Moguer

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Publicado por grag 07/04/2009 @ 12:07

Tags : moguer, ciudades de huelva, huelva, andalucía, españa

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Moguer

Bandera de Moguer

Moguer es una localidad de la provincia de Huelva, Andalucía, España. En el año 2008 contaba con 19.032 habitantes y una densidad de 93,29 hab/km². Su extensión es de 204 km² (20.400 Has.), y se sitúa a una altitud de 51 metros sobre el nivel del mar.

Varios fueron los asentamientos humanos que desde la edad Antigua se extendieron por el término municipal de Moguer, sin embargo la donación como "Señorío de Moguer" de la villa, en el año 1333, fue el punto de partida del actual municipio, construyéndose el Monasterio de Santa Clara, y los Conventos del Corpus Christi y de San Francisco. Desde ese momento aumentó notablemente la población, convirtiéndose en una importante villa con una fuerte economía basada en la agricultura, la actividad pesquera y el tráfico de mercancías a través de su destacado puerto fluvial. Es en ese momento, cuando Moguer participó activamente en los preparativos del Descubrimiento de América. Entre sus gentes encontró Cristóbal Colón el apoyo de la abadesa del Monasterio de Santa Clara, Inés Enríquez; el clérigo Martín Sánchez y el hacendado Juan Rodríguez Cabezudo. Los Hermanos Niño tuvieron una destacada participación en el viaje, y además aportaron la carabela la Niña. A la vuelta del viaje descubridor se realizó el voto colombino en la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

Posteriormente, Moguer mantuvo la actividad marinera y comercial a través del puerto de la Ribera, exportando los vinos producidos en su término, y otras mercancías, hasta América, Rusia y otros países europeos. La actividad vitivinícola fue el motor de su economía hasta principios del siglo XX, momento en el que el polo químico de Huelva y sobre todo el desarrollo del cultivo del Fresón, propició un nuevo desarrollo económico, demográfico y social. En la actulidad la superficie de Fresón cultivada en el municipio es de 2.278 Has., que supone un 27,5 % del total nacional (8.296 Has. en toda España), lo que sitúa al municipio como el principal productor de fresas de Huelva, Andalucía y España.

El término municipal de Moguer está compuesto por los cascos urbanos de Moguer y Mazagón, la zonas agrícolas con cultivos de secano y regadío, y los espacios forestales integrado por el monte público del Ayuntamiento y los espacios naturales protegidos.

Moguer es conocido por ser uno de los llamados Lugares Colombinos, al haber tenido especial relevancia en los preparativos y en el primer viaje descubridor; y además por ser cuna del poeta Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956 por el conjunto de su obra, designándose como trabajo destacado de la misma a Platero y yo.

Sus coordenadas geográficas son 37º 16' N, 6º 50' O. Se encuentra situada a una altitud de 51 metros y a 19 kilómetros de la capital de provincia, Huelva, y a 80 km. de la ciudad de Sevilla. Está muy cercano de la vecina ciudad de Palos de la Frontera, y a 20 kilómetros de las playas de Mazagón, perteneciente a ambos municipios y administrada por la mancomunidad Moguer-Palos de la Frontera. Su extensión superficial de 204 Km2.

Moguer está ubicado al sudoeste de la Península Ibérica, en la denominada Tierra Llana de la provincia de Huelva. Al norte es colindante con el río Tinto, los municipios de Huelva, Niebla y de San Juan del Puerto, al sur con el océano Atlántico y Palos de la Frontera, al oeste el Río Tinto y Palos de la Frontera, y al este con los términos municipales de Almonte y Lucena del Puerto. Pertenece a la Comarca Metropolitana de Huelva.

El acceso principal al municipio se produce, por el norte, a través de la autovía A-49/E-1 mediante la autonómica A-494. Pero también existen accesos a través la nacional N-422 y la provincial H-624 por Palos de la Frontera, de la autonómica A-494 por el municipio de Almonte y de la autonómica A-486 por Lucena del Puerto.

Al casco urbano de Moguer se accede a través de la A-494 por las avenidas de los Hermanos Niño, del Quinto Centenario, de la Virgen y de América; y desde la carretera de la Marisma por la Calle de la Ribera. Al Casco urbano de Mazagón se accede desde la A-494 por la Avenida de los Conquistadores (oeste), calle El Dorado, Avenida del Arroyo de la Miel y Avenida de los Conquistadores (este).

El terreno donde se asienta el término se remonta al Plioceno-Cuaternario, y está formado por materiales plásticos arcillo-arenosos.

Tres unidades constituyen su paisaje: la marisma, la costa y la campiña. El Río Tinto y su marisma ocupan el paisaje predominante al norte del término municipal. Al sur se extiende 13 kilómetros de Playas vírgenes coronadas por barrancos arenosos. El resto del territorio lo constituye la campiña, surcada por los arroyos Galarín y Montemayor que mueren en el Río Tinto; Arroyo de Angorrilla, de la Monjas, Cañada del Peral y Grulla en el estero Domingo Rubio, y el de las Madres en la Laguna de las Madres. Cortando las capas superiores y en los interfluvios aparecen formas onduladas o “cabezos”.

Al estar situado en la franja costera onubense, el clima de Moguer es de tipo mediterráneo (de transición entre el subtropical y el templado) con influencia atlántica. Su régimen de temperaturas es de tipo marítimo, con una media anual de 19,2 °C lo que hace de esta ciudad una de las más cálidas de Europa y recibiendo 2.984 horas de sol anuales.

En la Edad Antigua la población del municipio estaba distribuida en varios asentamientos de su actual término municipal, sin embargo con la entrega como señorío del municipio en 1333, la población de Moguer pasó a concentrarse en el actual casco urbano, subiendo hasta los 5.000 habitantes, población en torno a la cual ha fluctuado hasta el siglo XX.

Entre 1900 y 1970 la población de Moguer se mantuvo en torno a los 7.000-8.000 habitantes, y a partir de 1970 experimentó un crecimiento continuo que ha situado la población actual en los 19.032 habitantes (I.N.E. 2008), la mayor población de su historia. De los 19.032 habitantes, 9.569 son hombres (51,28%) y 9.463 mujeres (49,72%).

El análisis detallado de datos demográficos de Moguer está recogido en el Sistema de Información Multiterritorial de Andalucía (S.I.M.A.).

Los orígenes del poblamiento humano en Moguer se pierden en la lejanía de los tiempos y están rodeados de legendarias leyendas, como ocurre en toda la zona de la desembocadura del Tinto. El actual término municipal de Moguer fue foco de atracción de población del interior y pueblos del Mediterráneo oriental desde la antigüedad, como demuestran los restos arqueológicos de origen neolítico, fenicio y romano encontrados en los diversos yacimientos arqueológicos. Entre los años 150 a. C.- 114 a. C. los hispanorromanos establecieron sus industrias de salazones a lo largo del mítico río Urium o Tinto, vía natural de comunicación y comercio de las distintas culturas que lo utilizaron. En su origen la antigua Urium fue una villa romana con su torre de defensa, construida aproximadamente entre el siglo I a. C. y siglo II a. C. Restos de ánforas, monedas, ladrillos, tégulas con marca de alfarero o un fragmento de "sigillata hispánica", un tipo de cerámica de gran belleza fechada en el siglo II, confirman la existencia en el término que hoy ocupa Moguer, de varios asentamientos romanos.

Con la llegada de los musulmanes la alquería de Mogauar o Mogur perteneció al reino taifa de Niebla. De este periodo perduran el castillo almohade, el aljibe que se encuentra bajo el patio de armas, la fuente de Pinete, la fuente de Montemayor, y restos arqueológicos de asentamientos árabes en la zonas rurales de Rendón, las Cacerías o Manzote.

Fue conquistada por la Orden de Santiago hacia 1239-1240, junto con otros enclaves del Algarve histórico, y anexionada a Castilla.

En 1333, la aldea de Moguer se convirtió en el primer señorío de la zona, al ser donado por Alfonso XI a Alonso Jofre Tenorio, Almirante Mayor de Castilla. Bajo este señor, Moguer pasó a ser una próspera villa, uniéndose al existente castillo almohade, como edificios notables, el Convento de clarisas de Santa Clara y el de Franciscanos del Corpus Christi. A su muerte el señorío pasó a María Tenorio, su hija, casada con Martín Femández Portocarrero, y luego al hijo de ambos Alonso Femández Portocarrero, a cuyo linaje quedaría vinculado definitivamente. Los Portocarrero engrandecieron la villa con la construcción del Convento de San Francisco en el siglo XV y la transformación del antiguo convento del Corpus en Hospital para pobres.

El linaje Portocarrero poseyó el rango de “ricos-hombres” y “grande” del círculo de la alta nobleza andaluza, estando ligados a la Corte por el desempeño de sus funciones. En 1375 el Señorío de Moguer se convirtió en mayorazgo. Como cualquier señorío jurisdiccional los señores de Moguer ejercían el control del gobierno municipal. En muy poco tiempo la convirtieron en una destacada villa marinera de Andalucía, gracias, sobre todo, a la política de atracción demográfica que pusieron en práctica.

Por diversos servicios prestados por los sucesivos Señores de Moguer a la corona, distinguieron a la villa de Moguer: En 1369, Enrique II de Castilla con el título de Muy Leal; en 1642, Felipe IV le otorgó el rango de Ciudad y concedió a su concejo el Escudo de los Portocarrero; y en 1779, Carlos III la distinguió con los títulos de Muy Noble y Muy Leal. Por ello, el municipio quedaría nominado como la Muy Noble y 2 veces Muy Leal Ciudad de Moguer.

La economía moguereña se basaba en la agricultura y las actividades pesqueras y mercantiles. En 1489 los Reyes Católicos concedieron un seguro a las embarcaciones que arribaran al puerto moguereño desde Canarias, norte de África y países europeos de la cornisa atlántica. Desde el XV el puerto contaba con un muelle de atraque para carga y descarga de mercancías, calzada, astilleros y una alota que era, junto con las de Huelva y Palos, de una destacada actividad dentro del litoral onubense.

A fines del siglo XV, la villa poseía un núcleo urbano conformado con varios ejes dominados por la iglesia mayor, el castillo, el convento de San Francisco y el monasterio de Santa Clara. Eran momentos de una gran actividad económica y movimiento portuario. La villa rondaría entonces los 5.000 habitantes. Fue en estas fechas cuando Moguer, convertida ya en una importante villa marinera, participó de forma activa en el Descubrimiento de América.

Aporto parte de la marinería del viaje descubridor y una de las carabelas, la Niña, construida en los astilleros del puerto moguereño hacia 1488. Varias fueron las ocasiones en que las calles de Moguer vieron pasar al Almirante Cristóbal Colón, en busca de ayuda. Apoyo que encontró en los Hermanos Niño, el clérigo Martín Sánchez, el hacendado Juan Rodríguez Cabezudo a quien confió la custodia de su hijo Diego, la abadesa del Monasterio de Santa Clara, Inés Enríquez, tía del rey Fernando el Católico.

En cumplimiento de una de las provisiones que llevaba Colón, concedidas por los Reyes Católicos, que obligaba a las villas de las costas andaluzas, y por medio de una comisión dirigida a la villa de Moguer para que cumplieran dicha provisión, embargó en esta localidad dos barcos en presencia del escribano moguereño Alonso Pardo, embarcaciones que más tarde fueron desechadas.

Al regreso de América tuvo lugar, en la iglesia del Monasterio de Santa Clara, el Voto colombino, realizado en el viaje de vuelta cuando una fuerte tempestad estuvo a punto de hacer zozobrar la carabela La Niña.

Durante el siglo XVI, la villa atravesó una época de prosperidad comercial con América, siendo numerosos los moguereños que participaron en el descubrimiento y evangelización de las nuevas tierras, en los denominados Viajes menores o andaluces; tales como Pedro Alonso Niño, descubridor de las costas de Paria (Venezuela); Andrés Niño, descubridor de las costas de centroamérica; Bartolomé Ruiz, descubridor y navegante del Pacífico que integró como piloto, la famosa expedición de Pizarro de los Trece de la Fama; fray Antonio de Olivares, fundador de la ciudad de San Antonio de Texas; Alonso Vélez de Mendoza, repoblador de la isla de Santo Domingo; el franciscano Quintero, que acompañó la expedición de Hernán Cortes a México; Fray Andrés de Moguer, primer cronista de México; Diego García de Moguer que tomó parte en el primer viaje alrededor del mundo junto a Magallanes o Juan Ladrillero considerado el otro descubridor del Estrecho de Magallanes; son algunos de los personajes más relevantes.

El siglo XVII fue una época de penurias para la Monarquía Católica, y no pudo escapar de esta situación la villa moguereña, disminuyendo notablemente su población. No obstante, sería en 1642 cuando la trayectoria ascendente seguida por Moguer fue consagrada por la concesión del título de "Ciudad" otorgado por Felipe IV de España.

El siglo XVIII se caracterizó por la estabilidad económica, política y técnica. La tierra, controlada en buena parte por la oligarquía local, siguió siendo un bien muy demandado por los moguereños, los cuales fueron adquiriéndola en pequeñas extensiones. En cuanto al comercio, éste siguió sustentándose en el vino. La demanda gaditana y la ampliación del mercado a América, Rusia y otros países de Europa, así como el abastecimiento a la Armada Real, influyeron en el aumento del cultivo del viñedo.

En 1755 tuvo lugar el terrible terremoto de Lisboa, que causó enormes daños en la ciudad, de la cual tan sólo quedaron en pie los edificios más sólidos, como parte del castillo, el convento de Sta. Clara o la Capilla del Hospital. Por este motivo, se debieron reconstruir los edificios dañados, a veces restaurándolos, como el Convento de San Francisco, y otras veces levantando un edificio de nueva planta, como el edificio del Concejo, obra maestra del Barroco civil, o la parroquia de Ntra. Sra. de la Granada, de la cual se respetó su torre original del siglo XIV. El templo levantado, debido al incremento espectacular de población en el siglo XVIII, se agrandó hasta adquirir proporciones catedralicias, con cinco naves, siendo la central más alta y ancha que las cuatro laterales. Los servicios a la Corona en tiempos de guerra contra Inglaterra hicieron posible que en 1779, Carlos III de España concediese a la Ciudad de Moguer los títulos de "Muy Noble y Muy Leal".

El siglo XIX, fue para Moguer reflejo en parte de la situación vivida en el país. A comienzos de siglo era el núcleo más poblado (7.200 habitantes) seguida de Huelva. La invasión francesa provocó en la ciudad una situación de provisionalidad y desconcierto general. En 1833 Huelva se convertía en provincia tras una larga y dura lucha verbal por parte de los defensores de Moguer como capital de la nueva demarcación político-administrativa. Quedaría, sin embargo, como cabecera del nuevo partido judicial y distritos notarial y registral, contando además con Juzgados Comarcal y de Instancia e Instrucción. En el orden eclesiástico Moguer era sede de la vicaría de su nombre desde mediados del XV y asimismo núcleo del arciprestazgo cuya demarcación era más amplia que la de la antigua vicaría, que sólo englobaba a la vecina Palos de la Frontera.

Las desamortizaciones también alteraron en buena parte las estructuras económicas de las instituciones locales, sobre todo de la Iglesia. La I República en 1873 dejó igualmente su impronta con la construcción de la carretera y el puente sobre el río Tinto, infraestructuras básicas para el desarrollo del municipio. En 1899 Moguer contaba con 8.523 habitantes de los que el 99 % eran braceros. El vino seguía siendo el producto básico y el río el cauce natural a través del cual se exportaba, sin embargo el tráfico del puerto local descendió por el aterramiento del río.

En 1881, el día 23 de diciembre, nació en la casa número 1 de la calle de la Ribera, en Moguer, el poeta universal Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956. Gracias a él, Moguer se hace mundialmente conocido a través de su obra "Platero y yo".

En el siglo XX, la prosperidad económica de siglos anteriores, gracias al cultivo de la vid, se ve frustrada por la plaga de la filoxera, en los inicios de la centuria. La pérdida de población se hace desde entonces imparable hasta el desarrollo industrial de Huelva en los años sesenta y, fundamentalmente, hasta la implantación de los cultivos de fresa en los años 70, siendo hoy en día Moguer el principal productor fresero de España, lo que ha propiciado en los últimos treinta años un gran desarrollo demográfico, económico y social.

El inicio del siglo XXI sigue marcado por la pujanza económica generada por la agricultura con los cultivos del Fresón y la Frambuesa, el sector de la construcción y el sector servicios. Esta bonanza económica ha propiciado un aumento espectacular de la población en los últimos años.

En la época antigua la actividad económica predominante era la marinera y pesquera, de tal manera que Moguer estaba conectado con los principales puertos del Mediterráneo y de la costa africana, incluso durante plena Edad Media.

Durante los siglos bajomedievales experimentó un rápido crecimiento económico que tuvo mucho que ver con el desarrollo agrícola y ganadero que se dio durante estas fechas. Moguer fue una población floreciente gracias a cultivos como el trigo, la vid, el esparto y el cáñamo; y el auge adquirido por las pesquerías.

Durante todo el siglo XV, destacó por la producción industrial relacionada con los hornos de jabón, pan y ladrillos. También es notorio que en estos siglos contara con almacenes, bodegas y diversas tiendas con artículos agropecuarios.

Sin embargo, en el siglo XVII se produjo una profunda crisis económica, como en el resto del país, en parte por la fuerte presión fiscal, que trajo consigo un retroceso considerable en materia demográfica que retrotrajo la actividad productiva.

Fue en el siglo XVIII cuando se potenció enormemente la actividad económica, sobre todo el cultivo del viñedo, y el comercio exterior a través del puerto local. Los vinos de Moguer llegaban a muchos países de Europa, Rusia y, también, a América, aunque el principal receptor fue durante décadas la Armada, de ahí que los caldos recalaran en botas de distintos tamaños a los puertos de la bahía gaditana.

En el siglo XIX, se produjo un incremento considerable de la superficie cultivable, y el desarrollo espectacular de los viñedos que inauguró un momento brillante de su historia. La entrada de la enfermedad filoxera en los viñedos, inició un nuevo periodo de crisis económica y la reducción paulatina del cultivo. Moguer pertenece a la Denominación de Origen Condado de Huelva.

A principio del siglo XX, la instalación del Polo de Desarrollo de Huelva, produjo el transvase de mano de obra agrícola al sector industrial.

A finales de los 70, se inició en la finca de “Las Madres” el cultivo del fresón, extendiéndose rápidamente por el municipio y resto de la provincia, lo que ha propiciado una nueva etapa de bonanza económica. Moguer es el municipio español que más superficie dedica a su cultivo, lo que ha propiciado que en los últimos años la economía moguereña se haya diversificado con otros cultivos como la frambuesa y los frutales, y otras actividades como la construcción, el sector servicios y el turístico.

El sector de la construcción se ha beneficiado de los recursos generados por la agricultura, fundamentando un fuerte aumento en el número de empresas de construcción (Sección F) e inmobiliarias (Sección K), hasta situarse en el 15 % y 19 % respectivamente, de la actividad económica no agraria del municipio.

El sector comercial ha sido otro de los sectores más beneficiados por el empuje agrícola situándose, por número de empresas (Sección G), en el 43 % de la actividad económica no agraria del municipio.

De igual manera, el incipiente desarrollo turístico del núcleo urbano de Mazagón, ha generado un aumento en el número de empresas de hostelería (Sección H) hasta situarse en el 12 % de la actividad económica no agraria del municipio.

La actividad marinera y pesquera, pero sobre todo la agricultura ha sido históricamente la base de la economía local. Los cereales y el olivar, posteriormente la actividad vitivinícola y a finales del siglo XX el Fresón y la Frambuesa han fundamentado la economía municipal a lo largo de los años.

El fuerte desarrollo actual está sustentado en los cultivos de regadíos, básicamente los cultivos del fresón y la frambuesa, que han servido de motor económico y han posibilitado el despegue de otras actividades. Comparten superficie agrícola, con otros cultivos, menos rentables, de secano que se sitúan en la zona de cultivo tradicional, próxima al casco urbano de Moguer.

Los regadíos han sido posibles gracias a la agrupación de los agricultores en comunidades de regantes. En el término municipal de Moguer coexisten tres comunidades de regantes: la C.R. de Valdemaría, la C.R. de Palos y la C.R. del Fresno.

El empresario Antonio Medina Lama inició las primeras experiencias con el cultivo de fresón en la finca moguereña de "Las madres", a finales de los 70. Con el paso de los años, las técnicas de cultivo fueron mejorándose y el fresón se fue extendiendo por el municipio hasta convertirse en la base de la economía local. Es un cultivo intensivo bajo túneles de plástico transparente. La planta se sitúa en lomos acolchados de plástico negro, en los que se coloca la cinta de riego por donde se le suministra agua y nutrientes.

La superficie de Fresón cultivada en el municipio es de 2.278 Has., lo que supone un 27,5 % del total nacional (8.296 Has. en toda España), un 32,3 % del total Andaluz (7.060 Has.), un 33,5 % del total de la provincia de Huelva (6.800 Has.); lo que sitúa al municipio como el principal productor de fresas de Huelva, Andalucía y España.

La Casa Consistorial se ubica en la Plaza del Cabildo, en el casco antiguo de la ciudad, aunque en los últimos años se han inaugurado otros dos edificios, ya que el antiguo edificio del cabildo se ha quedado pequeño. En la calle Daniel Vázquez Díaz se sitúa el edificio de Asuntos Sociales y en la calle Andalucía el edificio de Urbanismo. El Archivo Municipal tiene sus instalaciones en un edificio de nueva planta, inaugurado en 1994, que comparte con el claustro manierista del convento de San Francisco. Además cuenta con varios depósitos en la planta alta del Ayuntamiento, para la documentación administrativa más reciente.

En las elecciones municipales de 2007 el alcalde Juan José Volante Padilla, del Partido Popular, revalidó su cargo al frente del Ayuntamiento de Moguer, el cual ostenta desde el año 2003.

La Corporación Municipal está formada por 17 concejales. En las elecciones municipales del 27 de mayo de 2007, el PP obtuvo 9 concejales con un 45,73% de los votos, mientras que el PSOE-A consiguió 6 con un 30,19% de los votos y la Asociación de Vecinos de Mazagón (AVEMA) obtuvo 2 con un 13,32% de los votos. Las agrupaciones políticas, Partido independiente de Mazagón (PIM) y el Partido Andalucista (PA) no obtuvieron representación en las elecciones de 2007.

Los cuartos jueves de cada mes, a las 20 horas, el Ayuntamiento de Moguer celebra sus sesiones plenarias, abiertas al público en general. Las sesiones de la comisión de gobierno, el primer y tercer viernes de cada mes. Mientras que las sesiones de las comisiones informativas de "Urbanismo y Régimen Interno", "Bienestar Social", y "Economía y Fomento" se celebran el primer, segundo y tercer Jueves, respectivamente. También forman parte de la administración local la Fundación Municipal de Cultura, el Patronato Municipal de Deportes, y la empresa de vivienda y suelo "Envisur".

Las formaciones políticas más relevantes en el ámbito local desde las primeras elecciones democráticas son el PSOE-A (Partido Socialista Obrero Español) y el PP (Partido Popular). IU (Izquierda Unida) y el Partido Andalucista (PA) han tenido presencia municipal en varias ocasiones; la Asociación de Vecinos de Mazagón (AVEMA) ha sido una fuerza política habitual en el Ayuntamiento de Moguer, desde la legislatura 1995-1999 y el Partido independiente de Mazagón (PIM) ha aparecido como nueva formación política en el año 2007.

Moguer es cabeza de partido judicial número 6 de la provincia de Huelva, englobando a los municipios de Moguer, Niebla, Bonares, Lucena del Puerto y Palos de la Frontera. Las instalaciones judiciales se sitúan en la calle San Francisco y constan de 2 juzgados de Primera Instancia e Instrucción.

Son diversos los equipos que disputan sus competiciones en estas instalaciones, pero entre todos destaca el "Club Balonmano Pedro Alonso Niño", que milita en primera división nacional de Balonmano.

Los espacios naturales del término municipal de Moguer suponen más del 60 % del territorio. Los podemos clasificar en protegidos y no protegidos.

Dentro de los no protegidos se incluye el Monte público del Ayuntamiento de Moguer, que queda fuera de los espacios protegidos L.I.C.

Miembros de una reputada familia de marinos moguereños que participaron activamente en el Descubrimiento de América. Pedro Alonso fue piloto de la Santa María a la órdenes de Cristóbal Colón, Francisco participó como grumete en este viaje, y Juan como maestre de la carabela La Niña de la que era propietario. Pedro Alonso Niño descubrió, en un viaje posterior, la isla Margarita y la punta de araya, en las Antillas Menores.

El 23 de diciembre de 1881 nacía en la casa número dos de la calle de la Ribera de Moguer el poeta Juan Ramón Jiménez. A los pocos años sus padres se trasladan a una antigua casa del siglo XVIII situada en la zona más noble de la ciudad, la calle Nueva.

Los primeros años de la vida de Juan Ramón quedaron llenos del espíritu de su tierra natal, y así quedaría patente con el transcurso de los años, cuando debió partir hacia Sevilla, Madrid y América (por la guerra civil). La obra más conocida de Juan Ramón, que en 1956 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, es Platero y yo, cuyos poemas en prosa se desarrollan en Moguer. Juan Ramón tuvo siempre presente a su ciudad natal como inspiración y referente, tal como ha quedado reflejado en su obra.

Actualmente, se conservan en Moguer, con declaración de "Sitio Histórico", la Casa Natal Juan Ramón Jiménez (siglo XIX), su Casa Museo Zenobia y Juan Ramón (siglo XVIII), la finca y casa de Fuentepiña, donde está enterrado Platero (siglo XIX), la casa que habitó en la calle Aceña (siglo XIX), y el cementerio parroquial (siglo XIX), donde se encuentra el mausoleo de Juan Ramón y su esposa Zenobia.

Moguer es heredero de una rica tradición artesana: tonelería, encajes de bolillos, bordados, guarnicionería, confección de trajes típicos andaluces, entre otras.

En su gastronomía destacan los chocos con habas, raya en pimentón, cazón en adobo, las gambas blancas, coquinas y almejas, las acedías, lenguados y corvinas. Sus vinos afrutados y blancos, y el vino de naranja están producidos bajo la Denominación de origen “Condado de Huelva”.

Cabe reseñar entre sus productos típicos, los pasteles de “La Victoria”, el vino de vermut de las bodegas Sáenz y el fresón, producto del que Moguer es el mayor productor nacional.

La historia de Moguer ha quedado reflejada hoy, además de en sus monumentos y en sus calles, en las diversas fiestas y celebraciones que se suceden a lo largo del año en la ciudad.

La Velada en honor de Nuestra Señora de Montemayor, conocida en Moguer como "los Días de la Virgen", se viene celebrando ininterrumpidamente desde la Baja Edad Media para rendir culto a la Patrona en torno al 8 de septiembre. A finales de agosto, se inicia la solemne novena en su honor en la Parroquia de la Granada, para culminar con la Función Principal de Instituto y la procesión de la Señora, el día de la natividad de María Santísima, por las calles de la ciudad. Mientras, durante unos cinco días, la fiesta se vive de forma más lúdica en el recinto ferial de la localidad, que cuenta con más de 250 casetas.

La Romería de la Virgen de Montemayor tiene lugar cada segundo fin de semana de mayo en los pinares que rodean la ermita de la Patrona. En estos días, miles de peregrinos se desplazan hasta el recinto para venerar a la "Reina de los Pinares". En la actualidad existen ocho hermandades filiales repartidas por las provincias de Huelva, Sevilla y Madrid dedicadas a la patrona de Moguer que también participan en esta celebración.

La Semana Santa tiene en Moguer una especial relevancia, como queda patente en las distintas hermandades que procesionan desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo. Actualmente realizan estación de penitencia ocho cofradías: El Domingo de Ramos procesiona la Hdad. de la Borriquita, el Lunes Santo la Hdad. del Cristo de los Remedios, el Martes Santo la Hdad. del Cristo de la Sangre, el Miercoles la Hdad. del Cristo de la Victoria, el Jueves Santo la Hdad. de la Oración en el Huerto, el Viernes Santo en la Madrugrada la Hdad. de Padre Jesus y por la tarde la Hdad. de la Veracruz, y el Sabado Santo la Hdad. del Santo Entierro.

Pasaron, primero en burros, mulas y caballos ataviados a la moruna y la crín trenzada, las alegres parejas... Detrás las carretas, como lechos, colgadas en blanco... Y el mayordomo -¡Viva la Virgen del Rocíoooooo! ¡Vivaaaaa!, - calvo, seco, rojo, el sombrero ancho a la espalda y la vara de oro descansando en el estribo....

El Corpus Christi. Para esta ocasión todo el recorrido de la procesión se viste de juncias y romeros y se llena de altares para recibir al Santísimo sobre un paso de plata.

Otras actividades culturales: Existen, a lo largo del año, otras actividades culturales relacionadas con el Descubrimiento de América y Juan Ramón Jiménez. Dentro de los actos del descubrimientos cabe destacar la celebración, el 16 de marzo del voto colombino; la salida de la expedición descubridora, cada 3 de agosto; y la rememoración anual del descubrimiento de las nuevas tierras, cada 12 de octubre. Son conmemoraciones Juanramonianas, los actos culturales de la imposición del "Perejil de plata", por la difusión y conocimiento de la obra del Nobel moguereño; y la concesión del "Premio Hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jiménez" que concede anualmente la "Fundación Juan Ramón Jiménez".

También cabe destacar la celebración anual del Festival de Cante Flamenco de Moguer, organizado por la Peña de Cante Jondo de Moguer el segundo fin de semana del mes de julio.

Al principio



Monasterio de Santa Clara (Moguer)

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El Monasterio de Santa Clara se encuentra en Moguer, Provincia de Huelva (España).

Es el monumento colombino más destacado de Moguer. Su abadesa Inés Enríquez, tía del rey Fernando el Católico, apoyó el viaje descubridor en la corte; y su patrono y Señor Pedro Portocarrero prestó a su primo Fernando el Católico, 2 cuentas (2.000.000) de maravedíes para financiar los gastos del proyecto descubridor. A la vuelta del viaje descubridor, Cristóbal Colón y el resto de moguereños, pasaron la primera noche en su iglesia cumpliendo el voto realizado en alta mar cuando una tempestad estuvo a punto de hacer zozobrar la Niña.

Fue fundado en 1337, para monjas clarisas, por Alonso Jofre Tenorio, primer señor de Moguer y primer patrono del monasterio.

El convento se divide en dos grandes espacios: el recinto religioso y las viviendas. En cuanto al primero, forman parte de él diversas estancias como la capilla "de profundis", antiguo panteón de las clarisas, donde se conserva un artesanado mudéjar del siglo XVI. La iglesia es la parte más noble del edificio, tratándose de un templo gótico-mudéjar de tres naves separadas por arcos apuntados, siendo la nave central más ancha y larga que las laterales, y estando coronada por un ábside poligonal. A los pies de la iglesia se encuentra el doble coro, alto y bajo, donde se encuentra la sillería nazarí, obra del siglo XIV única en su estilo.

En cuanto a la residencia conventual, está formada por diversos claustros en torno a los que se distribuyen las dependencias. Destaca, el claustro de las Madres, cuya arquería baja, del siglo XIV, conforma el claustro más antiguo de Andalucía. A su alrededor se encuentran los dormitos, pabellón de dos plantas del siglo XVI, con artesanado renacentista, el refectorio, sala rectangular de bóveda apuntada, la cocina, que conserva una enorme chimenea del siglo XIV, la enfermería renacentista, etc.

Por lo que respecta a las obras de arte mueble, destacan obras como el retablo mayor, obra de mediados del siglo XVII de Jerónimo Velázquez; en escultura, los sepulcros de los Portocarrero, enterramientos labrados en mármol en el siglo XVI, que representan los cuerpos yacentes de 9 personas en tres solideos; el retablo de la Circuncisión del Señor, de Martínez Montañés; la Virgen del Amor Hermoso, del siglo XVI; el Niño Jesús de las Lágrimas, del siglo XVIII, obra de La Roldana; el relieve gótico inglés del Ecce Homo, del siglo XV; la Inmaculada Concepción del siglo XVIII; o el Cristo Atado a la Columna, renacentista; en pintura, la decoración pictórica de las puertas del coro, del siglo XV, el mural de San Cristóbal (s.XIV) la Anunciación del siglo XV, la Virgen Franciscana y el Descendimiento de Cristo (s.XVI), la Sagrada Estirpe (s.XVI) o la Dormición de la Virgen y el Bautismo de Cristo, ambos del siglo XVIII; en las artes suntuaras, los libros de coro del siglo XV, el conjunto de dalmáticas de los siglos XVII y XVIII, y otras obras.

El monasterio está catalogado como Monumento Nacional desde 1931.

El monasterio de Santa Clara de Moguer fue fundado por Alonso Jofre Tenorio, Almirante Mayor de Castilla, y su mujer Elvira Álvarez para religiosas clarisas entre 1337 y 1338. La licencia de fundación concedida por el Arzobispo y Cabildo Hispalenses el 13 de octubre de 1337, y la donación señorial del terreno a las monjas para la construcción del edificio el 11 de abril de 1338, son los dos únicos hechos documentados que confirman la erección del monasterio, a falta de la carta fundacional que no se ha conservado. El asentamiento de 105 frailes y monjas franciscanas en Moguer obedeció al prestigio de los conventos de la Orden de San Francisco establecidos en Sevilla después de 1248, y, en concreto, al interés del Almirante Jofre Tenorio de convertir la aldea de Moguer en una próspera villa, fortaleciendo el concejo con el fuero y franquicias de Sevilla e instalando las primeras comunidades religiosas.

El monasterio se construyó en una loma próxima a la villa, denominada "Campo de Santa Clara", integrándose en el casco urbano gracias a la nueva tendencia urbanística iniciada a finales del siglo XV, y al auge demográfico de la población. Durante siglos influyó en la vida social, económica, cultural y religiosa de la comarca. Sus patronos, los Portocarrero, estuvieron íntimamente ligados a él por motivos materiales y espirituales, por contar entre las clarisas con miembros femeninos de su linaje, y, en síntesis, por convertir la iglesia conventual en panteón de la familia.

La fama y el prestigio alcanzados por el monasterio de las Clarisas de Moguer hicieron de este cenobio, entre los siglos XIV y XVII, un foco de expansión de otros conventos de la misma Orden fundados o reformados en Andalucía: Santa Inés de Sevilla (1374), Santa Clara de Jaén y Córdoba, Santa Clara de Gibraltar (1586), Alcalá de Guadaira (1597), Priego, Santa Clara de Osuna (1611), y Jerez de los Caballeros.

Los fundadores y sus sucesores, los Portocarrero, enriquecieron el patrimonio económico del monasterio con donaciones y exenciones. Papas y reyes le concedieron privilegios de todo tipo, lo que unido a las concesiones hechas por muchos particulares vinculados a dicho monasterio, hicieron que se convirtiera en un importante y respetable centro de poder, con propiedades repartidas por la villa de Moguer y su término, Condado de Niebla, Gibraleón, incluso fuera de la Comarca, como por ejemplo Alcalá del Río (en cuya tierra se encontraba el cortijo del almirante), Cazalla, Puebla, etc. A lo largo del siglo XVI el monasterio incrementó su patrimonio gracias a la adquisición de nuevos bienes, cuyas rentas contribuyeron a afianzar el carácter "capitalista" de su hacienda. En las centurias siguientes la situación fue degradándose basta culminar con la crisis económica provocada por la desamortización eclesiástica, a partir de 1835. Entonces le fueron expropiadas 411,68 hectáreas de tierra repartidas por diferentes términos de las actuales provincias de Huelva y Sevilla.

La medida económica de Mendizábal fue el detonante de la total extinción de la comunidad clarisa del monasterio a principios del siglo XIX. En sus mejores momentos, el monasterio de Santa Clara reunió un número considerable de religiosas: entre los años 1354 y 1761, varió entre diez a quince. La cota más alta fue alcanzada en 1591 con cincuenta y cinco religiosas, y la más baja en 1884 con sólo tres. Con la desaparición de las Clarisas, el monasterio de Santa Clara fue ocupado por las Esclavas Concepcionistas, establecimiento promovido por el cardenal Spinola, quien recibió la propiedad del monasterio de manos de la duquesa de Alba, María del Rosario Falcó y Osorio, en 1903, pasando esta al Obispado de Huelva en 1954, al crearse ese año la nueva diócesis.

La congregación llegó a Moguer en 1898, instalándose al principio en dos casas particulares. A partir de 1902 se trasladó a Santa Clara, que seguía estando habitado por tres clarisas ancianas y enfermas. La última abadesa, sor Ana Carrasco y Viva, falleció en julio de 1903. Las Esclavas instalaron en este complejo conventual un colegio femenino, así como el noviciado que funcionó desde 1930 hasta el traslado de la comunidad a Sanlúcar la Mayor (Sevilla) en 1955. Con la llegada de los PP. Capuchinos a Moguer en 1956, como administradores de su única parroquia, el monasterio de Santa Clara recuperó el ambiente franciscano de épocas pasadas, al convertirse en la residencia de los nuevos inquilinos. En 1961 la Orden instaló en él, el Colegio de Filosofía, reuniendo hasta veintitrés capuchinos. En 1975 abandonaron el edificio, trasladándose a una vivienda ubicada en el interior de la parroquia. Actualmente el monasterio de Santa Clara es la sede el Museo Diocesano de Arte Sacro de Huelva.

Desde 1963 el monasterio de Santa Clara ha venido siendo sometido a importantes obras de restauración y consolidación. Las más recientes se incluyen dentro del Plan Colón 92 de la Junta de Andalucía destinado a la recuperación integral de los edificios vinculados al Descubrimiento de América. El monasterio fue declarado Monumento Nacional en 1931. Incluido dentro del conjunto histórico artístico Lugares Colombinos. También tiene protección integral en base al Plan General de Ordenación Urbana.

La vinculación americana del monasterio de Santa Clara se inicia en los momentos previos al primer viaje colombino. Las cuatro estancias de Cristóbal Colón en Palos, La Rábida y Moguer, entre 1485 y 1493, quedaron íntimamente relacionadas con personas y estamentos concretos de ambas villas. Los contactos del genovés con este monasterio de claridas fueron decisivos para la culminación de su proyecto de descubrimiento. Su patrono y VIII señor de Moguer, Pedro Portocarrero prestó a su primo el rey Fernando el Católico, 2 cuentas de maravedíes (2.000.000), para financiar el proyecto descubridor. Su abadesa, Inés Enríquez, tía del rey Fernando el Católico también jugó un papel protagonista en la aceptación del plan colombino por parte de los monarcas. Consta documentalmente que la abadesa de Santa Clara mantuvo relación epistolar con el Almirante, y cómo éste, veló e hizo decir una misa de acción de gracias en la iglesia conventual la madrugada del 16 de marzo de 1493, al regreso de su primer viaje, cumpliendo así con el "voto" enunciado por la tripulación de la carabela La Niña el jueves 14 de febrero de aquel año cuando una tormenta amenazó con hundir la nave a la altura de las Azores.

El monasterio de Santa Clara era desde los tiempos inmediatos a su fundación un centro religioso de reconocido prestigio en las altas esferas de la Corte, donde profesaron mujeres de los linajes más señeros de Castilla. Además, el control que durante siglos había ejercido sobre la economía local como titular de abundantes rentas y prebendas lo convirtieron en un importante foco de atracción debido a su status privilegiado; o lo que es lo mismo, en un auténtico centro de poder con posibilidad para influir en el ánimo real y en la toma de decisiones de la administración en general. Colón, gran devoto de la orden franciscana, comprobó personalmente el arraigo del monasterio de Santa Clara en la comarca, y sus relaciones con la Corona. Como persona hábil y oportunista que era no desaprovecharía una ocasión semejante. En varias ocasiones los moguereños fueron testigos de la presencia del genovés en la villa acompañado por el guardián de La Rábida, Fr. Juan Pérez. Según el padre Bartolomé de las Casas, el monasterio de Santa Clara gozaba de una gran devoción y popularidad entre la marinería del Condado. La carabela que los Hermanos Niño aportaron al viaje de descubrimiento, botada en el Puerto de la Ribera de Moguer hacia 1488, fue bautizada oficialmente con el nombre de Santa Clara, aunque ha pasado a la historia con el calificativo que hace referencia al apellido de sus propietarios.

Existen ciertas relaciones y analogías estilísticas entre el monasterio de Santa Clara y la arquitectura hispanoamericana. Las iglesias fortificadas de los conventos mexicanos de Huejotzingo, Tula, Acolman, Tepeaca, Cholula, Acatzingo, Cuernavaca, Yuriria, Atlatlahucan, Xochimilco, etc, tienen sus antecedentes inmediatos en Santa Clara de Moguer, San Antonio Abad de Trigueros, San Bartolomé de Villalba del Alcor, la iglesia del castillo en Aracena, o San Isidoro del Campo en Sevilla.

La estructura claustral con el característico alfiz de tradición mudéjar del monasterio de Santa Clara se repite en los claustros conventuales del siglo XVI de Santo Domingo y Santa Clara de Tunja en Colombia. Por otro lado, al esquema de arcos peraltados sobre columnas de mármol blanco de la enfermería se aplica indistintamente en el patio de la casa del capitán Suárez Rendón y en el de la antigua residencia de la Compañía de Jesús, también de Tunja. En esta ciudad colombiana, perteneciente al antiguo Reino de Nueva Granada, residieron y fundaron solar muchos moguereños emigrados a Indias en el siglo XVI, siendo uno de los más destacados el nieto homónimo del piloto Pedro Alonso Niño.

Durante el período romántico los Lugares colombinos adquirieron cierto protagonismo debido en parte a la difusión realizada por artistas plásticos y escritores viajeros. El norteamericano Washington Irving, entusiasta de todo lo relacionado con la historia del descubrimiento, visitó el monasterio en 1928, dejando un hermoso relato en su diario como testimonio.

El patronazgo del Monasterio estuvo unido al Señorío de Moguer desde el establecimiento del mismo, hasta que en 1903, la esposa del XXVII Señor, cedió sus prerrogativas y atributos a la archidiócesis de Sevilla.

El patrono no poseía derechos económicos ni físicos sobre el Monasterio, sólo espirituales. Por ejemplo, los patronos tenían potestad para eximir de la dote a ciertas religiosas (parientes, amistades y criadas) al ingresar en el Monasterio de Santa Clara de su villa de Moguer. El título era recibido por la Fundación de una obra religiosa. Por ella se convertía en protector de una Congregación a la que concedía distintos privilegios a cambio de misas, cantos, rezos y honras fúnebres. La toma de posesión del patronato de un Monasterio constituía uno de los actos jurídicos que investían de legalidad la sucesión de cada nuevo titular en un señorío.

En 1727, Antonio-Lope Barradas Portocarrero, XX señor de Moguer, tomó posesión del patronato del Monasterio de Santa Clara junto con la cárcel pública, carnicerías y jabonerías. El ritual seguido en dicha ceremonia consistió en la introducción del Señor, por parte del corregidor de Moguer, en la iglesia claustral donde oraron ante el Santísimo Sacramento. Posteriormente, subieron al Altar Mayor y en señal de posesión, el Señor trasladó el misal del lado de la Epístola al del Evangelio, tocó las campanillas y cambió de lugar los candeleros, amén de otros detalles no especificados en los textos conservados.

El Monasterio de Santa Clara de Moguer consta de dos cuerpos principales: la vivienda conventual y la iglesia. El estilo mudéjar aflora en el templo y se advierte aún con mayor fuerza en las restantes dependencias monacales: compás, claustrillo, claustro grande, cocina, refectorio. etc. El edificio monástico es enorme, con galerías, encrucijadas, salones de hasta 68,45 metros de longitud, huecos de escaleras y patios. Una alta y almenada cerca rodea el recinto, confiriéndole cierto aspecto de fortaleza. Tras este muro, apreciamos robustos contrafuertes de espaciados volúmenes cúbicos que otorgan al conjunto, de indudable belleza, un evidente sabor defensivo.

El compás, los claustros y el patio, constituyen los núcleos centrales de la clausura, alrededor de los cuales giraba la vida monástica. Los claustros son los motivos arquitectónicos que enlazan edificios de proporciones desiguales -iglesia y dependencias monacales-, haciendo emerger una multiplicidad de volúmenes en torno a unas sencillas estructuras de elegantes, sobrias y sendas arquerías.

La entrada al monasterio se realiza por el compás. Este atrio ubicado al suroeste del edificio está porticado al frente y lado derecho, el lado izquierdo alberga las dos casas de las mandaderas. El ala derecho tiene 3,48 m de ancho por 13,40 de largo y abarca cuatro arcos ojivales enmarcados en alfices. Junto a este se sitúa una reja que da al patio colindante a la Plaza de las Monjas. La galería frontal tiene dos arcos y en ella se sitúa el portón de entrada al Claustrillo mudéjar.

El artesanado de ambas galerías es de ladrillo y tabla, y se protegen al exterior mediante cubierta a un agua de tejas árabes. El pavimento de los soportales es de ladrillos a espinapez. La solería, algo más elevada que la situada al centro del compás, va protegida en sus bordes por una hilera de ladrillos a sardinel. La zona central está recubierta de guijarros.

El patio de crucero (ancho, 13,65 m.; largo, 16,41 m.), presenta por cada lado, encuadrados por alfices, tres arcos apuntados -de diferentes proporciones- que apean sobre pilares ochavados, idénticos a los de la pieza anterior, provistos también de los típicos capitelillos estalactíticos tan propios de la comarca.

La zona central destinada a jardín (ancho, 7,12 m.; largo, 9,86 m.), está rodeada por las cuatro crujías de 2,72 m. de anchura. Este espacio nuclear, dividido por dos calles de 1,48 m. de ancho, adopta forma de cruz y deja entre sus extremos cuatro trozos de tierra sembrados de rosales y geranios multicolores.

En torno al claustro hay seis puertas de caoba. El portón de ingreso al mismo; a su izquierda, la del torno; en el muro frontero, otras dos, una que conduce a la huerta y a la antigua sala de labores y otra a una dependencia, hoy convertida en servicios; en el paramento oriental las dos restantes, que inician sendos corredores escalonados que enlazan con el claustro de las Madres.

Las nuevas cubiertas del claustrillo, al igual que las restantes del edificio ya restauradas, son de tableros de rasilla sobre tabiquillos apoyados en viguetas de hormigón que constituyen los forjados que quedan sobre los nobles artesanados. En este caso se repite el mismo modelo de ladrillo por tabla observado en los soportales del compás. Las cubiertas de tejas árabes utilizan cerámicas antiguas para las cobijas.

Del Claustrillo mudéjar pasamos al Claustro de las Madres o grande, mediante los pasillos abovedados mencionados anteriormente. Es casi cuadrado (ancho 34,27 m.; largo, 34,66m.). Está delimitado por cuatro galerías mudéjares, del siglo XV, con arcos de ojiva inscritos en alfices. Las cuatro crujías son de 5,88 metros de alto por 2,70 m. de ancho, se cubren con bóvedas de cañón seguido y se pavimentan con una combinación de ladrillos y olambrillas. En los extremos del claustro, donde se cortan las bóvedas de las galerías contiguas, surge un tramo de bóveda de aristas, en tres de los ángulos del patio, salvo en el extremo noreste, donde hay unos altares con arcos apuntados.

El piso superior del claustro, de fines del siglo XVI es barroca, consta de una arquería compuesta por dos logias de once arcos cada una. Los arcos de medio punto enmarcados en alfices cabalga sobre columnas de mármol blanco. La techumbre de madera es de la restauración de 1973. El lateral sur y oeste, carecen de arquería.

El acceso entre las plantas se realiza a través de dos escaleras, del siglo XVI, situadas en la crujía oriental. En el patio central existe un aljibe con brocal octogonal, recubierto con azulejos del 1600.

Hay un tercer patio (patio del laurel) de 19,53 m. de ancho por 34,66 ms de largo, de reciente configuración. Este patio está flanqueado al norte por la prolongación de los muros del dormitorio de las clarisas efectuada en 1589; al sur, por la iglesia; al este, por una cerca alzada en 1915 por el Ayuntamiento de Moguer con objeto de ampliar la actual plaza pública de los Portocarrero; y al oeste, por el claustro principal, con el que se engarza a través de dos pasillos abovedados.

Al norte, junto a los dormitorios, y al este, rodeando al edificio se sitúan los huertos que en su momento eran utilizados por los clérigos para cubrir sus necesidades alimenticias. Tras la restauración del Convenio Colon 92, se convirtieron en jardines.

El antiguo capítulo, situado en el ángulo noroeste del claustro de las Madres, se compone de dos salas abovedadas unidas, formando una sola estancia de bellas proporciones y extraordinaria acústica (ancho, 6,30 m.; largo, 13,68 m.), con dos puertas de acceso, una por cada sala, a nivel del suelo. La segunda bóveda del capítulo está coronada por una linterna de luz y ventilación. La linterna se ha rehecho imitando la forma de otra original de época barroca, conservada en la antigua cocina.

Es otra dependencia (alto, 6,85 m.; ancho, 6,30 m.; largo, 6,84 m.) análoga a las que integran el capítulo. Aparece en este mismo ala occidental del claustro, entre los dos pasillos que unen el claustrillo mudéjar con el claustro de las Madres. La linterna que perfora su bóveda es réplica de la instalada a los pies del capítulo y de otra que ilumina el pasillo existente entre esta pieza y la sala capitular.

Se encuentra ubicada en el extremo suroeste de la mencionada crujía occidental. En planta y alzado es similar a las anteriores. Las dimensiones son 6,52 metros de ancho y 6,54 de largo. La bóveda culmina en una sencilla linterna barroca. Este segundo cuerpo circular, cubierto por tejadillo a cuatro aguas, tiene cuatro vanos en derredor, a través de los cuales entra la luz. Al exterior está decorado con dibujo geométrico inciso coloreado en rojo, amarillo y blanco. La campana de la chimenea, de forma trapezoidal, colocada sobre el fuego, a la vez de recoger los humos, sirve de ornato.

Lindando a las anteriores se disponen en la galería oriental del claustro, otras tantas dependencias desprovistas de linterna, por lo que la iluminación es lateral. Se su utilidad nada se sabe en concreto, tan sólo que en tiempos de las Esclavas Concepcionistas, la sala contigua a la escalera principal sirvió de despacho a la Superiora de la comunidad.

El Refectorio abre su arco apuntado de ingreso, junto al altar situado al suroeste de claustro. Sobre dicho arco perdura una pintura mural de San Francisco de Asís, de medio cuerpo, con un crucifijo en su diestra. Bajo el encalado de la imposta perduran restos de una inscripción “Recubuit qui privilegio amoris ……”.

El comedor tiene 7,56 de alto, 7,93 de ancho y 22,95 metros de largo. Se cubre con bóveda de factura mudéjar de tres tramos. Uno de ellos es de cañón apuntado, los otros dos de aristas apuntadas. Los tramos están acentuados por arcos fajones almohades. La nave tiene adosado a la pared el poyete que servía de asiento a la comunidad. Conforme entramos, a la derecha, se sitúa el antiguo púlpito de tapial usado para la lectura en horas de comida.

Entre las cajas de las dos escaleras que suben al claustro alto, y sobre las dependencias de su crujía oriental, se levantó en la restauración de 1977 un gran salón rectangular de 7,10 por 21,5 metros de largo, cubierto con un tejado a una sola vertiente. Este se utilizó en origen como sede del archivo diocesano de Huelva.

En la galería septentrional del claustro se entra, a través de un enorme portalón, en los dormitorios cuyas dimensiones son 6,78 metros de ancho por 68,45 de largo. Este pabellón de dos plantas, de 7,36 metros la baja y 4,75 la alta, posee un artesanado renacentista. En el interior del dormitorio bajo y sobre la puerta queda restos de una gran inscripción que dice: “Sol ideo honor et gloria … año de mil quientos i ochenta i ocho se començo la obra deste dormitorio …..”. El interior del dormitorio estaba ennoblecido por un zócalo pintado de 0,62 metros de alto con motivos heráldicos entre labores de lacerías, se encuentra bajo el actual suelo de ladrillo dispuesto en espinapez. También se conserva en el dormitorio bajo una pintura mural del Padre Eterno.

Junto al claustrillo mudejar en su flanco occidental, accedemos a un vestíbulo con artesanado de ladrillo a espinapez que sirve de entrada a un pabellón mudéjar de doble planta, conocido por las monjas Esclavas concepcionistas como "Salones de Santa Teresa". Este pabellón era la antigua enfermería de las monjas clarisas, posteriormente convertido en aula por las Esclavas, constituye una unidad arquitectónica de gran valor, con su vestíbulo en soportal abierto y galería superior de doble arco. La duplicada arquería está formada por dos arcos de medio punto peraltado, que descansa en la planta baja sobre pilares laterales y una columna central de mármol blanco. Idéntica distribución se repite en el alto, pero los arcos son de tipo carpentel. Este comunica con un patio interior denominado de Santa Teresa.

La enfermería tiene 10,15 metros de ancho por 19,66 metros de largo. La escalera de acceso a la planta superior va acodada y adosada al muro septentrional. El pavimento es de cerámica en forma de “tejido de cesta” en ambas plantas. El artesanado es de bovedillas en la planta baja, en la planta alta la techumbre está colgada de los pares, y formada por parecillos de madera y entablado con juntas cubiertas de listones.

La Iglesia dentro del ámbito monástico ocupa un lugar preferente, subordinada a su función litúrgica y constituidas por el templo, sacristía, antecoro y coro. Es el núcleo coordinador de las partes públicas y privadas del conjunto, y a la vez, es el punto de máximo esplendor artístico. Dicha ambivalencia ratifica a esta casa de oración como centro espiritual y material de toda la edificación.

El recinto eclesiástico responde a un plan concreto, bien conjuntado en el total resultante, donde cada parte cumple sus funciones especificas, La armoniosa construcción de estilo gótico con elementos mudéjares patente en el interior del mismo. En cambio, por el exterior acusa un marcado carácter defensivo, como corresponde al tipo de iglesia-fortaleza.

Las obras del templo se iniciaron en 1338 y en 1405 ya aparece terminada. Los precedentes arquitectónicos de esta iglesia de Moguer arrancan de los templos construidos en el antiguo reino de Sevilla a partir de 1248. Estas primitivas iglesias -con sus tres naves totalmente abovedadas y ábside poligonal- como son Santa Ana (Sevilla), San Miguel (Sevilla, desaparecida en 1868) y San Antón de Trigueros (Huelva), marcan un hito en la arquitectura gótico-mudéjar.

El templo, por influencia cisterciense, reproduce una estructura románica con arcos apuntados. Estas iglesias de planta y alzado de salón, tienen como característica más notoria la de sus tres naves cubiertas con bóvedas de crucería sexpartita y elevadas casi a la misma altura. Sorprende la amplitud y magnificencia del templo, que no responde al tipo de iglesia conventual, es decir, de una nave, sino que presenta tres naves. El porcentaje de este tipo de iglesias en la Baja Edad Media es escaso. Por eso, Santa Clara de Moguer es de importancia excepcional en toda Andalucía Occidental.

El monasterio de Moguer altera su perfecta orientación litúrgica al desviarse 40' hacia el norte. Presenta la siguiente distribución: tres naves cubiertas con bóvedas de ojiva, sin crucero, con cinco capillas laterales (tres a la derecha y dos a la izquierda) entre los contrafuertes, y ábside poligonal. La nave central presenta un ancho de 8,80 m.; largo, incluyendo la profundidad de la capilla mayor, de 32 m.; y alto, de 15 m.; es más ancha y algo más elevada que las contiguas. Las naves laterales tienen un ancho de 3,14 m.; largo de 19,53 m.; y alto, de 12,60 m.

En esta construcción, por influencia mudéjar, utilizaron casi exclusivamente el ladrillo. En el interior de la iglesia resulta novedosa la nervadura pétrea de la bóveda central. En cambio, en las bóvedas colindantes sólo es de cantería el espinazo a la burgalesa a diferencia de los restantes nervios ojivales ejecutados en ladrillo.

Un profundo ábside poligonal remata la cabecera del templo, mientras que las restantes naves acaban en testero plano. El ábside tiene la misma anchura que la nave central. La capilla mayor destaca al exterior por sobresalir marcadamente del cuerpo de la iglesia y por quedar exenta de la cerca almenada que rodea todo el monasterio. Por el interior tanto los nervios de su bóveda como los del arco triunfal descansan sobre sendas impostas, asentadas sobre originales capitelillos, decorados con mascarones, que coronan unas columnas adosadas al muro. Columnas que descienden hasta el suelo, ornamentadas exclusivamente por una pequeña moldura, que corta en su punto medio la superficie lisa de su altura, confiriéndole una mayor antigüedad. Dichas molduras se enlazan mediante una faja pétrea, cuya misión es acortar visualmente el paño siguiendo el juego de la imposta. En la decoración interior de este recinto sagrado descuellan unas columnillas cilíndricas que, apoyadas sobre la imposta que recorren tanto la capilla mayor como los distintos cuerpos de la nave principal, reciben sobre sus capitelios los arcos ojivales, decorados con puntas de diamante.

En el centro de la capilla se alza el sepulcro tumuliforme de los fundadores del Monasterio y de algunos de sus descendientes. A los lados se alzan otros dos sepulcros dentro de los muros.

A los pies del templo, en la nave principal, surge el enrejado rectangular del coro bajo (alto, 2,90 m.; largo, 6,60 m.), a través del cual participaban las clarisas en los servicios religiosos. Junto a él divisamos una puerta dieciochesca, de sabor rococó, con decoración de rocallas y perinolas doradas que cierra el comulgatorio de las monjas. En su interior destacan pinturas de angelotes con racimos de uvas y haces de espigas, símbolos eucarísticos. En este mismo paramento, más arriba, hay un ojo de buey con celosía mudéjar de estrellas octogonales. En lo más alto del muro luce el enorme ventanal del coro alto. Su reja está flanqueada por dos pilastras que apean sobre ménsulas pareadas y que reciben por encima un arco de medio punto amplísimo.

La primitiva solería de ladrillo a espinapez fue sustituida por otra de mármol blanco y gris a fines del siglo XIX. Al solar de nuevo el piso de la iglesia desaparecieron las lápidas sepulcrales de distintas familias de la población.

En el exterior, es notorio el sistema de contrarresto de este edificio no solo por su originalidad sino también por el aspecto de fortaleza que confiere a sus exteriores. Los repetidos soportes, así como los pilares que reciben los arcos formeros, son elementos de descarga de presiones verticales hasta el punto en que los empujes laterales de arcos y bóvedas son prácticamente imperceptibles en muros y pilares. Para contrarrestar la presión lateral hay seis contrafuertes en el ábside y cuatro a ambos lados del cuerpo de la iglesia. Los cuatro estribos laterales de cada flanco del templo están horadados con sendos huecos centrales, que culminan en arcos de medio punto.

La portada de ingreso a la iglesia, desde la Plaza de las monjas, presenta arco de medio punto adovelado, flanqueado por pilastras almohadilladas que sostienen el dintel con decoración de triglifos y sobre el un frontón partido en cuyo centro incluye una hornacina.

El edificio se cubre, al exterior, con tejado a dos aguas de tejas árabes. El ábside va rematado por un pretil, el resto de la iglesia carece de él, por lo que la cubierta carga sobre un alero de elegantes canecillos.

Esta dependencia eclesiástica de 4,48 m. de ancho por 6,30 m. de largo, es un añadido posterior del edificio. Una puerta adintelada relaciona esta pieza con la capilla mayor por el lado de la Epístola. Su escueta arquitectura se remata con bóveda de cañón.

Constituye una pieza independiente del coro, edificada a la cabecera del mismo. La planta cuadrada de 8 m. de lado y la techumbre mudéjar a 10 m. de altura, repiten, la cuadralidad de la arquitectura hispano-musulmana. La forma cuadrada era símbolo de salvación entre los primitivos cristianos. Esta capilla de profundis, panteón de las clarisas, conserva en su interior dos retablos de azulejería sevillana. Dicho oratorio se comunica por el testero oriental con el coro y por el septentrional al coro de las Madres. La puerta adintelada posee pinturas.

El doble coro está edificado al pie de la iglesia. Esta dependencia es la más elevada de todo el Monasterio. Al exterior presenta una cubierta a dos aguas de tejas árabes.

El coro bajo tiene una altura de 7,32 m., por 8 m. de ancho y 16,90 metros de largo. A los pies presenta una vano rectangular de 2,90 por 6,60 metros, provisto de doble reja, de la que tan solo se conserva la interior. Gracias a ellas las monjas podían acudir a los oficios divinos. Las puertas que cierran la verja contienen valiosas pinturas. Se cubre con bóveda de cañón, que sirve de piso de la planta superior. Lo más valioso del coro bajo es su sillería nazarí. Sobre la puerta que comunica con el antecoro existe la pintura mural de un Calvario rodeado por ángeles.

A la derecha de la reja, hay una puertecita para comulgar, y sobre este un mural de Santa Ursula. Sobre el pavimento de ladrillo del amplio coro se encuentran tres losas sepulcrales. La central corresponde al enterramiento de Pedro Portocarrero, X Señor de Moguer fallecido en 1557; la lápida de la izquierda es de Juana de Cárdenas, abuela del antes citado, y la situada a la derecha pertenece a Andrés de Valas Calvo, muerto en 1659.

El coro bajo posee sólo dos ventanales al exterior, situados muy en alto en el muro del lado de la Epístola. Frente por frente, en la pared opuesta, hay una pequeña puerta con restos pictóricos semejantes a los de la sillería, que comunica esta dependencia eclesiástica con el hueco de la gran escalera del claustro de las Madres. En esta especie de vestíbulo está la puerta que desde el monasterio da acceso a la iglesia a través de la capilla situada a los pies de la nave lateral derecha.

Al coro alto se sube por la escalinata principal del claustro grande o de las Madres. Este recinto superior repite las mismas dimensiones que el inferior. Arquitectónicamente, presenta cinco pares de arcos fajones y sobre ellos bóveda de cañón con cuatro lunetas por lado. Cada luneto posee un ventanal cegado. Tan sólo dos ventanas en el muro occidental de la estancia iluminan el interior. Frente a éstos despliega el coro alto su inmensa reja rectangular (ancho, 5,95 m.; alto, 1,73 m.) y sobre ella una celosía semicircular de 6,81 metros de diámetro.

Un amplio pedestal, decorado con azulejos similares a los del antecoro, recorre los tres paramentos restantes del salón. La pared lateral del lado del Evangelio muestra un hueco en forma de cruz. En el muro frontal hay una puerta que conduce a la bóveda del coro y a su lado otra. El pavimento del coro es de ladrillos a espinapez.

Este retablo (alto, 11,90 m.; ancho, 7,95 m.) fue realizado por Jerónimo Velázquez entre 1635 y 1640. En la estructura arquitectónica se reflejan las directrices de su maestro, Juan Martínez Montañés. De ahí la semejanza existente entre la traza del retablo de Santa Clara de Moguer y el de Santa Clara de Sevilla.

Su estructura de clara evolución renacentista está dispuesta en tres planos y en ordenación de calles horizontales y verticales con pinturas y esculturas. El banco presenta en el centro el Sagrario y a ambos lados tres cuadros. En el lado del Evangelio, el primero representa a San Francisco en la zarza; el segundo, a San Jerónimo haciendo penitencia en la gruta, y el tercero, a Santa Ana, la Virgen y el Niño con Santiago y San Juan. En el lado de la Epístola, el cuarto lienzo nos muestra a la Sagrada Familia con el Niño Jesús itinerante y el sexto ha desaparecido.

El primer cuerpo tiene una caja central, que en principio ocupó la imagen de Santa Clara, luego una Virgen moderna y, por último, el Niño de las lágrimas y los cuatro lienzos, donados por distintas familias de Moguer, que sustituyeron a los destrozados en 1936. En el primer cuadro, colocado a la derecha, está la Virgen entregando el Niño a un santo y, en el segundo, San Jerónimo, mirando a un ángel trompetero, con un león y el capelo rojo en el suelo. Los otros dos de la izquierda muestran un ángel y la comunión de la Virgen de manos de San Juan Evangelista.

Las pinturas, acopladas a la obra del retablo, van alternando en los enmarques arquitectónicos del mismo. Las extremas están situadas dentro de los compartimentos del primer cuerpo de las calles laterales, formados por dos columnas corintias acanaladas, que apean sobre ménsulas y soportan un frontón triangular sobre dados de entablamento. Las intermedias al cuerpo central tienen un enmarque sencillo, como corresponde a su situación de intercolumnio. El segundo cuerpo presenta análoga ordenación. En él los lienzos apocalípticos, también de proporciones distintas pero simétricas, alternan las formas rectangulares con las cintradas. El del extremo derecho reproduce el triple grito de amenaza del águila. Y el contiguo los cuatro jinetes. La temática del lienzo del extremo izquierdo es la preparación de las plagas y la del siguiente el Juicio Final. En el centro de este segundo cuerpo aparecía la Asunción de la Virgen, hoy perdida. En su lugar se expone, actualmente, una imagen de la Inmaculada. Entre esta imagen de la Purísima y la del Niño Jesús está el lugar de exposición, cubierto mediante una cortinilla pintada con el busto de Santa Clara. El tercer cuerpo, de idéntica disposición, muestra otros cuatro pasajes apocalípticos, que de derecha a izquierda son los siguientes: el primero alude a la revelación consoladora acerca de lo que ha de acontecer; el segundo reproduce a la mujer celestial y al dragón; el tercero presenta un ángel sobre dos columnas de fuego con el libro en la mano. Y en el cuarto, el cordero protege a los suyos y un ángel anuncia el juicio. En el centro de este último cuerpo se conserva un crucificado gótico, cuyo perizoma ha sido retocado. Las imágenes de la Virgen y San Juan que completaban el calvario fueron destruidas en 1936. El calvario gótico era propiedad del Monasterio y según reflejan las escrituras fue utilizado en la ornamentación del retablo.

Arquitectónicamente, el retablo tiene tres calles y dos entrecalles. La central es la única destinada a esculturas y culmina en un copete central, de cierto barroquismo, con un relieve del Padre Eterno de medio cuerpo. Las calles laterales se rematan con sendos escudos heráldicos de los patronos del monasterio. Entre los elementos usados en la ejecución de esta pieza artística de fuerte influencia montañesina destacan las columnas corintias entorchadas. El hecho de que este retablo tenga en sus extremos dos columnas nos recuerda al de San Miguel de Jerez de la Frontera, ejecutado por Montañés. Los frontones y entablamentos presentan varios tipos. Triangulares en los extremos del primer cuerpo. Curvos en el segundo y partidos en el ático, excepto en la calle central, donde son partidos en los dos primeros cuerpos y en el ático se sustituye por un copete. Todo el conjunto muestra un equilibrio y limpieza de composición que denota la maestría del autor. Su decoración muy austera está constituida por volutas, guirnaldas, dentellones, caro telas, canes, modillones, etc., todo ello combinado como corresponde a la sobriedad del estilo arquitectónico en que se basa la construcción.

Este retablo, clásico en su estilo, no deja de ser un magnífico ejemplar del manierismo sevillano, pues al igual que Martínez Montañés, Jerónimo Velázquez parte arquitectónicamente de Palladio, Serlio, Vignola, etc. Por ello, la perfecta adaptación de cada una de las partes entre sí y con el conjunto logra tal armonía, que acentúa la calidad artística del retablo.

El templo de Santa Clara se convirtió en el panteón familiar de los Portocarrero, patronos del Monasterio y Señores de Moguer. Tal vez el deseo de tener una iglesia-panteón, como correspondía a su rango, fuera una de las causas de la fundación del Monasterio. En el recinto se erigió valiosas sepulturas, que confieren a su interior un fuerte sabor castellano, ya que estos tùmulos y sepulcros, son poco frecuentes en Andalucía Occidental.

Frontero al altar mayor, entre dos escaleras laterales, aparece un espléndido lecho sepulcral con cinco estatuas yacentes de cuidada ejecución. Su decoración escultórica comprende dos caballeros, situados en los extremos y tres damas en el centro. Son obras de artistas italianos, realizadas en fino alabastro y con cierto estilo arcaizainte. Pertenece a la primera mitad del siglo XVI.

Las cinco esculturas reposan sobre un podio, de 1 metro de alto, 2,33 metros de ancho y 3,35 de largo, en cuyo frontal perdura la primitiva decoración musivaria, compuesta por dos recuadros de idéntica temática floral, que aún conservan restos de su rica policromía. En cada extremo del pedestal hay un escudo partido, de los Portocarrero y Enríquez.

En la inscripción gótica de la orla que rodea el mausoleo, aparece el nombre de los personajes representados. Son el I Señor de Moguer, Alonso Jofre Tenorio; su esposa Elvira Álvarez; su hija Marina Tenorio; Beatriz Enríquez; y el III Señor de Moguer, Alonso Fernández Portocarrero.

A ambos lados del mausoleo central se abren en el muro dos amplios arcos embutidos. El del lado del Evangelio (alto, 6,36 m.; ancho, 3,90 m.), de estilo gótico tardío con arco conopial y molduras polilobuladas con decoración de granadas, da acceso a una hornacina, cuya bóveda de nervadura gótica arranca de ménsulas angulares decoradas con cardinas al igual que la imposta que recorre en su medianía los tres paramentos del interior y que cobija otro lecho sepulcral de 1,50 metros de alto; 2 m. de ancho; y 2,81 m. de largo; con dos figuras yacentes. Por la inscripción de caracteres góticos que tiene la sepultura, sabemos que se trata de Pedro Portocarrero y de su mujer Juana de Cárdenas.

Fue construido, entre 1519 y 1525, cumpliendo lo reflejado en su testamento. Ambas esculturas, vestidas al gusto del siglo XVI, están labradas en alabastro con toda perfección. Armoniosa y dura es la imagen del difunto, propia de un curtido guerrero, que reposa haciendo descansar su cabeza sobre dos ricas almohadas, al igual que sus abuelos, y mostrando sobre su cuerpo la espada y a los pies el yelmo y restos de la imagen de su fiel paje. Contrasta con él, su mujer, Juana de Cárdenas, por la dulzura de su semblante. En su realización se someten todas las líneas a la horizontal, acentuando por ello el reposo y el estatismo.

El frontal del sarcófago se decora con delicada tracería gótica tardía, donde destaca una grequería de círculos tangentes, en cuyo interior hay otra labor trilobular. Aquí podemos encontrar un profundo simbolismo religioso. La ornamentación se completa con flores, frutas y arcos conopiales.

La heráldica del sepulcro está formada por cuatro escudos de piedra y alabastro. Dos de ellos, situados a la derecha, son de los Portocarrero y Enríquez. Los de la izquierda, son los emblemas del linaje de Juana de Cárdenas y de Luna.

Este enterramiento se sitúa a lado de la Epístola (derecha del altar) y tiene 8,28 metros de alto y 4 da ancho. Posee un elegante arco de medio punto con ornamentación plateresca y cierta influencia del estilo granadino.

Todo el conjunto ornamental y escultórico es de mármol blanco y representa a Juan Portocarrero y a su mujer, María Osario. El sepulcro, de sobria composición arquitectónica, se yergue sobre alto pedestal de cuatro piezas marmóreas. Las extremas están decoradas con sendas cartelas rectangulares recortadas con apéndices laterales enrollados, que confieren al relieve un cierto sabor metálico, y sobre e1 asoma la cabeza alada de un angelote. Las dos piezas centrales presentan, sostenidos por unos soportes tenantes (putis), dos escudos timbrados con corona de marqués. Uno, reproduce el campo ajedrezado o de escaques de los Portocarrero y el otro, dos lobos pasantes propios del linaje de los Osorio. Los putis aparecen en actitudes contrapuestas y equilibradas.

Este arco tríunfal -en cuya clave hay una cartela con la inscripción: “SOLI DEO”- está compuesto por un vano de medio punto festonado por cabezas de querubines, sobre columnillas abalaustradas y flanqueado por pilastras con hornacinas superpuestas en las que se tallan figuras, cuya perfecta anatomía percibimos a través de sus vestidos. Las superiores son San Pablo a la derecha y San Pedro a la izquierda. Las inferiores reproducen a la Esperanza y a la Fe, respectivamente. En el interior del carnero aparecen la Prudencia y la Caridad a los pies y a la cabecera del sepulcro. Bajo estas imágenes se encuentran otras dos que representan a la Justicia y a la Fortaleza.

Conforme a los cánones del estilo, el intradós está decorado con casetones y en las enjutas del gran arco surgen dos etéreos y gráciles ángeles trompeteros, cuyos plegados vestidos revoletean al aire. Estos ángeles o victorias aluden a la vida del alma. Tanto las columnas fronteras como las pareadas, que se colocan sobre los descritos pilastrones, son abalaustradas, de típica decoración plateresca y capitel compuesto, y sustentan el entablamento coronado por tres flameros a cada lado. En e! centro del entablamento se levanta el átíco, de frontón triangular, sostenido por pilastras, y a ambos lados salta un angelote. En el interior de este último cuerpo se abre un vano circular con sendas cabezas de relieve a cada uno de los lados superiores. Todo el conjunto lo rematan dos ángeles sobre las vertientes del frontón, y otro se levanta erguido, en el vértice del mismo, con una canastilla de frutas sobre la cabeza.

El núcleo central de este monumento funerario lo compone, sobre tallado sarcófago con ornamentación esculpida de mascarones y esfinges, un par de figuras yacentes hábilmente realizadas en mármol. En ellas destacan el tratamiento del cabello y barbas rizadas, las manos piadosamente unidas, la laxitud de los cuerpos y la perfección general de la traza. El varón se cubre de rica armadura, en cuyos hombros se labran sendos leones para simbolizar el poder y la nobleza del difunto. La dama está envuelta en finos cendales y sostiene entre sus manos un rosario de gruesas cuentas.

Una imagen decapitada de San Pablo, de 55,5 cm de altura, fue esculpida en un solo bloque de alabastro en el siglo XVI. Viste túnica y amplio manto, y tiene mutilada la cabeza y las manos. Está datada en el siglo XVI.

El grupo escultórico se componía de cinco tallas en madera. Tan solo quedan dos tallas, como dolorosas, repartidas por otros templos de la ciudad. Una de ellas fue transformada por León Ortega en Ntra. Sra. de la Encarnación de la Hermandad del Santo Entierro. La otra, también la trasformó el mismo artista en la Virgen de la Soledad, para la Hermandad de la Veracruz. De una tercera tan solo se conserva en el Monasterio su rostro.

La efigie, situada en el retablo mayor, esta tallada en madera y mide 64 cm de altura. Escultura vestida, a pesar de su perfección anatómica, que aparece itinerante. La pierna derecha avanza mientras la izquierda queda rezagada en delicado contraposto. Los brazos, dirigidos hacia adelante, juegan con varios planos a la vez, sin cortar la silueta del cuerpo cuando se mira de frente, dejando un plano anterior exento en el que se manifiestan las excelencias del contorno. En la mano izquierda porta una larga cruz de plata dorada al igual que las potencias -en forma de rayos de sol- que adornan su cabeza.

La talla actual, situada en el retablo mayor, aparece estofada y policromada. Su altura total es de 85 cm, de los cuales 59 cm corresponden a la escultura y 26 cm al pedestal. La Virgen de doce años de edad, vestida con túnica blanca y resplandeciente, bordada con flores de oro, y con un manto azul ancho y brillante. Es de la segunda mitad del siglo XVIII.

La talla, de 90 cm de altura, está envuelta en verde túnica ajustada al talle, con florecillas estampadas multicolor. El manto azul cae desde la cabeza hasta los hombros. Se trata de una imagen de candelero del siglo XVIII y sustituyó a otra del siglo XV. Su culto guarda relación con la compra de Bancarrota, de donde es patrona, por los señores de Moguer en 1539.

Clausura el enrejado del Coro bajo, una puerta de dos hojas. Cada una de la hojas de 3,26 m de ancho y 2,84 m de alto, están compuesta de dos piezas unidas mediante ensamblaje de argollas de hierro. Las puertas conservan delicadas pinturas por ambas caras. Estas pinturas irradian la afectiva espiritualidad franciscana (misterios de la infancia y de la pasión y muerte). La obra se data entre 1470 y 1490.

Las que cierran al templo se decoran con emblemas franciscanos alusivos a la pasión de Cristo. En el centro de la hoja, situada al lado del Evangelio, aparece un tondo en forma de ostensorio cuyos rayos son alternativamente agudos y flameantes. En su interior se coloca el monograma de “JHS”. El viril posee la siguiente inscripción latina: “IHESU DULCIS MEMORIA DANS UERA CORDIS GAUDIA: SET SUPER MEL ET OMIA DULCIS EIUS PRESENCIA”.

En cada ángulo de la puerta hay un escudo rodeado por el cordón franciscano. El superior derecho presenta una cruz plana sobre el calvario; el izquierdo, una corona de espinas; su correspondiente inferior, los tres clavos de la crucifixión, y el contiguo, una de las escaleras del descendimiento y sobre ella el sudario. Entre los dos inferiores campea el escudo de armas de los Enríquez. La otra hoja de la puerta coral, de idéntica composición pictórica, va enmarcada por una cenefa de decoración vegetal y ostenta otros cuatro escudos en sus vértices. De los dos superiores, el derecho muestra una lanza y una caña con esponja cruzadas y entre ellas tres dados; el izquierdo, un gallo sobre una columna y un cordón. De los inferiores, el situado a la derecha exhibe un martillo y unas tenazas, y el inmediato, una soga entre dos najelos. Entre estos dos últimos luce el emblema de los Portocarrero. En el centro de la hoja resplandece otro sol en cuyo interior surge la insignia de “XPS”. En torno al Crismón se lee: «CHRISTE, LUX UERA, BONITAS ET VITA, GAUDIUM MUNDI, PIETAS INMENSA, QUI NOS A MORTE SALUASTI SANGUINE TUO».

Las pinturas que dan al Coro bajo, presenta en el lado izquierdo sobre, fondo azul oscuro, una apoteosis celestial de la Virgen. En la escena intervienen cuatro ángeles. Los dos superiores son trompeteros y proclaman los dones y prerrogativas de la madre de Dios. En los inferiores aparece San Rafael portando en su diestra una alegórica cabeza, y conduce con la otra al niño Tobías. El ángel de la derecha es San Grabiel con la inscripción: “CONCEPTIO TUA DEI GENITRIX VGO”. La imagen central es la personificación de la Virgen apocaliptica. Aparece coronada de estrellas, con la luna a los pies y sosteniendo en su regazo al Hijo. La Virgen, de tamaño inferior al natural, viste túnica roja y ancho manto de color blanco-marfil. Ambas prendas están estampadas con florones dorados. Rodea la figura una ráfaga similar al Cristo. Su cabeza coronada se rodea de doce estrellas. María se manifiesta en majestad, como Reina de todo lo creado, luciendo en la mano izquierda una rosa, símbolo de su maternidad divina.

La otra hoja de la puerta, se divide en dos registros. El superior tiene pintada una Anunciación y el inferior, una Natividad. En la salutación, la Virgen es sorprendida en su meditación. Las elegantes y delicadas manos expresan con admirable candor su especial estado de ánimo. La Doncella se engalana con traje carmesí de espaciada decoración floral y con ampuloso manto de rico brocado recogido por sus brazos en pliegues convencionales. A su diestra, con la rodilla derecha en tierra y el palo de mensajero en su diestra, aparece San Gabriel, con vaporosa alba y dorada capa pluvial, transmítiendo el mensaje a la futura Madre del Altísimo. En torno a una y otra figura revoletean dos cintas desplegadas con frases relativas a la Anunciación. La del arcángel reza así: «AVE GRATIA PLENA DOMINUS TECUM.; y la de la Virgen dice: .ECCE ANCILLA DOMINI FIAT MIHI SECUNDUM VERBUM TUUM. En el registro inferior, la escena del Nacimiento del Mesías sitúa en primer plano a la Sagrada Familia. San José, ya anciano, para aclarar que no engendró a Jesús, se cubre con túnica semejante a la de su Esposa y, como Ella, se arrodilla piadosamente junto al Redentor. María, con la mirada baja y las manos unidas, adopta una actitud de elegante y profundo recogimiento.

Existen en la iglesia del Monasterio, diversos murales pintados en la paredes que han aparecido en la última restauración realizada en 1992, con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América. Su autores y fechas son desconocidos.

En la pared de la nave de la Epístola, aparece pintado un "'Mural de San Cristóbal"' de 2,5 metros de altura. En el intradós del primer arco de la nave lateral izquierda, existe un "'Mural de la Santísima Trinidad"', de 1,65 m. por 1 metro de ancho. En el último pilar de la arquería lateral derecha, hay una pintura mural ("'Mural con alegoría de la muerte"') de 2 metros de alto por 1 m. de ancho. En el Coro Bajo, encima del comulgatorio, existe el "'Mural de Santa Úrsula"' de 1,19 m. de ancho por 1,77m. de ancho. En el muro occidental del dormitorio bajo, existe el "'Mural del Padre Eterno"' del año 1589. Sobre la puerta que comunica el coro y antecoro, hay pintado un "'Mural de El Calvario"', de 2,82 m. de alto por 2 m. de ancho, del pintor Lucas Váldes fechado en el siglo XVIII. Por último en la galería oriental del claustro de las Madres hay un "'Mural de la San Cristóbal"', de 1,75 m. de alto por 0,75 metros de ancho.

La "'Tabla del Descendimiento"', tiene 1,5 m. por 0,90 metros de ancho; reproduce el Descendimiento de Cristo con estilo manierista y data del segundo tercio del siglo XVI. La "'Tabla La Virgen Franciscana"' tiene 1,2 m. por 0,74 metros de ancho; representa a la Virgen con el Niño de estilo manierista y datada a finales del siglo XVI. El lienzo, de "'Santa Clara"', pintado al óleo, tiene 1,02 m. por 0,80 metros de ancho y está fechado a finales del siglo XVII. El lienzo, de "'La Dormición de la Virgen"', representa la Dormición de la Virgen, tiene 1,3 m. por 2 metros de ancho; está fechado a principio del siglo XVIII y firmado por Arellano. La pintura al óleo "'Jesús camino del Calvario"', de 0,97 m. por 1,31 metros de ancho, está firmado por José Reinoso en 1816.

La sillería del coro del Monasterio es de estilo mudéjar y fue construida en el siglo XIV, aunque los escudos de los espaldares fueron pintados en los siglos XIV y XV.

La sillería de Santa Clara de Moguer presenta en su organización cierta semejanza con la de Gradefes. Su estructura se compone de largueros verticales y travesaños horizontales, unidos a caja y espiga, formando marcos que encuadran tableros engargolados. Difiere de los tres sitiales de Gradefes por sus altos respaldos de 2'50 m., característica gotizante, que confiere a la obra un cierto deseo de ascensión humana y de acentuada espiritualidad. La anchura de cada sillón, de 0'74 m. permite cierta holgura y comodidad. Los asientos móviles y giratorios carecen en su parte inferior del soporte, denominado paciencia o misericordia. De originales podríamos calificar los tableros semielípticos, que forman los brazos y espaldar, excepcionalmente fijados con clavos, mientras que en el resto del conjunto se usan clavijas cilíndricas de madera. Está compuesta por 29 sillares.

Lo ciertamente interesante de esta pieza artística es su decoración nazarí. La ornamentación tallada se localiza en los capiteles y columnillas, colocadas en el frente de los tableros que separan los asientos, y en los antecuerpos de leones tendidos, que rematan los brazos, Las estilizadas columnas, con labor de lacería en los fustes, ostentan capiteles compuestos, cuya parte inferior cilíndrica muestra delicada decoración vegetal, y la superior, en forma de tronco de pirámide invertida, guarda gran similitud con los capiteles granadinos de la Alhambra. De fuerte influencia islámica es la decoración cúfica de los ábacos, apareciendo en sus cartelas inscripciones como: “el imperio perenne”. Singulares y extraordinarias en su ejecución son las tallas de los leones, que destacan del total por su simbolismo oriental y por su enorme realismo.

La decoración pictórica está constituida por escudos y dibujos geométricos en los altos y bajos espaldares. Dichos espaldares ostentan diversos blasones pertenecientes al linaje de las distintas clarisas que profesaron en el Monasterio. Estas armas son de conocidas familias de la nobleza: Portocarrero, Enríquez, Guzmán, Mendoza, etc. Todos los respaldares altos llevan escudos con los monogramas de “JHS” y “XPS” timbrados con corona de marqués, de la que pende el cordón franciscano rodeando al escudo. En los respaldares inferiores hay, al igual que los superiores, dos escudos por cada sitial. Todos ellos reproducen las armas de las distintas casas nobiliarias relacionadas con las clarisas.

Se conservan tres libros de coro, minados en papel de nonato. El primer libro se compone de 11 cuadernillos de 10 folios cada uno de 52 por 71 centímetros. El segundo, de 52 por 71 centímetros, comprende 16 cuadernillos de 10 hojas. Y el tercero, de 52 por 71 centímetros, reúne 16 cuadernillos de 10 hojas. Están datados en el siglo XV.

La custodia-ostensorio, sale bajo palio en la festividad del Corpus Christi moguereño. Esta pieza de orfebrería de estilo gótico, está ejecutada en plata sobredorada y mide 0,46 m. de altura. Es del primer cuarto del siglo XVI.

En el Antecoro perduran dos altares de azulejos. Uno instalado frente a la puerta de acceso, y el otro en el lateral izquierdo. La traza general de ambos altares es similar, presentando un formato rectangular decorado con cerámica policromada de estampación plana, con abundancia de azules sobre fondo amarillo. El primero es de 2,63 m. por 2 metros de ancho y el otro de 4,08 m. de alto por 2,57 metros de ancho. Están datados hacia 1600.

En distintos lugares del monasterio perduran varias losas sepulcrales de cierto interés histórico, ornamental y anecdótico.

Moguer conserva en este Monasterio un terno (propiedad de las clarisas), compuesto por una casulla, dos dalmáticas y una capa pluvial. Todas las piezas están bordadas “al romano” sobre terciopelo carmesí. Los lomos o prominencias de los tallos y las hojas aparecen muy abultados debido a un grueso relleno que realzan los torzales redondos tendidos sobre ellos en sentido transversal. El bello brocatel de fondo es de época posterior a los bordados. Están datados en el siglo XVI.

También se conservan dos dalmáticas franciscanas bordadas «al romano», sobre terciopelo rojo. La seda de fondo es de color blanco con decoración en relieve. Los faldones y bocamangas presentan estilizados roleos, que se disponen ateniéndose a un solo eje central de simetría.

Esta obra de cerrajería, situada en la capilla mayor al lado del Evangelio, procede del Convento de San Francisco. El púlpito -de 2'78 ms. de altura- está ejecutado en hierro forjado y se compone de tres partes: pie, plataforma con antepecho y escalera. Se puede datar este púlpito entre los siglos XVII y XVIII. La decoración floral que enriquece esta pieza de la cerrajería andaluza ratifica dicha cronología.

Al principio



Convento de San Francisco (Moguer)

Planta Convento San Francisco.

El Convento de San Francisco se encuentra en Moguer, Provincia de Huelva (España).

El templo, de estilo manierista, consta de una sola nave de cajón muy profunda cubierta con bóvedas de cañón con lunetos, coro alto muy alargado a los pies, y presbiterio plano sobre pedestal, cuya planta coincide con el cementerio de los frailes. La cúpula es ovalada. Los parámetros interiores estucados en blanco se quiebran a base de pilastras y cornisas de sencillo diseño. La nave se caracteriza por su desnudez: los retablos fueron trasladados a la parroquia después de 1936, a excepción del retablo mayor. Igual suerte corrieron otros objetos de arte, hoy expuestos en el monasterio de Santa Clara, sede del Museo Diocesano de Arte sacro. Varios sucesos coinciden en el tiempo con la desmembración y destrucción del patrimonio artístico del convento: el saqueo perpetrado por los franceses (1810); la exclaustración e inmediata desamortización eclesiástica (1836); el abandono secular del edificio; y, finalmente, la guerra civil de 1936.

El retablo mayor (de unos 15 metros de altura) fue ejecutado para esta iglesia conventual en la segunda mitad del siglo XVIII, sustituyendo a otro de época y estilo diferentes realizado hacia 1600 según consta documentalmente. Su artífice, aunque desconocido, realizó esta obra siguiendo los cánones inaugurados por Jerónimo Balbás en el retablo de los Reyes de la Catedral de México. El uso del estípite concuerda con el majestuoso y refulgente decorado barroco en versión rococó, mucho más atrevido que en épocas anteriores, y tan frecuente en la ornamentación de muchas iglesias andaluzas e hispanoamericanas. Todo el retablo forma un cuerpo dorado gigantesco con variadísimas molduraciones. Los estípites organizan la composición en tres amplios sectores. Otro elemento novedoso que nos remite a Duque Cornejo es el cortinaje o dosel que remata la hornacina de San Francisco. A través de una de las puertas existentes en el cuerpo inferior de dicho retablo se accede a la sacristía, antaño repleta de numerosos relicarios. Este de San Francisco de Moguer guarda una gran semejanza con el retablo de San Buenaventura de Sevilla.

Su iconografía responde al ideal franciscano de la época. El crucificado que lo remataba y las imágenes policromadas de los dos santos franciscanos, que antaño flanqueaban el camarín de la titular, fueron destruidos en el año 1936. El resto de la imaginería se ha conservado. San Francisco de Asís obra de León Ortega de 1963. Obras modernas son la Virgen de la Esperanza y el Cristo del Amor, talladas por Moreno Daza en los años 50 del siglo XX, y las imágenes del Cristo de los Remedios y la Virgen del Rosario. También se conserva la llamada Cruz Franciscana, obra del siglo XVII artísticamente decorada.

También son del siglo XVIII la reja de hierro forjado que separa el presbiterio del resto del templo y las pinturas murales que representan a los Papas Alejandro IV, Sixto IV y Sixto V y Nicolás V en cada una de las pechinas, y el escudo de la Orden Seráfica en el centro de la cúpula. Los azulejos que ornamentan con sus motivos vegetales y hagiográficos (San Sebastián), el frontal partido por la escalinata de acceso al altar mayor pueden datarse hacia el Seiscientos.

El claustro es un espacio manierista de planta sensiblemente cuadrada, adosado al muro norte de la iglesia. Está formado por dos plantas de arquerías sobre columnas, salvo en su lado norte donde sólo tiene la arquería inferior. En el patio se conserva un aljibe con restos de estuco pintado. La escalera ha recuperado su grandiosidad después de las distintas restauraciones. Se accede a ella a través de un vano con arco de medio punto adovelado, mayor que los huecos adintelados que aparecen a ambos lados. Esta solución responde a la tipología de "serliana" cuyo modelo introduce Hernán Ruiz en el primer cuerpo de campanas de la Giralda de Sevilla. Los tres arcos sobre columnas remarcados por un almohadillado del piso superior potencian la espacialidad de la escalera. En el primer tramo se conserva un trozo de estuco (siglo XVI) con motivos geométricos.

Desde el exterior destaca la severidad de los muros de la iglesia con su sistema de contrafuertes, visibles en el grabado de Espinalt y García (1781). La espadaña (siglo XVII) y la portada principal de acceso a la iglesia (siglo XVI) nos remiten de nuevo al maestro Hernán Ruiz.

El claustro y las nuevas dependencias anexas -propiedad del Ayuntamiento tras la Desamortización-, funcionan como sede del Archivo Histórico Municipal y Biblioteca Iberoamericana. Contiene varios fondos: el denominado Archivo Municipal con documentación del Ayuntamiento desde el año 1481 al 1982; los Protocolos Notariales del Distrito de Moguer (Niebla, Bonares, Lucena del Puerto, Palos de la Frontera y Moguer) con escrituras públicas otorgadas desde 1536; y Juzgados con documentación que van de los años 1843 a 1903. Este último fondo enlaza con la sección Escribanía de Cabildo (1543-1879) del Archivo Municipal. Tiene además una biblioteca especializada de apoyo al Archivo, con tres áreas básicas: América, Andalucía y Legislación.

En el último tercio del siglo XV el convento franciscano del Corpus Christi resultaba insuficiente para una comunidad de frailes en aumento incapaz de atender las demandas sociales y religiosas de la población. Por este motivo, los señores de Moguer, Pedro Portocarrero y su mujer Juana de Cárdenas, fervientes devotos de la orden seráfica, mandaron construir a su costa el nuevo Convento franciscano de San Francisco.

Los franciscanos se trasladaron al mismo en 1482. El nuevo edificio conventual llegó a albergar a un número respetable de religiosos. Hacia el último tercio del siglo XVI eran treinta los frailes. La cifra más alta fue alcanzada en 1655 con treinta y cuatro. Con posterioridad la comunidad fue reduciéndose hasta descender a cuatro miembros en 1834. Un par de años más tarde tendría lugar la exclaustración, pasando todos sus bienes, incluida la residencia conventual, con la única excepción de la iglesia, a dominio público. Los franciscanos ejercieron en Moguer a través de una escuela de niños y cátedra de gramática un apostolado religioso y cultural relevante. Por otro lado, la proximidad al monasterio de Santa Clara revela la estrecha relación que existió entre ambos desde su fundación.

La notable influencia que la orden de San Francisco ejerció sobre la población ayudó al mantenimiento del convento. El patrimonio económico con que contaba era más bien modesto si lo comparamos con el del Monasterio de Santa Clara. Subsistía gracias a una serie de rentas y, sobre todo, a los donativos y limosnas de los particulares y señores de Moguer. El importe se destinaba a fines concretos: sustento de la comunidad, reparos y ampliación del edificio, adquisición de objetos de culto, obra social y educativa, servicio litúrgico, jornales de los empleados, etc. Otros ingresos procedían de las capellanías y memorias fundadas en la iglesia del convento, de los sermones y misas de difuntos, y de las cofradías instituidas en dicho cenobio (Soledad, Vera-Cruz, Misericordia, etc.).

Las obras del edificio conventual se iniciaron en las últimas décadas del siglo XV, aunque las intervenciones más importantes se llevaron a cabo en la centuria siguiente Queda algún rasgo de la época de los Reyes Católicos en la base de la espadaña. A lo largo de los siglo XVI y XVII el convento fue sometido a numerosas reparaciones, realizadas por alarifes locales. En 1584 Gaspar Ruiz, carpintero, se comprometió por 90 ducados a labrar treinta y cinco vigas para el entresuelo del refectorio nuevo. En 1598 Bernardo García y Alonso García Lobo procedieron a la reparación y afianzamiento de parte del claustro, caja de la escalera principal y dependencias anexas al templo. Este cenobio llegó a contar con la biblioteca más rica de toda la provincia de Huelva durante la Edad Moderna.

La vinculación americana del convento de San Francisco se inicia a fines del siglo XV alcanzando su pleno desarrollo en las dos centurias siguientes. Del convento de San Francisco salieron, para la evangelización del nuevo mundo, numerosos religiosos con destino a la isla Española, México, Michoacán, Yucatán, Florida, Tucumán y Perú. Destacan entre ellos: Fray Andrés de Moguer, religioso dominico que destacó por ser el primer cronista de la labor de los frailes de Santo Domingo en el virreinato de Nueva España; y Fray Antonio de Olivares, natural de Moguer, que marchó para Nueva Galicia en 1663 a la edad de 35 años. A él se debe la fundación de la que hoy es ciudad de San Antonio en Texas, en los Estados Unidos. En múltiples ocasiones el convento recibía limosnas de manos de aquellos moguereños que buscaban la protección divina antes de embarcar con destino al Nuevo Mundo.

La reconstrucción de la iglesia tras el terremoto de Lisboa de 1755 fue la actuación más importante. En 1818 los invasores franceses lo saquearon. En el momento de la exclaustración definitiva (1836) el conjunto contaba con una amplia residencia y terreno de huerta que más tarde pasó a dominio público. Madoz comenta en su diccionario el aspecto de ruina y precariedad que presentaba el edificio a mediados del siglo XIX.

Después de la marcha de los frailes la zona residencial del convento fue reconvertida en función a las necesidades de la población: las dependencias circundantes al claustro, y parte de éste, se usaron como viviendas; en el solar que ocupó la huerta se construyeron las escuelas públicas, accediéndose a ellas por la plaza de la Soledad, antiguo atrio del convento. Igualmente y en paralelo al muro de la huerta, se edificaron once viviendas de protección oficial.

En 1961 la crujía del refectorio fue demolida construyéndose en su lugar el antiguo centro de salud. En 1991 y dentro del convenio Colón 92, este centro de salud fue demolido para construir en su lugar la biblioteca Iberoamericana y archivo histórico, también se restauró la iglesia y el claustro del primitivo convento.

Al principio



Castillo de Moguer

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El castillo de Moguer, que se encuentra en la localidad española de Moguer, en la provincia de Huelva (Andalucía), es un castillo almohade reformado y ampliado en el siglo XIV cuyos orígenes deben buscarse en un torre defensiva romana de principios de nuestra era.

El castillo se levanta en una de las cotas más elevadas de la villa dominando gran parte del término y la desembocadura del río Tinto. Fue construido de tapial a base de argamasa de grava, arcilla y cal aplicada con moldes. El ladrillo, aunque escaso, aparece en las Bóvedas de las torres así como reforzando parte del exterior de estas últimas.

Tiene planta cuadrada imperfecta de 44 x 45 metros de planta, con cuatro torreones en las esquinas, también de base cuadrada. Una cava o foso rodeaba al castillo, según se desprende de los testimonios escritos, aunque en la actualidad ha desaparecido bajo las construcciones que lo rodean. En las inmediaciones de esta, por el costado oeste se conserva una noria musulmana. El acceso al castillo se realizaba por el costado noroeste, por la actual calle Santo Domingo, a través de una rampa.

Cada torre, de 9 x 9 metros aproximadamente de planta, contiene dos cámaras cubiertas por bóveda vaida de rosca de ladrillo. La cámara baja de unos 4 metros de altura, tiene su entrada mediante una puerta en el lienzo interior, que la comunica con el patio de armas, y la luz entra a las mismas a través de sendos vanos o saeteras alargados situados en las fachadas exteriores. La cámara alta de las torres es de menor altura que la baja, dispone de dos vanos rectangulares en las fachadas exterior, así como dos puertas hacia en interior a través de las que se accedía al paseo de ronda. Los cuatro torreones estuvieron rematados por almenas, al igual que los lienzos.

El patio de armas es diáfano y bajo él se halla el aljibe árabe, separado en dos por una arquería, en perfecto estado de conservación, que servía de almacén de agua. En él se encuentra una bodega del siglo XVIII, de 22 x 10,5 metros, que sirve de sede actual a la Oficina de Turismo.

La existencia de una fortaleza en Moguer es anterior al Siglo XIV. Su origen fue posiblemente el de una villa romana transformada más tarde en alquería por pobladores musulmanes. Los restos arqueológicos encontrados en la zona del castillo indican la presencia de culturas anteriores a la conquista cristiana.

Razones históricas como la situación estratégica de Moguer (paso obligado de culturas), el auge económico que conoció con los Almohades, así como la semejanza del castillo moguereño con las primitivas “kasbash” avalan el posible origen almohade del mismo.

La construcción del edificio pudo haber coincidido con la fiebre constructora y el avance de las obras de carácter militar impulsadas por los Almohades en Sevilla y Niebla, cabecera ésta última del Algarve histórico, en la segunda mitad del siglo XII. Otra teoría posible otorgaría la autoría del castillo a alarifes mudéjares de tiempos de los Caballeros de Santiago, cuyas vanguardias habían conquistado la alquería de Moguer entre 1239 y 1240, y cuya orden la conservó en su patrimonio unos treinta años.

Elevada a la categoría de villa y después de pasar por varias manos Alfonso XI la donó en 1333 a su almirante Alonso Jofre Tenorio y a su mujer Elvira Álvarez, que la convirtieron en uno de los núcleos urbanos más ricos y prósperos de la comarca. A partir de esta fecha la fábrica del castillo fue sometida a importantes reformas, permaneciendo como bastión defensivo del nuevo señorío, hasta alcanzar un aspecto similar al que hoy presenta.

El castillo fue el núcleo en torno al cual se organizó el primitivo caserío urbano de Moguer, aunque la extensión de la villa hacia la ribera del Tinto rompió la unidad de un posible casco defensivo. Al recinto amurallado de Moguer se le denomina en la documentación indistintamente alcázar, castillo, forlaleza o Ciudadela.

Cada una de las cuatro torres contenía dos cámaras, siendo la situada en el nivel inferior de mayor altura. El interior se cubre con bóveda vaída de rosca de ladrillo, tipología que se repite luego en la cocina del monasterio de Santa Clara. Árabes y mudéjares la usaron en sus construcciones con cierta frecuencia. Las cámaras superiores de las cuatro torres se comunicaban entre sí a través del paseo de ronda. Las mismas se decoraron al fresco con motivos vegetales típicos de la pintura mural del siglo XIV, según se desprende por los hallazgos realizados en la torre Sur, única que ha soportado las inclemencias del tiempo y los cambios históricos.

Los torreones estuvieron rematados, como el resto del castillo, con almenas. La plaza de armas era amplia y diáfana. Dentro del recinto existían edificaciones adosadas a los muros. En la mitad Norte de la planta aparece un aljibe que servía para abastecer de agua al contingente de la fortaleza. Esta obra recuerda mucho construcciones árabes de características similares. El acceso al castillo se hacía por el costado Noroeste.

Una cava o foso rodeaba parte del recinto. Dicho desnivel del terreno se le conocía en el siglo XIX, y aun en épocas recientes, como gavia del Castillo (Plano de Moguer por Francisco Coello, 1869). El castillo de Moguer desempeñaba una triple función: la primera básicamente militar, como residencia temporal del señor de la villa, y ocasionalmente, también, como depósito carcelario.

El castillo debió quedar muy afectado tras el terremoto de Lisboa de 1755. En la vista de Moguer que Espinalt y García inserta en su Atlanta Español (año de 1781), menciona, entre otros edificios, al castillo arruinado. La situación de abandono del recinto, perdida ya su función militar, y la falta de terreno para edificar llevó al Cabildo moguereño a urbanizar a partir del último tercio del siglo XVIII todo el área del castillo, política extensible a otras zonas de la población. De esta forma el recinto quedó ahogado definitivamente por los nuevos edificios destinados a bodegas que aprovecharon sus muros como linderos. La plaza de armas quedó seccionada por una calle que comunicaba las calles Santo Domingo y Rábida.

El castillo de Moguer fue declarado Monumento Nacional y está protegido por el Decreto de 22 de abril de 1949 del Ministerio de Educación Nacional. Le afecta igualmente la Ley del Patrimonio Histórico de la Comunidad Autónoma Andaluza de 1991. Fue incluido en el Plan General de Ordenación Urbana como elemento a proteger. Su reconstrucción fue realizada dentro del Convenio Colón 92, en el marco de las actividades del V Centenario del Descubrimiento de América. El edificio es en la actualidad propiedad del Ayuntamiento de Moguer.

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Source : Wikipedia