Italia

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Publicado por roy 04/03/2009 @ 23:15

Tags : italia, europa, internacional

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Italia

Bandera de Italia

1 El francés es cooficial en el Valle de Aosta, el catalán en Alguer , y el alemán en Tirol del Sur. 2 Antes de 2002, la lira italiana. 3 Excepto en Campione d'Italia que se usa el franco suizo.

Italia, oficialmente la República italiana (Repubblica Italiana en italiano), es un país de Europa que forma parte de la Unión Europea (UE).

Su territorio consiste principalmente en la Península Itálica y de dos grandes islas en el mar Mediterráneo: Sicilia y Cerdeña. Por el norte está bordeado por los Alpes, por donde limita con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia. Los estados independientes de San Marino y Ciudad del Vaticano son enclaves dentro del territorio italiano. Italia forma parte del G8 o grupo de las ocho naciones más industrializadas del mundo. Situada en el corazón del antiguo Imperio Romano, está llena de tesoros que reconstruyen la historia de las bases de la civilización occidental.

Italia ha sido el hogar de muchas culturas europeas como los Etruscos y los Romanos y también fue la cuna del movimiento del Renacimiento, que comenzó en la región de Toscana y pronto se extendió por toda Europa. La capital de Italia, Roma, ha sido durante siglos el centro político y cultural de la civilización occidental, y también es la ciudad santa para la Iglesia Católica, pues dentro de la ciudad se encuentra el microestado del Vaticano.

La palabra Italia designaba en el siglo V a. C., según el historiador griego Antíoco de Siracusa, la parte meridional de la actual región italiana de Calabria —el antiguo Brucio—, habitada por los ítalos. Dos escritores griegos algo más recientes, Helánico y Timeo, relacionan el mismo nombre con la palabra indígena vitulus ('ternero'), cuyo significado explicaron por el hecho de ser Italia un país rico en ganado bovino. En el siglo I a. C., el toro, símbolo de los pueblos sublevados contra Roma, es representado en la monedas emitidas por los insurrectos abatiendo a una loba, símbolo de Roma: la leyenda viteliú (de los ítalos) confirma que vinculaban el nombre de Italia con el ternero-toro. Por otra parte también es posible que los ítalos tomaran su nombre de un animal-totem, el ternero, que, en una primavera sagrada, los había guiado hasta los lugares en los que se asentaron definitivamente. Con el tiempo, el nombre se extendió por toda la Italia meridional para abarcar después toda la península. En el siglo II a. C., el historiógrafo griego Polibio llama Italia al territorio comprendido entre el estrecho de Mesina y los Apeninos septentrionales, aunque su contemporáneo Catón extiende el concepto territorial de Italia hasta el arco alpino. Sicilia, Cerdeña y Córcega no pasarán a formar parte de Italia hasta el siglo III d. C., como consecuencia de las reformas administrativas de Diocleciano, aunque sus estrechos lazos culturales con la península permiten considerarlas como parte integrante.

Otra teoría sostiene que la denominación «Italia» derivaría casi con toda seguridad de una colonia griega en el Brucio (actual Calabria), la de los italos (referible a los italiotas). Por su parte la palabra italos en griego antiguo aludía al toro joven; cuando concluyó la hegemonía de los rasena («etruscos») en Italia y comenzó la romana, los pueblos peninsulares que se coaligaron contra la incipiente potencia romana adoptaron como emblema al toro.

La historia de Italia es tal vez la más importante para el desarrollo de la cultura y sociedad del área mediterránea y de la cultura occidental como un todo. El país ha sido anfitrión de muchas actividades humanas en tiempos prehistóricos, de aquí que se han hallado numerosos yacimientos arqueológicos en distintas regiones: Lacio, Sicilia, Toscana, Umbría y Basilicata. Luego de la Magna Grecia, la civilización etrusca y especialmente el imperio romano, que vino a dominar el Mediterráneo por muchos siglos,tras cuya caída nació Italia como estado (Odoacro proclamado rey de Italia) llegaron al humanismo medieval y el Renacimiento, que ayudo en la formación de la filosofía y el arte europeo. La ciudad de Roma contiene algunos de los ejemplos de estilo barroco más importantes de toda Europa.

Entre los siglos XIV y XVI, Italia no era una unidad política, fragmentada en múltiples estados. En el norte existían las ciudades estado como la República de Venecia, la República de Florencia o la República de Génova. En torno a la ciudad de Roma los Estados Pontificios, y al sur el Reino de Nápoles, posteriormente conformante de la Corona de Aragón y por tanto de la Monarquía Hispánica. Dada su fragmentación, fue escenario de los intereses de las potencias europeas durante los siglos XVI, XVII y XVIII, tales como las Guerras italianas, la Guerra de Sucesión Española, el conflicto hispano-austríaco por las posesiones napolitanas, así como de las guerras revolucionarias francesas y napoleónicas. Aún hubo conflictos durante la primera mitad del siglo XIX, siglo en el que apareció el sentimiento nacionalista italiano que desembocará en la Unificación de Italia, materializada el 17 de marzo de 1861, cuando los estados de la península itálica y las Dos Sicilias se unieron formando el Reino de Italia, el cual sería organizado por el monarca Víctor Manuel II, de la dinastía Saboya, hasta entonces gobernante en Piamonte y rey de Cerdeña. El artífice de la unificación italiana, sin embargo, fue el Conde Camillo Benso di Cavour, el ministro en jefe del rey. Roma, por su parte, se mantuvo separada del resto de Italia bajo el mando del Papa y no fue parte del reino de Italia hasta el 20 de septiembre de 1870, fecha final de la unificación italiana, luego fue hecho un plebiscito en el cual se eligió a Roma como la capital de dicho Reino. El Vaticano es un enclave independiente, rodeado completamente por Italia, al igual que San Marino.

La dictadura fascista de Benito Mussolini ocurrida en 1922 llevó a Italia a una alianza con la Alemania nazi y el Imperio del Japón, lo que la condujo a la derrota de Italia tras la Segunda Guerra Mundial. Durante el transcurso de esta guerra y en los años posteriores, miles de italianos emigraron fuera del país teniendo como destino principalmente América, Francia y Alemania.

El 2 de junio de 1946, un referéndum sobre la monarquía estableció la república como sistema de gobierno italiano, adoptando el país una nueva constitución el 1 de enero de 1948. Los miembros de la familia real fueron llevados al exilio, por su relación con el régimen fascista, hasta el 10 de noviembre de 2003, cuando pudieron regresar a Italia gracias a la modificación de la constitución por el parlamento italiano.

Los Tratados de Roma de 1957 firmados por seis países europeos han hecho de Italia uno de los miembros fundadores de la Unión Europea.

La política de Italia se basa en un sistema republicano parlamentarista con democracia representativa. El primer ministro es el jefe de gobierno. Además, es un sistema multipartidista.

Italia se encuentra dividida en 20 regiones administrativas, divididas en provincias y éstas a su vez en municipios o comunas. De las veinte regiones, cinco (Valle de Aosta, Friuli-Venecia Julia, Sicilia, Cerdeña y Trentino-Alto Adigio) tienen un estatus especial en razón de su naturaleza geográfica, cultural o social. Las demás se someten a un estatuto común de administración.

Aunque Italia ha experimentado un desarrollo económico admirable desde la Segunda Guerra Mundial, y ahora se la considera entre las siete naciones más ricas del mundo, en el aspecto político Italia deja mucho que desear. Y a pesar de los esfuerzos que se han hecho por "limpiar" la política italiana, aún pervive una sensación generalizada de que es el país más caótico y corrupto de Europa. La política italiana suele ser oscura, y en el parlamento se tejen todo tipo de alianzas y pactos secretos. En el sur de la península y en la isla de Sicilia, la mafia tiene tanto o más poder que el Estado, llegando a controlar periódicos, jueces y policías. En 1992, el asesinato de Giovanni Falcone, un magistrado que investigaba el crimen organizado, y la subsecuente campaña de manos limpias que se desató conmocionaron a las instituciones italianas, pero tras años de intensas investigaciones, los resultados han sido magros. Sobre el actual primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, siempre ha sobrevolado el fantasma de la corrupción, pero ello parece no importarle a los italianos, que lo eligieron primer ministro dos veces.

El relieve presenta cuatro grandes unidades regionales: al Norte, un sector continental dominado por los Alpes; a sus pies, la llanura del Po; al Sur un sector peninsular articulado por los Apeninos; y finalmente las tierras insulares.

El sistema alpino extiende por territorio italiano la casi totalidad de su vertiente meridional. En este gran conjunto montañoso destacan las formaciones calcáreas de los Dolomitas (Marmolada, 3.342 m de alt.) y en el sector cristalino, de formas más agrestes, algunas de las principales cumbres de todo el sistema alpino: Monte Rosa (4.634 m), Cervino (4.478 m). Algunos pasos de montaña (Mont Cenis, Simplon, Brennero) facilitan la comunicación con las regiones vecinas. La región prealpina presenta largos y profundos valles, con numerosos lagos: Garda (370 km²), Mayor, Como, Iseo. Al Sur de los Alpes, entre éstos y los Apeninos, se extiende la llanura del Po (el río más largo del país, con 652 km de longitud), fosa tectónica rellenada por los depósitos sedimentarios aportados por los ríos que descienden de los Apeninos y, especialmente, de los Alpes (Adigio, 410 km; Piave), y que avenan la llanura que se abre al mar Adriático por el litoral NE de Italia.

El resto de llanuras italianas, aunque numerosas, son de escasa extensión, y se localizan preferentemente en el litoral tirrénico, formadas por importantes ríos (Arno, Tíber) o por llanuras costeras (Maremma, Agro Pontino). La cadena de los Apeninos constituye la espina dorsal de la península italiana, y en ella se distinguen tres sectores: los Apeninos septentrionales, los de menor altura y de formas más suaves (monte Cimone, 2.163 m); los Apeninos centrales, también denominados Abruzos, que constituyen el techo de la cadena (Gran Sasso, 2.914 m), y presentan modelados de tipo cárstico; por último, los Apeninos meridionales, que tienen su punto culminante en el monte Pollino (2.271 m). A ambas vertientes de la cadena se extienden formaciones de colinas, denominadas Subapeninos o Antiapeninos, destacando las del reborde O, donde se elevan algunos volcanes (Vesubio, monte Amiata, Campos Flégreos).

En el extremo S de la península Itálica, la isla de Sicilia es considerada una prolongación de los Apeninos (montes Nebrodi, Peloritani, Madonia), destacando el monte Etna, que con sus 3.345 m de alt. es el volcán activo más alto de Europa. La isla de Cerdeña es asimismo montañosa (montes de Gennargentu), aunque cabe destacar la fosa tectónica de Campidano, entre Oristano y Cagliari.

La climatología italiana, si bien tiene carácter mediterráneo, presenta notables variaciones regionales. En primer lugar, por efecto de su considerable extensión en latitud: medias anuales en Milán de 23 °C en julio y 1,5 °C en enero, mientras que en Palermo, dichas medias son de 26,2 y 11 °C. Por otro lado, debido a las condiciones orográficas: los Alpes, que actúan de barrera ante los vientos del Norte, registran las mayores precipitaciones (de 3.000 a 3.800 mm anuales); los Apeninos, por su parte, establecen una clara distinción entre sus dos vertientes: la tirrénica, que queda expuesta a las corrientes húmedas del Oeste, y la vertiente adriática, a sotavento de dichas influencias (menos de 500 mm anuales en Apulia).

La mayor parte de Italia corresponde al bioma de bosque mediterráneo, aunque también están presentes el bosque templado de frondosas, en el valle del Po y en los Apeninos, y el bosque templado de coníferas en los Alpes.

La actividad industrial ha sido el motor del desarrollo italiano, y el actual eje de su economía. Frente a ello, las actividades agrícolas han experimentado un considerable retroceso, tanto en ocupación de la población activa (7,3%), como en su participación en el PIB (3,7%). La producción agrícola no abastece la demanda alimenticia de la población, y es especialmente escasa en la rama ganadera: bovino (Cerdeña), porcino (Emilia-Romaña). La agricultura se halla más extendida, con cultivos de cereales (trigo, arroz —primera productora europea—, maíz), leguminosas, plantas industriales (remolacha azucarera), hortalizas (pimientos, berenjenas, tomates y cebollas) y flores. Mención especial merece la fruticultura (peras, melocotones y manzanas en Emilia, Véneto y Campania; agrios en Sicilia), el olivo (en Liguria y el Mezzogiorno), que genera la segunda producción mundial de aceite (435.300 t), y finalmente, la vid, cuyo cultivo sitúa a Italia a la cabeza de la producción mundial de vinos (68,6 millones de hl), reconocidos internacionalmente por su calidad.

Italia es un país muy homogéneo tanto lingüística como religiosamente, pero es diverso cultural, económica y políticamente. Italia posee la quinta mayor densidad poblacional en Europa, con un promedio de 198 personas por kilómetro cuadrado.

A partir de los años sesenta del siglo XX la población italiana experimentó un cambio en su ritmo de crecimiento, que decreció hasta el 0,0% de media anual entre 1985–1990: el descenso de la tasa de mortalidad fue acompañado por un descenso considerable de la tasa de natalidad. El cambio en las tendencias demográficas afectó asimismo los tradicionales movimientos migratorios que hasta entonces habían hecho de Italia una de las mayores reservas de mano de obra de Europa y América. Italia pasó a convertirse en punto de llegada de inmigrantes del Tercer Mundo, pero, sobre todo, se establecieron importantes corrientes migratorias internas, con un movimiento masivo de población del Sur hacia Roma y el Norte industrializado (Turín, Milán, Génova, Venecia y Bolonia), pero no hacia el noreste, que aún era muy pobre, que no ha hecho sino radicalizar las diferencias entre el norte y el sur. La concentración de la población italiana en los núcleos urbanos (69 % de población urbana) ha generado una red homogénea de grandes ciudades, que desempeñan el papel de centros regionales (Nápoles, 973.132 hab.; Turín, 908.263; Palermo, 663.173; Génova, 610.887; Bolonia, 372.256, y Florencia, 364.710), con dos destacados núcleos a nivel nacional; Roma (2.718.768 hab.), la capital política, y Milán (1.299.633), la capital económica.

Los grupos minoritarios son pequeños, siendo el mayor de éstos el de habla alemana en el Tirol del Sur (según el censo de 1991, la población se encuentra compuesta por 287.503 personas de habla alemana y sólo 116.914 de habla italiana) y los eslovenos alrededor del Trieste.

Otros grupos minoritarios con lenguajes parcialmente oficiales incluyen la minoría de habla francesa en la región del Valle d'Aosta; los sardos, los sicilianos, el idioma ladino en las montañas dolomitas y el catalán en el Alguer.

A pesar de ser el catolicismo romano la religión predominante (85% de la población), existen comunidades maduras de protestantes y judíos y una comunidad creciente de origen musulmán.

Italia tiene 59.762.887 habitantes (Istat 04.2008), y está compuesta étnicamente (datos 2006) por 97,6% de europeos (Italianos 95,5% + otros europeos 2,1%), 1,1% de africanos (mayoría de marroquíes), 0,7% de asiáticos (mayoría de chinos), 0,4% de americanos (mayoría de ecuatorianos) y 0,2% de otros.

Italia es reconocida por su arte, cultura y numerosísimos monumentos, entre ellos la torre de Pisa y el Coliseo romano; así como por su gastronomía (platos italianos famosos son la pizza y la pasta), su vino, su estilo de vida, su pintura, su diseño, cine, teatro, literatura y música, en particular la ópera.

El período del Renacimiento europeo comenzó en Italia durante los siglos XIV y XV.

La gastronomía de Italia es muy variada: el país fue unificado en el año 1861, y sus cocinas reflejan la variedad cultural de sus regiones así como la diversidad de su historia. La cocina italiana está incluida dentro de la denominadas gastronomías mediterráneas y es imitada, así como practicada en todo el mundo. Es muy corriente que se conozca a la gastronomía de Italia por sus platos más famosos que son la pizza, la pasta y el risotto, pero lo cierto es que es una cocina donde existen los abundantes aromas y los sabores del mediterráneo. Se trata de una cocina con la que se ha sabido perpetuar las antiguas recetas como la polenta (alimento de las legiones romanas) que hoy en día puede degustarse en cualquier trattoria italiana.

La literatura italiana es toda aquella literatura que se haya escrito en el idioma italiano. La configuración política de Italia y su unificación como estado único fue en el siglo XIX, momento en el cual se adopta el dialecto toscano como lengua oficial con la denominación de idioma italiano; esta decisión fue tomada fundamentalmente debido a la larga tradición literaria y a las grandes figuras de la literatura que habían utilizado dicha lengua previamente. Por ello, se consideran como autores en italiano a todos aquellos que hayan utilizado dicha lengua, independientemente de que en su época Italia existiera ya como estado único independiente con idioma oficial propio.

Durante la Edad Media y el Renacimiento autores como Dante Alighieri y Francesco Petrarca ejercieron una gran influencia sobre la literatura europea en general y española en particular; siendo adoptadas algunas formas estróficas como el soneto, la lira o la octava real, al popularizarse los versos endecasílabos y octosílabos.

Italia es un país que también posee tradición deportiva. Especialmente el fútbol es la rama deportiva predominante en la nación italiana, ya que se practica desde el siglo XVI el llamado calcio florentino (que consistía en dos equipos de 27 jugadores con 22 jugadores y 5 porteros, donde el objetivo era sumar más puntos que el equipo rival). Ésta era la variante del fútbol que se conoce hoy en día.

El calcio se ha intensificado a nivel local, llegando a fundarse en 1898 la Federación Italiana de Fútbol, que se encarga de los campeonatos de fútbol de clubes y de la selección nacional. A nivel de clubes, Italia cuenta con tres clubes campeones de Europa, como lo son el AC Milan, Inter de Milán y Juventus. El AC Milan es el club que más títulos internacionales ostenta (18 hasta la fecha); el Inter es el otro grande aunque últimamente no ha hecho campañas aceptables en Europa. Juventus es el club que más títulos ha logrado a nivel nacional, y a nivel internacional es el único club en ganar todas las competiciones oficiales de clubes (Copa de Europa, Recopa, Copa UEFA, Supercopa Europea, Copa Intercontinental y Copa Intertoto). Tampoco se debe olvidar a clubes como la AS Roma, la SS Lazio, Fiorentina, SSC Napoli, y la UC Sampdoria, clubes que también lograron títulos europeos.

La Selección de fútbol de Italia es la selección que ha ganado cuatro Copas del Mundo FIFA (1934; 1938; 1982 y 2006); aparte de una Eurocopa, en 1968. De hecho, ha logrado alcanzar el número 1 del ránking de la FIFA en 1993 y 2007.

También, el automovilismo forma parte de la nutrida historia deportiva de Italia. Es sede de la famosa escudería Ferrari, la escudería más reconocida en disciplinas como la Fórmula 1. También, el Gran Premio de Italia es una de las competencias más importantes a escala internacional.

El ciclismo es la otra disciplina que ha tenido importancia. Este país también posee su propia competición, como es el Giro de Italia.

Al principio



Unificación de Italia

El congreso de Viena por Jean-Baptiste Isabey, 1819.

La Unificación de Italia fue el proceso histórico que a lo largo del siglo XIX llevó a la unificación de los diferentes estados en que estaba dividida la península Itálica, en su mayor parte vinculados a dinastías consideradas "no italianas" como los Habsburgo o los Borbón. Ha de entenderse en el contexto cultural del romanticismo y la aplicación de la ideología nacionalista, que pretende la identificación de nación y estado, en este caso en un sentido centrípeto (irredentismo). También se le conoce como il Risorgimento (resurgimiento en italiano), e incluso como la reunificación italiana (considerando que existió una unidad anterior, la provincia de Italia" creada por Augusto, en la antigua Roma).

El papel conspirativo de la masonería o de los intereses de distintas potencias europeas (concretamente Inglaterra, interesada en crear un fuerte antagonista a la rival Francia) también se ha aducido como causa del "Risorgimento".

El proceso es entendido, por algunos historiadores, también como la conquista de la aristocrática Italia del sur (Nápoles, Sicilia), el estado más industrializado de la península y el tercero de Europa; por parte de Italia del norte (valle del Po), influenciada por las potencias europeas como Francia y Austria (según ellos el proceso también puede interpretarse en el sentido de que el norte parasitó al sur impidiendo su desarrollo y propiciando la emigración y la perpetuación de su situación social. ).

Historiadores como Benedetto Croce ven el proceso como el completamiento del Renacimiento italiano, interrumpido por las invasiones francesas y españolas de la Italia del siglo XVI. Este renacimiento nacional alcanzó -desde Florencia- todas las regiones habitadas por gente italiana (inclusive Sicilia y luego Istria y Dalmacia como Italia irredenta en el siglo XX).

En cualquier caso, el proceso fue encauzado finalmente por la casa de Saboya, reinante en el Piamonte (destacadamente por el primer ministro conde de Cavour), en perjuicio de otras intervenciones "republicanas" de personajes notables (Mazzini, Garibaldi) a lo largo de complicadas vicisitudes ligadas al equilibrio europeo (intervenciones de Francia y Austria), que culminaron con la incorporación del último reducto de los Estados Pontificios en 1870. El nuevo Reino de Italia continuó la reivindicación de territorios fronterizos, especialmente con el Imperio Austro-húngaro (Trieste y el Trentino), que se solventaron parcialmente en 1919 tras la Primera Guerra Mundial (Tratado de Saint-Germain-en-Laye y expedición de Gabriele D'Annunzio).

A principios del siglo XIX el politico austriaco Metternich afirmaba que Italia era sólo una "expresión geográfica" (cada pueblo tenía sus diferentes costumbres, lengua, bandera e himno). Ocupaban la península Itálica un mosaico de estados, algunos ocupados por potencias extranjeras.

Napoleón conquistó la península y modificó el mapa completamente. Anexionó Piamonte, Parma, Toscana, la República Ligur y los Estados Pontificios al Imperio Francés, unificó todo el noreste de la península para crear el Reino de Italia, del cual se declaró rey y también conquistó el Reino de Nápoles. Durante este periodo Italia sufrió toda una serie de reformas liberales, como la abolición de los privilegios feudales y eclesiásticos.

Con la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena (1815) reestructura de nuevo el espacio geográfico de Italia atendiendo especialmente a los intereses de las familias dinásticas y las grandes potencias europeas, nunca a los intereses del pueblo.

El Imperio Austríaco se anexionó Lombardía y el Véneto y además colocó a príncipes austríacos en el trono de Parma, Módena y Toscana. Cerdeña y Piamonte se unificaron en el Reino de Piamonte-Cerdeña, el cual recibió Saboya y Niza. Se restauraron los Estados Pontificios y a los Borbones en el trono de Nápoles, que pasó a llamarse Reino de las dos Sicilias.

Se restauró el absolutismo en todos los Estados. Los gobernantes impuestos por el Congreso de Viena no contaban con el apoyo popular, por lo que tuvieron que estar auxiliados por el Imperio Austriaco.

Mientras tanto, los ideales nacionalistas continuaban propagándose, incentivados por la vuelta al absolutismo y el progreso económico. El incremento de la producción textil de Piamonte necesitaba de un mercado interior más amplio donde colocar sus manufacturas. La expansión del ferrocarril favorecía las comunicaciones y la unidad de los diversos estados. Otros elementos aglutinadores eran la religión católica, la cultura italiana y el romanticismo, que identificó a Italia con el Risorgimento letterario, con lo que adquirió un gran poder político. Escritos aparentemente literarios o históricos estaban llenos de alusiones a la esclavitud o la tiranía. Donde no estaba permitida la crítica se utilizaba la sátira.

La interpretación nacionalista de la literatura italiana identifica la dominación española de Italia, con un periodo de decadencia en su literatura debido, entre otras cosas, a la acción de la Inquisición (el tribunal religioso tradicional, no la institución española, que operaba con distintos criterios). Algunos autores (como Campanella o Giordano Bruno) sufrieron persecución por motivos religiosos, como también había ocurrido en la Edad Media (y en la Florencia de Savonarola). La identificación del ocupante con la opresión formaba parte de la ampliamente difundida propaganda antiespañola conocida como Leyenda Negra, entre cuyos productos artísticos pueden contarse Los Novios de Manzoni (ambientado en el Milán del XVII) o Don Carlo de Verdi (él mismo un símbolo viviente del Risorgimento, pues, además de su compromiso personal y artístico con la causa italiana, su nombre se gritaba como acrónimo de Vittorio Emanuele Re d´Italia (Victor Manuel, Rey de Italia).

Durante la primera mitad del siglo XVIII (que mal puede identificarse con una retirada española de Italia, pues la presencia continuó a través de los Borbones de Nápoles), se produjo una revitalización de la literatura conocida como Resorgimento letterario, entre otras cosas, gracias al carácter ilustrado de sus nuevos gobernantes austriacos.

Gianbattista Vico representa el despertar de la conciencia histórica en Italia. En su Ciencia Nueva, investigó las leyes que gobiernan el progreso de la raza humana, conforme a las cuales se desarrollarían los hechos históricos. Otros escritores importantes del Resorgimento letterario fueron Giuseppe Parini, Gasparo Gozzi y Giuseppe Baretti.

Las ideas que impulsaron la Revolución Francesa de 1789 dieron un sentido especial a la literatura italiana en la segunda mitad del siglo XVIII. Los italianos que aspiraban a una redención política consideraban ésta inseparable de una recuperación intelectual, que al mismo tiempo creían sólo podía llevarse a efecto volviendo al antiguo clasicismo. Este fenómeno fue una repetición de lo que ya había ocurrido en la primera mitad del siglo XV.

Por lo tanto, patriotismo y clasicismo, fueron los dos principios que inspiraron la literatura que comienza con Vittorio Alfieri. Este autor encaminó la literatura hacia una motivación nacional, armada solamente con el patriotismo y el clasicismo. Otros importante escritores patrióticos de este periodo fueron Ugo Foscolo, Pietro Colletta, Carlo Botta, Vincenzo Monti o Pietro Giordani.

Durante este periodo surgió la polémica sobre la pureza del lenguaje. Durante este periodo, la lengua italiana estaba repleta de galicismos. La prosa necesitaba de una recuperación por el bien de la dignidad nacional, y se pensó que esto no podría conseguirse si no era a través de la vuelta a los grandes escritores del siglo XIV. Uno de los promotores de esta nueva escuela fue Antonio Cesari, que se empeñaba en establecer la supremacía del toscano sobre el resto de dialectos. Pero el patriotismo en Italia tiene siempre algo de provinciano, y así, contra esta supremacía toscana proclamada y defendida por Cesari, surgió una escuela lombarda que no quería saber nada del toscano y que volvían a la idea de una lingua illustre.

El Romanticismo fue un movimiento cultural y político que se originó en Alemania a finales del siglo XVIII como una reacción al racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo. Exaltaba los sentimientos, el nacionalismo, el liberalismo y la originalidad creativa. Es el movimiento literario que precede y asiste a las revoluciones políticas de 1848 puede considerarse representado por: Giuseppe Giusti, Francesco Domenico Guerrazzi, Vincenzo Gioberti, Cesare Balbo, Alessandro Manzoni y Giacomo Leopardi.

Después de 1850 la literatura política perdió importancia, siendo uno de los últimos poetas de este género Francesco Dall'Ongaro, con sus stornelli politici. Posiblemente la obra literaria que más contribuyó al asentamiento de la unidad italiana fue Corazón, de Edmondo De Amicis (1886), reunión de episodios protagonizados por niños de las distintas regiones italianas, que exaltan las virtudes, el heroísmo y el sentimiento patriótico, de una forma muy eficaz por el recurso a lo sentimental. Fue ampliamente utilizado como material escolar y pasado al cine, la televisión y los dibujos animados (y no sólo en Italia: es la célebre Marco, de los Apeninos a los Andes).

Los ideales revolucionarios también se propagaron a través de sociedades secretas, tales como los Carbonarios, los adelfos y los neogüelfos.

Durante el dominio napoleónico, se formó en Italia un grupo secreto de resistencia, la Carbonería. Era una sociedad más o menos masónica, liderada por el general francés Joaquín Murat, cuñado de Bonaparte. Su objetivo, como el de la masonería en general, era combatir la intolerancia religiosa, el absolutismo y defender los ideales liberales. También lucharon contra las tropas francesas porque estas estaban realizando un auténtico expolio de Italia.

Con la expulsión de los franceses, la Carbonería quería unificar Italia e implantar los ideales liberales.

Los carbonarios eran principalmente gente de la mediana y pequeña burguesía. Se organizaban en vendas de veinte miembros cada una, que desconocían a los grandes jefes. Había una venda central, formada por siete miembros, que era la que transmitía el trabajo a las demás.

En 1830, Giuseppe Mazzini (1805-1872) entró a los carbonarios, y fue encarcelado en 1831 por incitar a la rebelión al pueblo junto con Federico Campanella, Giuseppe Elia Benza, Carlo Bini y Giambattista Cuneo, por lo que pasó a criticar a las sociedades secretas, sus ritos y su ineficiencia militar. De la crítica a las sociedades secretas pasó a la acción y fundó la Joven Italia, una organización paramilitar que pretendía liberar Italia del dominio Austríaco y unificar el país por medio de la educación del pueblo y la formación de una República democrática. Su lema era: Derechos de los hombres, progreso, igualdad jurídica y fraternidad. La sociedad organizó células revolucionarias por toda la península.

A este movimiento democrático se oponían otras corrientes que también pretendían la unificación de Italia. Unos eran los reformistas monárquicos, contrarios a la violencia de Mazzini y que pedían la unificación en torno al Reino de Piamonte-Cerdeña, en un régimen monárquico constitucional. Otros eran los neogüelfos, conservadores liderados por Vincenzo Gioberti, cuyos ideales eran hacer de Italia una unión de estados federados presididos por el papado.

En 1820 se inició en Europa una oleada revolucionaria que afectó sobre todo al área mediterránea. La revolución se inició en España a causa del levantamiento de Riego. En aquel momento se encontraba en Las Cabezas de San Juan junto con su ejército y se disponía a partir hacia América para sofocar los movimientos independentistas que allí se estaban produciendo. El uno de enero se sublevó contra el rey y aunque al principio la revolución no tuvo apoyo popular, finalmente el pueblo se rebeló y Fernando VII decidió jurar la Constitución de 1812. Pero Fernando VII era un monarca absolutista y consideraba que la división de poderes era una ofensa contra sus derechos, por lo que pidió auxilio a la Santa Alianza y ésta dio permiso a Francia para enviar a un ejército llamado los Cien Mil Hijos de San Luis bajo el mando del duque de Angulema. Poco a poco, la revolución se fue extendiendo por Europa, llegando a Portugal, Grecia, diversos estados Italianos y Rusia.

En 1814 la Carbonería comenzó a organizar actividades revolucionarias en Nápoles. Por 1820 el grupo ya era lo suficientemente poderoso para invadir Nápoles con su propio ejército. La revolución española estimuló el movimiento revolucionario de Nápoles. Un regimiento del ejército napolitano al mando del general Guglielmo Pepe, un carbonario, se levantó y conquistó la parte peninsular de Nápoles, por lo que el rey, Fernando I, se vio obligado a jurar que implantaría la nueva Constitución que los Carbonarios estaban redactando. Mientras, se utilizó de manera provisional la Constitución española.

Pero la revolución, que no contaba con el apoyo popular, cayó bajo las tropas austríacas de la Santa Alianza. El rey suprimió la Constitución y comenzó sistemáticamente a perseguir a los revolucionarios. Muchos partidarios de la revolución en Nápoles, incluyendo el erudito Michele Amari, fueron forzados al exilio durante las siguientes décadas, algunos fueron fusilados.

El líder del movimiento revolucionario en Piamonte-Cerdeña era Santorre di Santarosa, que deseó expulsar a los austríacos y unificar Italia bajo la casa de Saboya. La rebelión de Piamonte comenzó en Alessandria, donde las tropas adoptaron la bandera tricolor (verde, blanco y rojo) de la República Cisalpina. El regente del rey, actuando mientras que el rey estaba ausente, aprobó una nueva constitución para apaciguar a los revolucionarios, pero cuando el rey regresó rechazó la constitución y pidió auxilio a la Santa Alianza. Ésta dio a Austria permiso para intervenir en Italia y derrotar a las tropas de Santarosa.

Alrededor de 1830, rebrotó el sentimiento revolucionario a favor de la unificación italiana; una serie de rebeliones puso la base para la creación de una nación en la península italiana.

El duque de Módena, Francisco IV, que era muy ambicioso, quería convertirse en rey de la Alta Italia aumentando su territorio. En 1826, dejó claro que no se opondría a aquellos que derribaran la oposición de la unificación. Animados por la declaración, los revolucionarios en la región comenzaron a organizarse.

En 1830, durante la revolución de julio, los revolucionarios franceses forzaron al rey a abdicar y colocaron en el trono a Luis Felipe de Orleáns. Éste prometió a algunos revolucionarios como Ciro Menotti que Francia ayudaría a los revolucionarios italianos si Austria interviniera militarmente. Pero, temiendo perder su trono, Luis Felipe decide no intervenir en la sublevación prevista de Menotti. Esta no llegó a ocurrir porque en 1831 la policía papal descubrió los planes de Menotti y este fue arrestado junto con otros conspiradores.

Al mismo tiempo, surgieron otras insurrecciones en las legaciones papales de Bolonia, Forli, Rávena, Imola, Ferrara, Pésaro y Urbino. Los revolucionarios adoptaron la bandera tricolore y establecieron un gobierno provisional que proclamaba la creación de una nación italiana unificada.

Las rebeliones en Módena y las legaciones papales inspiraron una actividad similar en el ducado de Parma, donde también fue adoptada la tricolore. Después de esto, la duquesa María Luisa salió de la ciudad.

Las provincias insurrectas planearon unirse para crear las provincias italianas unidas, cuando el Papa Gregorio XVI pidió ayuda austríaca contra los rebeldes. Metternich advirtió a Luis Felipe que Austria no tenía ninguna intención de dejar Italia y que la intervención francesa no sería tolerada. Luis Felipe retuvo cualquier ayuda militar e incluso arrestó a patriotas italianos que vivían en Francia.

En la primavera de 1831, el ejército del austríaco cruzó toda la península italiana, machacando lentamente los movimientos revolucionarios de cada territorio y arrestando a sus líderes, incluyendo Menotti.

Giuseppe Mazzini, en 1831 fue a Marsella, donde organizó una nueva sociedad política llamada La Giovine Italia ("La Joven Italia"). Su lema era Dios y el Pueblo, y su principio básico era la unión de los diversos Estados y reinos de la península en una única república como único medio para lograr la libertad italiana. También fundó diversas organizaciones con el fin de unificar o liberar otras naciones: "Joven Alemania", "Joven Polonia" y finalmente "Joven Europa" (Giovine Europa).

Mazzini creía que la unificación italiana sólo podría alcanzarse mediante un levantamiento popular. Continuó plasmando este propósito en sus obras y trató de conseguirlo a través del exilio y la adversidad con inflexible constancia. Sin embargo, su importancia fue más ideológica que práctica: tras la caída de las revoluciones de 1848 (durante las cuales Mazzini se convirtió en el líder de la efímera República Romana), los nacionalistas italianos empezaron a mirar al rey del Piamonte y su primer ministro, el conde Cavour como los directores del movimiento unificador.

En el 1848, después de los movimientos revolucionarios en Palermo, Messina, Milán y en otras muchas partes de Europa, se inicia la Primera Guerra de la Independencia declarada a Austria el 23 de marzo de 1848 por Carlos Alberto de Saboya el jefe de la alianza del Reino de Cerdeña con los Estados Pontificios y el Reino de las Dos Sicilias.

Giuseppe Garibaldi, Giuseppe Mazzini y Giuseppe Elia Benza regresaron a Italia para participar de la revuelta, pero la Casa de Saboya no aceptó completamente que participaran en ella y la rebelión fue generalmente dirigida por los gobiernos.

Después de las victorias iniciales en Goito y en Peschiera del Garda, el Papa, preocupado por la expansión del Reino de Cerdeña en caso de victoria retiró sus tropas. También el Reino de las Dos Sicilias decidió retirarse, pero el general Guglielmo Pepe se negó a regresar a Nápoles y marchó a Venecia para participar en la defensa de la contraofensiva austríaca.

En efecto, Fernando II cambió la actitud preocupado por los acontecimientos revolucionarios que estaban desarrollándose en Sicilia y envió una delegación a Turín para alinearse con la Casa de Saboya y pedir ayuda para sofocar la revolución. Carlos Alberto, aunque era aliado de los napolitanos, mantuvo una posición cautelosa, lo que disgustó profundamente al Borbón.

Los Italianos perdieron en Custoza (cerca de Verona) y tuvieron que firmar, el 9 de agosto de 1848 el armisticio de Salasco con Austria y aceptar lo pactado anteriormente en el Congreso de Viena. Así termina la primera fase del 1848 italiano. El año siguiente la iniciativa sería democrática.

En 1849, Leopoldo II de Toscana abandonó Florencia, dejando un gobierno provisional. En Roma se proclamó la República romana, con la idea de un triunvirato de Giuseppe Mazzini. Carlos Alberto rompió la tregua con Austria, pero cuando perdió en Novara abdicó a favor de Víctor Manuel II.

Roma, defendida por Giuseppe Garibaldi, fue atacada por las tropas francesas de Napoleón III, que la sitiaron. Con la caída de la República romana muchos revolucionarios fueron de nuevo condenados al exilio; Garibaldi en el 1850 fue a Nueva York, cerca de Antonio Meucci.

También la ciudad de Venecia, tras una larguísima resistencia del asedio austríaco comandada por Leonardo Andervolti, tuvo que rendirse por el hambre y una epidemia de cólera.

Aunque Carlos Alberto había sido derrotado en su intento de liberar a los italianos del poder austríaco, los piamonteses no se habían dado por vencidos completamente. Camillo Benso, conde de Cavour, llegó a primer ministro en 1852, y también él tenía ambiciones expansionistas. Pero se dio cuenta de que para conseguir la independencia necesitaban ayuda, pues había que combatir contra el Imperio Austríaco, por lo que quería asegurarse la ayuda de Francia y Gran Bretaña.

Cavour creía que se ganaría el favor occidental si participaba en la guerra de Crimea, por lo que entró en la guerra en 1855. Cavour sabía que no podría pedir nada a cambio de su entrada en la guerra, porque sus aspiraciones iban justamente en contra de las de Austria, que también apoyaba a Francia y Gran Bretaña en el conflicto. Pero decidió prestar una ayuda sin condiciones, para ganarse la confianza de las potencias occidentales, considerando que los resultados favorables se obtendrían más adelante.

El 14 de enero de 1858, el nacionalista italiano Felice Orsini intentó asesinar a Napoleón III, emperador de Francia. En una súplica escrita desde la prisión, Orsini apeló a Napoleón que cumpliera su sueño ayudando a las fuerzas nacionalistas italianas. Napoleón, que de joven había pertenecido a la carbonaria, se veía como una persona con una mente avanzada, así que, en consonancia con las ideas del momento, se convenció de que su destino era hacer algo por Italia. En el verano de 1858, Cavour se reunió con Napoleón III en Plombières. Acordaron una guerra común contra Austria. Piamonte se anexionaría Lombardía, Véneto, Módena y Parma, y como compensación Francia recibiría Saboya y Niza. El centro y sur de Italia se quedarían como estaban, aunque sí se habló de colocar al primo de Napoleón en Toscana y expulsar a los Habsburgo. Para permitir que lo franceses intervinieran en la guerra sin parecer los agresores, Cavour tenía pensado incitar al ataque a los austríacos participando en los movimientos revolucionarios que se estaban produciendo en Lombardía.

El 29 de abril de 1859, el ejército austríaco, al mando del general Ferencz Gyulai, atravesó el río Ticino e invadió el territorio piamontés, el 30 ocuparon Novara, Mortara y, más al norte, Gozzano, el 2 de mayo Vercelli y el 7 Biella. La acción no era obstaculizada por el ejército piamontés, habían acampado en el sur entre Alessandria, Valenza y Casale. Los austríacos llegaron a 50 km de Turín.

A este punto, sin embargo, Gyulai invertió la orden de marcha y se retiró a Lombardía; una orden expresa de Viena, sugirió que el mejor escenario de operación era cerca del río Mincio, donde los austríacos habían dominado durante 11 años la región, contrarrestando la avanzada piamontesa salvarían sus dominios en Italia; por el contrario, invadir Turín, podría significar una derrota.

Los austríacos pretendían luchar contra los Piamonteses y contra los Franceses por separado, entonces comenzaron el reclutamiento de dos ejércitos. El comando austríaco, por otra parte, realizó una gran inversión estratégica, que difícilmente pudo ser explicada sin asumir una cierta confusión. Ciertamente Gyulai no fue responsable, que a las pocas semanas, no pudo ser frenada una cierta debilidad en la acción.

El 14 de mayo de 1859, Napoleón III, que había partido el 10 de mayo de París y desembarcado el 12 en Génova tomó el campo de Alessandria y asumió el comando del ejército franco-piemontés. Con el grueso del ejército localizando entre el río Ticino y el Po, el 20 de mayo de 1859 Gyulai comandó un gran reconocimiento de campo al sur de Pavía que fue frenado en la batalla de Montebello (20-21 de mayo) en la que participaron el general Federico Forey por parte de los franceses, futuro mariscal de Francia y la caballería sarda al mando del coronel Morelli di Popolo.

El 30 y el 31 de mayo los Piamonteses de Cialdini y de Durando consiguieron una brillante victoria en la batalla de Palestro.

Paralelamente los Franceses cruzaron el Ticino el 2 de junio y aseguraron el pasaje batiendo a los austríacos en la batalla de Turbigo. Gyulai había concentrado las propias fuerzas cerca de Magenta la cual fue asaltada el 4 de junio por los franco-piamonteses. El ejército de Napoleón III cruzó el río Ticino y desbordó el flanco derecho austríaco, con lo que obligó al ejército de Gyulai a retirarse. La batalla de Magenta no fue especialmente grande, ya que no participaron ni la caballería ni la artillería, pero fue una victoria decisiva para decantar la guerra hacia el bando sardo-francés. Los franco-italianos sufrieron 4.600 bajas y los austríacos 10.200.

El 5 de junio, el ejército derrotado abandonó Milán, donde entró el 7 de junio el Patrice de Mac-Mahon, artífice de la victoria en Magenta, para preparar el día siguiente la entrada triunfal de Napoleón III y Víctor Manuel II aclamados por el pueblo.

El 22 de mayo los cazadores de los Alpes, liderados por Giuseppe Garibaldi, pasaron en Lombardía del Lago Mayor a Sesto Calende, con el objetivo de entrar en batalla ayundando a la ofensiva principal. El 26 defendieron Varese de un ataque de fuerzas austríacas superiores en número guiadas por el general Urban. El 27 combatieron al enemigo en la batalla de San Fermo y ocuparon Como.

Mientras tanto, los austríacos se agruparon para defender la Fortaleza del Cuadrilátero. La tarde del 6 de junio, los austríacos enviaron una brigada de retaguardia de cerca de 8.000 hombres, y dos escuadrones de caballería, compuestos por Dragones y Húsares. La tarde del 8 de junio, la ciudad fue invadida por los franceses. Después de sangrientos combates (1000 franceses muertos y 1200 austríacos) el grueso del ejército austríaco perdió su marca y se retiró a Verona. Los franco-piamonteses reemprendieron la marcha el 12 de junio y el 14 capturaron Bérgamo y Brescia.

El 24 de junio franco-piamonteses vencieron en una gran batalla, la Batalla de Solferino. El ejército austríaco, al mando de Francisco José I, de unos 100.000 hombres fueron derrotados por los ejércitos de Napoleón III de Francia y del Reino de Cerdeña, comandado por Víctor Manuel II, con una fuerza aproximada de 118.600 hombres. Después de nueve horas de batalla, las tropas austríacas fueron forzadas a rendirse. Las bajas en el bando aliado fueron 2.492, 12.512 heridos y 2.922 capturados o desaparecidos. Más de 3.000 soldados austríacos murieron, 10.807 fueron heridos y 8.638 capturados o desaparecidos.

Al terminar la batalla de Solferino quedaron en el campo de batalla casi 40.000 hombres muertos o heridos abandonados a su suerte. Este escenario fue visto por Henri Dunant, que estaba viajando por el norte de Europa, y le dejó muy impresionado. Al ver como los soldados heridos morían sin asistencia se dedicó a socorrerlos con ayuda de algunos aldeanos de la zona.

Dunant estuvo reflexionando y llegó a la conclusión de que era necesaria una sociedad que se encargara de atender a los heridos de uno u otro bando sin distinción por medio de voluntarios. Sus reflexiones están escritas en el libro "Recuerdo de Solferino".

En 1863 se fundó el Comité Internacional de la Cruz Roja y al año siguiente doce estados firman el Primer Convenio de Ginebra.

Napoleón III, temiendo no sólo la entrada al conflicto de más estados, sino que también la reacción de Prusia, que movilizó a 400.000 hombres a la frontera en el Rin, firmó, sin contar con los piamonteses, un acuerdo de paz. Víctor Manuel II no podía continuar la guerra sin la ayuda francesa, por lo que aceptó el acuerdo franco-austríaco.

La paz se firmó en Zúrich entre el 10 y el 11 de noviembre. Los Habsburgo cedieron la Lombardía a Francia, que a su vez, la cedió a la casa de Saboya. Austria conservaba el Véneto, el Trentino, Tirol del Sur, Friuli-Venecia Julia y las fortalezas de Mantova y Peschiera. Todos los estados italianos, incluso el Véneto que era austríaco, debieron unirse a una confederación italiana, presidida por el Papa.

En los meses sucesivos, de hecho, Piamonte se anexó además de Lombardía, Parma, Módena, Emilia-Romaña y la Toscana. Después de estas conquistas, el 24 de marzo de 1860 Piamonte aceptó firmar el Tratado de Turín, en el cual confirmaron el traspaso de Niza y Saboya a Francia, ahora las ganancias territoriales italianas eran superiores a las francesas.

El fin de esta guerra dio paso al último período de la Unificación. Tras la Paz, el Reino de Piamonte-Cerdeña comenzó a expandirse, consiguiendo en menos de dos años controlar prácticamente la totalidad de la península italiana. Así, el 17 de marzo de 1861, casi toda Italia había sido unificada, a excepción de Roma y el Véneto.

En 1860, el Reino de las Dos Sicilias estaba gobernado por el joven rey, Francisco II, hijo de Fernando II. Aunque las Dos Sicilias eran el estado más próspero de Italia, al tener un rey con poca autoridad y muy represivo el pueblo era propenso a rebelarse. En abril de 1860 una revolución frustrada en Messina y en Palermo aumentó los ánimos revolucionarios pero nadie del sur de Italia podía combatir al ejército borbón; en el año 1844 habían fracasado los hermanos Bandiera y en 1857 Carlo Pisacane.

El Reino de Piamonte estaba planeando conquistar el Reino de Las Dos Sicilias. Algunas fuentes indican el estímulo que suponía que el banco de Nápoles concentara más de los 2/3 de reserva de oro de toda Italia. «Bisogna occuparsi di Napoli» (es necesario ocuparse de Nápoles) decía Cavour.

Es por eso, que el 5 de mayo de 1860 Giuseppe Garibaldi zarpó del puerto de Quarto (Provincia de Génova) con 1033 hombres, en su mayoría veteranos de las guerras de independencia en dos barcos de vapor hacia Sicilia. Esta campaña se llamó Spedizione dei Mille (expedición de los mil en italiano) y fue un paso muy importante para la unificación de Italia.

El 11 de mayo, desembarca en Marsala, Sicilia, entre dos naves inglesas que cubrían la maniobra con 20.000 hombres.

En Marsala, los camisas rojas (así eran llamadas las tropas de Garibaldi) no recibieron el apoyo esperado, pero el ejército aumentó gracias a los sucesivos desembarcos del ejército sardo piamontés. Garibaldi vence al ejército borbónico en la Batalla de Calatafimi a pesar de la superioridad numérica de los adversarios y del desarrollo inicial que favorecía a éstos. Se ha señalado que el general borbónico Landi había sido convencido de retirar sus tropas por los piamonteses, dándole dinero y prometiéndole un cargo importante en el ejército italiano. Después marcha hacia Palermo, allí el pueblo vitoreó el nombre de Garibaldi y muchos entusiastas se unieron a su ejército. Garibaldi cruzó el estrecho de Messina y entró en el continente. Siguió avanzando con poca resistencia hasta Salerno, ciudad muy cerca de Nápoles, la capital del reino. Sólo en este momento el rey Francisco II se percató del peligro que corría. Entonces envió 50.000 hombres a Salerno comandados por el general Giosuè Ritucci. Estas tropas combatieron contra Garibaldi pero no pudieron vencerlo. Ya sin ejército y con el inminente avance de los camisas rojas, el rey Francisco II abdica y huye para evitar una guerra dentro de Nápoles y salvarla. El 7 de septiembre Garibaldi entra en la ciudad aclamado por la multitud, que fue obligada a vitorarlo por infiltrados piamonteses que les daban dinero a cambio. El Reino de las Dos Sicilias había sido conquistado, los conquistadores despojaron al banco de Nápoles de una suma equivalente a 1.670 millones de euros, los cuales fueron declarados bienes nacionales.

Ambicionando una Italia unida bajo un solo gobierno radicado en Roma, Garibaldi concibió la idea de marchar sobre los Estados Pontificios, defendidos por tropas francesas. Sin embargo, Víctor Manuel y Cavour, temerosos de perder lo logrado ante una posible radicalización del conflicto, evitaron el avance de Garibaldi. El incidente ovbiamente no supuso un enfrentamiento entre el rey del Piamonte y Garibaldi; al contrario, como había sido previsto el conquistador le cedió las dos Sicilias. Así es como de un año a otro, se convirtió al tercer reino más próspero de Europa en una pobre colonia italiana.

Con tales operaciones, termina la segunda fase de la unificación de Italia; pero quedaban separados del Reino de Cerdeña, Roma, gobernada por el Papa, y el Véneto, en mano de los austríacos.

El 18 de febrero de 1861, Víctor Manuel II de Saboya se reunió en Turín con los diputados de todos los Estados que reconocían su autoridad, asumiendo el 17 de marzo el título de Rey de Italia por gracia de Dios y voluntad de la nación. Italia fue gobernada con la base de la constitución liberal adoptada en el Reino de Cerdeña en el 1848 (Estatuto albertino). La excepción se dio en el sur del país, donde debido a las revoluciones independentistas, se proclamó la ley marcial.

Las crecientes tensiones entre Austria y Prusia por la supremacía en el mundo germánico, provocaron en 1866 la Guerra Austro-prusiana que ofreció a los italianos la oportunidad de conquistar el Véneto. El 8 de abril de 1866, el Gobierno Italiano, guiado por el general Alfonso La Marmora, realizó una alianza militar con la Prusia de Bismarck.

De hecho, se creó alianza entre los dos Estados que vieron en el Imperio Austríaco el obstáculo de las respectivas unificaciones nacionales. Según los planes prusianos, Italia tenía que atacar Austria por el frente meridional. Mientras tanto, aprovechando la superioridad naval, invadir las costas dálmatas, llevando el campo de batalla a Europa central.

El 16 de junio de 1866 Prusia comenzó las hostilidades contra algunos principados germanos aliados de Austria. El 19 de junio Italia le declaraba la guerra a Austria, con inicio de las hostilidades el 23 de junio.

Al inicio del conflicto, el ejército italiano estaba dividido en dos grupos: el primero, comandado por La Marmora que era de Lombardía; el segundo, comandado por el general Enrico Cialdini de Emilia-Romaña.

El general La Marmora sufrió una rápida derrota en Custoza el 24 de junio.

Cialdini asedió la fortaleza austríaca de Borgoforte, al sur del Po.

Custoza supuso un gran retraso de las operaciones, por el tiempo perdido en reorganizarse temiendo una contraofensiva austríaca.

El éxito general de la guerra vino de las importantes victorias prusianas en el frente germano, en particular en Sadowa el 3 de julio de 1866, obra del general von Moltke. Después de estas batallas los austríacos se retiraron a Viena. Uno de cada tres cuerpos armados italianos dieron prioridad a la defensa de Trentino e Isonzo.

El 5 de julio, llegó un telegrama del emperador de Francia Napoleón III, el cual prometía comenzar una mediación general, que habría permitido que Austria obtuviera condiciones honorables que hubieran permitido a Italia anexionarse Venecia.

La situación era particularmente embarazosa, debido a que las fuerzas armadas no supieron ganar ningún enfrentamiento en el campo de batalla.

El gobierno italiano buscó, por lo tanto, ganar tiempo, mientras el general Alfonso La Marmora obtenía "...una buena batalla para estar en condiciones más favorables para la paz".

De hecho, ahora la adquisición del Véneto era cierta, pero era urgente proceder a la ocupación de Trentino antes de las negociaciones de paz.

En las semanas siguientes, Cialdini dirigió al ejército italiano a las orillas del Po, de Ferrara a Udine. Cruzó el Po y ocupó Rovigo el 11 de julio, Padova el 12 , Treviso el 14 ; Santa Señora de Piave el 18 , Valdobbiadene y Oderzo el 20 , Vicenza el 21 y Udine el 22 de julio.

Mientras tanto, los voluntarios de Garibaldi partieron de Brescia hacia Trento abriéndose camino, el 21 de julio a la batalla de Bezzecca, la cual ganó. A su vez, una segunda columna italiana llegaba, el 25 de julio, a las murallas de Trento. Pero Garibaldi recibió órdenes del Gobierno italiano de abandonar Trentino, las cuales debió obedecer.

El cese de las hostilidades se produjo después del Armisticio de Cormons , el 12 de agosto de 1866, seguido el 3 de octubre de 1866 en el tratado de Viena. Así Italia consiguió anexionarse el Véneto, Víctor Manuel entró triunfal en Venecia, y realizó un acto de homenaje en la plaza de San Marcos. Pero aún faltaba anexionar al reino Roma, Trentino, Tirol del Sur (Alto Adige), Trieste, Istria y Dalmacia (aparte las areas de lengua italiana en Corcega, Nizza y Malta).

Giuseppe Garibaldi, después de la fundación del Reino de Italia prosiguió incansablemente sus actividades militares en busca de la unidad de Italia, emprendiendo acciones sin éxito en 1862 al grito de: Roma o muerte!. La protesta de Napoleón III, cuyas tropas custodiaban Roma, llevó al ejército de ocupación piamontés en Nápoles a repeler a Garibaldi, haciéndole prisionero en Aspromonte (sur de Nápoles). En 1867 realiza una nueva marcha hacia Roma aprovechando la retirada de tropas francesas, que se ven obligadas a desembarcar otra vez y a derrotar al italiano en Mentana.

En julio de 1870 comenzó la guerra franco-prusiana. A principios de agosto Napoleón III llamó para la guerra a la guarnición que defendía de un posible ataque italiano a los Estados Pontificios. Numerosas manifestaciones públicas demandaban que el gobierno italiano tomara Roma. El gobierno italiano no inició ninguna acción bélica directa hasta el derrumbamiento del Segundo Imperio Francés en la batalla de Sedán. Víctor Manuel II le envió una carta a Pío IX, en la que le pedía guardar las apariencias dejando entrar pacíficamente al ejército italiano en Roma, a cambio de ofrecer protección al Papa. Pero esté se negó rotundamente.

El ejército italiano, dirigido por el general Raffaele Cadorna, cruzó la frontera papal el 11 de septiembre y avanzó lentamente hacia Roma, esperando que la entrada pacífica pudiera ser negociada. Sin embargo, el ejército italiano alcanzó la Muralla Aureliana el 19 de septiembre y sitió Roma. El Papa siguió siendo intransigente y forzó a sus Zuavos a oponer una resistencia simbólica. El 20 de septiembre, después de tres horas de bombardeos, el ejército italiano consiguió abrir una brecha en la Muralla Aureliana (Breccia di Porta Pia). Bersaglieri marchó por la Vía Pía, después llamada Vía del XX de septiembre. 49 soldados italianos y 19 zuavos murieron en combate, y, tras un plebiscito, Roma y el Lacio se unieron a Italia.

Víctor Manuel le ofreció al Papa como compensación una indemnización y mantenerle como gobernante del Vaticano. Pero el Papa, que quería mantener el poder de la Iglesia, se negó, pues eso hubiera supuesto reconocer oficialmente al nuevo estado italiano y se declaró prisionero en el Vaticano. Además, sabiendo la influencia que tenía sobre los católicos, les prohibió a todos los católicos italianos votar en las elecciones del nuevo reino.

Esta incómoda situación, llamada Cuestión Romana, no se resolvió hasta 1929, cuando Benito Mussolini y Pío XI firmaron los Pactos de Letrán.

La Unificación de Italia sin embargo no se había completado. Algunas provincias, como Trentino, Tirol del Sur (Alto Adige), Trieste, Istria y Dalmacia, aún continuaban bajo dominio austriaco, por lo que fueron denominadas provincias irredentas (no liberadas). En estos lugares surgió un movimiento de carácter nacionalista que buscaba su incorporación a Italia. Este movimiento, a favor de unificar al Reino de Italia también la llamada Italia irredenta, sucesivamente se extendió a las áreas francesas de Niza y Córcega.

La situación no se desbloqueó hasta el final de la Primera Guerra Mundial, en la que Italia entró del bando aliado con la promesa de recibir como compensación las Provincias Irredentas en manos austrohúngaras. Sin embargo, no todas estas provincias del Imperio de los Habsburgo fueron traspasadas en 1918, sino que Dalmacia (con la excepción de la ciudad de Zadar y algunas islas como Cherso y Lussino) pasó a formar parte de Yugoslavia.

El Fascismo de Benito Mussolini consideró "irredentas" también Córcega, Niza y Malta, que estaban bajo control de Francia y Gran Bretaña. Durante la Segunda Guerra Mundial, Italia ocupó toda Dalmacia, Córcega y Niza por algunos años hasta septiembre de 1943, cuando resultó derrotada en el conflicto mundial.

La Italia irredenta fue unida a Italia por Mussolini y esto culminó el proceso de Unificación de Italia durante los primeros años de la segunda guerra mundial. Entre 1936 y 1943 Italia también se convirtió en Imperio, cuando el Rey Víctor Manuel III fue coronado Emperador de Etiopía.

Después de 1945, Istria y Zara fueron cedidas a la Yugoslavia del dictador comunista Tito y se registró el éxodo forzado de casi toda la población italiana (350.000 exiliados) de estas áreas.

Después de los primeros días de la expedición de los "Mille" de Garibaldi, y durante varios años siguientes, se produjeron algunas revueltas por la independencia del Reino de las Dos Sicilias que pusieron en dificultades al recién nacido Reino de Italia durante los primeros años unitarios. Los revolucionarios fueron llamados «briganti» (bandidos) porque practicaban sangrientas guerras de guerrillas y realizaban saqueos con homicidios.

Esta violenta contrarrevolución popular se debía a la fidelidad de una pequena parte de la población del sur a la dinastía Borbón (promocionada por la iglesia de Roma que temía la desaparición del Estado Pontificio, lo que efectivamente ocurrió en 1870) y también por el aumento de los impuestos y por la confiscación de tierras borbónicas por parte del nuevo gobierno piamontés.

La revuelta estalló en casi todo el sur a finales del 1861 y el Piamonte envió a Nápoles a Enrico Cialdini dándole poderes extraordinarios con un total de 120.000 hombres. Así se comenzó una de las más cruentas represiones de la historia italiana. Algunos historiadores borbónicos afirman que el sur italiano fue plagado de matanzas, devastaciones, fusilamientos, detenciones domiciliarias forzosas, saqueos de granjas, expropiación de tierras y cierre de industrias lo que provocó una total ruina de la población meridional. Pero los historiadores nacionalistas italianos afirman que casi todas las matanzas fueron hechas por los bandidos "briganti" para aterrorizar a la población civil, que en su gran mayoría era favorable a la Unificación de Italia.

En 1864 se instauró la ley marcial en el ex Reino de las Dos Sicilias y las rebeliones se pudieron sofocar hacia el año 1868. En todos estos años murieron un total de 17.000 meridionales en batalla o fusilados; esta cifra es muy superior a la de todos los caídos en el sur de Italia para lograr la Unificación.

Después de la "toma de Roma" por parte de los Italianos en 1870, el Estado Pontificio terminó su apoyo a los "briganti" y rápidamente se acabó la guerrilla. Este hecho fue considerado (por historiadores como Benedetto Croce) como la prueba de que estas revueltas fueron artificialmente promovidas por el Papa de Roma.

El historiador Alfonso Scirocco afirma que la Unificación fue completa en la primera mitad del siglo XX, desapareciendo totalmente los movimientos secesionistas durante el gobierno de Víctor Manuel III, nacido en Nápoles y particularmente unido al sur de Italia.

Con la caída del fascismo, que obtuvo el consenso hacia la completa Unificación de los Italianos con la conquista de Etiopía en 1936, los Aliados empezaron una política de regionalización de Italia favoreciendo la creación de regiones independientes (como ocurrió en Sicilia en 1946).

Los disidentes de la unificación hicieron su aparición a lo largo de la segunda mitad del siglo XX (sobre todo después de la segunda guerra mundial en las leyes de los estados anexados) y los simpatizantes del regionalismo han llegado hasta nuestros días. En la actualidad existen dos pequeños movimientos independentistas con representación de un partido político activo: uno en el norte (Liga Norte) y otro al sur (Movimiento neoborbónico). Este movimiento secesionista meridional es parcialmente el resultado de las antiguas rebeliones de los campesinos contra el nuevo gobierno.

Una situación similar existe en al autoproclamado Condado de Seborga. Su demanda histórica de independencia viene del haber sido excluidos de los tratados que unificaron el moderno estado italiano. Sin embargo no ha sido identificado como un movimiento secesionista, ya que afirma que nunca fue parte de Italia. Las reclamaciones de independencia de Seborga no han sido reconocidas por ningún gobierno.

La región italiana de Tirol del Sur (Alto Adige) tuvo un fuerte movimiento secesionista, dirigido por la mayoría austro-germana que exigía su unión con Austria (el deseo secesionista se hizo más fuerte inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial).

Los partidos secesionistas existen en la actualidad, pero el movimiento ha sido apaciguado, en gran parte gracias a la amplia autonomía concedida por parte del gobierno italiano.

Actualmente la mayoría de los italianos apoya la continuación del proceso de Unificación de Italia en la actual Unificación de Europa. Dicha Unificación europea se ha iniciado en el Tratado de Roma de 1957 y fue promovida por el presidente italiano Alcide De Gasperi, considerado uno de los "padres fundadores" de la Unión Europea.

Al principio



Historia de Italia

Cabeza de guerrero (Necrópolis de Crocifisso del Tufo, Orvieto, Italia)

La historia de Italia es una de las más importantes de toda Europa y de todo el mundo. Heredera de múltiples culturas antiguas como la de los etruscos y latinos, y receptor de la colonización griega y cartaginesa, vio nacer el Imperio Romano, legador de gran parte de la cultura occidental y uno de los mayores de la historia. Tras la caída del Imperio, Italia sufrió una serie de invasiones germanas alternadas con intentos bizantinos y francos de reconstruir la unidad del Imperio Romano.

Durante la Edad Media Italia se convertiría en un mosaico de ciudades-estado que luchaban entre sí para conseguir la hegemonía sobre el resto, con frecuentes intervenciones de las potencias circundantes y de la Iglesia. En los siglos XV y XVI se convirtió en el centro cultural de Europa dando origen al Renacimiento y fue uno de los campos en los que se decidió la supremacía europea del Imperio Español.

Tras el declive de la monarquía hispánica, el Imperio Austrohúngaro pasaría a controlar la región. Transformada en un campo de batalla durante las guerras revolucionarias, pasaría a luchar por su independencia. Entre 1856 y 1870 se llevó a cabo la Unificación de Italia después de una serie de guerras que implicó enfrentarse al Imperio Austríaco y los Estados Pontificios. Posteriormente, Italia llevaría a cabo políticas imperialistas que la llevaron a participar en la Primera Guerra Mundial del lado de la Entente, a la invasión de Abisinia y a participar en la Segunda Guerra Mundial como aliado de Hitler.

En la actualidad Italia es en un país prestigioso, democrático, perteneciente a organizaciones tan importantes como la Unión Europea o el G-8, y una de las principales potencias económicas de la Tierra.

El término se asentó cuando la República Romana unificó a toda la península al conquistar al resto de tribus contemporáneas. El nombre de Italia fue usado también en monedas acuñadas por la coalición de pueblos que se levantó contra Roma en el siglo I antes de Cristo con capital en Corfinium que incluía samnitas, umbros, sabinos y otros. Finalmente, el emperador romano Augusto incluyó bajo el nombre de Italia toda la península, al que se terminó agregando la Galia Cisalpina en el 42 a. C., como unidad central del imperio.

Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, las palabras Italia e italiano pasaron a hacer referencia al conjunto de estados que poblaban el antiguo territorio de la Italia romana y que compartían una cierta afinidad cultural, destacando especialmente un mismo conjunto de dialectos del latín que darían origen al italiano. Siglos después, el nacionalismo romántico basó en esta unidad cultural su búsqueda de una unidad política que desembocaría en el moderno estado italiano.

Con el siglo VIII llegan desde el norte nuevos pobladores de distinto origen que traen consigo una cultura metalúrgica que domina el hierro. Se trata de la Cultura de Villanova así llamada por uno de los principales yacimientos arqueológicos. Se sabe, además, que practicaban la cremación e incineración de sus muertos, caracterizándose sus necrópolis por unas urnas típicas de forma cónica. Hablaban las lenguas itálicas, de origen indoeuropeo. Se asentaron principalmente al norte, junto al Po y en Umbría y Emilia, y en el centro de la península (Etruria y el Lacio). Más al sur, aunque la práctica general era la inhumación se han encontrado también enterramientos de esta cultura hasta Capua, Campania.

Los etruscos fueron un enigmático pueblo cuyo núcleo histórico fue la Toscana, a la cual dieron su nombre (eran llamados Τυρσηνοί (tyrsenoi) o Τυρρηνοί (tyrrhenoi) por los griegos y tuscii o luego etruscii por los romanos; ellos se denominaban a sí mismos rasena o rašna). Su origen es incierto: los pocos registros que quedan sobre ellos parecen indicar que vinieron de Oriente, posiblemente de Asia Menor, lo que parecen corroborar ciertos estudios aunque sin pruebas definitivas.

Desde la Toscana se extendieron por el sur hacia el Lacio y parte septentrional de la Campania, en donde chocaron con las colonias griegas; hacia el norte de la península itálica ocuparon la zona alrededor del valle del río Po, en la actual región de Lombardía. Llegaron a ser una gran potencia naval en el Mediterráneo Occidental, lo cual les permitió establecer factorías en Cerdeña y Córcega. Sin embargo, hacia el siglo V a. C. comenzó a deteriorarse fuertemente su poderío, en gran medida, al tener que afrontar casi al mismo tiempo las invasiones de los celtas y los ataques de griegos y cartagineses. Su derrota definitiva, por los romanos, se vio facilitada por tales enfrentamientos y por el hecho de que los rasena o etruscos nunca formaron un estado sólidamente unificado sino una especie de débil confederación de ciudades de mediano tamaño. En cierto modo predecesora de Roma y heredera del mundo helénico, su cultura (fueron destacadísimos orfebres, así como innovadores constructores navales) y técnicas militares superiores hicieron de este pueblo el dueño del norte y centro de la Península Itálica desde el siglo VIII a. C. hasta la llegada de Roma. A tal punto que los primeros reyes de Roma fueron etruscos. Hacia 40 a. C., Etruria (nombre del país de los etruscos) fue conquistada por los romanos.

La zona sur recibió principalmente una fuerte influencia griega. El descontento con la clase dirigente, el aumento demográfico, la falta de tierras y el deseo de crear nuevas factorías comerciales llevó a los antiguos griegos a crear numerosas colonias en el extranjero. Su cercanía, así como su relativa poca resistencia a este fenómeno, hizo de Italia una de las principales zonas de asentamiento griegas, recibiendo el nombre de Magna Grecia. Varias de las principales ciudades griegas se ubicaron en la península: Tarento, Síbari, Crotona...

Algo parecido ocurrió con los intentos griegos de establecer colonias frente al mar Tirreno. Aunque los comienzos en Córcega fueron prometedores, la derrota frente a etruscos y púnicos en la Batalla de Alalia dejó Córcega y Cerdeña en manos cartaginesas.

En el 753 a. C. se fundó a orillas del Río Tíber clave para la historia: Roma. Su origen es incierto: la mitología romana vincula el origen de Roma y de la institución monárquica al héroe troyano Eneas, quien, huyendo de la destrucción de su ciudad, navegó hacia el Mediterráneo occidental hasta llegar a Italia tras un largo periplo. Allí, tras casarse con la hija del rey de los latinos, pueblo del centro de Italia, fundó la ciudad de Lavinium. Posteriormente su hijo Iulo fundaría Alba Longa, de cuya familia real descenderían los gemelos Rómulo y Remo, los fundadores de Roma.

Esto le daría un origen latino, al que mediante el legendario episodio del rapto de las sabinas se añadirían sus vecinos centroitálicos sabinos. Sin embargo, otras teorías, basadas en su cercanía a la Toscana etrusca, su posición en las rutas comerciales de éstos, algunas hipótesis toponímicas y el origen de algunos de sus primeros reyes parecen indicar una notable presencia etrusca.

La monarquía romana (en latín, Regnum Romanum) fue la primera forma política de gobierno de la ciudad-estado de Roma, desde el momento legendario de su fundación el 21 de abril del 753 a. C., hasta el final de la monarquía en el 510 a. C., cuando el último rey, Tarquinio el Soberbio, fue expulsado, instaurándose la república romana.

Los orígenes de la monarquía son imprecisos, si bien parece claro que fue la primera forma de gobierno de la ciudad, un dato que parecen confirmar la arqueología y la lingüística. Mitológicamente, se enraíza en la leyenda de Rómulo y Remo. De cualquier manera, tras Rómulo y el sabino Numa Pompilio, llegó al poder Tulio Hostilio, que expandió el puerto de escala en la ruta costera de la sal que era Roma a costa de sus vecinos, transformando Roma en la más influyente ciudad de Lacio.

Tras el reinado de Anco Marcio, ascendió al poder una dinastía de origen etrusco, los Tarquinios, bajo la que Roma amplió aún más su poder en la región. Sin embargo, los excesos de Tarquinio el Soberbio que fueron origen de disputas internas, a las que se sumaron la coalición de etruscos y latinos amenzados por la coidad, desembocaron en la expulsión del rey gracias a la intervención de Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino. Roma perdió la mayor parte de su poder, a lo que se sumó la humillación de un saqueo por celtas liderados por Breno que asolaron varias ciudades italianas.

La República (509 a. C. - 27 a. C.) fue la siguiente etapa de la antigua Roma en la cual la ciudad de Roma y sus territorios mantenían un sistema republicano de gobierno. En circunstancias históricas poco claras, la monarquía romana fue abolida el 509 a. C., y sustituida por la República.

Una característica del cambio fue que la administración de la ciudad y sus distritos rurales quedó regulada en el derecho de apelar al pueblo contra cualquier decisión de un magistrado concerniente a la vida o al estatuto jurídico.La administración ejecutiva quedó dotada de Imperium o poder omnímodo el cual tenía un origen religioso que arrancaba del propio dios Júpiter. Los magistrados dotados de imperium eran los cónsules, pretores y, eventualmente, los dictadores. Sin embargo, el imperium sólo se ejercía extra pomoerium, es decir, fuera de las murallas de Roma. En consecuencia, tenía un carácter esencialmente militar. En la ciudad en sus funciones civiles, los magistrados estaban sometidos a limitaciones legales y controles mutuos.

Con el paso de los años la ciudad fue conquistando a sus vecinos latinos, etruscos y sabinos, a los que agruparía en la Liga Latina y recuperando su antiguo poder en el Lacio. La expansión continuó hacia el sur, y aceptando una petición de protección de los samnitas de Capua frente a sus vecinos montañosos se involucró en las Guerras Samnitas, con las que terminaría obteniendo Campania. Una a una las diversas tribus itálicas fueron conquistadas y Roma impuso un protectorado sobre las colonias griegas del sur, encabezadas por Tarento, que pese a la campaña del rey Pirro de Epiro terminaron bajo el yugo romano.

La petición de socorro de los mamertinos, un grupo de mercenarios que se habían adueñado de Mesina, hizo que el avance romano continuara hacia Sicilia, donde chocó con los cartagineses. Tras ganar la Primera Guerra Púnica, Roma se anexiono la isla, a la que pronto siguieron Cerdeña y Córcega ante la debilidad de Cartago durante la Guerra de los Mercenarios. Convertida en una de las principales potencias del Mediterráneo, junto a Cartago y los reinos helénicos, Roma practicó una política exterior cada vez más importante. Datan de esa época las Guerras Ilirias y los primeros serios choques con Macedonia y las tribus de la Galia y el Adriático.

El rearme cartaginés liderado por Amílcar Barca llevó a la ocupación de buena parte de los territorios ibéricos y a un nuevo periodo de rivalidad con Roma. Con la excusa del asedio a los aliados romanos de Sagunto, el hijo y sucesor de Amílcar, Aníbal invadiría Italia a través de los Alpes. Durante esta Segunda Guerra Púnica, Aníbal inflingió históricas derrotas a los Romanos, culminando en Cannas, pero finalmente se impuso la victoriosa campaña de Publio Cornelio Escipión en Iberia, que terminó trasladando al guerra al norte de África y llevó a la Zama, victoria definitiva de los romanos.

Roma fue a partir de entonces la mayor potencia mediterránea. Se anexionó las provincias cartaginesas en Hispania, que amplió mediante numerosas guerras en los dos siglos siguientes. Roma comenzó a intervenir en Grecia y Macedonia, que tras una victoria en Pidna conquistó. Tras una Tercera Guerra Púnica puso el pie en África, en lo que hoy es Túnez. La herencia del rey Atalo III en Asia y de Nicomedes en Bitinia, le llevaron a otra guerra con Mitrídates VI del Ponto y Tigranes I de Armenia con las que su dominio se amplió a Siria y Turquía, mientras conquistaba a sus antiguos aliados númidas liderados por Yugurta que se habían vuelto contra Roma.

Este incombustible expansionismo tuvo importantes consecuencias sociales, sobre todo debidas al hecho de que el ejército romano no estaba concebido para las largas campañas de ultramar. La ausencia de sus hogares tenía duras consecuencias para los pequeños agricultores que componían la base del ejército romano, tanto ciudadanos como itálicos conquistados. Una rebelión itálica (Guerra Social) fue duramente reprimida, y ante la amenaza de un ejército de cientos de miles de germanos, el ejército fue reformado por Cayo Mario siendo a partir de entonces principalmente reclutado entre los más pobres, que recibían tierras al final de su servicio.

Las reivindicaciones de las clases más pobres, que desde los intentos de reforma agraria de los hermanos Tiberio y Cayo Sempronio Graco aspiraban al reparto de tierras públicas, y el nuevo ejército, que dependía del poder de su general para obtener tierras al licenciarse dio pie a una serie de conflictos y pulsiones internas. Lucio Cornelio Sila reinstauró la paz tras una dictadura personal, pero años después, la enemistad entre el político y general que había conquistado las Galias, Julio César, y la mayor parte de la aristocracia desembocaron en una cruenta sucesión de guerras civiles, al final de las cuales su hijo adoptivo y sucesor Cayo Julio César Octaviano, se hizo con el poder.

El Imperio Romano fue la última etapa de la civilización romana en la Antigüedad clásica caracterizada por una forma de gobierno autocrática. El término es la traducción de la expresión latina Imperium Romanum, que no significa otra cosa que el dominio de Roma sobre un territorio.

El nacimiento del imperio viene precedido por la expansión de su capital, Roma, que extendió su control en torno al Mar Mediterráneo, y la larga sucesión de conflictos internos que marcaron el final de la República. Tras la victoria final de Augusto, se estableció por fin una paz perdurable, caracterizada por la concentración de poder en manos del susodicho, primero como Princep y luego como Domine. Paralelamente, se continuó con la pacificación interna y la expansión exterior, buscando la conocida como Pax Romana, un largo periodo de estabilidad y paz que vivió Europa, el norte de África y Oriente Medio bajo el yugo romano.

Este imperio fue uno de los mayores focos culturales, artísticos, literarios y filosóficos de su tiempo, con un notable desarrollo científico y técnico. En Roma e Italia se adoptó la cultura griega, que tuvo una digna continuación latina. La existencia de una serie de estados organizados a lo largo de Eurasia permitió la creación de la Ruta de la Seda, que enlazaba Occidente con el Imperio Chino. La capital del Imperio, Roma, se convirtió en una de las mayores urbes del mundo, con habitantes venidos de todas las provincias romanas.

Bajo la etapa imperial los dominios de Roma siguieron aumentando, llegando a su máxima extensión durante el reinado de Trajano, abarcando desde el Océano Atlántico al oeste hasta las orillas del Mar Negro, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia al norte. Su superficie máxima estimada sería de unos 6´14 millones de km².

Con el tiempo, la derrota ante los germanos en Teotoburgo, las constantes guerras con el Imperio Parto en el oeste y las dificultades para gestionar el ya inmenso territorio imperial llevaron a la construcción de limes o fronteras fortificadas para defender un imperio que comenzaba a dar señales de agotamiento. El sistema imperial mantendrían su vigencia hasta la llegada de Diocleciano, quien trató de salvar un imperio que caía hacia el abismo dividiendo el imperio para facilitar su gestión entre Occidente y Oriente. El imperio se volvió a unir y a separar en diversas ocasiones siguiendo el ritmo de guerras civiles, usurpadores y repartos entre herederos al trono hasta que, a la muerte de Teodosio I el Grande, quedó definitivamente dividido.

Las tribus germánicas, empujadas hacia el Oeste por la presión de los pueblos hunos, procedentes de las estepas asiáticas, penetraron en el Imperio Romano. Las fronteras cedieron por falta de soldados que las defendiesen. En muchas ocasiones se llegaron a ceder provincias fronterizas a los germanos a cambio de que las defendiesen de sus compatriotas, pues el servicio militar había sido abolido entre los italianos. El imperio, sofisticado y rico como pocos en la historia, era ya decadente, y en los siglos III y IV, sus últimas glorias vinieron de generales de origen bárbaro como Aecio y Estilicón. La gloriosa ciudad de Roma fue saqueada por los visigodos de Alarico I en 410.

Paralelamente, la capitalidad había sido desplazada a Milán primero, y Rávena después, mientras que varias provincias iban siendo conquistadas por diversos pueblos germanos. La parte oriental, más rica y militarmente fuerte, se convirtió en el gran foco de poder del Mediterráneo. El cristianismo, otrora perseguido, se convirtió en religión oficial gracias a los edictos de Milán de Constantino I el Grande y Tesalónica de Teodosio I el Grande. Las ciudades decayeron, produciéndose una emigración al campo, con el consecuente efecto negativo en el comercio, la cultura y la ciencia.

El emperador de Roma ya no controlaba el Imperio, de tal manera que en el año 476, un jefe bárbaro, Odoacro, destituyó a Rómulo Augústulo, un niño de 10 años que fue el último emperador Romano de Occidente y envió las insignias imperiales a Zenón, emperador Romano de Oriente.

Los ostrogodos eran un grupo de godos que habían sido sojuzgados por los hunos. Tras su liberación de aquellos, eligieron a Teodomiro como rey y se asentaron bajo protección bizantina en Panonia, en el cauce del Danubio. A este le sucedió su hijo Teodorico el Grande, que con la bendición del emperador de Oriente condujo a su pueblo a Italia en 488.

En la península gobernaba el hérulo Odoacro tras deponer al último emperador romano en 476. Tras una campaña en el Norte de la península, Teodorico tomó la capital, Rávena, matando a Odoacro en 493 y estableciéndose como señor del país. Su reinado fue recordado por mantener la administración romana, que protegió, logrando mantener la estabilidad de Occidente. En 526 la muerte de Teodorico acabó con esta etapa de paz, heredando Italia su nieto, Atalarico. El reino ostrogodo se desmoronó.

Bajo Justiniano I, el Imperio Bizantino inició una serie de campañas con el objetivo de reconstruir la unidad mediterránea. La debilidad del reino ostrogodo, y los deseos bizantinos de recobrar la ciudad de Roma convirtieron a Italia en un objetivo.

En 535 el general Belisario invadió Sicilia y marchó a través de la península, tomando Nápoles, llegando a Roma en 536. Prosiguió hacia el norte y tomó Mediolanum (Milán) y Rávena en 540. Un acuerdo con los ostrogodos, que conservaron un reino en el noroeste de Italia, trajo la paz.

Belisario fue entonces llamado a Oriente, donde los persas amenazaban las fronteras. Su sucesor, Juan, no logró mantener el control, y en 541 los godos estaban enemistados con Bizancio, liderados por Totila que había recuperado la Italia del Norte. La vuelta de Belisario permitió recuperar Roma, para perderla de nuevo no mucho después.

En 548, el eunuco Narsés sustituyó a Belisario. Totila fue asesinado (552), y el ejército godo derrotado (553). Hacia 561 los bizantinos habían pacificado la zona.

Entre los diferentes pueblos germánicos que habían abandonado su antigua morada para vivir en mejores tierras, se contaban los lombardos, a los que Justiniano I había dejado asentarse en Panonia, a condición de que defendieran la frontera. Atraídos por la riqueza de Italia, atravesaron los Alpes ocupando las actuales regiones de Piamonte, Liguria, Lombardía y Véneto sin mucha oposición. La falta de una autoridad central posibilitó la fragmentación de Italia en treinta y seis ducados independientes.

Mientras se enfrentaban a la oposición del Imperio Bizantino en Oriente, y a la de los francos en Occidente, los lombardos consiguieron recomponer una monarquía común electiva, tradicionalmente germánica. Es de destacar el reinado de Agilulfo que abandonó el arrianismo y se convirtió al catolicismo, aumentando la división interna.

Mientras los conflictos iconoclastas ocupaban a Bizancio y lo enemistaban con el Papa (pues la posición del Emperador de Oriente también regía en sus provincias italianas) los lombardos aumentaron sus dominios, so pretexto de socorrer al Papa. En el 750, Aistolfo tomó la ciudad imperial de Rávena.

La presión de los lombardos sobre el Papa hizo que el rey de los francos, Pipino el Breve, realizara entre 756 y 758 repetidas campañas en el norte de Italia. El Papa, en agradecimiento, le confirmó como rey de los francos (a pesar de haber usurpado el título) y concedió el rango de patricio a la familia real de Francia.

La situación se recrudeció a la muerte de Pipino. El reino franco fue dividido entre sus hijos, aumentando de nuevo la presión lombarda sobre el papado. Sin embargo la reunificación de los francos bajo Carlomagno llevó a una nueva intervención en Italia en el 774. Tras una breve batalla, Carlos se hizo con el reino de Lombardía, que, manteniendo su autonomía, se integró en el Imperio Carolingio que con el tiempo uniría a la mayor parte de Europa Occidental. Carlomagno auspició un renacimiento cultural y una unidad política y religiosa, que cristalizó con su coronación como Emperador de Occidente por el Papa León III en el año 800. Su nuevo imperio se consideraba heredero del Imperio Romano de Occidente, siendo el emperador la máxima autoridad temporal de Europa y el encargado de velar por la Cristiandad.

Parte de las tierras arrebatadas a los lombardos fueron cedidas al Papa, que creó entonces un estado en el centro de Italia, los Estados Pontificios. Estos eran administrados directamente o mediante vasallos.

De este estado derivaría el interés político del Papa en Italia, del que sería una potencia durante siglos. La Iglesia sería pues una gran potencia política en Italia durante la Edad Media. Los Estados Pontificios perdurarían hasta la unificación de Italia, aunque el Papado terminaría por recuperar el Vaticano, que se mantiene hoy en día como estado independiente.

Los ducados lombardos del sur no llegaron a ser conquistados por Carlomagno y no formaron parte del Sacro Imperio. Estas regiones fueron con frecuencia invadidas y gobernadas por el Imperio Bizantino, que sin embargo acusaba los retrocesos contra el Islam.

Así, el Imperio Bizantino sufrió la pérdida de la Isla de Sicilia, conquistada en tiempos de Justiniano I a los vándalos frente a los árabes en el siglo X, conviertiéndose en un Emirato.

Por aquella época, el sur de la península fue conquistado por los normandos, que establecerían un reino en Nápoles. A finales del siglo XII dicho reino pasó a la dinastía imperial alemana de los Hohenstaufen, que terminó extendiéndose hacia Sicilia.

A la muerte de Carlomagno, su imperio fue repartido entre sus diversos hijos, iniciándose un periodo de guerras civiles que no se estabilizaron hasta la creación a principios del siglo X del Reino de Francia y del conglomerado del Sacro Imperio en lo que hoy es Alemania, el norte y centro de Italia, Suiza, Países Bajos y otras provincias orientales de sus dominios.

La ausencia de un poder central fuerte supuso la atomización de estas regiones en principados, obispados, condados y ciudades prácticamente independientes y con frecuencia enfrentados entre sí. Esto fue particularmente importante en Italia, donde las ricas ciudades del norte emergieron como ciudades-estado comerciales cuasi-independientes.

El emperador era elegido por los principales nobles, lo que facilitó este clima de enfrentamiento que tuvo en numerosas ocasiones Italia como campo de batalla. En el siglo X, se introdujo un nuevo elemento de discordia: el enfrentamiento entre la Iglesia y el Imperio, que fue conocido como la Querella de las Investiduras y que inició una serie de conflictos por la primacía del Papa o el Emperador en la cristiandad y el Sacro Imperio que dividieron Italia entre güelfos y gibelinos.

A raíz de esto diversos emperadores, como Federico I Barbarroja se enfrentaron al Papa e invadieron Lombardía, apoyando cuando les convenía a antipapas. En respuesta, diversos emperadores fueron excomulgados, mientras los Estados Pontificios rechazaron el poder temporal del Emperador y promovieron facciones pro-eclesiásticas.

Las ciudades del norte de Italia se vieron involucradas en la guerra, cambiando frecuentemente de partido. La Liga Lombarda fue una alianza establecida el 1 de diciembre de 1167 entre 26 Ciudades Opositoras del Norte de Italia, entre las que destacan Milán, Cremona, Mantua, Bérgamo, Brescia, Plasencia, Bolonia, Padua, Treviso, Vicenza, Verona, Lodi, Parma y Venecia. Posteriormente se unieron otras cuatro ciudades más, hasta formar un total de 30.

El propósito inicial de la Liga era combatir la política italiana de Federico I, que en aquel momento reclamaba el control total sobre el norte de Italia. La respuesta imperial quedó expresada en la Dieta de Rocaglia y fue llevada a cabo con la invasión de 1158 y luego otra vez en 1166. La Liga recibió el apoyo incondicional del Papa Alejandro III y sus sucesores, deseosos tanto de verse libres de la influencia imperial como de aumentar su poder en la Península Itálica. En la Batalla de Legnano (29 de mayo de 1176), las tropas imperiales fueron derrotadas y Federico se vio forzado a firmar una tregua de seis años (1177-1183). La situación se resolvió al finalizar ésta, cuando ambas partes firmaron el Tratado de Constanza, según el cual las ciudades italianas reconocían la soberanía del emperador de Alemania, pero a su vez éste se veía obligado a reconocer la jurisdicción propia de cada ciudad sobre sí misma y su territorio circundante, lo que supuso el reconocimiento de su independencia de facto.

La muerte sin herederos varones del rey de Sicilia, llevó al rey aragonés Pedro III a reclamar el reino, al ser su mujer hija del rey. Fue sin embargo entregado a la Casa de Anjou, reinante en Francia, sólo para ser expulsada durante las Vísperas Sicilianas de 1282 y terminar efectivamente en manos aragonesas, lo que le valió enfrentarse al Papa y Francia.

Como fue típico en la Corona de Aragón, este nuevo territorio terminó en manos de una rama menor de la familia real. Posteriormente, a raíz de una concesión del Papa Bonifacio VIII en el siglo XIII, la Corona de Aragón se anexionó Cerdeña, cuya dominación efectiva significó largas guerras y conflictos dinásticos.

Fue Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, quien de de nuevo logró unir Mallorca, el Rosellón y Sicilia al tronco principal, y pacificar Cerdeña. Posteriormente Alfonso V, conquistaría el Reino de Nápoles en 1442, que legó a su hijo bastardo, Ferrante.

El resurgimiento económico y demográfico de los siglos XI y XII tuvo un gran efecto en Italia, donde confluían dos de los principales de los grandes ejes económicos de la cristiandad. Ahí se interconectaban la ruta que desde las ciudades comerciales del norte de Alemania y el Báltico (agrupadas en la Hansa) atravesaba el Rin y el Ródano hacia Italia con las rutas marítimas que a través del Mediterráneo trasportaban las especias y productos de lujo de Oriente y los países musulmanes.

Convertidas en emporios comerciales, muchas ciudades italianas experimentaron un desarrollo económico que les llevó a crear flotas mercantes y barrios comerciales en Oriente (Palestina, Bizancio, Egipto...). Algunas, particularmente Génova y Venecia, extendieron su dominio a islas y puertos a lo largo del mar Mediterráneo y el mar Negro forjando auténticos imperios de ultramar.

Políticamente, supuso el ascenso social de los comerciantes, que formaron una oligarquía gobernante en muchas de las ciudades del centro y norte de Italia.

El Renacimiento italiano inició la era del Renacimiento, un período de grandes logros y cambios culturales en Europa que se extendió desde fines del siglo XIV hasta alrededor de 1600, constituyendo la transición entre el medioevo y Europa moderna.

Aunque los orígenes del movimiento confinado principalmente a la cultura literaria, el esfuerzo intelectual y el mecenazgo pueden rastrearse hasta inicios del Siglo XIV. muchos aspectos de la cultura italiana permanecían en su estado medieval y el Renacimiento no se desarrolló totalmente hasta fin de siglo.

La palabra Renacimiento (Rinascimento en italiano) tiene un significado explícito , que representa el renovado interés del período en la cultura de la antigüedad clásica, luego de lo que allí mismo se etiquetó como la "edad oscura". Estos cambios, aunque significativos, estuvieron concentrados en las clases altas, y para la gran mayoría de la población la vida cambió poco en relación a la Edad Media.

El renacimiento italiano comenzó en Toscana, con epicentro en las ciudades de Florencia y Siena. Luego tuvo un importante impacto en Roma, que fue ornamentada con algunos edificios en el estilo antiguo, y después fuertemente reconstruida por los Papas del siglo XVI. La cumbre del movimiento se dio a fines del siglo XV, mientras los invasores extranjeros sumían a la región en el caos. Sin embargo, las ideas e ideales del renacimiento se difundieron por el resto de Europa, posibilitando el Renacimiento nórdico, centrado en Fontainebleau y Amberes, y el renacimiento inglés.

El renacimiento italiano es bien conocido por sus logros culturales. Esto incluye creaciones literarias con escritores como Petrarca, Castiglione, y Maquiavelo, obras de arte de Miguel Angel y Leonardo da Vinci, y grandes obras de arquitectura, como la Iglesia de Santa María del Fiore en Florencia y la Basílica de San Pedro en Roma.

Políticamente fue un periodo de constantes luchas por el poder, cambios dinásticos, guerras e invasiones extranjeras.

En 1492 ascendió al trono papal el cardenal de origen español Rodrigo Borgia, que tomaría el nombre de Alejandro VI. Su gobierno pronto se hizo famoso por su nepotismo y su legendaria falta de moral. El nuevo Papa era partidario de una recuperación del poder político en Italia por la Iglesia, lo que lo llevó a establecer múltiples y cambiantes alianzas con sus vecinos.

La situación política seguía marcada por el deseo francés de extenderse hacia el sur. Tras haberse opuesto a los intentos franceses de intervenir en Italia en Génova, Milán o Nápoles, y ser derrotada su política por las incursiones de Carlos VIII de Francia en el norte de Italia con el apoyo de Milán, el Papa se coaligó con Venecia, los Reyes Católicos y el el Emperador contra los franceses. Sin embargo, la muerte del rey francés en 1498, siendo sustituido por su primo Luis XII, le permitió cambiar de bando. Así, emitió una bula que permitía el nuevo matrimonio del rey con la mujer de su predecesor a cambio de su apoyo.

El nuevo rey, emparentado con los Visconti, antiguos duques de Milán, reclamó exitosamente el Ducado de Milán que había sido ocupado por los Sforza. Con sus tropas, el hijo del Papa y capitán de los ejércitos pontificios, César Borgia, conquistó una tras otra las ciudades de la Romaña, que se convirtió en su señorío particular como representante del Papado.

Entre tanto, un pacto en Granada había repartido el Reino de Nápoles entre Francia y España, pero discrepancias posteriores desembocaron en una guerra en la que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán expulsó del país a los franceses.

En 1503, mientras la situación se complicaba, el Papa murió, siendo elegido como sucesor el cardenal francés Della Rovere, con el nombre de Julio II, enemigo de los predecesores. El papado pronto perdió lo conquistado en el centro de Italia, mientras que el choque entre Francia y España se hacía inminente.

Los constantes cambios de bando hicieron que el nuevo Papa se aliara sucesivamente con franceses y españoles contra Venecia, con venecianos y españoles contra Francia logrando recuperar parte de lo perdido para a su vez perderlo con su muerte. El paso del tiempo trajo el relevo generacional y Francisco I se convirtió en rey de Francia y Carlos I en rey de España.

La guerra se convirtió entonces en un gran conflicto internacional, con repercusiones en Borgoña, el sur de Francia, las Islas Británicas o los Países Bajos. Se libraron numerosas guerras con batallas destacadas como Cerisoles o Bicoca y episodios como el Saco de Roma.

Florencia no había intervenido especialmente en las luchas de poder por la península, pero influidas por ellas había sufrido sus propias convulsiones. La República Florentina había pasado a estar controlada por la patriarca de la familia Médici, principal casa de comerciantes de la localidad. Tras la muerte de Lorenzo de Médici en 1492, quien había llevado a la ciudad al esplendor cultural y económico que le ganó el sobrenombre de il Magnífico, la ciudad cayó en manos del predicador y monje Savonarola, fanático religioso y defensor de una reforma eclesiástica. Esto condujo a una temporada de disturbios famosos por sus hogueras de vanidades en las que se quemaron numerosas obras de arte.

El enfrentamiento con el papa Alejandro VI les llevó a excomulgarse mutuamente, lo que terminó significando el arresto y, tras la muerte de su defensor Carlos VIII de Francia, la ejecución en la hoguera del monje con la consiguiente restauración de la preeminencia de los Médici, liderados por el hijo de Lorenzo, Piero de Médici. Sin embargo este careció de la diplomacia de su padre, labrándose numerosos enemigos entre los defensores del gobierno republicano, que terminaron expulsándole. Dedicó desde entonces su vida a intentar recobrar el poder, infructuosamente.

Esta República se vio marcada por las guerras contra Pisa, Arezzo y otras ciudades de la Toscana que intentaron aprovechar estas disputas para minar la supremacía florentina en la región. La ascensión en 1513 de uno de los hijos de Lorenzo como Papa, bajo el nombre de León X, fue determinante para el retorno de la familia a la preeminencia en la ciudad. Tras un interregno en el que volvieron a perder el poder tras la muerte del Papa, se reestablecieron con la elección del también Médici Clemente VII. Las posteriores alianzas con el Papado y el Imperio de Carlos V de Alemania reforzaron su dominio y lo convirtieron en un señorío hereditario a partir de Cosme I, al principio duque de Florencia y, tras unificar el resto de ciudades de la región en 1537, Gran Duque de Toscana.

Carlos V acabó abdicando en su hijo, Felipe II, que heredó las numerosas posesiones de su padre, incluyendo Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Presidios de la Toscana y Milán. Aunque el rey se estableció en España, designó virreyes para los antiguos reinos aragoneses y un gobernador para Milán que gestionaran la administración de las provincias italianas.

Las numerosas guerras que encaró la monarquía hispánica también tuvieron su efecto en Italia. Aunque como parte de la Corona de Aragón se libró de soportar la parte más dura del esfuerzo bélico (que llevó a un endeudamiento soportado gracias a los banqueros genoveses), pasó a ser parte del camino español, la ruta por la que los soldados españoles marchaban a los campos de batalla de los Países Bajos y Alemania. Asimismo, la actividad pirata de turcos y berberiscos asoló las costas del golfo de Tarento y Sicilia. La contribución italiana, no ya napolitana y siciliana sino incluso de aliados venecianos, genoveses, florentinos y romanos, fue constante en las guerras contra el Imperio Otomano, como en el Sitio de Malta o la Batalla de Lepanto.

Su hijo y sucesor, Felipe III centró su política italiana en el asunto de la Valtelina, los valles del norte de Milán que comunicaban con Suiza y Alemania. El territorio, históricamente disputado entre Milán y los grisones, fue ocupado por los españoles sólo para ser expulsados de nuevo por los protestantes suizos con el polémico apoyo francés del Cardenal Richelieu. También bajo su reinado, los recelos de Saboya y Venecia al poder español en Italia explotaron en la llamada Conjuración de Venecia, que supuso la persecución de los pro-españoles.

La España de su sucesor Felipe IV, ya en franca decadencia, vio sus últimos logros con la Guerra de Sucesión de Mantua, donde, habiendo muerto sin sucesión el último Duque de Mantua, Francia defendió a un candidato a la sucesión contra Saboya y España. La guerra permitió a Felipe anexionarse el territorio, aunque la Guerra de los Treinta Años distrajo su atención de Italia. Las revoluciones de la década de 1640, en plena decadencia marcada por Rocroi y los Pirineos, supusieron una sublevación de carácter nacionalista y antiespañol en el Reino de Nápoles así como en Sicilia.

El reinado del último Habsburgo, Carlos II de España, no trajo grandes cambios en la vida política italiana, aunque el problema sucesorio que plantó su testamento, en favor de un pariente francés generó una Guerra de Sucesión que implico a prácticamente toda Europa occidental. Mientras en la península ibérica los acontecimientos favorables a uno y otro bando se alternaban, el Duque de Saboya y Austria tomaron las posesiones españolas en Italia. La victoria final de Felipe V llevó a la Paz de Utrecht, que supuso el fin de la presencia española en Italia.

Tras la Guerra de Sucesión Española en 1714, las posesiones del Imperio Español fuera de la Península Ibérica, entre ellas el dominio de Milán, Nápoles y Cerdeña, pasaron a la otra rama de la familia Habsburgo, emperadores de Alemania y señores de Austria. La Casa de Saboya, por su apoyo en la guerra recibió el título de rey y la isla de Sicilia, que sin embargo intercambiaron posteriormente por Cerdeña, dando origen al Reino de Cerdeña o del Piamonte.

En 1717 hubo un intento español de recobrar las posesiones italianas perdidas que tomó Sicilia y Cerdeña, pero una coalición de Austria, Francia, Gran Bretaña y Holanda derrotó a los españoles en la batalla de Cabo Pessaro. El acuerdo final de paz, logrado gracias a los Pactos de Familia dio la corona del Reino de las Dos Sicilias a una rama menor de la nueva dinastía española, los Borbón-Dos Sicilias.

La dinastía de los Habsburgo-Lorena, rama de la familia gobernante en Austria que también alcanzó el trono imperial, logró adquirir a partir de Leopoldo II de Austria el título de Gran Duque de Toscana, lo que supuso el dominio indirecto de la Habsburgo también en el centro de Italia. La principal potencia en Italia fue a partir de entonces Austria, que pronto se ganó la oposición del naciente nacionalismo italiano.

Tras la Revolución Francesa de 1789 Italia no se convirtió en un gran campo de batalla, aunque hubo enfrentamientos con Saboya cuando los franceses trataron de ocupar las tierras situadas más allá de los Alpes (Niza y el condado de Saboya). La cosa se complicó dado que el Imperio Austríaco, enemigo de los revolucionarios, dominaba buena parte del país. Por ello, se encomendó en 1796 al joven general Napoleón Bonaparte que realizara una maniobra de distracción contra los intereses austríacos en el sur, mientras que las principales fuerzas atacaban por el Norte.

Sorprendentemente, fue el débil ejército de Italia el que en batallas como Lodi y Dego obtuvo la victoria mientras el ejército del Rhin se quedaba estancado. Napoleón puso fin al dominio austríaco de Italia, que dividió en repúblicas afines a Francia como la República Ligur, la República Cisalpina, y la República Partenopea mientras conquistaba la gloria militar y escalaba puestos en su ascenso al poder. Tras sufrir repetidas derrotas, los austríacos firmaron en 1797 el tratado de Campoformio con el que Austria se rendía a Francia y le reconocía sus conquistas, incluidas Lombardía, a cambio de Venecia. El fracaso de la siguiente expedición de Napoleón en Egipto dio la oportunidad a Austria de volver a intervenir en Italia, pero la derrota en la Batalla de Marengo supuso la definitiva renuncia a Italia, que desde entonces fue uno de los territorios más firmemente controlados por Napoleón.

Las diversas repúblicas se convertirían en la República de Italia, cuyo presidente fue Napoleón y que se convertirían en el Reino de Italia. Nápoles fue conquistada, y el Reino de Nápoles entregado a José Bonaparte, primero, y a Murat posteriormente. Los Estados Pontificios fueron anexionados a Francia en 1804, ante la poca cooperación del Papa.

Durante el posterior transcurso de las Guerras Napoleónicas Italia estaría controlada por los franceses hasta los últimos momentos. El Congreso de Viena de 1815 marcaría la restauración del sistema político previo.

La Europa posterior al Congreso de Viena estuvo marcado por un desarrollo del nacionalismo vinculado al romanticismo, una intensa actividad revolucionaria de carácter liberal y, a partir del conflicto social de la Revolución Industrial, por el movimiento obrero. Italia no fue ajena a estas luchas, que tuvieron su foco en el deseo de unir a las distintas regiones de habla y cultura italiana en un mismo país.

El Reino del Piamonte fue el protagonista de este proceso. El conde de Cavour, primer ministro, conquistó con apoyo francés Lombardía en 1859. Parma y Módena se unieron a Piamonte después de que se hiciera un referéndum y junto con ellas se unió Toscana. Posteriormente Giuseppe Garibaldi conquistaría el Reino de las Dos Sicilias.

El 17 de marzo de 1861, el rey del Piamonte, Víctor Manuel II era coronado Rey de Italia. En 1866, aprovechando que Alemania entraba en guerra con Austria los italianos también les declararon la guerra y al concluir esta se anexionaron el Véneto. Por último, en 1870, y aprovechando que Alemania le había declarado la guerra a Francia y que ésta tuvo que llamar a todas las tropas que defendían Roma de una posible invasión italiana, Victor Manuel invadió los Estados Pontificios y declaró a Roma la capital de Italia, lo que generó un conflicto entre Iglesia y Estado que no se resolvería hasta 1929 con la creación del Vaticano.

El nacionalismo italiano siguió manteniendo sin embargo sus reclamaciones sobre regiones que ellos consideraban italianas, pero que permanecían en manos extranjeras, a las que calificaban de Italia Irredenta. Esto incluía varias ciudades y comarcas en la frontera con Austria y Croacia, a las que los sectores más extremistas añadían Niza y Saboya, Malta, Córcega y la región italoparlante de Suiza.

Desde 1861 hasta 1922, Italia fue una monarquía constitucional con un parlamento elegido mediante sufragio censitario hasta 1913 cuando se instauró el sufragio universal masculino. Fue llamado Statuto Albertino, y permaneció sin cambios desde que Carlo Alberto lo concedió en 1848 incluso a pesar de los amplios poderes concedidos al rey (como, por ejemplo, nombrar a los senadores).

El nuevo estado sufría varios problemas tanto por la pobreza general y el analfabetismo como de las profundas diferencias culturales (no había un lenguaje común) entre varias partes: incluso hubo revueltas por el retorno a las antiguas leyes.

En política exterior, Italia fue mientras tanto excluida del reparto colonial de África en la Conferencia de Berlín. Logra sin embargo establecer algunas posiciones en Eritrea y Somalia cuando la empresa italiana de navegación Rubattino compra la Bahía de Assab, que el gobierno comprará el 10 de marzo de 1882. Poco a poco las fuerzas italianas van conquistando la costa entera hasta ocupar la ciudad portuaria de Massawa en el 5 de febrero de 1885. El 1 de enero de 1890 se declara Eritrea colonia italiana. La expansión no logra avanzar mucho más, fracasando en su intento de conquistar Etiopía, que liderada por Menelik II los expulsó en la batalla de Adua.

La política nacionalista del Reino de Italia estubo centrada a finales del XIX siglo alrededor de las "Tierras italianas irredentas", especialmente en el mar Adriático. Los territorios de Trieste, Istria, Dalmacia, poblados mayoritariamente por Italianos, fueron objeto de muchas reinvindicaciones políticas por parte del Irredentismo italiano y terminaron por llevar a Italia a la primera guerra mundial en contra del Imperio austriaco.

Las agitaciones en los Balcanes permitió a Italia para ocupar las Islas del Dodecaneso y la actual Libia ante la debilidad del Imperio Otomano. Mientras el ambiente internacional se iba enrareciendo, Italia se acercó al bloque alemán, debido a los conflictos coloniales con Francia, que en su expansión por Argelia y Túnez amenazaba la posibilidad de extenderse por el norte de África de Italia.

Sin embargo, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Italia permaneció neutral, ya que la Triple Alianza sólo tenía intereses defensivos, y el Imperio Austrohúngaro era el que comenzaba la guerra. Sin embargo, ambos bandos trataron de acercar a Italia a su lado, y en el 15 de abril de 1915 el gobierno italiano se unió al Pacto de Londres al declarar la guerra a Austria a cambio de varios territorios (Trento, Trieste, Istria, Dalmacia). En octubre de 1917, los austríacos, que habían recibido refuerzos alemanes, rompieron las líneas italianas en Caporetto, pero los italianos, ayudados por los aliados, pararon su avance en el río Piave, no lejos de Venecia. Después de otro año de guerra de trincheras y una triunfal ofensiva italiana, la exhausta Austria se rendía a los aliados el 4 de noviembre de 1918, siendo pronto seguida por Alemania.

En la posguerra, Italia recibió los territorios prometidos en el acuerdo de 1915 excepto Dalmacia, que pasó al recién formado reino de Yugoslavia. Italia prosiguió su expansión por el Adriático, bombardeando y ocupando Corfú en 1923 como respuesta al asesinato de un diplomático italiano, y anexionándose la ciudad de Fiume (hoy Rijeka) en 1924 que había sido declarada libre.

Algunos trabajadores italianos, inspirados en la Revolución Rusa, causaron miedo al gobierno, lo que produjo la aparición de un pequeño partido fascista, liderado por Benito Mussolini (un antiguo socialista convertido en nacionalista), cuya violenta reacción a las huelgas fue mucho más apreciada que la tibia reacción del gobierno. Después de varios años de incidentes, en octubre de 1922, los fascistas emprendieron una marcha sobre Roma ("Marcia su Roma"). Los fascistas eran un número reducido, pero el rey dio orden al ejército de no intervenir, y formó una alianza con Mussolini, convenciendo al partido liberal de aprobar el gobierno liderado por los fascistas. Durante los años siguientes, Mussolini (al que se apodó el "Duce", el líder) suprimió todos los partidos políticos, y limitó las libertades para "prevenir revoluciones".

En 1929 Mussolini pactó con la Iglesia Católica, con la que Italia había estado en conflicto desde la anexión de los Estados Pontificios en 1870, permitiendo la formación del estado del Vaticano y obteniendo de la Iglesia el reconocimiento de la unidad de Italia. Inicialmente mantenía buenas relaciones con Francia y Gran Bretaña pero en 1935-1936 la situación cambio por la invasión italiana de Etiopía y por las afinidades ideológicas entre el partido fascista italiano de Musssolini y el nacionalsocialista (nazi) alemán de Adolf Hitler.

Cuando Alemania se anexionó Austria e invadió Checoslovaquia, Italia vio la oportunidad de convertirse en un miembro del eje. Después de que Hitler invadiera Checoslovaquia sin avisar a Mussolini, este decidó anexionarse Albania. El rey italiano Víctor Manuel III, se opuso al plan, por ser excesivamente arriesgado.

El régimen fascista trató de ampliar su imperio colonial, retomando la conquista de Etiopía, que, tratando de evitar las reivindicaciones italianas, firmó acuerdos comerciales con Japón y Estados Unidos para buscarse su favor. En la noche del 2 al 3 de octubre de 1935, tropas italianas procedentes de Eritrea invadieron Etiopía. La capital, Addis Abeba, fue tomada por los italianos el 5 de mayo de 1936. Italia se anexionó formalmente Etiopía el 9 de mayo de 1936. El emperador tuvo que exiliarse en Gran Bretaña y la Sociedad de Naciones no resolvió el conflicto en favor de los intereses etíopes a pesar de las reclamaciones de Francia y el Reino Unido.

A pesar de ello, Roma dio un ultimátum a Tirana el 25 de marzo de 1939, exigiendo la aceptación de la ocupación italiana. El rey, Zog, rechazó aceptar dinero en compensación por la colonización de su país, y en el 7 de abril de ese mismo año, las tropas de Mussolini invadieron Albania. Tras una breve resistencia, especialmente intensa en Durrës, los italianos resultaron vencedores.

El rey Zog, su mujer, Geraldine Apponyi, y su hijo Leka huyeron a Grecia y, posteriormente, a Londres. El 12 de abril, el parlamento albanés votó a favor de unificar el país con Italia. Victor Manuel III tomó la corona albanesa, y los italianos establecieron un régimen fascista bajo Shefqet Verlaci, cuyos servicios militares y políticos dependían de Italia.

Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Italia permaneció neutral (con el consentimiento de Hitler), pero declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña el 10 de junio de 1940, cuando Francia se veía derrotada. Mussolini creyó que Gran Bretaña pediría la paz, lo que resultó un error de cálculo.

Después de que el ejército alemán invadiera Polonia, Francia y Dinamarca, Mussolini decidió usar Albania como cabeza de puente para invadir Grecia. Las fuerzas italianas desembarcaron el 28 de octubre de 1940 y en un encuentro entre ambos dictadores, Mussolini sorprendió a Hitler con el anuncio de la invasión. Mussolini contaba con una rápida victoria, pero la resistencia griega fue superior a la esperada, rechazando el ataque italiano, y contratacando en Albania. Los griegos tomaron Korçë y Gjirokastër y amenazaron Vlorë.

El miedo a caer bajo el dominio griego evitó la cooperación entre los albaneses y las fuerzas griegas, y las tropas de Mussolini se reagruparon en Albania Central. Incómodo ante esta situación en los Balcanes, Hitler intervino el 6 de abril de 1941, en coalición con Bulgaria y Hungría contra Grecia y Yugoslavia. Un mes más tarde la Albania dominada por Italia se había visto engrandecida con el territorio de Kosovo. Irónicamente, el nacionalismo albanés consiguió sus metas bajo dominio extranjero.

El 22 de mayo se firmó el Pacto de Acero, que consolidó la alianza entre las dos dictaduras. Con la sola excepción de la armada, las fuerzas italianas colaboraron con las alemanas en Grecia y el norte de África. Desde la primavera de 1941 hasta noviembre de 1942 la Italia de Mussolini consiguió extender su control a toda el area central del Mediterráneo (Mare Nostrum Italiano).

Tras la fallida invasión de la URSS (1941-42) y la entrada de los Estados Unidos en la guerra (1941) la situación del Eje se deterioró. En mayo de 1943 el mariscal Bernard Montgomery derrotó definitivamente a las Afrika Korps en el norte de África y en julio tropas aliadas invadieron Sicilia. El rey Victor Emmanuel III mandó arrestar a Mussolini y nombró al mariscal Badoglio primer ministro. Entre tanto, las tropas coloniales británicas habían logrado que Haile Selassie recuperara el trono etíope.

El nuevo gobierno continuó oficialmente como aliado del eje, pero comenzó a negociar la paz con los aliados lo que no gustó a Hitler que envió tropas a Italia con el pretexto de luchar contra la invasión aliada. El 8 de septiembre de 1943 el nuevo gobierno declaró un armisticio con los aliados, sin declarar la guerra a Alemania, lo que dejó desorientado al ejército. Badoglio y la familia real se desplazaron entonces a la zona controlada por los aliados. En la subsiguiente confusión el ejército italiano fue barrido por los alemanes (excepto en Roma y en la isla griega de Cefalonia), quedando las tropas de Hitler como dueñas del norte de Italia que, tras la liberación de Mussolini, se convertiría en la República Social Italiana. Con la ocupación alemana surgió un movimiento de oposición armada (la llamada Resistencia partisana) que aglutinó a los opositores al fascismo y al nazismo. A través de una guerra de guerrillas los partisanos contribuyeron a desestabilizar el poder de los alemanes y del gobierno de Mussolini.

Mientras los aliados empujaban lentamente a las tropas alemanas al norte (Roma cayó en junio de 1944 y Milán en abril de 1945) la monarquía finalmente declaró la guerra a Alemania. La liberación italiana se concretó en abril de 1945.

En el referéndum de 1946, se selló el fin de la monarquía, desprestigiada por su implicación en la Segunda Guerra Mundial y la dictadura fascista, y el comienzo de la república, entrando en vigor una nueva constitución en 1948.

En 1949 Italia se adhirió a la Organización del Tratado del Atlántico Norte y en 1955 se unió a las Naciones Unidas. Ese mismo año, se fundó la Comunidad Económica Europea, antecesora de la Unión Europea, de la que Italia fue miembro fundador. Italia ha participado de los avances en pro de una política comunitaria, con participación en eventos como la creación del Euro (1999).

Durante la década de los años 70 Italia sufrió una crisis social llamada posteriormente como los anni di piombo (años de plomo), en donde la insatisfaccion por la situación política-institucional caótica (gobiernos que duraban apenas unos pocos días), se tradujo en un principio en violencia callejera y sucesivamente en lucha armada, perpetuada por grupos organizados que usaron al terrorismo como arma con el objetivo de crear las condiciones para influenciar o derrocar el orden institucional y político italianos. Estas turbulencias legaron a su apogeo en 1978 con el asesinato del líder cristianodemócrata Aldo Moro por las Brigadas Rojas. La intervención de los servicios secretos italianos, a los que se les considera responsables de una estrategia "de tensión" que agravó la crisis detuvieron a miles de activistas de extrema-izquierda.

Se vio asimismo salpicada por escándalos judiciales. Es conocida la lucha contra la mafia, que saltó a la fama con el asesinato del juez Giovanni Falcone (1992). El ex prrimer ministro Giulio Andreotti fue acusado de ser un padrino político de la mafia. También fue un escándalo el reconocimiento oficial de la existencia de la Operación Gladio. En 1992 los jueces del Tribunal de Milan, el más famoso Antonio Di Pietro, empezaron muchos procesos, conocidos como Operación Manos Limpias, contra partidos políticos descubriendo una corrupción enorme. La mayoría de los diputados del Parlamento fueron involucrados.

En 1994 aprovechando de la crisis de los partidos tradicionales, Silvio Berlusconi empresario mediático y propietario de tres cadenas de televisión privadas fundó un nuevo partido Forza Italia que ganó las elecciones , al que desde entonces se ha acusado de controlar los medios públicos así como de monopolizar las televisiones privadas en su favor. Berlusconi gobernó en coalición, con el apoyo de Liga Norte y otros partidos conservadores o neofascistas por sólo ocho meses. En 1996 ganó las elecciones una coalición de centro izquierda, el Olivo, siendo el nuevo primer ministro Romano Prodi. Las tensiones internas en la coalición de izquierdas permitieron en 2001 a Silvio Berlusconi recuperar el poder. Bajo su segundo gobierno, Italia fue miembro de la alianza que participó en la lucha antiterrorista de Estados Unidos, en Afganistán e Iraq, países en los que aún mantiene tropas.

El 9 y 10 de abril de 2006, en elecciones generales, la coalición de Berlusconi fue derrotada por la centroizquierdista alianza L´Unione, que postulaba al ex presidente de la Comisión Europea y ex primer ministro Romano Prodi, por un estrecho margen, que le llevó a depender de los senadores vitalicios en el senado. Este nuevo gobierno comenzó un proceso de reformas para modernizar el país, pero tuvo que encarar numerosas crisis por la fragilidad de la coalición, como en la elección de los presidentes del Congreso y Senado, que dividió a la coalición, o la pérdida de una moción de confianza sobre la política exterior, que se ganó la oposición de los comunistas.

El 25 y 26 de junio de 2006 los italianos rechazaron en un referéndum la propuesta del ex primer ministro Berlusconi para dar más poderes al jefe de gobierno y dar los primeros pasos al federalismo. Los resultados fueron una victoria política para Romano Prodi. Sin embargo, varias polémicas en torno a un caso de espionaje móvil o controversias sobre cambios en la dirección de la Guardia de Finanzas han seguido poniendo en jaque.

En abril de 2008 Silvio Berlusconi gana las elecciones y es nombrado primer ministro.

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