Imperio Romano

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Publicado por grag 31/03/2009 @ 19:09

Tags : imperio romano, historia, ciencia

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Imperio romano

Expansión del Imperio Romano en 218 (rojo), 89 (rosa), 44 a.C. (naranja), 14 (amarillo), y 117 (verde).

El Imperio romano fue una etapa de la civilización romana en la Antigüedad clásica caracterizada por una forma de gobierno autocrática. El nacimiento del imperio viene precedido por la expansión de su capital, Roma, que extendió su control en torno al Mar Mediterráneo. Bajo la etapa imperial los dominios de Roma siguieron aumentando, llegando a su máxima extensión durante el reinado de Trajano, abarcando desde el Océano Atlántico al oeste hasta las orillas del Mar Negro, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia al norte. Su superficie máxima estimada sería de unos 6,14 millones de km².

El término es la traducción de la expresión latina Imperium Romanum, que no significa otra cosa que el dominio de Roma sobre dicho territorio. Polibio fue uno de los primeros cronistas en documentar la expansión de Roma aún como República. Durante casi tres siglos antes de César Augusto, Roma había adquirido numerosos dominios en forma de provincias directamente bajo administración senatorial o bajo gestión consular, y también mediante pactos de adhesión como protectorados de estados aliados. Su principal competidora en aquella época fue la ciudad púnica de Cartago cuya expansión rivalizaba con la de Roma y por ello fue la primera gran víctima de la República. Las Guerras Púnicas obligaron a Roma a salir de sus fronteras naturales, la península Itálica, y poco a poco adquirió nuevos dominios que debía administrar, como Sicilia, Cerdeña, Córcega, Hispania, Iliria, etc.

Los dominios de Roma se hicieron tan extensos que pronto fueron difícilmente gobernables por un Senado incapaz de moverse de la capital ni de tomar decisiones con rapidez. Asimismo, un ejército creciente reveló la importancia que tenía poseer la autoridad sobre las tropas, de cara a obtener réditos políticos. Así fue como surgieron personajes ambiciosos cuyo objetivo principal fue el poder. Este fue el caso de Julio César, quien no sólo amplió los dominios de Roma conquistando la Galia, sino que desafió por vez primera la autoridad del Senado romano.

El Imperio Romano como sistema político surgió tras las guerras civiles que siguieron a la muerte de Julio César, en los momentos finales de la República romana. Él fue, de hecho, el primer hombre que se alzó como mandatario absoluto en Roma, haciéndose nombrar Dictator (dictador). Tal osadía no agradó a los miembros del Senado romano, que conspiraron contra él asesinándole durante los Idus de marzo en las mismas escalinatas del Senado, restableciendo así la república, pero su retorno sería efímero. El precedente no pasó desapercibido para el joven hijo adoptivo de César, Octavio Augusto, quien sería enviado años más tarde a combatir contra la ambiciosa alianza de Marco Antonio y Cleopatra.

A su regreso victorioso, la implantación del sistema político imperial sobre un imperio territorial que de hecho ya existía, resulta inevitable, aun manteniendo las formas republicanas. Augusto aseguró el poder imperial con importantes reformas y una unidad política y cultural (civilización grecorromana) centrada en los países mediterráneos, que mantendrían su vigencia hasta la llegada de Diocleciano, quien trató de salvar un imperio que caía hacia el abismo. Fue éste último quien, por primera vez, dividió el imperio para facilitar su gestión. El imperio se volvió a unir y a separar en diversas ocasiones siguiendo el ritmo de guerras civiles, usurpadores y repartos entre herederos al trono hasta que, a la muerte de Teodosio I el Grande, quedó definitivamente dividido.

Finalmente en 476 el hérulo Odoacro depuso al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo. El senado envía las insignias a Constantinopla, la capital de Oriente, formalizándose así la capitulación del imperio de Occidente. El imperio oriental proseguiría varios siglos más bajo el nombre de Imperio Bizantino, hasta que en 1453 Constantinopla cayó bajo el poder otomano.

El legado de Roma fue inmenso, tanto es así que varios fueron los intentos de restauración del imperio, al menos en su denominación. Destaca el intento de Justiniano I, por medio de sus generales Narsés y Belisario, el de Carlomagno así como el del propio Sacro Imperio Romano Germánico, pero ninguno llegó jamás a reunificar todos los territorios del Mediterráneo como una vez lograra la Roma de tiempos clásicos.

Con el colapso del Imperio de Occidente finaliza oficialmente la Edad Antigua dando inicio la Edad Media.

Con la victoria de Octavio sobre Marco Antonio, la República se anexionó de facto las ricas tierras de Egipto, aunque la nueva posesión no fue incluida dentro del sistema regular de gobierno de las provincias, ya que fue convertida en una propiedad personal del emperador, y como tal, legable a sus sucesores. A su regreso a Roma el poder de Octavio es enorme, tanto como lo es la influencia sobre sus legiones.

En el año 27 a. C. se estableció una ficción de normalidad política en Roma, otorgándosele a Augusto, por parte del Senado, el título de Imperator Caesar Augustus (emperador César Augusto). El título de emperador, que significa «vencedor en la batalla» le convertía en comandante de todos los ejércitos. Aseguró su poder manteniendo un frágil equilibrio entre la apariencia republicana y la realidad de una monarquía dinástica con aspecto constitucional (Principado), en cuanto compartía sus funciones con el Senado, pero de hecho el poder del princeps era completo. Por ello, formalmente nunca aceptó el poder absoluto aunque de hecho lo ejerció, asegurando su poder con varios puestos importantes de la república y manteniendo el comando sobre varias legiones. Tras su muerte Octaviano fue consagrado como hijo del Divus (divino) Julio César, lo cual le convertiría, a su muerte, en dios.

En el plano militar Augusto estabilizó las fronteras del Imperio Romano en lo que el consideraba debían ser sus límites máximos de extensión en el norte. El limes Elba-Danubio. Así mismo, finalizó la conquista de Hispania doblegando las últimas tribus del Norte de las montañas cantábricas: cántabros y astures, que permanecían aún al margen del control militar romano. Esta sangrienta lucha final sería conocida como las Guerras Cántabras. Tan difícil fue la tarea que Augusto se trasladó personalmente con toda su corte a la península ibérica estableciendo Tarraco como capital provisional imperial período éste en el cual la urbe experimentó un gran crecimiento urbanístico. Hacia el 17 a. C. Hispania al completo pasa a dominio romano quedando el territorio organizado en tres provincias: Lusitania, Tarraconensis y Baetica, además de la provincia Transduriana, que organizaba los territorios recién conquistados del Noroeste, y de cuya existencia tenemos noticia por un epígrafe, aparecido en El Bierzo, recientemente descubierto: el Edicto del Bierzo.

En el norte Augusto también obtuvo grandes victorias adquiriendo para el Imperio Germania Magna cuyos límites se extendían a lo largo del Río Elba. Pero esta situación no duraría mucho. Augusto confió la dirección de la provincia a un inexperto gobernador Publio Quintilio Varo. Su ineptitud y su poco entendimiento de las culturas locales, nada acostumbradas a plegarse frente a un conquistador incrementaron los recelos de los lugareños. Así fue como el 9 a. C. una rebelión protagonizada por Arminio aniquiló las tres legiones de Varo en una brutal emboscada conocida como la batalla del bosque de Teutoburgo. La reacción romana permitió evacuar no sin problemas el resto cuerpos militares acantonados en Germania. Augusto escandalizado ante el desastre militar exclamaría ¡Quintilio Varo devuélveme mis legiones!. Finalmente y, a pesar de los deseos iniciales de Augusto, las legiones se retiraron a defender el frente del Rin. Así el sistema de limes nórdico se mantendría estable hasta el colapso del Imperio en la menos firme frontera Rin-Danubio. Augusto recomendó a su sucesor Tiberio que no tratara de extender más allá sus fronteras.

Los sucesores de Augusto no demostraron ser especialmente dotados, evidenciando las debilidades de un sistema dinástico hereditario. Tiberio, Calígula y Nerón fueron especialmente despóticos, dejándose llevar incluso por los excesos de locura que pusieron a prueba la fortaleza del sistema consolidado bajo la sabia administración de Octavio.

Tan solo Claudio, emperador después de Calígula, fue la excepción. A pesar de su apariencia torpe, puesto que cojeaba, tenía un tic y era tartamudo, fue uno de los emperadores más competentes que tuvo Roma. Pero a Claudio le vencieron los amores, y todo hace pensar que murió envenenado a manos de su tercera esposa, Agripina quien puso a su hijo Nerón como sucesor. Nerón acabó rebelándose contra la ambición de su propia madre, mandándola matar. Sus locuras terminaron por ser su perdición, por lo que no resulta extraño que en el 68 perdiera el control de varias legiones, y ya sin apoyo alguno y con un Senado deseoso de nombrar a un sustituto, el emperador tuviera que acabar suicidándose.

El imperio entró en una breve anarquía, en la que en un mismo año (69) hubo cuatro emperadores romanos, conociéndose como el año de los cuatro emperadores. Tuvo que ser un general, Vespasiano, quien pusiera fin al caos. Su mandato se reveló positivo para el Imperio y salvo las rebeliones de Judea y Germania, que aplastó sin miramientos, pocos problemas graves tuvo que afrontar. La sucesión al trono así mismo parecía asegurada dado que tenía dos hijos Tito y Domiciano. Y es que la idea de un sistema imperial dinástico había calado fuerte en la sociedad romana con los Julio-Claudios, aunque hubiera proporcionado emperadores tan nefastos como Calígula o Nerón.

Sin embargo, las nueva línea dinástica no tardó en mostrar sus debilidades. Tito, con una brillante carrera militar en la guerra judía, y convertido en Prefecto del Pretorio por su padre, se enamoró de una princesa judía, que como esposa de emperador era absolutamente inaceptable para Roma y los romanos, y además empezó a manifestar caprichos que conducían a la tiranía. Por su parte, Domiciano, durante la guerra civil del 69, pese a su juventud, había intentado realizar su propia política personal al margen de su padre. Al inicio del reinado de Tito este hubo de enfrentarse a su escasa popularidad hasta la inauguración del Anfiteatro Flavio, el Coliseo. Tito apenas si tuvo tiempo de dejar impronta en el Imperio pues murió poco después dejando como único recuerdo la fastuosa inauguración de los mayores juegos conocidos hasta la fecha en el mayor anfiteatro construido por Roma. A su muerte le sucedió Domiciano quien resultó ser igual o peor que los déspotas que le habían precedido. Sus actuaciones en política exterior fueron desiguales; aplastó a los germanos, pero compró la paz con los dacios; en política interior, acosó al senado, a los cristianos, a su propia familia y acabó comportándose como un tirano paranoico temiendo conspiraciones por todas partes. Incluso se hizo llamar en palacio dominus et deus. De nuevo, el sistema se impuso por encima del tirano que fue asesinado en un complot contra él, en el que la Guardia Pretoriana, nuevamente tuvo un papel principal.

Con la muerte de Domiciano empieza la era más grande del imperio, el mayor periodo de estabilidad política y buena administración como nunca tuvo ni volvería a tener. Por primera vez al Senado Romano se le da la potestad de elegir sucesor y elige a Nerva el año 96.

Se inicia así el periodo de los Emperadores Antoninos conocidos como los cinco emperadores buenos ya que se suceden cinco emperadores consecutivos que resultan muy positivos en el gobierno de las extensas posesiones imperiales, así como en todas las campañas militares en las que participa Roma, resultando siempre triunfante en aplastantes victorias que llevan al Imperio al cenit de su extensión bajo el mandato de Trajano en el 117, el segundo de los cinco emperadores.

Nerva era un anciano perteneciente a la nobleza senatorial italiana y sería el último emperador italiano de familia y de nacimiento. Su mayor mérito fue elegir al mejor sucesor posible, Marco Ulpio Trajano. Trajano era un patricio afincado en la Bética y ascendió al trono en el 98 por recomendación de Nerva. Con él, el Imperio Romano consiguió su mayor extensión con las nuevas adquisiciones de la Dacia, Arabia, Mesopotamia, Asiria y Armenia. El imperio llegó a abarcar desde Gran Bretaña al Desierto del Sahara y desde la Península Ibérica al río Éufrates.

Con los llamados emperadores antoninos se instauró, por vez primera, la tradición de nombrar al sucesor más dotado sin priorizar la razón hereditaria. Adriano fue el afortunado sucesor de Trajano, quien se encargó de consolidar las conquistas de éste renunciando a los ambiciosos planes de conquista de su predecesor. Devolvió Mesopotamia a los partos y afianzó la Dacia y la Britania romanas, en esta última con la construcción del famoso muro de Adriano al que da nombre. Durante el reinado de los antoninos se volvió a tener en cuenta la voz del Senado como en tiempos de Augusto, obedeciendo sus recomendaciones en la mayoría de ocasiones sin que por ello mermase el poder de los emperadores en el desempeño de sus funciones. Bajo los sucesores de Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio, se produjeron ya los primeros ataques importantes sobre las fronteras romanas sobre todo por parte de los germanos, especialmente los cuados y marcomanos (ver Guerras Marcomanas) y los partos. Antonino avanzó varias guarniciones britanas a un nuevo frente en el que edificó el llamado Muro de Antonino esperando que los caledonios y pictos atrapados entre los dos muros aceptaran, poco a poco, romanizarse. Pero los pictos no dejaron de acosar a las guarniciones romanas, por lo que a la llegada de Marco Aurelio al trono se procedió al repliegue de todas las guarniciones hasta la más estable y segura frontera del muro de Adriano.

Durante esta época se producen también los primeros y únicos contactos directos entre Roma y China con el envío de una embajada romana a oriente a la que hacen referencia las crónicas chinas de la dinastía Han. El creciente contacto entre el lejano oriente y occidente, ya sea a través de la ruta de la seda o de las tribus de las estepas, facilita también el transporte de nuevas enfermedades que pronto empezarán a suponer un problema para Roma. Entre el 168 y el 180 la peste antonina azotará el Imperio con virulencia llegando a provocar en Roma picos de mortalidad de hasta 2.000 defunciones diarias. El propio Marco Aurelio perecerá finalmente víctima de la propia peste en medio de su campaña del Danubio contra los Marcomanos.

Por alguna razón que se desconoce, el emperador filósofo Marco Aurelio rompió la sabia tradición instaurada con Nerva y dio la sucesión a su propio hijo, Cómodo, esperando que este concluyera su ambiciosa operación de castigo con la que pretendía incorporar dos nuevas provincias al imperio, Marcomania y Sarmatia. Pero Cómodo, muy al contrario, ofreció rápidamente la paz a los germanos, quienes la aceptaron enseguida. Las fuerzas bárbaras estaban prácticamente agotadas por la presión romana, que los estaba llevando hasta el límite. Este fue un balón de oxígeno que años más tarde se revelaría como un grave error estratégico, habiéndose echado a perder una nueva oportunidad para acabar totalmente con la amenaza germana. Las Guerras Marcomanas finalizan pues abruptamente con la muerte de Marco Aurelio, no sin mostrar ante los bárbaros el mayor despliegue bélico y el mayor contingente militar listo para el combate desde tiempos de Augusto. Los germanos tardarían mucho tiempo en recuperarse y en volverse a desafiar a Roma.

Los emperadores antoninos que le precedieron no tuvieron nunca un sucesor directo disponible por lo que siempre se vieron obligados a adoptar a alguien para asegurar la estabilidad imperial tras su muerte. A pesar de todo siempre trataron de guardar el poder entre miembros de su familia o cercanos a ella siempre que fue posible.

Cómodo (180-192), de quien los historiadores dan un imagen de tirano y poco competente, se revela como nefasto y despreocupado de los problemas del pueblo y de las fronteras, ocupándose más por divertirse con los juegos, orgías y todo tipo de pasatiempos bélicos y obscenos. La situación de dejadez imperial agrava el malestar en la corte hasta que el emperador es finalmente asesinado.

Tras un breve periodo anárquico Septimio Severo, militar no perteneciente a la aristocracia romana, consigue establecer una nueva dinastía el año 193. Alejandro Severo es el último emperador de esta línea hereditaria, dando paso a la tercera anarquía (la primera fue el año de los cuatro emperadores y la segunda la que precedió a los Severos). A partir de ahora se suceden en el trono varios emperadores que llegan al poder gracias a haber subido en el escalafón militar por méritos sin ser necesariamente de procedencia noble. El primer emperador de esta nueva era es Maximino el Tracio, hijo de campesinos y procedente de una zona de la actual Bulgaria.

Tras el asesinato de Alejandro Severo, por sus tropas en el año 235, se inició una etapa de crisis.

Tanto en Italia como en las provincias irán surgiendo poderes efímeros sin fundamento legal, mientras que la vida económica se verá marcada por la incertidumbre de la producción, la dificultad de los transportes, la ruina de la moneda, etc.

A principio del siglo V, las tribus germánicas, empujadas hacia el Oeste por la presión de los pueblos hunos, procedentes de las estepas asiáticas, penetraron en el Imperio Romano. Las fronteras cedieron por falta de soldados que las defendiesen y el ejército no pudo impedir que Roma fuese saqueada por visigodos y vándalos. Cada uno de estos pueblos se instaló en una región del imperio, donde fundaron reinos independientes. Uno de los más importantes fue el que derivaría a la postre en el Sacro Imperio Romano Germánico.

El emperador de Roma ya no controlaba el Imperio, de tal manera que en el año 476, un jefe bárbaro, Odoacro, destituyó a Rómulo Augústulo, un niño de 15 años que fue el último emperador Romano de Occidente y envió las insignias imperiales a Zenón, emperador Romano de Oriente.

Las ciudades romanas eran el centro de la cultura, la política y la economía de la época. Base del sistema judicial, administrativo y fiscal eran también muy importantes para el comercio y a su vez albergaban diferentes acontecimientos culturales. Es importante destacar que Roma fue, a diferencia de otros, un imperio fundamentalmente urbano.

Las ciudades romanas estaban comunicadas por amplias calzadas que permitían el rápido desplazamiento de los ejércitos y las caravanas de mercaderes, así como los correos. Las ciudades nuevas se fundaban partiendo siempre de una estructura básica de red ortogonal con dos calles principales, el cardo y el decumano que se cruzaban en el centro económico y social de la ciudad, el foro alrededor del cual se erigían templos, monumentos y edificios públicos. También en él se disponían la mayoría de las tiendas y puestos comerciales convirtiendo el foro en punto de paso obligado para todo aquel que visitase la ciudad. Así mismo un cuidado sistema de alcantarillado garantizaba una buena salubridad e higiene de la ciudad romana.

Curiosamente, este riguroso ordenamiento urbanístico, ejemplo del orden romano, nunca se aplicó en la propia Roma, ciudad que surgió mucho antes que el imperio y que ya tenía una estructura un tanto desordenada. El advenimiento del auge del poder imperial motivó su rápido crecimiento con la llegada de multitud de nuevos inmigrantes a la ciudad en busca de fortuna. Roma nunca fue capaz de digerir bien su grandeza acentuándose más aún el caos y la desorganización. La capital construía hacia lo alto, el escaso espacio propició la especulación inmobiliaria y muchas veces se construyó mal y deprisa siendo frecuentes los derrumbes por bloques de pisos de mala calidad. Famosos eran también los atascos de carros en las intrincadas callejuelas romanas. La fortuna sin embargo quiso que la capital imperial se incendiara el año 64 dC, durante el mandato de Nerón. La reconstrucción de los diferentes barrios se realizó conforme a un plan maestro diseñado a base de calles rectas y anchas y grandes parques lo que permitió aumentar muchísimo las condiciones higiénicas de la ciudad.

Por lo demás toda ciudad romana trataba de gozar de las mismas comodidades que la capital y los emperadores gustosos favorecían la propagación del modo de vida romano sabedores de que era la mejor carta de romanización de las futuras generaciones acomodadas que jamás desearían volver al tiempo en que sus antepasados se rebelaban contra Roma. Por ello, allí donde fuera preciso se construían teatros, termas, anfiteatros y circos para el entretenimiento y el ocio de los ciudadanos. También muchas ciudades intelectuales gozaban de prestigiosas bibliotecas y centros de estudio, así fue en Atenas por ejemplo ciudad que siempre presumió de su presuntuosa condición de ser la cuna de la filosofía y el pensamiento racional.

Para traer agua desde todos los rincones se construían acueductos si era preciso, el agua llegaba a veces con tal presión que era necesario construir abundantes fuentes por todas partes lo que aun aumentaba más el encanto de dichas ciudades que aun construidas en tierras secas recibían la llegada de las bien planificadas canalizaciones romanas.

Las casas típicas eran las insulae (isla). Solían estar hechas de adobe normalmente de unos tres o cuatro pisos aunque en Roma o en otras ciudades de gran densidad se llegaban a construir verdaderos rascacielos cuya solidez muchas veces fue más que dudosa. La gente rica y de dinero, patricios de buena familia o ricos comerciantes plebeyos que habían hecho fortuna se alojaban en casa de una sola planta con patio interior (impluvium) recubierto de mosaicos llamadas domus.

En honor a las victorias se construían columnas, arcos de triunfo, estatuas ecuestres y placas conmemorativas que solían hacer siempre referencia al emperador reinante y sus gloriosas victorias conseguidas en pos de la salvaguarda de la pax romana de la que gozaban inconscientes los ciudadanos de la urbe. Era un motivo que se recordaba constantemente para dar sentido a la recaudación imperial, sin dinero no hay ejército, sin ejército no hay seguridad y sin seguridad no hay ciudades ni comercio. Algo que quedaría patente a finales del bajo imperio.

Con la llegada de la crisis del siglo tercero y, particularmente, ya en el tardío imperio cristiano la seguridad de la que disfrutaron durante tiempo las ciudades romanas había desaparecido. Y muchas de ellas, sobre todo las más fronterizas con los limes acechados por los pueblos germanos se vieron obligadas a amurallarse y recluirse en fortificaciones sacrificando calidad de vida por seguridad. Fue un paso hacia atrás que se materializaría con la desaparición del imperio de occidente, la ruralización, el fin de las actividades comerciales y el surgimiento de los castillos medievales.

La economía del Imperio Romano era la propia de un imperio esclavista: los esclavos trabajaban obviamente de forma gratuita, lo cual producía una enorme riqueza. Las diferentes ciudades y provincias estaban conectadas por una red de comunicaciones, vías y puertos, que fomentaban el comercio notablemente.

Aunque la vida se centraba en las ciudades, la mayoría de los habitantes vivían en el campo, donde cultivaban la tierra y cuidaban el ganado. Los cultivos más importantes eran el trigo, la viña y los olivos, también árboles frutales, hortalizas, legumbres y lino. Los romanos mejoraron las técnicas agrícolas introduciendo el arado romano, molinos más eficaces, como el grano, el prensado de aceite, técnicas de regadío y el uso de abono.

Desde el punto de vista económico, la base agrícola varía bastante según las zonas.

La sociedad romana se configura de dos clases sociales que tenían la ciudadanía romana: una aristocracia de propietarios (patricii, patricios) y una clase popular que luchaba por conseguir derechos (plebs, plebeyos). Como ya se ha dicho anteriormente, la economía estaba basada en el sistema de producción esclavista, donde la mayoría de los esclavos eran prisioneros de guerra. Existían mercados de esclavos donde se comerciaba con ellos como si fuesen simples mercancías.

La religión de los romanos era politeísta (adoraban un gran número de dioses). Los más venerados eran Júpiter, Minerva y Juno. En honor a ellos se construyeron templos y se ofrecieron sacrificios de animales. El emperador era adorado como un dios y en todo el Imperio se practicaba el culto imperial.

También veneraban, en casa, a los dioses protectores del hogar y de la familia; en cada casa había un altar dedicado a esos dioses. Además, los romanos eran muy supersticiosos y, antes de tomar una decisión consultaban la voluntad de los dioses, expresada por medio de los oráculos.

El calendario religioso romano reflejaba la hospitalidad de Roma ante los cultos y divinidades de los territorios conquistados. Originalmente eran pocas las festividades religiosas romanas. Algunas de las más antiguas sobrevivieron hasta el final del imperio pagano, preservando la memoria de la fertilidad y los ritos propiciatorios de un primitivo pueblo agrícola. A pesar de eso, se introdujeron nuevas fiestas que señalaron la asimilación de los nuevos dioses. Llegaron a incorporarse tantas fiestas que los días festivos eran más numerosos que los laborales. Las más importantes eran las fiestas lupercales, saturnales, equiria y de los juegos seculares.

Tiempo después, terminadas las persecuciones contra los cristianos, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio, con el emperador Constantino que toleró las dos religiones, ya que según la leyenda, antes de una gran batalla vio una cruz en el cielo, bajo la cual una inscripción decía «bajo éste símbolo vencerás». Al día siguiente grabó en los escudos de todos sus soldados la cruz y obtuvo una gran victoria, si bien sólo se bautizó unos días antes de su muerte. Algunas festividades cristianas que se celebran actualmente se basan en las festividades que ya se celebraban en tiempos romanos, sólo que cristianizadas para hacerlas compatibles con la nueva religión. Incluso, en países de cultura cristiana, se mantienen algunas completamente paganas como el carnaval.

Al principio



Imperio Romano de Oriente

Bandera

² El griego fue la lengua oficial del Imperio Bizantino desde el siglo VII sustituyendo al latín.

Imperio bizantino es el término historiográfico que se utiliza desde el siglo XVIII para hacer referencia al Imperio Romano de Oriente en la Edad Media. La capital de este imperio cristiano se encontraba en Constantinopla (actual Estambul), de cuyo nombre antiguo, Bizancio, tomó el término la erudición ilustrada.

En tanto que continuación de la parte oriental del Imperio Romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un proceso que se inició cuando el emperador Constantino trasladó la capital a la antigua Bizancio (que entonces rebautizó como Nueva Roma, y más tarde se denominaría Constantinopla); continuó con la escisión definitiva del Imperio en dos partes tras la muerte de Teodosio I, en 395, y la posterior desaparición, en 476, del Imperio Romano de Occidente; y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio, con cuyas reformas (sobre todo, la reorganización del ejército y la adopción del griego como lengua oficial), el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente.

A lo largo de su dilatada historia, el Imperio Bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, pese a lo cual continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. Tras una última recuperación de su pasado poder durante la época de la dinastía Comnena, en el siglo XII, el imperio comenzó una prolongada decadencia que culminó con la toma de Constantinopla y la conquista del resto de los territorios bajo dominio bizantino por los turcos, en el siglo XV.

Durante su milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo, y contribuyó a defender Europa Occidental de la expansión del Islam. Fue uno de principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y los costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.

«Imperio Bizantino» es un término moderno que hubiera resultado sumamente extraño a sus contemporáneos, que se consideraban a sí mismos romanos, y a su imperio el Imperio Romano. El nombre en griego original era Romania (Ρωμανία) o Basileía Romaíon (Βασιλεία Ρωμαίων; imperio de los romanos), traducción directa del nombre en latín, Imperium Romanorum. Era denominado "Imperio de los Griegos" por sus contemporáneos de Europa occidental (debido al predominio en él de la lengua, la cultura y la población griegas). En el mundo islámico fue conocido como روم‎ (Rûm, "tierra de los Romanos") y sus habitantes como rumis, calificativo que por extensión acabó aplicándose a los cristianos en general, y en especial a aquellos que se mantuvieron fieles a su religión en los territorios conquistados por la espada del Islam.

La expresión «Imperio Bizantino» (de Bizancio, antiguo nombre de Constantinopla) fue una creación del historiador alemán Hieronymus Wolf, quien en 1557 —un siglo después de la caída de Constantinopla— lo utilizó en su obra Corpus Historiae Byzantinae para designar este período de la historia en contraste con las culturas griega y romana de la Antigüedad clásica. El término no se hizo de uso frecuente hasta el siglo XVII, cuando fue popularizado por autores franceses, como Montesquieu.

El éxito del término puede guardar cierta relación con el histórico rechazo de Occidente a ver en el Imperio Bizantino al heredero legítimo de Roma, al menos desde que, en el siglo IX, Carlomagno y sus sucesores esgrimieron el documento apócrifo conocido como "Donación de Constantino" para proclamarse, con la connivencia del Papado, emperadores romanos. Desde esta época, en las tierras occidentales el título Imperator Romanorum (emperador de los romanos) quedó reservado a los soberanos del Sacro Imperio Romano Germánico, mientras que el emperador de Constantinopla era llamado, de manera un tanto despectiva, Imperator Graecorum (emperador de los griegos), y sus dominios, Imperium Graecorum, Graecia, Terra Graecorum o incluso Imperium Constantinopolitanus. Los emperadores de Constantinopla nunca aceptaron estos nombres. De hecho, los pobladores bizantinos se declaraban herederos del Imperio Romano y los emperadores de Constantinopla se enorgullecían de un linaje ininterrumpido desde Augusto.

El adjetivo «bizantino» adquirió después un sentido peyorativo, como sinónimo de «decadente», debido a la obra de historiadores como Edward Gibbon, William Lecky o el propio Arnold J. Toynbee, quienes, comparando la civilización bizantina con la Antigüedad clásica, vieron la historia del Imperio Bizantino como un prolongado período de decadencia. Influyó seguramente también en esta apreciación el punto de vista de los cruzados de los reinos de Europa occidental que visitaron el imperio desde finales del siglo XI.

La visión de los bizantinos como hombres sutiles y frívolos sobrevive en la expresión «discusión bizantina», en referencia a cualquier disputa apasionada sobre una cuestión intrascendente, seguramente basada en las interminables controversias teológicas sostenidas por los intelectuales bizantinos.

Bizancio puede ser definido como un imperio multiétnico que emergió como imperio cristiano y terminó sus más de 1.000 años de historia en 1453 como un estado griego ortodoxo, adquiriendo un carácter verdaderamente nacional.

Los bizantinos se identificaban a sí mismos como romanos, y continuaron usando el término cuando se convirtió en sinónimo de helenos. Prefirieron llamarse a sí mismos, en griego, romioi (es decir pueblo griego cristiano con ciudadanía romana), al tiempo que desarrollaban una conciencia nacional como residentes de Romania. El patriotismo se reflejaba en la literatura, particularmente en canciones y en poemas como el Akritias, en el que las poblaciones fronterizas (de combatientes llamados akritai) se enorgullecían de defender su país contra los invasores. Con el tiempo, el patriotismo se volvió local, porque no podía ya descansar en la protección de los ejércitos imperiales. Aun cuando los antiguos griegos no fueran cristianos, los bizantinos se enorgullecían de estos ancestros.

Aún en los siglos que siguieron a las conquistas árabes y lombardas del siglo VII y la consecuente reducción del Imperio a los Balcanes y Asia menor, donde residía una muy poderosa y superior población griega, continuó este carácter multiétnico. A pesar de todo, desde el siglo IX se agudizó el proceso de identificación con la antigua cultura griega.

A medida que avanzó la Edad Media pasaron de referirse a sí mismos como romioi, romanos, a helenoi (que tenía connotaciones paganas tanto como el de romios) o graekos ('griego'), término que fue usado frecuentemente por los Bizantinos (tanto como romioi) para su autoidentificación étnica, en especial en los últimos años del Imperio.

La disolución del estado bizantino en el siglo XV no deshizo inmediatamente la sociedad bizantina. Durante la ocupación otomana, los griegos continuaron identificándose como romanos y helenos, identificación que sobrevivió hasta principios del siglo XX y que aún persiste en la moderna Grecia.

Para asegurar el control del Imperio Romano y hacer más eficiente su administración, Diocleciano, a finales del siglo III, instituyó el régimen de gobierno conocido como tetrarquía. Esto es, dividió el imperio en dos partes, gobernadas por dos emperadores augustos, cada uno de los cuales llevaba asociado un "vice-emperador" y futuro heredero césar. Tras la abdicación de Diocleciano el sistema perdió su vigencia y se abrió un período de guerras civiles que no concluyó hasta el año 324, cuando Constantino I el Grande unificó ambas partes del Imperio.

Constantino reconstruyó la ciudad de Bizancio como nueva capital en 330. La llamó «Nueva Roma», pero se la conoció popularmente como Constantinopla ('La Ciudad de Constantino'). La nueva administración tuvo su centro en la ciudad, que gozaba de una envidiable situación estratégica y estaba situada en el nudo de las más importantes rutas comerciales del Mediterráneo oriental.

Constantino fue también el primer emperador en adoptar el cristianismo, religión que fue incrementando su influencia a lo largo del siglo IV y terminó por ser proclamada por el emperador Teodosio I, a finales de dicha centuria, religión oficial del Imperio.

A la muerte del emperador Teodosio I, en 395, el Imperio se dividió definitivamente: Flavio Honorio, su hijo mayor, heredó la mitad occidental, con capital en Roma, mientras que a su otro hijo, Arcadio, le correspondió la oriental, con capital en Constantinopla. Para la mayoría de los autores, es a partir de este momento cuando comienza propiamente la historia del Imperio Bizantino. Mientras que la historia del Imperio Romano de Occidente concluyó en 476, cuando fue depuesto el joven Rómulo Augústulo por el germano (del grupo hérulo) Odoacro, la historia del Imperio Bizantino se prolongará durante aún casi un milenio.

En tanto que el Imperio de Occidente se hundía de forma definitiva, los sucesores de Teodosio fueron capaces de conjurar las sucesivas invasiones de pueblos bárbaros que amenazaron el Imperio de Oriente. Los visigodos fueron desviados hacia Occidente por el emperador Arcadio (395-408). Su sucesor, Teodosio II (408-450) reforzó las murallas de Constantinopla, haciendo de ella una ciudad inexpugnable (de hecho, no sería conquistada por tropas extranjeras hasta 1204), y logró evitar la invasión de los hunos mediante el pago de tributos hasta que se disgregaron y dejaron de representar un peligro tras la muerte de Atila, en 453. Por su parte, Zenón (474-491) evitó la invasión del ostrogodo Teodorico, dirigiéndolo hacia Italia.

La unidad religiosa fue amenazada por las herejías que proliferaron en la mitad oriental del Imperio, y que pusieron de relieve la división en materia doctrinal entre las cuatro principales sedes orientales: Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría. Ya en 325, el Concilio de Nicea había condenado el arrianismo que negaba la divinidad de Cristo. En 431, el Concilio de Éfeso declaró herético el nestorianismo. La crisis más duradera, sin embargo, fue la causada por la herejía monofisita que afirmaba que Cristo sólo tenía una naturaleza, la divina. Aunque fue también condenada por el Concilio de Calcedonia, en 451, había ganado numerosos adeptos, sobre todo en Egipto y Siria, y todos los emperadores fracasaron en sus intentos de restablecer la unidad religiosa. En este período se inicia también la estrecha asociación entre la Iglesia y el Imperio: León I (457-474) fue el primer emperador coronado por el patriarca de Constantinopla.

A finales del siglo V, durante el reinado del emperador Anastasio I, el peligro que suponían las invasiones bárbaras parece definitivamente conjurado. Los pueblos germánicos, ya asentados en el desaparecido Imperio de Occidente, están demasiado ocupados consolidando sus respectivas monarquías como para interesarse por Bizancio.

Entre 533 y 534, tras sendas victorias en Ad Decimum y Tricamarum, un ejército al mando de Belisario conquistó el reino de los vándalos, en la antigua provincia romana de África y las islas del Mediterráneo Occidental (Cerdeña, Córcega y las Baleares). El territorio, una vez pacificado, fue gobernado por un funcionario denominado magister militum. En 535 Mundus ocupó Dalmacia Ese mismo año Belisario avanzó hacia Italia, llegando en 536 hasta Roma tras ocupar el sur de Italia. Tras una breve recuperación de los ostrogodos (541-551), un nuevo ejército bizantino, comandado esta vez por Narsés, anexionó de nuevo Italia al Imperio, creándose el exarcado de Rávena. En 552 los bizantinos intervinieron en disputas internas de la Hispania visigoda y anexionaron al Imperio extensos territorios del sur de la Península Ibérica, llamándola Provincia de Spania. La presencia bizantina en Hispania se prolongó hasta el año 620.

La época de Justiniano no sólo destaca por sus éxitos militares. Bajo su reinado, Bizancio vivió una época de esplendor cultural, a pesar de la clausura de la Academia de Atenas, destacando, entre otras muchas, las figuras de los poetas Nono de Panópolis y Pablo Silenciario, el historiador Procopio, y el filósofo Juan Filopón. Entre 528 y 533, una comisión nombrada por el emperador codificó el Derecho romano en el Corpus Iuris Civilis, permitiendo así la transmisión a la posteridad de uno de los más importantes legados del mundo antiguo. Otra recopilación legislativa: el Digesto, dirigido por Triboniano fue publicada en 533. El esplendor de la época de Justiniano encuentra su mejor ejemplo en una de las obras arquitectónicas más célebres de la historia del Arte, la iglesia de Santa Sofía, construida durante su reinado por los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto.

Dentro de la capital se quebrantó el poder de los partidos del circo, donde las carreras de cuádrigas habían devenido en una diversión popular que levantaba pasiones. De hecho, eran utilizadas políticamente, expresando el color de cada equipo divergencias religiosas (un precoz ejemplo de movilizaciones populares utilizando colores políticos). La Iglesia reconoció al señor de Constantinopla como sacerdote rey y restauró la relación con Roma. Surgió una nueva Iglesia de la Divina Sabiduría como signo y símbolo de un esplendor que sobrepasa al mismo Salomón en toda su gloria.

Las campañas de Justiniano en Occidente y el coste de estos actos de esplendor imperial dejaron exhausta la hacienda imperial y precipitaron al imperio en una situación de crisis, que llegaría a su punto culminante a comienzos del siglo VII. La necesidad de más financiación permitió que su odiado ministro de hacienda, Juan de Capadocia, impusiera mayores y nuevos impuestos a los ciudadanos de Bizancio. La revuelta de Niká (534) estuvo a punto de provocar la huida del emperador, que evitó la emperatriz Teodora con su famosa frase la púrpura es un glorioso sudario. Así mismo, un desastre se cernió sobre el Imperio el año 543 d.C. Se trataba de la Peste Justiniana. Se cree que provocada por el bacilo Yersinia pestis. Sin duda fue un elemento clave que contribuyó a agudizar la grave crisis económica que ya sufría el Imperio. Se estima que un tercio de la población de Constantinopla pereció por su causa.

Los siglos VII y VIII constituyen en la historia de Bizancio una especie de «Edad Oscura» acerca de la cual se tiene muy escasa información. Es un período de crisis, del cual, a pesar de las tremendas dificultades externas (el hostigamiento del Islam que conquistó las regiones más ricas, los continuos ataques de búlgaros y eslavos desde el norte y el reanudamiento de la lucha contra los persas en el este) e internas (las luchas entre iconoclastas e iconodulos, símbolo de los enfrentamientos internos entre poder temporal y religioso), el Imperio salió transformado y reforzado.

Justino II trató de seguir los pasos de su tío y su misma mente sucumbió bajo el intolerable peso de administrar un imperio amenazado desde varios frentes. Su sucesor, Tiberio II abandonó la política militar de Justiniano y permitió que Italia cayera bajo el poder de los lombardos y los bárbaros ocuparan el Danubio, y se replegó a Asia. Mauricio llegó a hacer un tratado favorable con Persia (590), volvió una vez más a la defensa de las fronteras del norte, pero el ejército se negó a soportar las inclemencias de la campaña y Mauricio perdió con el trono la vida. Con Focas, las invasiones de los persas, de los bárbaros y las luchas internas estuvieron a punto de hacer añicos el Imperio. Sin embargo, la revolución de algunas provincias logró salvarlo.

Desde África, donde era más fuerte el elemento latino, zarpó Heraclio para rescatar al imperio romano. Este viaje era a sus ojos una empresa religiosa y durante todo su reinado ese interés fue capital.

El siglo VII comienza con la crisis provocada por la espectacular ofensiva del monarca sasánida Cosroes II que, con sus conquistas en Egipto, Siria y Asia Menor, llegó a amenazar la existencia misma del Imperio. Esta situación fue aprovechada por otros enemigos de Bizancio, como los ávaros y eslavos, que pusieron sitio a Constantinopla en 626. El emperador Heraclio fue capaz, tras una guerra larga y agotadora, de conjurar este peligro, repeliendo el asalto de ávaros y eslavos, y derrotando definitivamente a los persas en 628. En su guerra contra los persas, Heraclio fue capaz de replegarlos hasta el corazón de su patria. En su misión de salvar el imperio y consolidarlo tuvo un gran respaldo por parte de la Iglesia.

Sin embargo, apenas unos años después, entre 633 y 645, la fulgurante expansión militar árabe musulmana arrebata para siempre al Imperio, exhausto por la guerra contra Persia, las provincias de Siria, Palestina y Egipto. A mediados del siglo VII, las fronteras se estabilizaron. Los árabes continuaron presionando, llegando incluso a amenazar la capital, pero la superioridad naval bizantina, reforzada por su magníficas fortificaciones navales y su monopolio del «fuego griego» (un producto químico capaz de arder bajo el agua) salvó a Bizancio.

En la frontera occidental, el Imperio se ve obligado a aceptar desde la época de Constantino IV (668-685) la creación dentro de sus fronteras, en la provincia de Moesia, del reino independiente de los búlgaros. Además, pueblos eslavos fueron instalándose en los Balcanes, llegando incluso hasta el Peloponeso. En Occidente, la invasión de los lombardos hizo mucho más precario el dominio bizantino sobre Italia.

Entre los años 726 y 843, el Imperio Bizantino fue desgarrado por las luchas internas entre los iconoclastas, partidarios de la prohibición de las imágenes religiosas, y los iconódulos, contrarios a dicha prohibición. La primera época iconoclasta se prolongó desde 726, año en que León III (717-741) suprimió el culto a las imágenes, hasta 783, cuando fue restablecido por el II Concilio de Nicea. La segunda etapa iconoclasta tuvo lugar entre 813 y 843. En este año fue restablecida definitivamente la ortodoxia.

Los cronistas no pueden negar que los soberanos iconoclastas se ganaron la admiración y el respeto de sus vasallos y hasta la popularidad.

No fue un simple debate teológico entre iconoclastas e iconódulos, sino un enfrentamiento interno desatado por el patriarcado de Constantinopla, apoyado por el emperador León III, que pretendía acabar con la concentración de poder e influencia política y religiosa de los poderosos monasterios y sus apoyos territoriales (puede imaginarse su importancia viendo cómo ha sobrevivido hasta la actualidad el Monte Athos, fundado más de un siglo después, en 963). Según algunos autores, el conflicto iconoclasta refleja también la división entre el poder estatal —los emperadores, la mayoría partidarios de la iconoclasia—, y el eclesiástico —el patriarcado de Constantinopla, en general iconódulo—; también se ha señalado que mientras que en Asia Menor eran mayoría los iconoclastas, la parte europea del Imperio era más bien partidaria de la veneración (dulía) a las imágenes.

La mayoría de estas transformaciones se dio como consecuencia de la pérdida de las provincias de Egipto, Siria y Palestina, que fueron arrebatadas por el Islam.

El final de las luchas iconoclastas supone una importante recuperación del Imperio, visible desde el reinado de Miguel III (842-867), último emperador de la dinastía Amoriana, y, sobre todo, durante los casi dos siglos (867-1056) en que Bizancio fue regido por la dinastía macedonia. Este período es conocido por los historiadores como «renacimiento macedónico».

Durante estos años, la crisis en que se ve sumido el califato abasí, principal enemigo del Imperio en Oriente, debilita considerablemente la ofensiva islámica. Sin embargo, los nuevos Estados musulmanes que surgieron como resultado de la disolución del califato (principalmente los aglabíes del Norte de África y los fatimíes de Egipto), lucharon duramente contra los bizantinos por la supremacía en el Mediterráneo oriental. A lo largo del siglo IX, los musulmanes arrebataron definitivamente Sicilia al Imperio. Creta ya había sido conquistada por los árabes en 824. El siglo X fue una época de importantes ofensivas contra el Islam, que permitieron recuperar territorios perdidos muchos siglos antes: Nicéforo Focas (963-969) reconquistó el norte de Siria, incluyendo la ciudad de Antioquía (969), así como las islas de Creta (961) y Chipre (965).

El gran enemigo occidental del Imperio durante esta etapa fue el Estado búlgaro. Convertido al cristianismo a mediados del siglo IX, Bulgaria alcanzó su apogeo en tiempos del zar Simeón (893-927), educado en Constantinopla. Desde 896 el Imperio estuvo obligado a pagar un tributo a Bulgaria, y, en 913, Simeón estuvo a punto de atacar la capital. A la muerte de este monarca, en 927, su reino comprendía buena parte de Macedonia y de Tracia, junto con Serbia y Albania. El poder de Bulgaria fue sin embargo declinando durante el siglo X, y, a principios del siglo siguiente, Basilio II o Basilius II (976-1025), llamado Bulgaróctonos ('Matador de búlgaros') invadió Bulgaria y la anexionó al Imperio, dividiéndola en cuatro temas.

Uno de los hechos más decisivos, y de efectos más duraderos, de esta época fue la incorporación de los pueblos eslavos a la órbita cultural y religiosa de Bizancio. En la segunda mitad del siglo IX, los monjes de Tesalónica Metodio y Cirilo fueron enviados a evangelizar Moravia a petición de su monarca, Ratislao. Para llevar a cabo su tarea crearon, partiendo del dialecto eslavo hablado en Tesalónica, una lengua literaria, el antiguo eslavo eclesiástico o litúrgico, así como un nuevo alfabeto para ponerla por escrito, el alfabeto glagolítico (luego sustituido por el alfabeto cirílico). Aunque la misión en Moravia fracasó, a mediados del siglo X se produjo la conversión de la Rus de Kiev, quedando así bajo la influencia de Bizancio un estado de extensión mucho mayor que el propio Imperio.

Las relaciones con Occidente fueron tensas desde la coronación de Carlomagno (800) y las pretensiones de sus sucesores al título de emperadores romanos y al dominio sobre Italia. Durante toda esta etapa, a pesar de la pérdida de Sicilia, el Imperio siguió teniendo una enorme influencia en el sur de la península itálica. Las tensiones con Otón I, quien pretendía expulsar a los bizantinos de Italia, se resolvieron mediante el matrimonio de la princesa bizantina Teófano, sobrina del emperador bizantino Juan Tzimiscés, con Otón II.

Tras la resolución del conflicto iconoclasta, se restauró la unidad religiosa del Imperio. No obstante, hubo de hacerse frente a la herejía de los paulicianos, que en el siglo IX llegó a tener una gran difusión en Asia Menor, así como a su rebrote en Bulgaria, la doctrina bogomilita.

Durante esta época fueron evangelizados los búlgaros. Esta expansión del cristianismo oriental provocó los recelos de Roma, y a mediados del siglo IX estalló una grave crisis entre el patriarca de Constantinopla, Focio y el papa Nicolás I, quienes se excomulgaron mutuamente, produciéndose una primera separación de las iglesias oriental y occidental que se conoce como Cisma de Focio. Además de la rivalidad por la primacía entre las sedes de Roma y Constantinopla, existían algunos desacuerdos doctrinales. El Cisma de Focio fue, sin embargo, breve, y hacia 877 las relaciones entre Oriente y Occidente volvieron a la normalidad.

La ruptura definitiva con Roma se consumó en 1054, con motivo de una disputa sobre el texto del Credo, en el que los teólogos latinos habían incluido la cláusula filioque, significando así, en contra de la tradición de las iglesias orientales, que el Espíritu Santo procedía no sólo del Padre, sino también del Hijo. Existía también desacuerdo en otros muchos temas menores, y subyacía, sobre todo, el enfrentamiento por la primacía entre las dos antiguas capitales del Imperio.

Tras el período de esplendor que supuso el renacimiento macedónico, en la segunda mitad del siglo XI comenzó un período de crisis, marcado por su debilidad ante la aparición de dos poderosos nuevos enemigos: los turcos selyúcidas y los reinos cristianos de Europa occidental; y por la creciente feudalización del Imperio, acentuada al verse forzados los emperadores Comneno a realizar cesiones territoriales (denominadas pronoia) a la aristocracia y a miembros su propia familia.

En la frontera oriental, los turcos selyúcidas, que hasta el momento habían centrado su interés en derrotar al Egipto fatimí, empezaron a hacer incursiones en Asia Menor, de donde procedía la mayor parte de los soldados del Imperio. Con la inesperada derrota en la batalla de Manzikert (1071) del emperador Romano IV Diógenes a manos de Alp Arslan, sultán de los turcos selyúcidas, terminó la hegemonía bizantina en Asia Menor. Los intentos posteriores de los emperadores Commenos por reconquistar los territorios perdidos se revelarán siempre infructuosos. Más aún, un siglo después, Manuel I Comneno sufriría otra humillante derrota frente a los selyúcidas en Myriokephalon en 1176.

En Occidente, los normandos expulsaron de Italia a los bizantinos en unos pocos años (entre 1060 y 1076), y conquistaron Dyrrachium, en Iliria, desde donde pretendían abrirse camino hasta Constantinopla. La muerte de Roberto Guiscardo en 1085 evitó que estos planes se llevasen a efecto. Sin embargo, pocos años después, la Primera Cruzada se convertiría en un quebradero de cabeza para el emperador Alejo I Comneno. Se discute si fue el propio emperador el que solicitó la ayuda de Occidente para combatir contra los turcos. Aunque teóricamente se habían comprometido a poner bajo la autoridad de Bizancio los territorios sometidos, los cruzados terminaron por establecer varios Estados independientes en Antioquía, Edesa, Trípoli y Jerusalén.

Los alemanes del Sacro Imperio Romano y los normandos de Sicilia y el sur de Italia siguieron atacando el Imperio durante el siglo XII. Las ciudades-estado y repúblicas italianas como Venecia y Génova, a las cuales Alejo había concedido derechos comerciales en Constantinopla, se convirtieron en los objetivos de sentimientos antioccidentales debido al resentimiento existente hacia los francos o latinos. A los venecianos en especial les importunaron sobremanera dichas manifestaciones del pueblo bizantino, teniendo en cuenta que su flota de barcos era la base de la marina bizantina.

Federico Barbarroja (emperador del Sacro Imperio Romano) intentó conquistar sin éxito el Imperio durante la Tercera Cruzada, pero fue la cuarta la que tuvo el efecto más devastador sobre el Imperio Bizantino en siglos. La intención expresa de la cruzada era conquistar Egipto y los bizantinos, creyendo que no había posibilidades de vencer a Saladino (sultán de Egipto y Siria y principal enemigo de los cruzados instalados en Tierra Santa), inicialmente decidieron mantenerse neutrales, aunque al final ofrecieron 200,000 marcos de plata y todos los medios para que los cruzados llegaran a Egipto. Sin embargo, la codicia por parte de los venecianos y de los jefes cruzados de los tesoros de Constantinopla hizo que venecianos y cruzados no respetaran el acuerdo y tomaran por asalto Constantinopla en 13 de abril del 1204. Tras tres días de pillaje y destrucción de importantes obras de arte, por primera vez desde su fundación por Constantino, más de 800 años antes, la ciudad había sido tomada por un ejército extranjero, dando origen al efímero Imperio Latino (1204-1261).

El poder bizantino pasó a estar permanentemente debilitado. En este tiempo, el reino serbio, bajo Esteban Dushan, de la Dinastía Nemanjić, se fortaleció aprovechando el desmoronamiento de Bizancio, iniciando un proceso que culminaría cuando en 1346 se constituyera el Imperio Serbio.

Tres Estados griegos herederos del Imperio Bizantino permanecieron fuera de la órbita del recientemente creado Imperio Latino —el Imperio de Nicea, el Imperio de Trebisonda, y el Despotado de Epiro. El primero, controlado por la Dinastía Paleólogo, reconquistó a los latinos Constantinopla en 1261 y derrotó a Epiro, revitalizando el Imperio pero prestando demasiada atención a Europa cuando la creciente penetración de los turcos en Asia Menor constituía el principal problema.

La historia de Bizancio tras la reconquista de la capital por Miguel VIII Paleólogo es la de una prologada decadencia. En el lado oriental el avance turco redujo casi a la nada los dominios asiáticos del Imperio, convertido en algunas etapas en vasallo de los otomanos, en los Balcanes debió competir con los Estados griegos y latinos que habían surgido a raíz de la conquista de Constantinopla en 1204, y en el Mediterráneo la superioridad naval veneciana dejaba muy pocas opciones a Constantinopla. Además, durante el siglo XIV el Imperio, convertido en uno más de numerosos Estados balcánicos, debió afrontar la terrible revuelta de los almogávares de la Corona de Aragón y dos devastadoras guerras civiles.

Durante un tiempo el Imperio sobrevivió simplemente porque selyúcidas, mongoles y persas safávidas estaban demasiado divididos para poder atacar, pero finalmente los turcos otomanos invadieron todo lo que quedaba de las posesiones bizantinas a excepción de un número de ciudades portuarias. (Los otomanos —núcleo originario del futuro Imperio Otomano— procedían de uno de los sultanatos escindidos del Estado selyúcida bajo el mando de un líder llamado Osmán I Gazi, que daría el nombre a la dinastía otomana u osmanlí).

El Imperio apeló a Occidente en busca de ayuda, pero los diferentes Estados ponían como condición la reunificación de la iglesia católica y la ortodoxa. La unidad de las iglesias fue considerada, y ocasionalmente llevada a cabo por decreto legal, pero los ciudadanos ortodoxos no aceptarían el catolicismo romano. Algunos combatientes occidentales llegaron en auxilio de Bizancio, pero muchos prefirieron dejar al Imperio sucumbir, y no hicieron nada cuando los otomanos conquistaron los territorios restantes.

Constantinopla fue en un principio desestimada en pos de su conquista debido a sus poderosas defensas, pero con el advenimiento de los cañones, las murallas —que habían sido impenetrables excepto para la Cuarta Cruzada durante más de 1.000 años— ya no ofrecían la protección adecuada frente a los turcos otomanos. La Caída de Constantinopla finalmente se produjo después de un sitio de dos meses llevado a cabo por Mehmet II el 29 de mayo de 1453. El último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, fue visto por última vez cuando entraba en combate con las tropas de jenízaros de los sitiadores otomanos, que superaban de manera aplastante a los bizantinos. Mehmet II también conquistó Mistra en 1460 y Trebisonda en 1461.

Son muy pocos los datos que pueden permitirnos calcular la población del Imperio Bizantino. J.C. Russell estima que a finales del siglo IV la población total del Imperio Romano de Oriente era de unos 25 millones, repartidos en un área de aproximadamente 1.600.000 km². Hacia el siglo IX, sin embargo, tras la pérdida de las provincias de Siria, Egipto y Palestina y la crisis de población del siglo VI, habitarían el Imperio alrededor de 13 millones de personas en un territorio de 745.000 km².

Hacia el siglo XIII, con las importantes mermas territoriales sufridas por el Imperio, no es probable que el basileus rigiese los destinos de más de 4.000.000 de personas. Desde entonces el territorio del imperio —y, por ende, su población— fue decreciendo rápidamente hasta la caída de Constantinopla en 1453.

Las mayores concentraciones de población estuvieron siempre en la parte asiática del Imperio, especialmente en el litoral egeo de Asia Menor.

En cuanto a las ciudades, el crecimiento de Constantinopla fue espectacular en los siglo IV y V. Mientras que la capital de Occidente, Roma, había declinado considerablemente desde el siglo II, en que llegó a tener un millón y medio de habitantes, hasta el siglo V, con sólo unos 100.000, Constantinopla, que en el momento de su fundación contaba escasamente con 30.000 habitantes, llegó en época de Justiniano a los 400.000.

Pero Constantinopla no era la única gran ciudad del Imperio. La población de Alejandría en esa misma época se ha estimado en torno a los 300.000 habitantes, algo mayor que Antioquía (unos 250.000), seguida de otras ciudades como Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Trebisonda, Edesa, Nicea, Tesalónica, Tebas y Atenas.

El siglo VI supuso un importante retroceso de la urbanización debido tanto a las guerras como a una desdichada sucesión de epidemias y catástrofes naturales. En el siglo siguiente, tras la pérdida de Siria, Palestina, Egipto y Cartago, sólo quedaron dos grandes ciudades en el Imperio: la capital y Tesalónica. Parece que la población de Constantinopla decreció considerablemente durante los siglos VI y VII (a causa, entre otras razones, de la peste) y sólo comenzó a recuperarse a mediados del siglo VIII. Se estima que su población sería de 300.000 habitantes durante el renacimiento macedónico, y de no menos de 500.000 bajo la dinastía Comnena.

En los últimos tiempos del Imperio las ciudades sufrieron un pronunciado declive. Se estima que en el momento de su conquista por los turcos la población de la capital estaba en torno a los 50.000 habitantes, y la de la segunda ciudad del Imperio, Tesalónica, alrededor de los 30.000.

Como en el resto del mundo en la Edad Media, la principal actividad económica era la agricultura que estaba organizada en latifundios, en manos de la nobleza y el clero. Cultivaban los cereales, frutos, las hortalizas y otros alimentos vegetales.

La principal industria era la textil, basada en talleres de seda estatales, que empleaban a grandes cantidades de operarios. El Imperio dependía por completo del comercio con Oriente para el abastecimiento de seda, hasta que a mediados del siglo VI unos monjes desconocidos —quizá nestorianos— lograron llevar capullos de gusanos de seda a Justiniano. El Imperio comenzó a producir su propia seda —principalmente en Siria—, y su fabricación fue un secreto celosamente guardado y desconocido en el resto de Europa hasta al menos el siglo XII.

Hay que destacar la gran importancia del comercio. Por su situación geográfica, el Imperio Bizantino fue un intermediario necesario entre Oriente y el Mediterráneo, al menos hasta el siglo VII, cuando el Islam se apoderó de las provincias meridionales del Imperio. Era especialmente importante la posición de la capital, que controlaba el paso de Europa a Asia, y al dominar el Estrecho del Bósforo, los intercambios entre el Mediterráneo (desde donde se accedía a Europa occidental) y el Mar Negro (que enlazaba con el Norte de Europa y Rusia).

El comercio bizantino entró en decadencia durante los siglos XI y XII, a causa de las ruinosas concesiones que se hicieron a Venecia, y, en menor medida, a Génova y a Pisa.

Un importante elemento en la economía del Imperio fue su moneda, el sólido bizantino y el besante, de extendido prestigio en el comercio mundial de la época.

El jefe supremo del Imperio Bizantino era el emperador (basileus), que dirigía el ejército, la administración, y tenía el poder religioso. Cada emperador tenía la potestad de elegir a su sucesor, al que asociaba a las tareas de gobierno confiriéndole el título de césar. En algún momento de la historia de Bizancio (concretamente, durante el reinado de Romano Lecapeno) llegó a haber hasta cinco césares simultáneos.

El sucesor no era necesariamente hijo del emperador. En muchos casos, la sucesión fue de tío a sobrino (Justiniano, por ejemplo, sucedió a su tío Justino I y fue sucedido por su sobrino Justino II). Otros personajes llegaron a la dignidad imperial a través del matrimonio, como Nicéforo II o Romano IV Diógenes.

Si bien el emperador elegía a su sucesor, fueron muchos los que llegaron al poder al ser proclamados emperadores por el ejército (como Heraclio o Alejo I Comneno), o gracias a las intrigas cortesanas, a veces aderezadas con numerosos crímenes. Para evitar que los emperadores depuestos y sus familiares reivindicaran el trono eran con frecuencia cegados y, en ocasiones, castrados, y confinados en monasterios. Un caso peculiar es el de Justiniano II, llamado Rhinotmetos ('Nariz cortada'), a quien el usurpador Leoncio cortó la nariz y envió al destierro, aunque recuperaría posteriormente su trono. Estos crímenes atroces fueron sumamente frecuentes en la historia del Imperio Bizantino, especialmente en las épocas de inestabilidad política.

La figura del emperador estaba especialmente relacionada con la Iglesia, que se convirtió en un factor estabilizador, y especialmente con el Patriarca de Constantinopla. La monarquía bizantina tenía un carácter cesaropapista —uno de los títulos del emperador era Isapóstolos ('Igual a los Apóstoles'), y ciertas prerrogativas de su cargo remiten al Rex sacerdos ('Rey sacerdote') de la monarquía israelita—. El emperador y el Patriarca tenían una relación de mutua interdependencia: si bien el emperador designaba al Patriarca, era éste el que sancionaba su acceso al poder mediante la ceremonia de coronación. Entre uno y otro hubo en la historia de Bizancio muchos momentos de tensión, pues los intereses del Estado diferían a veces de los de la Iglesia. En la última etapa del Imperio, por ejemplo, cuando los emperadores, para obtener la ayuda de Occidente frente a los turcos, intentaron restaurar la unidad religiosa de su iglesia con la de Roma, se encontraron con la tenaz resistencia de los patriarcas.

Una de las principales bazas del emperador era su control sobre una eficaz administración, que se regía por el Corpus Iuris Civilis, recopilado en época de Justiniano. La organización territorial se basaba, desde el siglo VII, en los thémata ('temas'), provincias al mando de un strategos o general.

Para más información, véase Ejército bizantino.

El ejército bizantino fue durante siglos el más poderoso de Europa. Heredero del ejército romano, en los siglos III y IV fue sustancialmente reformado, desarrollando sobre todo la caballería pesada (catrafacta), de origen sármata.

La armada bizantina tuvo un papel preponderante en la hegemonía del Imperio, gracias a sus ágiles embarcaciones, llamadas dromos y al uso de armas secretas como el «fuego griego». La superioridad naval de Bizancio le proporcionó el dominio del Mediterráneo oriental hasta el siglo XI, cuando empezó a ser sustituida por el incipiente poder de algunas ciudades-estado italianas, especialmente Venecia.

En un primer momento existían dos tipos de tropas: los limitanei (guarniciones de frontera) y los comitatenses. A partir del siglo VII el Imperio fue organizado en themata, circunscripciones tanto administrativas como militares dirigidas por un strategos, cuya existencia mejoró sustancialmente la capacidad defensiva de Bizancio frente a sus numerosos enemigos exteriores.

En la defensa de Bizancio jugó un importante papel la hábil diplomacia de sus emperadores. Los pagos de tributos mantuvieron mucho tiempo alejados a los enemigos del Imperio, y su servicio de espionaje logró salvar situaciones que parecían desesperadas.

Una de las debilidades del ejército bizantino, que fue acentuándose con el tiempo, fue la necesidad de recurrir a tropas mercenarias, de fidelidad dudosa. Entre los cuerpos mercenarios más conocidos está la famosa guardia varega. La crisis más terrible que los mercenarios causaron en el Imperio fue seguramente la revuelta de los almogávares, en el siglo XIV.

El arte de la estrategia alcanzó un gran auge en época bizantina, e incluso varios emperadores, como es el caso de Mauricio escribieron tratados sobre el arte militar. Estas doctrinas ensalzaban el sigilo, la sorpresa y el liderazgo de los comandantes.

Uno de los rasgos más característicos de la civilización bizantina es la importancia de la religión y del estamento eclesiástico en su ideología oficial. Iglesia y Estado, emperador y patriarca, se identificaron progresivamente, hasta el punto de que el apego a la verdadera fe (la «ortodoxia») fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio Bizantino, lo que no impidió que surgieran numerosas corrientes heréticas.

El cristianismo primitivo tuvo un desarrollo mucho más rápido en Oriente que en Occidente. Es muy significativo el hecho de que el Concilio de Calcedonia reconociera en 451 cinco grandes patriarcados, de los cuales sólo uno (Roma) era occidental; los otros cuatro (Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía) pertenecían al Imperio de Oriente. De todos ellos, el principal fue el Patriarcado de Constantinopla, cuya sede estaba en la capital del Imperio. Las otras tres sedes fueron separándose paulatinamente de Constantinopla, primero a causa de la herejía monofisita, duramente perseguida por varios emperadores; luego, con motivo de la invasión del Islam en el siglo VII, las sedes de Alejandría, Antioquía y Jerusalén quedaron definitivamente bajo dominio musulmán.

Durante el siglo VII, hubo algunos intentos de la Iglesia Ortodoxa por atraerse a los monofisitas, mediante posturas religiosas intermedias, como el monotelismo, defendido por Heraclio y su nieto Constante II. Sin embargo, en los años 680 y 681, en el III Concilio de Constantinopla se retornó definitivamente a la ortodoxia.

La Iglesia Ortodoxa sufrió otra crisis importante con el movimiento iconoclasta, primero entre los años 730 y 787, y luego entre 815 y 843. Se enfrentaron dos grupos religiosos: los iconoclastas, partidarios de la prohibición del culto a las imágenes o iconos, y los iconódulos, que defendían esta práctica. Los iconos fueron prohibidos por León III comenzando así las más agrias disputas. Esto no se resolvió hasta que la emperatriz Irene convocó el II Concilio de Nicea en 787 que reafirmó los iconos. Esta emperatriz consideró una alianza con Carlomagno que hubiera unido ambas mitades de la Cristiandad, pero que fue desestimada.

El movimiento iconoclasta resurgió en el siglo IX, siendo derrotado definitivamente en 843. Todos estos conflictos internos no ayudaron a resolver el cisma que se estaba produciendo entre occidente y oriente.

En el siglo IX destaca la figura del patriarca Focio, que por primera vez rechazó el primado de Roma, abriendo una historia de desencuentros que culminaría en 1054, con el llamado Cisma de Oriente y Occidente. Focio se esforzó también en equiparar el poder del patriarca al del emperador, postulando una especie de diarquía o gobierno compartido.

El cisma contribuyó, sin embargo, a la transformación de la Iglesia Ortodoxa en una iglesia nacional. Esto se reforzó más aún con la humillación sufrida en 1204 por la invasión de los cruzados y el traslado temporal de la sede patriarcal a Nicea.

Durante el siglo XIV se desarrolló una importante corriente religiosa, conocida como hesicasmo (del griego hesychía, que puede traducirse como 'quietud' o 'tranquilidad'). El hesicasmo defendía el recogimiento interior, el silencio y la contemplación como medios de acercamiento a Dios, y se difundió sobre todo por las comunidades monásticas. Su máximo representante fue Gregorio Palamás, monje de Athos que llegaría a ser arzobispo de Tesalónica.

Desde finales del siglo XIII hubo varios intentos de volver a la unidad religiosa con Roma: en 1274, en 1369 y en 1438, para conseguir la ayuda occidental frente a los turcos. Sin embargo, ninguno de estos intentos llegó a prosperar.

Para más información, véase Arte bizantino.

En los orígenes del Imperio Bizantino existió una situación de diglosia entre el latín y el griego. El primero era la lengua de la administración estatal, en tanto que el griego era la lengua hablada y el principal vehículo de expresión literaria. La Iglesia y la educación utilizaban también el griego. A esto debe añadirse que algunas regiones del Imperio empleaban otras lenguas, como el arameo y su variante el siríaco en Siria y Palestina, y el copto en Egipto.

Con el tiempo, el latín fue definitivamente desplazado por el griego, que se convirtió también en la lengua de la administración imperial. Es significativo que ya en época de Heraclio el título de Augustus, en latín, haya sido sustituido por el de basiléus, en griego. El latín, sin embargo, continuó apareciendo en inscripciones y en monedas hasta el siglo XI.

La invasión del Islam y la pérdida de las provincias orientales propiciaron una mayor helenización del Imperio. El griego hablado en el Imperio era el resultado de la evolución del griego helenístico, y suele denominarse griego medieval o griego bizantino. Existían grandes diferencias entre el lenguaje literario, deliberadamente arcaico, y el lenguaje hablado, la koiné popular, muy rara vez utilizada en la literatura.

La literatura, como en general la cultura bizantina en todos sus aspectos, se caracteriza por tres elementos: helenismo, cristianismo e influjo oriental. Helenismo porque continúa la tradición de la Grecia clásica pese a los intentos romanizadores de Justiniano y su sobrino Justino II, que sólo alcanzaron al derecho. Cristianismo porque esa fue desde Constantino la religión del Imperio, a pesar de la oposición intelectual hasta bien entrado el siglo VI; influjo oriental por la estrecha relación con pueblos asiáticos y africanos.

La literatura bizantina cuenta con un poema épico en griego popular, el de Digenis Akritas, y con líricos de primer orden como Teodoro Pródromo. Posee unos géneros característicos, como los bestiarios, volucrarios, lapidarios y las novelas bizantinas (Estacio Macrembolita, Los amores de Isinia e Ismino, Teodoro Pródromo, Los amores de Rodante y Dosicles, Niceta Eugeniano, Las aventuras de Drusilla y Caricles y Constantino Manasés, Aventuras de Aristandro y Calitea). Fue especialmente fecunda en escritos teológicos (como, por ejemplo, Eneas de Gaza), cristológicos y hagiográficos. Fue en particular relevante para la literatura occidental la historia de Barlaam y Josafat, donde se encuentran alusiones a la vida de Buda, y que fue divulgada por todo Occidente.

La historia tuvo representantes eminentes, como Procopio de Cesarea, secretario que fue del célebre general Belisario durante el reinado de Justiniano y a la vez panegirista del emperador en los seis libros de sus Historias y su detractor en la llamada Historia secreta. En la lírica destaca el epigrama con figuras como Pablo Silenciario y Agatías, este último antologista e historiador del periodo que siguió a Justiniano. Jorge de Pisidia compuso poesía épica y epigramas. Existe un interesante libro de viajes de Cosmas Indicopleustes. Del siglo VII destaca un historiador, Simocata, que no llega a la importancia de Procopio; en este siglo destaca el poeta Romano el Mélodo, autor de himnos religiosos. Entre el siglo VIII y el XI se compila la ya mencionada epopeya nacional Digenis Acritas, compuesta en una lengua semiculta; también se hacen poemas épicos sobre las hazañas de Alejandro Magno y se componen enciclopedias como la Suda, de no siempre acendrada veracidad. Se recopiló en esta época el más importante corpus de epigramática griega que se conserva, la Antología Palatina. El cristianismo entra en el género tradicional pagano con la obra del monje Teodoro Estudita y de la monja poetisa Casia. Algunos emperadores se dedicaron a las letras, como León VI el Sabio, que fue poeta, así como su hijo, Constantino VII Porfirogéneta. San Juan Damasceno compuso tratados teológicos y polémicos en oscuro estilo; el citado Teodoro escribe también sobre la cuestión iconoclasta, así como obras ascéticas y de exégesis.

En el último periodo, desde finales del XI, existe una gran cantidad de literatura polémica religiosa, pero también escriben Focio y Miguel Psellos sobre otros temas y se propicia un renacimiento de las letras griegas. Este renacimiento pasará a Europa con la dispersión de los eruditos bizantinos por la Península Itálica tras la conquista de Constantinopla por los otomanos. En Italia renacerá el estudio del griego y el Humanismo y de ahí pasará al resto del mundo. Juan Tzetzés escribe poemas didácticos y eruditos. El epigrama alcanza cumbres en Cristóbal de Mitilene o Juan Mauropo. Se escriben novelas en Grecia y proliferan los bestiarios y lapidarios, y crónicas como la célebre Crónica de Morea, que mandó traducir al aragonés el gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén Juan Fernández de Heredia. El inquieto e inconformista poeta Teodoro Pródromo escribe cuatro poemas satíricos en la lengua popular y escribe su Catomiomaquia, o Lucha de los Gatos contra los Ratones a modo de parodia épica. Hay excelentes historiadores que dejan testimonio de las Cruzadas, como los hermanos Miguel y sobre todo Nicetas Acominato, Paquimeras, Nicéforo Briennio o su mujer Ana Comnena, princesa imperial autora de La Alexiada, historia de su padre Alejo I Comneno. Durante la época de los Paleólogos la literatura entra en decadencia pero después surge con fuerza la filología.

La arquitectura bizantina es heredera de la arquitectura romana y la arquitectura paleocristiana. Es una arquitectura esencialmente religiosa, aunque no faltaron los edificios civiles de importancia. Muestra una marcada predilección por el ladrillo como material de construcción (aunque disimulado por lajas de piedra en el exterior y por suntuosos mosaicos en el interior). Aunque utiliza la columna (destaca la sustitución del ábaco por el cimacio), su innovación más característica es el uso sistemático de la cubierta abovedada. Los tipos de bóveda más utilizados son la de cañón y la de arista, pero destaca sobre todo la cúpula, con su característica base sobre pechinas (aunque también se empleó ocasionalmente la cúpula sobre trompas). En cuanto a la planta, la más frecuente en los templos es la de cruz griega, con una cúpula en la intersección de las naves. Es frecuente que los templos, además del cuerpo de nave principal, posean un atrio o narthex, de origen paleocristiano, y el presbiterio precedido de iconostasio, llamada así porque sobre este cerramiento calado se colocaban los iconos pintados.

En la historia del arte y la arquitectura bizantinos suelen distinguirse tres períodos o «Edades de Oro». La Primera Edad de Oro tiene su momento más representativo en la época de Justiniano, y sus edificios más destacados son la iglesia de los Santos Sergio y Baco, la de Santa Irene y, sobre todo, la de Santa Sofía, todas ellas en Constantinopla.

La Segunda Edad de Oro coincide con el renacimiento macedónico (siglos IX, X y XI). Sigue siendo la iglesia de planta central cubierta con cúpula el modelo fundamental. Son frecuentes las iglesias de planta de cruz griega inscrita en un cuadrado, con los brazos de la cruz cubiertos con bóvedas de cañón, y cinco cúpulas, una en el centro y otras cuatro en los ángulos. El prototipo era la Nueva Iglesia (Nea) construida por Basilio I, hoy desaparecida. Algunas iglesias destacadas son la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, Santa Catalina de Salónica, la catedral de Atenas y la basílica de San Marcos de Venecia.

La Tercera Edad de Oro comienza tras la recuperación de Constantinopla en 1261. Es una época de difusión de las formas bizantinas, tanto hacia el Norte (Rusia) como hacia Occidente. Las novedades de este período son más bien decorativas que estructurales. Destacan iglesias como Santa María Pammakaristos en Constantinopla, las iglesias del monte Athos o el conjunto de iglesias de Mistra, en el Peloponeso.

El estilo bizantino quedó definido a partir del siglo VI. Anteriormente dominaba el estilo romano tardío, aun en la misma Constantinopla según lo evidencian diversas estatuas erigidas por toda la ciudad. No obstante, otros monumentos de la época iniciaban ya el gusto bizantino, como Disco de Teodosio de Madrid que ostenta en bajorrelieve las figuras del emperador y su corte (393).

El estilo bizantino en escultura debe considerarse como una derivación del romano, bajo la influencia asiática. Le caracterizan, en general, cierto amaneramiento, uniformidad y rigidez o falta de naturalidad en las figuras junto con la gravedad la cual suele consistir en esmaltes, en imitaciones de piedras y sartas de perlas, en trazos geométricos y en follaje estilizado o desprovisto de naturalidad.

Cultivó el arte bizantino muy poco el bulto redondo pero abundó en relieves sobre marfil, plata y bronce y no abandonó del todo el uso de camafeos y entalles en piedras finas. En los relieves, como en las pinturas y mosaicos se presentan las figuras mirando de frente.

De la cultura romana Bizancio heredó la decoración mediante mosaicos que llegaron a su máximo esplendor con este imperio. Los mosaicos eran figuras formadas por pequeños trozos de piedra o vidrio coloreado (llamadas también teselas). Seguían estrictas normas para ilustrar pasajes de la vida de los emperadores y escenas religiosas. Estas últimas cubrían las murallas y cielos rasos de las iglesias.

De esa habilidad alcanzada con respecto a los mosaicos resurge el interés de los vidrieros de Bizancio por la imitación de las piedras preciosas, con lo que llegaron a alcanzar una habilidad tan grande que resultaba bastante difícil poder distinguirlas de las auténticas.

Son particularmente destacables los retablos de temática religiosa conocidos como iconos.

La música bizantina, de carácter normalmente religioso, estaba fuertemente emparentada con el canto gregoriano.

El Imperio Bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.

Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano, Mehmet II, y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio Otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los Grandes Duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, 'césar'). Sus sucesores apoyaron la idea que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma — una idea mantenida por el Imperio Ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio Bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.

Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en la Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin la bases establecidas en la Grecia bizantina.

La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino.

Asimismo se ha de mencionar que el Imperio fue clave en la extensión del cristianismo, religión que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue el mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último es notable su influencia en las iglesias copta, etíope, y la de armenia.

Al principio



Bajo Imperio Romano

El emperador Rómulo Augusto, hijo del general Flavio Orestes, fue ascendido a emperador por su padre, La presión de los hérulos reclamando las tierras en el centro de la península Itálica provocó la caída de Rómulo cuando contaba con tan sólo 15 años de edad. En su lugar, el general de los hérulos, Odoacro, reclamó el trono de Italia (476), confinando a Rómulo en Lucullanum, el Castel dell'Ovo, en el golfo de Nápoles.[1] [2]

El Bajo Imperio Romano es el período histórico que se extiende desde el acceso al poder de Diocleciano en 284 hasta el fin del Imperio Romano de Occidente en 476.

Tras los siglos dorados del Imperio Romano (período denominado Pax romana, que abarca los siglos I–II), comenzó un deterioro en las instituciones del Imperio, particularmente la del propio emperador. Fue así como tras las malas administraciones de la Dinastía de los Severos, en particular la de Heliogábalo, y tras el asesinato del último de ellos, Alejandro Severo, el Imperio cayó en un estado de ingobernabilidad que se denomina Crisis o Anarquía del siglo III. Entre 238–285 hubo 19 emperadores, ninguno de los cuales murió de muerte natural, y que fueron incapaces de tomar las riendas del gobierno y actuar de forma coordinada con el Senado, por lo que terminaron por sumir Roma en una verdadera crisis institucional. Durante este mismo periodo comenzó la llamada «invasión pacífica», en la que varias tribus bárbaras se situaron, en un principio, en los limes del imperio debido a la falta de disciplina por parte del ejército, además de la ingobernabilidad emanada del poder central, incapaz de actuar en contra de esta situación.

A la par de esta crisis política se desarrolló una profunda crisis económica, caracterizada por una gran inflación, sucesivas devaluaciones de la moneda, y un declive de la agricultura, la industria, el comercio, el medio urbano y el sistema esclavista. Los períodos donde se intentó restablecer el orden, tales como el Dominado del siglo IV, introdujeron cambios políticos y económicos muy importantes en la administración y gobierno del Imperio, tales como la instauración primeramente de la tetrarquía, y la consiguiente división territorial del Imperio en el Imperio Romano de Occidente, cuya decadencia aquí se estudia, y el Imperio Romano de Oriente, que sobreviviría 1000 años más. No obstante, el hecho más relevante de este período de inestabilidad fueron las llamadas invasiones bárbaras, en las que los bárbaros del norte irían paulatinamente infiltrándose a través de los limes del Imperio, en una sucesión de guerras fronterizas e invasiones que acabarían por destruir al Imperio: las fronteras imperiales, privadas de la vigilancia de antaño, se convirtieron en auténticas puertas por donde penetraron impunemente las tribus bárbaras. Las más audaces fueron los pueblos germánicos, especialmente los francos y los godos, que arremetieron contra el imperio, atravesando la frontera de los ríos Rin y Danubio, hasta provocar su colapso.

La tradición occidental ha considerado que Imperio Romano desapareció como entidad política el 4 de septiembre del añor 476, cuando Rómulo Augusto, el último emperador del Imperio Romano de Occidente, fue depuesto por el bárbaro Odoacro. Roma ya había sido saqueada previamente por Alarico en el 415, y no quedaba prácticamente nada del orden romano original; Rómulo Augusto ni tan siquiera gobernaba sobre todos los territorios que habían correspondio al Imperio de Occidente. Tradicionalmente, pues, se sitúa el año 476 como fecha que marca definitivamente la Caída del Imperio Romano e inicio de la Edad Media, sobre todo porque a partir de esa fecha ya ni tan siquiera hubo nadie que dijera ser el Emperador de Occidente, y porque, caída la propia Roma, resultaba paradójico que el propio Imperio Romano pudiera seguir existiendo. Sin embargo, muchos historiadores cuestionan esta fecha, haciendo notar que el Imperio Romano de Oriente pervivió hasta la caída de Constantinopla el 29 de mayo del 1453, fecha que a su vez se usa como fin de la Edad Media e inicio del Renacimiento.

Para el siglo III, la gran extensión del Imperio había vuelto muy lentas y difíciles las comunicaciones: a pesar de la excelente estructura de vías de comunicación, las calzadas romanas, y del sistema de postas, los mensajeros imperiales sólo podían aspirar a hacer trayectos como Roma-Antioquía o Roma-Londres en más de una semana. Estos medios no garantizaban la lealtad de los ejércitos fronterizos: los ejércitos de las provincias fronterizas incorporaban gente del lugar y se establecían fuertes vínculos de lealtad entre las tropas y sus comandantes, quienes, contando con esa fuente de poder, podían aspirar a ser emperadores del Imperio si se presentaba la ocasión.

Tras un caótico período de conjuras y crisis institucional que socavó las más básicas instituciones del Imperio, como el Senado o la magistratura, el asesinato de Alejandro Severo por sus tropas en el año 235 marcó el inicio de una etapa de crisis: tanto en Italia como en las provincias irán surgiendo poderes efímeros sin fundamento legal, mientras que la vida económica se vería marcada por la incertidumbre de la producción, la creciente dificultad de los transportes, la quiebra del sistema monetario, etc.

De este período se han diferenciado dos subperiodos. El primero es el de la Anarquía militar (235–268), caracterizado porque los ejércitos provinciales y la guardia pretoriana se rebelaron con frecuencia, ora para deponer a los emperadores, ora para elevar a sus comandante a la dignidad imperial.

Durante este período, además, se desatendió la salvaguarda de las fronteras, lo cual fue aprovechado por los pueblos bárbaros para invadir el aún rico Imperio Romano. El hambre, las epidemias y la inseguridad se apoderaron del Imperio, que poco a poco se fue ruralizando.

Para el principado de Galieno, el descontrol llegó a tal punto que varias provincias de Occidente y Oriente se escindieron para formar el Imperio Galo y el Reino de Palmira, respectivamente, en un intento de hacer frente con sus propios medios a los peligros exteriores que amenazan el Imperio.

El segundo periodo es conocido como el de los emperadores ilirios (268–284). Tras los años anteriores de anarquía militar, en los que la seguridad y la unidad del Imperio se habían visto gravemente comprometidas, diferentes emperadores de origen ilírio y danubiano, procedentes todos ellos, pues, de provincias fronterizas en las que se habían formado como generales y luchado contra los bárbaros, lograron reunificar el Imperio y sentar las bases para restablecer la situación: el emperador Claudio II fue el primero de ellos, y, aunque murió en batalla, marcó un punto de inflexión en la dinámica de crisis previa. Por su parte, su sucesor Aureliano reconquistó buena parte del imperio, poniendo fin al Reino de Palmira y al Imperio de las Galias, entre otros.

La situación económica del Imperio a finales del siglo III era crítica. Las invasiones y los abusos de los grandes terratenientes, libres de cualquier gobierno capaz de refrenarlos, produjo un abandono de los campos por parte de los campesinos en busca de ocupaciones más prometedoras como el bandolerismo, lo cual se tradujo a su vez en una creciente inseguridad del medio interurbano, desfavoreciendo el comercio terrestre.

Así mismo, se produjo un debilitamiento del sistema monetario. El funcionamiento de la acuñación antigua estaba basado en que el valor de la moneda era el del metal que contenía, pero en tiempos de crisis, se solía rebajar la calidad de la moneda con la adición de un metal inferior, sin reducir su valor nominal. En tiempos de Nerón, se emitieron denarios de plata con una pureza del 90%. Marco Aurelio emitió moneda de plata con un 75% de metal noble y Septimio Severo con un 50%, todo ello para sufragar los crecientes gastos militares.

En el siglo III el Imperio había cesado su expansión y el estado ya no pudo contar con las riquezas obtenidas por las conquistas militares. Por eso, se produjo una reducción alarmante del abastecimiento de metales preciosos, combinada con unos altísimos gastos gubernamentales. Estos aspectos, obligaron a los emperadores a emitir monedas de plata rebajadas para satisfacer sus necesidades. El pueblo reconoció que las monedas estaban fuertemente sobrevaloradas con respecto a su contenido en metal. El valor de la moneda cayó mientras que los precios subían fruto de la inflación producida por el incremento del efectivo puesto en circulación, el resultado fue una espiral inflacionaria con monedas fuertemente devaluadas que provocaron precios todavía más altos. Además, Roma compraba artículos de lujo al oriente y sólo vendía granos y otros alimentos, así el Imperio occidental tuvo una balanza comercial negativa.

En tiempos de Galieno, el porcentaje de pureza de las monedas de plata había descendido a un 5%. No pasaron muchos años para que el gobierno emitiera monedas de cobre plateado.

La víctima principal de la inflación fue el propio Estado, ya que el cobro de los impuestos creció en su valor real mientras que con lo recaudado no alcanzaba a pagar a los funcionarios y a los soldados, por lo que se decidió pagarles con alimentos, sistema que se convirtió en el normal sistema impositivo de finales del Imperio, y continuaría durante la Edad Media.

Diocleciano fue proclamado emperador en el 284 en Nicomedia, que más tarde fue capital del Imperio. En el 286 promovió como César a Maximiano, a quien años después convirtió en Augusto dándole la parte occidental del Imperio. Así se dividió el Imperio en Occidente y en Oriente.

El 1 de marzo del 293 se nombró como césares a dos oficiales de Iliria, Galerio y Constancio I. Así se instituyó una nueva forma de gobierno: la Tetrarquía, en la que los dos Augustos gobernarían durante 20 años Oriente y Occidente, teniendo cada uno a un César como lugarteniente; concluidos los 20 años, los césares ascenderían al trono como Augustos y designarían a otros dos césares, al tiempo que los augustos se retirarían de la vida pública.

El reparto del poder produjo inicialmente resultados muy satisfactorios. Galerio rechazó en el bajo Danubio a los godos, y entre el 297 y el 298 consiguió una espectacular victoria contra los persas en las Guerras Romano-Sasánidas y logró extender la frontera romana hacia el Tigris superior, el Kurdistán y Sinagra. Mientras tanto, Diocleciano sofocó una revuelta en Egipto y Constancio I recuperó Britania de manos del usurpador Alecto y obtuvo varias victorias en las fronteras del Rin. Maximiano, por su parte, aplastó una insurrección nativa en Mauritania.

No obstante, a pesar del éxito militar del sistema, la instauración de la tertrarquía, implicó una serie de profundas reformas administrativas y económicas que afectarían (y lastrarían) al Imperio durante el resto de su existencia.

Al principio, los tetrarcas no lograron detener la inflación; pero con la combinación de una serie de medidas económicas lograron contenerla y dejaron un sistema monetario parcialmente estable a sus sucesores. Para ello, se procedió a realizar una serie de profundas reformas del sistema monetario, siendo la más importante la creación de una nueva moneda de oro, acuñada con un alto nivel de pureza, con devaluación de 1/5 de su valor. También se acuñarían monedas de plata según un nuevo estándar que logró mantuvieran su valor, y otras de cobre, que por ser de uso cotidiano y estar hechas de un metal útil, estuvieron sujetas a una continuada inflación.

Al igual que durante toda la Antigüedad, la moneda básica del pueblo romano no era la moneda de oro o de plata, que se reservaban para grandes transacciones y por tanto no era de circulación común, sino la partición más pequeña, de bronce o cobre. Las monedas de oro y plata, de hecho, estaban fuera del sistema monetario corriente, y las medidas monetarias adoptadas en ellas no afectaban mucho a la vida cotidiana: la escasez o estabilidad de aúreos de oro o tetradracmas de plata nunca afectó a las pequeñas economías del imperio. Sin embargo, las políticas monetarias de la tetrarquía fueron incapaces de garantizar la estabilidad de la moneda de cobre, de manera que el resultado de las reformas fue una inflación continuada (aunque no tan galopante como en el s.III) en los precios de los bienes de consumo, que se expresaban en la moneda de cobre de uso corriente. Las quejas del ejército, que recibía su soldada en esta moneda, obligaron a Diocleciano a emitir el Edicto de Precios en un intento de establecer los precios máximos de distintos bienes básicos, y fijar salarios (incluyendo la prostitución, para que las legiones no se vieran privadas de este servicio natural). Un contemporáneo de la época, Lactancio, pronosticó que el edicto fracasaría porque los productos no podrían llegar al mercado: tal y como ocurrió, los especuladores retuvieron los bienes de consumo y los pusieron a la venta en el mercado negro, a un precio superior.

Sin embargo, la principal contribución del gobierno fue más psicológica que económica, mostrando la voluntad de un gobierno romano, después de la crisis del siglo III, de ejercer la autoridad a gran escala y establecer el orden.

En el 305, los augustos Diocleciano y Maximiano abdicaron, más por voluntad de Diocleciano que de Maximiano, que al parecer se mostró reticente a abandonar el poder. Su lugar lo ocuparon Galerio en Oriente, y Constancio I en Occidente. Al mismo tiempo, Maximino y Severo, poco conocidos hasta el momento, se convirtieron en césares. Esto puso en peligro la fidelidad y coherencia de la política de Diocleciano, pues excluía de la posibilidad de acceder al poder imperial a Majencio, hijo del retirado augusto Maximiano, y a Constantino hijo del ascendido Constancio I.

Durante los siglos II y III, se produjeron grandes cambios religiosos en el Imperio. Se adoptaron nuevas formas de culto de la cultura greco-oriental. En Egipto, el culto a Isis y Serapis alcanzó gran prominencia, desplazando al de los antiguos dioses egipcios, de los que sólo pervivió el culto a Osiris; en Judea, surgió el cristianismo, inicialmente como secta judía, posteriormente como religión diferenciada; en Siria y Mesopotamia se adoptaron varias formas de gnosticismo y, más tarde, el mitraísmo y el maniqueísmo.

La prevalencia de estos cultos se ha vinculado con la Crisis del siglo III. El desorden e inseguridad de la época habría provocado la retirada hacia una vida interior. Además el fracaso de la religión oficial, muy ligada al muy desprestigiado gobierno del imperio, e incapaz de solucionar los problemas del pueblo, provocó que muchas personas decidieran cambiar a religiones que prometieran una mejor vida ultraterrena.

Aunque inicialmente se matuvo como un culto muy minoritario, durante los siglos II y III el cristianismo, de mensaje novedoso en el panorama religioso del imperio, fue ganando adeptos, sobre todo en las provincias orientales del Imperio, en África y en algunas zonas occidentales costeras del Mediterráneo, en general en ciudades donde la presencia judía era a su vez importante.

Las persecuciones del cristianismo no han de entenderse como una "caza de cristianos", en las que los romanos se dedicaban a exterminar y asesinar a todo cristiano con que se topaban, sino como una ilegalización de las prácticas cristianas, que, aunque a veces pudieron derivar en ejecuciones sumarias, en general se correspondían más bien con una marginación del culto cristiano y la incómoda obligación de tener que adorar al dios cristiano en secreto. Ocurrió que, como en muchas épocas de crisis, durante los siglos II y III se dieron situaciones en las que se acusaba a un grupo minoritario de todas las desgracias, en este caso eran los cristianos. Ajenos al culto imperial y a la vida religiosa cotidiana del imperio, se decía de ellos que eran los que arruinaban las relaciones ente los hombres y las divinidades, y que perturbaban la paz de los dioses, provocando la retirada de su favor y las consecuentes desgracias.

Aunque existen antecedentes previos, como cuando Nerón los acusó del fortuito incendio de Roma, la tradición de la Iglesia Católica cifra el inicio de la persecución de los cristianos durante el principado del emperador Decio. En aquel entonces el cristianismo era una religión lo bastante prominente, y lo bastante diferente, como para ser considerada la causa de todos los males. Según parece, durante el principado de Decio se vivió una seria crisis militar, especialmente tras las primeras invasiones godas. Por eso Decio se vio en la necesidad de reafirmar la tradicional lealtad del Imperio Romano hacia sus dioses, y exigió que todos los habitantes del Imperio mostraran su sumisión a los mismos. Los cristianos, al negarse, pudieron en algunos casos ser ajusticiados. Mucho se ha escrito sobre si Decio ordenó directamente ir contra el cristianismo, o si, por el contrario, éstos fueron víctimas de una política menos específica y más general. Sea como fuere, parece seguro que no se dieran tantas víctimas como las fuentes cristianas aseguran (salvo que éstas mintieran en el número de cristianos que había). Al morir Decio, las persecuciones cesaron, aunque durante un breve período del principado de Valeriano (hasta que fue capturado por los persas en el 260), parecieron reanudarse, coincidiendo de nuevo con la necesidad de reafirmar el culto imperial.

La principal persecución que sufrieron los cristianos, no obstante, fue la persecución, durante el dominado de Diocleciano. En este caso sí es seguro que se trataba de una política completamente opuesta al cristianismo. Aunque durante su reinado la situación político-militar no era crítica, la necesidad de reunificar la maltrecha religión romana, y el deseo de Diocleciano de restaurar la dignidad del culto imperial y tradicional, chocaron con los cada vez más numerosos cristianos, que al oponerse a las pretensiones imperiales fueron declarados enemigos del solio imperial. Una explicación más tradicional, posiblemente falsa, dice que, por alguna razón, Galerio odiaba al cristianismo, y que logró imponer su actitud al anciano y debilitado Diocleciano.

La persecución general fue motivada por el fracaso de un sacrificio en Nicomedia: los arúspices fueron incapaces de dar con el hígado de varios animales sacrificados, un muy mal augurio del que culparon, al parecer, a un funcionario imperial allí presente, que fue visto santiguarse para no ser contaminado por los ritos.

El primer edicto de persecución se dictó el 23 de febrero del 303. Ordenaba la clausura de las iglesias y la entrega de las escrituras; vino seguido por una orden contra el clero cristiano para que realizara sacrificios a los dioses tradicionales. Hasta el momento sólo se veían, pues, afectadas las autoridades eclesiásticas, pero otro edicto extendió la obligación de realizar sacrificios a todos los miembros de la comunidad cristiana.

Al abdicar Diocleciano, la persecución continuó con Galerio, pero cedió en las regiones dominadas por Constantino (Galia y Britania, donde habían muy pocos cristianos) y las dominadas por Majencio (Italia y África, donde no era especialmente necesario recurrir a persecuciones para afianzar el poder imperial).

Para finales del reinado de Galerio la persecución había perdido fuerza: se descubrió que al prohibir el rezo a su Dios, tampoco rezaban a los dioses paganos, por lo cual el fracaso de la medida era patente. Por eso, se restableció la libertad de culto y se invitó a los cristianos a rezar a su Dios por la salvación de su alma y del Imperio.

Al morir Galerio, lo sucedió su hijo Maximino, que reanudó la persecución. Se dice que éste recibió delegaciones de las ciudades que pedían la continuación de las persecuciones de los cristianos, y que por eso las reanudó. En el origen de todo esto puede encontrarse el deseo de confiscar bienes en manos cristianas. Al morir Maximino, lo sucedió Licinio que revirtió la política referente al cristianismo. En el 313 Constantino y Licinio emitieron el Edicto de Milán, una declaración de libertad de culto que restituyó todos los bienes confiscados a los templos cristianos. Para cuando se promulgó el Edicto, se estima que unos 7 millones de habitantes de los 50 que componían al imperio profesaban el cristianismo. Este fue el primer paso de la paz con la Iglesia y para la conversión del Imperio Romano al cristianismo.

Las persecuciones a los cristianos has estado tradicionalmente teñidas de un sesgo muy parcial, a favor de los cristianos, pues no en vano fueron cristianos quienes escribieron toda la historia posterior. La imaginería popular las ha visto, pues, como una serie de matanzas de cristianos, en las que, si se atiende a los números ofrecidos por fuentes cristianas, podría darse el caso de que perecieran dos imperios romanos, tal es la exageración que alcanzan. En definitiva, de las persecuciones a los cristianos, cabe decir que, sin lugar a dudas, todas las cifras de mártires y víctimas dadas por los historiadores cristianos posteriores son fruto de la más interesada exageración: algunas cifras de víctimas incluso superan la población real estimada del Imperio. Historiadores más serios, como Edward Gibbon, sugirieron, de hecho, que las persecuciones posteriores entre las diversas sectas cristianas, o las campañas militares de Carlos V, produjeron más víctimas que las llevadas a cabo por el poder central, algo en línea con el famoso comentario de Juliano el Apóstata, que vino a decir que él no perseguiría a los cristianos ya que éstos eran lo suficientemente eficaces en perseguirse los unos a los otros. Además, se considera que las persecuciones cristianas no tuvieron en su tiempo, y para el gobierno y el pueblo en general, la relevancia que la historiografía posterior, en manos de cristianos, les ha dado: se habla de episodios de persecución esporádicos, poco sistemáticos y muy ineficaces, con contadas víctimas, más semejantes a un pogrom, en los que los cristianos eran usados como chivos expiatorios de los males públicos que afligían al Imperio.

En el 305 Constantino, que residía todavía en Oriente, obtuvo de Galerio permiso para unirse a su padre Constancio en Britania, el cual, el año siguiente, murió en Eburaco, la actual York. Constantino fue proclamado Augusto por el ejército, aunque inicialmente sólo reclamó de Galerio el título de César. Constantino se embarcó inmediatamente en una serie de violentas guerras civiles que en el 324 lo convirtieron en el único gobernante del Imperio Romano de Occidente.

En Oriente, mientas tanto, Galerio había muerto y su sucesor, Licinio, compartía el trono con Maximino. Constantino y Licinio se entrevistaron en Milán, y a parte de promulgar el Edicto de Milán, y más importante aún, acordaron la paz entre Oriente y Occidente, que las acciones de Constantino habían roto. Poco después, Licinio, que de este modo se convirtió en enemido de Maximino, lo derrotó en la batalla de Bizancio, y se convirtió en emperador de Oriente. La paz duró hasta el 316, cuando Constantino se apoderó de los Balcanes, territorio perteneciente a Licinio. En el 324 Constantino se dirigió contra Licinio venciéndolo en Adrianópolis y en Cisópolis, y desde entonces fue el único dueño del Imperio Romano y nombró como césares a sus hijos Constatino, Constancio y Constante.

El cambio religioso se profundizó en la parte oriental del Imperio, sobre todo en la ciudad de Constantinopla, fundada por Constantino. El emperador visitó Roma en el 315 y en el 326; en esta última ocasión Constantino ofendió al Senado y a la población romana al negarse a asistir a un sacrificio en el Capitolio. La ruptura con la antigua ciudad fue seguida por la deliberada promoción de la nueva Constantinopla, trasladando el centro de gravedad del Imperio hacia Oriente, mucho más rico y estable.

El famoso edicto de Milán, del 313, proclamó la libertad de culto, permitiendo a los cristianos la visibilidad pública de la que habían carecido hasta entonces. Constantino, empero, no se convirtió al cristianismo, ni tampoco impuso por ley dicha religión. Se dice, de hecho, que a fin de evitar que sus numerosos crímenes lo condenaran al infierno, creyó que convirtiéndose en su lecho de muerte el bautismo lavaría sus pecados, garantizando la salvación de su alma: fue al parecer bautizado por el arriano Eusebio de Nicomedia en su lecho de muerte, algo que imitarían sus sucesores.

No obstante, durante la época de Constantino y durante todo el siglo IV, la corte imperial dio un impulso decisivo al proceso de cristianización del Imperio. En una época de profunda crisis social e institucional, el cristianismo fue visto como un elemento capaz de reunificar a las sociedad del Imperio, al tiempo que, de facto, serviría de elemento de control y represión de elementos socialmente subversivos. En este sentido, se hizo necesario unificar la doctrina cristiana, algo que Constantino promovió con el Concilio de Nicea: hasta entonces, las comunidades cristianas habían sido relativamente independientes, y mantenido cada una de ellas diversas peculiaridades doctrinales y litúrgicas que no interesaba mantener. Este afán se demostró como una de las principales fuentes de conflictos de los siglos posteriores, en las que las diversas herejías (arrianismo, nestorianos, monofisismo, iconoclastia,...) fueron virulentamente perseguidas.

La conversión, aunque en sí fuese un hecho personal e imperceptible, no ejerció su influencia en el vacío, sino dentro de un entorno en el que el cristianismo se convertiría en la religión principal del imperio, y luego definitivamente oficial con el Edicto de Teodosio.

Constantino, durante todo su reinado, se dedicó a reformar profundamente el Imperio. Modificó la composición del Senado, cuyo consejo estaba antiguamente compuesto por 600 magistrados, aumentando su número a 2.000 miembros, e introdujo numerosos equites, que constituyeron el núcleo del personal administrativo del Imperio.

Otra innovación fue la reforma de la prefectura del pretorio: los comandantes de la guardia imperial se convirtieron en altos funcionarios provinciales dotados de amplios poderes civiles, responsables de mantener el orden público y las finanzas.

El ejército fue reorganizado y jerarquizado en beneficios de los comitatenses, unidades móviles acantonadas en las ciudades cercanas a las fronteras y a los efectivos limitados a algunos cientos de hombres. En el seno de la guardia imperial, y con el fin de remplazar a los pretorianos, disueltos en 312 por haber apoyado a Majencio, Constantino creó las scholae palatinae, formadas por soldados reclutados entre los germanos. Numerosos privilegios fueron otorgados a los veteranos, soldados que habían terminado su servicio: contaban con inmunidad fiscal y exención de cargas municipales.

En el campo económico y con el fin de controlar la inflación, Constantino creó una nueva moneda de oro, el solidus, acuñada por primera vez en 310, la cual rápidamente estabilizó el sistema monetario. Sin embargo, era una moneda de metal muy preciado que sólo circulaba entre las clases sociales más acomodadas y no entre los pobres, que continuaban utilizando una moneda devaluada de aleación entre cobre y plata. La creciente ruralización del imperio favoreció, no obstante, el que el trueque se convirtiera en algo cotidiano entre las clases bajas, y se logró al fin cierta estabilidad en las monedas de menor valor.

Constantino murió el 337, su cuerpo fue llevado a Constantinopla y enterrado en la Iglesia de los Santos Apóstoles. Constantino tenía numerosos hermanastros y sobrinos que fueron asesinados por políticos poderosos y generales deseosos de defender una sucesión dinástica ordenada, libre de disputas entre las diferentes ramas de la familia. Así los hijos de Constantino se convirtieron en Augustos: Constantino II de la Galia, Hispania y Britania; Constancio II de Oriente; y Constante de Italia y África.

Constantino II fue asesinado por Constante, a su vez Constante fue derrocado en el 350 por un usurpador militar, Magnencio. Este último fue derrotado por Constancio en las batallas de Mursa y de Mons Selecus, convirtiéndose en el único soberano del imperio.

En los comienzos de su reinado, Constancio II, se vio ante las nuevas hostilidades de los germanos, que las provincias del occidente requerían la autoridad de un gobernante por separado con autoridad local. El emperador nombró a Juliano césar de la Galia, pretendía que el nuevo césar ejerciera un control nominal de las guerras germanas. Juliano en un principio aceptó y consiguió una gran victoria sobre los alamanes cerca de Estrasburgo en el 357; pero a medida que pasaba el tiempo, hizo valer su personalidad con mayor energía.

Constancio, después de visitar Roma en el 357, volvió al oriente para detener un ejército persa que había invadido la Mesopotamia. En necesidad de reforzar su ejército, pidió ayuda a Juliano; este se negó y se autoproclamó Augusto de occidente. Juliano marchó a Oriente en el 361 contra Constancio. La guerra civil se evitó porque el emperador murió a los 43 años.

El sucesor de Juliano fue Joviano, que fue proclamado por el ejército en Mesopotamia en el 363 durante la crisis que siguió después de la muerte de Juliano en combate. Para asegurar la salida del ejército de los territorios de Persia, Joviano les cedió territorios del norte de la Mesopotamia; esta acción recibió las críticas que merecía su predecesor. En contraste con Juliano, Joviano fue un cristiano aparentemente moderado; pero antes de que pudiera demostrar su política murió en el 364.

A Joviano le sucedió otro oficial, Valentiniano I que fue nombrado por una cámara política de altos cargos militares y funcionarios y fue aceptado por el ejército. Valentiniano se percató de la necesidad de dividir el Imperio y escogió como gobernador del occidente a su hermano Valente. Entre el 364 y 365, los emperadores se dividieron las provincias, el ejército y la administración. El reinado de Valentiniano estuvo centrado en la defensa militar de la frontera del Rin y del Danubio de la invasión barbara. El emperador realizó un programa sistemático de construcciones defensivas, tanto a lo largo de los ríos, como en las rutas de penetración en las provincias romanas. Su administración general se caracterizó por el rigor, la meticulosidad y la brutalidad. Debido a este estilo de gobierno, sufrió rebeliones en Iliria y en África las cuales fueron sofocadas por el general Flavio Teodosio. Valentiniano murió en el 375 por una apoplejía.

A Valentiniano lo sucedió su hermano Valente. Su reinado se vio afectado por guerras en el exterior contra los godos a los que atacó con éxito entre el 367 y el 369; y contra el Imperio Persa en Armenia. La crisis del reinado de Valente se produjo en el 376, cuando el emperador fue convencido de autorizar el ingreso de los visigodos al Imperio, los que había sido empujados hacia las fronteras romanas por la invasión de los hunos. Pero los godos entraron violentamente, lo que llevó al ejército romano a combatir contra ellos. En el 378 Valente tuvo un encuentro bélico con ellos en Adrianópolis. Perdió la batalla, murió y dos tercios de su ejército quedaron destrozados.

La ciudad de Constantinopla fue construida por Constantino entre el 330 y el 336 en el lugar de Bizancio. Fue apodada Nueva Roma por ser muy parecida a la capital imperial. Al igual que esta, fue construida sobre siete colinas, se dividió en catorce distritos urbanos, con un foro, un capitolio y un senado.

Desde sus primeros días, Constantinopla creció con asombrosa rapidez y su gran cantidad de recursos atrajeron a un gran número de artesanos y materiales de todas las regiones del oriente. En el contexto general del Bajo Imperio, la ciudad fue un nexo entre Oriente y Occidente. Esta ciudad se caracterizó por ser sumamente cristiana, no existía ningún templo pagano con una gran cantidad de iglesias cristianas. Constantinopla fue adornada con plazas monumentales y bellos edificios públicos. La ciudad constaba de 14 iglesias, 11 palacios, 5 mercados, 8 baños públicos, 153 baños privados, 20 panaderías públicas, 120 panaderías privadas, 52 pórticos, 322 calles y 4.388 casas.

Tras la conversión de Constantino, Roma emergió como un gran centro de la cultura cristiana. El vigor de la ciudad en el Bajo Imperio fue en parte consecuencia de la partida de los emperadores hacia las nuevas capitales como Constantinopla. En su ausencia, el Senado y el Pueblo Romano se afianzaron sin ningún tipo de inhibición, como no sucedía desde fines de la República romana.Sin embargo, su poder se limitaba al area de influencia geográfica más próxima a Roma (el Lacio, la Toscana, la Campania,...), y derivó en un poder provincial más que global: el traslado del centro de gravedad del imperio hacia Oriente restó gran relevancia a Roma dentro de su propio Imperio.

Simultáneamente a su transformación como ciudad cristiana, en Roma se produjo un florecimiento de la cultura clásica, en la literatura, en la pintura, escultura y la arquitectura construyéndose numerosas iglesias.

En la crisis, Teodosio, hijo del general de Valentiniano, Flavio Teodosio, fue requerido para que abandonase sus posiciones en Hispania y fue nombrado Emperador de Oriente en enero del 379. Sus primeros años de gobierno estuvieron dedicados al problema de los godos. En el año 382, firmó un tratado de alianza por el cual los godos podrían entrar al territorio de Mesia pero debían integrarse en el ejército romano como federados. Teodosio también estableció un tratado con los persas en el 386.

En Occidente a Valentiniano le sucedieron sus hijos Graciano y Valentiniano II, que entonces constaban con 16 y 4 años respectivamente. Ambos fueron controlados por sus consejeros y Valentiano por su madre. Estos gobiernos no fueron lo suficientemente fuertes y el usurpador Magno Clemente Máximo asesinó a Graciano en Lyon e instaló su corte en Tréveris esperando el reconocimiento de su poder por parte de Teodosio I. En el 387 invadió Italia y destronó a Valentiniano II que huyó a refugiarse con Teodosio. En respuesta, el Emperador de Oriente marchó contra Máximo en el 388, le dio muerte y le devolvió el poder a Valentiniano.

De regreso a Constantinopla, Teodosio dejó a Valentiniano en Tréveris bajo la supervisión de un general franco, Arbogasto. Al año siguiente Valentiniano apareció ahorcado, supuestamente por suicidio y Arbogasto elevó a Flavio Eugenio como Emperador. Eugenio quiso restaurar el culto pagano en Roma. Teodosio respondió y venció con sus tropas en la Batalla del Frígido, al este de Aquilea. Teodosio volvió a Milán y asentó su corte allí.

Varios emperadores anteriores, como Constantino, eran cristianos pero la religión oficial era el paganismo. Desde el 313 con el Edicto de Milán había libertad de culto. Pero el 28 de febrero del año 380, Teodosio promulgó un edicto que declaraba el cristianismo como religión oficial del Imperio romano y prohibía el paganismo. Desde entonces se clausuraron los templos paganos y se suspendieron los juegos consagrados a los antiguos dioses como los Juegos Olímpicos.

La estructura administrativa del Bajo Imperio estaba encabezada por el emperador. Generalmente había dos o más emperadores colegiados que gobernaban con independencia, si bien mantenían un frente de unidad.

La administración, desde tiempos de Diocleciano, estaba estrictamente dividida en funciones militares y civiles. Los ejércitos de campaña móviles en Oriente y Occidente eran comandados por magistri o maestres de caballería e infantería. Por debajo de estos comandantes titulados comites (condes) y duces (duques) comandantes de los ejércitos regionales. El Comes Domesticorum mandaba la guardia selecta del palacio, dividida en jinetes e infantes. El Castrensis se encargaba de mantener el orden en el palacio, una tarea difícil dada la constante movilidad de los últimos emperadores romanos.

Encabezando la administración civil estaban los prefectos pretorianos de Italia (con África e Iliria), de Galia (con Hispania y Britania) y de Oriente. Sus deberes eran la administración provincial, sobre todo lo relacionado con la recaudación de impuestos. El Conde de las Dádivas Sagradas controlaba las casas de monedas y las minas del estado. Otro funcionario importante era el Conde de la Cartera Imperial, encargado de la administración de las propiedades del estado. El Cuestor del Palacio Sagrado era el responsable de las relaciones y las comunicaciones imperiales en la adecuada forma literaria y por último el Primicerius Notariorum encabezaba los cuerpos de secretarios imperiales.

El trabajo de los esclavos había sido la base de la economía romana. Pero, a partir del siglo III, la influencia del cristianismo, la suspensión del aprovisionamiento de mano de obra debido al fin de las conquistas, el temor a las sublevaciones y los constantes intentos de fuga y sabotajes, convencieron a los propietarios de la necesidad de instrumentar nuevas formas de trabajo. Muchos de ellos comenzaron a liberar a sus esclavos y les dieron una parcela de tierra a cambio de la entrega de una parte de la producción.

Durante la crisis del siglo III, ese proceso se aceleró. Muchos campesinos libres que no podían pagar los crecientes impuestos ni poner freno a los saqueos de sus campos, abandonaron sus tierras y se pusieron bajo la protección de los grandes propietarios rurales. De esta manera surgió el colonato. El colono era un arrendatario que cultivaba una parcela y debía entregar al propietario parte de la cosecha. Muchos habitantes de las ciudades se trasladaron al campo y se convirtieron también en colonos.

Con el surgimiento del colonato y la ruralización de la sociedad tras la crisis del siglo III, surgió una nueva estructura social más polarizada. En la cúspide de la pirámide social se encontraban los grandes latifundistas que, además de tierras y fincas amuralladas, poseían ejércitos privados y recaudaban los impuestos en sus territorios. Por debajo de ellos se hallaban los campesinos independientes empobrecidos, los colonos, y los esclavos. Poco a poco, la condición de los colonos fue empeorando, hasta que no pudieron abandonar las tierras que trabajaban. Esto se agravó con la reforma de Diocleciano, quien, para lograr un recuento preciso de los impuestos, obligaba a los trabajadores a permanecer en las parcelas que cultivaban. Así se perfilaron procesos económicos y sociales que se retomarían siglos posteriores, este es el caso del feudalismo.

Teodosio I Murió en Milán en enero del 395 de una enfermedad del corazón. Fue el último emperador que durante de más de medio siglo con su habilidad personal y su fuerza de carácter ejerció un sostenido control sobre el Imperio Romano. A su muerte dejó el poder en manos de sus hijos Arcadio, que gobernó en Constantinopla y Honorio, emperador con sede en Milán. En el momento de ascensión, Arcadio tenía 18 años siendo unos pocos años mayor que su hermano. Ninguno de los dos tuvo demasiada personalidad; pero la sucesión se llevó a cabo sin resistencia alguna.

Arcadio murió en el 408 y lo sucedió su hijo Teodosio II que había sido proclamado coaugusto en el 402 con sólo un año. En el 423 murió Honorio después de un reinado de nula actividad. Entre el 423 y el 425 el usurpador Juan entró en la política del Imperio y proclamó como Emperador de Oriente a Valentiniano III de sólo 4 años de edad y de Occidente al general Flavio Constancio.

La estabilidad dinástica del cargo imperial en este periodo se vio asegurada a costa de presentar al Imperio emperadores muy jóvenes gobernados por ministros y generales. Esta continuidad dinástica creada por el legado de Teodosio I no impidió las usuales rivalidades políticas entre los partidarios de los emperadores, pero fue importante en estos tiempos extremadamente difíciles para el Imperio romano.

Los germanos eran pueblos del Norte y del Este de Europa, de lengua indoeuropea. Habitaban tierras pobres cubiertas por bosques y pantanos, que dificultaban las prácticas agrícolas.

Si bien Roma rara vez pudo traspasar la frontera que separaba el área romana del área germana, hacía tiempo que estaba en contacto con los germanos y los admitía en su suelo. Esta línea divisoria corría a lo largo de los ríos Rin y Danubio. A causa del aumento demográfico y de problemas climáticos, desde el siglo II los germanos habían comenzado a atravesarla y a ingresar en grupos reducidos en el Imperio, atraídos por territorios más fértiles. Algunos germanos se convirtieron en colonos; otros realizaron foedus con Roma, o sea, ingresaban al ejército romano en calidad de federados o aliados. A cambio de servir en el ejército y defender las fronteras, los federados recibían tierras y ganado.

A fines del siglo IV, creció la presencia de germanos dentro de las fronteras del Imperio. La mayoría de ellos se instalaron en áreas rurales y, aprovechando el debilitamiento del poder imperial, continuaron teniendo sus propias leyes y se gobernaban por sus propios jefes. Los germanos mantuvieron sus costumbres, no hablaban latín y, en aspecto religioso, eran paganos o arrianos.

Al comienzo, Roma no midió las posibles consecuencias de la presencia germana dentro del Imperio, ya que los pueblos no estaban unidos entre sí y las rivalidades entre ellos eran hábilmente explotadas por los romanos. Sin embargo, a causa de su creciente debilidad y de los problemas internos, el Imperio no reaccionó a tiempo cuando se produjeron nuevas y más violentas invasiones.

Los godos fueron uno de los primeros pueblos que entraron en el Imperio, en un comienzo eran un pueblo tranquilo de agricultores que vivía en comunidades rurales y que viajaban individualmente dentro de los límites del Imperio Romano. La migración de los godos obedeció a la presión de los hunos desde el Este y no fue de modo agresivo contra los romanos; esto únicamente sucedió cuando los godos fueron maltratados y oprimidos por los romanos al cruzar el Danubio.

En el 382 los godos realizaron un foedus con Teodosio I, pero lo interpretaron como una negociación personal con él más que con el gobierno romano. Alarico I, rey de los visigodos, a la muerte de Teodosio, no estaba seguro de si sus sucesores, Arcadio y Honorio respetarían el tratado. Su objetivo fue conseguir una tierra fija para su pueblo, por lo que luchó contra Honorio (que se había quedado con el Imperio Romano de Occidente).

En 401 pacta con Arcadio (que se había quedado el Imperio Romano de Oriente) una alianza pacífica, que permite al jefe godo surtir de armas a su gente, para así en 402 conducir al ejército visigodo a través de Macedonia, Tracia, Fócida y Beocia, para llegar hasta la Península Itálica, donde es vencido por Estilicón el 6 de abril de 402 en la batalla de Pollentia. Como consecuencia firma con Honorio una paz efímera, ya que un año más tarde es nuevamente rota, vuelve a invadir Italia y establece su capital en la región de Dalmacia.

Ante la ofuscación del emperador, éste manda dar muerte a su general Estilicón en 408, lo que permite a los visigodos saquear de nuevo Italia e incluso asediar Roma. Entonces, reclamó al emperador Honorio ser nombrado general de los ejércitos del Imperio, pero esto no le fue concedido, por lo que se dirigió de nuevo a Roma saqueando la ciudad durante seis días en agosto de 410 y llevándose consigo como botín a la hermana del emperador, Gala Placidia.

Después del saqueo de Roma se dirigió hacia el sur de Italia para asegurarse un paso al África. Pero murió, y su sucesor, Ataúlfo se dirigió a la Galia donde instauró en el 414 un régimen godo con capital en Narbona donde se casó con Gala Placidia y proclamó su política de sostener el nombre de Roma por la fuerza de las armas godas. Pero fue asesinado y su sucesor Walia fracasó en un intento de cruzar a África y finalmente en el 418, un acuerdo con los romanos le aseguró un asentamiento en el sudoeste de la Galia y al noreste de Hispania, entre los ríos Garona y Loira.

A fines del 406 una gran invasión de pueblos germánicos, principalmente vándalos, suevos y burgundios cruzaron el Rin, traspasaron las posiciones defensivas romanas, capturaron ciudades del norte de la Galia y avanzaron hacia el suroeste. En el 409 las ciudades de Aquitania se vieron amenazadas y los suevos y vándalos prosiguieron su camino a través de los Pirineos dirigiéndose hacia Hispania. En pocos años los bárbaros fueron construyendo reinos que compitieron por las mejores tierras y despojaron y dispersaron a los terratenientes romanos.

Al mismo tiempo la inquietud local en Britania y las incursiones sajonas a lo largo de la línea costera provocaron una serie de proclamaciones imperiales, como resultado de las cuales el usurpador Constantino III cruzó las Galias, estableció su corte en Arlés y pronto expandió su poder a Hispania. Coincidió este momento, con la invasión de Alarico, por lo que el gobierno romano no pudo hacer mucho para luchar con dicha usurpación de las Galias. Después de la proclamación de Constantino III, Britania estuvo gobernada por reyezuelos locales más o menos continuadores del poder romano, y desde mediados del siglo V fue progresivamente ocupada por los sajones desde el Este.

En las Galias, Armórica y buena parte de la región central de la provincia fueron controladas a partir del 410 por insurgentes conocidos como bacaudos o por los enclaves germanos establecidos localmente.

En el 429 los vándalos pasaron de Hispania a África y en pocos años se abrieron camino hacia Cartago. Una expedición enviada desde Oriente ofreció alguna resistencia al avance de los vándalos, pero en el 435 cayeron la parte oriental de Mauritania, Numidia, y dos años más tarde, Cartago.

En el 420, los hunos se establecieron en las llanuras de Hungría, al norte del Danubio. Desde allí comenzaron a entrar en territorio romano, lo que amenazó la ruta terrestre entre Oriente y Occidente, que en el siglo IV había sido la columna vertebral del Imperio así como el acceso tradicional a las bases de reclutamiento. En el 430 el gobierno romano pactó con el rey huno, Rua, una serie de acuerdos que implicaba pagos de subsidios; pacto que se mantuvo con sus sucesores, Bleda y Atila. En el 441 estalló la guerra abierta, Atila tomó las ciudades de Sirmio, Margus, Naissus y Filipópolis; lo que terminó, en el 449 con un incremento en el pago de los subsidios, y la evacuación romana de los territorios situados a la ribera del Danubio.

Tras un acuerdo con la corte de Constantinopla, Atila avanzó hacia la Galia, pero fue derrotado en los Campos Cataláunicos por las fuerzas combinadas de romanos, visigodos y burgundios. Entonces decidió invadir Italia: saqueó Aquilea, Milán y Ticinum. Pero, Atila se detuvo en el Po, adonde acudió una embajada formada, entre otros, por el prefecto Trigecio, el cónsul Avieno y el papa León I. Tras el encuentro inició la retirada sin reclamar los territorios que deseaba.

Se han ofrecido muchas explicaciones para este hecho. Puede que las epidemias y hambrunas que coincidieron con su invasión debilitaran su ejército, o que, lo más probable, las tropas que Marciano, emperador de Oriente envió al otro lado del Danubio le forzaran a regresar, al verse encerrado en Italia, sin apoyo naval alguno y con un ejército enemigo en su retaguardia. Otras versiones cuentan que un temor supersticioso al destino de Alarico I, que murió poco después del saqueo de Roma en el 410, hizo detenerse a los hunos. La leyenda cuenta que fue San León Magno quien consiguió la retirada de Atila de la península. Finalmente Atila murió en el 453 y con él, el poder de los hunos.

La dinastía de Teodosio en Occidente terminó con el asesinato de Valentiniano II en el 455, sucedido por varios emperadores de corta vida. Tras el reinado de Libio Severo, puesto por Ricimero quien era el que en verdad gobernaba, el Emperador de Oriente, León provocó la instalación en Occidente de Antemio. Cuando éste y Ricimero iban a enfrentarse, León los reconcilió por medio de Anicio Olibrio, un senador occidental exiliado en Constantinopla. Pero Antemio fue asesinado, y Anicio Olibrio se convirtió en Emperador. Tras la muerte de éste pocos meses después, el gobierno oriental envió a Julio Nepote para remplazar a Glicerio, sucesor de Olibrio. Nepote fue desposeído por el general Orestes, quien encumbró a su propio hijo, Rómulo Augusto, al solio imperial. Como Rómulo Auguto nunca fue reconocido por el Senado, y ésta ha sido la principal forma con que los historiadores han reconocido, de entre la maraña de pretendientes, a los legítimos emperadores, hay quien opina que el último emperador fue, en realidad, Julio Nepote.

En este clima de inestabilidad política y por su corta edad, Rómulo no pudo hacer frente a la invasión de los hérulos, y su rey Odoacro conquistó Roma el 4 de septiembre del 476. Esta acción tradicionalmente es considerada como el final del Imperio Romano de Occidente, pero la deposición de Rómulo no causó ninguna interrupción significativa en ese entonces. Roma ya había perdido su hegemonía sobre las provincias, los germanos dominaban los ejércitos «romanos» y generales germanos como Odoacro hacía mucho tiempo eran los verdaderos poderes detrás del trono.

Hay muchas teorías sobre la caída del imperio romano, por ejemplo el historiador militar Vegecio afirmó, y fue recientemente apoyado por el historiador Arturo Ferrill, que la caída del imperio romano se debe principalmente a la incorporación de mercenarios bárbaros a las legiones. Esto provocó la desorganización del ejército que no pudo hacer frente a los ataques germanos.

Edward Gibbon argumenta que los romanos perdieron sus virtudes de siglos pasados dejando la tarea de defender el Imperio en mano de mercenarios germánicos que finalmente se les volvieron en su contra. Gibbon considera que el cristianismo acrecentó este proceso dado que la población se interesaba menos por los sucesos terrenales y esperaba una recompensa en el Paraíso.

Ludwig von Mises argumentó que la inflación y el control de precios por los últimos emperadores destruyó el sistema económico del Imperio Romano, que simplemente cayó en bancarrota, incapaz de pagar al ejército y provocando malestar en la población.

En contraste de las teorías del progresivo declive del Imperio, Arnold J. Toynbee y James Burke argumentan que el Imperio no pudo haber sobrevivido desde el momento que su expansión territorial se detuvo. Ellos sostienen que el Imperio no tenía un sistema económico estable y que sus principales ingresos económicos eran los botines capturados en las campañas militares.

Algunos historiadores piensan que el término «caída» no es el término apropiado para este período.

Henri Pirenne sostiene que el Imperio de Occidente continuó en alguna forma hasta la expansión del Islam en el Siglo VII, la cual interrumpió las rutas del Mediterráneo y llevó al declive de la economía europea.

Historiadores de la Antigüedad tardía, descartan la idea de que el Imperio de Occidente «cayese». Peter Heather ve que el imperio romano se fue transformando en siglos, dado que la cultura de la Alta Edad Media contenía muchos rasgos de la cultura romana y focaliza en la continuidad entre el mundo clásico y el medioevo.

Las causas tradicionalmente apuntadas para explicar la caída del Imperio Romano son múltiples, y se relacionan estrechamente con la teoría a la que sirven. Aun así, siempre cabe señalar una serie de factores que innegablemente contribuyeron a la crisis, y, al fin, a la caída de Roma. Así, se puede distinguir entre una serie de causas internas y externas, siendo en las internas en las que más ha abundado la historiografía contemporánea.

Entre las causas internas se encuentran los problemas por la sucesión del poder, nunca bien resuelta, en general dependiente no de la costumbre o alguna ley escrita, sino de las dinámicas políticas y conspiratorias que se desarrollaban en torno al Solio imperial, y que desde el comienzo del Imperio provocaron inestabilidad y guerras civiles entre los diversos aspirantes y advenedizos. Además, se produjo desde el inicio un debilitamiento acuciante del Poder Civil, tradicionalmente representado por el Senado y la Magistratura, que tras el advenimiento del Principado habían pasado a ser un cuerpo meramente ceremonial el primero, y un cuerpo burocrático el segundo. De esta forma, toda la Administración civil y, en suma, todo el poder civil y ciudadano, pasaron a depender del Emperador y a identificarse con él, de manera que todas las inestabilidades asociadas al mismo tenían consecuencias directas sobre la sociedad civil. Dado que la sucesión no estaba garantizada, que el sistema legal -el Derecho Romano- era un cuerpo de leyes de índole civil y no constitucional (y por tanto no suponía garantía alguna respecto a la administración del poder, que estaba organizada por derecho consuetudinario según el mos maiorum, que el propio establecimiento del principado había violado), y que el propio principado del Emperador dependía en gran medidad de la capacidad de éste para mantenerse en el poder, cualquier debilidad por parte del Emperador podía ser aprovechada por quien tuviera los recursos necesarios para derrocarlo y hacerse con el poder.

Esta dinámica se vio primeramente con las caídas de Calígula y de Nerón y el Año de los cuatro emperadores, pero cobró una importancia capital tras el asesinato de Cómodo y de su legítimo sucesor Pertinax, elegido por el Senado, pero que fue muerto por la guardia pretoriana en un auténtico golpe de estado que demostró la influencia de este cuerpo en el poder civil. Las nefastas políticas de los Severos (como la de convertir en costumbre establecidad el realizar donativos extraordinarios al ejército, lo cual hizo peligrar el trono de aquellos que no estuvieran en condiciones de hacerlos) no hicieron sino incrementar la politización del ejército y convertir en costumbre la injerencia de éste en el poder político. Así, tras el asesinato de Alejandro Severo se inició una crisis en la cual muchos generales con un mínimo de poder decidieron optar por el trono por la vía militar, invadiendo el propio imperio, que fue asolado por una continua guerra civil durante el siglo III: la tradición dice que en algún momento del reinado de Galieno llegó a haber hasta 30 emperadores advenedizos, a imitación de los Treinta Tiranos de Atenas. Tras la entronización de Diocleciano y el establecimiento de la Tetrarquía, esta dinámica no fue frenada del todo, y, de hecho, desde el siglo III en adelante, cualquier general o caudillo del ejército fue una auténtica amenaza para el Emperador (como se vio con el asesinato de Aecio). En un determinado punto, la figura del Emperador no era más que la del caudillo del Ejército, lo cual puso de manifiesto el colapso del imperio, y el fin de sus instituciones; las antiguas magistraturas se habían convertido ya entonces en cargos ceremoniales y sinecuras sin ninguna relevancia práctica, y la administración estaba en manos de una burocracia cortesana corrupta y escasamente eficaz. En este sentido, se ha venido apuntando a que el debilitamiento del poder civil bien pudo deberse a la pérdida de las virtudes cívicas tradicionales romanas. Así por ejemplo, se ha señalado cómo, para finales del siglo II, el Senado estaba compuesto en su mayoría por provincianos que veían en la dignidad de senador un título honorífico, y que no comprendían la importancia y responsabilidad que los romanos habían atribuido al cargo.

Las guerras civiles también desfavorecieron la economía del Imperio, ya que las regiones de éste se convirtieron en escenario de esas guerras civiles, asolando los cultivos y los recursos del suelo, que eran la base de la economía. Al ocasionarse tal daño a la producción, hubo menos excedente, y se produjo una caída de la población. Las calzadas que antes, bien guardadas, suponían uno de los principales bienes del Imperio, al permitir un cómodo transporte de mercancías, capitales y personas, cayeron en una profunda inseguridad que hizo mermar sobremanera el comercio interior, arruinando a la industria, generalmente asociada a las ciudades. Esto produjo una despoblación del medio urbano, y generó toda una casta de vagabundos que se dedicaban a trasladarse por las calzadas del imperio sin oficio alguno, dedicándose muchos de ellos al bandolerismo, lo que perjudicó aun más si cabe al comercio. La falta de conquistas, las malas condiciones de vida de los esclavos, y el coste intrínseco quue llevaban asociados (manutención,...), hizo que la mano de obra esclava se encareciera y comenzara a escasear, sumándose así al debilitamiento económico general y reduciendo la producción agrícola, que era el principal empleo de los esclavos. Precisamente la falta de conquistas redujo la entrada de metales preciosos en el Imperio, cuya extracción minera había declinado con el agotamiento de las minas de Hispania, por lo que se produjo una contracción de la base monetaria, basada en dichos metales, que frenó todo intento de crecimiento económico. Además, la creciente presión fiscal fruto de la necesidad de sufragar un ejército cada vez más exigente y de una corte y de una administración cada vez mayores (ocasionado esto último por la implantación de la tetrarquía, cuyas instituciones se mantuvieron aun cuando ésta hubo desaparecido de la mano de Constantino), y que a partir de la crisis del siglo III aparece como un tema recurrente en las fuentes históricas, produjeron un empobrecimiento general de la población, y un deterioro de la economía, que se había caracterizado por ser prácticamente incapaz de generar riqueza si no era gracias a las conquistas. Se produjo, pues, un curioso proceso de empobrecimiento del imperio e incremento de las necesidades recaudatorias, que llevó a ciertos emperadores como Galerio a desarrollar políticas de auténtica extorsión a los contribuyentes, en las que se recurría a la tortura y al asesinato con el fin de recaudar para el erario: en definitiva, el gobierno persistió en una política fiscal que su pueblo no podía soportar y que sólo lograba empobrecerlo aún más.

A esto se añadieron otras desastrosas medidas económicas de los siglos III y IV, como lo fueron las devaluaciones de moneda y acuñaciones fraudulentas como forma de conseguir más fondos, pero con la consiguiente pérdida de confianza en la unidad monetaria básica del imperio; las continuas regulaciones de los precios de las materias primas para frenar una inflación galopante producida por las políticas monetarias; una penalización fiscal del comercio, al aprobarse, por ejemplo, nuevos impuestos relativos al transporte de bienes por mar; los nefastos decretos de Diocleciano en torno a la mano de obra, que establecieron lo que durante el feudalismo se conocería como servidumbre, al obligar, como forma de evitar una creciente despoblación urbana, a que los hijos heredaran el empleo de los padres; el colapso del sistema esclavista al perderse la principal fuente de esclavos con el fin de las conquistas; la creciente burocratización del imperio, y la pompa de la corte imperial, que se convirtió en uno de los elementos más gravosos para los contribuyentes; la introducción de contribuciones forzosas, ante las cuales los campesinos estaban obligados a ceder sus cosechas al ejército; las continuas incursiones bárbaras, que arruinaron las zonas fronterizas; el establecimiento de sistemas recaudatorios basados en las diócesis, en virtud del cual cada diócesis estaba obligada a recaudar una cierta cantidad de dinero, pero sin especificar claramente cómo había de recaudarse, de tal manera que en ciertos casos los más adinerados, desde una posición de poder, se negaban a pagar de forma equitativa y hacían que buena parte de la obligación fiscal recayera sobre los habitantes menos favorecidos o los comerciantes, empobreciéndolos en el mejor de los casos (esto último es la raíz de la exención de impuestos de la que durante el Medievo disfrutó la nobleza).

En definitiva, la situación económica, que se había comenzado a deteriorar al terminarse la expansión del Imperio, se vio abocada al colapso con la adopción de pésimas medidas económicas, que no hicieron sino agravar una crisis que perduró aún durante los pocos períodos de paz de los que disfrutó el imperio en los siglos III, IV y V. Además, muchas de las medidas económicas adoptadas (servidumbre, exención de la nobleza,...) sobrevivirían al propio imperio, y condicionarían negativamente toda la economía medieval de Occidente, que realmente no empezó a recuperarse de la crisis hasta las Cruzadas: se pasó, pues, de una economía agraria basada en el esclavismo, con un importante elemento urbano, a una economía agraria de subsistencia, en la que, además, el escaso desarrollo tecnológico en el ámbito agrario -debido en buena medida al empleo en el Imperio de la mano de obra esclava-, unido al declive de las rutas comerciales mediterráneas debido a la intromisión del Islam (siglo VII), impidió una más rápida recuperación económica, como por otro lado hubiera sido posible, tal y como ocurrió, casi al mismo tiempo, en China tras la caída de la dinastía Han.

En cuanto a las causas externas, la politización del ejército contribuyó a que la frontera se hiciera especialmente vulnerable a los ataques de pueblos bárbaros. Además, las crisis internas coincidieron con un período de grandes presiones demográficas de las tierras bárbaras (Germania, Escitia, ...) que produjeron la migración de muchos de estos pueblos hacia el Imperio, y que se tradujeron en constantes reyertas fronterizas, escaramuzas, e invasiones que acabaron por desgastar a un Imperio de recursos menguantes. Ciertas políticas en torno a la salvaguarda de las fronteras fueron nefastas:Constantino, el mal llamado Grande, con el fin de prevenir posibles rebeliones de los generales fronterizos decidió reducir el número de efectivos de cada legión fronteriza, debilitando absurdamente las fronteras. Además, la inclusión de los bárbaros en el ejército fue un motivo de serios problemas, al actuar éstos como auténticos mercenarios al servicio de su propio interés, y que sólo luchaban por el oro romano.

El término bárbaro era un vocablo griego que se utilizaba en sus inicios para designar a aquellos individuos que no eran helenos: era un término onomatopéyico que venía a reproducir el bar-bar que los griegos oían sin entender al escuchar hablar a los bárbaros. De hecho, en los comienzos de la época expansiva de la República Romana, los griegos solían llamar a los romanos bárbaros, si bien con el tiempo el vocablo, considerado ofensivo por los romanos, pasó a emplearse no sólo contra todas las tribus escasamente civilizadas que rodeaban al imperio (noción de bárbaro que en la actualidad hemos heredado), sino, en general, contra todos los que no fueran romanos (los persas, por ejemplo, eran bárbaros).

Las invasiones bárbaras se inician en el principado de Marco Aurelio, que murió de peste en Viena mientras estaba en campaña. Desde ese momento, la salvaguarda de la frontera norte va a ser fundamental para el Imperio, si bien éste siempre vio como principal amenaza a Persia, en la frontera oriental, sobre todo a partir del advenimiento de los persas Sasánidas durante el principado de Alejandro Severo. Los emperadores subsiguientes tuvieron que dedicar muchos de sus esfuerzos a salvaguardar ambas fronteras en innumerables campañas que fueron desgastando paulatinamente al Imperio. Por otro lado, la inclusión de bárbaros en las filas romanas había sido habitual desde tiempos de la República, empleándolos sobre todo como auxiliares.

Tras la decisión de Constantino de trasladar la capitalidad del Imperio a Constantinopla, se inicia un proceso en el que Occidente, mucho más vulnerable al ataque de los bárbaros del norte, va perdiendo relevancia política dentro de un Imperio cuyo centro de gravedad se traslada hacia las provincias orientales, tradicionalmente más ricas y populosas, de manera que, cuando los sucesores de Constantino se dividen el Imperio, los emperadores de Occidente heredan unos dominios con los mismos problemas estructurales que los orientales, pero menos poblados, más pobres, y con una frontera mucho más insegura, que acabará por colapsarse y dejar paso a las invasiones germánicas que en el siglo V, con el saqueo de Roma por parte de Alarico, acabaron por suponer la caída de Roma. A consecuencia de esto, las tribus bárbaras de los francos, godos, visigodos, ostrogodos, lombardos, burgundios, sajones,... pasaron a dominar el territorio del Imperio Romano de Occidente.

Cabe señalar, no obstante, que la invasión de las tribus germánicas no supuso el fin automático de la unidad romana. Para empezar, la inmensa mayoría de la población de los territorios de Occidente (actuales Francia, Gran Bretaña, España,...), seguían siendo nativos de dichas tierras. Así, los antiguos bretones no fueron sustituidos por los anglosajones, ni los galos lo fueron por los francos (esto puede entenderse si se piensa en la escasa impronta genética dejada por los visigodos en España), sino que más bien se produjo un paulatino proceso de asimilación por ambas partes, en el cual en general las nuevas naciones retuvieron el nombre de sus conquistadores, si bien la mayoría eran descendientes de los conquistados. Contrario, pues, a lo que se cree, los actuales ingleses, por ejemplo, son descendientes en su mayoría de los bretones, no de los anglos y los sajones: ocurrió que, cuando, durante la Alta Edad Media, los pocos cronistas que hubo se preguntaron por el destino de los antiguos habitantes de las provincias de Occidente, llegaron a la conclusión de que habían sido masacrados durante las invasiones, al no ser capaces de explicarse la razón por la que los pueblos de su tiempo retenían el nombre de los conquistadores. Además, en ciertos territorios como España o Francia, el ser descendiente de los visigodos o de los francos era, en contraposición con serlo de los galos, árabes o íberos, garantía de pureza de sangre, y por ende de nobleza, por lo que rara vez nadie reclamaría ser descendiente de los pueblos romanos sin tener claro su linaje: sólo la más alta nobleza, llamada nobleza inmemorial por ello, reclamó ser descendiente directo de la nobleza romana. Por otro lado, como prueba de asimilación cultural se sabe por ejemplo que en el reino lombardo de Italia, la población itálica estuvo inicialmente sujeta al derecho romano, mientras que la lombarda a las costumbres legales germanas (juicio de dios,...), si bien conforme avanzó el tiempo, y ambos pueblos fueron entremezclándose, se acabó por alcanzar una cierta uniformidad legal, previa a la caída del propio reino de mano de los francos de Carlomagno.

A pesar de la conquista, se mantuvo, pues, un elemento cultural común en todos los territorios; la fe cristiana como elemento de unidad religiosa; un ideal de gobierno basado en el romano, hasta el punto de que los emperadores alemanes se hacían llamar Kaiser (de Caesar, César) como señal de prestigio; en la mayoría de los casos, un idioma descendiente del latín vulgar (incluso en la lengua inglesa un 30% del léxico proviene del latín, y otro 30% del francés). Por su parte, las antiguas rutas comerciales, aunque empobrecidas, se mantuvieron hasta el advenimiento del Islam en el siglo VII: se sabe de la llegada frecuente de mercaderes sirios a Marsella durante los siglos V y VI, por ejemplo. Muchos autores consideran, de hecho, que fue la llegada del Islam la que puso un final de facto al Imperio Romano, al menos en Occidente, al cortar las rutas comerciales mediterraneas. Así pues, la fragmentación del imperio fue sobre todo de índole política.

Por su parte, el Imperio Romano de Oriente sobrevivió a las invasiones bárbaras como una unidad política casi intacta, y se consideró el legítimo heredero del Imperio Romano, al mantener su cultura, religión e instituciones tardías. En efecto, dicho Imperio Romano de Oriente, que la tradición occidental pasó a llamar Imperio Bizantino, fue conocido durante todo el Medioevo como Imperio Romano, y sus emperadores reconocidos como los sucesores de Augusto y Constantino: el propio idioma griego, aún hoy, retiene la palabra "romanoi" para referirse a sí mismo, tal y como hicieran los griegos bizantinos, que se veían como romanos. En Occidente, aunque desdeñados, el prestigio de estos fue inmenso durante toda la Edad Media.

Al principio



Imperio romano oriental

Bandera

² El griego fue la lengua oficial del Imperio Bizantino desde el siglo VII sustituyendo al latín.

Imperio bizantino es el término historiográfico que se utiliza desde el siglo XVIII para hacer referencia al Imperio Romano de Oriente en la Edad Media. La capital de este imperio cristiano se encontraba en Constantinopla (actual Estambul), de cuyo nombre antiguo, Bizancio, tomó el término la erudición ilustrada.

En tanto que continuación de la parte oriental del Imperio Romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un proceso que se inició cuando el emperador Constantino trasladó la capital a la antigua Bizancio (que entonces rebautizó como Nueva Roma, y más tarde se denominaría Constantinopla); continuó con la escisión definitiva del Imperio en dos partes tras la muerte de Teodosio I, en 395, y la posterior desaparición, en 476, del Imperio Romano de Occidente; y alcanzó su culminación durante el siglo VII, bajo el emperador Heraclio, con cuyas reformas (sobre todo, la reorganización del ejército y la adopción del griego como lengua oficial), el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente.

A lo largo de su dilatada historia, el Imperio Bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, pese a lo cual continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. Tras una última recuperación de su pasado poder durante la época de la dinastía Comnena, en el siglo XII, el imperio comenzó una prolongada decadencia que culminó con la toma de Constantinopla y la conquista del resto de los territorios bajo dominio bizantino por los turcos, en el siglo XV.

Durante su milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo, y contribuyó a defender Europa Occidental de la expansión del Islam. Fue uno de principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y los costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.

«Imperio Bizantino» es un término moderno que hubiera resultado sumamente extraño a sus contemporáneos, que se consideraban a sí mismos romanos, y a su imperio el Imperio Romano. El nombre en griego original era Romania (Ρωμανία) o Basileía Romaíon (Βασιλεία Ρωμαίων; imperio de los romanos), traducción directa del nombre en latín, Imperium Romanorum. Era denominado "Imperio de los Griegos" por sus contemporáneos de Europa occidental (debido al predominio en él de la lengua, la cultura y la población griegas). En el mundo islámico fue conocido como روم‎ (Rûm, "tierra de los Romanos") y sus habitantes como rumis, calificativo que por extensión acabó aplicándose a los cristianos en general, y en especial a aquellos que se mantuvieron fieles a su religión en los territorios conquistados por la espada del Islam.

La expresión «Imperio Bizantino» (de Bizancio, antiguo nombre de Constantinopla) fue una creación del historiador alemán Hieronymus Wolf, quien en 1557 —un siglo después de la caída de Constantinopla— lo utilizó en su obra Corpus Historiae Byzantinae para designar este período de la historia en contraste con las culturas griega y romana de la Antigüedad clásica. El término no se hizo de uso frecuente hasta el siglo XVII, cuando fue popularizado por autores franceses, como Montesquieu.

El éxito del término puede guardar cierta relación con el histórico rechazo de Occidente a ver en el Imperio Bizantino al heredero legítimo de Roma, al menos desde que, en el siglo IX, Carlomagno y sus sucesores esgrimieron el documento apócrifo conocido como "Donación de Constantino" para proclamarse, con la connivencia del Papado, emperadores romanos. Desde esta época, en las tierras occidentales el título Imperator Romanorum (emperador de los romanos) quedó reservado a los soberanos del Sacro Imperio Romano Germánico, mientras que el emperador de Constantinopla era llamado, de manera un tanto despectiva, Imperator Graecorum (emperador de los griegos), y sus dominios, Imperium Graecorum, Graecia, Terra Graecorum o incluso Imperium Constantinopolitanus. Los emperadores de Constantinopla nunca aceptaron estos nombres. De hecho, los pobladores bizantinos se declaraban herederos del Imperio Romano y los emperadores de Constantinopla se enorgullecían de un linaje ininterrumpido desde Augusto.

El adjetivo «bizantino» adquirió después un sentido peyorativo, como sinónimo de «decadente», debido a la obra de historiadores como Edward Gibbon, William Lecky o el propio Arnold J. Toynbee, quienes, comparando la civilización bizantina con la Antigüedad clásica, vieron la historia del Imperio Bizantino como un prolongado período de decadencia. Influyó seguramente también en esta apreciación el punto de vista de los cruzados de los reinos de Europa occidental que visitaron el imperio desde finales del siglo XI.

La visión de los bizantinos como hombres sutiles y frívolos sobrevive en la expresión «discusión bizantina», en referencia a cualquier disputa apasionada sobre una cuestión intrascendente, seguramente basada en las interminables controversias teológicas sostenidas por los intelectuales bizantinos.

Bizancio puede ser definido como un imperio multiétnico que emergió como imperio cristiano y terminó sus más de 1.000 años de historia en 1453 como un estado griego ortodoxo, adquiriendo un carácter verdaderamente nacional.

Los bizantinos se identificaban a sí mismos como romanos, y continuaron usando el término cuando se convirtió en sinónimo de helenos. Prefirieron llamarse a sí mismos, en griego, romioi (es decir pueblo griego cristiano con ciudadanía romana), al tiempo que desarrollaban una conciencia nacional como residentes de Romania. El patriotismo se reflejaba en la literatura, particularmente en canciones y en poemas como el Akritias, en el que las poblaciones fronterizas (de combatientes llamados akritai) se enorgullecían de defender su país contra los invasores. Con el tiempo, el patriotismo se volvió local, porque no podía ya descansar en la protección de los ejércitos imperiales. Aun cuando los antiguos griegos no fueran cristianos, los bizantinos se enorgullecían de estos ancestros.

Aún en los siglos que siguieron a las conquistas árabes y lombardas del siglo VII y la consecuente reducción del Imperio a los Balcanes y Asia menor, donde residía una muy poderosa y superior población griega, continuó este carácter multiétnico. A pesar de todo, desde el siglo IX se agudizó el proceso de identificación con la antigua cultura griega.

A medida que avanzó la Edad Media pasaron de referirse a sí mismos como romioi, romanos, a helenoi (que tenía connotaciones paganas tanto como el de romios) o graekos ('griego'), término que fue usado frecuentemente por los Bizantinos (tanto como romioi) para su autoidentificación étnica, en especial en los últimos años del Imperio.

La disolución del estado bizantino en el siglo XV no deshizo inmediatamente la sociedad bizantina. Durante la ocupación otomana, los griegos continuaron identificándose como romanos y helenos, identificación que sobrevivió hasta principios del siglo XX y que aún persiste en la moderna Grecia.

Para asegurar el control del Imperio Romano y hacer más eficiente su administración, Diocleciano, a finales del siglo III, instituyó el régimen de gobierno conocido como tetrarquía. Esto es, dividió el imperio en dos partes, gobernadas por dos emperadores augustos, cada uno de los cuales llevaba asociado un "vice-emperador" y futuro heredero césar. Tras la abdicación de Diocleciano el sistema perdió su vigencia y se abrió un período de guerras civiles que no concluyó hasta el año 324, cuando Constantino I el Grande unificó ambas partes del Imperio.

Constantino reconstruyó la ciudad de Bizancio como nueva capital en 330. La llamó «Nueva Roma», pero se la conoció popularmente como Constantinopla ('La Ciudad de Constantino'). La nueva administración tuvo su centro en la ciudad, que gozaba de una envidiable situación estratégica y estaba situada en el nudo de las más importantes rutas comerciales del Mediterráneo oriental.

Constantino fue también el primer emperador en adoptar el cristianismo, religión que fue incrementando su influencia a lo largo del siglo IV y terminó por ser proclamada por el emperador Teodosio I, a finales de dicha centuria, religión oficial del Imperio.

A la muerte del emperador Teodosio I, en 395, el Imperio se dividió definitivamente: Flavio Honorio, su hijo mayor, heredó la mitad occidental, con capital en Roma, mientras que a su otro hijo, Arcadio, le correspondió la oriental, con capital en Constantinopla. Para la mayoría de los autores, es a partir de este momento cuando comienza propiamente la historia del Imperio Bizantino. Mientras que la historia del Imperio Romano de Occidente concluyó en 476, cuando fue depuesto el joven Rómulo Augústulo por el germano (del grupo hérulo) Odoacro, la historia del Imperio Bizantino se prolongará durante aún casi un milenio.

En tanto que el Imperio de Occidente se hundía de forma definitiva, los sucesores de Teodosio fueron capaces de conjurar las sucesivas invasiones de pueblos bárbaros que amenazaron el Imperio de Oriente. Los visigodos fueron desviados hacia Occidente por el emperador Arcadio (395-408). Su sucesor, Teodosio II (408-450) reforzó las murallas de Constantinopla, haciendo de ella una ciudad inexpugnable (de hecho, no sería conquistada por tropas extranjeras hasta 1204), y logró evitar la invasión de los hunos mediante el pago de tributos hasta que se disgregaron y dejaron de representar un peligro tras la muerte de Atila, en 453. Por su parte, Zenón (474-491) evitó la invasión del ostrogodo Teodorico, dirigiéndolo hacia Italia.

La unidad religiosa fue amenazada por las herejías que proliferaron en la mitad oriental del Imperio, y que pusieron de relieve la división en materia doctrinal entre las cuatro principales sedes orientales: Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría. Ya en 325, el Concilio de Nicea había condenado el arrianismo que negaba la divinidad de Cristo. En 431, el Concilio de Éfeso declaró herético el nestorianismo. La crisis más duradera, sin embargo, fue la causada por la herejía monofisita que afirmaba que Cristo sólo tenía una naturaleza, la divina. Aunque fue también condenada por el Concilio de Calcedonia, en 451, había ganado numerosos adeptos, sobre todo en Egipto y Siria, y todos los emperadores fracasaron en sus intentos de restablecer la unidad religiosa. En este período se inicia también la estrecha asociación entre la Iglesia y el Imperio: León I (457-474) fue el primer emperador coronado por el patriarca de Constantinopla.

A finales del siglo V, durante el reinado del emperador Anastasio I, el peligro que suponían las invasiones bárbaras parece definitivamente conjurado. Los pueblos germánicos, ya asentados en el desaparecido Imperio de Occidente, están demasiado ocupados consolidando sus respectivas monarquías como para interesarse por Bizancio.

Entre 533 y 534, tras sendas victorias en Ad Decimum y Tricamarum, un ejército al mando de Belisario conquistó el reino de los vándalos, en la antigua provincia romana de África y las islas del Mediterráneo Occidental (Cerdeña, Córcega y las Baleares). El territorio, una vez pacificado, fue gobernado por un funcionario denominado magister militum. En 535 Mundus ocupó Dalmacia Ese mismo año Belisario avanzó hacia Italia, llegando en 536 hasta Roma tras ocupar el sur de Italia. Tras una breve recuperación de los ostrogodos (541-551), un nuevo ejército bizantino, comandado esta vez por Narsés, anexionó de nuevo Italia al Imperio, creándose el exarcado de Rávena. En 552 los bizantinos intervinieron en disputas internas de la Hispania visigoda y anexionaron al Imperio extensos territorios del sur de la Península Ibérica, llamándola Provincia de Spania. La presencia bizantina en Hispania se prolongó hasta el año 620.

La época de Justiniano no sólo destaca por sus éxitos militares. Bajo su reinado, Bizancio vivió una época de esplendor cultural, a pesar de la clausura de la Academia de Atenas, destacando, entre otras muchas, las figuras de los poetas Nono de Panópolis y Pablo Silenciario, el historiador Procopio, y el filósofo Juan Filopón. Entre 528 y 533, una comisión nombrada por el emperador codificó el Derecho romano en el Corpus Iuris Civilis, permitiendo así la transmisión a la posteridad de uno de los más importantes legados del mundo antiguo. Otra recopilación legislativa: el Digesto, dirigido por Triboniano fue publicada en 533. El esplendor de la época de Justiniano encuentra su mejor ejemplo en una de las obras arquitectónicas más célebres de la historia del Arte, la iglesia de Santa Sofía, construida durante su reinado por los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto.

Dentro de la capital se quebrantó el poder de los partidos del circo, donde las carreras de cuádrigas habían devenido en una diversión popular que levantaba pasiones. De hecho, eran utilizadas políticamente, expresando el color de cada equipo divergencias religiosas (un precoz ejemplo de movilizaciones populares utilizando colores políticos). La Iglesia reconoció al señor de Constantinopla como sacerdote rey y restauró la relación con Roma. Surgió una nueva Iglesia de la Divina Sabiduría como signo y símbolo de un esplendor que sobrepasa al mismo Salomón en toda su gloria.

Las campañas de Justiniano en Occidente y el coste de estos actos de esplendor imperial dejaron exhausta la hacienda imperial y precipitaron al imperio en una situación de crisis, que llegaría a su punto culminante a comienzos del siglo VII. La necesidad de más financiación permitió que su odiado ministro de hacienda, Juan de Capadocia, impusiera mayores y nuevos impuestos a los ciudadanos de Bizancio. La revuelta de Niká (534) estuvo a punto de provocar la huida del emperador, que evitó la emperatriz Teodora con su famosa frase la púrpura es un glorioso sudario. Así mismo, un desastre se cernió sobre el Imperio el año 543 d.C. Se trataba de la Peste Justiniana. Se cree que provocada por el bacilo Yersinia pestis. Sin duda fue un elemento clave que contribuyó a agudizar la grave crisis económica que ya sufría el Imperio. Se estima que un tercio de la población de Constantinopla pereció por su causa.

Los siglos VII y VIII constituyen en la historia de Bizancio una especie de «Edad Oscura» acerca de la cual se tiene muy escasa información. Es un período de crisis, del cual, a pesar de las tremendas dificultades externas (el hostigamiento del Islam que conquistó las regiones más ricas, los continuos ataques de búlgaros y eslavos desde el norte y el reanudamiento de la lucha contra los persas en el este) e internas (las luchas entre iconoclastas e iconodulos, símbolo de los enfrentamientos internos entre poder temporal y religioso), el Imperio salió transformado y reforzado.

Justino II trató de seguir los pasos de su tío y su misma mente sucumbió bajo el intolerable peso de administrar un imperio amenazado desde varios frentes. Su sucesor, Tiberio II abandonó la política militar de Justiniano y permitió que Italia cayera bajo el poder de los lombardos y los bárbaros ocuparan el Danubio, y se replegó a Asia. Mauricio llegó a hacer un tratado favorable con Persia (590), volvió una vez más a la defensa de las fronteras del norte, pero el ejército se negó a soportar las inclemencias de la campaña y Mauricio perdió con el trono la vida. Con Focas, las invasiones de los persas, de los bárbaros y las luchas internas estuvieron a punto de hacer añicos el Imperio. Sin embargo, la revolución de algunas provincias logró salvarlo.

Desde África, donde era más fuerte el elemento latino, zarpó Heraclio para rescatar al imperio romano. Este viaje era a sus ojos una empresa religiosa y durante todo su reinado ese interés fue capital.

El siglo VII comienza con la crisis provocada por la espectacular ofensiva del monarca sasánida Cosroes II que, con sus conquistas en Egipto, Siria y Asia Menor, llegó a amenazar la existencia misma del Imperio. Esta situación fue aprovechada por otros enemigos de Bizancio, como los ávaros y eslavos, que pusieron sitio a Constantinopla en 626. El emperador Heraclio fue capaz, tras una guerra larga y agotadora, de conjurar este peligro, repeliendo el asalto de ávaros y eslavos, y derrotando definitivamente a los persas en 628. En su guerra contra los persas, Heraclio fue capaz de replegarlos hasta el corazón de su patria. En su misión de salvar el imperio y consolidarlo tuvo un gran respaldo por parte de la Iglesia.

Sin embargo, apenas unos años después, entre 633 y 645, la fulgurante expansión militar árabe musulmana arrebata para siempre al Imperio, exhausto por la guerra contra Persia, las provincias de Siria, Palestina y Egipto. A mediados del siglo VII, las fronteras se estabilizaron. Los árabes continuaron presionando, llegando incluso a amenazar la capital, pero la superioridad naval bizantina, reforzada por su magníficas fortificaciones navales y su monopolio del «fuego griego» (un producto químico capaz de arder bajo el agua) salvó a Bizancio.

En la frontera occidental, el Imperio se ve obligado a aceptar desde la época de Constantino IV (668-685) la creación dentro de sus fronteras, en la provincia de Moesia, del reino independiente de los búlgaros. Además, pueblos eslavos fueron instalándose en los Balcanes, llegando incluso hasta el Peloponeso. En Occidente, la invasión de los lombardos hizo mucho más precario el dominio bizantino sobre Italia.

Entre los años 726 y 843, el Imperio Bizantino fue desgarrado por las luchas internas entre los iconoclastas, partidarios de la prohibición de las imágenes religiosas, y los iconódulos, contrarios a dicha prohibición. La primera época iconoclasta se prolongó desde 726, año en que León III (717-741) suprimió el culto a las imágenes, hasta 783, cuando fue restablecido por el II Concilio de Nicea. La segunda etapa iconoclasta tuvo lugar entre 813 y 843. En este año fue restablecida definitivamente la ortodoxia.

Los cronistas no pueden negar que los soberanos iconoclastas se ganaron la admiración y el respeto de sus vasallos y hasta la popularidad.

No fue un simple debate teológico entre iconoclastas e iconódulos, sino un enfrentamiento interno desatado por el patriarcado de Constantinopla, apoyado por el emperador León III, que pretendía acabar con la concentración de poder e influencia política y religiosa de los poderosos monasterios y sus apoyos territoriales (puede imaginarse su importancia viendo cómo ha sobrevivido hasta la actualidad el Monte Athos, fundado más de un siglo después, en 963). Según algunos autores, el conflicto iconoclasta refleja también la división entre el poder estatal —los emperadores, la mayoría partidarios de la iconoclasia—, y el eclesiástico —el patriarcado de Constantinopla, en general iconódulo—; también se ha señalado que mientras que en Asia Menor eran mayoría los iconoclastas, la parte europea del Imperio era más bien partidaria de la veneración (dulía) a las imágenes.

La mayoría de estas transformaciones se dio como consecuencia de la pérdida de las provincias de Egipto, Siria y Palestina, que fueron arrebatadas por el Islam.

El final de las luchas iconoclastas supone una importante recuperación del Imperio, visible desde el reinado de Miguel III (842-867), último emperador de la dinastía Amoriana, y, sobre todo, durante los casi dos siglos (867-1056) en que Bizancio fue regido por la dinastía macedonia. Este período es conocido por los historiadores como «renacimiento macedónico».

Durante estos años, la crisis en que se ve sumido el califato abasí, principal enemigo del Imperio en Oriente, debilita considerablemente la ofensiva islámica. Sin embargo, los nuevos Estados musulmanes que surgieron como resultado de la disolución del califato (principalmente los aglabíes del Norte de África y los fatimíes de Egipto), lucharon duramente contra los bizantinos por la supremacía en el Mediterráneo oriental. A lo largo del siglo IX, los musulmanes arrebataron definitivamente Sicilia al Imperio. Creta ya había sido conquistada por los árabes en 824. El siglo X fue una época de importantes ofensivas contra el Islam, que permitieron recuperar territorios perdidos muchos siglos antes: Nicéforo Focas (963-969) reconquistó el norte de Siria, incluyendo la ciudad de Antioquía (969), así como las islas de Creta (961) y Chipre (965).

El gran enemigo occidental del Imperio durante esta etapa fue el Estado búlgaro. Convertido al cristianismo a mediados del siglo IX, Bulgaria alcanzó su apogeo en tiempos del zar Simeón (893-927), educado en Constantinopla. Desde 896 el Imperio estuvo obligado a pagar un tributo a Bulgaria, y, en 913, Simeón estuvo a punto de atacar la capital. A la muerte de este monarca, en 927, su reino comprendía buena parte de Macedonia y de Tracia, junto con Serbia y Albania. El poder de Bulgaria fue sin embargo declinando durante el siglo X, y, a principios del siglo siguiente, Basilio II o Basilius II (976-1025), llamado Bulgaróctonos ('Matador de búlgaros') invadió Bulgaria y la anexionó al Imperio, dividiéndola en cuatro temas.

Uno de los hechos más decisivos, y de efectos más duraderos, de esta época fue la incorporación de los pueblos eslavos a la órbita cultural y religiosa de Bizancio. En la segunda mitad del siglo IX, los monjes de Tesalónica Metodio y Cirilo fueron enviados a evangelizar Moravia a petición de su monarca, Ratislao. Para llevar a cabo su tarea crearon, partiendo del dialecto eslavo hablado en Tesalónica, una lengua literaria, el antiguo eslavo eclesiástico o litúrgico, así como un nuevo alfabeto para ponerla por escrito, el alfabeto glagolítico (luego sustituido por el alfabeto cirílico). Aunque la misión en Moravia fracasó, a mediados del siglo X se produjo la conversión de la Rus de Kiev, quedando así bajo la influencia de Bizancio un estado de extensión mucho mayor que el propio Imperio.

Las relaciones con Occidente fueron tensas desde la coronación de Carlomagno (800) y las pretensiones de sus sucesores al título de emperadores romanos y al dominio sobre Italia. Durante toda esta etapa, a pesar de la pérdida de Sicilia, el Imperio siguió teniendo una enorme influencia en el sur de la península itálica. Las tensiones con Otón I, quien pretendía expulsar a los bizantinos de Italia, se resolvieron mediante el matrimonio de la princesa bizantina Teófano, sobrina del emperador bizantino Juan Tzimiscés, con Otón II.

Tras la resolución del conflicto iconoclasta, se restauró la unidad religiosa del Imperio. No obstante, hubo de hacerse frente a la herejía de los paulicianos, que en el siglo IX llegó a tener una gran difusión en Asia Menor, así como a su rebrote en Bulgaria, la doctrina bogomilita.

Durante esta época fueron evangelizados los búlgaros. Esta expansión del cristianismo oriental provocó los recelos de Roma, y a mediados del siglo IX estalló una grave crisis entre el patriarca de Constantinopla, Focio y el papa Nicolás I, quienes se excomulgaron mutuamente, produciéndose una primera separación de las iglesias oriental y occidental que se conoce como Cisma de Focio. Además de la rivalidad por la primacía entre las sedes de Roma y Constantinopla, existían algunos desacuerdos doctrinales. El Cisma de Focio fue, sin embargo, breve, y hacia 877 las relaciones entre Oriente y Occidente volvieron a la normalidad.

La ruptura definitiva con Roma se consumó en 1054, con motivo de una disputa sobre el texto del Credo, en el que los teólogos latinos habían incluido la cláusula filioque, significando así, en contra de la tradición de las iglesias orientales, que el Espíritu Santo procedía no sólo del Padre, sino también del Hijo. Existía también desacuerdo en otros muchos temas menores, y subyacía, sobre todo, el enfrentamiento por la primacía entre las dos antiguas capitales del Imperio.

Tras el período de esplendor que supuso el renacimiento macedónico, en la segunda mitad del siglo XI comenzó un período de crisis, marcado por su debilidad ante la aparición de dos poderosos nuevos enemigos: los turcos selyúcidas y los reinos cristianos de Europa occidental; y por la creciente feudalización del Imperio, acentuada al verse forzados los emperadores Comneno a realizar cesiones territoriales (denominadas pronoia) a la aristocracia y a miembros su propia familia.

En la frontera oriental, los turcos selyúcidas, que hasta el momento habían centrado su interés en derrotar al Egipto fatimí, empezaron a hacer incursiones en Asia Menor, de donde procedía la mayor parte de los soldados del Imperio. Con la inesperada derrota en la batalla de Manzikert (1071) del emperador Romano IV Diógenes a manos de Alp Arslan, sultán de los turcos selyúcidas, terminó la hegemonía bizantina en Asia Menor. Los intentos posteriores de los emperadores Commenos por reconquistar los territorios perdidos se revelarán siempre infructuosos. Más aún, un siglo después, Manuel I Comneno sufriría otra humillante derrota frente a los selyúcidas en Myriokephalon en 1176.

En Occidente, los normandos expulsaron de Italia a los bizantinos en unos pocos años (entre 1060 y 1076), y conquistaron Dyrrachium, en Iliria, desde donde pretendían abrirse camino hasta Constantinopla. La muerte de Roberto Guiscardo en 1085 evitó que estos planes se llevasen a efecto. Sin embargo, pocos años después, la Primera Cruzada se convertiría en un quebradero de cabeza para el emperador Alejo I Comneno. Se discute si fue el propio emperador el que solicitó la ayuda de Occidente para combatir contra los turcos. Aunque teóricamente se habían comprometido a poner bajo la autoridad de Bizancio los territorios sometidos, los cruzados terminaron por establecer varios Estados independientes en Antioquía, Edesa, Trípoli y Jerusalén.

Los alemanes del Sacro Imperio Romano y los normandos de Sicilia y el sur de Italia siguieron atacando el Imperio durante el siglo XII. Las ciudades-estado y repúblicas italianas como Venecia y Génova, a las cuales Alejo había concedido derechos comerciales en Constantinopla, se convirtieron en los objetivos de sentimientos antioccidentales debido al resentimiento existente hacia los francos o latinos. A los venecianos en especial les importunaron sobremanera dichas manifestaciones del pueblo bizantino, teniendo en cuenta que su flota de barcos era la base de la marina bizantina.

Federico Barbarroja (emperador del Sacro Imperio Romano) intentó conquistar sin éxito el Imperio durante la Tercera Cruzada, pero fue la cuarta la que tuvo el efecto más devastador sobre el Imperio Bizantino en siglos. La intención expresa de la cruzada era conquistar Egipto y los bizantinos, creyendo que no había posibilidades de vencer a Saladino (sultán de Egipto y Siria y principal enemigo de los cruzados instalados en Tierra Santa), inicialmente decidieron mantenerse neutrales, aunque al final ofrecieron 200,000 marcos de plata y todos los medios para que los cruzados llegaran a Egipto. Sin embargo, la codicia por parte de los venecianos y de los jefes cruzados de los tesoros de Constantinopla hizo que venecianos y cruzados no respetaran el acuerdo y tomaran por asalto Constantinopla en 13 de abril del 1204. Tras tres días de pillaje y destrucción de importantes obras de arte, por primera vez desde su fundación por Constantino, más de 800 años antes, la ciudad había sido tomada por un ejército extranjero, dando origen al efímero Imperio Latino (1204-1261).

El poder bizantino pasó a estar permanentemente debilitado. En este tiempo, el reino serbio, bajo Esteban Dushan, de la Dinastía Nemanjić, se fortaleció aprovechando el desmoronamiento de Bizancio, iniciando un proceso que culminaría cuando en 1346 se constituyera el Imperio Serbio.

Tres Estados griegos herederos del Imperio Bizantino permanecieron fuera de la órbita del recientemente creado Imperio Latino —el Imperio de Nicea, el Imperio de Trebisonda, y el Despotado de Epiro. El primero, controlado por la Dinastía Paleólogo, reconquistó a los latinos Constantinopla en 1261 y derrotó a Epiro, revitalizando el Imperio pero prestando demasiada atención a Europa cuando la creciente penetración de los turcos en Asia Menor constituía el principal problema.

La historia de Bizancio tras la reconquista de la capital por Miguel VIII Paleólogo es la de una prologada decadencia. En el lado oriental el avance turco redujo casi a la nada los dominios asiáticos del Imperio, convertido en algunas etapas en vasallo de los otomanos, en los Balcanes debió competir con los Estados griegos y latinos que habían surgido a raíz de la conquista de Constantinopla en 1204, y en el Mediterráneo la superioridad naval veneciana dejaba muy pocas opciones a Constantinopla. Además, durante el siglo XIV el Imperio, convertido en uno más de numerosos Estados balcánicos, debió afrontar la terrible revuelta de los almogávares de la Corona de Aragón y dos devastadoras guerras civiles.

Durante un tiempo el Imperio sobrevivió simplemente porque selyúcidas, mongoles y persas safávidas estaban demasiado divididos para poder atacar, pero finalmente los turcos otomanos invadieron todo lo que quedaba de las posesiones bizantinas a excepción de un número de ciudades portuarias. (Los otomanos —núcleo originario del futuro Imperio Otomano— procedían de uno de los sultanatos escindidos del Estado selyúcida bajo el mando de un líder llamado Osmán I Gazi, que daría el nombre a la dinastía otomana u osmanlí).

El Imperio apeló a Occidente en busca de ayuda, pero los diferentes Estados ponían como condición la reunificación de la iglesia católica y la ortodoxa. La unidad de las iglesias fue considerada, y ocasionalmente llevada a cabo por decreto legal, pero los ciudadanos ortodoxos no aceptarían el catolicismo romano. Algunos combatientes occidentales llegaron en auxilio de Bizancio, pero muchos prefirieron dejar al Imperio sucumbir, y no hicieron nada cuando los otomanos conquistaron los territorios restantes.

Constantinopla fue en un principio desestimada en pos de su conquista debido a sus poderosas defensas, pero con el advenimiento de los cañones, las murallas —que habían sido impenetrables excepto para la Cuarta Cruzada durante más de 1.000 años— ya no ofrecían la protección adecuada frente a los turcos otomanos. La Caída de Constantinopla finalmente se produjo después de un sitio de dos meses llevado a cabo por Mehmet II el 29 de mayo de 1453. El último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, fue visto por última vez cuando entraba en combate con las tropas de jenízaros de los sitiadores otomanos, que superaban de manera aplastante a los bizantinos. Mehmet II también conquistó Mistra en 1460 y Trebisonda en 1461.

Son muy pocos los datos que pueden permitirnos calcular la población del Imperio Bizantino. J.C. Russell estima que a finales del siglo IV la población total del Imperio Romano de Oriente era de unos 25 millones, repartidos en un área de aproximadamente 1.600.000 km². Hacia el siglo IX, sin embargo, tras la pérdida de las provincias de Siria, Egipto y Palestina y la crisis de población del siglo VI, habitarían el Imperio alrededor de 13 millones de personas en un territorio de 745.000 km².

Hacia el siglo XIII, con las importantes mermas territoriales sufridas por el Imperio, no es probable que el basileus rigiese los destinos de más de 4.000.000 de personas. Desde entonces el territorio del imperio —y, por ende, su población— fue decreciendo rápidamente hasta la caída de Constantinopla en 1453.

Las mayores concentraciones de población estuvieron siempre en la parte asiática del Imperio, especialmente en el litoral egeo de Asia Menor.

En cuanto a las ciudades, el crecimiento de Constantinopla fue espectacular en los siglo IV y V. Mientras que la capital de Occidente, Roma, había declinado considerablemente desde el siglo II, en que llegó a tener un millón y medio de habitantes, hasta el siglo V, con sólo unos 100.000, Constantinopla, que en el momento de su fundación contaba escasamente con 30.000 habitantes, llegó en época de Justiniano a los 400.000.

Pero Constantinopla no era la única gran ciudad del Imperio. La población de Alejandría en esa misma época se ha estimado en torno a los 300.000 habitantes, algo mayor que Antioquía (unos 250.000), seguida de otras ciudades como Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Trebisonda, Edesa, Nicea, Tesalónica, Tebas y Atenas.

El siglo VI supuso un importante retroceso de la urbanización debido tanto a las guerras como a una desdichada sucesión de epidemias y catástrofes naturales. En el siglo siguiente, tras la pérdida de Siria, Palestina, Egipto y Cartago, sólo quedaron dos grandes ciudades en el Imperio: la capital y Tesalónica. Parece que la población de Constantinopla decreció considerablemente durante los siglos VI y VII (a causa, entre otras razones, de la peste) y sólo comenzó a recuperarse a mediados del siglo VIII. Se estima que su población sería de 300.000 habitantes durante el renacimiento macedónico, y de no menos de 500.000 bajo la dinastía Comnena.

En los últimos tiempos del Imperio las ciudades sufrieron un pronunciado declive. Se estima que en el momento de su conquista por los turcos la población de la capital estaba en torno a los 50.000 habitantes, y la de la segunda ciudad del Imperio, Tesalónica, alrededor de los 30.000.

Como en el resto del mundo en la Edad Media, la principal actividad económica era la agricultura que estaba organizada en latifundios, en manos de la nobleza y el clero. Cultivaban los cereales, frutos, las hortalizas y otros alimentos vegetales.

La principal industria era la textil, basada en talleres de seda estatales, que empleaban a grandes cantidades de operarios. El Imperio dependía por completo del comercio con Oriente para el abastecimiento de seda, hasta que a mediados del siglo VI unos monjes desconocidos —quizá nestorianos— lograron llevar capullos de gusanos de seda a Justiniano. El Imperio comenzó a producir su propia seda —principalmente en Siria—, y su fabricación fue un secreto celosamente guardado y desconocido en el resto de Europa hasta al menos el siglo XII.

Hay que destacar la gran importancia del comercio. Por su situación geográfica, el Imperio Bizantino fue un intermediario necesario entre Oriente y el Mediterráneo, al menos hasta el siglo VII, cuando el Islam se apoderó de las provincias meridionales del Imperio. Era especialmente importante la posición de la capital, que controlaba el paso de Europa a Asia, y al dominar el Estrecho del Bósforo, los intercambios entre el Mediterráneo (desde donde se accedía a Europa occidental) y el Mar Negro (que enlazaba con el Norte de Europa y Rusia).

El comercio bizantino entró en decadencia durante los siglos XI y XII, a causa de las ruinosas concesiones que se hicieron a Venecia, y, en menor medida, a Génova y a Pisa.

Un importante elemento en la economía del Imperio fue su moneda, el sólido bizantino y el besante, de extendido prestigio en el comercio mundial de la época.

El jefe supremo del Imperio Bizantino era el emperador (basileus), que dirigía el ejército, la administración, y tenía el poder religioso. Cada emperador tenía la potestad de elegir a su sucesor, al que asociaba a las tareas de gobierno confiriéndole el título de césar. En algún momento de la historia de Bizancio (concretamente, durante el reinado de Romano Lecapeno) llegó a haber hasta cinco césares simultáneos.

El sucesor no era necesariamente hijo del emperador. En muchos casos, la sucesión fue de tío a sobrino (Justiniano, por ejemplo, sucedió a su tío Justino I y fue sucedido por su sobrino Justino II). Otros personajes llegaron a la dignidad imperial a través del matrimonio, como Nicéforo II o Romano IV Diógenes.

Si bien el emperador elegía a su sucesor, fueron muchos los que llegaron al poder al ser proclamados emperadores por el ejército (como Heraclio o Alejo I Comneno), o gracias a las intrigas cortesanas, a veces aderezadas con numerosos crímenes. Para evitar que los emperadores depuestos y sus familiares reivindicaran el trono eran con frecuencia cegados y, en ocasiones, castrados, y confinados en monasterios. Un caso peculiar es el de Justiniano II, llamado Rhinotmetos ('Nariz cortada'), a quien el usurpador Leoncio cortó la nariz y envió al destierro, aunque recuperaría posteriormente su trono. Estos crímenes atroces fueron sumamente frecuentes en la historia del Imperio Bizantino, especialmente en las épocas de inestabilidad política.

La figura del emperador estaba especialmente relacionada con la Iglesia, que se convirtió en un factor estabilizador, y especialmente con el Patriarca de Constantinopla. La monarquía bizantina tenía un carácter cesaropapista —uno de los títulos del emperador era Isapóstolos ('Igual a los Apóstoles'), y ciertas prerrogativas de su cargo remiten al Rex sacerdos ('Rey sacerdote') de la monarquía israelita—. El emperador y el Patriarca tenían una relación de mutua interdependencia: si bien el emperador designaba al Patriarca, era éste el que sancionaba su acceso al poder mediante la ceremonia de coronación. Entre uno y otro hubo en la historia de Bizancio muchos momentos de tensión, pues los intereses del Estado diferían a veces de los de la Iglesia. En la última etapa del Imperio, por ejemplo, cuando los emperadores, para obtener la ayuda de Occidente frente a los turcos, intentaron restaurar la unidad religiosa de su iglesia con la de Roma, se encontraron con la tenaz resistencia de los patriarcas.

Una de las principales bazas del emperador era su control sobre una eficaz administración, que se regía por el Corpus Iuris Civilis, recopilado en época de Justiniano. La organización territorial se basaba, desde el siglo VII, en los thémata ('temas'), provincias al mando de un strategos o general.

Para más información, véase Ejército bizantino.

El ejército bizantino fue durante siglos el más poderoso de Europa. Heredero del ejército romano, en los siglos III y IV fue sustancialmente reformado, desarrollando sobre todo la caballería pesada (catrafacta), de origen sármata.

La armada bizantina tuvo un papel preponderante en la hegemonía del Imperio, gracias a sus ágiles embarcaciones, llamadas dromos y al uso de armas secretas como el «fuego griego». La superioridad naval de Bizancio le proporcionó el dominio del Mediterráneo oriental hasta el siglo XI, cuando empezó a ser sustituida por el incipiente poder de algunas ciudades-estado italianas, especialmente Venecia.

En un primer momento existían dos tipos de tropas: los limitanei (guarniciones de frontera) y los comitatenses. A partir del siglo VII el Imperio fue organizado en themata, circunscripciones tanto administrativas como militares dirigidas por un strategos, cuya existencia mejoró sustancialmente la capacidad defensiva de Bizancio frente a sus numerosos enemigos exteriores.

En la defensa de Bizancio jugó un importante papel la hábil diplomacia de sus emperadores. Los pagos de tributos mantuvieron mucho tiempo alejados a los enemigos del Imperio, y su servicio de espionaje logró salvar situaciones que parecían desesperadas.

Una de las debilidades del ejército bizantino, que fue acentuándose con el tiempo, fue la necesidad de recurrir a tropas mercenarias, de fidelidad dudosa. Entre los cuerpos mercenarios más conocidos está la famosa guardia varega. La crisis más terrible que los mercenarios causaron en el Imperio fue seguramente la revuelta de los almogávares, en el siglo XIV.

El arte de la estrategia alcanzó un gran auge en época bizantina, e incluso varios emperadores, como es el caso de Mauricio escribieron tratados sobre el arte militar. Estas doctrinas ensalzaban el sigilo, la sorpresa y el liderazgo de los comandantes.

Uno de los rasgos más característicos de la civilización bizantina es la importancia de la religión y del estamento eclesiástico en su ideología oficial. Iglesia y Estado, emperador y patriarca, se identificaron progresivamente, hasta el punto de que el apego a la verdadera fe (la «ortodoxia») fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio Bizantino, lo que no impidió que surgieran numerosas corrientes heréticas.

El cristianismo primitivo tuvo un desarrollo mucho más rápido en Oriente que en Occidente. Es muy significativo el hecho de que el Concilio de Calcedonia reconociera en 451 cinco grandes patriarcados, de los cuales sólo uno (Roma) era occidental; los otros cuatro (Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía) pertenecían al Imperio de Oriente. De todos ellos, el principal fue el Patriarcado de Constantinopla, cuya sede estaba en la capital del Imperio. Las otras tres sedes fueron separándose paulatinamente de Constantinopla, primero a causa de la herejía monofisita, duramente perseguida por varios emperadores; luego, con motivo de la invasión del Islam en el siglo VII, las sedes de Alejandría, Antioquía y Jerusalén quedaron definitivamente bajo dominio musulmán.

Durante el siglo VII, hubo algunos intentos de la Iglesia Ortodoxa por atraerse a los monofisitas, mediante posturas religiosas intermedias, como el monotelismo, defendido por Heraclio y su nieto Constante II. Sin embargo, en los años 680 y 681, en el III Concilio de Constantinopla se retornó definitivamente a la ortodoxia.

La Iglesia Ortodoxa sufrió otra crisis importante con el movimiento iconoclasta, primero entre los años 730 y 787, y luego entre 815 y 843. Se enfrentaron dos grupos religiosos: los iconoclastas, partidarios de la prohibición del culto a las imágenes o iconos, y los iconódulos, que defendían esta práctica. Los iconos fueron prohibidos por León III comenzando así las más agrias disputas. Esto no se resolvió hasta que la emperatriz Irene convocó el II Concilio de Nicea en 787 que reafirmó los iconos. Esta emperatriz consideró una alianza con Carlomagno que hubiera unido ambas mitades de la Cristiandad, pero que fue desestimada.

El movimiento iconoclasta resurgió en el siglo IX, siendo derrotado definitivamente en 843. Todos estos conflictos internos no ayudaron a resolver el cisma que se estaba produciendo entre occidente y oriente.

En el siglo IX destaca la figura del patriarca Focio, que por primera vez rechazó el primado de Roma, abriendo una historia de desencuentros que culminaría en 1054, con el llamado Cisma de Oriente y Occidente. Focio se esforzó también en equiparar el poder del patriarca al del emperador, postulando una especie de diarquía o gobierno compartido.

El cisma contribuyó, sin embargo, a la transformación de la Iglesia Ortodoxa en una iglesia nacional. Esto se reforzó más aún con la humillación sufrida en 1204 por la invasión de los cruzados y el traslado temporal de la sede patriarcal a Nicea.

Durante el siglo XIV se desarrolló una importante corriente religiosa, conocida como hesicasmo (del griego hesychía, que puede traducirse como 'quietud' o 'tranquilidad'). El hesicasmo defendía el recogimiento interior, el silencio y la contemplación como medios de acercamiento a Dios, y se difundió sobre todo por las comunidades monásticas. Su máximo representante fue Gregorio Palamás, monje de Athos que llegaría a ser arzobispo de Tesalónica.

Desde finales del siglo XIII hubo varios intentos de volver a la unidad religiosa con Roma: en 1274, en 1369 y en 1438, para conseguir la ayuda occidental frente a los turcos. Sin embargo, ninguno de estos intentos llegó a prosperar.

Para más información, véase Arte bizantino.

En los orígenes del Imperio Bizantino existió una situación de diglosia entre el latín y el griego. El primero era la lengua de la administración estatal, en tanto que el griego era la lengua hablada y el principal vehículo de expresión literaria. La Iglesia y la educación utilizaban también el griego. A esto debe añadirse que algunas regiones del Imperio empleaban otras lenguas, como el arameo y su variante el siríaco en Siria y Palestina, y el copto en Egipto.

Con el tiempo, el latín fue definitivamente desplazado por el griego, que se convirtió también en la lengua de la administración imperial. Es significativo que ya en época de Heraclio el título de Augustus, en latín, haya sido sustituido por el de basiléus, en griego. El latín, sin embargo, continuó apareciendo en inscripciones y en monedas hasta el siglo XI.

La invasión del Islam y la pérdida de las provincias orientales propiciaron una mayor helenización del Imperio. El griego hablado en el Imperio era el resultado de la evolución del griego helenístico, y suele denominarse griego medieval o griego bizantino. Existían grandes diferencias entre el lenguaje literario, deliberadamente arcaico, y el lenguaje hablado, la koiné popular, muy rara vez utilizada en la literatura.

La literatura, como en general la cultura bizantina en todos sus aspectos, se caracteriza por tres elementos: helenismo, cristianismo e influjo oriental. Helenismo porque continúa la tradición de la Grecia clásica pese a los intentos romanizadores de Justiniano y su sobrino Justino II, que sólo alcanzaron al derecho. Cristianismo porque esa fue desde Constantino la religión del Imperio, a pesar de la oposición intelectual hasta bien entrado el siglo VI; influjo oriental por la estrecha relación con pueblos asiáticos y africanos.

La literatura bizantina cuenta con un poema épico en griego popular, el de Digenis Akritas, y con líricos de primer orden como Teodoro Pródromo. Posee unos géneros característicos, como los bestiarios, volucrarios, lapidarios y las novelas bizantinas (Estacio Macrembolita, Los amores de Isinia e Ismino, Teodoro Pródromo, Los amores de Rodante y Dosicles, Niceta Eugeniano, Las aventuras de Drusilla y Caricles y Constantino Manasés, Aventuras de Aristandro y Calitea). Fue especialmente fecunda en escritos teológicos (como, por ejemplo, Eneas de Gaza), cristológicos y hagiográficos. Fue en particular relevante para la literatura occidental la historia de Barlaam y Josafat, donde se encuentran alusiones a la vida de Buda, y que fue divulgada por todo Occidente.

La historia tuvo representantes eminentes, como Procopio de Cesarea, secretario que fue del célebre general Belisario durante el reinado de Justiniano y a la vez panegirista del emperador en los seis libros de sus Historias y su detractor en la llamada Historia secreta. En la lírica destaca el epigrama con figuras como Pablo Silenciario y Agatías, este último antologista e historiador del periodo que siguió a Justiniano. Jorge de Pisidia compuso poesía épica y epigramas. Existe un interesante libro de viajes de Cosmas Indicopleustes. Del siglo VII destaca un historiador, Simocata, que no llega a la importancia de Procopio; en este siglo destaca el poeta Romano el Mélodo, autor de himnos religiosos. Entre el siglo VIII y el XI se compila la ya mencionada epopeya nacional Digenis Acritas, compuesta en una lengua semiculta; también se hacen poemas épicos sobre las hazañas de Alejandro Magno y se componen enciclopedias como la Suda, de no siempre acendrada veracidad. Se recopiló en esta época el más importante corpus de epigramática griega que se conserva, la Antología Palatina. El cristianismo entra en el género tradicional pagano con la obra del monje Teodoro Estudita y de la monja poetisa Casia. Algunos emperadores se dedicaron a las letras, como León VI el Sabio, que fue poeta, así como su hijo, Constantino VII Porfirogéneta. San Juan Damasceno compuso tratados teológicos y polémicos en oscuro estilo; el citado Teodoro escribe también sobre la cuestión iconoclasta, así como obras ascéticas y de exégesis.

En el último periodo, desde finales del XI, existe una gran cantidad de literatura polémica religiosa, pero también escriben Focio y Miguel Psellos sobre otros temas y se propicia un renacimiento de las letras griegas. Este renacimiento pasará a Europa con la dispersión de los eruditos bizantinos por la Península Itálica tras la conquista de Constantinopla por los otomanos. En Italia renacerá el estudio del griego y el Humanismo y de ahí pasará al resto del mundo. Juan Tzetzés escribe poemas didácticos y eruditos. El epigrama alcanza cumbres en Cristóbal de Mitilene o Juan Mauropo. Se escriben novelas en Grecia y proliferan los bestiarios y lapidarios, y crónicas como la célebre Crónica de Morea, que mandó traducir al aragonés el gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén Juan Fernández de Heredia. El inquieto e inconformista poeta Teodoro Pródromo escribe cuatro poemas satíricos en la lengua popular y escribe su Catomiomaquia, o Lucha de los Gatos contra los Ratones a modo de parodia épica. Hay excelentes historiadores que dejan testimonio de las Cruzadas, como los hermanos Miguel y sobre todo Nicetas Acominato, Paquimeras, Nicéforo Briennio o su mujer Ana Comnena, princesa imperial autora de La Alexiada, historia de su padre Alejo I Comneno. Durante la época de los Paleólogos la literatura entra en decadencia pero después surge con fuerza la filología.

La arquitectura bizantina es heredera de la arquitectura romana y la arquitectura paleocristiana. Es una arquitectura esencialmente religiosa, aunque no faltaron los edificios civiles de importancia. Muestra una marcada predilección por el ladrillo como material de construcción (aunque disimulado por lajas de piedra en el exterior y por suntuosos mosaicos en el interior). Aunque utiliza la columna (destaca la sustitución del ábaco por el cimacio), su innovación más característica es el uso sistemático de la cubierta abovedada. Los tipos de bóveda más utilizados son la de cañón y la de arista, pero destaca sobre todo la cúpula, con su característica base sobre pechinas (aunque también se empleó ocasionalmente la cúpula sobre trompas). En cuanto a la planta, la más frecuente en los templos es la de cruz griega, con una cúpula en la intersección de las naves. Es frecuente que los templos, además del cuerpo de nave principal, posean un atrio o narthex, de origen paleocristiano, y el presbiterio precedido de iconostasio, llamada así porque sobre este cerramiento calado se colocaban los iconos pintados.

En la historia del arte y la arquitectura bizantinos suelen distinguirse tres períodos o «Edades de Oro». La Primera Edad de Oro tiene su momento más representativo en la época de Justiniano, y sus edificios más destacados son la iglesia de los Santos Sergio y Baco, la de Santa Irene y, sobre todo, la de Santa Sofía, todas ellas en Constantinopla.

La Segunda Edad de Oro coincide con el renacimiento macedónico (siglos IX, X y XI). Sigue siendo la iglesia de planta central cubierta con cúpula el modelo fundamental. Son frecuentes las iglesias de planta de cruz griega inscrita en un cuadrado, con los brazos de la cruz cubiertos con bóvedas de cañón, y cinco cúpulas, una en el centro y otras cuatro en los ángulos. El prototipo era la Nueva Iglesia (Nea) construida por Basilio I, hoy desaparecida. Algunas iglesias destacadas son la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, Santa Catalina de Salónica, la catedral de Atenas y la basílica de San Marcos de Venecia.

La Tercera Edad de Oro comienza tras la recuperación de Constantinopla en 1261. Es una época de difusión de las formas bizantinas, tanto hacia el Norte (Rusia) como hacia Occidente. Las novedades de este período son más bien decorativas que estructurales. Destacan iglesias como Santa María Pammakaristos en Constantinopla, las iglesias del monte Athos o el conjunto de iglesias de Mistra, en el Peloponeso.

El estilo bizantino quedó definido a partir del siglo VI. Anteriormente dominaba el estilo romano tardío, aun en la misma Constantinopla según lo evidencian diversas estatuas erigidas por toda la ciudad. No obstante, otros monumentos de la época iniciaban ya el gusto bizantino, como Disco de Teodosio de Madrid que ostenta en bajorrelieve las figuras del emperador y su corte (393).

El estilo bizantino en escultura debe considerarse como una derivación del romano, bajo la influencia asiática. Le caracterizan, en general, cierto amaneramiento, uniformidad y rigidez o falta de naturalidad en las figuras junto con la gravedad la cual suele consistir en esmaltes, en imitaciones de piedras y sartas de perlas, en trazos geométricos y en follaje estilizado o desprovisto de naturalidad.

Cultivó el arte bizantino muy poco el bulto redondo pero abundó en relieves sobre marfil, plata y bronce y no abandonó del todo el uso de camafeos y entalles en piedras finas. En los relieves, como en las pinturas y mosaicos se presentan las figuras mirando de frente.

De la cultura romana Bizancio heredó la decoración mediante mosaicos que llegaron a su máximo esplendor con este imperio. Los mosaicos eran figuras formadas por pequeños trozos de piedra o vidrio coloreado (llamadas también teselas). Seguían estrictas normas para ilustrar pasajes de la vida de los emperadores y escenas religiosas. Estas últimas cubrían las murallas y cielos rasos de las iglesias.

De esa habilidad alcanzada con respecto a los mosaicos resurge el interés de los vidrieros de Bizancio por la imitación de las piedras preciosas, con lo que llegaron a alcanzar una habilidad tan grande que resultaba bastante difícil poder distinguirlas de las auténticas.

Son particularmente destacables los retablos de temática religiosa conocidos como iconos.

La música bizantina, de carácter normalmente religioso, estaba fuertemente emparentada con el canto gregoriano.

El Imperio Bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.

Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano, Mehmet II, y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio Otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los Grandes Duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, 'césar'). Sus sucesores apoyaron la idea que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma — una idea mantenida por el Imperio Ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio Bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.

Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en la Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin la bases establecidas en la Grecia bizantina.

La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino.

Asimismo se ha de mencionar que el Imperio fue clave en la extensión del cristianismo, religión que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue el mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último es notable su influencia en las iglesias copta, etíope, y la de armenia.

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