Migraciones

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Publicado por tornado 08/04/2009 @ 02:11

Tags : migraciones, sociedad

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Composición étnica de Argentina

La composición étnica de la población argentina se caracteriza por un amplio mestizaje de múltiples culturas y una fuerte incidencia de las inmigraciones.

La composición étnica de la población de la Argentina está muy influenciada por la gran ola de inmigración, principalmente de varones europeos mayoritariamente italianos y en segundo lugar españoles, sucedida entre mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, y el mestizaje de éstos con la población local, integrada por una base hispana, indígena originaria y africana presente desde la conquista española, fuertemente mestizadas entre sí y con una relativamente pequeña población de colonizadores españoles.

Al igual que Australia, Canadá, Estados Unidos o Uruguay, la Argentina es considerada como un país de inmigración, es decir una sociedad que ha sido influida decisivamente por uno o más fenómenos inmigratorios masivos.

Por otra parte los distintos grupos que integran su población han establecido intensos mestizajes interétnicos, situación conocida en el país como "crisol de razas". Aproximadamente se estima que un 90% de la población desciende de europeos, principalmente italianos y luego españoles, mientras que investigaciones genéticas realizadas sobre individuos seleccionados al azar, han detectado algún legado hereditario indígena en más del 50% de la población examinada. También se han realizado estudios estableciendo componentes genéticos de origen africano en al menos un 5% de las personas examinadas.

Adicionalmente la Argentina cuenta con considerables minorías de origen o pertenencia judía, árabe, armenia, japonesa, china y coreana. Desde mediados del siglo XX, la inmigración proveniente de países sudamericanos, principalmente Paraguay y Bolivia, ha cobrado mayor importancia.

La distribución territorial de los diferentes grupos étnicos se encuentra básicamente influenciada por las grandes migraciones internas del campo a la ciudad y del norte hacia el litoral. En la Ciudad de Buenos Aires, donde la influencia de la inmigración europea en la composición étnica se ha sentido con más fuerza que en el resto del país, un estudio realizado en 2006 sugiere un mestizaje genético promedio compuesto en un 78-80% proveniente de diferentes etnias europeas, principalmente italianas y españolas, un 15-20% de diferentes etnias amerindias, y un 2-5% de etnias africanas. Los estudios también indican que la proporción del componente genético amerindio y africano está creciendo, y que ha sido transmitido mayoritariamente por las mujeres.

El mestizaje ha desempeñado un papel fundamental en la composición étnica de la población argentina. El proceso, denominado en la cultura nacional con el término «crisol de razas» (equivalente al «melting pot» -«recipiente de fundición»- estadounidense), registra una intensidad inusitada en la Argentina, produciendo el mestizaje no solo de las tres grandes ramas étnico-culturales (europeos, indígenas y africanos), sino de las decenas de etnias particulares que integran cada una de esas ramas (italianos, españoles, polacos, judíos, mapuches, diaguitas, collas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.). Es necesario precisar que las grandes inmigraciones europeas estuvieron integradas mayoritariamente por varones solos que se mestizaron en la Argentina con mujeres de ascendencia primordialmente indígena y africana.

Los indígenas que constituyeron la base del mestizaje en la época colonial estaban divididos en cuatro grandes grupos: los pertenecientes al grupo de la civilización andina, principalmente diaguitas, sanavirones y comechingones; los habitantes de la Mesopotamia, principalmente la civilización guaraní; los pertenecientes al grupo del Gran Chaco, destacándose los pueblos wichi y qom (toba); y los pueblos de cazadores-recolectores del sur, principalmente los pueblos ranquel, tehuelche y mapuche. Estos dos últimos grupos no pudieron ser colonizados por los españoles.

Durante la época colonial los complejos mestizajes entre las diversas etnias indígenas, españolas, poruguesas y africanas, produjeron un tipo de especial de poblador, característico de la Argentina y otros países vecinos: el gaucho y su equivalente femenino «la china».

Al igual que Australia, Canadá, Brasil, la Argentina constituyó uno de los principales países receptores de la gran corriente emigratoria europea, que tuvo lugar durante el período que transcurre desde 1800 hasta 1950, aproximadamente.

En efecto, en el primer censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a 2 millones de habitantes, mientras que los inmigrantes que ingresaron al país hasta 1940 superaron los 6 millones. Para 1920, más de la mitad de quienes poblaban la ciudad más grande, Buenos Aires, eran nacidos en el exterior.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la inmigración proveniente de Europa se redujo considerablemente, pero los niveles históricos de la inmigración proveniente de los países limítrofes se mantiene hasta nuestros días.

Regionalmente, la composición de la población, atendiendo a los orígenes nacionales y étnicos, varía.

En la región central del país, donde se concentra la mayoría de la población nacional, la ascendencia se compone principalmente de inmigrantes italianos y españoles llegados durante la gran migración. En menor medida existen colonias y comunidades considerables de paraguayos, franceses, alemanes, polacos, bolivianos, uruguayos, judíos y árabes. La region se caracteriza por un predominio de ascendientes europeos, que desde mediados de siglo XX, se ha venido reduciendo lentamente con el aumento de los componentes indígena y africano y sus mestizajes, debido a la mayor presencia de migrantes internos provenientes del norte y de países sudamericanos. Estos sectores son predominantes en los partidos del oeste y sur del conurbano industrial de Buenos Aires, que constituyen la mayor concentración urbana del país.

En la región noroeste del país la población con antepasados indígenas andinos, o españoles y africanos llegados en tiempos de la colonia, es proporcionalmente mayor a la media nacional, en parte porque era la región más poblada antes y durante la conquista española y en parte porque recibió una menor influencia de la gran migración europea.

En la región noreste hay también una mayor proporción de descendientes de indígenas guaraníes o chaco-santiagueños y africanos. También se han asentado allí importantes colonias polacas, ucranianas, alemanas y rusas, sobre todo en Misiones y Chaco.

La población actual de la Patagonia se formó principalmente de las corrientes migratorias internas provenientes de la región pampeana como también ha sido destacada la influencia de la inmigración galesa, suiza, alemana y chilena.

En relación a los grupos aborígenes, en el norte habitan las principales comunidades de collas, tobas, wichis, guaraníes, chiringuanos y diaguita calchaquíes y en la región patagónica habitan las principales comunidades de mapuches. De todos modos, las migraciones internas han conformado considerables comunidades indígenas en el área de Buenos Aires.

La población asiática compuesta por coreanos, chinos, vietnamitas y japoneses se concentra en el Gran Buenos Aires y es producto de la inmigración ocurrida en las últimas décadas del siglo XX.

Una vez organizada la Argentina como estado-nación independiente, los territorios bajo dominio de pueblos indígenas que se mantenían autónomos en la pampa, la Patagonia y el Gran Chaco, fueron incorporados por la guerra al territorio nacional.

Se ha estimado que la población existente en el actual territorio argentino a la llegada de los españoles oscilaba entre 300-500 mil indígenas (J. Steward,1949:661; G. Madrazo,1991), de los cuales entre un 45% y un 90% pertenecían a las sociedades de agricultores del nordeste. Para 1600 la misma se había reducido considerablemente, en una proporción estimada por Rosenblat en un 43%.

En 1810 la población total de la actual Argentina oscilaba entre 500-700 mil habitantes, casi totalmente integrada por indígenas, afroamericanos y mestizos de ambos orígenes con españoles.

Durante los siguientes dos siglos los indígenas y mestizos amerindios, principalmente las mujeres que serán conocidas como «chinas», participarán del gran proceso de mestizaje con los inmigrantes mayoritariamente varones y europeos, principalmente italianos y españoles, que integraron la gran ola de inmigración entre 1850 y 1950, «diluyéndose» tanto cultural como étnicamente de manera casi total en el proceso.

A comienzos del siglo XXI existen poco más de 400 mil indígenas, equivalente a 1,1% de la población total, que se reconocen como pertenecientes a uno de los 35 pueblos originarios detectados por la Encuesta de Pueblos Indígenas 2004-2005, siendo los más numerosos los pueblos Mapuche, Colla, Toba, Wichí y Guaraní.

Un estudio genético realizado en 2005 el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, bajo la dirección del genetistas Daniel Corach, estableció que más de la mitad de las personas examinadas tienen al menos un antepasado indígena. La investigación estableció también que las personas con antepasados indígenas alcanzaba al 52% en la región Centro, al 56% en el Sur-SurOeste y al 66% en la región Nor-NoeEste. Finalmente la contribución indígena en la estructura genética promedio de los argentinos se ha establecido en un 15-20% (Avena, 2006; Seldin, 2006).

Debido a la gran migración interna del campo a la ciudad y del norte al litoral y la que proviene desde países fronterizos y Bolivia, se ha determinado también que el componente indígena tiene una tendencia creciente tanto en la estructura genética, como fenotípica y cultural (Avena, 2006). El proceso se complementa con una tendencia notable a recuperar la memoria indígena, de la que da cuenta, por ejemplo la realización en 2004-2005 de la Primera Encuesta sobre Pueblos Indígenas, luego de que en 1895 los censos nacionales dejaran de considerar la presencia de los indígenas en la Argentina.

En la época colonial un tercio de la población de la colonia era de origen africano subsahariano, de piel en general más oscura que la mayoría de los europeos o indígenas, en su mayoría reducidos a la esclavitud y al servicio de amos españoles o criollos.

Una vez iniciado el proceso de independencia de España, en 1813 fue proclamada la "libertad de vientres", es decir la prohibición de esclavitud de cualquier persona que naciera en territorio nacional, así como en 1853 la libertad automática de todo esclavo que pisara o estuviera sobre suelo argentino.

Pese a ello, durante las guerras de independencia y las sucesivas guerras civiles, existió una clara tendencia a utilizar a las personas que parecían tener antepasados africanos como carne de cañón. Adicionalmente se ha sostenido que las epidemias afectaron más severamente a los descendientes de africanos y sus familias.

El relato histórico clásico sostiene que los descendientes de africanos en la Argentina prácticamente desaparecieron en la segunda mitad del siglo XIX. Más específicamente se ha atribuido la desaparición de la población negra en la Argentina a dos hechos sucedidos durante el gobierno de Domingo F. Sarmiento: la Guerra del Paraguay (1865-1870) y a la epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires en 1871.

Nuevos estudios históricos han indicado que la aparente "desaparición" de la población negra en la Argentina pudo haber sido parte de un proceso de invisibilización realizado mediante mecanismos historiográficos, estadísticos y culturales. Estudios más recientes han cifrado la población parcialmente de origen negro en Argentina en el orden de los 2.000.000 de personas, que significan un 5% de la población total, y hasta un 10% la que tiene al menos un antepasado afroargentino.

Aunque influyeron decisivamente en la organización política, social y cultural de la Argentina, los españoles que migraron durante la colonia al actual territorio argentino fueron muy pocos, en relación con la población existente, la mayoría de ellos conquistadores o colonizadores. El gobierno argentino informa que en 1810, habitaban en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata unos 6.000 españoles peninsulares, sobre una población total entre 500-700 mil habitantes. Es decir que representaban aproximadamente el 1% de la población.

Esa reducida cantidad indica que la presencia de habitantes con antecesores exclusivamente europeos fue también muy reducida y que una gran parte de los criollos eran mestizos con madres indígenas o africanas, aunque frecuentemente el hecho era ocultado. La reciente revelación realizada por el investigador José Ignacio García Hamilton sobre la condición de mestizo de José de San Martín y la polémica generada, se convierte así en un ejemplo de la real pertenencia étnica de los criollos. Los criollos, aunque minoría en la sociedad colonial, eran varias veces más numerosos que los españoles peninsulares y su cantidad puede ser estimada en veinte veces más.

Si bien legalmente los criollos eran considerados españoles con los mismos derechos que los peninsulares, en la práctica estos dominaron sobre aquellos y ocupaban las posiciones más altas. Los españoles peninsulares desarrollaron una serie de argumentaciones de tipo étnico para justificar la dominación, como la afirmación de que el clima de América degeneraba el cerebro de los allí nacidos. La discriminación étnica se fortalecía con el hecho de que las pocas mujeres consideradas «blancas» que existían en la colonia, preferían a los peninsulares sobre los criollos, muchos de los cuales tenían la piel considerablemente más oscura y rasgos que no coincidían con el estereotipo del «blanco español», aunque formalmente lo fueran. La ideología de la supremacía de los peninsulares sobre los criollos fue expuesta con contundencia por el Obispo de Buenos Aires, Benito Lué, en vísperas de la revolución independentista, al sostener que en tanto un sólo español peninsular habitara en América, era éste quien debía gobernar.

Los criollos, herederos directos de los españoles peninsulares en América, se constituyeron en el principal grupo en promover y conducir el proceso de Independencia de España y luego de desplazar a los españoles, se organizaron como una elite aristocrática y liberal, estableciendo su poder en la estancia, el latifundio colonial ganadero característico del Río de la Plata. Los estancieros, por un lado organizarían y modernizarían el país promoviendo la masiva inmigración europea e instalando un exitoso modelo agroexportador y por el otro, frenarían el proceso de democratización política y social.

Una vez iniciado el siglo XX, la clase alta criolla, adoptó una posición de desprecio y discriminación hacia los inmigrantes, especialmente los españoles, italianos y judíos, que posteriormente extendería a los migrantes internos provenientes del campo y del norte, a quienes denominaría «cabecitas negras» y a los inmigrantes provenientes de países sudamericanos.

Aún en la actualidad, los estancieros criollos, descendientes orgullosos de las antiguas familias españolas coloniales, tienen una importante presencia en la clase alta.

Durante la colonia y las primeras décadas posteriores a la independencia (1810-1816) la población argentina estaba mayoritariamente integrada por descendientes de los pueblos originarios y de los pueblos africanos llevados forzosamente como esclavos, y en mucha menor medida por descendientes de españoles y otros pueblos europeos. El mestizaje entre los distintos grupos produjo un tipo de poblador rural particular, denominado gaucho en el caso del hombre y «china» en el caso de la mujer.

Los gauchos eran campesinos considerablemente libres y a caballo, que solían alimentarse de los vacunos salvajes que poblaban las llanuras rioplatenses y que por esa razón podían prescindir de la necesidad de establecer relaciones serviles con los hacendados. Esta libertad relativa para la época impulsó el desarrollo de una específica conciencia política gauchesca que encontraría su momento culminante con José Artigas, se sostendría en el federalismo y generaría una cultura propiamente gauchesca con exponentes como el legendario payador Santos Vega, Bartolomé Hidalgo, José Hernández y Ricardo Gutiérrez que abarcaría la mayor parte de lo que luego sería la Argentina, Uruguay y el sur de Brasil.

En el gran proceso de mestizaje que se produciría con la gran ola de inmigración europea, los gauchos y sobre todo las chinas, y su cultura, obraron como un gran puente entre el país colonial pre-inmigración y el país contemporáneo post-inmigración. El Martín Fierro (1872-1879), libro nacional por excelencia, transcurre y relata la suerte del gaucho en el preciso momento en que comenzaba a producirse el aluvión europeo y la organización capitalista-moderna del país, proceso que es vivido por Martín Fierro como un terremoto cultural, que desarticula completamente su vida rural y finaliza con una migración simbólica y misteriosa en la que Fierro y sus hijos se dirigen a los cuatro vientos luego de asumir un compromiso secreto.

Los gauchos y las chinas se encontraron entonces con los inmigrantes, mayoritariamente varones. Las circunstancias del encuentro varían de acuerdo a las regiones y no estuvieron exentas de conflictos, a veces muy graves como la Masacre de Tandil de 1872 en la que una partida de gauchos dirigidos por las ideas mesiánicas y xenófobas de Gerónimo Solané, alias Tata Dios, masacraron a 36 inmigrantes en esa ciudad bonaerense. En un complejo proceso de reemplazo social y cultural, unos y otros comienzan a fusionar sus culturas. Como símbolo de esa transición entre dos mundos el gaucho abandona la bota de potro y la reemplaza por la alpargata vasca, que se convertiría en el símbolo de la naciente clase obrera. Por otra parte, la experiencia de los gauchos judíos muestra del lado de los inmigrantes la dirección inversa.

Al constituirse como nación la población de la Argentina era de solo unos pocos cientos de miles y en 1850 se ubicaba en alrededor de 1.000.000 de personas, inferior a la que en aquel entonces tenían Perú o Bolivia.

La escasa población llevó a la Constitución Nacional de 1853 a establecer como una de las políticas fundamentales «fomentar la inmigración europea» (art. 25 de la Constitución Nacional). El momento coincidió con la gran ola de emigración europea iniciada poco antes de la mitad del siglo XIX. Entre 1857 y 1940 la Argentina recibiría 6,6 millones de inmigrantes, de los cuales poco más de la mitad se radicó definitivamente. La población del país pasó de representar el 0,13% de la población mundial en 1869 a representar el 0,55% de la humanidad en 1930, proporción levemente incrementada desde entonces para ubicarse en un 0,59% en 2001.

El país recibió un verdadero aluvión de inmigrantes que llevaría al historiador José Luis Romero a hablar y problematizar la realidad de una "Argentina aluvial". Las cifras indican el enorme peso que tuvieron los inmigrantes europeos en la formación de la Argentina moderna, a través de una transfusión poblacional que fue, en términos relativos, la más alta de todos los países del nuevo mundo, incluido Estados Unidos.

Casi la mitad de estos inmigrantes (45%) fueron italianos en tanto que los españoles fueron un tercio. Hubo también contribuciones significativas de franceses (3,6%), polacos (2,7%), rusos (2,7%), turcos (2,6%), alemanes (2,3%), judíos (1-2%), ucranianos, británicos (1,1%), portugueses (1%), yugoslavos (0,7%), suizos (0,7%), griegos, irlandeses, galeses, neerlandeses (0,2%), belgas (0,4%), croatas, checos, daneses (0,3%), estadounidenses (0,2%) y suecos (0,1%). Hubo asimismo un grupo considerable de inmigrantes de países no-europeos, principalmente provenientes de Siria, el Líbano, Armenia y los países fronterizos. Por otra parte, dos terceras partes de los inmigrantes eran varones, con una tasa de masculinidad para 1898 y 1914 de 172.

La gran ola de la inmigración europea influyó decisivamente en la composición étnica de la población, al punto que el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro definió a la Argentina y Uruguay como "pueblos trasplantados". Una reciente investigación genética (Avena,2006) estableció que la contribución europea a la mezcla genética argentina es del 79,9%, en tanto que la indígena es 15,8% y la africana 4,3%. La misma investigación constató que la contribución indígena en La Paz (Bolivia) es del 84% y en Lima del 35%, mientras que el componente africano predomina en Barranquilla (Colombia) con 84% y en Río de Janeiro con 53%.

Por la magnitud de su impacto étnico-cultural es necesario destacar a la comunidad italiana.

Se ha estimado que en la Argentina viven 25 millones de descendientes de italianos, lo que significa que un 70% del total de la población tiene al menos un antecesor italiano.

Octavio Paz dijo que los argentinos son italianos que hablan español y se creen franceses. La frase tomó vida propia y se ha reiterado con diversas variantes, pero más allá de la ironía sutil expresa también una penetración profunda de la compleja realidad étnico-cultural generada por el terremoto de la inmigración masiva. En cada argentino conviven las tradiciones y las pertenencias étnicas más diversas y cada vez más complejas a medida que el tiempo pasa: hijos de judíos casados con cristianas, nietos de vascos casados con mestizas afro-indígenas, peruanas casadas con hijos de uruguayos y nietos de gallegos, árabes casados con judías, polacas engendrando hijos con descendientes de guaraníes, etc. La diversidad étnica-cultural que existe en cada argentino y las dificultades que ello ha significado para definir una identidad nacional, han sido reiteradamente señaladas por los estudiosos. José Luis Romero realizaba una precisión interesante al sostener que la estabilización por mestizaje e hibridación de la «Argentina aluvial» recién se produciría alrededor del año 2000.

Desde mediados del siglo XX, las migraciones internas y latinoamericanas que está recibiendo la Argentina, está reduciendo lenta pero sostenidamente el porcentaje del componente europeo en la composición étnica-cultural de la población. Hoy se habla (también en Estados Unidos) de la latinoamericanización de Argentina. Debido a la magnitud del aporte europeo es seguro que el mismo continuará siendo predominante aunque es poco probable que siga siendo hegemónico.

La políticas oficiales argentinas tendieron a evitar la formación de comunidades cerradas, dificultando la tradición de las culturas originarias y las lenguas maternas de los inmigrantes. El resultado ha sido una alta tasa de mestizaje y sincretismo no solo entre las tres grandes ramas étnicas (europea, amerindia y africana) sino también entre las etnias que integran cada rama (españoles, italianos, polacos, judíos, alemanes, británicos, árabes, mapuches, collas, tobas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.) e incluso las etnias autónomas o las subetnias (gallegos, catalanes, vascos, sicilianos, napolitanos, genoveses, piamonteses, askenazíes, sefaradíes, okinawenses, etc.). Aquí deben incluirse también las subetnias específicamente argentinas, relacionadas primordialmente con la tradicional autonomía de las provincias: porteños, bonaerenses, entrerrianos, santafesinos, cordobeses, tucumanos, salteños, mendocinos, correntinos, sanjuaninos, riojanos, jujeños, patagónicos, puntanos, santiagueños, chaqueños, formoseños, y catamarqueños.

El amplio mestizaje ha introducido en la cultura nacional el término «crisol de razas» para significar el fenómeno. Sin embargo ello no ha impedido la aparición de fenómenos de discriminación étnica y racial.

La inmigración limítrofe siempre existió: según el INDEC, desde 1869 hasta hoy se mantuvo aproximadamente en un 2% de la población del país. A partir de la segunda mitad del siglo XX se constituyó en la inmigración mayoritaria. Hasta la década del sesenta la inmigración proveniente de países fronterizos estaba fundamentalmente relacionada con las economías regionales de las zonas fronterizas: paraguayos con las cosechas de algodón y yerba mate del Nordeste argentino (NEA); bolivianos con las cosechas de tabaco y caña de azúcar en el Noroeste argentino (NOA) y horticultura en Mendoza y provincia de Buenos Aires; chilenos con la esquila, la recolección de frutas y el petróleo en la Patagonia. Estas migraciones, generalmente temporarias y limitadas a los espacios fronterizos comunes, tuvieron un impacto relativamente menor en la composición étnica de la población argentina.

Desde los años sesenta, con la crisis de las economías regionales la inmigración fronteriza comenzó a dirigirse principalmente hacia el Gran Buenos Aires, donde se encuentra el 33% de la población nacional, impactando de manera mucho más acentuada en la composición étnica de la población.

La comunidad paraguaya es la que cuenta con la mayor cantidad de extranjeros (325.000, C2001), totalizando entre un millón y medio y dos millones de descendientes, que residen principalmente en el Gran Buenos Aires. Se trata de un colectivo que habla generalizadamente el idioma guaraní y a su vez tiene una composición étnica ampliamente mestizada mayoritariamente indígena-guaraní, afroamericana y española-colonial.

La comunidad boliviana es la segunda en cantidad de extranjeros (233.000, C2001) totalizando entre un millón y un millón y medio de descendientes que se distribuyen en las grandes ciudades del país. Se trata de un colectivo con muy alta composición étnica indígena, principalmente aymara.

La comunidad chilena es la cuarta en cantidad de extranjeros (212.000, C2001) y suma unos 500.000 descendientes. Más de la mitad de la comunidad se concentra en las provincias patagónicas.

La comunidad uruguaya es la sexta comunidad y cuenta con 118.000 inmigrantes, la mayoría residiendo en Buenos Aires, que significan casi un 5% de la población total del Uruguay.

La comunidad peruana es relativamente reciente pero está creciendo aceleradamente. Alcanza los 88.000 inmigrantes, pero extraoficialmente se habla de 140.000 y residen principalmente en la ciudad de Buenos Aires.

Finalmente la comunidades brasilera y colombiana son muy pequeñas, alcanzando de 30 a 35.000 inmigrantes cada una y la gran mayoría residiendo en Buenos Aires. Existen también otras pequeñas comunidades latinoamericanas entre las que se destacan los ecuatorianos, venezolanos, mexicanos y cubanos.

En la Argentina existen importantes comunidades de árabes, judíos y armenios que ingresaron al país durante la gran ola de inmigración europea y se encuentran arraigadas desde hace muchas décadas.

La comunidad árabe está integrada principalmente por descendientes de sirio-libaneses y es una de las mayores comunidades del país, estimándose en 3,6 millones la cantidad de descendientes de árabes, un 10% de la población total. El ex-Presidente Carlos Menem es hijo de inmigrantes sirios.

La comunidad judía es la tercera del continente y la séptima del mundo. Ha sufrido algunos importantes actos antisemitas, como la orden del canciller del ex-Presidente Roberto Ortiz en 1938 de impedir el ingreso de inmigrantes judíos cuando eran perseguidos por el fascismo y el nazismo en Europa, y los atentados terroristas contra la Embajada de Israel y la AMIA en 1992 y 1994.

La comunidad armenia cuenta en la Argentina con unos 120.000 descendientes, el 4% del total de 3 millones que viven fuera de Armenia, siendo la comunidad más grande del continente sin contar a Estados Unidos.

Las tres comunidades han tenido una gran influencia y tienen una gran importancia para el establecimiento de una sociedad cultural y religiosamente pluralista.

A partir de mediados del siglo XX, comenzaron a llegar inmigrantes de países asiáticos, siendo las primeras oleadas de origen japonés. Posteriormente, en los años 1970 llegaron contingentes de ciudadanos de nacionalidad china, y en los años 1990, surcoreanos y laosianos.

Actualmente se estima que las comunidades asiáticas están integradas por unos 130.000 descendientes, de los cuales más de la mitad pertenecen a la comunidad china, pero debe tenerse en cuenta que la comunidad japonesa (35.000) es la cuarta en el mundo fuera de Japón, luego de Brasil, Estados Unidos-Canadá y Perú. En general las comunidades asiáticas son las que menor tasa de mestizaje registran, especialmente la japonesa.

El mestizaje ha desempeñado un papel fundamental en la composición étnica de la población argentina. El proceso, denominado en la cultura nacional con el término «crisol de razas» (equivalente al «melting pot» -«recipiente de fundición»- estadounidense), registra una intensidad inusitada en la Argentina, produciendo el mestizaje no solo de las tres grandes ramas étnico-culturales (europeos, indígenas y africanos), sino de las decenas de etnias particulares que integran cada una de esas ramas (italianos, españoles, polacos, judíos, mapuches, diaguitas, collas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.). Es necesario precisar que las grandes inmigraciones europeas estuvieron integradas mayoritariamente por varones solos que se mestizaron en la Argentina con mujeres de ascendencia primordialmente indígena y africana.

Según los resultados de un censo, de carácter piloto, efectuado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, con fondos del Banco Mundial y la ayuda del INDEC, un 5% de la población reconoce tener al menos un ancestro de origen africano.

Desde fines de la década de 1980 y de la mando con los adelantos en Genética comenzaron a realizarse investigaciones científicas sobre la composición genética de la población argentina. A tal fin los investigadores utilizan diversas técnicas que, a veces son objeto de debate, en los que seleccionan diversos marcadores genéticos que resultan habituales en ciertas poblaciones e inhabituales en las demás.

En 1985, un grupo de científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, analizaron los grupos sanguíneos de 73.875 dadores de sangre que concurrieron al Banco de Sangre del Policlínico Ferroviario Central, con el fin de encontrar componentes genéticos europeos y aborígenes. Las muestras fueron organizadas siguiendo un mapa del país y concluyó que "los porcentajes encontrados en la población nativa fueron: componente europeo 81,77% y 81,47% y componente aborigen 18,23% y 18,57%".

El Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires concluyó en 2005 una investigación dirigida por el genetista argentino Daniel Corach. El estudio se realizó sobre marcadores genéticos de 320 muestras de individuos varones, tomadas al azar de un total de 12.000 individuos de 9 provincias sobre los que se contaba con datos genéticos realizados para identificaciones judiciales.

Laura Fegelman, una genetista argentina radicada en Oxford, Estados Unidos, estimó en 2005 que casi el 5% de los argentinos tiene algún antepasado africano.

Una investigación del Centro de Genética de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires estableció en 2005, luego de análizar 500 muestras de sangre en el Hospital Italiano, Hospital de Clínicas y el Centro Regional de La Plata, que un 4,3% de las muestras analizadas correspondientes a habitantes del Gran Buenos Aires contiene marcadores genéticos africanos y un 15% marcadores genéticos amerindios. Los investigadores afirmaron que estos resultados podrían estar indicando una creciente participación de mujeres indígenas y afroargentinas en las relaciones familiares de la población bonaerense, luego de finalizada la oleada inmigratoria europea a mediados de la deácada de 1940, a consecuencia de las migraciones internas y desde otros países latinoamericanos como Paraguay, Bolivia y Perú. Estas migraciones habrían modificado sustancialmente la composición genética de la población bonaerense aunque no se observe a nivel fenotípico o físico.

La Dra Verónica Martínez Marignac, genetista de la Universidad Nacional de La Plata ha publicado una serie artículos científicos referidos a los aportes de la genética molecular a la identificación Amerindia. Entre ellos se destacan su tesis doctoral Derechos de las minorías aborígenes: aportes de la genética molecular a la identificación Amerindia (2001), así como The Origen of Amerindian Y-Chromosome as Inferred by the Analysis of Six Polymorphism Markers (1997), Characterization of ancestral and derived Y chromosome haplotypes of New World native populations (1998), Characterization of the Y-chromosome of a New World, Estudio del ADN mitocondrial de una muestra de la ciudad de La Plata, Variabilidad y antigüedad de linajes holándricos en poblaciones jujeñas, Efecto del contacto interétnico en el acervo de Quebrada de Humahuaca y la Puna jujeña.

Los genetistas argentinos Néstor Oscar Bianchi y Verónica Lucrecia Martínez Marignac responsables de muchas de las investigaciones genéticas que se realizan en la Argentina relacionadas con la ascendencia indígena, publicaron un amplio artículo titulado Aporte de la genética y antropología molecular a los derechos de los indígenas argentinos por la posesión de tierras, en el que explica detalladamente el estado de las investigaciones, sus alcances y la bibliografía internacional disponible.

En la Argentina, como en la mayoría de los países del mundo, existen conductas de discriminación por las características étnicas o el origen nacional de las personas y se han difundido términos y conductas para discriminar a ciertos grupos de población.

Las sucesivas emigraciones de Galicia a Argentina, Uruguay, Venezuela, Cuba, etc., a finales del siglo XIX y principios del XX hicieron que «gallego» (para el núcleo italiano-argentino mayoritario) fuera sinónimo de «español», y algunos sectores de la población tradicionalmente han utilizado término «gallego» con una significación despectiva como sinónimo de incultura, estereotipo perfectamente recreado por la humorista Niní Marshall con su personaje Catita, amén de los extendidos y ofensivos "chistes de gallegos".

A los franceses y polacos, sobre todo a las mujeres, se las ha identificado discriminatoriamente con la prostitución. El antisemitismo en la Argentina ha tenido graves manifestaciones, como la orden secreta del canciller argentino en 1938 de impedir el ingreso de judíos a territorio nacional y los antentados terroristas contra instituciones judías en 1992 y 1994.

Un tipo especial de discriminación se ha generalizado desde mediados del siglo XX contra personas que son denominadas como "cabecitas negras", "negros", "negritas", "groncho", "grasas" y que están relacionados fundamentalmente con gente de clases bajas. En muchos casos, se han "racializado las relaciones sociales" y simplemente se utiliza el término "negro", para denominar a la persona de clase social baja, sin relación alguna con el color de su piel. En las relaciones laborales es de uso habitual entre las personas que poseen cargos de importancia en empresas en manejo de personal, referirse a los trabajadores como "los negros". También en la vida política es habitual que ciertos grupos se refieran a los simpatizantes del Partido Justicialista como "negros", con un sentido despectivo.

También se han desarrollado términos y actitudes de tipo racista y despectivos para dirigir a las personas provenientes de la inmigracion de Bolivia, Paraguay y Perú. Los simpatizantes de algunos clubes de fútbol populares del país, cantan en masa canciones destinadas a despreciar a los hinchas de sus clásicos rivales utilizando términos xenófobos o racistas.

En la Argentina se creó en 1995 por Ley Ley 24515 el Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI), para combatir la discriminación y el racismo.

Al principio



Inmigración en Argentina

El gaucho, fruto del mestizaje de las diversas corrientes migratorias durante la colonia

Las migraciones al territorio actual de la Argentina comenzaron varios milenios a. C., con la llegada de las culturas de origen asiático que ingresaron al continente americano por Beringia, según las teorías más aceptadas, y fueron poblando lentamente el continente americano. A la llegada de los españoles, los habitantes del actual territorio argentino representaban cientos de miles de personas pertenecientes a numerosas civilizaciones, culturas, ciudades y tribus distintas.

El poblamiento arcaico del territorio que hoy conforma la Argentina fue realizado por diversas corrientes, quizás una inicial de paleoamericanos descendientes de las migraciones que ingresaron a América por Siberia y luego por otras más recientes de indoamericanos. De acuerdo al estado actual de las investigaciones, en la Patagonia se encuentran los asentamientos humanos más antiguos del territorio americano. Puntualmente, la primera presencia humana se ha registrado en Piedra Museo (provincia de Santa Cruz) y se remonta a casi 13.000 años adP.

Se han sostenido hipótesis sobre la posibilidad de otras corrientes poblacionales precolombinas. Una de ellas, que ha encontrado cierto apoyo en los descubrimientos de Monte Verde (Chile) y otros sitios, la temprana existencia de tal asentamiento, al parecer anterior a la mayoría de los asentamientos ubicados más al norte en América parece desmentir (según lo que se conoce en el 2008) la teoría que ha sido predominante: la de un poblamiento primero a través del istmo de Beringia que se habría desplazado hacia el sur por el centro de Norteamérica utilizando un supuesto corredor que atravesaba los campos de hielos del wurmiense; la ratificación de la antigüedad de Monteverde induce a pensar que la principal corriente de poblamiento de las Américas — hasta el territorio que es actualmente argentino— se realizó siguiendo las costas por largas extensiones en un tiempo relativamente breve, también se sostiene la posibilidad de un poblamiento australoide que pudo haber ingresado desde Australia alrededor del XIII milenio a. C., aprovechando las costas de la calota glaciar existente en la última glaciación. Esta hipótesis busca explicar las evidencia de poblamiento muy temprano del sur de América y las características fisiotípicas de los huárpidos (incluyendo a los llamados comechingones), e incluso algunas características de los pámpidos, difícilmente compatibles con el modelo que sostiene el poblamiento exclusivo del continente por Beringia.

Las corrientes indoamericanas ingresaron por etapas, siguiendo diferentes líneas: una lo hizo por las quebradas del NOA, otra avanzó por las costas del Atlántico, una tercera —quizás la última— lo hizo por el sistema de la Cuenca del Plata especialmente aprovechando la hidrovía del río Paraná.

La primera cultura agroalfarera en territorio argentino, la cultura Tafí (200 a. C.), fue consecuencia de una migración proveniente del altiplano boliviano. A partir de entonces esta región mantuvo intercambios comerciales y migratorios con Chile y las antiguas culturas boliviano/peruanas. Entre 1470 y 1490 se produjo la conquista incaica dirigida por Túpca Inca Yupanki que derivó en la difusión parcial de la cultura y el idioma quechua en el norte argentino.

El actual territorio argentino (como casi todo el Cono Sur), en tiempos prehispánicos, estaba en promedio menos poblado que otras áreas, aunque existían áreas densamente pobladas como el cuadrante noroeste, el oeste andino, y las zonas ribereñas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay y sus afluentes.

Tradicionalmente se ha estimado que la población existente en el actual territorio argentino al momento de la conquista española llegaba a 300.000 indígenas (J. Steward, 1949:661). Más recientemente se ha estimado la población en 500.000 habitantes, de los cuales 200.000 habitaban en las sociedades de agricultores del noroeste (G..Madrazo,1991).

Los pobladores fundaron ciudades y, desde ellas, establecieron explotaciones rurales para abastecerse de productos agrícolas y ganaderos. La escala de las explotaciones fue reducida, orientada sobre todo al mercado interno y a la provisión de la metrópoli.

Los asentamientos principales se ubicaron en las zonas más densamente pobladas por culturas indígenas agrarias, como los centros mineros del Alto Perú en pleno territorio incaico, y el noreste andino perteneciente al Reino del Tucma, donde se fundaron ciudades como San Miguel de Tucumán, Salta, la efímera ciudad de El Barco primero y Santiago del Estero después; algo más al sur se fundó Córdoba.

Otro importante centro poblacional fueron las ciudades de Asunción del Paraguay y Corrientes fundadas en el área de la civilización guaraní, y con importantes puertos sobre ríos navegables. Paralelamente, la migración andina proveniente de Chile se afincaba en San Juan.

Posteriormente, con el auge del contrabando y la multiplicación espontánea del ganado vacuno en la llanura pampeana, comenzaron a tomar cierto auge Buenos Aires y otras ciudades del litoral mesopotámico.

La población de los asentamientos coloniales integró, aunque de manera desigual y con fuertes variaciones regionales, a indígenas y españoles, y sus descendientes criollos, constituyendo estos últimos los terratenientes, comerciantes, administrativos y gobernantes, que residían principalmente en las ciudades. El mestizaje fue importante ya que los colonizadores tomaron a numerosas mujeres nativas y dieron origen a una población criolla, étnica y culturalmente híbrida, en la que se destacarían los gauchos, un tipo de poblador rural característico de la región.

El número exacto de migrantes hispánicos hacia América es difícil de precisar, debido a lo fragmentario de las fuentes disponibles hasta el momento. No obstante existen varias estimaciones realizadas a partir de fuentes y cálculos diversos. De todos modos sus porcentajes fueron bajos con respecto a la población total, en torno al 1-2%, no superando en ningún caso el 5%. El gobierno argentino informa que en 1810, habitaban en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata unos 6.000 españoles peninsulares, sobre una población total entre 500-700 mil habitantes. Es decir que representaban aproximadamente el 1% de la población.

La población indígena disminuyó drásticamente en muy breve período, tanto a causa de las muertes producidas por la conquista como por el contagio de enfermedades —como la viruela— hasta entonces desconocidas en el continente, y por el fuerte costo en vidas humanas de las explotaciones mineras de la región andina; las cifras exactas se desconocen, y es probable que sea imposible establecerlas de manera fiable, pero la mayoría de los estudios concuerdan en sostener que éste fue uno de los rasgos principales de la catástrofe demográfica en América tras la llegada de los europeos.

Para reemplazar la mano de obra indígena los europeos decidieron trasladar a América, de manera forzada, a miles de africanos reducidos a la esclavitud. Se calcula que 60.000.000 de africanos fueron enviados a América, de los cuales sólo llegaron con vida 12.000.000. Esa población negra ingresó al Cono Sur a partir de 1596 a través del puerto de Buenos Aires primero, y de Montevideo después, y fueron enviados principalmente a las ciudades del noroeste.

En el primer censo, llevado a cabo por el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo en 1778, se registró la presencia de una gran población de origen africano en todo el territorio del virreynato: 54% en la provincia de Santiago del Estero, 52% en la provincia de Catamarca, 46% en la provincia de Salta,44% en la provincia de Córdoba, 42% en la provincia de Tucumán, 30% en Buenos Aires,24% en la provincia de Mendoza, 20% en la provincia de La Rioja, 16% en la provincia de San Juan, 13% en la provincia de Jujuy, 9% en la provincia de San Luis".

El censo de 1778 registró una población total de 380.000 habitantes para todo el virreinato. En los territorios de la actual Argentina (excluyendo las zonas del Chaco, la Patagonia y buena parte de las pampas, aún bajo control indígena), es decir, en las nuevas intendencias de Córdoba (Cuyo y Córdoba), Salta (actuales provincias del noroeste), Buenos Aires (una pequeña franja costera de la actual provincia de Buenos Aires -incluyendo la ciudad de Buenos Aires-, Mesopotamia y Santa Fé) y Misiones (actual Misiones mas territorios actuales de Paraguay y Brasil) vivían unas 180.000, personas. La mayoría de la población se concentraba en los asentamientos del noroeste mientras que en la llanura pampeana se asentaba solo un 20% del total. En todo Tucumán (todo el noroeste, incluida Córdoba, pero no el Cuyo -San Luís, Mendoza y San Juán-), habitaban en 1778,126.000, personas. 35.000 eran blancos (criollos y peninsulares), un número similar Indios, unos 11.000 esclavos negros, y 44.000 castas libres (mulatos, negros libres, mestizos, etc). Hacia 1809, la población total de Tucumán y Cuyo se elevaba a 250.000 personas, aproximadamente la misma que en la época de la conquista. Los actuales territorios de Perú y Bolivia, contaban con una población considerablemente mayor que la que se encontraba en el actual territorio argentino.

Durante la época colonial, el actual territorio argentino se encontraban también poblado por pueblos originarios que se mantuvieron independientes del dominio del Imperio Español, en la Región Chaqueña, la llanura Pampeana, la Puna y la Patagonia. Aunque no existen datos precisos sobre la situación de los pueblos originarios independientes durante la colonia, algunos especialistas han sostenido que la densidad demográfica en esos territorios no superaba un habitante por km². Este argumento fue luego utilizado para considerar que se trataba de territorios desiertos que podían ser legítimamente ocupados por el Estado Argentino (ver conquista del desierto).

La baja densidad poblacional que registraba el territorio argentino al momento de la independencia (1810-1816), impulsó un proyecto de desarrollo socioeconómico que consideraba a la inmigración como uno de sus fundamentos esenciales. En 1853 ese proyecto tomaría cuerpo en la Constitución nacional, como un mandato terminante a los gobiernos de fomentar la inmigración europea para poblar el país.

La inmigración forzada de personas africanas para ser usados como esclavos durante la colonia española influyó considerablemente en la formación de la población del actual territorio argentino. La mayoría de los africanos que se introdujeron en dicho territorio procedían de los territorios de la actual Angola, la República Democrática del Congo, Guinea y la República del Congo, pertenecientes al grupo étnico que habla la familia de lenguas bantú. En 1778 la población africana y sus descendientes constituía el grupo étnico mayoritario, alcanzando un 54% de la población de la provincia de Santiago del Estero, el 46% en la provincia de Salta, el 44% en la provincia de Córdoba, el 42% en la provincia de Tucumán, entre las zonas más pobladas del virreinato, y el 30% en la ciudad de Buenos Aires. Las culturas africanas influyeron sobre la cultura argentina en aspectos como el lenguaje, las organizaciones solidarias, la alimentación, el arte, las creencias religiosas, etc.

La inmigración de personas aimaras, también conocidas como collas, habitantes del actual altiplano boliviano, llamada durante la colonia Alto Perú, fue de importancia en la población del territorio argentino. La primera civilización agroalfarera, Tafí (200 a. C.) se ha atribuido a una migración de personas procedentes del altiplano boliviano. La introducción del maíz y la papa, entre otros alimentos, fue también realizada por migrantes procedentes del altiplano boliviano. Durante la colonia, las relaciones entre la estructura minera establecida alrededor del cerro Potosí y el norte del actual territorio argentino, productor de tejidos y animales de carga, mantuvo una constante migración en ambos sentidos entre ambas regiones. A su vez, la Universidad de Chuquisaca, fue un importante factor de atracción para población rioplatense. El levantamiento de Túpac Catari, en 1781, y su cruenta represión, produjo una importante migración de revolucionarios altoperuanos por razones políticas hacia Buenos Aires. La cultura andina del altiplano boliviano influiría considerablemente la cultura argentina, tanto en el idioma, como en la alimentación, tradiciones, música, valores, y religión. En la actualidad el pueblo Kolla es la segunda comunidad indígena en Argentina.

Aunque influyeron decisivamente en la organización política, social y cultural de la Argentina, los españoles que migraron durante la colonia al actual territorio argentino fueron relativamente pocos, en relación con la población existente, la mayoría de ellos conquistadores o colonizadores. El gobierno argentino informa que en 1810, habitaban en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata unos 6.000 españoles peninsulares, sobre una población total entre 500-700 mil habitantes. Es decir que representaban aproximadamente el 1% de la población.

La inmigración total procedente de España que se dirigió a los actuales territorios argentinos con anterioridad a la formación del estado-nación es difícil de cuantificar. Según los cálculos de Boyd-Bowman, sobre más de 50.000 pobladores no americanos del siglo XVI (entre una cuarta parte y un quinto del total) identificados por nombre, lugar de procedencia y de destino, aproximadamente un 5,2% del total de los pasados a América se dirigió a los países del Plata, lo que significa que entre 10.500 y 13.125 hispánicos (y en mucha menor cuantía extramericanos de otras procedencias) inmigraron a las actuales Argentina y Paraguay en el siglo XVI, de los cuales una mayoría de entre dos tercios y tres cuartos en territorios de la actual Argentina y el resto en Paraguay.

Respecto a la procedencia de estos colonizadores, se dispone de los mismos estudios de Boyd-Bowman, que indican una clara predominancia de los andaluces en dicho periodo. Según los cálculos generales para toda América, los andaluces hubieran alcanzado un 36,9 % del total (entre 80.916 y 101.145 andaluces). Durante los siglos siguientes, el dominio porcentual de los andaluces sobre el total de hispánicos se mantuvo, aunque disminuyendo relativamente hasta en torno a un tercio en el siglo XVII y una cuarta parte en la segunda mitad del XVIII (los cálculos de estos dos siglos están realizados sobre una población con origen localizado mucho menor que la de los cálculos de Boyd-Bowman para el siglo XVI, siendo en todos los estudios de unos pocos miles). De todos modos, la presencia de andaluces era muy pequeña, y en una ciudad como Córdoba, en 1813, solo uno de cada mil habitantes era de ese origen.

Tras los andaluces los más numerosos en el siglo XVI, pertenecían también a etnias ubicadas al sur de la península Ibérica: los extremeños (16,4%) y manchegos -habitantes del reino de Toledo o de Castilla la Nueva en la terminología de Boyd-Bowman- (15,6%). Los únicos que mantuvieron cierta relevancia porcentual tras los sureños peninsulares, fueron los castellanos viejos (14%), pero tras estos ningún otro pueblo de España alcanzó un 6% del total. Fue relativamente importante la afluencia de vascos (sobre todo vizcaínos), que ya en este siglo de predominio andaluz y sureño, alcanzaron un 3,8% del total, cifra por encima de su porcentaje en el total de la población de la monarquía hispánica de la época. Los extranjeros, no súbditos del rey de España eran alrededor de un 2,8%, la mayoría portugueses, aunque con una importante participación de genoveses y otros italianos. En los siglos siguientes, parece ser que el porcentaje de embarcados en Europa hacia el Río de la Plata sobre el total de los idos a América fue mayor, alcanzando el 10% que se ha descrito en algún estudio.

La herencia cultural más notable de los españoles en América fue la lengua castellana, que es el idioma dominante en la actualidad en todos los países hispanoamericanos. A lo largo de los años, los estudiosos han discutido la mayor o menor importancia de las distintas influencias que dieron origen a los dialectos que integran el español americano, diferenciándose dos grandes corrientes: la hispanista (Amado Alonso, Juan Antonio Frago Gracia), que sostiene que la forma de hablar el español en América dependió principalmente del origen de los colonizadores; la americanista (Rodolfo Lenz), que sostiene que la influencia principal provino de los hablantes, mayoritariamente de origen indígena y africano. .

Aunque desde el principio existieron diferencias en el castellano hablado en las diferentes zonas, motivadas tanto por el diferente peso de determinados emigrantes en cierta zona como por la influencia de las lenguas originarias, la creciente diferenciación de dichas variedades americanas, se acrecentó en los siglos XVII y sobre todo XVIII, así como, de manera notable en ciertos países como Argentina, tras la llegada masiva de nuevos inmigrantes en los siglos XIX y XX.

Los colonizadores españoles impusieron también la religión cristiana en su variante católica y la conversión forzada a la misma de los habitantes. En materia de relaciones laborales, a diferencia de las colonias inglesas en Norteamérica, establecieron una cultura que consideraba al trabajo como una actividad vil, moralmente inapropiada para los europeos, razón por la cual establecieron sistemas de trabajo esclavo y servil, a los que fueron sujetados los indígenas y mestizos, y gran cantidad de personas secuestradas en África.

En materia de relaciones sexuales y reproductivas, los españoles prohibieron las relaciones entre europeos, indígenas y africanos, imponiendo la doctrina hispana de la limpieza de sangre, que establecía que solo la "sangre" europea era "limpia", en tanto que la de los indígenas y africanos de piel oscura estaba manchada, y que en caso de mestizaje con europeos, la sangre de sus descendientes quedaba manchada. Pese a la prohibición, fue habitual que los españoles mantuvieran relaciones sexuales con mujeres indígenas y africanas, muchas veces de manera forzada, surgiendo como consecuencia un población altamente mestizada y a la vez discriminada por los Estatutos de limpieza de sangre.

Los españoles introdujeron también la escritura en la mayor parte del territorio argentino, la imprenta, y el ganado vacuno. Este último se reprodujo como animales salvajes en las pampas, sin intervención del hombre, y constituyeron luego una de las bases de la economía nacional. Muchas de las actuales ciudades argentinas fueron fundadas por los colonizadores españoles.

Los primeros judíos llegaron al territorio de la actual República Argentina durante la conquista española, ocultando su condición debido a la persecución a la que eran sometidos por la monarquía católica. Los estudios al respecto han sido llamativamente escasos. Precisamente uno de los casos más importantes de la persecución de judíos en la colonia fue la llamada "Gran Complicidad", en 1639, cuando la Inquisición de Lima procesó y ajustició a Francisco Maldonado da Silva, médico tucumano, cuyo padre era portugués. Una novela del escritor argentino Marcos Aguinis, la Gesta del Marrano, narra el caso y la situación de los judíos en el Río de la Plata durante la colonización española. El investigador argentino Boleslao Lewin, también se ha dedicado a estudiar la inmigración judía a la Argentina antes de 1810, en libros como "El judío en la época colonial: un aspecto de la Historia rioplatense" (1939), "Mártires y Conquistadores Judíos en la América Hispánica, Candelabro, Buenos Aires" (1958), entre otros.

La inmigración mapuche tuvo gran impacto en la población originaria del territorio argentino. De origen chileno, en los siglos XVIII y XIX, debido a la presión ejercida por los españoles y a través de un largo proceso de migración a través los pasos de la cordillera de los Andes, araucanizaron el Comahue, gran parte de la región pampeana y la Patagonia oriental, hasta entonces ocupadas por diversos pueblos no mapuches. De tal modo que fueron mapuchizados o araucanizados, muchas veces de manera violenta, los pehuenches, los het y las parcialidades septentrionales de los tehuelches. La cultura mapuche es una de las influencias de la cultura argentina, tanto en el idioma, como en la alimentación, tradiciones, música, religión, y especialmente en los valores relacionados con el cuidado ambiental de la tierra.

La inmigración procedente de territorio paraguayo fue de gran importancia para la población del territorio argentino, sobre todo en el área de la cuenca del Río de la Plata. Antes aún de llegar los europeos, la cultura agroceramista Guaraní había poblado el noreste del territorio argentino, junto con el Paraguay y el este de Brasil. Cuando los españoles llegaron aproximadamente 1.500.000 guaraníes vivían en ese territorio.

Los avá (más conocidos como "guaraníes") se establecieron en territorio argentino entre fines del siglo XV y comienzos del XVI, avanzando desde el noreste principalmente por los ríos y otros cursos de agua. Se subdividieron en distintos grupos dependiendo de la zona donde habitaban, como los guaraníes de las islas (en las islas del Delta del Paraná), los del Carcarañá, de Santa Ana (en el norte de Corrientes, los cáingang o cainguás (en la región mesopotámica) y los chiriguanos (en Chaco).

La cultura guaraní ha influido considerablemente en la cultura argentina, difundiendo su idioma, música, costumbres, cultivos como la mandioca (mandi'ó), la batata (jetý), la calabaza (andaí), el zapallo (kurapepê), el poroto (kumandá), el algodón (mandyjù) y la yerba mate (ka'á), que usaban para preparar la bebida que aún hoy se sigue tomando (Ver: el mate), íntimamente relacionada con la nacionalidad argentina, entre otros aportes.

A partir de la conquista española, Asunción se convirtió en uno de los principales centros pobladores del territorio argentino. El asunceño Hernandarias encabezó la expedición proveniente del Paraguay, que llevó las primeras vacas y toros al territorio de la llanura pampeana, los que una vez allí se multiplicaron en estado salvaje en gran cantidad, y constituirían desde el siglo XVIII la base de la economía rioplatense con centro en Buenos Aires.

La inmigración procedente de territorio peruano fue de gran importancia para la población del territorio argentino. En el siglo XV los incas al mando de Túpac Yupanqui conquistaron gran parte del actual noroeste argentino esclavizando a los pueblos originarios y borrándoles su memoria ancestral. El levantamiento de Túpac Amaru, en 1780, y su cruenta represión, produjo una importante migración de revolucionarios peruanos por razones políticas hacia Buenos Aires entre ellas el hermano de Tupac Amaru, quien se encuentra enterrado en el cementerio de la Recoleta y fue propuesto como rey por parte de San Martín y Belgrano, entre otros. Uno de esos inmigrantes peruanos fue el platero que confeccionó el escudo argentino, reemplazando la corona española por el sol incaico. La cultura peruana influiría moderadamente en la cultura argentina, tanto en algunas palabras del idioma, como en ciertos aspectos de la alimentación, tradiciones, música, valores, y religión, aunque esto generalmente se sobredimensiona al hacerse creer que todo lo del noroeste es "inca" cuando en rigor es originario del mismo noroeste argentino con sobrenombres quechuas tras la invasión incaica. Una de esas influencias puede verse en el culto a la Pachamama, así como en el himno nacional y el sol de la bandera argentina.

La inmigración de portugueses al actual territorio argentino durante la colonización española, sobre todo a Buenos Aires y la zona de las Misiones Jesuíticas, fue considerable, especialmente durante el periodo de unión dinástica entre Castilla y Portugal. Los portugueses radicados en Buenos Aires durante la colonia, casi en su totalidad varones, establecieron una red de relaciones comerciales y familiares de gran influencia en la vida económica de la capital del virreinato. Tras la restauración de la independencia de Portugal, prosiguió una cierta inmigración — en este caso bastante forzada— con destinos bastante singulares, por ejemplo a poco de ser creado el Virreinato del Río de la Plata el naturalista y viajero Thadeus Haenke cita la presencia de portugueses dedicados al cultivo de la vid y la producción del vino en tierras de Mendoza confinados allí por los españoles quienes los habían deportado desde la isla de Santa Catarina y la Colonia del Sacramento.

La comunidad portuguesa de la ciudad de Buenos Aires estaba dividida en dos grupos sociales. La mayoría eran peones y artesanos pertenecientes a las clases bajas, y mantenía activas relaciones sexuales con los descendientes de españoles, indígenas y africanos. Existía también un grupo de clase media y media alta dedicado al comercio y al contrabando, así como estancieros, que evitaba el mestizaje con descendientes de españoles, indígenas y negros.

La cultura portuguesa tuvo una gran influencia en la cultura argentina, en especial en lo relacionado con la cultura gaucha y en la cultura y habla rioplatense.

Bastante posteriormente, ya a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX arribaron numerosos caboverdianos, pueblo mixogénico con linajes africanos y portugueses en el cual han predominado los rasgos culturales portugueses y que en tiempo de su inmigración a la Argentina poseían el pasaporte portugués, los caboverdianos (cuyos descendientes directos en el 2001 rondaban las 30.000 personas) se establecieron principalmente en la zona sur del Gran Buenos Aires (partidos de Avellaneda, Lomas de Zamora, Quilmes, Berisso y Ensenada).

Argentina, al igual que Australia, Canadá, Brasil o Estados Unidos, está considerado como un país de inmigración, cuya sociedad ha sido influida en buena medida por un fenómeno inmigratorio masivo, que tuvo lugar a partir de mediados del siglo XIX.

En efecto, en el primer censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a 2 millones de habitantes. Por otra parte, ya para 1920, un poco más de la mitad de quienes poblaban la ciudad más grande, Buenos Aires, eran nacidos en el exterior. De acuerdo a la estimación efectuada por Zulma Recchini de Lattes la población argentina, que de acuerdo al censo de 1960 era de aproximadamente 20 millones de habitantes, si no hubiese existido el aporte de la corriente inmigratoria proveniente de Europa, y en menor medida, la proveniente de Medio Oriente, sólo hubiera tenido para ese entonces poco menos de 8 millones de habitantes .

Las primeras colonias rurales de inmigrantes tuvieron lugar bajo el gobierno de Justo José de Urquiza; en 1855 la provincia de Corrientes firmó un acuerdo con el médico francés Auguste Brougnes, por el cual este se comprometía a gestionar la llegada de un millar de familias de agricultores en el decenio subsiguientes. La provincia les entregaría 35 hectáreas de tierra apta para el cultivo, además de vituallas, semilla, animales e instrumentos de labranza. Los pobladores arribarían en los años siguientes, asentándose en Santa Ana, Yapeyú, Empedrado, Bella Vista y los alrededores de la ciudad de Corrientes.

En 1857 se fundó, de forma particular, la Asociación Filantrópica de Inmigración, que obtuvo una subvención gubernamental y la concesión de los terrenos anexos al puerto de Buenos Aires en los que se levantaría el Hotel de Inmigrantes. Ese mismo año, Urquiza patrocinó personalmente el poblamiento de la Colonia San José, en Entre Ríos. Sus sucesores Bartolomé Mitre (1862 – 1868), Domingo Faustino Sarmiento (1868 – 1874) y Nicolás Avellaneda (1874 – 1880) darían estímulo a iniciativas similares, aunque inicialmente no hubo una implicación directa del gobierno en las mismas. Los primeros experimentos datan de 1856 e incluyeron la colonia suiza de Baradero, la colonia Esperanza, que albergaba suizos, franceses y alemanes encabezados por Aarón Castellanos en Santa Fe y la colonia galesa de Gaimán, en Chubut, patrocinada por el ministro de Interior Guillermo Rawson.

Sin embargo, el plan alberdiano no pudo realizarse porque la inmigración anglosajona y alemana se dirigió mayoritariamente a los Estados Unidos de América y las colonias del Commonwealth británico. Argentina entonces recibió mayoritariamente la inmigración europea contra la que alertaba Alberdi, principalmente italianos y españoles y, en segundo lugar cuantitativo, de origen europeo oriental.

En 1896, llegó al entonces Territorio Nacional de Misiones, el primer contingente de polacos, y se establece en lo que será la futura localidad de Apóstoles. Más delante llegan inmigrantes alemanes y ucranianos. La casi ausencia de inmigración italiana hace de esta provincia argentina única entre sus hermanas, así como el mayor porcentaje de inmigrantes con respecto a los nativos.

El plan de Alberdi, modificaría en menos de medio siglo la composición social del país de manera radical. En 1869 el país contaba con 1.877.490 habitantes, de los cuales 160.000 habían llegado de Europa en la década inmediatamente precedente; la relación crecería exponencialmente, sumando hasta 1930 un total 6.330.000 emigrantes, de los cuales 3.385.000 se establecerían permanentemente en el país (los restantes eran los llamados trabajadores golondrina, que cruzaban el océano dos veces al año para trabajar en la cosecha).

Los migrantes, en un comienzo, procedían sobre todo de las clases desplazadas por el excedente de mano de obra campesina debido a la Segunda Revolución Industrial y la tecnificación del agro en el hemisferio norte-occidental; la existencia de crisis económicas como la de 1875 fue posteriormente la impulsora principal de la migración.

La inmensa mayoría de los recién llegados se abocó a tareas agrícolas; eran en su mayoría agricultores de origen, y estaban atraídos por la promesa de distribución de tierras en los inmensos despoblados. Sin embargo, la mejor parte de los terrenos públicos se había vendido ya para 1885, dando origen a enormes latifundios en la pampa húmeda, por lo que sólo la parte más pudiente de los que se radicaron la región pudo disponer de terreno propio. Las tierras fronterizas con los dominios de mapuches y ranqueles fueron quedando, a medida que el combate contra estos los obligaba a replegarse, en manos de estancias dedicadas a la ganadería; esto no fue favorable al establecimiento de pobladores, ya que la actividad requería escasa mano de obra.

La mayoría de los inmigrantes se dedicó a labores remuneradas, dando impulso a gran cantidad de ciudades. Más efectivos resultaron los programas de colonización en Mendoza, en Entre Ríos —donde la iniciativa del barón Maurice de Hirsch dio lugar a las colonias judías, cuya memoria narró Alberto Gerchunoff— y en el norte apenas poblado, en especial Misiones y el Chaco. En estas últimas provincias el motor del asentamiento fueron las empresas forestales; la Forestal Land, Timber & Railway Company, de capitales británicos, pobló el Chaco —a medida que talaba sin remedio sus extensos quebrachales— con braceros y hacheros, muchas veces originarios de Europa del Este. Otras de sus competidoras hicieron lo propio en Santiago del Estero, y aún Salta y Jujuy.

Los asentamientos en la Patagonia argentina fueron mucho menores, dada la importante presencia de aborígenes al sur del río Negro, pero aumentaron paulatinamente, e incluyeron la importante presencia galesa en la actual provincia del Chubut. La región andina fue la menos favorecida por estos movimientos, lo que se refleja aún hoy en su demografía y sus hábitos lingüísticos.

No sólo la migración directa redundó en el aumento de la población; gran parte de los inmigrantes formó familias numerosas, un fenómeno natural en el campo, donde los hijos representan mano de obra disponible ya desde temprana edad. Así, las zonas más aptas para la agricultura recibieron directamente un mayor influjo de población, y mostraron luego además tasas más elevadas de crecimiento. De ese modo, las áreas más pobladas del país ocupan gran parte de las provincias de Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires.

El volumen de la inmigración, constante desde mediados del siglo XIX hasta finalizado el primer cuarto del XX, significó en términos demográficos que la población argentina se duplicara cada veinte años. En el padrón nacional, según el censo 1914 del INDEC, los nacidos fuera de la Argentina representaban un 30% del total de la población argentina.

Sin embargo, la falta de un programa centralizado de colonización y el reparto completo de las tierras ricas de la llanura pampeana alteraron las condiciones a las que los migrantes se veían sujetos; puestos ante la alternativa de contratos de arrendamiento rural de muy corta duración —no más de cuatro o cinco, en los que el colono estaba obligado a labrar la tierra, cultivar cereal y forraje, y devolverla plantada al vencimiento del contrato— muchos de ellos se asientan en las ciudades, especialmente Buenos Aires, su punto invariable de entrada al país. Más de la mitad de los migrantes se radicó en la Ciudad de Buenos Aires o en la Provincia de Buenos Aires. Fuera de la región litoral la Provincia de Misiones se destacó por el alto porcentaje de inmigrantes en su población; a comienzos de la década del 40 sobre una población total de 190.000 habitantes,80.000 (42%) eran extranjeros, con predominio de polacos, ucranianos, alemanes y rusos.

Hacia 1895, la población argentina que vivía en centros urbanos alcanzaba el 42%, y para 1914 había superado la mitad de la población, llegando al 58%, una tasa superior a la de cualquier país Europeo con la excepción del Reino Unido y los Países Bajos. Esta relación se debía en buena medida a los inmigrantes; frente a su participación de un 30% en la población del país, en Buenos Aires eran el 50% — un millón de los dos con que contaba la capital— y en otros núcleos urbanos llegaban a ser cuatro de cada cinco. Entre estos predominaban los italianos (68,5% de los cuales se afincó en Buenos Aires) y españoles (78%); la distribución se reflejaría en la estratificación social futura de la nación.

Instalados en las ciudades, los inmigrantes se integran en los sectores secundario y terciario de la economía nacional. La construcción del ferrocarril les representó una importante fuente de trabajo, pero muchos de los mismos se abocaron al comercio y a la artesanía. El sector industrial reclutó sus principales impulsores de entre ellos; de los 47.000 industriales que registraba el censo en 1914,31.500 eran de origen foráneo. Esta expansión de la población urbana traicionó la extendida concepción del país como reservorio agrario: siempre según las cifras de 1914, sólo el 29% de la población activa estaba empleada en el sector primario, mientras que la industria daba trabajo al 35% y los servicios al 36%. Sin embargo, la reducida escala y productividad de las manufacturas, y la falta de industria pesada, daban a estas una participación relativamente reducida en el PBI. Otras actividades estaban estrechamente ligadas al modelo agroexportador: la exportación de carnes daba trabajo a muchos obreros en el aglomerado porteño.

Argentina desplegó un poderoso esfuerzo gubernamental por lograr la homogeneización cultural de los inmigrantes. Favorecida por las notas comunes —el origen latino de casi el 80% de los llegados en estas oleadas—, el gobierno federal instrumentó una política de educación e inserción forzosa, basada en la obligatoriedad de la enseñanza primaria a partir de 1884, la inculcación de la épica nacional elaborada por la historiografía, y la conscripción forzosa en el ejército nacional a partir de 1901.

La integración política de los migrantes siempre fue reducida; hacia el 1900 no superaba el 4% de los adultos. En 1902, durante el segundo mandato de Julio Argentino Roca, el Congreso sancionó la Ley de Residencia —redactada por el diputado nacional Miguel Cané— que le otorgaba al Poder Ejecutivo la facultad de expulsar extranjeros acusados de delitos comunes o actividades sediciosas. De este modo, el gobierno respondía a la creciente sindicalización y organización política de los trabajadores, en cuyo impulso y liderazgo los inmigrantes desempeñaban un papel importante. Ya desde la década de 1860 y 1870, grupos de inmigrantes franceses como Les Egaux y alemanes como Vorwarts, habían comenzado a organizar el movimiento obrero argentino. Coincidentemente las comunidades de inmigrantes habían comenzado a crear organizaciones de solidaridad mutua, como Unione e Benevolenza, el Club Español, el Hospital Italiano, etc. A la fundación del primer sindicato de gráficos en 1878, le siguieron en las dos décadas siguientes la organización de sindicatos en casi todas las ramas de la economía (empleados de comercio, ferroviarios, carreros, panaderos, sastres, albañiles, tabacaleros, etc.), impulsados por anarquistas y socialistas, que en 1901 dan origen a la primera central sindical estable, la Federación Obrera Argentina (FOA).

El movimiento obrero mantuvo una actitud contraria a la Ley de Residencia, cuyo tratamiento por el Congreso en 1902 fue el factor detonante de la primera huelga general. A pesar de ello la ley fue sancionada el 23 de noviembre de 1902 con el número de Ley 4144. Pese a la escisión entre anarquistas y socialistas, que fundaron la Unión General de Trabajadores (UGT), el movimiento tuvo amplio acatamiento, y representó una grave derrota política para el gobierno roquista, que tuvo que aplicar con dureza la legislación.

Numerosos inmigrantes, e hijos de inmigrantes dieron apoyo al Partido Socialista, fundado en 1896. En 1904, el barrio italiano de La Boca, eligió a Alfredo Palacios como primer diputado socialista de América. Gran cantidad de inmigrantes y sus descendientes dieron también apoyo al fracasado alzamiento cívico-militar de 1905, organizado por la Unión Cívica Radical. En 1907, debido a las pésimas condiciones de vivienda en que se encontraban los inmigrantes y sus familias, en un tipo de vivienda precaria que se conoció como conventillo, los extranjeros fueron protagonistas de una histórica huelga de inquilinos que obligó a los propietarios a moderar los abusos, e impulsó la acción de cooperativas de vivienda como "El Hogar Obrero", de inspiración socialista.

En 1912 los inmigrantes y sus descendientes desempeñaron un rol activo en la organización y apoyo a la gran huelga agraria conocida como el Grito de Alcorta.

Cuando la Ley Sáenz Peña estableció el sufragio obligatorio y secreto, muchos descendientes de inmigrantes apoyaron con su voto a Hipólito Yrigoyen y contribuyeron a que se convirtiera en el primer presidente argentino elegido en elecciones libres. El cariz urbano y obrero de la Argentina de los inmigrantes sería uno de los motores de la oposición política, sindical y social, crucial durante el siglo XX, entre oligarquía y populismo en sentido positivo.

A partir de la Segunda Guerra Mundial se observan cambios importantes en los patrones migratorios a nivel internacional. En el sur de América Latina comienza un crecimiento de las migraciones internacionales de carácter regional. Esto generó una profunda transformación de los patrones migratorios, fenómeno que tiene su reflejo en la Argentina durante las últimas décadas del siglo XX.

A partir de la crisis mundial de 1929, la inmigración hacia Argentina proveniente de Europa y otros orígenes de ultramar, comenzó a reducirse drásticamente. La última oleada, menos importante en su magnitud, se produjo entre 1948 y 1952, finalizando así con el largo período de emigración europea transcontinental como fenómeno masivo.

Por el contrario la inmigración proveniente de países limítrofes, se mantuvo relativamente estable a lo largo del siglo XX, a la vez que aumentó la corriente migratoria proveniente de otros países latinoamericanos, entre los que se destaca el Perú, de países asiáticos, principalmente China y Corea del Sur, y de países de Europa del Este.

La estabilización demográfíca de la población, ha ido reduciendo la proporción de extranjeros desde el máximo del 30% alcanzado en 1914, hasta el 4,1% registrado en el Censo de 2001. Sin embargo éste último dato parece estar afectado por la subestimación proveniente de la existencia de gran cantidad de inmigrantes en situación irregular.

En cuanto a las áreas de asentamiento, la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires concentra el 70% de extranjeros y el 63% de extranjeros limítrofes, siendo también importantes como destino de estas migraciones las provincias fronterizas.

En 2002, los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), Bolivia y Chile, firmaron dos tratados reconociendo el derecho a la libre residencia y trabajo en cualquiera de dichos países, de los ciudadanos de las naciones firmantes.

El 17 de diciembre de 2003 el Congreso de la Nación sancionó una nueva ley de migraciones, Nº 25.871, que tiene la particularidad de reconocer el derecho a residir y trabajar libremente a los ciudadanos de los países limítrofes. Con posterioridad, el gobierno del presidente Néstor Kirchner firmó un tratado con la República del Perú reconociendo los mismos derechos a los ciudadanos peruanos.

En 2006, el gobierno del presidente Néstor Kirchner puso en marcha el Plan Patria Grande, con el fin de conceder la residencia a los inmigrantes provenientes de países fronterizos y Perú que se encontraban en situación irregular. El Plan ha sido continuado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En total, entre 2006 y 2008, el gobierno entregó documentos a 714.907 inmigrantes, una cantidad que constituye más de la mitad de los 1.531.940 de inmigrantes censados en 2001. De este modo los inmigrantes con residencia en la Argentina sumaban al comenzar 2009, al menos 2,2 millones de personas, equivalente al 5,5% de la población.

La inmigración italiana fue la más numerosa y formó la mayor etnia de la población argentina. Se estima que entre 15 y 25 millones de argentinos, es decir entre un 40 y un 65% de la población, tienen entre sus ascendientes a inmigrantes italianos ingresados en este período.

Es por esto que la cultura argentina tiene una enorme influencia de la cultura italiana. El lenguaje, las costumbres, los gustos, las tradiciones, llevan sus huellas. La llegada de italianos se extiende hasta 1970, y es en 1870 cuando comienza el gran flujo de inmigrantes.

Podemos considerar que se formaron siete grandes categorías ocupacionales: agricultores, jornaleros, artesanos, comerciantes, profesionales liberales, varios y sin profesión. En los primeros momentos de corriente inmigratoria, los datos brindados por los inmigrantes de su actividad ocupacional muestran que era nulo el número de personas sin ocupación. Es muy probable que algunos de ellos haya mentido por temor a no ser aceptado. Recién en este siglo comienzan a aparecer contingentes sin ocupación (entre 10% y 15% de la población mayor de 16 años) llegando a un 20% en los años de la guerra y el fascismo.

La causa principal de la inmigración de españoles a mediados del siglo XIX fue la pobreza, así como también el arduo servicio militar que obligaba a los soldados a prestarlo durante unos ocho años. Los lugares de procedencia fueron predominantemente Galicia (puede que hasta un 70% del total), Andalucía (15-20%), Asturias, Cantabria y el país Vasco (Véase: Asentamientos vascos en Argentina), aunque también embarcaron de Madrid, Extremadura o las islas Canarias. En 1870, las condiciones rurales en España (jornales magros, crítica situación económica) más las posibilidades que otorgó ese país para emigrar favorecieron quizás a la mayor emigración en España. El flujo inmigratorio se prolongó hasta 1952, pasando el período post-guerra.

Los gallegos y los catalanes se radicaron, en general, en la ciudad. Los meridionales, en Mendoza, Río Negro y Entre Ríos, dedicándose, principalmente al trabajo rural en las plantaciones. Los valencianos fueron a Corrientes y a Misiones. Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste del territorio argentino. Los andaluces se dedicaron, mayormente, a la horticultura. Los vascos se dedicaron al campo argentino con empeño singular, como ganaderos, tamberos y fruticultores. La figura del vasco tambero integra la más pura tradición argentina.

En los catorce años que componen los periodos 1885-1895 y 1912-1914, unos 150.000 andaluces emigraron a la Argentina. Entre 1880 y 1930, la media porcentual sobre el total de españoles se situaría entre un 15% y un 20%. Provienen sobre todo de las provincias de Almería, Cádiz, Granada, Huelva, Jaen y Málaga y se establecieron en su mayoría en Buenos Aires y La Plata, pero también en Mendoza y San Juan, que poseen un clima similar al de Andalucía, donde se dedicaron al cultivo de la vid y el olivo y a la producción de vino.

En 1889 se crea una comisión para defender y fomentar la inmigración española: la Sociedad Hispano-Argentina protectora de los inmigrantes españoles. Desde 1810 hasta comienzos del siglo 20, ingresaron 2.100.000 españoles, de los cuáles un 54% se estableció en Argentina definitivamente. En 1895 los españoles representaban el 5% de la población; para 1914 ya eran 830.000 (10% de la población nacional). Debido a la Primera Guerra Mundial, la inmigración empieza a decaer. A mediados del siglo XIX había en el país casi 700 mil españoles.

Alrededor del año 1857 en adelante, se observan algunas profesiones definidas, por ejemplo en los catalanes: en los hombres, talabartero y hojalatero; en las mujeres, planchadoras, modistas y peluqueras. En el caso de los gallegos, en su gran mayoría se inscribían como empleados en el servicio doméstico. Los vascos, por su parte, se dedicaban a la cría de ganado ovino, alcanzando reputación como estibadores, trabajadores de la construcción, alambradores, transportistas, leñadores, carboneros, hoteleros o fabricantes de ladrillos aunque se sabe que se dedicaron fundamentalmente, a la salazón de carnes y la industria de productos lácteos. Aproximadamente a partir del año 1920, el nivel ocupacional de los españoles se concentró en la industria manufacturera, el comercio minorista, preferentemente en la rama de bares y restaurantes, almacenes y en los servicios comunales.

Entre los alemanes que llegaron a la Argentina, podemos diferenciar a los provenientes de la Alemania propiamente dicha (que engloba incluso la época de post-guerra), y a los diferentes grupos de alemanes étnicos que, como los alemanes del Volga, emigraron hacia la Argentina desde otros países de Europa, y al ingresar al país fueron registrados de acuerdo a su lugar de nacimiento, como rusos, ucranianos, polacos, etc, engrosando filas ajenas.

Su arribo se prolonga en un extenso período de tiempo: desde los años 70 del siglo XIX hasta mediados de los años 60 del siglo XX. Se destacan así, tres momentos cruciales: fines del siglo XIX por cambio de políticas zaristas y persecución bolchevique a causa de su fe cristiana; el periodo de entreguerras (décadas del 20´ y del 30´) y el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Los grupos de inmigrantes que ingresaron a partir de 1878, los alemanes del Volga, provenían de un doble proceso migratorio, que en su inicio los llevó de su Alemania natal, a las riberas rusas del río Volga desde 1763, atraídos por las facilidades ofrecidas por la zarina alemana Catalina II de Rusia, para terminar luego en América del Sur y especialmente en Argentina a partir de 1878, huyendo del endurecimiento de la política rusa sobre ese pueblo de colonos alemanes que se mantuvo más de 100 años sin mezclarse con los eslavos- manteniendo su lengua y sus tradiciones-; y más tarde también de la persecución que sufrieron a causa de su fe cristiana durante la época de la Rusia comunista, en donde la gran mayoría fueron deportados a Gulags y otros campos de concentración en Siberia, situación que derivó prácticamente en su exterminio en masa.

Todos estos problemas, movieron a los alemanes de Rusia a emigrar a distintos países de América. Las emigraciones más importantes fueron con destino a Canadá, Estados Unidos, Brasil y Argentina.

A partir de fines de 1878 se produjo la llegada de los alemanes del Volga a la Argentina. Hubo 2 corrientes. Una fue la que llegó en forma directa al puerto de Buenos Aires (la más importante) y otra que provino del Brasil. Esta última estaba formada por familias que habiéndose establecido en el Brasil, al no soportar la rigurosidad del clima y no hallar tierras aptas para el cultivo del trigo, decidieron trasladarse a la Argentina. Sobre todo al Alto Paraná, en la Provincia de Misiones.

Conformaban grupos colonizadores gente de una misma aldea. Los primeros colonizadores, nacidos en Rusia, se separaban entre Bergseiter (colonos de la orilla alta del Volga) y Wiesenseiter (colonos de la orilla llana del Volga) y ambos grupos se subdividían a su vez en católicos y protestantes. Ambas margenes del río Volga atravesaban de norte a sur la República Autónoma de los Alemanes del Volga. Esta república les fue borrada del mapa en 1941 por decreto de Stalin (Ukase del 28 de agosto de 1941), y absolutamente todo el territorio les fue confiscado. Los pocos alemanes del Volga que pudieron sobrevivir, debieron emigrar como desposeídos.

En Argentina fundaron diversas colonias en tres zonas principales: una es la Provincia de Entre Ríos (Crespo: Marienfeld, Köhler, Pfeiffer, Santa Anita, etc.), la Provincia de Buenos Aires (Coronel Suárez, Sierra de La Ventana, Tornquist, Olavarría: Colonia Hinojo, entre otras), y la Provincia de Misiones (Eldorado, Montecarlo, Alem, Puerto Rico, Libertad, Jardín América) desde donde se fueron extendiendo formando nuevas colonias agrarias principalmente en la Provincia de La Pampa (Colonia Santa María, Santa Teresa, y Winifreda entre varias otras), Provincia de Córdoba, Provincia de Santa Fe, Provincia del Chaco (Juan José Castelli) y también en otras provincias con posibilidades trigueras o frutícolas.

La comunidad alemana en la Argentina se mestizó con los demás argentinos, abandonando el aislamiento defensivo que los mantuvo más de un siglo unidos sin mezclarse en las estepas rusas, con excepción de los principales centros de asentamiento en donde todavía se los encuentra sin mezclarse, y aún son de padre y madre descendientes de alemanes, en tanto conforman el grupo étnico mayoritario de tales ciudades. En la actualidad, los alemanes del Volga viven prácticamente diseminados por toda la Argentina. Su numerosa prole de los primeros tiempos y la división y reparto de las propiedades en parcelas cada vez más pequeñas obligaron a muchos a abandonar los sitios de colonización originales y a dedicarse a otros oficios o profesiones.

Aunque en menor medida que los alemanes del Volga, también ingresaron a la Argentina otros grupos de alemanes étnicos, como por ejemplo los alemanes del Mar Negro.

Los inmigrantes alemanes fundaron asociaciones como el el Club Alemán de Buenos Aires (Deutscher Klub) fundado en 1858; el Hospital Alemán fundado en 1867; el diario Argentinisches Tageblatt, fundado en 1874 y que mantuvo una posición liberal contraria al nazismo; la Asociación Vorwärts, que reunía a alemanes socialistas, comunistas y sectores progresistas, la Escuela Juan Enrique Pestalozzi, la Asociación Argentina de los Descendientes de los Alemanes del Volga fundada en 1976, etc. En la actualidad funcionan en Argentina 21 instituciones de origen germano.

Un amplio sector de la colectividad alemana en la Argentina apoyó a Hitler. Este sector estuvo representado "especialmente por las empresas germanas de los monopolios Krupp y Thysen. El partido Nazi, sección Argentina, tuvo aproximadamente 70.000 afiliados cotizantes". Durante las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón (1946-1955) entraron clandestinamente a la Argentina varios jerarcas nazis como Adolf Eichmann, Joseph Mengele y Erich Priebke, todos ellos con documentos falsos. En el mismo período ingresaron a la Argentina gran cantidad de alemanes (y no alemanes) judíos.

La gran masa de alemanes que emigró a la Argentina entre 1930-1950 se radicó en lugares relativamente apartados, como en la Provincia de Córdoba (una fuerte comunidad en Villa General Belgrano, La Cumbrecita y aledaños), la Provincia de Río Negro (con una importante radicación en la zona de Bariloche), Villa Traful en la Provincia del Neuquén, Villa Gesell en la zona atlántica de la Provincia de Buenos Aires, y otras zonas apacibles del país.

Se estima que la población argentina que tiene algún ascendiente alemán, suma unos 1,85 millones de personas, sumando a aquellos que descienden de inmigrantes llegados de Alemania y como a los alemanes del Volga. La embajada alemana en la Argentina informaba en 2009, que aproximadamente vivían en ese país unas 600.000 personas con algún antepasado alemán, y que allí residen 50.000 ciudadanos alemanes. Por su parte, el Consejo Directivo de la Asociación Argentina de los Descendientes de los Alemanes del Volga, estimaba en 2008, que la cantidad de habitantes que reconocían algún antepasado identificado como alemán del Volga llegaba a unos 1,2 millones de personas. No se incluyen en esta cifra otros grupos de alemanes étnicos, como los alemanes del Mar Negro, los Suabos del Danubio, etc., ni los judíos alemanes. Argentina es el cuarto país del mundo (después de Estados Unidos, Brasil y Canadá) con mayor cantidad de descendientes de alemanes.

Entre los inmigrantes alemanes ingresados después de 1928, y sobre todo a partir del nazismo, hubo también miles de judíos alemanes que escapaban de las políticas antisemitas implementadas durante ese régimen. Sin embargo, muchos de ellos ingresaron ilegalmente, pues en la Argentina, a partir de 1928, y sobre todo a partir de una circular secreta firmada por el canciller radical José María Cantilo en 1938 (presidencia de Roberto M. Ortiz), se ordenó "a cónsules argentinos en Europa negar visados a 'indeseables o expulsados', en alusión a ciudadanos judíos de ese continente".

La comunidad británica fundó solidas instituciones como el Hospital Británico, el periódico Buenos Aires Herald, prestigiosas escuelas bilingües y clubes como el Lawn Tennis Club, el Hurlingham Club, etc. Los inmigrantes británicos impactaron fuertemente en el gusto deportivo de los argentinos, a través del desarrollo del fútbol, el polo, el hockey, el rugby, entre otros. Por su parte el inmigrante y educador británico William C. Morris, fundador de escuelas, tuvo una fuerte presencia en la educación argentina.

En la Patagonia la presencia de británicos de origen inglés hacia fines del siglo XIX ha sido interesante: los misioneros anglicanos como Thomas Bridges sentaron bases en Tierra del Fuego, posteriormente a su actividad misional sus descendientes obtuvieron estancias dedicadas a la cría de ganado ovino, casi paralelamente a finales de los 1870s el entonces gobernador de Santa Cruz, Carlos María Moyano se casaba con la kelper Ethel Turner la cual por su parte era sobrina del administrador colonial británico establecido en Malvinas, el matrimonio de Moyano con Ethel Turner facilitó la adquisición de grandes latifundios a súbditos británicos en Santa Cruz.

Se debe tener en cuenta que el término británico encubre el lugar de origen de estos inmigrantes que hasta mediados del siglo XX eran usualmente llamados «ingleses»; la mayoría de los británicos o «ingleses» eran irlandeses (los cuales por su aporte numérico y por la posterior independencia de la mayor parte de Irlanda merecen un párrafo aparte), seguidos numéricamente de escoceses y (en especial en Chubut a partir de 1865) de galeses; los ingleses propiamente dichos parecen haber sido una minoría que ocupaba los primeros puestos de las empresas de capital británico (por ejemplo en los ferrocarriles), un número exiguo aunque influyente culturalmente ha sido el de misioneros ingleses principalmente metodistas (como el citado W.C.Morris) y anglicanos, los anglicanos en efecto han operado con sus «misiones» durante el siglo XX principalmente en la región chaqueña motivo por el cual aún hoy ciertas comunidades de pueblos originarios en esa zona utilizan en ciertas ocasiones el idioma inglés. Argentina es el segundo país de sudamerica con más descendientes 300.000 aproximadamente, siendo superado por Chile.

Generalmente las corrientes migratorias croatas en Argentina se dividen en tres, siendo las dos primeras similares y la tercera sin punto en común con las anteriores.

El primer período abarca desde 1870 hasta 1914. En estos años los croatas emigraban principalmente de la costa dálmata, preponderantemente desde la franja que componen Split - Boka Kotorska —en el sur de Dalmacia— y sus respectivas islas —en especial Brač—. Su principal motivación en el momento de emigrar fue económica. Se distribuyeron en la ciudad de Buenos Aires, sobre todo en La Boca y Avellaneda y en las zonas agropecuarias de la provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Chaco, Formosa y también una importante cantidad en la Patagonia y Cuyo.

El segundo período corre de 1918 a 1935. Luego de la Primera Guerra Mundial, la pobreza empujó nuevamente a los croatas a emigrar. Dalmacia siguió siendo la región con más emigrantes, aunque se le sumaron importantes contingentes de Istria y Herzegovina. Esta migración se distribuyó geográficamente por todo el país, tanto en las zonas agropecuarias como en los grandes centros urbanos.

La tercera corriente fue el resultado del fin de la Segunda Guerra Mundial. Emigrados políticos contrarios al régimen de Tito y la supremacía serbia fueron llegando hasta mediados de los años 60. De todas las regiones croatas y de todas las clases sociales, se afincaron principalmente en los grandes centros urbanos, siendo escaso el establecimiento en zonas rurales.

Actualmente, viven en Argentina más de 250 mil descendientes de croatas. La mayoría vive en el Gran Buenos Aires y en Ushuaia, donde ya llegan a la quinta generación. Argentina es el tercer país del mundo (después de Bosnia y Herzegovina y Chile) con más descendientes de croatas.

Menos importante en cuanto a su volumen frente a la inmigración española o italiana, la inmigración francesa constituyó, sin embargo, un aporte fundamental por el papel económico desempeñado. Los franceses que arribaron al país se distinguían en relación a otras corrientes migratorias por disponer a menudo de calificación profesional, cierto grado de instrucción y a veces capital. No sorprende entonces hallarlos entre los propulsores de iniciativas que contribuyeron enormemente con el proceso de modernización de la Argentina.

En el período de mayor inmigración —entre 1857 y 1920— llegaron 220.000 franceses a la Argentina, de los cuales retornaron 120.000. La mayor cantidad de arribos se verificaron en el segundo quinquenio de la década de 1880. Para entonces los franceses constituían el 10% del total de inmigrantes, el tercer contingente detrás de italianos y españoles. En 1901 había 94 mil franceses en el país, cantidad sólo superada mundialmente por los 104 mil que habían emigrado a los Estados Unidos. En 1912, sobre 138 mil franceses en América del Sur,100 mil se encontraban en la Argentina.

Las razones que explican este fenómeno son las mismas que se aplican a otros contingentes migratorios europeos que también afrontaron el duro desafío de mejorar sus destinos lejos de su tierra natal. La deliberada política migratoria del país, los comparativamente mejores salarios ofrecidos en un país poco poblado como la Argentina y ciertas posibilidades de acceso a la tierra hacían del Río de la Plata un destino particularmente atractivo para muchos franceses.

Generalmente salían por Burdeos (en el oeste de Occitania) hacia el puerto de Buenos Aires y provenían mayoritariamente de las ciudades cercanas a París y sobre todo de las regiones rurales del sudoeste: el País Vasco, el Béarn, el Aveyron y el Rouergue.

Los inmigrantes franceses tendieron a instalarse en barrios de la ciudad de Buenos Aires como el Socorro, cerca de la plaza San Martín, el puerto y las estaciones, donde existían cafés, hoteles y restaurantes que los empleaban como cocineros y mucamos. En los prostíbulos creció la fama de las mujeres francesas, mientras que otras se empleaban de vendedoras, modistas o institutrices en familias de clase alta. Las planchadoras francesas eran muy requeridas, en especial en la zona cercana a los teatros. Fuera de la ciudad de Buenos Aires los franceses se diseminaron por diversas zonas, particularmente Tandil y Pigüé en la provincia de Buenos Aires, Esperanza y Rosario en la provincia de Santa Fe, San Rafael en el sur de Mendoza, zonas de la provincia de Tucumán (Villa Nougués da ejemplo de ello) y el entonces territorio del Chaco (actual provincia de Chaco), otra zona que ha recibido una relativamente importante inmigración francesa y suizofrancesa ha sido el este de la provincia de Entre Ríos por ejemplo la ciudad de Concordia.

Los inmigrantes franceses aportaron características destacadas a la cultura argentina, especialmente en la reiniciación de la producción de yerba mate, la producción de vino, azúcar (Hileret). Liniers, uno de los grandes héroes de la historia argentina, era francés. Tres presidentes argentinos fueron hijos de franceses (Pueyrredón, Pellegrini —con orígenes saboyardos— e Yrigoyen — con orígenes vascofranceses—). También fueron importantes instituciones solidarias de la comunidad francesa, como el Hospital Francés, aún en actividad, y el grupo socialista Les Egaux, uno de los fundadores del movimiento obrero argentino. Inmigrantes franceses como Amadeo Jacques y Paul Groussac tuvieron un impacto directo sobre la educación y la cultura argentinas. Algunas ciudades argentinas, como la citada Pigüé, fueron originadas por colonias de inmigrantes franceses, y generaron una cultura local argentino-francesa.

Los primeros miembros del pueblo Rom (gitanos) comenzaron a inmigrar a la Argentina hace más de 100 años. Se estima que viven alrededor de 300.000 integrantes que pertenecen a los siguientes grupos: Kalderash griegos, rumanos, ucranianos, búlgaros, moldavos y rusos, algunas familias Lovari y algunos Xoraxane Roma, Calé argentinos, españoles y los Boyash.

En general como modo de preservar su cultura, los Rom tienen un alto rechazo al sistema educativo formal, aunque esto ha ido cambiando en los últimos tiempos.

Se dedican mayoritariamente a la reparación de la maquinaria hidráulica, metalurgia industrial, compra y venta de automóviles y maquinaria agrícola, venta minorista, etc., con muy buenos resultados económicos.

La mayoría de los Rom es de religión evangélica.

Las crisis económicas de los últimos años han producido una importante migración de Rom hacia otros países, principalmente Estados Unidos, España y Francia.

Las razones que llevaron a los irlandeses a emigrar de su patria hacia otros países se debió a que fueron por siglos empujados por la opresión inglesa, por la gran hambruna –consecuencia de la peste de la papa, que entre 1845 y 1850 diezmó a la población y la lucha por mantener su religión (Catolicismo Romano) y sus costumbres.

Emigraron a la Argentina en el siglo XIX en especial entre 1830 y 1875. En 1889 arribó el SS City of Dresden, con alrededor de 2000 pasajeros irlandeses, quienes se asentaron al sur de la ciudad de Bahía Blanca. En este período llegaron en total unos 10 mil irlandeses y hoy sus descendientes suman unas 150.000 personas. La inmigración irlandesa fue una gran colonizadora del campo de la provincia de Buenos Aires principalmente, para extenderse después a Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba. En el mes de marzo se preserva un legado cultural que se remonta a los celtas, más precisamente al festejo del día de su patrono, San Patricio. Aunque no se rinde culto al santo, el objetivo principal de estas celebraciones es el encuentro social en pubs irlandeses porteños. Del mismo modo, un nutrido grupo de familias descendientes de irlandeses de Bahía Blanca se reúnen en forma semanal para ofrecer a los vecinos de la ciudad la posibilidad de tomar un tradicional té con otras especialidades de la mesa irlandesa. Argentina es el quinto país del mundo (después de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia) con más descendientes de irlandeses.

La primera inmigración organizada desde los Países Bajos ocurre desde 1889, cuando llegaron inmigrantes agricultores y ganaderos procedentes de la zona de Frisia (muchos de los imigrantes erróneamente llamados "holandeses" hablaban el frysk o frisón, o —si no&—mdash; el dialecto neerlandés septentrional bastante diferente entonces del holandés. Una segunda inmigración tuvo lugar hacia 1924. La última mucho más pequeña, llegó a principios de los años 1950. La mayoría de estos neerlandeses-frisones se estableció inicialmente en el sur de la provincia de Buenos Aires, especialmente en la zona de Tres Arroyos, Quequén, Necochea, grupos mucho menores se establecieron en Mar del Plata, Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia, en esta última zona se encontraron con una población que también poseía linajes neerlandeses: los bóers inmigrados al sur del territorio de la actual provincia de Chubut y norte de la Santa Cruz tras la conclusión de la llamada Guerra de los bóers (afrikaans) a inicios de siglo XX. En total, los neerlandeses provenientes directamente del estado de los Países Bajos, hasta mediados de siglo XX, no superaron las 20.000 personas.

No es fácil determinar la cantidad de polacos que inmigraron a la Argentina. Hasta 1919 los mismos eran registrados como rusos, alemanes o austríacos. Con posterioridad a esa fecha, los polacos ocuparon el cuarto lugar entre las colectividades inmigrantes hasta 1945. Los inmigrantes polacos estuvieron divididos en tres grandes grupos: los polacos cristianos católicos (25%), los rutenos cristianos ortodoxos (45-50%) y los polacos judíos (25-30%). En 2004, la embajada de Polonia en Argentina consideraba que la comunidad polaca era la tercera entre las colectividades de descendientes de inmigrantes, detrás de la italiana y la española, estimándola en unas 500.000 personas, resultando así la sexta congregación de polacos fuera de Polonia.

Los primeros polacos en arribar a territorio argentino eran soldados de Napoleón que lucharían luego por la independencia del país. Durante el siglo XIX fueron contratados polacos por el gobierno argentino para realizar tareas de cartografía o para que se dedicaran a la enseñanza, la medicina, etnografía y geología.

La inmigración polaca organizada comenzó en 1897 y tuvo una influencia decisiva en el poblamiento de Misiones. Ese año inmigraron 14 familias polacas y ucranianas procedentes de la región de Galitzia. Arribaron al puerto de Buenos Aires y fueron enviados a Apóstoles (Misiones), una ex misión jesuítica abandonada desde 1770, donde se instalaron. Se trataba del primer proyecto de colonización agrícola efectivo, en tierra misionera, desde la expulsión de los jesuitas en tiempos de la colonia. En la zona es común referirse a los habitantes de Apóstoles, como "apostolacos". Con posterioridad llegaron grupos de colonos para radicarse en otras localidades de la zona: San José, Azara, Cerro Corá, Bonpland, Yerbal Viejo (hoy Oberá), Gobernador Roca, Colonia Lanusse y más tarde llegarán a fundar Colonia Wanda.

A principios del siglo XX, debido al descubrimiento del petróleo en Comodoro Rivadavia (provincia de Santa Cruz) un grupo de polacos se instaló en la Patagonia para dedicarse a esa industria.

También desde comienzos del siglo XX, se estableció una importante comunidad polaca en Berisso, Gran Buenos Aires, centro de la industria de la carne en la Argentina. Allí, en 1913, se fundó la Sociedad Polaca de Berisso, que constituye hasta el presente un importante centro de la comunidad polaca.

Entre las dos guerras mundiales (1918-1939) inmigraron grandes cantidades de polacos, mayoritariamente campesinos, que se dispersaron por todo el país. En este período se fundaron varias asociaciones de polacos en ciudades del conurbano industrial de Buenos Aires, como Llavallol, San Justo, Valentín Alsina, San Martín, Quilmes, etc. En 1940 se creó la Unión de los Polacos en Argentina con sede en Buenos Aires.

Entre 1946 y 1950 se produjo una importante ola inmigratoria de polacos refugiados de guerra entre los que se encontraban 16.020 ex soldados polacos. Fue el último gran grupo polaco en inmigrar a la Argentina.

Durante su segunda visita a la Argentina, el Papa Juan Pablo II tuvo un encuentro con los polacos en el Luna Park, el día 10 de abril de 1987.

De todas las nacionalidades que forman la inmigración europea hacia la Argentina, la ucraniana es quizás la única que no figura en el Registro Nacional de Inmigración. Es que en vísperas de la segunda mitad del siglo XIX, Ucrania había perdido su independencia, y la recuperó recién en la última década del siglo XX; por lo tanto, los ucranios que emigraban en esa época de su país lo hacían provistos de pasaportes austro-húngaros, rusos o polacos, y su nacionalidad fue confundida con la ciudadanía que figuraba en los pasaportes.

La inmigración regular de ucranios a la Argentina comienza en el siglo XIX. Los primeros inmigrantes se radicaron en la Ciudad de Buenos Aires, en la Provincia de Buenos Aires básicamente en la ciudad de Berisso, en la Provincia de Misiones (Oberá, Aristóbulo del Valle, 2 de mayo) y luego en el resto del país, principalmente en las provincias de Chaco, Corrientes, Formosa, Mendoza y Río Negro.

La cantidad de inmigrantes y sus descendientes residentes en la Argentina se estima en 300.000 habitantes aproximadamente. Es el séptimo país del mundo con más descendientes de ucranianos.

Esta clase de inmigrantes es la menos trabajadora , y productora.

El censo 2001 registró 233.464 bolivianos radicados en Argentina, en partes iguales para mujeres y varones. La Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia considera que más de dos millones de ciudadanos viven en diferentes países extranjeros. De ellos “la migración hacia la Argentina representa el 73%”. "Hoy en día se calcula que hay entre 1.5 millón y 2 millones de bolivianos viviendo en Argentina", casi el 5% de la población total argentina.

A principios del siglo XX la inmigración boliviana se dirigía al noroeste argentino para trabajar en las temporadas del azúcar y el tabaco. A partir de los años ’50 se constituyó en una parte importante del mercado de trabajo relacionado con los cultivos de tomate, pimientos, y bananos, entre otros, en el norte argentino. Durante las años 60 y años 70 se hicieron presentes en la vendimia y otros cultivos del oeste del país y comenzaron a mantener una presencia permanente en la ciudad de Buenos Aires destacándose en el trabajo hortícola. Desde entonces se encuentran presentes en todo el país.

La mayoría de los bolivianos viven en el Gran Buenos Aires, principalmente en los partidos de La Matanza, Morón y Tres de febrero. También hay una comunidad muy importante en la Ciudad de Buenos Aires y en las provincias de Salta y Jujuy.

El censo 2001 registró 212.429 chilenos radicados en Argentina, que constituye la mayor comunidad chilena fuera de su país, además si se suman los chilenos y sus descendientes, actualmente superan el número de 430.000 personas.

La concentración de inmigrantes chilenos es muy alta en las provincias argentinas fronterizas con Chile, como las de la Patagonia, donde vive el 53% superando el 5% del total de la población, y las de Cuyo, donde vive el 12%. El 18% vive en Buenos Aires.

La inmigración chilena está relacionada con la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), lapso durante el cual se alcanza el pico de emigrantes hacia la Argentina. Desde entonces se ha registrado un importante retorno, con el efecto de la emigración hacia Chile de una gran cantidad de niños argentinos, hijos de los chilenos que están retornando.

El ex presidente Néstor Kirchner es hijo de una inmigrante chilena de ascendencia croata. Patricio Contreras es un conocido actor chileno de cine y televisión radicado en Argentina.

La inmigración de paraguayos es la tercera histórica en cantidad, detrás de italianos y españoles. Ya era importante cuando Argentina se independizó y la colectividad paraguaya es la más numerosa al iniciarse el siglo XXI. El Censo 2001 registró 325.000 paraguayos viviendo en la Argentina; de ellos el 57% son mujeres. Sin embargo, según informaciones del Cónsul de Paraguay, teniendo en cuenta la proporción de paraguayos en situación documentaria irregular, la cantidad total podría encontrarse cerca de 500.000 paraguayos en la Argentina, y entre un millón y medio y dos millones de descendientes de paraguayos.

Los motivos principales de la inmigración paraguaya fueron la desigualdad social, empezando por la ausencia de una distribución equitativa de las tierras y de los productos, la falta de trabajo, los profundos trastornos financieros y el temor a las represiones políticas. Existen otras causas menores.

Durante los primeros años, los paraguayos se instalaron en las provincias de Formosa, Misiones, Corrientes, Chaco y Entre Ríos.

El mayor porcentaje de emigración a la Argentina se produjo entre 1947 —en esa fecha estalló la guerra civil que duró 4 meses y que provocó el éxodo de miles de paraguayos— y 1960. Hasta la década del 50 la principal emigración de paraguayos no era definitiva o permanente. Es recién a partir de la década del 60 cuando este flujo tiende a fijar residencia en el país de destino, en esa década un 23,7% del total de paraguayos viviendo en ese país decidieron adoptar la nacionalidad argentina.

El 60% se ha radicado en Buenos Aires, entre un 25-30% en la zona de frontera, y un 5-10% en el resto del país. La mayor concentración se encuentra en el Gran Buenos Aires, particularmente en el Partido de La Matanza, donde viven unos 100.000 paraguayos. Otros partidos del conurbano bonaerense en el se encuentran concentraciones importantes son Florencio Varela, Berazategui, La Plata, Tigre y San Fernando.

En la Ciudad de Buenos Aires viven entre 30 y 40 mil paraguayos, pero no están concentrados en ninguna zona particular.

La comunidad paraguaya en la Argentina ha creado gran cantidad de instituciones. Muchas de ellas se organizan por el lugar de procedencia. Algunos centros de gran tradición son el "Hogar Paraguayo de Berazategui" y "La Casa Paraguaya". Otras entidades paraguayas en la Argentina son el Equipo Pastoral Paraguayo, la Asociación de Excombatientes de la Guerra del Chaco, la Asociación de Jubilados, Pensionados Residentes Paraguayos en la Rep. Argentina, la Asociación Paraguaya de Mujeres, etc. Más recientemente se ha creado la Federación de Entidades Paraguayas en la República Argentina (FEPARA).

Los inmigrantes que vinieron de Paraguay han llevado a Buenos Aires el idioma guaraní, y las costumbres, gustos y tradiciones paraguayas, las que a su vez se encuentran íntimamente relacionadas con las de la población argentina que viven en las zonas fronterizas con el Paraguay.

La comunidad paraguaya ha organizados gran cantidad de radios FM locales, publicaciones gráficas como la revista "Ñeengatú", un periódico llamado "Paraguay nuestro país", dos programas de TV por cable, llamados "Viva Paraguay" y "Pájaro Campana".

La comunidad paraguaya en la Argentina ha organizado un club, el Deportivo Paraguayo, asociado a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), y participante del Campeonato Argentino de Fútbol en las divisiones menores del ascenso.

Los varones se desempeñan principalmente como obreros en la industria de la construcción y del cuero y calzados, y secundariamente en los sectores metalúrgico y plásticos. Más recientemente ha comenzado a crecer un importante grupo de comerciantes y pequeños empresarios de la construcción.

La inmigración peruana a la Argentina como corriente importante recién comenzó a producirse a partir de 1980. El censo 2001 registró 88.260 peruanos que significa el 5,76% de los extranjeros, convirtiéndola en la séptima comunidad (paraguayos, italianos, bolivianos, chilenos, españoles, uruguayos, peruanos). En 2003 la Cancillería del Perú estimaba aproximadamente en 140.000 la cantidad de peruanos viviendo en la Argentina.

Residen principalmente en la ciudad de Buenos Aires, particularmente en los barrios de Balvanera, La Boca y San Telmo. También suman gran cantidad en la capital bonaerense, La Plata, y en Mendoza.

La comunidad peruana ha creado numerosas organizaciones de migrantes como la Asociación de Damas Peruanas, las Asociaciones de Médicos Peruanos, la Asociación de Estudiantes y Residentes Peruanos, el Centro Cultural Peruano de Rosario, el Frente Juvenil Peruano, la Fundación para la Integración Latinoamericana, la Hermandad del Señor de los Milagros.

Asimismo existen varios periódicos ligados con la comunidad como "El Peruano", la "Gaceta del Perú" y el "El Sol del Perú", todos en Buenos Aires.

La inmigración uruguaya a la Argentina se remonta a los orígenes mismos como país independiente. Miles de artistas y deportistas uruguayos migrantes se han vuelto famosos en la Argentina, entre ellos figuras de gran reconocimiento popular como Horacio Quiroga, Enzo Francescoli, Horacio Ferrer, Luis Cubilla, Ireneo Leguizamo, Julio Sosa, China Zorrilla, Natalia Oreiro, Víctor Hugo Morales, Osvaldo Laport, Ricardo Espalter, Henny Trailes, William Adolfo Torena de Leon, entre muchos otros.

La inmigración de países limítrofes siempre ha existido a niveles relativamente similares: según el INDEC, desde 1869 hasta hoy configuró entre un 2% y un 2,9% de la población del país.

La comunidad de Brasil está cercana a 35.000 individuos y los provenientes de Colombia a los 23.000, la gran mayoría en la ciudad de Buenos Aires. Finalmente, según el censo de 2001, una cantidad aproximada de 30.000 inmigrantes proceden de otros países latinoamericanos, principalmente Ecuador, República Dominicana, Cuba, Venezuela y México.

Señalan algunos documentos que la inmigración de sirios y libaneses comenzó a partir de 1860, continuando con mayor intensidad debido a problemas que atravesaban esos países, quienes se encontraban bajo dominio Otomano al principio y luego bajo dominio Francés. Se repite una historia oficial que deja de lado estudios sobre los primeros árabes llegados a nuestro continente, infiltrados en las embarcaciones de los conquistadores tras el ocaso de la civilización de Al-Alándalus, de la España musulmana.

La mayor ola inmigratoria se produjo a principios del siglo XX a causa de la Primera Guerra Mundial, siguió luego con la Segunda Guerra Mundial, que trajeron a esos países inconvenientes en su aspecto económico y social, además de problemas políticos y culturales, los que colaboraron a una mayor inmigración.

La corriente inmigratoria procedente del ex Imperio Otomano la formaban árabes libaneses (gran parte de ellos cristianos maronitas) y sirios , cristianos y musulmanes. Los primeros inmigrantes eran jóvenes campesinos, jornaleros, agricultores y braceros, cristianos y musulmanes que fueron motivados por las noticias que le llegaban de América y además por las ofertas de trabajo que las empresas ferroviarias inglesas y francesas estaban haciendo en sus respectivos países, para realizar labores de jornaleros en el tendido de vías ferroviarias en distintos lugares de Buenos Aires y el interior del país. Llegaban con documentación turca primero, siendo recibidos en el puerto de Buenos Aires por el Consulado Turco, único en aquella época (es por ello, la errónea denominación de turcos a los descendientes de árabes).

Todos ellos se radicaron a lo largo y ancho del país, aunque optaron preferentemente, además de Buenos Aires y Córdoba, por el Noroeste,Noreste argentino y Cuyo, y parte de la Patagonia.

Las seis provincias del Noroeste argentino: Tucumán, Santiago del Estero, Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy atrajeron al mayor número de árabes. Hasta la llegada de los árabes, estas provincias no habían conocido grandes contingentes migratorios, en comparación con los de Buenos Aires.

Los sirios y libaneses se vincularon en instituciones comunes, motivando a que se les conociese erróneamente como sirio-libaneses. Fueron o son expresión de ello el Banco Sirio Libanés del Río de la Plata (luego transformando en el Banco Crédito Rural Argentino), el Hospital Sirio Libanés de Buenos Aires, el ya desaparecido Diario Sirio Libanés, que se publicaba en árabe, la Árabe Argentina Islámica, la Fundación Los Cedros, la Asociación de Damas Libanesas, la Asociación de San Marón, la Asociación de Damas de San Jorge, la Asociación Akarense, la Cámara de Comercio Argentino – Libanesa, el Club Libanés de Buenos Aires, la Misión Maronita Libanesa entre otras.

Actualmente se estima en más de un millón y medio los ciudadanos de ascendencia libanesa. El ex presidente Carlos Menem es hijo de inmigrantes sirios.

La afluencia de la población árabe tuvo tal dimensión que actualmente un diez por ciento de la población del país es de origen árabe.

Hubo también inmigración de origen armenio, gran cantidad de cuyos naturales fueron acogidos por el Líbano tras la persecución turca.

La colectividad armenia en la Argentina está integrada por unos 100-120 mil descendientes de armenios. Cuenta con siete escuelas armenias, iglesias católicas y evangélicas armenias, dos diarios, varios clubes sociales y deportivos, grupos culturales y de danzas folclóricas, etc.

El Anuario Judío-Americano 2005 establece una población de 185.000 judíos en Argentina, la séptima comunidad judía del mundo, precedida por Estados Unidos (5,28M), Israel (5,23M), Francia (0,49M), Canadá (0,37M), Reino Unido (0,29M) y Rusia (0,23M). Como porcentaje sobre la población, implica un 0,49%, la sexta comunidad, superada solo por Estados Unidos (1,8%), Canadá (1,17%), Francia (0,82%), Uruguay (0,57), Reino Unido (0,50%). Por su parte el Congreso Judío Latinoamericano estima la comunidad judía en Argentina en 230.000 personas.

El 80% reside en la Ciudad de Buenos Aires, principalmente en los barrios de Once, Flores, Villa Crespo) y en la Provincia de Buenos Aires. La segunda comunidad en importancia reside en la ciudad de Rosario estimada en 20.000 personas, en tanto que en Córdoba viven unos 9.000 judíos. También existen comunidades judías considerables en las ciudades de Santa Fe, Corrientes, La Plata, Bahía Blanca, Mendoza y Mar del Plata estimadas en 4.000 personas en cada una. Finalmente existen varias colonias rurales judías, conocidas culturalmente bajo el nombre de los gauchos judíos a raíz de un libro con ese título de Alberto Gerchunoff.

Cerca del 85% del total es Ashkenazí, provenientes de Europa Central y Oriental, en tanto que un 15% es Sefardí, provenientes de Siria, Turquía y África del norte.

Una importante cantidad de argentinos judíos han emigrado hacia Israel, constituyendo a la comunidad judeo-argentina en el grupo de origen latinoamericano más importante de la población israelí.

Si bien no se poseen datos fehacientes sobre los años de arribo, se puede señalar que entre 1846 y fines del siglo XIX, ocurrió la gran inmigración judía. En la década de 1890, llegaron a Argentina más de 30.000 judíos.

En 1846 una corriente de judíos llega al país desde Alemania, cuyo número se desconoce. Antes de 1855, los judíos emigraron de Europa Occidental y se asentaron en Buenos Aires. En el año 1853, comienza la existencia del judaísmo argentino como comunidad.

Entre 1881 y 1889 llegan de Rusia y Rumania miles de inmigrantes y a finales de 1885, un total de 120 judíos emigran a Argentina, de los cuales 96 permanecen en el país. En el mismo año se establecen relaciones diplomáticas entre Rusia y Argentina, las que traen como consecuencia que en 1886,918 rusos emigren, que en 1887 sean 955 los inmigrantes a esta región y que en 1888 sean 512 los nuevos pobladores argentinos. En los tres años un total de 2.385 judíos llegaron al país, a bordo del barco Weser, a causa de la intensificación de las amenazas de expulsión de los judíos de las zonas rusas, y de los cuales se sabe 2.260 permanecieron en el país.

En 1889 llegan de Alemania unos 1.200 inmigrantes, una vez más a bordo del barco Weser y Bremer. Pero en 1889 se produce un giro decisivo para la inmigración, ya que se producen cambios en el gobierno y en la política de inmigración y colonización. Un año más tarde, en 1890, llegaron a Argentina unos 20.121 judíos.

A finales de 1890 Argentina lanza su plan de inmigración, el cual consiste en pagar los pasajes, lo que trae como consecuencia que desde 1891 hasta 1896 unos 10.000 judíos emigren a Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe.

La zona de proveniencia fue principalmente Europa Occidental, sobre todo Alemania y también Rusia, Rumania, etc. Las causas de la emigración se deben principalmente a las políticas opresivas (el zarismo del Imperio Ruso) o situaciones de crisis que ponían en riesgo la base económica de las familias judías. La discriminación (antisemitismo) que recibieron los judíos en Europa durante el período de entreguerras (Primera Guerra Mundial y Segunda Guerra Mundial), especialmente por el nazismo, fue el motor para que embarcaran hacia los Estados Unidos y América del Sur.

Los inmigrantes judíos al llegar a Argentina, trabajaron como agrónomos y viñateros en Mendoza, y como ingenieros en Tierra del Fuego, durante los años 1883 a 1886. Otros desempeñaron cargos obreros, estancieros e industriales.

En 1887 y 1888 llegaron a Argentina varios judíos que se dedicaron a la artesanía y a la agricultura. En cada colonia la explotación agrícola se adapta a las condiciones especiales de la zona donde se encuentra, la explotación es mixta, basada sobre la agricultura, la cría de ganado con sus derivados, la aricultura, apicultura, horticultura, etc.

También hay empresarios, técnicos y obreros de la industria textil, química y farmacéutica. Desde 1894 existen en Buenos Aires mueblerías de propiedad judía y aparecieron las primeras roperías judías.

A partir de 1928, y especialmente desde 1938, la Argentina desarrolló una política migratoria marcadamente antisemita, destinada a evitar la inmigración de judíos y a negarles refugio ante las persecuciones que sufrían en Europa desde el advenimiento de Hitler.

En 1938, Poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno argentino del presidente Roberto M. Ortiz, a través de una circular secreta firmada por el canciller radical José María Cantilo, se ordenó "a cónsules argentinos en Europa negar visados a 'indeseables o expulsados', en alusión a ciudadanos judíos de ese continente".

El periodista argentino Uki Goñi sostiene en su libro "La auténtica Odessa" (2002) que ”probablemente ningún país tomó medidas tan extraordinarias para cancelar sus permisos de entrada a los judíos como Argentina”.

Pese a las restricciones, Argentina fue el país latinoamericano que incorporó más refugiados judíos entre 1933 y 1945. Desde 1928 el país recibió alrededor de 45.000 judíos europeos, de los cuales probablemente la mitad ingresó de manera ilegal.

En 2001 la cancillería argentina colocó una placa en la sede del ministerio en honor a doce diplomáticos argentinos que, a pesar de las prohibiciones contribuyeron a dar refugio a judíos perseguidos. El Centro Simon Wiesenthal y la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, han cuestionado la decisión debido a que al menos uno de esos honrados ignoró la situación de un centenar de judíos argentinos que vivían en Grecia, Holanda y Polonia y que los demás funcionarios solo cumplieron su trabajo consular.

En 1992 y 1994, la embajada de Israel en Argentina y la AMIA (Asociación Mutual Israelí Argentina), fueron objeto de dos ataques terroristas que dejaron 29 muertos en el primer caso y 84 en el segundo. Ninguno de ambos atentados ha sido esclarecido debido al evidente encubrimiento de funcionarios argentinos.

En la Argentina el antisemitismo ha sido un fenómeno endémico y sujeto a procesos complejos y contradictorios. Los gobiernos militares y los sectores militaristas y conservadores, utilizaron el antisemitismo como arma política para desestabilizar gobiernos constitucionales. Pero a su vez, los gobiernos constitucionales y los partidos políticos no han mostrado una clara política activa contra el antisemitismo.

La cultura judía ha realizado aportes considerables a la cultura argentina, en la ciencia, el arte, la música, el humor y los valores. A modo de ejemplo, uno de los 5 premios Nobel con que cuenta el país, César Milstein es judío; la música y los músicos judíos desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo del chamamé, estilo folclórico de la Mesopotamia argentina.

La principal institución judía es la Delegación de las Asociaciones Israelitas de Argentina (DAIA), representativa de toda la comunidad ante las autoridades. También desempeña un papel de primer orden la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), a cargo de las actividades religiosas y culturales de la comunidad, así como de servicios de salud. Las comunidades asentadas en las provincias están coordinadas por el Vaad ha-Kehilot. La sede central del Congreso Judío Latinoamericano se encuentra en Buenos Aires.

Tradicionalmente los askenazis y sefaraditas mantienen sus propias sinagogas e instituciones religiosas por separado.

En Buenos Aires hay 56 sinagogas, casi todas ellas pertenecientes al movimiento conservador, pero también incluye cinco ortodoxas y una reformista. En Buenos Aires existe una gran cantidad de carnicerías, mercados y restaurantes kosher.

La comunidad posee alrededor de 70 instituciones educativas, tanto para la educación preescolar, como primaria y secundaria. También existe en Buenos Aires una rama independiente del instituto de YIVO para la investigación judía y un Museo Judío.

Entre los clubes judíos más conocidos se encuentran Hebraica, Hacoaj y Macabi, en Buenos Aires, y un importante centro comunitario, educativo y deportivo en Córdoba.

A mediados del siglo XIX los judíos que vivían en la Argentina no superaban los 100. En 1862, ante la proximidad de Peisaj, ese reducido grupo pensó en reunirse en una entidad comunitaria. Diez hombres se reunieron para orar y así nació la Congregación Israelita de Buenos Aires, más adelante llamada Congregación Israelita de la República Argentina. Su primer presidente fue Segismundo Aguerbag. En 1876 el gobierno argentino autorizó el ejercicio del Ministerio del Rabinato Judío., promoviendo el impulso de la inmigración judía desde el imperio ruso. En 1888 ocho familias de agricultores judíos inmigraron y fundaron Moisesville, en la Pcia. de Santa Fe. Luego 50 familias fundaron la desaparecida Colonia de Aronsville. En 1889,824 judíos llegaron en el vapor Weser, desde Bremen. En general provenían de la región de Podolia en Ucrania. Respetaban estrictamente la religión y así como la vestimenta y el uso de barba.

En Londres se formó la Jewish Colonization Association, una empresa colonizadora dirigida por el barón Mauricio Hirsch de Guereuth, con el fin de promover la inmigración judía desde los países en los que sufrían persecuciones. En 1891, el vapor Pampa rentado por el Barón Hirsch trajo 817 inmigrantes judíos desde Ucrania, Polonia, Lituania y Besarabia. Esta inmigración dio origen a las colonias de Carlos Casares y Entre Ríos.

En 1888 se publicó en Buenos Aires el primer periódico escrito con caracteres hebraicos, con el nombre de ``El Fonógrafo Hebraico´´, dirigido por Fabián S. Halevy. El 27 de septiembre de 1897 se colocó la piedra fundamental de la Sinagoga de la Congregación Israelita-Argentina, en Libertad 785, frente a la Plaza Lavalle, ceremonia a la que asistió el Intendente Municipal, Francisco Alcobendas.

El Censo 2001 registró 1.883 africanos provenientes principalmente de Cabo Verde viviendo en la Argentina.

Al principio



Inmigración

Emigrantes europeos desembarcando en Ellis Island en Nueva York (EE. UU.), en 1902.

Inmigración es la entrada a un país de personas que nacieron o proceden de otro lugar. Representa una de las dos opciones o alternativas del término migración, que se aplica a los movimientos de personas de un lugar a otro y estos desplazamientos conllevan un cambio de residencia bien sea temporal o definitivo. Las dos opciones de los movimientos migratorios son: emigración, que es la salida de personas de un país, región o lugar determinados para dirigirse a otro distinto e inmigración, que es la entrada en un país, región o lugar determinados procedentes de otras partes. De manera que una emigración lleva como contrapartida posterior una inmigración en el país o lugar de llegada.

Así pues, resulta válido estudiar la inmigración desde el punto de vista del país de acogida o más bien de entrada, ya que la situación es muy diferente e incluso a menudo opuesta a la del país o lugar de emigración. Una enorme gama de situaciones políticas y problemas se plantea por la casi siempre inevitable diferenciación cultural, económica y social existente entre las poblaciones inmigrantes y las del país de recepción, e incluso entre los mismos inmigrantes cuando proceden de países y hasta de continentes distintos.

Los procesos migratorios son inherentes a la especie humana y a muchas otras especies. Nacen del instinto de conservación de la especie más que del individuo, y se deben siempre a una evaluación comparativa del entorno donde se vive en cuanto a los recursos y posibilidades con que se cuenta, y de un entorno diferente, en el que existe una percepción de que esos recursos y posibilidades pueden ser mayores y mejores.

Existen varias causas para la inmigración que van desde la escala global hasta motivos personales.

Probablemente una de las más comunes es la migración por motivos económicos, ya que muchas personas emigran buscando en otro país mayores ingresos o un mejor nivel de vida. En la actualidad este tipo de migración típicamente ocurre desde países menos desarrollados a países más desarrollados y en muchos casos estos inmigrantes ingresan o se mantienen de forma ilegal en el país de destino.

Otro motivo importante para la inmigración es qué le puede estar pasando a uno en el país de origen. Uno puede querer emigrar por la persecución política, étnica o religiosa o para escaparse de guerras o de situaciones políticas inestables.

En algunos casos la inmigración está asociada a profesiones o empleos, como por ejemplo los misioneros religiosos, empleados de corporaciones transnacionales, empleados de organizaciones no gubernamentales internacionales o empleados del servicio diplomático. En el caso de los científicos, es, en algunos casos, esperable, o incluso requerido, que como parte de su carrera estudien o trabajen en países distintos al país de origen.

Las migraciones son tan antiguas como la humanidad y aparecen en las relaciones más antiguas de casi todas las religiones y culturas que existen. En el caso de la tradición judeocristiana, la expulsión del hombre por el Creador después del pecado original constituye la primera referencia a una especie de migración forzosa.

Lo mismo puede decirse de la tradición judía (el Éxodo o Huida de Egipto, los 40 años de la vida en el desierto del Sinaí, el establecimiento en Canaán, etc.), la islámica con el traslado de La Meca a Medina de Mahoma (la Hégira, que podría traducirse como migración), etc.

Las migraciones han sido una necesidad para la humanidad desde la más remota antigüedad, cuando el ser humano se desplazaba de un lugar a otro en busca de medios de subsistencia o para eludir a enemigos humanos o naturales, recorriendo de esta forma el planeta. Históricamente, las migraciones han cambiado totalmente el aspecto de los países, influyendo en su composición racial, lingüística y cultural, así como otros cambios importantes de gran repercusión.

Hace mil quinientos años, en lo que actualmente conocemos como Moscú, no había un sólo ruso, en Hungría no había un sólo húngaro, en Turquía no había turcos, España empezaba a ser visigoda, en América sólo vivían indígenas, en Australia sólo polinesios y melanesios, en la región de Kosovo vivían en forma minoritaria los albaneses, lo que hace todavía más complejo el término.

En el pasado, grandes flujos de inmigrantes hicieron que países americanos se convirtieran en prósperos y activos. Los Estados Unidos son los que tradicionalmente recibieron (y siguen recibiendo) a inmigrantes de todas partes del mundo.

Sólo cuatro países promueven actualmente la inmigración (Australia, Canadá, Israel y Nueva Zelanda), en el caso de Israel a cualquier judío que esté en la diáspora, en los otros limitándose a aquellos interesados que demuestren su 'empleabilidad' potencial y un nivel adecuado de adaptación a las culturas locales.

Otros países le permiten en circunstancias especiales, por ejemplo para cubrir puestos donde la oferta local es escasa, para inversionistas, en caso de matrimonio, o asilo político, o bajo acuerdos multilaterales como en la Unión Europea.

Las diferenciales salariales pueden ser tan importantes que la inmigración ilegal puede volverse una importante "industria". Otras razones que impulsan la inmigración incluyen la persecución política y la reagrupación familiar.

Muchos negocios (legítimos) se han desarrollado como respuesta a la presencia de las comunidades inmigrantes: envío de dinero, locutorios, restaurantes típicos y especialidades propias de la cocina del país lejano.

Algunos economistas afirman que un mercado laboral libre a nivel mundial, sin restricciones a la inmigración, contribuiría a largo plazo, a impulsar la prosperidad general, teniendo un efecto más beneficioso que la libre circulación de bienes y capitales. Otros están en desacuerdo, señalando que esa situación afectaría negativamente a los salarios y a la sindicalización de los trabajadores, y dispararía la población a niveles insostenibles. En pro de esta última idea se encuentra el hecho de que el desarrollo tecnológico está dejando sin empleo a millones de personas cada año, tanto en los países desarrollados como subdesarrollados. Y otra idea que hay que tener en cuenta es la del fantasma de la superproducción, tanto de productos agrícolas como industriales, a pesar de que cada vez existen más millones de personas fuera de los niveles mínimos de consumo.

Además de los países que alientan la inmigración, probablemente países típicos de inmigrantes son Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos de América, Francia, Reino Unido, España entre otros; siendo en ellos donde podemos estudiar el fenómeno de los extranjeros que van para trabajar. Asimismo los típicos países que ahora, tienen un alto porcentaje de emigración serían Albania, Argentina, Bulgaria, Colombia, China, Cuba, India, Marruecos, México, Turquía, Ecuador, Perú, Uruguay y Rumania entre otros países del orbe, constituyéndose así como regiones expulsoras o protagonistas de grandes movimientos inmigratorios, siendo la América Latina, Europa Oriental, Asia y África, las principales regiones expulsoras de inmigrantes hacia el mundo más desarrollado.

Muchos países y regiones han atravesado diversas etapas o ciclos con respecto a las migraciones y de ser naciones de fuerte emigración (como España antes de 1960) han pasado a ser receptoras de inmigrantes. Los motivos suelen ser económicos, políticos (regímenes dictatoriales o militaristas), guerras, etc. También ha sucedido con mucha frecuencia el caso inverso: Argentina fue durante el primer tercio del siglo XX (y aún antes) un país receptor de millones de inmigrantes procedentes principalmente de Italia, España, Inglaterra, Francia y de otras partes de Europa, mientras que a fines del siglo XX se ha convertido en un país de emigración debido a fuertes crisis económicas, la represión y desequilibrios internos que generaron los regímenes militares, aunado a la inestabilidad política, económica y social de las últimas décadas emigraran a otros países, principalmente de Latinoamérica y la Europa Occidental. Este proceso emigratorio se ha visto en parte compensado por la inmigración de bolivianos (se ha calculado que en Buenos Aires viven casi dos millones de bolivianos) y de otros países.

Al día de hoy, los países americanos donde en la gran mayoría de su población se observa la presencia o la mezcla con el elementos migratorios europeos o de otros continentes son: Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil, Chile, Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela.

Lejos de la persecución política y las crisis económicas de este periodo, la mayoría de los argentinos emigraron a países como Brasil, Chile, España, Francia, Italia, México, siendo este último el país huésped de la mayor comunidad argentina en el exterior, siendo una población significativa dentro de la sociedad mexicana, además que la presencia de su trabajo y su participación en la economía nacional se hacen patentes en el sector terciario, así como en otros rubros, como la educación y el entretenimiento. La argentina constituye la segunda comunidad extranjera de México, después de la española.

Luego de que los europeos llegaran a América, una parte de los indígenas originarios fueron desplazados o exterminados por los europeos y otra gran parte terminó también mezclándose con ellos, dando origen al mestizaje, que forma en Hispanoamérica principalmente, la mayor parte de la población actual. Entre los pueblos europeos que participaron activamente en estas emigraciones masivas hacia América, además de los españoles, podemos citar a los ingleses, portugueses, franceses, alemanes, italianos y holandeses. Debido a la escasez de mano de obra, sobre todo en el trabajo de las llamadas plantaciones, se importaron esclavos africanos de raza negra, en especial de los países del Golfo de Guinea, lo que cambió nuevamente la composición de la población y nuevas mezclas raciales: mulatos, zambos, y otras denominaciones que ya no suelen emplearse. Los descendientes, cada vez más mezclados con los otros grupos raciales, predominaron en las regiones de clima cálido próximas a la costa, donde constituían la mano de obra de las principales haciendas o plantaciones de caña de azúcar, cacao y algodón, entre otros cultivos.

En las islas del Caribe, donde el impacto de la Conquista diezmó a la población indígena muy pronto, los europeos sustituyeron el trabajo de los indígenas con el de los esclavos, por lo cual, el impacto africano en el poblamiento fue, en algunas regiones costeras, más importante que el indígena: podríamos decir que, mientras que los Andes siempre han sido indoamericanos, las Antillas se convirtieron en afroamericanas. También el sureste de los Estados Unidos recibió una gran cantidad de esclavos como mano de obra para trabajar en las plantaciones de algodón.

Las costas del Golfo de México y del Caribe (por ejemplo, en México y Nicaragua) también recibieron una importante inmigración de esclavos de origen africano y en este último país, se establecieron en la llamada Costa de los Mosquitos, un nombre impropiamente derivado de los indios Misquitos que poblaban la zona. Y en el siglo XIX, muchos campesinos de Jamaica, huyendo de la esclavitud, escaparon de dicha isla para establecerse en esta región costera de los Mosquitos como lo recuerda la existencia de poblaciones con nombre anglosajón, como es el caso de Bluefields, la ciudad y puerto más importante de la zona. Y también fue muy importante el poblamiento con esclavos africanos en las regiones costeras del Brasil para el trabajo en las plantaciones.

Además de las citadas con anterioridad, Europa ha sufrido importantes cambios de población en el siglo XX, cuando millones de alemanes fueron expulsados de Prusia Oriental después de la Segunda Guerra Mundial y transferidos a la Alemania del territorio en que fue reducida después de la guerra. Así, la antigua Königsberg, paso a llamarse Kaliningrado y esta ciudad solo está habitada por rusos, cuando antes vivían alemanes. Los polacos fueron empujados a la Pomerania y todo el antiguo territorio oriental dejado por los alemanes, y la zona cedida por Polonia a la Unión Soviética, a su vez fue poblada por rusos (principalmente, rusos blancos) y ucranianos. En Estonia, Letonia y Lituania hubo una fuerte inmigración de rusos. Los turcos fueron expulsados de Bulgaria y otros países de los Balcanes. Los alemanes que poblaban otros países europeos fueron expulsados, como en Checoslovaquia a Alemania y muchos otros fueron llevados por la fuerza a Kazajistán y otras repúblicas de Asia Central.

Más recientemente muchos sudamericanos, africanos y asiáticos, así como europeos orientales, emigran a Europa Occidental. En España, hay una fuerte inmigración de latinoamericanos, en especial, de ecuatorianos y colombianos, y de europeos orientales.

En Australia y Nueva Zelanda los aborígenes (que siempre fueron escasos) fueron desplazados por blancos de origen europeo (véase: Australia Blanca).

Países asiáticos pequeños como Singapur prácticamente fueron creados por los ingleses, por inmigración de diferentes orígenes, y aunque pocos siglos atrás la isla estaba despoblada, ahora supera los 4 millones de personas, principalmente por una inmigración controlada por el Estado.

En China, durante la década de los 60, muchas personas han emigrado de un sitio a otro dentro y fuera del país por el hambre y la superpoblación, producido por catástrofes naturales o sociales que afectaron a decenas de millones de personas, debido a la envergadura poblacional del país.

En lo que hoy es Israel, millones de palestinos emigraron a los países vecinos en el contexto de las guerras árabe-israelíes. A su vez millones de judíos de la diáspora inmigraron al país a partir de la creación del Estado Libre de Israel (1948).

La explotación del petróleo en los países del golfo Pérsico atrajo centenares de miles de personas de muchas nacionalidades (y hasta millones) de todo el mundo. El motivo se debió a que la mayoría de países petroleros se encontraban en regiones desérticas que tenían una población muy escasa.

Las migraciones presentan problemas diferentes: los que se van ejercen un efecto similar al de la disminución de la natalidad, lo que para los países de natalidad alta será un alivio. En cambio, en el país de recepción de inmigrantes, la composición de la población sufre unos cambios sustanciales, como puede verse en la pirámide de la población inmigrante de España, en la que abundan tanto los hombres como las mujeres en edad de trabajar, mientras que la proporción de población menor de 20 años o mayor de 65 es mucho más escasa que la nacional. Los que vienen tienen que integrarse en el nuevo país, primero laboralmente con una legalidad en permisos, identificación, seguridad social y educación; al mismo tiempo culturalmente, por el idioma nuevo cuando es diferente del suyo, y en cualquier caso deben asumir las nuevas costumbres y formas de vida. Los valores serán de diferente intensidad, por ejemplo el concepto de amistad, de servicio comunitario, de tiempo libre, de horarios, de comidas, de familia, de folclore, de gustos artísticos; estos nuevos o modificados valores se deberán superponer o intercalar con los suyos de origen para evitar problemas inútiles y aunque la diversidad cultural, de idiomas y de religiones puede ser enriquecedora a veces, puede también ser creadora de conflictos graves en otros casos. De todas formas no serán estas cuestiones los principales problemas, salvo que haya una fuerte discriminación por los nacionales o por otros grupos de emigrantes.

Los problemas más graves y de diferente intensidad según países son documentos de identidad legales/permiso de trabajo legal. Para sobrevivir los adultos y sus familias necesitan trabajar, salvo que sean jubilados y vengan por reagrupación familiar. Los problemas de muchos inmigrantes se deben a que el Estado de donde proceden no les dan siempre la orientación necesaria, por lo que los que están decididos a abandonar sus países suelen caer en manos de verdaderas mafias de tráfico de personas y ello ocasiona problemas de identificación y asistencia en el país de acogida que se añaden a los problemas laborales aunque sólo vengan a trabajar en algún empleo rechazado por los nativos: como los mismos emigrantes reclaman: sólo venimos a trabajar en labores que los nacionales no quieren hacer, aunque en muchos casos, los inmigrantes más viejos abandonan esos trabajos y son sustituidos por los nuevos inmigrantes, que suelen proceder de regiones y países aún más deprimidos que los de los primeros inmigrantes. Los hechos demuestran que no es tan fácil la cuestión, pero si se superan discriminaciones y se pone buena voluntad —diálogo— por ambas partes de seguro que se va por el buen camino.

El balance final, la actitud de unos (población nativa) y otros (inmigrantes) varía considerablemente según los países y en general, la inmigración resulta enriquecedora, ya que el nacimiento de prácticamente todos los países ha sido por movimientos o procesos inmigratorios.

En la mayor parte de los casos por diversas razones que iban desde el hambre y la miseria al sueño de una tierra propia que labrar y a las aspiraciones de ascenso social. La colonización de América por los europeos tuvo esa motivación durante varios siglos.

En la actualidad, con las nuevas realidades en muchos países, las cosas se han revertido, son los jóvenes de los países que antes fueron colonias los que parten hacia los países más desarrollados con la ilusión de ver realizado sus sueños.

1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.

2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

Sin embargo, es justo reconocer que los Derechos Humanos a escala internacional no pueden ir (en la práctica), en contra o por encima de los derechos humanos de la población de los países de inmigración. Pensar lo contrario sería inconcebible, sobre todo porque los países receptores de inmigrantes no podrían resolver el problema de la superpoblación del sureste asiático, para citar un ejemplo. Más bien es al revés: la inmigración en los países desarrollados, suele tener partidarios (sobre todo entre las clases más poderosas económicamente) para cubrir las necesidades de dichos países especialmente en lo que se refiere a disponer de mano de obra barata y mantener los salarios relativamente bajos, aún a costa del perjuicio social que se pueda cometer con la población obrera autóctona. Y en el país de emigración tampoco suele ser una solución por el hecho de que los que han emigrado son, precisamente, los que tienen mayor afán de superación e incluso mayor nivel de preparación.

Las remesas de los inmigrantes a sus países de origen suele compensar los aspectos tan negativos de la emigración, aunque también ello crea un problema en el país donde viven esos emigrantes.

Otras posturas contrarias a la inmigración argumentan razones de inseguridad ciudadana, así como problemas de marginalidad ( ), formación de guetos, competencia desleal en el mercado de trabajo, prostitución ( ) , etc.

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Éxodo rural

El éxodo rural o éxodo campesino se refiere a la emigración, generalmente de gente joven (adolescentes y adultos jóvenes) del campo a la ciudad. Este proceso es muy antiguo y se aceleró con la Revolución industrial y, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XX. Se suele considerar como un tipo especial de migración porque en ella, no sólo se cambia de lugar de residencia, sino también de profesión, por motivos más que evidentes, dadas las diferencias geográficas tan grandes que existen entre las oportunidades, número y características de los diferentes tipos de empleo que existen en el campo, con relación a la ciudad.

Los seres humanos, lo mismo que sucede con la mayoría de las especies animales, se desplazan en la superficie terrestre, en unos movimientos (individuales o colectivos) que se denominan migraciones. La principal diferencia entre los seres humanos y las especies animales es que, en este caso, los motivos de las migraciones son instintivos (el instinto de conservación o supervivencia de la especie, el instinto de reproducción, la adaptación al medio, etc.) mientras que las migraciones en los seres humanos obedecen a una decisión razonada más o menos libre (o más o menos forzada), en la que el instinto, aunque también tiene su importancia, ocupa un lugar muy secundario. Esta idea puede dar pie a una subdivisión de las migraciones en dos tipos: espontáneas y forzadas. Lo que sucede es que no hay, por lo general, una clara delimitación entre ambas . Pero en el caso del éxodo rural es bastante sencillo de analizar. La bibliografía anglosajona de las ciencias sociales ha acuñado un término: "The push-pull theory" o "Teoría de la atracción - repulsión" que sirve para explicar, al menos de una manera sencilla, la génesis del éxodo campesino hacia los centros urbanos, como desplazamientos motivados por factores de rechazo en el medio rural y, como contrapartida, de atracción en el urbano. En los países subdesarrollados existe una amplia documentación en torno al tema del éxodo rural y del proceso creciente de crecimiento de las mayores ciudades. Puede citarse como ejemplo, la obra de Breese que, aunque hace referencia a una época ya pasada, puede dar una sencilla idea de todos los mecanismos que generan dicho proceso.

Las ciudades ejercen un atractivo muy poderoso sobre la población rural. Muy a menudo, los campesinos de todo el mundo, quedan "deslumbrados" por la vida urbana, la cual se manifiesta en la oferta de todos aquellos elementos que suelen ser más difíciles de lograr en el campo.

Y esta idea se extiende, aún hoy, a situaciones similares en todo el mundo. Sólo que con la mayor facilidad de los medios de transporte y la disminución de la población rural a unos niveles muy exiguos, los puestos de trabajo de menores exigencias tienden a ser ocupados por inmigrantes, a veces ilegales y procedentes de países cada vez más alejados.

1. La mayoría de los migrantes procede de una corta distancia.

2. Las mujeres emigran en mayor número que los hombres.

3. Cuando la distancia es muy grande, predomina el sexo masculino. Los emigrantes del medio rural se dirigen, cuando realizan largos desplazamientos, únicamente a las ciudades más grandes.

4. Si la distancia es bastante grande, tiene lugar una especie de migración por etapas. En esta migración por etapas, los lugares dejados vacantes al emigrar, pueden ser ocupados por migrantes de áreas más alejadas. La migración por etapas suele dirigirse a centros poblados progresivamente mayores.

5. Las corrientes migratorias principales generan unas corrientes secundarias que suelen ser compensatorias, de menores proporciones y en sentido inverso.

6. En el éxodo rural predomina la población joven (adolescentes y adultos jóvenes).

7. Los nacidos en las ciudades son menos migrantes que los nacidos en el medio rural.

Las diferencias entre el medio rural y el urbano en una fecha relativamente reciente, no eran tan grandes como ahora. Ha sido el extraordinario desarrollo tecnológico y económico del último medio siglo (aproximadamente, a partir de la Segunda Guerra Mundial) el que ha creado una diferenciación creciente entre el campo y la ciudad. La situación actual es relativamente sencilla: en los países desarrollados, la antigua inmigración procedente del campo ha venido siendo sustituida por inmigrantes (muchas veces ilegales) procedentes de países subdesarrollados, teniendo en cuenta que el término subdesarrollo suele ser un concepto relativo, que surge de la percepción del nivel de vida que tiene el que va a emigrar y de las mejoras que podría llegar a tener al llegar a la ciudad. La gran mayoría de los habitantes de las ciudades subestiman y hasta menosprecian a los campesinos y estos, por su parte, no se adaptan a la vida urbana: cuando llegan a una ciudad grande (probablemente invitados por algún hijo u otro familiar) no suelen permanecer mucho tiempo y al final prefieren irse a su aldea y vivir solos a tener que lidiar con un mundo tan distinto al que ellos conocieron hace muchos años. La solución al problema, desde luego, sería la de mejorar la calidad de vida de las pequeñas poblaciones empleando para ello, precisamente, ese desarrollo tecnológico que muchos de los habitantes del medio rural no suelen e incluso no quieren entender. En muchos países desarrollados, se ha querido lograr un sistema de vida que toma lo mejor de los dos mundos, el rural y el urbano. En Inglaterra, por ejemplo, muchas personas que trabajan en las grandes ciudades viven en el campo y viajan diariamente para poder tener las ventajas de los dos entornos. En los Estados Unidos, el "commuting", es decir, el traslado diario entre alguna urbanización o población en el medio rural y las grandes ciudades viene a ser algo habitual e involucra a una cantidad creciente de personas. En España, el abandono del campo ha creado una serie de problemas bastante complejos, tanto en el medio rural como en el urbano. En La Alcarria (provincia de Guadalajara), por ejemplo, esa despoblación fue la responsable, aunque tal vez en una pequeña parte, del pavoroso incendio que se produjo en el verano de 2005. Pero es muy difícil corregir este problema ya que, por ejemplo, dos actividades tradicionales de esta comarca de La Alcarria (el cultivo del espliego y la apicultura) se han venido abandonando por la competencia con otros países en un mundo muy globalizado. Además, es precisamente la despoblación la que ha creado una especie de círculo vicioso, ya que si se quisiera retomar de nuevo alguna de esas actividades (u otras) se necesitaría de una población que no existe debido a la emigración. Para desarrollar esas regiones deprimidas por el éxodo rural, será necesario incorporar a los antiguos emigrantes, a través de políticas destinadas a una especie de rehabilitación del medio rural: fincas y huertos de fin de semana, casas vacacionales, viviendas de interés social, etc. Con el incremento de este tipo de solución, se adoptaría una medida que es muy popular en algunos países (Alemania, por ejemplo) y combatiría en cierto modo, el carácter espasmódico de la salida masiva de habitantes de las ciudades (el "éxodo urbano", como podríamos denominarlo), al hacerlo algo más estable y extendido en el tiempo ya que en España, lo mismo que se suele hacer en Italia con el Ferragosto ], tanto con los movimientos de turistas extranjeros como de los nacionales, las épocas de vacaciones se vuelven bastante conflictivas por estos desplazamientos tan masivos de la población.

En Venezuela se conoce el éxodo campesino como la migración de los campesinos hacia los campos petroleros y las ciudades, motivado esto a los cambios económicos ocurridos a partir de la segunda década del siglo XX, donde se pasó de una economía basada en rubros del campo a una economía petrolera.

La mayor consecuencia de esta migración es la desaparición de poblaciones rurales enteras en diversas zonas las cuales quedaron abandonadas como pueblos fantasma.

Venezuela pasó de ser un país eminentemente rural (en 1936, 66% de la población era rural) a un país altamente urbanizado, con 87% de la población residenciada en áreas urbanas, con Caracas, Maracaibo, Maracay, Valencia, Barquisimeto y Ciudad Guayana como las principales ciudades. Situación que obedeció al desarrollo de la actividad petrolera, que generó la inversión de dichos recursos en pocas ciudades, comenzando a incrementarse los flujos migratorios del campo a los centros urbanos.

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Población mundial

La población mundial es el número total de personas que habitan la Tierra. Una cantidad particular de la gran superficie de la Tierra tiene una «capacidad de producción», que limita el aumento de la población humana. Algunos observadores de sociedades humanas han propuesto que el concepto de la capacidad de producción también se aplique a la población humana, y que el aumento de población no controlado puede causar una catástrofe maltusiana. Los otros se oponen vehementemente a esta idea.

Un modelo matemático posible para describir el crecimiento de una población es el denominado modelo exponencial con la forma de una curva logística.

La evolución es el conjunto de características que se modifican en el transcurso del tiempo: natalidad, mortalidad, migraciones y las tasas, proporciones y razones que se derivan de ellas.

A través de los años la población y el crecimiento demográfico se ha acelerado de manera tal que hace tan solo 40 años había la mitad de la población actual.

Al aplicar este modelo, y al constatar que hay una desaceleración del crecimiento poblacional, se deduce que la humanidad está entrando en la fase 4 antes mencionada, si bien algunos países ya la han pasado (países industrializados) y otros se encuentran en la fase 2 (países subdesarrollados).

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Source : Wikipedia