golpe de Estado de Sidónio Pais en 1917 quiso crear una república presidencialista e integrar en el régimen a monárquicos y católicos, pero tras su asesinato un año más tarde y una pequeña guerra civil en enero-febrero de 1919, entre Monarquía y República, se restauró la constitución de 1911. El sistema pervivió durante ocho años más, pero enfrentado a numerosos problemas sociales, golpes e insurrecciones, hasta que venció el golpe de 1926 militar que impuso una dictadura.

El golpe de Estado militar de 1926 puso fin a la Primera República Portuguesa y dio inicio a una dictadura militar presidida por el General Carmona. A mediados de 1928, la situación financiera del país se convirtió en la principal preocupación del gobierno. Ese año Carmona nombró ministro de finanzas a António de Oliveira Salazar, un prestigiado profesor de economía que militaba en un partido católico. Salazar fue ganando peso en el seno del gobierno y fue nombrado primer ministro en 1932. A partir de entonces lideró la institucionalización civil de régimen, el Estado Novo, que también sería conocido como salazarismo.

Su pensamiento político estaba en contra del Comunismo y de las tradiciones de liberalismo político y económico. Era profundamente conservador y nacionalista, siendo su principal objetivo el medio rural, que era el que consideraba ideal.

En 1932 Salazar abandona el cargo de ministro de Finanzas y se convierte en presidente del Consejo de Ministros. A partir de este momento se empiezan a formar las estructuras del nuevo régimen político, caracterizado por la existencia de un único partido (la Unión Nacional), por un sistema económico intervencionista y por el antiparlamentarismo. La calificación del régimen salazarista como fascista no es unánime en la historiografía, utilizándose más frecuentemente el término de régimen autoritario o el de fascismo clerical, pero es clara su similitud con otros ejemplos contemporáneos, la Italia de Mussolini y las dictaduras españolas de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco, al que apoyó en la Guerra Civil Española (1936-1939) y con el que mantuvo una relación especial, no exenta de recelos (el Pacto Ibérico). Sin embargo, su mantenimiento de la alianza tradicional con Inglaterra hizo que Portugal mantuviera una neutralidad de signo opuesto a la española durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1933 entró en vigor una nueva Constitución. De cariz presidencialista, admitía la existencia de una Asamblea Nacional y de una Cámara Corporativa compuesta por elementos ligados a las profesiones. En la práctica, el Presidente de la República fue una figura apagada, la Asamblea Nacional fue ocupada por leales al régimen y el poder se concentró en la figura de Salazar.

Los antiguos partidos políticos portugueses desaparecieron, con la excepción del clandestino Partido Comunista Portugués (fundado en 1921, cuyos dirigentes fueron duramente perseguidos por la policía política. La censura, establecida en 1926 fue consolidada y se prohibieron todas las huelgas. En 1936 el régimen crea la Legión Portuguesa, una milicia de inspiración fascista, y la Mocidade Portuguesa destinada a ecuadrar a la juventud y trasmitirle las ideas del régimen.

Durante la Segunda Guerra Mundial Portugal se mantuvo neutral, beneficiándose de la venta del wolframio para la fabricación de material bélico. En 1949 el país ingresa en la Organización del Tratado del Atlántico Norte y en 1955 en las Naciones Unidas.

En los años sesenta Portugal registró una fuerte tasa de emigración. Los destinos principales de los emigrantes portugueses, que buscaban unas condiciones de vida más favorables fueron Francia y Alemania occidental.

El 19 de diciembre de 1961 las tropas de la India invaden las colonias portuguesas de Goa, Damán y Diu. Ese mismo año estalla la guerra de independencia de Angola.

En el contexto político y social de la posguerra, en el que subsistían los principios de autodeterminación e independencia, las colonias de todo el mundo se pusieron en contra de las metrópolis exigiendo su independencia o una forma de gobierno equiparable al gobierno metropolitano. Las Posesiones portuguesas, en la época designadas provincias ultramarinas, no fueron una excepción y entre 1961 y 1964 tuvieron lugar una serie de protestas violentas contra las fuezas portuguesas exigiendo la liberación de los pueblos. Primero ocurrió en Angola, luego en Guinea Bissau, Cabo Verde y en 1964 en Mozambique. Con esto se dio inicio a varias guerras, a las cuales los historiadores portugueses se refieren como guerras ultramarinas y los historiadores locales como guerras de liberación. La insostenibilidad de una guerra con tres frentes diferentes (sin tener en cuenta Timor que por su lejanía no se pudo intervenir en él) y el contexto político y social de la dictadura, provocarían que el pueblo se levantara contra el gobierno y en un alzamiento militar denominado Revolución de los Claveles se liberó al país del régimen opresor y se instauró la democracia.

En una conspiración militar, una coalición de capitanes del ejército portugués consigue dar un golpe de Estado, que por no ser violento se denominó Revolución de los Claveles. Ocurrió el 25 de abril de 1974. Los dirigentes del movimiento, denominados Capitanes de Abril, asumieron como prioridades el fin de la policía política (PIDE), el restablecimiento de la libertad de expresión y pensamiento, el reconocimiento de los partidos políticos existentes y la negociación con los movimientos independentistas de las colonias.

El poder sería asumido por la Junta de Salvación Nacional, constituida por militares. Este órgano sería substituido por el Consejo de la Revolución, que estuvo vigente entre 1975 y 1982. António de Spínola fue designado Presidente de la República, nombrándose también el primer gobierno provisional, presidido por Adelino da Palma Carlos. Se iniciaba un periodo muy agitado que pasó ser conocido como el Proceso Revolucionario en Curso.

El 11 de marzo de 1975 el país vivió la amenaza de un golpe de estado derechista encabezado por militares próximos a Spínola, que por su parte, descontento por aquello que él consideraba una deriva izquierdista de la política nacional, había marchado a España. En el mismo día, el gobierno provisional impulsó medidas socialistas en la economía, decretando la estatización de la banca de seguros.

El 25 de abril de 1975, un año después de la revolución, se celebran las primeras elecciones democráticas, cuyo objetivo fue elegir una Asamblea Constituyente para dotar al país de una Constitución democrática. La nueva constitución sería promulgada el 2 de abril de 1976 encontrándose vigente hasta la actualidad, pese a que ha sido revisada en varias ocasiones.

La primera fase tras la revolución fue la unión de una corriente conservadora de los militares alrededor de António de Spínola y una vertiente socialista alrededor del primer ministro Vasco Gonçalves, así como el general Francisco da Costa Gomes y Otelo Saraiva de Carvalho y Salgueiro Maia, que eran miembros del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas). Una vez establecida la corriente socialista, comenzaron las nacionalizaciones y la reforma agraria. La Constitución de 1976 definía el paso al socialismo con el destino del Estado. El general Spínola fue obligado a marchar al exilio a Brasil.

Cuando en las primeras elecciones presidenciales tras la Constitución de 1976 el general António Ramalho Eanes se impuso claramente a Otelo, se establecieron las simientes para crear un modelo de Estado parlamentario a la usanza de la Europa occidental. Eanes y el representante del Partido Socialista, Mário Soares (primer ministro desde 1976 hasta 1978 y desde 1983 hasta 1985, presidente de la República entre 1986 y 1996) acercaron el país a la Comunidad Europea, siendo el ingreso en 1986, junto al de España, cuyas negociaciones habían sido más problemáticas.

En 1979 ganó las elecciones parlamentarias, por primera vez tras la Revolución de los Claveles, un grupo político situado en el centro derecha, (gobierno de Francisco de Sá Carneiro y Francisco Pinto Balsemão). El gobierno se puso de acuerdo con la oposición socialista para llevar a cabo una reforma constitucional. La nueva Constitución, que entró en vigor en 1982 eliminó algunas instituciones que habían surgido tras la Revolución, entre ellas el Consejo Revolucionario, y creó un Tribunal Constitucional al estilo de los países democráticos. En 1985, Aníbal Cavaco Silva se convierte en primer ministro por el Partido Social Demócrata de corte conservador. Dos años más tarde el partido logró la mayoría absoluta. Cavaco Silva se mantuvo en el poder hasta 1995, impulsando una política económica neoliberal y privatizando aquellas empresas que se habían nacionalizado tras la revolución. Desde 1995 hasta 2002, el gobierno estuvo en manos del socialista António Guterres. Macao, la última colonia en Asia, fue devuelta a la soberanía china el 20 de diciembre de 1999.

En las elecciones parlamentarias del 17 de marzo de 2002 la derecha portuguesa volvió a conseguir la mayoría de los votos. Con un 62,3% de los votos escrutados, el PSD bajo la dirección de José Manuel Durão Barroso habría logrado un 40,1% de los votos seguido por el Partido Socialista y los conservadores del Partido Popular con un 37,9% y 8,8% respectivamente. Barroso formó una coalición en la que el líder del Partido Popular, Paulo Portas recibió la cartera de Justicia, Trabajo y Asuntos Sociales. Los socialistas mantuvieron en sus manos la Presidencia de la República debido a que el sucesor de Soares fue Jorge Sampaio.

En 2004 Barroso fue nombrado sucesor de Romano Prodi como presidente de la Comisión Europea. Su sucesor en el cargo de primer ministro, Pedro Santana Lopes sólo gobernó durante un corto periodo de tiempo ya que en noviembre de ese año la Asamblea Nacional se disolvió para elegir un nuevo primer ministro. En febrero de 2005 tuvieron lugar las elecciones y en ellas el Partido Socialista logró por primera vez en su historia una mayoría absoluta. José Sócrates fue nombrado primer ministro.

El 22 de enero de 2006 los votantes portugueses eligieron a Aníbal Cavaco Silva como nuevo Presidente de la República. Logró mayoría absoluta en la primera vuelta, por lo que no se tuvo que enfrentar en una segunda vuelta con su principal rival, el candidato socialista renegado Manuel Alegre que quedó delante del canditato oficial del partido socialista Mário Soares.

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