Historiadores

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Publicado por grag 19/04/2009 @ 12:20

Tags : historiadores, historia, cultura

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El capitalismo y los historiadores

El Capitalismo y los Historiadores (título original en inglés: Capitalism and the Historians, 1954) es un libro editado por Friedrich von Hayek que reune ensayos de diversos autores con análisis críticos sobre la interpretación que cierta historiografía ha dado del capitalismo sobre todo en la llamada era de la Revolución Industrial. Los ensayos formaron parte de una serie de trabajos presentados en la cuarta reunión anual de la Sociedad Mont Pelerin, presentados en 1951, sobre los orígenes del capitalismo.

En este ensayo Hayek parte de la constatación de una estrecha relación entre las convicciones políticas y los juicios relacionados con determinados eventos históricos, ya que las opiniones sobre unas doctrinas e instituciones específicas vienen determinantemente influidas por los efectos pasados que se les atribuyen. Si tales opiniones, según Hayek, están viciadas, por ejemplo, por concepciones políticas, éstas, gracias a la presentación que hagan los historiadores de los hechos, se infiltrarán en la opinión pública a través de imágenes e interpretaciones históricas.

Los horrores descritos por la historiografía tradicional sobre la Revolución Industrial son, según Hayek, un claro ejemplo de esto. Para Hayek tal interpretación persiste por el hecho de que el aumento del nivel de vida durante la era industrial facilitó la percepción consciente de una miseria hasta entonces considerada normal e inevitable, y que había pasado relativamente desapercibida. Al presenciar el progreso de la época, repentinamente muchos consideraron la pobreza como una realidad fuera de lugar, y la industrialización no fue apreciada por generar riqueza sino más bien criticada por no producir la suficiente. Destaca también Hayek que los terratenientes y los círculos conservadores difundieron esta versión de los hechos en el marco de su lucha contra los fabricantes y el librecambismo, versión finalmente recogida por la historiografía socialista pues confirmaba sus tesis socio-económicas acerca del capitalismo.

Ashton critica en su ensayo el pesimismo que percibe en buena parte de la historiografía tradicional de la Revolución Industrial, y el que muchos autores interpretaran los hechos excluyendo las enseñanzas económicas. Ashton también destaca y critica la visión romántica que algunos autores tienen sobre la época preindustrial.

Según Ashton, tomando en cuenta informes de la época puede afirmarse que mucha de la miseria de la época fue causada por la legislación, y unos hábitos y formas de organización obsoletas. En estos informes, siempre según Ashton, puede verse que los trabajadores industriales percibían mejor paga que los empleados domésticos, que dependían de métodos atrasados; que las condiciones laborales eran más precarias en los talleres pequeños y no en las fábricas de vapor; que donde la represión y los malos tratos eran más frecuentes en los pueblos aislados y en las zonas rurales y no en las minas carboníferas o en las zonas urbanas. Finaliza Ashton citando estudios de Bowley y Wood donde se afirma que los salarios reales tuvieron una curva ascendente durante la mayor parte de aquella época.

Hacker comienza con el estudio general acerca del, según sus investigaciones, sesgado tratamiento histórico del capitalismo en siglos anteriores, para concluir específicamente enfocándose en los, según este autor, prejuicios anticapitalistas de numerosos historiadores norteamericanos.

Por ejemplo, Hacker considera que el calificativo de "inhumano", adjudicado frecuentemente al siglo XIX, es calumnioso: según las fuentes por él consultadas, en esa época los salarios reales subieron en los países industrializados como consecuencia del descenso de los precios de las productos, mientras que simultáneamente los países menos desarrollados se beneficiaron de un creciente flujo capital en forma de inversiones. Por otro lado, Hacker habla también de la introducción "de una política estatal en gran escala a favor de la salud y de la instrucción pública".

El autor también se refiere a la intervención gubernamental que, a su juicio, retrasó el progreso en Inglaterra, mencionando como ejemplo, la cuestión de la vivienda. En la literatura crítica a la industrialización, sobre todo la de los reformadores sociales, siempre se mencionan el hacinamiento o la precariedad de las viviendas; Hacker indica que las causas, sin embargo, cabe buscarlas en los movimientos migratorios y en la política fiscal que impuso unas tasas de interés fijadas a discreción dificultando la inversión de capital; y, por otro lado, los impuestos a los materiales de construcción que encarecieron el precio de las viviendas.

Pasando a los Estados Unidos y a los historiadores norteamericanos, Hacker apunta los prejuicios anticapitalistas extendidos entre estos últimos analizando sus características, sus fundamentos y sus consecuencias. Por contraste con Europa, los prejuicios anticapitalistas en los EEUU, señala Hacker, no provenían principalmente del marxismo sino más bien de las ideas socialdemócratas y fabianas, aunado esto a una historiografía influenciada por juicios morales.

Teniendo en cuenta esto, Hakcer hace referencia a la extendida influencia de la tradicional disputa política entre hamiltonismo y el jeffersonismo. Señala Hacker, que Hamilton fue asociado con el capitalismo y Jefferson con el igualitarismo, aunque más por razones morales que económicas, por lo cual los historiadores considerados anticapitalistas se sirvieron de la figura de Jefferson para divulgar sus interpretaciones.

De Jouvenel comienza resaltando que, a su juicio, el estudio del pasado lleva la impronta de las ideas del presente. En el caso del estudio de la historia afirma que la actitud del historiador refleja una actitud difundida entre los intelectuales en general. De acuerdo con De Jouvenel, la actitud del intelectual con respecto al progreso económico es ambivalente: mientras que por un lado ensalza las conquistas de la técnica y celebra que la sociedad goce de un mayor bienestar económico, por el otro considera que la industrialización destruye valores y establece una disciplina tenaz; para finalmente asignar a la "fuerza del progreso" todo aquello que le gusta y a la "fuerza del capitalismo" aquello que no.

Continúa De Jouvenel afirmando que los intelectuales menosprecian al empresario porque éste ofrece a los consumidores lo que desean, mientras que ellos le dicen al público lo que debe y no debe desear. De Jouvenel destaca que si la meta de los intelectuales es difundir la verdad entonces "tendemos a adoptar respecto al hombre de negocios la misma actitud de superioridad moral que el fariseo respecto al publicano". Advierte, sin embargo que el pobre asaltado en el camino, no fue socorrido por el intelectual (el levita) sino por el comerciante (el samaritano).

De Jouvenel considera que si los intelectuales se sienten relegados a un plano inferior de protagonismo es porque otros satisfacen mejor las necesidades de la sociedad.

Para éste su segundo ensayo, Ashton resalta que varios economistas en su día juzgaron con pesimismo las consecuencias de la industrialización como John Stuart Mill, Thomas Malthus o J.R. McCulloch. Opiniones similares expresaban filósofos, clérigos, conservadores, radicales, poetas y otros que compartían un rechazo al sistema industrial. En el lado opuesto personajes igualmente distinguidos y con un similar afán reformador, como Sir Frederic Eden, Patrick Colquhoun, John Wesley, John Rickman, George Chalmers y Edwin Chadwick tenían opiniones más optimistas.

Ashton identifica tres períodos para su análisis: el período de la guerra, el período de la posguerra y el reajuste, y el período de expansión económica. Durante el primero, en su opinión el ingente gasto público improductivo redujo el bienestar de la población; la dificultad de importar alimentos impulsó el desarrollo de cultivos marginales y los ingresos de agricultores y propietarios de parcelas crecieron; la escasez de materiales de construcción, las altas tasas de interés y los impuestos sobre la propiedad refrenaron la construcción de viviendas justo cuando su demanda había aumentado. En el período de reajuste subsiguiente, continúa Ashton, los alquileres de las viviendas y el tipo de interés disminuyeron muy poco. Simultáneamente hubo quiebras bancarias, se contrajo el gasto público y disminuyó la inversión a largo plazo. Durante el tercer período se produjo la vuelta al patrón oro, la reforma del sistema fiscal, el descenso del tipo de interés y de los alquileres, la superación de la escasez debido a la guerra, la caída de los precios fruto de la reducción de costes, permitiendo vislumbrar una mejoría para las masas trabajadoras.

Citando los estudios de Norman J. Silberling, Elizabeth Gilboy, Rufus T. Tucker, y destacando su valor, pasa luego Ashton a criticar algunos puntos de su metodología y a resaltar un ligero aumento del coste de los productos alimenticios y la caída de los precios y el gran aumento de la oferta de otros rubros. Ashton destaca que bajaron, por ejemplo, el precio de los vestidos, del té, del café y del azúcar. Se hicieron más asequibles las botas, que sustituyeron a las sandalias, así como complementos, por ejemplo, los sombreros o los relojes. Adicionalmente hubo un auge de las cajas de ahorro, las sociedades de asistencia mutua, los sindicatos, los periódicos, las escuelas, como reflejo de un progreso económico.

Finalmente Ashton destaca la existencia de dos grupos de trabajadores: unos con poca o ninguna especialización (agricultores, tejedores a mano, etc.) que apenas participaron de las ventajas de la industrialización, y otros cuya productividad marginal aumentó y disfrutaron de un poder adquisitivo mayor.

El ensayo de Hartwell está dedicado a compilar datos y argumentos que apoyan la tesis de que el bienestar de la población creció notablemente como consecuencia de la Revolución Industrial. Según esas fuentes de la época, la renta nacional inglesa se duplicó en los años comprendidos entre 1800 y 1850. Según datos de Hoffmann, la producción industrial creció a un ritmo del 3-4% anual durante el período 1782-1855, mientras que en ese mismo lapso la tasa de crecimiento de la población fue del 1,2-1,5% anual; todo esto mientras la industria manufacturera pasaba de representar el 20% de la renta nacional en 1770, a un tercio del total en 1831.

Según Hartwell "entre los factores que contribuyeron a aumentar la producción per cápita, los más importantes fueron la formación de capital, el progreso técnico y un aumento de las capacidades laborales y empresariales". De acuerdo a los datos de censos de la época el porcentaje de familias dedicadas a la agricultura bajó en el periódo 1811-1831 del 35,2% al 28,2%, mientras que subió el número de empleados en el sector servicios, como transporte, finanzas, administración pública, comercio y profesiones liberales). En el ámbito del ahorro, después de la creación en 1817 de las cajas de ahorro, éstas acumulaban depósitos de 14,3 millones de libras esterlinas en 1829 y de casi 30 millones en 1850, consittuidas mayormente por ahorros de asalariados y artesanos; las sociedades de asistencia mutua, de las cuales habían cerca de 20.000 en 1858, llegaron a tener alrededor de dos millones de afiliados.

Al examinar datos sobre productos alimenticios, Hartwell concluye que en 1830 el habitante londinense promedio consumía semanalmente 5 onzas de mantequilla, 56 onzas de patatas, 30 onzas de carne y 16 onzas de fruta; estas cifras son muy similares a las registradas en 1959: 5 onzas de mantequilla, 51 onzas de patata, 35 onzas de carne y 32 onzas de fruta.

Según Hartwell, gracias a una alimentación más sana, unos hogares más saludables y una mejor higiene disminuyó la propensión de la población al contagio de enfermedades como la tisis. Paraleleamente hubo avances sanitarios y las condiciones laborales de las fábricas mejoraron. Hartwell también considera positiva cierta legislación que limitó la jornada laboral y restringió el trabajo de los menores.

Hartwell afirma que estos datos dan claros indicios de que el nivel de vida aumentó para la mayor parte de los ingleses en la primera mitad del siglo XIX; con la salvedad de que esto no significa que fuera un nivel de vida alto o de que no hubiera grandes focos de extrema pobreza. Pero la miseria, el trabajo infantil y femenino, la mala alimentación o las duras condiciones laborales en absoluto constituían fenómenos nuevos; de hecho la Revolución Industrial permitió su continua superación, algo inimaginable hasta entonces. Finalmente Hartwell resalta que en aquella época, en parte gracias a las oportunidades económicas surgidas por esos cambios, se dio inicio a una de las más resaltantes revoluciones sociales: la emancipación de la mujer.

Hutt dedica su ensayo a un examen crítico minucioso de las principales fuentes utilizadas por los historiadores. Comineza con el Comité Sadler, en cuyas las declaraciones se describen las crueldades, miserias, enfermedades y deformaciones que supuestamente afectaban a los niños que trabajaban en las fábricas inglesas. Las conclusiones de ets comité fueron citadas profusamente por muchos historiadores tales como Hammond, Hutchins o Harrison. En opinión de R.H. Greg, sin embargo tales conclusiones constituían una "masa de declaraciones unilaterales y de groseras falsedades y calumnias ... como probablemente jamás se había visto en un documento oficial". Friedrich Engels, conocido adversario del sistema fabril, declaró que el informe "es claramente partidista, redactado con fines de partido por enemigos declarados del sistema industrial ... Sadler se dejó traicionar por su noble entusiasmo y ofreció declaraciones falseadas y completamente erróneas". Una nueva Comisión negó las afirmaciones formuladas por el Comité anterior y estableció que la acusación de crueldad sistemática con los niños carecía de base y que los maltratos que padecieron ocasionalmente fueron infligidos por obreros si el consentimiento de los patronos y sin su conocimiento.

En las declaraciones del Comité de los Lores de 1818, Hutt encontró que los médicos corroboraron que la salud de los niños que trabajaban en las fábricas en general era en aquella época tan buena como la de los niños que no trabajaban en ellas.

Para Hutt resulta discutible que las fábricas alentaran la degradación moral de los trabajadores. Algunos autores consideraron decadentes comportamientos que podrían asociarse m´s bien al bienestar económico, como que los niños prefirieran golosinas a los alimentos, o que las jóvenes compraran vestidos en lugar de confeccionarlos por sí mismas; o el consumo de té y tabaco. Hutt señala dos posibles causas de la aparente degradación moral: en primer lugar, los altos salarios de los obreros, que podrían inducirlos a la intemperancia (tesis sostenida por adversarios de la industrialización como Thackrash o Gaskell); en segundo lugar, que la degradación moral fuera causada por la masiva inmigración irlandesa, con una tradición social menor.

Hutt continúa evaluando las condiciones de trabajo en las fábricas según los criterios de la época. Destaca el hecho de que "en los límites en que los trabajadores de entonces tenían la posibilidad de ‘elegir entre beneficios alternativos’, elegían las condiciones que los reformadores condenaban", por ejemplo, los obreros preferían las fábricas porque allí se ofrecían salarios más altos. Además, como algunos reformadores reconocieron, las fábricas que recortaban las jornadas eran en ocasiones abandonadas por sus propios obreros que se marchaban a otras fábricas en las que se trabajaban más horas a cambio de salarios más elevados. En cuanto al trabajo infantil, Hutt señala que el afecto de los padres por sus hijos no era menor entonces que ahora, y que hay que atender al contexto social de aquel período para entender porque las familias enviaban a los niños a las fábricas. El apoyo que las clases pudientes daban a las leyes contra el trabajo infantil "obedecía a una absoluta falta de comprensión de las dificultades que las clases trabajadoras tenían que afrontar. Mientras el desarrollo del sistema industrial no produjo un aumento general de la prosperidad material, estas restricciones sólo pudieron aumentar la miseria".

En sus conclusiones, Hutt constata la presencia de una tendencia a exagerar las desventajas de la Revolución Industrial, y que la legislación sobre la indstria no contribuyó de manera significativa a la eleiminación de dichas desventajas: "Algunas condiciones que según criterios modernos se condenan eran entonces comunes a la colectividad en su conjunto, y la legislación no sólo causó otros inconvenientes, no claramente visibles en los complejos cambios de la época, sino que contribuyó también a oscurecer y a obstaculizar remedios más naturales y deseables".

Al principio



Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña

Militantes del Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB), en el periodo de 1946-1956 formaron un grupo altamente influyente de historiadores marxistas que fueron pioneros en su enfoque de la "historia desde abajo". Algunos de sus más famosos miembros fueron figuras de primer orden de la Historiografía Británica del siglo XX como Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Raphael Samuel y E.P. Thompson así como importantes no-académicos como A. L. Morton.

De acuerdo con sus principios, muchos de sus miembros llevaron a cabo proyectos de educación de adultos más que académicos. En 1952 varios de sus miembros fundaron la revista de historia social Past and Present.

Este dualismo estaba representado por la sentencia de Marx y Engels según la cual "los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen en condiciones elegidas por ellos", la cual es habitualmente parafraseada en los textos de los miembros del Grupo de los Historiadores Marxistas Británicos.

Volver a plantear y restablecer la acción popular en la narrativa de la Historia Británica, requería originalidad y determinación en el proceso de investigación, para extraer las voces marginadas de los textos en los que apenas aparecían como sujetos activos, en el caso de que se les mencionara. Sus técnicas influenciaron tanto a los historiadores feministas británicos como al Grupo de Estudios Subalternos, al escribir las historias de grupos tradicionalmente marginados de la investigación académica.

El grupo perdió numerosos miembros prominentes después de que, en 1956, la invasión soviética de Hungría que siguió a la revolución, el discurso secreto de Jrushchov condenando el estalinismo y varios otros factores precipitaran un punto de inflexión en la opinión marxista internacional.

Muchas figuras siguieron siendo prominentes en la Nueva Izquierda, especialmente Samuel, Saville y Thomson. Otros miembros, entre los que destaca Eric Hobsbawm, permanecieron en el grupo, que en 1956 lanzaron una serie trimestral de monografías llamada Nuestra Historia. Como Grupo de Historiadores del PCGB continuó hasta la disolución de este partido ocurrida a finales de 1991 incluso aumentando su lista de miembros y su publicación de obras mientras que el propio PCGB estaba en una decadencia terminal. A principios de 1992 el grupo se reconstituyó como la Sociedad de la Historia Socialista, Social History Society, admitiendo en su seno a nuevos miembros independientemente de su afiliación partidaria. Desde entonces, la SHS publica una revista semestral llamada Socialist History y una serie de monografías llamadas Occasional Papers.

Al principio



Historia

La Verdad, el Tiempo y la Historia, de Francisco de Goya (hacia 1800). Alegoría de debatida interpretación, es también conocido con otros nombres. El alado y anciano tiempo traería de la mano a la verdad para que la historia la dejara registrada mediante la escritura.

La historia es la ciencia que tiene como objeto de estudio el pasado de la humanidad y como método el propio de las ciencias sociales. Se denomina también historia al periodo histórico que transcurre desde la aparición de la escritura hasta la actualidad.

Más allá de las acepciones propias de la ciencia histórica, historia en el lenguaje usual es la narración de cualquier suceso, incluso de sucesos imaginarios y de mentiras. En medicina se utiliza el concepto de historia clínica para el registro de datos sanitarios significativos de un paciente, que se remontan hasta su nacimiento o incluso a su herencia genética.

A su vez, llamamos historia al pasado mismo, e, incluso, puede hablarse de una historia natural en que la humanidad no estaba presente( término clásico ya en desuso, que se utilizaba para referirse no sólo a la geología y la paleontología sino también a muchas otras ciencias naturales; las fronteras entre el campo al que se refiere este término y el de la prehistoria y la arqueología son imprecisas, a través de la paleoantropología).

Ese uso del término historia lo hace equivalente a cambio en el tiempo. En ese sentido se contrapone al concepto de filosofía, equivalente a esencia o permanencia (lo que permite hablar de una filosofía natural en textos clásicos y en la actualidad, sobre todo en medios académicos anglosajones, como equivalente a la física). Para cualquier campo del conocimiento, se puede tener una perspectiva histórica -el cambio- o bien filosófica -su esencia-. De hecho, puede hacerse eso para la historia misma (véase tiempo histórico) y para el tiempo mismo (véase Historia del Tiempo de Stephen Hawking, libro de divulgación sobre cosmología).

Dentro de la popular división entre ciencias y letras o humanidades, se tiende a clasificar a la historia entre las disciplinas humanísticas junto con otras ciencias sociales (también denominadas ciencias humanas); o incluso se la llega a considerar como un puente entre ambos campos, al incorporar la metodología de éstas a aquéllas. La ambigüedad de esa división del conocimiento humano, y el cuestionamiento de su conveniencia, ha llevado al llamado debate de las dos culturas.

No todos los historiadores aceptan la identificación de la historia con una ciencia social, al considerarla una reducción en sus métodos y objetivos, comparables con los del arte si se basan en la imaginación (postura adoptada en mayor o menor medida por Hugh Trevor-Roper, John Lukacs, Donald Creighton, Gertrude Himmelfarb o Gerhard Ritter). Los partidarios de su condición científica son la mayor parte de los historiadores de la segunda mitad del siglo XX y del siglo XXI (incluyendo, de entre los muchos que han explicitado sus preocupaciones metodológicas, a Fernand Braudel, E. H. Carr, Fritz Fischer, Emmanuel Le Roy Ladurie, Hans-Ulrich Wehler, Bruce Trigger, Marc Bloch, Karl Dietrich Bracher, Peter Gay, Robert Fogel, Lucien Febvre, Lawrence Stone, E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Carlo Cipolla, Jaume Vicens Vives, Manuel Tuñón de Lara o Julio Caro Baroja). Buena parte de ellos, desde una perspectiva multidisciplinar (Braudel combinaba historia con geografía, Bracher con ciencia política, Fogel con economía, Gay con psicología, Trigger con arqueología), mientras los demás citados lo hacían a su vez con las anteriores y con otras, como la sociología y la antropología. Esto no quiere decir que entre ellos hayan alcanzado una posición común sobre las consecuencias metodológicas de la aspiración de la historia al rigor científico, ni mucho menos que propongan un determinismo que (al menos desde la revolución einsteniana de comienzos del siglo XX) no proponen ni las llamadas ciencias duras. Por su parte, los historiadores menos proclives a considerar científica su actividad tampoco defienden un relativismo estricto que imposibilitaría de forma total el conocimiento de la historia y su transmisión; y de hecho de un modo general aceptan y se somenten a los mecanismos institucionales, académicos y de práctica científica existentes en historia y comparables a los de otras ciencias (ética de la investigación, publicación científica, revisión por pares, debate y consenso científico, etc.).

La utilización que hace la historia de otras disciplinas como instrumentos para obtener, procesar e interpretar datos del pasado permite hablar de ciencias auxiliares de la historia de metodología muy diferente, cuya subordinación o autonomía depende de los fines a los que estas mismas se apliquen.

El registro de anales y crónicas fue en muchas civilizaciones un oficio ligado a un cargo institucional público, controlado por el estado. Sima Qian (denominado padre de la Historia en la cultura china) inauguró en esa civilización los registros históricos oficiales burocratizados (siglo II a. C.). La crítica del musulmán Ibn Jaldún (Muqaddima -Prolegómenos a la Historia Universal-, 1377) a la manera tradicional de hacer historia no tuvo consecuencias inmediatas, siendo considerado un precedente de la renovación de la metodología de la historia y de la filosofía de la historia que no se inició hasta el siglo XIX, fruto de la evolución de la historiografía en Europa Occidental. Entre tanto, los cronistas oficiales castellanos y de Indias dieron paso en la España ilustrada del siglo XVIII a la fundación de la Real Academia de la Historia; instituciones similares existen en otros países.

La docencia de la historia en la enseñanza obligatoria fue una de las bases de la construcción nacional desde el siglo XIX, proceso simultáneo a la proliferación de las cátedras de historia en las universidades (inicialmente en las facultades de letras o Filosofía y Letras, y con el tiempo, en facultades propias o de Geografía e Historia -disciplinas cuya proximidad científica y metodológica es una característica de la tradición académica francesa y española-) y la creación de todo tipo de instituciones públicas y privadas (clubes históricos o sociedades históricas, muy habitualmente medievalistas, respondiendo al historicismo propio del gusto romántico, empeñado en la búsqueda de elementos de identificación nacional); así como publicaciones dedicadas a la historia.

En la enseñanza media de la mayor parte de los países, los programas de historia se diseñaron como parte esencial del currículum. En especial la agregación de historia presente en los lycées franceses desde 1830 adquirió con el tiempo un prestigio social incomparable con los cargos similares en otros sistemas educativos y que caracterizó el elitismo de la escuela laica republicana hasta finales del siglo XX.

A ese proceso de institucionalización, siguió la especialización y subdivisión de la disciplina con diferentes sesgos temporales (de cuestionable aplicación fuera de la civilización occidental: historia antigua, medieval, moderna, contemporánea -estas dos últimas, habituales en la historiografía francesa o española, no suelen subdividirse en la historiografía anglosajona: en:modern era-), espaciales (historia nacional, regional, local, continental -de África, de Asia, de América, de Europa, de Oceanía-), temáticos (historia política, militar, de las instituciones, económica y social, de los movimientos sociales y de los movimientos políticos, de las civilizaciones, de las mujeres, de la vida cotidiana, de las mentalidades, de las ideas, cultural), historias sectoriales ligadas a otras disciplinas (historia del arte, de la música, de las religiones, del derecho, de la ciencia, de la medicina, de la economía, de la ciencia política, de las doctrinas políticas, de la tecnología), o centrada en cualquier tipo de cuestión particular (historia de la electricidad, de la democracia, de la Iglesia, de los sindicatos, de los sistemas operativos, de las formas -literarias de la Biblia-, etc). Ante la atomización del campo de estudio, también se han realizado distintas propuestas que consideran la necesidad de superar esas subdivisiones con la búsqueda de una perspectiva holística (historia de las civilizaciones e historia total) o su enfoque inverso (microhistoria).

El Premio Nacional de Historia (de Chile -bianual, a una personalidad- y de España -a una obra publicada cada año-) y el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (a una personalidad del ámbito de la historia, la geografía u otras ciencias sociales) son los más altos reconocimientos de la investigación histórica en el ámbito hispanohablante, mientras que en el ámbito anglosajón existe una de las versiones del Premio Pulitzer (en:Pulitzer Prize for History). El Premio Nobel de Literatura, que puede recaer en historiadores, sólo lo hizo en dos ocasiones (Theodor Mommsen, en 1902, y Winston Churchill, en 1953). Desde una perspectiva más propia de la consideración actual de la historia como una ciencia social, el Premio Nobel de economía fue concedido a Robert Fogel y Douglass North en 1993.

La identificación del concepto de historia con la narración escrita del pasado produce, por un lado, su confusión con el término historiografía (historia se llama a la vez al objeto estudiado, a la ciencia que lo estudia y al documento resultado de ese estudio); y por otro justifica el empleo del término prehistoria para el periodo de tiempo anterior a la aparición de la escritura, reservándose el nombre historia para el periodo posterior.

Según ese uso restrictivo, la mayor parte de la humanidad queda fuera de la historia, no tanto porque no accede personalmente a la lectura y la escritura (el analfabetismo fue la condición común de la inmensa mayoría de la población, incluso para las clases dominantes, hasta la imprenta), sino porque los reflejados en el discurso histórico han sido siempre muy pocos, y grupos enteros quedan invisibilizados (las clases bajas, las mujeres, los discrepantes que no pueden acceder al registro escrito), con lo que ha sido objeto de preocupación de algunos historiadores la reconstrucción de la visión de los vencidos y la historia desde abajo.

Lo mismo ocurre con gran número de pueblos y culturas (las consideradas como culturas primitivas, en una terminología ya desfasada de la antropología clásica) que no tienen historia. El tópico los idealiza al considerar que son pueblos felices. Entran en ella cuando se produce su contacto, habitualmente destructivo (aculturación), con civilizaciones (sociedades complejas, con escritura). Incluso en ese momento no son propiamente objeto de la historia sino de la protohistoria (historia realizada a partir de las fuentes escritas producidas por los que generalmente son sus pueblos colonizadores por oposición a los pueblos indígenas). No obstante, independientemente de que los historiadores y los antropólogos ideológicamente tengan una tendencia etnocentrista (eurocentrista, sinocentrista o indigenista) o, de forma opuesta, multiculturalista o relativista cultural, existe la posibilidad de obtener o reconstruir un relato fiable de los acontecimientos que afectan a un grupo humano utilizando otras metodologías: fuentes arqueológicas (cultura material) o historia oral. En buena parte, esta diferencia es artificial, y no necesariamente novedosa: el mismo Heródoto no puede sino usar ese tipo de fuentes documentales cuando redacta la que se considera la primera Historia, o al menos acuña el término, en la Grecia del siglo V a. C. para que el tiempo no abata el recuerdo de las acciones de los hombres y que las grandes empresas acometidas, ya sea por los griegos, ya por los bárbaros, no caigan en olvido; da también razón del conflicto que puso a estos dos pueblos en la lid. Así comienza su obra titulada Ἱστορίαι (léase históriai, literalmente "investigaciones", "exploraciones", latinizado Historiae -"Historias", en plural-), seminal para la ciencia histórica, y que suele denominarse en castellano Los nueve libros de historia. La lid citada son las guerras médicas y los bárbaros, persas.

La palabra historia deriva del griego ἱστορία (léase historía, traducible por "investigación" o "información", conocimiento adquirido por investigación), del verbo ἱστορεῖν ("investigar"). De allí pasó al latín historia, que en castellano antiguo evolucionó a estoria (como atestigua el título de la Estoria de España de Alfonso X el Sabio, 1260-1284) y se reintrodujo posteriormente en el castellano como un cultismo en su forma latina original.

La etimología remota procede del protoindoeuropeo *wid-tor-, de la raíz *weid-, "saber, ver" (construcción hipotética). presente también en la palabras latinas idea o visión, en las germánicas wit, wise o wisdom, la sánscrita veda, y las eslavas videti o vedati, y en otras lenguas de la familia indoeuropea.

La palabra antigua griega ἱστορία fue usada por Aristóteles en su Περί Τά Ζωα Ιστορία (léase Peri Ta Zoa Istória, latinizado Historia Animalium, traducible por "Historia de los Animales"). El término se derivaba de ἵστωρ (léase hístōr, traducible por "hombre sabio", "testigo" o "juez"). Se pueden encontrar usos de ἵστωρ en los himnos homéricos, Heráclito, el juramento de los efebos atenienses y en las inscripciones beocias (en un sentido legal, con un significado similar a "juez" o "testigo"). El rasgo aspirado es problemático, y no se presenta en la palabra cognata griega eídomai ("aparecer"). La forma historeîn ("inquirir"), es una derivación jónica, que se expandió primero en la Grecia clásica y más tarde en la civilización helenística.

Es imposible ignorar la polisemia y la superposición de estos tres términos, pero simplificando al máximo: la historia son los hechos del pasado; la historiografía es la ciencia de la historia; y la historiología es la epistemología o teoría de la historia.

La filosofía de la historia es la rama de la filosofía que concierne al significado de la historia humana, si es que lo tiene. Especula un posible fin teleológico de su desarrollo, o sea, se pregunta si hay un diseño, propósito, principio director o finalidad en el proceso de la historia humana. No debe confundirse con los tres conceptos anteriores, de los que se separa claramente. Si su objeto es la verdad o el deber ser, si la historia es cíclica o lineal, o existe la idea de progreso en ella, son materias que debate la filosofía de la historia.

Tampoco deben confundirse los supuestos fines teleológicos del hombre en la historia con los fines de la historia es decir, la justificación de la propia historia como memoria de la humanidad. Si la historia es una ciencia social y humana, no puede abstraerse del porqué se encarga de estudiar los procesos sociales: explicar los hechos y eventos del pasado, sea por el conocimiento mismo, sea por que nos ayudan a comprender el presente: Cicerón bautizó a la historia como maestra de la vida, y como él Cervantes, que también la llamó madre de la verdad. Benedetto Croce remarcó la fuerte implicación del pasado en el presente con su toda historia es historia contemporáea. La historia, al estudiar los hechos y procesos del pasado humano, es un útil para la comprensión del presente y plantear posibilidades para el futuro. Salustio llegó a decir que entre las distintas ocupaciones que se ejercitan con el ingenio, el recuerdo de los hechos del pasado ocupa un lugar destacado por su gran utilidad. Un tópico muy difundido (atribuido a Jorge Santayana) advierte que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, aunque otro tópico (atribuido a Carlos Marx) indique a su vez que cuando se repite lo hace una vez como tragedia y la segunda como farsa.

La radical importancia de ello se basa en que la historia, como la medicina, es una de las ciencias en que el sujeto investigador coincide con el objeto a estudiar. De ahí la gran responsabilidad del historiador: la historia tiene una proyección al futuro por su potencia transformadora como herramienta de cambio social; y a los profesionales que la manejan, los historiadores, les es aplicable lo que Marx dijo de los filósofos (hasta ahora se han encargado de interpretar el mundo y de lo que se trata es de transformarlo). No obstante, desde otra perspectiva se pretende una investigación desinteresada para la objetividad en la ciencia histórica.

No hay un acuerdo universal sobre la periodización de la historia, aunque sí un consenso académico sobre los periodos de la historia de la civilización occidental, basado en los términos acuñados inicialmente por Cristóbal Celarius (Edades Antigua, Media y Moderna), que ponía al mundo clásico grecorromano y su Renacimiento como los hechos determinantes para la división; y que actualmente es de aplicación general. La acusación de eurocentrismo que se hace a tal periodización no impide que sea la más utilizada, por ser la que responde precisamente al desarrollo de los procesos históricos que produjeron el mundo contemporáneo.

El problema de cualquier periodización es hacerla coherente en términos sincrónicos y diacrónicos, es decir: que sea válida tanto para el transcurso del tiempo en un único lugar, como para lo que ocurre al mismo tiempo en distintos ámbitos espaciales. Cumplir ambos requisitos resulta difícil cuando los fenómenos que originan el comienzo de un periodo en un lugar (especialmente el Próximo Oriente, Asia central o China) tardan en difundirse o surgir endógenamente en otros lugares, que a su vez pueden estar más o menos próximos y conectados (como Europa Occidental o el África subsahariana), o más o menos lejanos y desconectados (como América u Oceanía). Para responder a todo ello, los modelos de periodización incluyen términos intermedios y periodos de solapamiento (yuxtaposición de características distintas) o transición (aparición paulatina de las novedades o características mixtas entre el periodo que empieza y el que termina). La didáctica de la historia se ayuda frecuentemente de diferentes tipos de representación gráfica de la sucesión de hechos y procesos en el tiempo y en el espacio.

Cara de la guerra en el Estandarte de Ur, III milenio a. C.. Aparecen tropas uniformadas y en formación, carros de guerra y la figura destacada de un líder. Los enemigos vencidos son pisoteados por los caballos o sometidos.

Dos guerreros griegos en combate singular. Tras ellos hay carros de guerra. Fragmento de una crátera ática de figuras negras, Selinunte, siglo VI a. C. (contemporánea a las reformas de Clístenes). El equipamiento militar para el combate cuerpo a cuerpo (casco, lanza) es similar al que usarán los hoplitas, pero ellos luchan agrupados en falanges, y el escudo estará diseñado para proteger tanto al compañero de filas como al que lo lleva.

Sarcófago Ludovisi, hacia 250. Las legiones romanas luchan contra los godos, que en los siglos siguientes (periodo de las invasiones bárbaras) contribuirán decisivamente tanto a la continuidad como a la Caída del Imperio Romano, tras la que instaurarán algunos de los más importantes reinos germánicos de la Alta Edad Media.

Chac Mool (Chichén Itzá, ciudad maya fundada en el siglo VI). Las civilizaciones mesoamericanas desarrollaron una cultura peculiar ligada a la guerra ritualizada entre ciudades-estado rivales, que incluía el sacrificio de los prisioneros para garantizar el orden cosmológico, además de una antropofagia de debatida consideración.

Código de Hammurabi, Babilonia. Edad Antigua.

Mezquita de Córdoba. Edad Media.

Santa Prisca de Taxco, México. Edad Moderna.

La libertad guiando al pueblo, de Eugéne Delacroix (Francia). Edad Contemporánea.

Lluis Quintana-Murci, del Instituto Pasteur de París, citado por Gary Stix Huellas de un pasado lejano, en Investigación y Ciencia, septiembre 2008, ISSN 0210136X pg. 19.

Al principio



Estudio de la Historia del Arte

Autorretrato de Vasari, 1567.

El estudio de la historia del arte es la disciplina académica cuyo objeto son las obras de arte en su desarrollo histórico y contexto estilístico (género, diseño, formato y apariencia), y los artistas en su contexto cultural y social. Mediante diversos métodos de estudio estudia fundamentalmente las artes visuales (pintura, escultura y arquitectura), y menos frecuentemente también otras bellas artes (música, danza, literatura), artes industriales y oficios artísticos (orfebrería, mobiliario, historia del vestido, etc.).

En una definición amplia, los estudios de historia del arte incluyen la crítica de arte (aplicada al aprecio contemporáneo de las producciones de arte implicadas en el mercado de arte y en las exhibiciones artísticas -museística, galerismo, comisariado artístico de exposiciones, ferias, espacios, o instalaciones artísticas-) y la teoría del arte (expresión de la estética); de un modo restringido, se identifican con la historiografía del arte o de la historia del arte, es decir, con la rama de la historiografía que se ocupa de la producción historiográfica de los historiadores del arte, científicos cuya ciencia es la historia del arte, una ciencia social derivada de la propia historia.

Como disciplina, la historia del arte se distingue de la crítica de arte, que se preocupa de establecer un valor artístico relativo entre obras concretas con respecto a otras de estilo comparable, o sancionar un estilo o movimiento entero; y la teoría del arte, que se preocupa de la naturaleza fundamental del arte, y se relaciona más con las investigaciones estéticas sobre el enigma de lo sublime y determina la esencia de la belleza. El estudio de la historia del arte sería distinto de ambasa cosas, porque el historiador del arte utiliza la metodología de la historia para resolver preguntas tales como: ¿cómo llega el artista a crear su obra? ¿quienes son sus patrocinadores? ¿quiénes sus maestros? ¿quiénes sus discípulos? ¿quién su público? ¿qué fuerzas históricas conformaron su obra? ¿cómo afectó su obra, a su vez, al curso de los acontecimientos históricos?.

El estudio de la historia del arte es una disciplina académica relativamente nueva, que comienza en el siglo XIX. Mientras el análisis de otras ramas de la historia, como la historia política, la historia de la literatura o la historia de la ciencia se beneficia de la claridad y capacidad de difusión de la palabra escrita, los historiadores del arte se basan en el análisis de conceptos formales, la iconología, la semiótica (estructuralismo, post-estructuralismo y deconstrucción), el psicoanálisis y la iconografía; así como fuentes primarias y fuentes secundarias (las reproducciones artísticas) como motivos de discusión y estudio. Los avances en la reproducción fotográfica y en las técnicas de impresión tras la Segunda Guerra Mundial incrementaron la capacidad de hacer reproducciones fidedignas de obras de arte. Sin embargo, la apreciación y estudio de las artes visuales ha sido un área de investigación para muchos autores a finales de siglo XX. La definición de la historia del arte refleja la dicotomía que existe en la misma definición de arte: arte como historia en un contexto antropológico, o arte como estudio de la forma.

Los historiadores del arte emplean métodos variados en su investigación de la calidad, naturaleza e historia de las obras de arte.

El análisis formal es el que se enfoca en la forma del objeto en cuestión. Los elementos de la forma son la línea, el tamaño, el color, la composición, el ritmo, etc. Sería la forma más simple, ya que el análisis es simpemente una exégesis, pero depende fuertemente en la capacidad del historiador de pensar críticamente y visualmente.

Un análisis estilístico es el que se enfoca en la combinación de elementos formales en un estilo coherente. Usualmente un análisis estilístico hace referencia a los movimientos o tendencias artísticas como medios de extraer el impacto e importancia de un objeto particular.

Un análisis iconográfico es el que se enfoca en los elementos de diseño particular de un objeto. A través de una lectura atenta de tales elementos, es posible trazar su procedencia, y sacar conclusiones que conduzcan a los orígenes y trayectoria de tales motivos. A su vez, es posible realizar observaciones en torna a los valores sociales, culturales, económicos o estéticos de los responsables de la producción de tal objeto.

Finalmente, muchos historiadores de arte usan teorías para encuadrar sus investigaciones sobre las obras de arte. La teoría se usa más comúnmente cuando se trata con obras más recientes, desde finales del siglo XIX. Un término algo más vago, las aproximaciones teoréticas al arte, tiene un uso cronológico más amplio más ampliamente, desde el análisis psicológico de la estética hasta la crítica marxista, y otros.

Los primeros escritos sobre arte que se conservan y pueden clasificarse como historia del arte son las ideas de Jenócrates de Sicyon, escultor griego que quizá fue el primer historiador del arte, y que es citado en la Historia naturalis de Plinio el Viejo, en la parte en la que se refiere al desarrollo de la pintura y escultura griega. La obra de Plinio, aunque sea principalmente una enciclopedia de las ciencias, fue desproporcionadamente influyente con respecto al arte a partir del Renacimiento, particularmente un pasaje que trata sobre las técnicas usadas por el pintor Apeles.

De forma similar, aunque independiente, tuvieron lugar desarrollos historiográficos sobre el arte en la China del siglo VI, donde fue establecido un canon de artistas reputados, clasificación que corrió a cargo de escritores de la clase funcionarial (quienes, a través de su obligatoria formación en caligrafía china, pueden ser considerados artistas ellos mismos). Otra fuente para esa civilización son los Seis Principios de la Pintura de Xie He.

Aunque desde el comienzo del Renacimiento se escribían y divulgaban impresiones personales sobre el arte y los artistas (un ejemplo precoz fue Lorenzo Ghiberti), no fue hasta el Manierismo cuando el pintor y escultor toscano Giorgio Vasari, el autor de las Vite (Le vite de' più eccellenti architetti, pittori, et scultori italiani, da Cimabue insino a' tempi nostri -Vida de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue hasta nuestros tiempos- 1542–1550; segunda edición ampliada en 1568), inauguró la era de la historia del arte como historiografía, con énfasis en la progresión y el desarrollo del arte. La suya era una relación personal e histórica, que mostraba biografías de artistas italianos individuales, muchos de los cuales eran sus propios contemporáneos y conocidos personalmente por él. El más renombrado era Miguel Ángel, y Vasari se deja deslumbrar por él, incluso ofuscándose en algunos extremos. Las ideas de Vasari sobre el arte se mantuvieron hasta el siglo XVIII, cuando la crítica procuró nivelar su peculiar estilo de historia personalizada.

En las décadas centrales del siglo XVIII, precediendo al triunfo estético del Neoclasicismo e influido por la fiebre arqueológica (Herculano 1711, Palatino de Roma 1729, Villa Adriana de Tívoli, 1734, Pompeya 1748, viaje a Grecia de James Stuart y Nicholas Revett, 1751 -Antiquities of Athens, publicada en 1762- ) se estaba decantando un cuerpo de conocimientos sobre el arte antiguo que superaban la mera yuxtaposición poco crítica propia de los anticuarios anteriores. Se superó la idea genérica de Antigüedad para diferenciar cada vez más correctamente el arte griego del romano, siendo debatida la prelación estética de uno u otro. Estos intercambios de informaciones y opiniones eran compartidos por una élite ilustrada de tratadistas de arte italianos, que acogieron a destacadas personalidades centroeuropeas: Francesco Milzia, Carlo Lodoli (1690-1761) y Francesco Algarotti (1712-1764), autor de una obra fundamental, Ensayo sobre la arquitectura (1753). Procedente de Bohemia, en los territiorios de los Habsburgo de Viena, Anton Raphael Mengs (1728-1779), pintor y teórico del arte (Reflexiones Sobre La Belleza y El Gusto En La Pintura, 1762), participó de ese ambiente intelectual en su estancia en Roma, a partir de la cual se convirtió en un gran difusor tanto en la teoría como en la práctica de ese nuevo gusto; con gran repercusión en España, donde realizó buena parte de su obra. La aportación más decisiva de todo este grupo romano corrió a cargo de un prusiano: Wincklemman, bibliotecario del cardenal Albani y buen amigo de Mengs.

Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) criticaba el culto que Vasari hacía de la personalidad artística, argumentando que el mayor énfasis debía ponerse en el punto de vista del espectador instruido y no en el del artista carismático. Los escritos de Winckelmann fueron el comienzo de la crítica de arte. Se hizo famoso por su crítica de los excesos artísticos de las formas en el barroco y el rococó, y su propuesta por la reforma del gusto en favor de un neoclasicismo más sobrio, en una vuelta al pensamiento renacentista elemental. En su Historia del arte en la Antigüedad diferencia cuatro periodos: el "antiguo" (que hoy denominamos arcaico), el "sublime" (clasicismo del siglo V a. C.), el "hermoso" (clasicismo del siglo IV a. C.) y la "decadencia" posterior (lo que hoy denominamos helenismo).

El suizo Jacob Burckhardt (1818 - 1897), otro de los autores que pueden considerarse como figura fundacional de la historia del arte, con su imprescindible obra sobre La Cultura del Renacimiento en Italia (1860), representaba la continuidad de los planteamientos de Winckelmann, y señaló que éste fue el primero en distinguir entre los periodos de arte antiguo y en concectar la historia del estilo con la historia del mundo. Es remarcable que, desde Winckelmann hasta el siglo XX, el campo académico de la historia del arte estuviera dominado por personalidades de lengua alemana.

Winckelmann fue una de las lecturas preferidas de Johann Wolfgang Goethe y Friedrich Schiller, lo que incitó a ambos a comenzar a escribir sobre historia del arte. Su descripción del Laocoonte occasionó la respuesta de Gotthold Ephraim Lessing. El surgimiento del arte como un tema principal de la especulación filosófica se asentó con la aparición de la Crítica del Juicio de Immanuel Kant en 1790, seguida por las Lecciones sobre Estética de Georg Friedrich Wilhelm Hegel.

La filosofía hegeliana sirvió de inspiración directa a la obra de Karl Schnaase (1798 – 1875, Niederländische Briefe) que estableció los fundamentos teóricos de la historia del arte como disciplina autónoma. Su Geschichte der bildenden Künste, uno de los primeros manuales de esta disciplina, que cubre desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, facilitó su enseñanza en las universidades de lengua alemana. Por la misma época se publicó una obra similar de Franz Theodor Kugler (1808-1858).

Heinrich Wölfflin (1864-1945), que había estudiado con Burckhardt en Basilea, es el padre de la moderna historia del arte. Enseñó en las universidades de Berlín, Basilea, Múnich, y Zúrich. Muchos de sus estudiantes destacaron por su proyección posterior, como Jakob Rosenberg y Frida Schottmuller. Introdujo una aproximación científica a la disciplina, centrándola en tres conceptos: En primer lugar, intentaba estudiar el arte usando la psicología, particularmente aplicando la obra de Wilhelm Wundt. Argumentaba, entre otras cosas, que arte y arquitectura son buenos si se asemejan al cuerpo humano. Por ejemplo, las casas son adecuadas si sus fachadas parecen rostros. En segundo lugar, introdujo la idea de estudiar el arte con método comparativo. Comparando cada pintura con las demás, era capaz de realizar distinciones de estilo. Su obra Renacimiento y Barroco desarrollaba esta idea, y fue la primera en mostrar estos periodos estilísticos diferenciados uno de otro. Al contrario que Giorgio Vasari, Wölfflin no estaba interesado en las biografías de los artistas. De hecho, proponía una "historia del arte sin nombres". Por último, estudió el arte basado en la idea de la nacionalidad, las escuelas y los estilos nacionales. Estaba particularmente interesado en dilucidar qué había de inherentemente italiano o alemán en la cultura italiana o alemana. Este interés se articuló de forma extensa en su monografía sobre el artista alemán Alberto Durero.

Contemporáneamente a la carrera de Wölfflin, se desarrollaba la actividad de una importante escuela de pensamiento sobre historia del arte en la Universidad de Viena, la Escuela de Viena de Historia del Arte (-en:Vienna School of Art History, de:Wiener Schule der Kunstgeschichte- que no conviene confundir con otras agrupaciones intelectuales de otros ámbitos que también reciben el nombre de Escuela de Viena -economía- o Círculo de Viena -filosofía de la ciencia-). La primera generación de esta escuela de Viena estaba dominada por Alois Riegl y Franz Wickhoff, ambos discípulos de Moritz Thausing, y se caracterizaba por una tendencia a rescatar del olvido periodos despreciados u olvidados de la historia del arte. Riegl y Wickhoff escribieron ambos extensamente sobre el arte de la antigüedad tardía, que antes de ellos había sido considerado como un periodo de decadencia del ideal clásico. Riegl también contribuyó a la revalorización del Barroco.

La siguiente generación de profesores vieneses incluyó a Max Dvořák, Julius von Schlosser, Hans Tietze, Karl Maria Swoboda, y Josef Strzygowski. Buena parte de los más importantes historiadores del arte del siglo XX, incluyendo a Ernst Gombrich, eran estudiantes en Viena en ese periodo. La expresión "Segunda Escuela de Viena" o "Nueva Escuela de Viena" suele utilizarse para referirse a este grupo de profesores, además de a Hans Sedlmayr, Otto Pächt y Guido Kaschnitz von Weinberg. Estos intelectuales comenzaron, hacia los años treinta del siglo XX, a volver sobre el trabajo de la primera generación, particularmente a Riegl y su concepto de Kunstwollen, en un intento de desarrollarlo en una metodología completa (full-blown?) de la historia del arte. Particularmente Sedlmayr rechazaba el minucioso estudio de la igonografía, el patrocinio y otras aproximaciones que se fundaban en el contexto histórico, prefiriendo en vez de ello concentrarse en las cualidades estéticas de las obras de arte. Como resultado, la Segunda Escuela de Viena se ganó una reputación de irrestricto e irresponsable formalismo, a lo que, para mayor abundamiento, se añadió el abierto racismo de Sedlmayr y su pertenencia al partido nazi. Esa tendencia no era compartida por todos los miembros de la escuela: el propio Pächt era judío, y se vio obligado a dejar Viena en los años treinta.

La comprensión actual del contenido simbólico del arte proviene de un grupo de intelectuales que se formó en el Hamburgo de los años veinte del siglo XX. Los más destacados entre ellos eran Erwin Panofsky, Aby Warburg y Fritz Saxl. Juntos desarrollaron la mayor parte del vocabulario que continúa usándose por los historiadores de finales del siglo XX y comienzos del XXI. "Iconografía" (cuya raíz significa "símbolos de escritura") se refiere al asunto artístico derivado de fuentes escritas, especialmente bíblicas o mitológicas. "Iconología" es un término más amplio que se refiere a todo tipo de simbolismo, se derive de un texto específico o no. Los historiadores del arte no coinciden en un uso preciso de ambos términos, y suelen utilizarlos indistintamente.

Panofsky, en su obra más temprana, también desarrolló las teorías de Riegl, aunque con el tiempo se demostró más preocupado por la iconografía, y en particular por la transmisión a la Edad Media y al Renacimiento de los temas de la Antigüedad clásica. A este respecto, sus interses coincidían con los de Warburg, hijo de una rica familia que había reunido una impresionante biblioteca en Hamburgo y se había especializado en la continuidad de la tradición clásica en el arte y cultura posterior. Bajo los auspicios de Saxl, esta biblioteca se convirtió en un instituto de investigación vinculado a la Universidad de Hamburgo, donde Panofsky enseñaba.

Warburg murió en 1929, y en los años treinta Saxl y Panofsky, ambos judíos, se vieron obligados a exiliarse. Saxl se estableció en Londres, llevándose con él la biblioteca de Warburg y estableciéndo el Warburg Institute (en:Warburg Institute). Panofsky hizo lo propio en Princeton, en el Institute for Advanced Study. Tanto ellos como el resto del gran número de historiadores de arte alemanes que llegaron al mundo académico anglosajón por esa época, alcanzaron una extraordinaria influencia en este, estableciendo la historia del arte como un legítimo campo de estudio. Concretamente, la metodología de Panofsky determinó el curso de la historia del arte en Estados Unidos durante al menos una generación.

Heinrich Wölfflin no fue el único intelectual que invocaba las teorías psicológicas en el estudio del arte. El propio padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, había escrito un libro sobre Leonardo da Vinci, en el que usaba los cuadros de Leonardo para interrogar a la psique y la orientación sexual del artista. Freud infería de su análisis la probable homosexualidad del de Vinci.

El uso de material póstumo para ejecutar el psicoanális es un asunto controvertido entra los historiadores del arte, especialmente dado que la moral sexual en tiempos de analizador y analizado son diferentes; aunque no por ello deja de intentarse frecuentemente. Uno de los más conocidos autores de esta tendencia es Laurie Schnieder Adams, con su manual Art Across Time, además de otros libros, como Art and Psychoanalysis.

Carl Jung también aplicó la teoría psicoanalítica al arte. Era un psiquiatra suizo, influyente pensador, que fundó la psicología analítica. Su aproximación a la psicología se centraba en la psique a través de la exploración de los mundos del sueño, del arte, de la mitología, la religión y la filosofía. La mayor parte de su trabajo se dedicó a la exploración de la filosofía oriental y occidental, la alquimia, la astrología, así como la sociología de la literatura y el arte. Su contribuciones más notables incluyen los conceptos de arquetipo, inconsciente colectivo y la teoría de la sincronicidad. Jung creía que la mayor parte de las experiencias percibidas como coincidencias no se debían al mero azar, sino que más bien sugerían la manifestación de hechos o circunstancias paralelas que reflejaban su dinámica determinante. Argumentaba que un inconsciente colectivo y una imaginería arquetípica eran detectables en el arte. Sus ideas se popularizaron sobre todo en el expresionismo abstracto estadounidense de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Su obra inspiró el concepto surrealista de extraer imágenes de los sueños y el inconsciente.

Jung enfatizaba la importancia del equilibrio y la armonía. Temía que los humanos modernos estuvieran confiando demasiado en la ciencia y la lógica, cuando podráin beneficiarse de integrar la espiritualidad y la apreciación del campo inconsiciente. Su obra no sólo impactó el trabajo analítico de los historiadores del arte, sino que se convirtió en parte integral del trabajo de los artistas. Jackson Pollock, por ejemplo, creó una famosa serie de dibujos para acompañar sus sesiones de psicoanálisis con Joseph Henderson, psicoanalista jungiano. Henderson posteriormente publicó los dibujos en una obra dedicada a sus sesiones con Pollock, evidenciando la gran potencialidad del dibujo como herramienta terapéutica.

La huella del psicoanálisis en la historia del arte ha sido profunda y se extiende más allá de Freud y Jung. La destacada historiadora del arte feminista Griselda Pollock (en:Griselda Pollock), por ejemplo, deriva del psicoanálisis tanto su lectura del arte contemporáneo como la relectura del arte moderno. Su aplicación del psicoanálisis feminista francés (en:french feminism), en particular de la obra de Julia Kristeva y Bracha L. Ettinger (en:Bracha L. Ettinger), así como la aplicación por Rosalind Krauss de la obra de Jacques Lacan y Jean-François Lyotard, o la relectura curativa del arte de Catherine de Zegher han conformado una nueva concepción del hombre y la mujer en la historia del arte.

A mediados del siglo XX los historiadores del arte se implicaron en una aproximación crítica a la historia social. Su meta era mostrar cómo el arte interactúa con las estructuras de poder en la sociedad. Una de las metodologías que emplearon fue el marxismo, en su aspecto de materialismo histórico. La historia del arte marxista intentaba mostrar cómo el arte se vincula a clases sociales específicas, cómo las imágenes contienen información sobre el mundo de la economía, y cómo pueden utilizarse ideológicamente para hacer parecer natural el statu quo.

Uno de los más destacados historiadores marxistas del arte fue Clement, quien popularizó a finales de los años 1930 su ensayo "Vanguardia y Kitsch" ("en:Avant-Garde and Kitsch"), en el que propone que la vanguardia surge como una defensa del standard estético frente al declinar del gusto que se produce con la sociedad de consumo de masas, y define kitsch como lo opuesto a arte. Greenberg, posteriormente, proponía que la vanguardia y el modernismo eran medios de resistir la nivelación de la cultura producida por la propaganda capitalista. Greenberg se apropió de la palabra alemana kitsch para describir el consumismo, aunque sus connotaciones han cambiado desde entonces para describir una noción más afirmativa de los materiales (left-over ?) de la cultura capitalista. En obras posteriores Greenberg examinó las propiedades formales del arte moderno.

Meyer Schapiro (en:Meyer Schapiro) es uno de los más influyentes historiadores marxistas del arte de mediados del siglo XX. Aunque escribió sobre muchos periodos y temas, es sobre todo recordado por su comentario a la escultura del medievo final y el renacimiento temprano, en donde ve evidencias del surgimiento del capitalismo y el declive del feudalismo (transición del feudalismo al capitalismo).

Arnold Hauser escribió el primer manual de historia marxista del arte occidental: Historia social de la literatura y el arte (The Social History of Art), en el que intenta mostrar cómo la conciencia de clase se refleja en cada periodo artístico. Su obra suscitó una fuerte controversia en los años 1950, sobre todo debido a sus generalizaciones aplicadas a eras enteras, una estrategia que sus detractores denominan marxismo vulgar (en:vulgar Marxism).

T. J. Clark (en:T. J. Clark (historian)) fue el primer historiador del arte que, desde una perspectiva marxista, proponía superar tales generalizaciones, proporcionando ejemplos con historias marxistas de varios artistas impresionistas y realistas, como Gustave Courbet o Édouard Manet. Sus obras se centran estrictamente en el clima político y económico en que se crea el arte.

Pierre Francastel desarrolló una sociología del arte cercana a la metodología historiográfica de la también francesa Escuela de Annales.

El catedrático italiano Giulio Caro Argan (1909-1992), que inició su carrera profesional bajo el fascismo (estudios sobre Andrea Palladio, Sebastiano Serlio, arquitectura medieval y un manual de historia del arte muy difundido en la enseñanza); tras la segunda guerra mundial se convirtió en la referencia de la izquierda italiana en cuestiones estéticas, destacando por su defensa del arte moderno (Henry Moore, 1948; Walter Gropius e la Bauhaus, 1951; La scultura di Picasso 1953; Pier Luigi Nervi, 1955) y su renovada consideración de los periodos anteriores bajo una aplicación muy personal del método iconológico (Brunelleschi, 1955; Fra' Angelico, 1955; Botticelli, 1957; Borromini, 1952; L'architettura barocca in Italia, 1957; L'Europa delle capitali, 1964), incluyendo la revalorización del neoclasicismo (Canova). Desde una perspectiva marxista, considera el arte (de cualquier época) como el desarrollo de la materia producido por el trabajo. En la fase post-histórica que se abre tras el desarrollo y agotamiento de la modernidad (más tarde denominada postmodernidad) entiende la cultura actual como una muerte del arte.

La tecnología artesanal ha sido sustituida por la tecnología industrial. Si previamente el arte tenía una misión directiva proporcionando sus modelos a la industria; en la actualidad es la industria la que proporciona los modelos al arte. Si el arte de la época del artesanado y la sociedad teocrática se fundamentaba en la naturaleza (o la divinidad), el arte actual se refiere a la vida y a la actividad social sin distinción entre sujeto y objeto. El destino ya no depende de Dios sino de la dinámica productiva y social. La salida o solución que propone para el arte en peligro de muerte es entenderlo como algo no acabado, sino como proyecto o modelo de acción (praxis), ejemplificado en el urbanismo.

El ensayo de Linda Nochlin "Why have there been no great women artists?" (¿Por qué no ha habido grandes artistas mujeres?) inauguró con un gran impacto la historia feminista del arte en los años setenta del siglo XX, y sigue siendo uno de los más leídos sobre artistas femeninas. En él, aplica un marco crítico feminista para mostrar la exclusión sistemática de la mujer de la educación artística. Griselda Pollock es otra destacada historiadora feminista del arte, cuyo uso de la teoría psicoanalítica se ha descrito en la sección correspondiente.

Como opuesta a la iconografía, que busca identificar el significado, la semiótica se preocupa por cómo se crea el significado. Los significados connotados y denotados, en expresión de Roland Barthes son primordiales para tal tipo de examen. La interpretación de cualquier obra de arte depende de la identificación del significado denotado (denotación, el reconocimiento de un signo visual) y el significado connotado (connotación, las asociaciones culturales instantáneas que vienen junto con el reconocimiento). La principal preocupación del historiador de la semiótica del arte es encontrar vías para navegar por el significado connotado e interpretarlo.

La historia semiótica del arte busca desvelar el significado o significados codificados de un objeto estético por el examen de su conexión a una conciencia colectiva. Los historiadores del arte no suelen pertenecer a ninguna rama particular de la semiótica, pero suelen construir una versión ecléctica de todas ellas que incorporan a su instrumental analítico. Por ejemplo, Meyer Shapiro utiliza el significado diferencial de Ferdinand de Saussure en un esfuerzo por 'leer' los signos que existirían dentro de un sistema. Según Schapiro, para entender el significado de la frontalidad de un contexto pictórico concreto, debe ser diferenciado de, o ser visto en relación con, posibilidades alternativas, como un perfil, o una postura en tres cuartos. Schapiro combinaba este método con el trabajo de Charles Sanders Peirce cuyo objeto, signo e interpretación proporciona una estructura para su aproximación. Alex Potts demuestra la aplicación de los conceptos de Peirce a la representación visual mediante su examen en relación con la Mona Lisa, viendo este cuadro como algo más allá de su materialidad para identificarlo con un signo. Entonces es reconocido como referente a un objeto fuera de sí mismo, una mujer (Mona Lisa). La imagen no parece denotar un significado religioso y puede por tanto asumirse que es un retrato. Esta interpretación conduce a una cadena de interpretaciones posibles: ¿quién era el modelo en relación con Leonardo da Vinci? ¿qué significado tenía para él?, o ¿quizá era un icono que representaba a todas las mujeres?. Esta cadena de interpretación, o "semiosis ilimitada", no tiene fin; el trabajo del historiador del arte es poner fronteras a las posibles interpretaciones tanto como revelar nuevas posibilidades.

La semiótica opera bajo la teoría de que una imagen sólo puede ser entendida desde la perspectiva del observador. El artista es suplantado por el observador como proveedor de significado, incluso hasta el punto de que una interpretación sigue siendo válida independientemente del hecho de que fuera inconcebible para el creador del objeto artístico. Rosiland Krauss expuso este concepto en su ensayo “In the Name of Picasso” (En nombre de Picasso). Denunciaba el monopolio del significado por parte del artista, e insistía en que el significado sólo puede producirse después de que la obra se haya abstraido de su contexto social e histórico. Sólo reconociendo esto puede abrirse el significado a otras posibilidades interpretativas, como las del feminismo o del psicoanálisis.

El campo de la historia del arte se divide tradicionalmente en especializaciones basadas en una división temporal o regional, con posteriores subdivisiones basadas en el medio artístico (pintura, escultura, arquitectura), en escuelas o artistas concretos o incluso hiperespecializaciones en periodos de la obra de éstos o en obras de arte singulares. En cambio, los conceptos de arte antiguo y arte moderno no coinciden habitualmente con los de arte de la Edad Antigua o arte de la Edad Moderna, sino con criterios estéticos ligados a la renovación de las artes propia de las vanguardias de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Para el arte de las civilizaciones no occidentales, la secuencia temporal no responde a la delimitación que en esta permite hablar de arte medieval, renacimiento, barroco, etc. Frente a las numerosas subdivisiones del arte occidental, la especialización en arte africano o arte asiático, de relativamente reciente constitución dentro del canon historiográfico del arte, suele ser muy global, aunque sean una minoría creciente, y agrupa civilizaciones y periodos muy extensos que bien poco tienen que ver entre sí.

La reciente revisión de la división semántica entre arte y artefacto (del inglés artifact) ha puesto en valor objetos, antes no apreciados artísticamente, que las culturas no occidentales creaban con criterios estéticos.

En los Estados Unidos, la organización más importante de la historia del arte es la College Art Association. Organiza una conferencia anual y publica el en:Art Bulletin y el en:Art Journal. Organizaciones similares existen en otras partes del mundo, así como especializadas (de arquitectura, del Renacimiento...). En el Reino Unido, la Association of Art Historians es la principal organización, y publica una revista titulada Art History. Otras revistas del ámbito anglosajón son el Burlington Magazine (1904), el Journal df the Warburg and Courtalaud Institute (iconología, 1937), Architectural Review (1926) Apollo (revista) (coleccionismo y antigüedades, 1928); el Bulletin of the Art Institute of Chicago, Art in America (1913), Journal df the Society of Architectural Historians (Illinois, 1942) y Journal of Aesthetics and Art Criticism (Cleveland, 1948).

Las principales revistas de otros países europeos son: en Italia Paragone Arte (1950, R. Longhi), Critica d'arte (orientación puro-visibilista, 1950, L. Venturi y M. Salmi), Storia dell'arte (Giulio Carlo Argan); y las artquitectónicas Psicon (iconológica, M. Fagiolo y E. Battisti) Controspazio (P. Portoghesi) y restringidas a la arquitectura contemporánea Casabella y Domus (revista) (orientación semiológica, 1928). En Francia Gazette des Beaux Arts (1859) y Revue de l'art (1968). En los países germanófonos, la clásica prusiana Jahrbuch der Preussischen Kunstsamlungen (1880-1943) y su homóloga vienesa Jarbuch der Kunsthistorische Sammuungen des A. H. Kaiserhauses (1883), así como las más recientes Mitteilungen des Kunshistorisches Institutes in Florenz (especializada en arte italiano, 1957) y Bibliographie zur Symbolik Ikonographie und Mytologie (1968). También son destacables la holandesa Oud Holland (1884) y la belga Bulletins de l'Institut Royal du Patrimonie artistique (1958).

En el mundo académico español, además de los estudios teóricos ligados a las enseñanzas artísticas (de estructura gremial desde la Edad Media y académica desde el siglo XVIII -Real Academia de Bellas Artes de San Fernando-), los estudios de historia del arte se han solido establecer en las facultades de Filosofía y Letras o en las de Historia o Historia y Geografía, como departamento universitario, primeramente como especialidad y en los últimos años cada vez más generalizadamente como licenciatura universitaria diferenciada.

El índice DICE (Difusión y Calidad Editorial de las Revistas Españolas de Humanidades y Ciencias Sociales y Jurídicas) cataloga 25 registros como Historia del Arte y Bellas Artes. General. Dialnet cataloga 245 revistas en su sección Arte. Entre ellas pueden destacarse Goya (revista) (1954), Revista de Ideas Estéticas (1943), Traza y Baza (iconología, 1972), Archivo Español de Arte (1925), Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (Universidad de Valladolid, 1932), Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada (1936), Revista del Museo del Prado (1979), Bellas Artes (revista) (1969), Cuadernos de la Alhambra (1965), Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (1871) Reales Sitios (revista) (de Patrimonio Nacional, 1969), Academia (revista) (1881); especializadas en arquitectura: Arquitectura (revista), Arquitectura Bis, Nueva Forma; en artes plásticas: Batik, Guadalimar (revista), Arte-guía, Climal, Crítica de Arte (revista); y un largo etcétera.

Eminentes historiadores del arte en España han sido, entre otros, Antonio Palomino (el Vasari español, autor de El Parnaso español pintoresco laureado, 1715, con gran repercusión en Europa), Antonio Ponz (Viage de España, 1772), Juan Agustín Ceán Bermúdez, José Pijoán, Francisco Javier Sánchez Cantón, José Manuel Pita Andrade, Federico Sopeña, Fernando Checa, etc. Del mismo modo que la labor de estos no se ha limitado al estudio del arte español, ha sido muy habitual que hispanistas extranjeros se hayan interesado por la extraordinaria riqueza de este, al igual que en otras disciplinas historiográficas. Entre los actuales, puede citarse a Jonathan Brown, quien ha protagonizado una reciente polémica con Manuela Mena sobre la autoría de El Coloso, muestra de la vitalidad y permanente cuestionamiento de la historiografía del arte en España. Una presencia fundamental ha sido la de la Hispanic Society (que también edita su propia revista: Notes of the Hispanic Society, desde 1941).

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