Historia

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Publicado por astro 23/03/2009 @ 16:13

Tags : historia, ciencia

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Historia

La Verdad, el Tiempo y la Historia, de Francisco de Goya (hacia 1800). Alegoría de debatida interpretación, es también conocido con otros nombres. El alado y anciano tiempo traería de la mano a la verdad para que la historia la dejara registrada mediante la escritura.

La historia es la ciencia que tiene como objeto de estudio el pasado de la humanidad y como método el propio de las ciencias sociales. Se denomina también historia al periodo histórico que transcurre desde la aparición de la escritura hasta la actualidad.

Más allá de las acepciones propias de la ciencia histórica, historia en el lenguaje usual es la narración de cualquier suceso, incluso de sucesos imaginarios y de mentiras. En medicina se utiliza el concepto de historia clínica para el registro de datos sanitarios significativos de un paciente, que se remontan hasta su nacimiento o incluso a su herencia genética.

A su vez, llamamos historia al pasado mismo, e, incluso, puede hablarse de una historia natural en que la humanidad no estaba presente( término clásico ya en desuso, que se utilizaba para referirse no sólo a la geología y la paleontología sino también a muchas otras ciencias naturales; las fronteras entre el campo al que se refiere este término y el de la prehistoria y la arqueología son imprecisas, a través de la paleoantropología).

Ese uso del término historia lo hace equivalente a cambio en el tiempo. En ese sentido se contrapone al concepto de filosofía, equivalente a esencia o permanencia (lo que permite hablar de una filosofía natural en textos clásicos y en la actualidad, sobre todo en medios académicos anglosajones, como equivalente a la física). Para cualquier campo del conocimiento, se puede tener una perspectiva histórica -el cambio- o bien filosófica -su esencia-. De hecho, puede hacerse eso para la historia misma (véase tiempo histórico) y para el tiempo mismo (véase Historia del Tiempo de Stephen Hawking, libro de divulgación sobre cosmología).

Dentro de la popular división entre ciencias y letras o humanidades, se tiende a clasificar a la historia entre las disciplinas humanísticas junto con otras ciencias sociales (también denominadas ciencias humanas); o incluso se la llega a considerar como un puente entre ambos campos, al incorporar la metodología de éstas a aquéllas. La ambigüedad de esa división del conocimiento humano, y el cuestionamiento de su conveniencia, ha llevado al llamado debate de las dos culturas.

No todos los historiadores aceptan la identificación de la historia con una ciencia social, al considerarla una reducción en sus métodos y objetivos, comparables con los del arte si se basan en la imaginación (postura adoptada en mayor o menor medida por Hugh Trevor-Roper, John Lukacs, Donald Creighton, Gertrude Himmelfarb o Gerhard Ritter). Los partidarios de su condición científica son la mayor parte de los historiadores de la segunda mitad del siglo XX y del siglo XXI (incluyendo, de entre los muchos que han explicitado sus preocupaciones metodológicas, a Fernand Braudel, E. H. Carr, Fritz Fischer, Emmanuel Le Roy Ladurie, Hans-Ulrich Wehler, Bruce Trigger, Marc Bloch, Karl Dietrich Bracher, Peter Gay, Robert Fogel, Lucien Febvre, Lawrence Stone, E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Carlo Cipolla, Jaume Vicens Vives, Manuel Tuñón de Lara o Julio Caro Baroja). Buena parte de ellos, desde una perspectiva multidisciplinar (Braudel combinaba historia con geografía, Bracher con ciencia política, Fogel con economía, Gay con psicología, Trigger con arqueología), mientras los demás citados lo hacían a su vez con las anteriores y con otras, como la sociología y la antropología. Esto no quiere decir que entre ellos hayan alcanzado una posición común sobre las consecuencias metodológicas de la aspiración de la historia al rigor científico, ni mucho menos que propongan un determinismo que (al menos desde la revolución einsteniana de comienzos del siglo XX) no proponen ni las llamadas ciencias duras. Por su parte, los historiadores menos proclives a considerar científica su actividad tampoco defienden un relativismo estricto que imposibilitaría de forma total el conocimiento de la historia y su transmisión; y de hecho de un modo general aceptan y se somenten a los mecanismos institucionales, académicos y de práctica científica existentes en historia y comparables a los de otras ciencias (ética de la investigación, publicación científica, revisión por pares, debate y consenso científico, etc.).

La utilización que hace la historia de otras disciplinas como instrumentos para obtener, procesar e interpretar datos del pasado permite hablar de ciencias auxiliares de la historia de metodología muy diferente, cuya subordinación o autonomía depende de los fines a los que estas mismas se apliquen.

El registro de anales y crónicas fue en muchas civilizaciones un oficio ligado a un cargo institucional público, controlado por el estado. Sima Qian (denominado padre de la Historia en la cultura china) inauguró en esa civilización los registros históricos oficiales burocratizados (siglo II a. C.). La crítica del musulmán Ibn Jaldún (Muqaddima -Prolegómenos a la Historia Universal-, 1377) a la manera tradicional de hacer historia no tuvo consecuencias inmediatas, siendo considerado un precedente de la renovación de la metodología de la historia y de la filosofía de la historia que no se inició hasta el siglo XIX, fruto de la evolución de la historiografía en Europa Occidental. Entre tanto, los cronistas oficiales castellanos y de Indias dieron paso en la España ilustrada del siglo XVIII a la fundación de la Real Academia de la Historia; instituciones similares existen en otros países.

La docencia de la historia en la enseñanza obligatoria fue una de las bases de la construcción nacional desde el siglo XIX, proceso simultáneo a la proliferación de las cátedras de historia en las universidades (inicialmente en las facultades de letras o Filosofía y Letras, y con el tiempo, en facultades propias o de Geografía e Historia -disciplinas cuya proximidad científica y metodológica es una característica de la tradición académica francesa y española-) y la creación de todo tipo de instituciones públicas y privadas (clubes históricos o sociedades históricas, muy habitualmente medievalistas, respondiendo al historicismo propio del gusto romántico, empeñado en la búsqueda de elementos de identificación nacional); así como publicaciones dedicadas a la historia.

En la enseñanza media de la mayor parte de los países, los programas de historia se diseñaron como parte esencial del currículum. En especial la agregación de historia presente en los lycées franceses desde 1830 adquirió con el tiempo un prestigio social incomparable con los cargos similares en otros sistemas educativos y que caracterizó el elitismo de la escuela laica republicana hasta finales del siglo XX.

A ese proceso de institucionalización, siguió la especialización y subdivisión de la disciplina con diferentes sesgos temporales (de cuestionable aplicación fuera de la civilización occidental: historia antigua, medieval, moderna, contemporánea -estas dos últimas, habituales en la historiografía francesa o española, no suelen subdividirse en la historiografía anglosajona: en:modern era-), espaciales (historia nacional, regional, local, continental -de África, de Asia, de América, de Europa, de Oceanía-), temáticos (historia política, militar, de las instituciones, económica y social, de los movimientos sociales y de los movimientos políticos, de las civilizaciones, de las mujeres, de la vida cotidiana, de las mentalidades, de las ideas, cultural), historias sectoriales ligadas a otras disciplinas (historia del arte, de la música, de las religiones, del derecho, de la ciencia, de la medicina, de la economía, de la ciencia política, de las doctrinas políticas, de la tecnología), o centrada en cualquier tipo de cuestión particular (historia de la electricidad, de la democracia, de la Iglesia, de los sindicatos, de los sistemas operativos, de las formas -literarias de la Biblia-, etc). Ante la atomización del campo de estudio, también se han realizado distintas propuestas que consideran la necesidad de superar esas subdivisiones con la búsqueda de una perspectiva holística (historia de las civilizaciones e historia total) o su enfoque inverso (microhistoria).

El Premio Nacional de Historia (de Chile -bianual, a una personalidad- y de España -a una obra publicada cada año-) y el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (a una personalidad del ámbito de la historia, la geografía u otras ciencias sociales) son los más altos reconocimientos de la investigación histórica en el ámbito hispanohablante, mientras que en el ámbito anglosajón existe una de las versiones del Premio Pulitzer (en:Pulitzer Prize for History). El Premio Nobel de Literatura, que puede recaer en historiadores, sólo lo hizo en dos ocasiones (Theodor Mommsen, en 1902, y Winston Churchill, en 1953). Desde una perspectiva más propia de la consideración actual de la historia como una ciencia social, el Premio Nobel de economía fue concedido a Robert Fogel y Douglass North en 1993.

La identificación del concepto de historia con la narración escrita del pasado produce, por un lado, su confusión con el término historiografía (historia se llama a la vez al objeto estudiado, a la ciencia que lo estudia y al documento resultado de ese estudio); y por otro justifica el empleo del término prehistoria para el periodo de tiempo anterior a la aparición de la escritura, reservándose el nombre historia para el periodo posterior.

Según ese uso restrictivo, la mayor parte de la humanidad queda fuera de la historia, no tanto porque no accede personalmente a la lectura y la escritura (el analfabetismo fue la condición común de la inmensa mayoría de la población, incluso para las clases dominantes, hasta la imprenta), sino porque los reflejados en el discurso histórico han sido siempre muy pocos, y grupos enteros quedan invisibilizados (las clases bajas, las mujeres, los discrepantes que no pueden acceder al registro escrito), con lo que ha sido objeto de preocupación de algunos historiadores la reconstrucción de la visión de los vencidos y la historia desde abajo.

Lo mismo ocurre con gran número de pueblos y culturas (las consideradas como culturas primitivas, en una terminología ya desfasada de la antropología clásica) que no tienen historia. El tópico los idealiza al considerar que son pueblos felices. Entran en ella cuando se produce su contacto, habitualmente destructivo (aculturación), con civilizaciones (sociedades complejas, con escritura). Incluso en ese momento no son propiamente objeto de la historia sino de la protohistoria (historia realizada a partir de las fuentes escritas producidas por los que generalmente son sus pueblos colonizadores por oposición a los pueblos indígenas). No obstante, independientemente de que los historiadores y los antropólogos ideológicamente tengan una tendencia etnocentrista (eurocentrista, sinocentrista o indigenista) o, de forma opuesta, multiculturalista o relativista cultural, existe la posibilidad de obtener o reconstruir un relato fiable de los acontecimientos que afectan a un grupo humano utilizando otras metodologías: fuentes arqueológicas (cultura material) o historia oral. En buena parte, esta diferencia es artificial, y no necesariamente novedosa: el mismo Heródoto no puede sino usar ese tipo de fuentes documentales cuando redacta la que se considera la primera Historia, o al menos acuña el término, en la Grecia del siglo V a. C. para que el tiempo no abata el recuerdo de las acciones de los hombres y que las grandes empresas acometidas, ya sea por los griegos, ya por los bárbaros, no caigan en olvido; da también razón del conflicto que puso a estos dos pueblos en la lid. Así comienza su obra titulada Ἱστορίαι (léase históriai, literalmente "investigaciones", "exploraciones", latinizado Historiae -"Historias", en plural-), seminal para la ciencia histórica, y que suele denominarse en castellano Los nueve libros de historia. La lid citada son las guerras médicas y los bárbaros, persas.

La palabra historia deriva del griego ἱστορία (léase historía, traducible por "investigación" o "información", conocimiento adquirido por investigación), del verbo ἱστορεῖν ("investigar"). De allí pasó al latín historia, que en castellano antiguo evolucionó a estoria (como atestigua el título de la Estoria de España de Alfonso X el Sabio, 1260-1284) y se reintrodujo posteriormente en el castellano como un cultismo en su forma latina original.

La etimología remota procede del protoindoeuropeo *wid-tor-, de la raíz *weid-, "saber, ver" (construcción hipotética). presente también en la palabras latinas idea o visión, en las germánicas wit, wise o wisdom, la sánscrita veda, y las eslavas videti o vedati, y en otras lenguas de la familia indoeuropea.

La palabra antigua griega ἱστορία fue usada por Aristóteles en su Περί Τά Ζωα Ιστορία (léase Peri Ta Zoa Istória, latinizado Historia Animalium, traducible por "Historia de los Animales"). El término se derivaba de ἵστωρ (léase hístōr, traducible por "hombre sabio", "testigo" o "juez"). Se pueden encontrar usos de ἵστωρ en los himnos homéricos, Heráclito, el juramento de los efebos atenienses y en las inscripciones beocias (en un sentido legal, con un significado similar a "juez" o "testigo"). El rasgo aspirado es problemático, y no se presenta en la palabra cognata griega eídomai ("aparecer"). La forma historeîn ("inquirir"), es una derivación jónica, que se expandió primero en la Grecia clásica y más tarde en la civilización helenística.

Es imposible ignorar la polisemia y la superposición de estos tres términos, pero simplificando al máximo: la historia son los hechos del pasado; la historiografía es la ciencia de la historia; y la historiología es la epistemología o teoría de la historia.

La filosofía de la historia es la rama de la filosofía que concierne al significado de la historia humana, si es que lo tiene. Especula un posible fin teleológico de su desarrollo, o sea, se pregunta si hay un diseño, propósito, principio director o finalidad en el proceso de la historia humana. No debe confundirse con los tres conceptos anteriores, de los que se separa claramente. Si su objeto es la verdad o el deber ser, si la historia es cíclica o lineal, o existe la idea de progreso en ella, son materias que debate la filosofía de la historia.

Tampoco deben confundirse los supuestos fines teleológicos del hombre en la historia con los fines de la historia es decir, la justificación de la propia historia como memoria de la humanidad. Si la historia es una ciencia social y humana, no puede abstraerse del porqué se encarga de estudiar los procesos sociales: explicar los hechos y eventos del pasado, sea por el conocimiento mismo, sea por que nos ayudan a comprender el presente: Cicerón bautizó a la historia como maestra de la vida, y como él Cervantes, que también la llamó madre de la verdad. Benedetto Croce remarcó la fuerte implicación del pasado en el presente con su toda historia es historia contemporáea. La historia, al estudiar los hechos y procesos del pasado humano, es un útil para la comprensión del presente y plantear posibilidades para el futuro. Salustio llegó a decir que entre las distintas ocupaciones que se ejercitan con el ingenio, el recuerdo de los hechos del pasado ocupa un lugar destacado por su gran utilidad. Un tópico muy difundido (atribuido a Jorge Santayana) advierte que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, aunque otro tópico (atribuido a Carlos Marx) indique a su vez que cuando se repite lo hace una vez como tragedia y la segunda como farsa.

La radical importancia de ello se basa en que la historia, como la medicina, es una de las ciencias en que el sujeto investigador coincide con el objeto a estudiar. De ahí la gran responsabilidad del historiador: la historia tiene una proyección al futuro por su potencia transformadora como herramienta de cambio social; y a los profesionales que la manejan, los historiadores, les es aplicable lo que Marx dijo de los filósofos (hasta ahora se han encargado de interpretar el mundo y de lo que se trata es de transformarlo). No obstante, desde otra perspectiva se pretende una investigación desinteresada para la objetividad en la ciencia histórica.

No hay un acuerdo universal sobre la periodización de la historia, aunque sí un consenso académico sobre los periodos de la historia de la civilización occidental, basado en los términos acuñados inicialmente por Cristóbal Celarius (Edades Antigua, Media y Moderna), que ponía al mundo clásico grecorromano y su Renacimiento como los hechos determinantes para la división; y que actualmente es de aplicación general. La acusación de eurocentrismo que se hace a tal periodización no impide que sea la más utilizada, por ser la que responde precisamente al desarrollo de los procesos históricos que produjeron el mundo contemporáneo.

El problema de cualquier periodización es hacerla coherente en términos sincrónicos y diacrónicos, es decir: que sea válida tanto para el transcurso del tiempo en un único lugar, como para lo que ocurre al mismo tiempo en distintos ámbitos espaciales. Cumplir ambos requisitos resulta difícil cuando los fenómenos que originan el comienzo de un periodo en un lugar (especialmente el Próximo Oriente, Asia central o China) tardan en difundirse o surgir endógenamente en otros lugares, que a su vez pueden estar más o menos próximos y conectados (como Europa Occidental o el África subsahariana), o más o menos lejanos y desconectados (como América u Oceanía). Para responder a todo ello, los modelos de periodización incluyen términos intermedios y periodos de solapamiento (yuxtaposición de características distintas) o transición (aparición paulatina de las novedades o características mixtas entre el periodo que empieza y el que termina). La didáctica de la historia se ayuda frecuentemente de diferentes tipos de representación gráfica de la sucesión de hechos y procesos en el tiempo y en el espacio.

Cara de la guerra en el Estandarte de Ur, III milenio a. C.. Aparecen tropas uniformadas y en formación, carros de guerra y la figura destacada de un líder. Los enemigos vencidos son pisoteados por los caballos o sometidos.

Dos guerreros griegos en combate singular. Tras ellos hay carros de guerra. Fragmento de una crátera ática de figuras negras, Selinunte, siglo VI a. C. (contemporánea a las reformas de Clístenes). El equipamiento militar para el combate cuerpo a cuerpo (casco, lanza) es similar al que usarán los hoplitas, pero ellos luchan agrupados en falanges, y el escudo estará diseñado para proteger tanto al compañero de filas como al que lo lleva.

Sarcófago Ludovisi, hacia 250. Las legiones romanas luchan contra los godos, que en los siglos siguientes (periodo de las invasiones bárbaras) contribuirán decisivamente tanto a la continuidad como a la Caída del Imperio Romano, tras la que instaurarán algunos de los más importantes reinos germánicos de la Alta Edad Media.

Chac Mool (Chichén Itzá, ciudad maya fundada en el siglo VI). Las civilizaciones mesoamericanas desarrollaron una cultura peculiar ligada a la guerra ritualizada entre ciudades-estado rivales, que incluía el sacrificio de los prisioneros para garantizar el orden cosmológico, además de una antropofagia de debatida consideración.

Código de Hammurabi, Babilonia. Edad Antigua.

Mezquita de Córdoba. Edad Media.

Santa Prisca de Taxco, México. Edad Moderna.

La libertad guiando al pueblo, de Eugéne Delacroix (Francia). Edad Contemporánea.

Lluis Quintana-Murci, del Instituto Pasteur de París, citado por Gary Stix Huellas de un pasado lejano, en Investigación y Ciencia, septiembre 2008, ISSN 0210136X pg. 19.

Al principio



Historia de la ciencia

Tabla de arcilla mesopotámica, fechada en el año 492 a. C. y que recogía información astronómica

La Historia de la ciencia es el campo de la historia que estudia el desarrollo temporal de los conocimientos científicos y tecnológicos de las sociedades humanas. Este campo de la historia también estudia el impacto que la ciencia y la tecnología han tenido históricamente en la cultura, la economía y la política.

La ciencia es un cuerpo de conocimiento empírico y teórico, producido por una comunidad global de investigadores que hacen uso de técnicas específicas para observar y explicar los fenómenos de la naturaleza, bajo el nombre de método científico. La historia de la ciencia recurre al método histórico tanto de la historia intelectual como de la historia social.

La mayor parte del estudio de la historia de la ciencia ha sido dedicado a responder preguntas sobre lo que es la ciencia, como funciona, y si esto expone el modelo a gran escala y con tendencias. En la sociología de la ciencia, en particular, se han enfocado los caminos en los que los científicos trabajan, mirando estrechamente los caminos que "producen" y "construyen" el conocimiento científico. Desde los años 1960, una tendencia común en los estudios de la ciencia (el estudio de la sociología y la historia de la ciencia) han querido acentuar " el componente humano " dentro del conocimiento científico, y la opinión sobre que datos científicos son evidentes, sin valor, y sin contexto.

Una de las causas principales de preocupación y controversia en la filosofía de la ciencia ha sido la de preguntarse sobre la naturaleza "del cambio de teoría" en la ciencia. Tres filósofos en particular, son los que representan los pilares principales de este debate: Karl Popper, quien argumentó que el conocimiento científico es progresivo y acumulativo; Thomas Kuhn, quien argumentó que el conocimiento científico se mueve gracias a la "Revolución científica" y no es necesariamente progresiva; y Paul Feyerabend, quien argumentó que el conocimiento científico no es acumulativo o progresivo, y que no puede haber problema de demarcación en términos de método entre la ciencia y cualquier otra forma de investigación.

Desde la publicación de Kuhn de "La estructura de las revoluciones científicas" en 1962, hubo un gran debate en la comunidad académica sobre el significado y la objetividad de la ciencia. A menudo, pero no siempre, un conflicto sobre "la verdad" de la ciencia ha hecho mella en la comunidad científica y en las ciencias sociales o humanidades (guerras de la ciencia).

En tiempos prehistóricos, los consejos y los conocimientos fueron transmitidos de generación en generación por medio de la tradición oral. El desarrollo de la escritura permitió que los conocimientos pudieran ser guardados y comunicados a través de generaciones venideras con mucho mayor fidelidad. Con la Revolución Neolítica y su desarrollo de la agricultura, que propició un exceso de alimentos, hizo factible la posibilidad del desarrollo para civilizaciones tempranas, porque podía ser dedicado más tiempo a otras tareas que a la supervivencia.

A partir de sus principios en Sumeria (actualmente en Iraq) alrededor del 3500 a. C., en Mesopotamia, los pueblos del norte comenzaron a intentar registrar la observación del mundo con datos cuantitativos y numéricos sumamente cuidados. Pero sus observaciones y medidas aparentemente fueron tomadas con otros propósitos más que la ley científica. Un caso concreto es el del Teorema de Pitágoras, que fue registrado, aparentemente en el siglo XVIII a. C.: la tabla mesopotámica Plimpton 322 registra un número de trillizos Pitagóricos (3,4,5) (5,12,13). ..., datado en el 1900 a. C., posiblemente milenios antes de que Pitágoras, pero no era una formulación abstracta del teorema de Pitágoras.

Los avances significativos en el Antiguo Egipto son referentes a la astronomía, a las matemáticas y a la medicina. Su geometría era una consecuencia necesaria de la topografía, con el fin de intentar conservar la disposición y la propiedad de las tierras de labranza, que fueron inundadas cada año por el Nilo. La regla del triángulo rectángulo y otras reglas básicas sirvieron para representar estructuras rectilíneas, el pilar principal de la arquitectura dintelada egipcia. Egipto era también el centro de la química y la investigación para la mayor parte del Mediterráneo.

Al principio



Historia Universal

Disco celeste de Nebra.

La Historia universal es el conjunto de hechos y procesos que se han desarrollado en el pasado de la humanidad. La disciplina que estudia la historia universal es la historia.

Con el combinacion de la agricultura y la ganadería el ser humano comienza a cultivar diversos cereales como el arroz, el trigo y el maíz, o tubérculos como la patata, en diversas regiones del globo entre el Sexto y el Quinto Milenio a.C. Así, deja de depender de la caza, la pesca y la recolección, se transforma en autosuficiente, y ello le permite adoptar un modo de vida sedentario (si bien algunas actividades como el pastoreo requerirán la práctica del nomadismo o del semi-nomadismo). En Japón encontramos un temprano desarrollo de la piscicultura. También cambian las prácticas alimentarias: es inventado el pan, y también las bebidas alcohólicas.

Al haber crecido en aislamiento las primeras civilizaciones, las dietas propias de cada una fueron diversas, en función de aquellos productos vegetales y animales que existieran en su entorno inmediato. Así, el cerdo, la gallina y el arroz fueron propios de la dieta de China; el trigo, la vid, la vaca y la oveja, fueron propios del Medio Oriente y el mundo mediterráneo; y el maíz, el tomate, la patata o el tabaco fueron propios de la América Precolombina. Sin embargo, estas barreras alimenticias fueron cayendo a medida que las distintas civilizaciones históricas fueron entrando en contacto unas con otras y comerciando entre sí. De esta manera, las especias (pimienta, nuez moscada, etcétera) llegaron desde Oriente a Europa gracias al comercio musulmán durante la Edad Media, y distintos productos americanos hicieron lo propio después de que América y Europa entraron en contacto durante el paso de los siglos XV a XVI.

A medida que los asentamientos urbanos fueron creciendo, la sociedad se hizo cada vez más compleja. Por sobre los agricultores surgió una clase social de mercaderes, que pronto enviaron expediciones a tierras extrañas y fundaron colonias para comerciar. También se desarrollaron los templos, que tomaron bajo su responsabilidad la guía de las distintas comunidades. Algo más tarde surge el poder civil como separado del religioso, encarnado por la figura de reyes seculares trabajando en estrecha relación con burocracias sacerdotales a veces bastante extensas: por ejemplo, el faraón y los escribas egipcios.

Una consecuencia de todo esto fue la invención de la escritura, en varios lugares del planeta al mismo tiempo y de manera independiente, y que por primera vez permitió almacenar el conocimiento de manera más segura que por la tradición oral, al mismo tiempo que permitió desarrollar la burocracia gubernamental. Las primeras escrituras eran ideográficas, pero pronto evolucionaron hacia sistemas fonéticos, teniendo los fenicios el crédito de crear el antecedente del moderno alfabeto. Ejemplos son los jeroglíficos o la escritura cuneiforme. En el Imperio Inca se desarrolló la ingeniosa solución de los quipus. En general la mayoría de los pueblos de la tierra conocen algún sistema escritural o de símbolos dibujados o escritos en torno al año 1000 de la era cristiana.

Al mismo tiempo, el desarrollo en la navegación llevó a las primeras audaces expediciones de exploración. Desde Egipto partieron expediciones hacia el país del Punt, y viajeros fenicios alcanzaron Inglaterra, y probablemente dieron la vuelta al África. Por su parte, los polinesios emprendieron una marcha lenta e implacable por el Océano Pacífico, colonizando lugares tan alejados como Hawaii o Isla de Pascua.

Ya desde la antigüedad, casi todas las grandes civilizaciones aprendieron a trabajar los metales. El salto de la piedra a los metales, materiales estos últimos de uso más versátil, significó una gran revolución. Generalmente se agrupa a la Edad de los Metales en tres fases sucesivas: Edad de Cobre, Edad de Bronce y Edad de Hierro. Durante la primera (Calcolítico) se trabajó el cobre de manera pura. Durante la segunda, se descubrió que la aleación de cobre y estaño (el bronce) era más resistente, si bien el estaño era un metal de por sí escaso (los fenicios iban a buscarlo incluso hasta las Islas Británicas). El manejo del hierro fue más tardío, debido a que hubieron de ser perfeccionadas las técnicas para tratarlo, ya que éste tiene un punto de fundición más alto.

Las aplicaciones de los metales resultaron enormemente variadas. Reemplazaron a la piedra en la elaboración de hachas para talar bosques, y a la madera en las rejas de arado. También permitieron la elaboración de espadas para la guerra.

También en esta época apareció el uso de los metales preciosos, incluyendo el oro y la plata, como lo prueban los ricos ajuares funerarios de numerosas tumbas. Estos metales fueron utilizados para el ornato primero, y como medida de riqueza después, incluyendo la acuñación de monedas (labor esta última en la que fueron complementadas con el cobre, para la moneda fraccionaria). Se trabajaron también con afán de lujo, las llamadas piedras preciosas y piedras semipreciosas.

Antiguamente se pensaba que los pueblos de la Edad de los Metales eran prehistóricos, pero hoy en día sabemos que muchos de ellos ya eran altamente civilizados. En Grecia, por ejemplo, la Edad del Bronce coincide con los Reinos Micénicos, y en el Medio Oriente, el poderío hitita se explica en parte por el monopolio del secreto de la fundición del hierro, mientras que sus enemigos usaban espadas de bronce, más frágiles.

Las primeras manifestaciones de religión surgieron ya en tiempos del Hombre de Neanderthal. Eran cultos vinculados a prácticas arcaicas de tipo chamánicas. La primera gran religión conocida fue el culto de la Gran Diosa Madre, predominante en Eurasia hasta bien avanzada la historia de la civilización. Andando el tiempo, con el desarrollo de la vida en sociedad, surgieron los cultos patriarcales. También, a medida que las culturas y los ritos locales fueron entrecruzándose, surgieron complejas mitologías y ciclos épicos.

El desarrollo de la escritura permitió el surgimiento de la vida cultural. Así, nació la literatura. Las obras más antiguas conservadas son epopeyas. Algo más tarde surge la literatura sapiencial. El estudio científico de la Historia es más tardío, y habrá que esperar hasta griegos como Heródoto o Tucídides (siglo V a. C.) para que ésta se separe definitivamente de la tradición religiosa y literaria.

El primer gran estallido filosófico se produjo hacia el siglo VI a. C., época en la que coincidieron, y probablemente supieron de sus respectivas doctrinas, las figuras de Pitágoras de Samos, Tales de Mileto, el Segundo Isaías, Zaratustra, Buda, Mahavira y Confucio. No son los primeros en sus respectivas tradiciones, pero sí quienes accedieron a un mundo más "globalizado" que sus predecesores.

La ciencia fue monopolio de la clase alta, frecuentemente de los sacerdotes, y el bajo pueblo no tenía acceso a ella. En este tiempo se hicieron las primeras observaciones astronómicas, se desarrolló la medicina, y la necesidad de medir la tierra y llevar la contabilidad comercial y tributaria llevaron al desarrollo de la geometría y la aritmética. Los antiguos griegos llegaron incluso a sentar las bases del álgebra.

Salvando el caso de China, cuyo desarrollo histórico corría por carril aparte, los siglos III, IV y V fueron de grandes conmociones políticas, en parte por la decadencia interna de los reinos, y en parte por las presiones de bárbaros procedentes de más allá de sus fronteras, como los germanos o los hunos. De estas conmociones, sólo el Imperio Bizantino (gravemente quebrantado entre la época de Justiniano I y la de León III Isaurio), el Imperio Sasánida y el Imperio Gupta de la India consiguieron sobrevivir. Este hundimiento marca tradicionalmente el paso de la Antigüedad a la Edad Media.

A la caída de los grandes imperios, grandes religiones de carácter ecuménico, que trascienden el nacionalismo de los primitivos cultos para transformarse en Religiones abiertas a toda la Humanidad, se transforman en motores de la civilización eurasiática: el Cristianismo, el Islamismo, el Hinduismo y el Budismo Mahayana. En su torno se aglutinan una nueva serie de civilizaciones, desde Irlanda en el extremo occidental, hasta Japón en el oriental. El mundo cristiano, después de sucumbir a las invasiones germánicas, se divide en dos ramas: el Imperio Bizantino al este, y el mundo feudal al oeste. De esta manera, Europa vivió la llamada Edad Media. Todo esto ocurrió en el paso de los siglos IV a VII.

La actividad del profeta Mahoma, quien predicó entre 610 y 632, galvanizó a las tribus de la Península Arábiga, quienes se lanzaron a una serie de campañas militares que duraron ininterrumpidamente durante más de un siglo (desde la conquista de La Meca en 630 hasta la Batalla del Río Tallas en 751). Se construyeron así un gran imperio, que abarcó desde el Asia Central hasta España. Bajo el dominio árabe, muchas culturas, tales como la bizantina, la persa y la griega, se mezclaron, y durante el período del Califato Abasida (750-1258), el Medio Oriente vivió una gran época de esplendor. Después de que los abasidas entraran en decadencia, con la irrupción de los selyúcidas (siglo X), la religión musulmana siguió extendiéndose hacia regiones aún más alejadas, incluyendo el Africa Central o Indonesia, al tiempo que su cultura alcanzó incluso hasta la Europa cristiana.

La irradiación de las antiguas culturas negras del Antiguo Egipto, de Nubia, de Etiopía y, posteriormente, de la cultura árabe islámica, conformarían la civilización negroafricana. Las sucesivas crisis invasoras vividas por el Imperio Egipcio obligaron a constantes movimientos poblacionales desde el valle del Nilo al resto de África.

De manera completamente independiente a todo lo anterior, surgieron en América una serie de civilizaciones, agrupadas en dos grandes troncos: Mesoamérica (actual México y Guatemala), y el mundo andino.

La primera gran cultura con rasgos distintivos propios en Mesoamérica, fue la de los olmecas, que prosperó en la costa del Golfo de México entre 1200 a. C. y los albores de la Era Cristiana, aproximadamente, teniendo como centros sucesivos los asentamientos de San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes. Dos grandes núcleos culturales recibieron y prolongaron su legado: la cultura de los mayas, y la cultura de Teotihuacan y Monte Albán.

Los mayas prosperaron en la región conocida como el Petén (actuales Chiapas y Guatemala), al este del antiguo mundo olmeca. Se organizaron en la jungla, en torno a un modelo de asentamiento conocido como centro ceremonial. Nunca fueron un estado unido. En su defecto, cada centro ceremonial se constituyó como una teocracia militar. Los más fuertes fueron Tikal, Palenque, Copán y Uaxactún, entre otros. Estos asentamientos alcanzaron su apogeo en el llamado Período Maya Clásico, entre 300 y 900 d. C. aproximadamente, y fueron abandonados por razones aún no del todo aclaradas.

Hacia el oeste se formaron dos subnúcleos culturales relacionados. El Valle de México fue controlado, entre 250 y 750 d. C. aproximadamente, por Teotihuacan, ciudad que era una de las más pobladas de la Tierra en su minuto. La influencia cultural de Teotihuacan llegó, a través de las rutas comerciales, tan lejos como el actual sur de Estados Unidos, en donde florecieron asentamientos como Cahokia o Snaketown, incluso siglos después del hundimiento de la ciudad madre. En paralelo al Valle de México, en el Valle de Oaxaca, floreció Monte Albán, la gran ciudad de la cultura zapoteca.

Hacia el año 1000, el área mesoamericana fue sacudida por invasiones y cambios en el poder político. En el Valle de México, el declive de Teotihuacan fue acompañado por el ascenso de Tula, capital del Imperio Tolteca; cuando éstos a su vez fueron derrotados por los chichimecas, una facción suya emigró hacia el Yucatán, en donde se fusionaron con emigrantes de la cultura maya para consolidar el poder de ciudades como Chichén Itzá y Mayapán. Por su parte, en el Valle de Oaxaca, Monte Albán debió cederle su lugar a los recién llegados mixtecas. Durante el siglo XIV, el Valle de México vivió un período de relativa paz bajo el control de Azcapotzalco, pero cuando éste se desplomó en 1428, fue reemplazado por una nueva potencia: los tenochas de Tenochtitlán, creadores del Imperio Azteca, la última gran potencia regional, antes de ser abatido por los invasores españoles en la guerra de 1519 a 1521.

En el mundo andino se sucedieron varias fases en las cuales se alternaron reinos unificadores, por hegemonía indirecta o dominación militar directa, con potencias regionales que emergieron aprovechando determinados vacíos de poder. La primera de las grandes potencias que parecen haber dominado la región, es aquella que se consolidó alrededor de Chavín de Huantar. Una vez derrumbado este núcleo, fue consolidándose poco a poco el poder de Tiahuanaco, ciudad que controló casi todo el mundo andino gracias a una vasta red de comercio, y que tuvo su contraparte en la ciudad de Huari, emplazada en las cercanías del Océano Pacífico. Otras potencias relevantes a lo largo de la historia del mundo andino, son el reino de los moche, Paracas, Nazca y Chimú. La influencia cultural andina rebasó, llegado el minuto, las actuales fronteras peruanas, y se esparció hacia Chile en una dirección, y hacia Colombia en la otra. En Chile surgieron culturas urbanas tales como la de los atacameños y los diaguitas. En Colombia, por su parte, prosperó la cultura de los chibchas, que pronto se reunieron en señoríos militares, siendo el de Bogotá el más poderoso de todos.

En el siglo XV, en el Valle del Cuzco, se consolidó el poder militar de los quechuas. Su rey Pachacútec, que salvó a Cuzco de ser conquistada por los chancas en 1438, emprendió una larga serie de guerras contra los reinos vecinos, sentando así las bases del Imperio Inca; su labor no sólo fue militar, sino que también se dedicó a construir fortalezas y organizar la administración y la religión, creando para esto último el templo de Coricancha. El orden fundado por Viracocha resistió casi un siglo entero, hasta que en 1527, la guerra civil azotó al Imperio Inca. Aunque Atahualpa venció a su hermano Huascar, no pudo gozar de los frutos de su victoria, porque el mismo día de su triunfo, fue arrestado por Francisco Pizarro; el resto es la historia de cómo el Imperio Inca fue abatido y repartido por los conquistadores españoles, en una seguidilla de guerras que duró hasta que en 1545, Pedro de la Gasca fue designado Virrey del Perú, y pudo pacificar estos dominios.

Como consecuencia del desarrollo científico y técnico, y después de las invasiones de los mongoles contra China, la India, el Medio Oriente y Europa durante los siglos XIII a XVI, la estepa se transformó en un medio de comunicación apto para el comercio y los viajes, por lo que misioneros como Guillermo de Rubrick y comerciantes como Marco Polo tendieron puentes hacia la creación de una cultura absolutamente terráquea. Algo más tarde, en China, el emperador Yung-lo envió una serie de escuadras mercantiles a las costas del este de Africa, aunque esta iniciativa no fue continuada por sus sucesores. Esto convertía a Eurasia en un mundo interconectado, pero fuera de esa región, el resto seguía en aislamiento.

En el siglo XVI, por iniciativa de Europa, cuyos navegantes se habían hecho peritos en el uso de la brújula y la carabela, se construyó una red de comunicaciones oceánicas que por primera vez envolvió a todo el planeta. El pionero fue Enrique el Navegante, quien desde Portugal impulsó (a partir de 1415) las expediciones marítimas hacia África. Después, Cristóbal Colón conectó Europa con América (1492), Vasco de Gama conectó Europa con la India (1498), y Hernando de Magallanes lideró la expedición que llevaría a Juan Sebastián Elcano a circunnavegar por primera vez el globo (1519-1522). A inicios del siglo XVII fue alcanzada la legendaria Terra Australis, que pasó a ser Australia. Sólo la Polinesia quedó fuera, y aun así, las civilizaciones del Océano Pacífico fueron sumadas en el siglo XVIII (Isla de Pascua en 1722, Hawaii por el capitán Cook). Al mismo tiempo, fueron confirmadas por primera vez las hipótesis sobre el mítico continente austral, al recibirse reportes de la existencia de la Antártica.

El siglo XVI vio el inicio del imperialismo de Europa sobre el resto del mundo. En la época, como una herencia de la revolución del siglo XII, Europa estaba sumida en los cambios y trastornos del inicio de la Edad Moderna (Absolutismo, Reforma Protestante, Renacimiento, expansión del capitalismo, etcétera), y era aún una región relativamente atrasada en relación al resto del planeta.

En el Extremo Oriente, los europeos fueron recibidos con condescendencia y curiosidad. China estaba gobernada desde 1368 por la Dinastía Ming, y se mostró curiosa hacia el mundo occidental, pero a pesar de esfuerzos aislados, éstos no hicieron progresos visibles allí. Japón, que en el siglo XVI vivió una cruenta serie de guerras que terminaron con la imposición del Shogunato Tokugawa en 1602, reemplazó su primitiva política amistosa hacia los europeos con una violenta persecución, aceptándolos sólo en la isla de Deshima, aislados, y para meros propósitos comerciales. Aun así, los europeos consiguieron enclaves imperiales en Indonesia y las Molucas, merced a la ausencia de poderes políticos o militares fuertes en la región.

En el mundo islámico, que abarcaba desde la India al Danubio, una serie de imperios fuertes y centralizados (el Imperio Mogol en la India, el Imperio Safávida en Persia, y el Imperio Otomano en los Balcanes y el Medio Oriente) impidieron los progresos europeos. Los europeos tendrán su oportunidad de ingresar a la India recién en el siglo XVIII, y en el resto, recién en el XIX.

Donde sí los europeos obtuvieron un éxito devastador, fue en América. Su superior tecnología militar les permitió conquistar en apenas medio siglo, toda una extensión de tierra que iba desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Los españoles abatieron a los aztecas e incas, mientras que los portugueses se instalaron en Brasil, los ingleses en la costa oriental de Estados Unidos (Trece Colonias), y los franceses en Canadá y Luisiana. Estos imperios coloniales durarían hasta las revoluciones del último cuarto del siglo XVIII y primero del XIX, en que se desplomaron para dar paso a nuevos estados independientes, que en casi ningún caso representaban una continuidad con el mundo precolombino.

Las relaciones entre razas y pueblos en estos imperios americanos fue compleja. Los europeos se instalaron, sin excepciones, como los amos absolutos. En cuanto a los nativos, la inmensa mayoría de ellos pereció, víctimas de la guerra, la explotación económica, y las epidemias. En numerosas regiones, sin embargo, sobrevivieron muchas etnias indígenas de sangre casi pura; al mismo tiempo, especialmente en las ciudades hispanoamericanas, se formó un estamento social mestizo entre los indígenas y los europeos de sangre pura. En los inicios del Imperio Español hubo una dura discusión filosófica y legal sobre el estatuto que debían tener los indios, y el trato que debía dárseles, lo que se llamó las Polémicas de Indias; finalmente se aceptó que por el bien de los indígenas (según el concepto cristiano europeo), debía protegérseles y evangelizárseles, lo que se buscó llevar a cabo mediante el sistema de la encomienda. Los resultados de esta operación política son discutidos hasta el día de hoy en la historiografía sobre el tema. Para complicar aún más las cosas, a los indios, mestizos y blancos se sumó un vasto contingente de población negra, traída como esclavos desde Africa. Esta red de trata de negros que los europeos montaron en el Atlántico, es sin duda la mayor operación de tráfico de esclavos de todos los tiempos, y no se extinguió por completo sino hasta el siglo XIX.

Durante el siglo XVII, hubo cierta estabilidad social a nivel mundial. La excepción fue la ciencia. En el siglo XVI, los avances de Andreas Vesalio en medicina y Nicolás Copérnico y Galileo Galilei en astronomía cambiaron la vision del mundo (para los europeos, al menos). Sentaron así las bases para una serie de descubrimientos: la Teoría de la Gravedad de Isaac Newton, el principio de que toda vida procede de otra vida de Lazzaro Spallanzani, el descubrimiento de los microorganismos por Anton van Leeuwenhoek, la vacunación de Edward Jenner, etcétera. Paralelamente, los esfuerzos de inventores como Thomas Newcomen y James Watt llevaron a la invención, a finales del siglo XVIII, de la máquina de vapor.

Por su parte, la serie de guerras civiles en la Inglaterra del siglo XVII llevó a la generación de un nuevo sistema político, la democracia con separación de poderes. En éste encontró refugio el principio de la libre empresa. Además, se abandonó el proteccionismo, en boga gracias a la escuela mercantilista, en beneficio del librecambismo. La suma de todo esto (democracia, libre empresa, librecambismo, máquina de vapor) permitió el lanzamiento de la Revolución Industrial. Inglaterra se transformaría así en la nación más poderosa de la Tierra, y el imperio colonial británico llegaría a cubrir la cuarta parte de todas las tierras emergidas.

A mediados del siglo XIX, la fórmula de gobierno dieciochesca (basada en la alianza del rey, la nobleza y el clero) había sido reemplazada por pujantes oligarquías industriales. Todo esto generó, además, un nuevo problema: la cuestión social, que fue caldo de cultivo para el surgimiento de los socialismos.

La industrialización puso en manos de las potencias coloniales europeas todo un nuevo repertorio de tecnologías para la guerra, como por ejemplo el rifle de retrocarga, el acorazado o la ametralladora, lo que les dio la supremacía sobre los ejércitos de viejo cuño de las potencias no occidentales. Así, éstas debieron elegir entre occidentalizarse o perecer. Rusia lo hizo de manera pionera, en la época de Pedro I el Grande. El Imperio Otomano se negó renuentemente, hasta el siglo XIX. China lo hizo sólo después del desastre que significó la Guerra del Opio (1848). La India fue controlada militarmente por Inglaterra desde la conquista de Delhi en 1804, y mantuvieron su dominio a pesar de una gran rebelión nativa en 1857. En cuanto a Japón, tras obligársele a abrirse al comercio exterior en 1853, empezó su occidentalización forzada en la Era Meiji (1868).

A comienzos del siglo XIX, Africa era un continente casi inexplorado, gobernada por reyes tribales como Shaka Zulu. Pero en el transcurso del siglo, varios misioneros y exploradores la cartografiaron casi por completo. Luego, los imperios coloniales la absorbieron. En 1900 sólo eran independientes Liberia, Abisinia, Libia, y los últimos reductos de los bóers estaban en proceso de anexión por Inglaterra (ver guerra de los bóers).

Hubo también intentos aislados de potencias europeas por construir imperios coloniales a costa de las repúblicas latinoamericanas, entre ellas la invasión de Francia contra México (1864-1867, bajo el gobierno de Benito Juárez), o la invasión de España contra Chile y Perú en 1865-1866, que no tuvieron mayor éxito. Pero a finales del siglo XIX, siguiendo la Doctrina Monroe de aislamiento continental, Estados Unidos comenzó a crear una esfera de influencia en la región. A esto, el Presidente Theodore Roosevelt lo llamó el Gran Garrote. El ejemplo más visible fue la independencia de Panamá y la cesión a Estados Unidos de una zona para construir un canal transoceánico en la región.

La industrialización y la producción en serie permitieron abaratar los costos de producción. Por primera vez, bienes antaño considerados de lujo estaban ahora al alcance de grandes personas. Esto llevó a la sociedad de consumo. En el paso de los siglos XIX a XX, el surgimiento de leyes laborales protegió a los trabajadores y permitió el surgimiento de una clase media, y de una sociedad próspera basada en el consumo a gran escala. Esto no fue sin duras luchas, en las cuales las organizaciones de trabajadores (sindicatos) fueron muchas veces prohibidas y perseguidas. En 1935 se dio el paso decisivo en Francia, al crearse por ley el descanso dominical. Por otra parte, el progreso de la Medicina con investigadores como Louis Pasteur y otros, permitió alargar notablemente la esperanza de vida de las personas.

Pero esta prosperidad fue sólo para Europa y Estados Unidos, y parcialmente Latinoamérica, fundamentalmente países como Argentina y Chile. En el resto del mundo, cuatro quintas partes de la población seguía viviendo en condiciones medievales de vida.

La industrialización permitió explotar los recursos planetarios a una escala nunca antes vista. Esto tuvo dos consecuencias relacionadas entre sí. Por un lado, la población mundial creció, apareciendo el fantasma de la superpoblación. Por otra, inició la sobreexplotación del medio ambiente. Comenzó así la degradación de ecosistemas a escala terrestre, por la contaminación y la pérdida de especies, y la consiguiente disminución de la biodiversidad. Hacia 1835, los seres humanos alcanzaron por primera vez los mil millones de habitantes en su historia, pero esa cifra se ha multiplicado varias veces desde entonces. Además, las emisiones de dióxido de carbono desde mediados del siglo XIX, como producto de la quema masiva de combustibles fósiles (carbón, petróleo), ha generado un efecto invernadero que hoy por hoy es una amenaza difícil de medir contra la vida humana sobre la Tierra.

El agotamiento de los territorios mundiales para ser colonizados, llevó a las potencias europeas a chocar unas con otras. En 1914, un incidente menor (el asesinato del archiduque Francisco José de Austria) desató la Primera Guerra Mundial. A pesar de sus dantescas consecuencias, la paz no fue satisfactoria, y hubo una nueva conflagración. El resultado de esos años (1914-1945) fue la ruina de los imperios coloniales, y la división del mundo en dos esferas de influencia: Estados Unidos y la Unión Soviética. Otra siniestra herencia fue que, por primera vez, gracias a la bomba atómica, la humanidad tenía el poder necesario para aniquilarse completamente a sí misma. Surgió así el llamado equilibrio del terror, en que la humanidad ha vivido desde entonces.

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, emergió un orden bipolar encabezado por Estados Unidos (EEUU) y la Unión Soviética (URSS). Ambos buscaban el dominio mundial, pero el temor al arsenal nuclear enemigo los llevo a evitar la confrontación abierta. Por eso, a este período se lo llama la guerra fría.

Esta guerra fría se libró en el resto de los países, tratando de hacerlos caer y mantenerlos dentro de sus esferas de influencia, gracias a regímenes títere de sus intereses. Se intentó crear un nuevo orden mundial tendiente a evitar repetir los horores de las guerras mundiales, y para eso se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, que en 1948 formuló la Declaración universal de los derechos humanos. Pero la ONU fue relativamente insolvente para contener a los "dos grandes". Estos, por su parte, apoyaron activamente la descolonización, desmantelando los imperios coloniales de Francia, Inglaterra y Alemania, como una manera de intervenir directamente en las nuevas repúblicas. El resultado fueron cruentos golpes de estado y sangrientas guerras étnicas, religiosas o civiles, que azotaron a Africa y Asia durante toda la segunda mitad del siglo XX. Así, al eje "Este-Oeste" (URSS-EEUU) se sumó un eje "Norte Sur" (países ricos y países pobbres). A los países más pobres y atrasados se los llamó el Tercer Mundo, por no tener mayor cabida en ninguno de los otros dos mundos, el del capitalismo estadounidense o el del comunismo soviético.

La intensidad de las hostilidades entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue escalando hasta que casi llegó a la confrontación atómica total, durante la crisis de los misiles de 1962. A consecuencia de esto, ambas potencias se abocaron a relaciones más cordiales, surgiendo así la Distensión. En la década de 1980, Estados Unidos se emabrcó en una nueva carrera armamentista. En respuesta, la Unión Soviética buscó reformarse y abrirse en un proceso llamado Perestroika, el cual se salió de control, y llevó al desmantelamiento final de la Unión Soviética y del bloque comunista (1989-1991).

En este período ingresa también China al club de los poderosos, después de haber sido una potencia atrasada y feudal, en particular desde las reformas de Mao Tsé Tung en adelante (1949). A la vez, Europa deja sus tradicionales guerras intestinas y crean la Comunidad Económica Europea, que andando el tiempo, después del Tratado de Maastrich, se convierte en Unión Europea (1989).

El desarrollo de la cohetería en la primera mitad del siglo XX, permitió por primera vez al ser humano enviar más allá de la atmósfera, naves y satélites robóticos primeros, y sondas tripuladas después, empezando así la astronáutica. La exploración del espacio se desenvolvió en el marco de la llamada carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos; después del derrumbe de la primera, la exploración se ha vuelto una empresa más bien de colaboración internacional entre varias potencias, como lo prueba que la antigua y soviética Estación Espacial MIR haya sido reemplazada por la Estación Espacial Internacional.

De este modo, en 1957 la Unión Soviética pone en órbita el Sputnik, el primer satélite artificial. Luego, en 1961, le sigue Yuri Gagarin, el primer cosmonauta. La primera mujer será Valentina Tereshkova, en 1963, y el primer caminante espacial será Alexei Leonov en 1965. En 1969, el Apolo XI corona con éxito el primer vuelo tripulado a la Luna. En 1977 empieza la misión Voyager, destinada a explorar el exterior del Sistema Solar. En 1983, por primera vez un artefacto humano, la sonda Pioneer 10, llega hasta la heliopausa, el confín más remoto del sistema solar, y abandona definitivamente éste. En 1990, entra en órbita el Telescopio Espacial Hubble, el primer telescopio ubicado más allá de la atmósfera, y pionero de varios otros satélites que captan ondas electromagnéticas del espacio para su estudio.

La exploración del espacio cambió en muchos aspectos a la Humanidad. La cantidad de información sobre el universo recolectada desde 1957 es muchas veces superior a la compilada en los cuarenta siglos precedentes. Asimismo, numerosas innovaciones científicas desarrolladas para el espacio exterior, encontraron después aplicación tecnológica en la Tierra. Pero lo más importante, crearon conciencia del aislamiento de la Tierra como un cuerpo celeste único en el universo, y la fragilidad de la vida sobre él, potenciando los movimientos ecologistas y conservacionistas.

Los progresos en materia electrónica llevan al desarrollo de la computadora. En 1943 entra en operaciones el ENIAC, la primera computadora. Sin embargo, no es sino hasta la invención del transistor, que éstas se convierten en herramientas verdaderamente potentes. La computación permite acortar distancias y convertir al mundo en un lugar instantáneo, en particular después del surgimiento de internet.

Después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos queda como el poder dominante en el mundo. Este se ha convertido, en el intertanto, en un mundo globalizado e interconectado, con seres humanos explorando su propia dotación genética gracias al Proyecto Genoma y a la naciente ingeniería genética. Es también una sociedad de masas, que consume aceleradamente recursos y con ello pone en riesgo al propio planeta. Las grandes pandemias, que se creían erradicadas, resurgen gracias al estallido del SIDA.

La hegemonía de Estados Unidos dura apenas una década (1990-2001). El 11 de septiembre de 2001, un salvaje atentado terrorista contra las Torres Gemelas inagura una nueva época en que grupos étnicos, políticos o religiosos buscan mantener intacta su propia identidad, de manera casi integrista, frente a la casi imparable globalización. El resultado de dicha confrontación, que algunos catalogan como "choque de civilizaciones", está aún abierto.

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