Cuéllar

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Publicado por astro 21/04/2009 @ 22:07

Tags : cuéllar, ciudades de segovia, segovia, castilla y león, españa

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Cuéllar

Escudo de Cuéllar

Cuéllar es una villa y municipio español perteneciente a la provincia de Segovia, en la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Existen diversas hipótesis acerca del origen del nombre de Cuéllar y su significado. El primer autor que escribió sobre ello fue el historiador Diego de Colmenares, que atribuyó a Cuéllar ser la famosa ciudad romana de Colenda por la semejanza de vocablos, teoría que también sostuvo Federico Wattenberg en su obra, al igual que lo hicieron Madoz, Piferrer, y Somorrostro. No parece tener mucha veracidad esta atribución, pues está basada en la semejanza del nombre, sin haber investigado otros aspectos. Por otro lado, tampoco se han localizado hasta el momento restos romanos en la villa. Sea como fuere, el nombre de Cuéllar no deriva del de Colenda.

El profesor Ángel de los Ríos apuntó que Cuéllar tuviera que ver con el vocablo latino equus (caballo), teoría apoyada por el historiador Trasierra, recordando la mención de Cuéllar que hacen algunos documentos medievales denominándole Equellar. Aún así, tampoco parece posible una transformación tan importante, en la que el nombre debería haber perdido la e de equus y el surgimiento del diptongo ue y la doble ele.

Por último, Sánchez Albornoz afirma que el nombre de Cuéllar es de origen latino, y Menéndez Pidal apoya esta hipótesis, considerando Cuéllar una palabra románica, deduciendo así que el vocablo estaría formado por la raíz Collis (colinas) y el sufijo -ara (abundante), con pérdida de la vocal final, algo tan común. Analizando las variantes etimológicas de Cuéllar, y teniendo en cuenta la topografía de la villa, que se levanta en el declive de varias colinas, quizá sea la hipótesis más acertada sobre el significado de la palabra Cuéllar.

Es la cabeza del partido judicial de Cuéllar y de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar. Está situada sobre un collado, y por su término pasan el arroyo Cerquilla y el río Cega.

Este municipio limita al Norte con Bahabón, Campaspero, Torrescárcela y Viloria, todos de la provincia de Valladolid. Al Oeste con Chañe, Samboal, San Cristóbal de Cuéllar y Vallelado. Al Sur con Gomezserracín, Pinarejos, Samboal, San Martín y Mudrián y Sanchonuño y al Este con Frumales y Olombrada, todos ellos de la provincia de Segovia.

Del Municipio de Cuéllar forman parte otras nueve poblaciones: Arroyo de Cuéllar, Campo de Cuéllar, Chatún, Dehesa Mayor, Dehesa de Cuéllar, Escarabajosa de Cuéllar, Fuentes de Cuéllar, Lovingos y Torregutiérrez.

La población actual de Cuéllar teniendo en cuenta las pedanías de Campo de Cuéllar, Lovingos, Fuentes de Cuéllar, Dehesa, Dehesa Mayor, Chatún y Arroyo de Cuéllar. Por tanto, la población total de Cuéllar asciende a 9.841 habitantes (INE 2008).

Su economía se basa en la agricultura, cultivo de cereales, hortalizas y legumbres. Es importante el cultivo de la achicoria y en los últimos años, el de la remolacha. Está a una distancia de 60 km de Segovia, la capital provincial, además de 50 km de Valladolid, capital de la comunidad. Otra fuente importante de la economía de la ciudad es el sector de la madera, ya que se encuadra dentro de la Comarca de Pinares, abundando la industria dedicada al mueble.

Se tiene conocimiento de asentamientos en la zona durante el periodo de la Edad de Hierro gracias a los yacimientos encontrados en la parte alta (un poblado) y en la parte de las Erijuelas de San Andrés (una necrópolis). El historiador español del siglo XVI, Diego de Colmenares, relacionó esta villa con la antigua Colenda de los romanos, pero es una tesis que otros historiadores rechazan. No se han localizado vestigios romanos.

Los estudios realizados por el profesor Antonio Ubieto Arteta dan a conocer el pasado histórico de la villa a partir del siglo X. En el 997 cayó en poder de Almanzor que la arruinó y se llevó a Andalucía a muchos habitantes en calidad de cautivos. Alfonso VI de León y Castilla inició una repoblación a finales del siglo XI, cuya consecuencia fue el nacimiento de la Comunidad de Villa y Tierra, organizada y dirigida por el Concejo. Dentro de la demarcación territorial de este Concejo se encontraban otras localidades que se unían para determinar los temas agrarios y el aprovechamiento de pastos y agua. En el año 1184, Alfonso VIII de Castilla reunió Cortes en Cuéllar en una de cuyas sesiones armó caballeros a varios pretendientes entre los que se encontraba el conde de Tolosa.

En el siglo XIII la villa resultó ser una de las poblaciones más importantes de la meseta norte. La producción de lana dio lugar al desarrollo de una floreciente economía que impulsó entre otras cosas la construcción de nobles edificios y de un gran número de iglesias mudéjares. La construcción de iglesias más el mobiliario de las mismas era siempre consecuencia de riqueza y bienestar económico. Además el 21 de julio de 1256, Alfonso X el Sabio otorgó a la villa el Fuero Real además de numerosos privilegios a los caballeros y al Concejo. Doña María de Molina, esposa del rey Sancho IV de León y Castilla, heredó a la muerte de éste la villa de Cuéllar. Esta ciudad fue siempre leal y lugar de refugio y defensa durante su perturbada regencia por la minoría de edad de su hijo el futuro rey Fernando IV de León y Castilla.

Cuéllar y su castillo fueron testigos a mediados del siglo XIV de la farsa protagonizada por Pedro I el Cruel y secundada por los obispos de Ávila y Salamanca. Los obispos declararon nulo el matrimonio anterior habido con doña Blanca de Borbón para que el rey se pudiera casar de nuevo con doña Juana de Castro viuda de Diego de Haro. La duración de este matrimonio se limitó a la noche de bodas, tras la cual el rey huyó abandonando a la nueva esposa.

En 1464 Enrique IV de Castilla entregó la villa a su favorito Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque y desde entonces el destino de la ciudad estuvo siempre unido a esta familia.

Durante el siglo XVII Cuéllar experimentó un gran retroceso y decadencia, lo mismo que ocurrió en casi todas las antiguas villas que fueron sede y refugio de los reyes antes de que éstos se inclinaran por una sola ciudad (Madrid), donde residía la Corte. En el siglo XVIII y gracias a las normas dictadas por Carlos III para el reparto de tierras concejiles, la ciudad se recuperó social y económicamente. Más tarde, el paso de los franceses en los años 1808 y 1809 supuso una funesta situación. Fueron saqueados los templos y sus tesoros y expoliada toda riqueza, como la colección de joyas históricas y de armas que se guardaba en el castillo.

Después de la Guerra Civil Española el castillo se destinó a cárcel de presos políticos. Pasados unos años fue sede de un sanatorio para tuberculosos y más tarde volvió a ser cárcel de presos comunes.

Los productos agrícolas y ganaderos de la zona salvaron a Cuéllar de los años deficitarios de la posguerra, mientras en los pueblos de alrededor hubo mucha emigración al extranjero, quedando casi vacíos.

Cuenta además con otros templos, como la Iglesia de Santa María de la Cuesta, el Salvador o San Miguel, así como restos de las iglesias de Santiago, Santa Marina o San Sebastián. También se localizan las capillas del Hospital de la Magdalena, del Colegio de Niñas Huérfanas y la de Santo Tomé, perteneciente a la antigua iglesia del mismo nombre, que alberga la patrona de la Villa.

También destacan los restos del Monasterio de San Francisco y el Monasterio de Santa Clara, fundados en el siglo XIII, y otras congregaciones conventuales del siglo XVI, como la Purísima Concepción, Santa Isabel, la Santísima Trinidad y San Basilio.

Además de este palacio, también se localiza el Palacio de Santa Cruz, de mudéjar tardío, así como multitud de casas blasonadas de las familias nobles de Cuéllar, como los Ruiz de Herrera, los Daza, Rojas, Velázquez del Puerco, Águila o Vivero, entre otras.

Educación Infantil: cuenta con dos guarderías privadas.

Además, la Villa cuenta con una Biblioteca Pública Municipal, una Academia de Inglés privada y una Academia de Enseñanzas Diversas, también de uso privado.

En Cuéllar durante las celebraciones del Año Nuevo y Reyes tienen lugar el culto y las procesiones en honor del Niño de la Bola. Su cofradía, que data de últimos del siglo XVII, organiza para estos eventos una procesión cuyo protagonista es el Niño de la Bola, una imagen barroca vestida y de pie que lleva en su mano izquierda la bola del mundo rematada con una cruz y en la derecha, en acto de bendecir, un ramo de hojarasca, tocado con una corona de rayos (que tienen el nombre de potencias) sobre una peluca de cabellos castaños naturales que le llegan hasta el pecho. Uno de sus vestidos es de satén color oro con bordados. La sede de la imagen es la antigua parroquia de San Esteban, de estilo románico-mudéjar. El recorrido de las procesiones tiene lugar por las calles del casco antiguo: Plaza Mayor, calle del Colegio, calle del Estudio, calle "Duque de Alburquerque", calle Morería y Plaza Mayor. Durante el recorrido se regalan docenas de caramelos a los niños. Durante la procesión se disparan cohetes y no dejan de repiquetear las campanas de los templos de San Esteban y de San Miguel.

Todos estos danzantes acompañan con castañuelas (aquí llamadas tejoletas) a los dulzaineros y tamborileros. Detrás de este conjunto se incorporan espontáneamente numerosos devotos y devotas bailando danzas y villancicos tan antiguos como la propia procesión.

La Semana Santa cuellarana está compuesta por ocho cofradías y aproximadamente 700 cofrades que participan en las diferentes procesiones que tienen lugar en la villa durante la semana de Pasión. Tiene como días principales el Jueves Santo, Viernes Santo y el Domingo de Resurrección, aunque se realizan procesiones durante toda la semana, en las que participan trece pasos diferentes.

Tras una etapa de decadencia, en los últimos años ha resurgido con gran fuerza, incorporándose nuevos pasos y procesiones que completan el programa. Una de las iniciativas más importantes de los últimos años fue la manera de procesionar de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que dejó a un lado su carro articulado para ir sobre el costal de sus cofrades. Seguidamente se adquirió el paso de Cristo Resucitado, y se incorporó con ambas imágenes la procesión de El encuentro, el Domingo de Resurrección. Por último, en 2008 se adquirió el paso de la popular Borriquilla, que completa la procesión del Domingo de Ramos.

Las celebraciones comienzan el Sábado de Pasión con la procesión de Nuestra Señora de la Compasión, y el Domingo de Ramos sale por las calles de la Villa la Borriquilla. El Miércoles Santo se celebra el Vía Crucis, y el Jueves Santo tiene lugar la Procesión del Cristo de San Gil, una imagen gótica de gran devoción, acompañada por la cruz penitencial de Nuestro Padre Jesús de Nazareno, y la Oración en el Huerto. El día de Viernes Santo es el más importante de la Semana, y tiene lugar la Procesión de los Pasos, en la que participan todas las cofradías portando sus pasos. Abre la procesión la Cruz Desnuda, acompañada de las Niñas Hebreas que portan los símbolos de la Pasión. Tras ellas se suceden las imágenes de la Oración en el Huerto, Jesús atado a la columna, Nuestro Padre Jesús de Nazareno, la Verónica, el Calvario, la Virgen Dolorosa, Cristo Yacente y, cerrando la marcha, Nuestra Señora de la Soledad. Completa el Triduo Pascual la procesión de El Encuentro, el Domingo de Resurrección, en el que participan las imágenes de Cristo Resucitado y Nuestra Señora de la Soledad, que en esta ocasión viste manto blanco.

El miércoles de Ceniza se celebra el tradicional Entierro de la Sardina, donde después de procesionar la popular sardina, se reparten asadas para los visitantes.

Siempre el toro ha sido imprescindible en esta villa. Ya en el siglo XV se corrían toros el día de San Juan; para festejar el nacimiento de un hijo del Duque de Alburquerque (Señor de Cuéllar) o por cualquier otra buena noticia que llegase hasta ella. En los siglos XVIII y XIX incluso los vecinos más adinerados de ella, solían comprar vaquillas para disfrute de la población, y festejar así el casamiento de alguna hija y otros acontecimientos familiares de importancia.

En la actualidad se celebran los encierros dentro de las fiestas de Nuestra Señora del Rosario, comenzando la tarde del último sábado de agosto, convocando a todos los vecinos de la villa a campana repicada "como es de uso e de costumbre". Se nombra Corregidora de las fiestas y dos Damas, que junto con el pregonero y la corporación municipal, desde el balcón del ayuntamiento, abren oficialmente las fiestas. Los pregoneros han sido muchos y muy variados, y quizás el más significativo fue Doña Mencía de Mendoza y Luna, en el año 1998, no sólo por ser la primera mujer en Cuéllar que pregonaba las fiestas, sino porque vivió en el siglo XV, y salió aquel día del Castillo de Cuéllar, donde vive presa de los visitantes y su trabajo de actriz para dar comienzo a las fiestas. También destacan los periodistas, como Moncho Alpuente, Pilar Cernuda (2001) o Carme Chaparro. Es, por tradición, obligación del pregonero terminar su actuación con el grito más popular de Cuéllar: "A por ellos", que hace referencia a la jota de las fiestas, himno por excelencia de la Villa, cuyas notas hacen vibrar a cualquier cuellarano.

Cuéllar, sus fiestas y encierros son visitados cada año por miles de personas que, al llegar el último fin de semana de agosto, se desplazan a esta villa segoviana con intención de disfrutar de unas fiestas diferentes, pues en Cuéllar se percibe la antigüedad de sus encierros, conservando el tramo por el campo, además de urbano, se huele la tradición, y es que son casi 800 años corriendo toros.

Peñas Las muchas peñas que aliñan las fiestas de los encierros de Cuéllar, se dividen en oficiales y no oficiales. Las oficiales son El Pañuelo, La Plaga, El Embudo, Panda El Peque y El Soto. Cualquier persona puede inscribirse en las peñas oficiales pagando una pequeña cuota y así implicarse en sus actividades desde la organización de las mismas. Las actividades promovidas por las peñas oficiales forman parte del programa de festejos. Las peñas no oficiales intentan animar las calles y llenarlas de colorido de una forma informal y desenfadada, no formando parte de la organización oficial del programa de festejos, pero participando en éstos de forma muy activa.

El Santuario de Nuestra Señora de El Henar, situado a unos cinco kilómetros de Cuéllar hacia el noroeste, es el centro de devoción más importante de toda la comarca. Tiene a su alrededor una zona recreativa dotada de distintos servicios para hacer más agradable la estancia de la gran cantidad de personas que acuden durante todo el año en excursiones y en otras fiestas, como la de los resineros, Henarillo, El Carmen, Santiago, etc., además de la romería de Nuestra Señora del Henar que se celebra el domingo siguiente a San Mateo, entre el 14 y el 20 de Septiembre.

La imagen de Nuestra Señora de El Henar es una talla del siglo XII, que se venera desde su aparición a un pastor allá por 1580. En el recinto del Santuario se encuentra la Fuente del Cirio, lugar en el que, según la tradición, estuvo oculta la imagen desde la invasión de los almohades hasta la fecha de su aparición. Pronto se levantó una ermita en honor de la Virgen, que se convirtió en templo en 1664 al incrementarse la devoción mariana. El pórtico es de piedra con escalinata y triple arco, aunque la fachada ha sido retocada en varias ocasiones. En 1759 se construyó el camarín, el crucero y el claustro adosado a la iglesia.

El camino hacia el santuario es una fiesta para los peregrinos que acuden a la romería, siendo ya casi una tradición beber agua de la "Fuente del Cirio", e incluso llenar algún cántaro con ella. En esta romería se experimentan momentos de gran religiosidad y emoción, sobre todo en la salida de la Virgen en procesión por la pradera que rodea el Santuario, así como en el canto de la salve ante la imagen. Pero además de por su sentido religioso, el Santuario del Henar presenta un gran atractivo desde el punto de vista ambiental, ya que se encuentra enclavado en una pradera arbolada, muy propicia para gozar del campo.

Festividad en honor al arcángel San Miguel, patrón de Cuéllar, que se celebra el 29 de septiembre. Las actividades lúdicas y culturales colectivas junto con los encierrillos de promoción completan una agradable jornada festiva. También típico en Cuéllar es el chateo o echegaray, enriquecido desde hace unos años con el Concurso de Tapas, donde los bares y restaurantes compiten por elaborar la mejor tapa durante el fin de semana.

En 1390, el monarca Juan I de Castilla concedió a Cuéllar el derecho de tener dos ferias anuales, con los mismos privilegios que tenían las de Valladolid. Durante siglos una de esas ferias estuvo dedicada a la ganadería, hasta la llegada de la industrialización, pasando a convertirse en una convocatoria multisectorial, con un amplio abanico temático que pretende fomentar la industria y productos de la comarca. En la actualidad se denomina Feria Comarcal y se celebra anualmente durante cuatro días de marzo o abril en la explanada contigua al Castillo. Coincidiendo en las mismas fechas, también se celebra la Feria de Artesanía, un certamen paralelo, ubicado en un marco incomparable: el patio de armas del castillo. Con una larga trayectoria, pues en 2009 celebrará su 30º edición, se trata de un evento de prestigio entre este tipo de muestras, en el que la artesanía que se oferta al visitante está cuidada al máximo, con productos de gran calidad.

Otro evento de artesanía es la Feria Medieval Mudéjar, que se celebra el tercer fin de semana de agosto. Se inició en 1996, y en la actualidad se ubica en la Huerta del Duque, un jardín de 8 hectáreas al pie del castillo que se convierte ese fin de semana en una pequeña aldea medieval.

En el año 2008 se pusieron en marcha tres nuevas iniciativas: la Feria de Tapas, que pretende complementar la oferta gastronómica durante la celebración de la Feria Comarcal y la de Artesanía; la Feria del Libro, instaurada con motivo de la celebración del Bicentenario del nacimiento de José de Espronceda, poeta ligado a Cuéllar; y la Feria de la Juventud, que se celebra paralelamente con la del Libro, en el mes de mayo.

A lo largo de la historia diversos hijos de la Villa han destacado en numerosos campos, especialmente en el militar, contando con un grupo numeroso de participantes en la Conquista de América. Entre todos ellos destacan Diego Velázquez de Cuéllar, Juan de Grijalva y el capitán Gabriel de Rojas. Ligado a la Historia de América también encontramos al cronista Antonio de Herrera y Tordesillas, autor de una de las más completas historias que se han escrito en relación a la conquista, conocidas como Décadas.

En el campo de la religión son conocidos los nombres del sacerdote Alonso Gómez de Encinas, martirizado en Indias y el arcediano Gómez González, clérigo de la cámara apostólica y capellán del Papa Martín V. Obispos de Oviedo fueron Francisco de Orantes y Villena y Juan de Torres Osorio, que también lo fue de Siracusa, Catania y Valladolid. Pero sin duda, el cuellarano más destacado en la religión fue Bartolomé de la Cueva y Toledo, cardenal español que estuvo a punto de ser elegido Papa en el Cónclave que fue electo Pío IV.

Al siglo XX pertenecen las figuras de Modesto Fraile Poujade, político de la Transición española que ocupó la Vicepresidencia primera del Congreso, la poetisa Alfonsa de la Torre, cuya poesía dijo Gregorio Marañón que no olvidaría nunca, y Cecilio de Benito, músico, autor de la canción más simbólica de Cuéllar, el llamado ¡A por ellos!, que da comienzo a sus fiestas.

Al principio



Muralla de Cuéllar

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La Muralla de Cuéllar es una cerca militar de origen románico que rodea el casco antiguo de la villa de Cuéllar, de la provincia de Segovia, de la comunidad autónoma de Castilla y León, en España.

Consta de tres recintos diferenciados: el de la ciudad, el de la ciudadela y la contramuralla; además, se han encontrado restos arqueológicos de un cuarto recinto, actualmente desaparecido. Fueron construidas a partir del siglo XI y reforzadas en el siglo XV por Francisco Fernández de la Cueva, segundo duque de Alburquerque, señor de la villa. En su origen disponían de un perímetro superior a 2.000 metros (2 km), de los cuales se conservan aproximadamente 1.400. Poseen un grosor de metro y medio y una altura que sobrepasa los 5 metros. Se conservan en la actualidad siete de las once puertas que contenía, que permitían el acceso a diferentes puntos de la población.

El recinto murado, que presenta gran semejanza con la arquitectura militar toledana del siglo XIV, fue declarado en 1931 junto al Castillo de Cuéllar, monumento artístico nacional, actualmente denominado Bien de interés cultural.

En la actualidad se encuentra en proceso de restauración gracias a un proyecto financiado por el Gobierno español, a través del Ministerio de Vivienda, que con un presupuesto de 3,4 millones de euros pretende poner en valor el conjunto como atracción turística, haciendo practicables algunos tramos de muralla.

La muralla era el principal de todos los elementos del fenómeno urbano medieval. Su presencia hacía posible la existencia de un caserío resguardado con cierta densidad, y la cerca es lo primero que pone de manifiesto la dicotomía campo-ciudad. Esta necesidad inicial de defensa se hace más acusada en las regiones fronterizas, como es el caso de Cuéllar, en la margen del río Duero. Al igual que gran parte de los núcleos creados con motivo de la repoblación, la villa se levantó en el yermo, buscando pequeñas colinas para defenderse, por las cuales discurre la muralla fortificando su parte más alta, por lo que su trazado obedece a un acondicionamiento topográfico, adaptándose a la orografía del terreno.

El origen de la muralla de Cuéllar se encuentra en la Alta Edad Media durante la definitiva repoblación de la villa, encomendada por Alfonso VI de Castilla al conde Pedro Ansúrez. El inicio de su construcción puede fecharse a partir del año 1085, cuando tiene lugar dicha repoblación, tal y como atestiguan los restos más antiguos de muralla que se han encontrado, localizados en el castillo y datados en el siglo XI, y su levantamiento se extendió a lo largo de los siglos XII y especialmente en el XIII.

La primera noticia documentada conocida hasta el momento data de 29 de abril de 1264. Se trata de un documento de Alfonso X el Sabio, por el cual concedió a petición del concejo de Cuéllar, que la recaudación de ciertas multas se emplease para el arreglo de la muralla: e porque nos piden merçed que las caloñas que fazen los que entran en los exidos de concejo, que vos las diessemos para pro de vuestro concejo. Nos por fazervos bien e merçed catando que los muros de la villa e otrossí las puentes que avedes mucho mester son a pro e a guarda de vos, e que son cosas de que vos avedes mucho a servir, e que non podedes escusar, tenemos por bien que las caloñas que fueren por razón de los exidos que sean para estas cosas sobredichas.

Nuevamente el concejo de la villa solicitó a un monarca, esta vez a Enrique II de Castilla en 1374, la concesión de las heredades situadas en la villa que habían pertenecido a Juana de Castro para la reparación de la muralla, petición que no fue aceptada por el rey. La muestra del interés de la villa por su muralla se deduce de otra nueva petición, esta vez al infante don Fernando, quien concedió licencia al concejo el 13 de febrero de 1403 para reparar los muros, y para ello debieron pagar 30.000 maravedís todos los vecinos de Cuéllar y su Tierra, sin distinción de Estados: ...licencia para que podades reparar los muros que para ello son menester, sabed que me plaze dello. E así vos mando e do licencia por esta mi carta para que las dichas cosas podades reparar e reparades por todos los vesinos e moradores en esa dicha villa e en su tierra treynta mil maravedís e que paguen todos los vesinos e moradores en esta dicha mi villa e su tierra así clérigos como legos, caballeros e escuderos e dueñas e doncellas.

En 1427 se registró una noticia contraria a las anteriores; tras la preocupación mostrada por el concejo por fortalecer y restaurar sus muros defensivos, el señor de la villa, entonces Juan II de Aragón, firmó en Valladolid un documento dirigido al concejo, para que autorizase al arcediano Gómez González, que había comenzado la edificación del Hospital de la Magdalena, una de sus fundaciones, a que lo hiciera adosando el edificio a la muralla, dejando a salvo la ronda y defensa de la misma, pero rompiendo por ello, parte del muro. Al parecer existió una autorización previa, pero el concejo preocupado por su defensa se opuso a las obras, por lo que el arcediano tuvo que solicitar de nuevo permiso al rey, quien contestó que se le dejase concluir el edificio. Finalmente el arcediano no cumplió con lo que el señor de la villa le impuso, y no respetó el paseo de ronda de la muralla, pues apoyó el edificio literalmente sobre la muralla, sin dejar opción al paseo de ronda.

Las murallas se reconstruyeron y ampliaron durante los siglos XIV y XV con fines defensivos. Cuando Beltrán de la Cueva llegó al señorío de Cuéllar en 1464 las murallas románicas se encontraban en buen estado, pero a la vez que realizó las obras de ampliación del castillo, reforzó también el resto de fortificación. Así, en 1471 amplió la muralla norte con objeto de levantar el lienzo y la barbacana. A su vez, fortaleció el lienzo del primer recinto que transcurre desde el arco de San Basilio hasta el muro más próximo del castillo.

En esta época los Reyes Católicos iniciaron un programa general de inspección y reparación de murallas en ciudades castellanas en el que instaron a señores, priores, maestres y corregidores de las villas a que informasen de la situación de las mismas a través de maestros arquitectos, y de quantos maravedis se han de gastar para su restauración, por lo que es posible que las obras llevadas a cabo por el primer duque se debieran a esa campaña de murallas que realizaron los monarcas.

Tras su muerte, acaecida en 1492, su hijo y sucesor Francisco Fernández de la Cueva, II duque de Alburquerque y II señor de la villa, siguiendo las pautas marcadas por su padre llevó a cabo las obras más importantes del conjunto. Se iniciaron hacia el año 1500 y tuvieron como principal cometido reforzar los muros existentes para fortalecer su señorío y con ello poder defender sus derechos sobre la villa ante un posible ataque de su madrastra, María de Velasco, quien consideraba tenía derechos sobre la misma. La mitad del coste de las obras fue sufragado por el duque, algo inusual, ya que el pago de este tipo de reformas corría a cargo de la población, y no del señor.

Las obras llevadas a cabo por el II duque comenzaron fortaleciendo el primer recinto, desde la iglesia de San Esteban hasta el arco de San Martín, y desde éste, al de Santiago, elevando sus lienzos y dotando de almenado y merlones con saeteras al conjunto. También intervino en el arco de San Pedro, dotando al ábside de su iglesia de una apariencia militar, y colocó su escudo de armas, al igual que lo hizo en todas las puertas del recinto de la ciudadela que reforzó.

A partir del siglo XVII y sobre todo del XVIII, las murallas dejaron de ser una edificación primordial, pasando a un segundo plano para la población. Este abandono hizo que la muralla se debilitase paulatinamente, y comenzó una época de abandono para el conjunto que llevó a la pérdida de parte del recorrido murado. La iniciativa marcada en el siglo XV por el señor de Cuéllar permitiendo edificar sobre la muralla, dio pie a que se comenzase de forma masiva a construir edificaciones adosadas a ella, y así en 1587 se autorizó a Juan de Ortelano a construir una casa junto a la muralla de San Pedro; otra autorización llegó a mediados del siglo XVII, para hacer lo mismo junto al arco de San Martín. El proceso de edificar cargando vigas sobre los muros proporcionó un gran deterioro a los mismos, pues para obtener mayor amplitud se rebajaron de forma interna, y se abrieron diversidad de ventanas y otros espacios rompiendo así la pulcritud y firmeza que habían poseído.

A mediados de este siglo la población desmontó algunos paños de muralla para reutilizar la piedra en sus casas, a lo que el concejo respondió con demandas y multas, como ocurrió en 1649. En el siglo XVIII se vio obligado a derribar el arco exterior de la puerta de Carchena, dejando únicamente el más fuerte, el interior. También se encontraba en peligro de hundimiento el arco de la Trinidad en 1777, cuya muralla había perdido ya el almenado en un derrumbe anterior.

Las murallas pertenecían al duque de Alburquerque como señor de la villa. A partir de la abolición de los señoríos en 1811 continuaron en posesión de la Casa Ducal. Ésta sufrió ese mismo año uno de los cambios más importantes de su historia cuando el XIV duque falleció en Londres sin sucesión que heredase su Casa, extinguiéndose definitivamente el linaje de la Cueva en el ducado. Tras un largo pleito de diecinueve años, la Casa de Alburquerque recayó en la familia Osorio, marqueses de Alcañices y de los Balbases, en la persona de Nicolás Osorio y Zayas, defensor de la Revolución Liberal.

El nuevo duque de Alburquerque se desvinculó totalmente de Cuéllar, una tierra que había heredado de sus antepasados pero con la que no guardaba ninguna relación sentimental ni histórica, pues heredó la Casa por línea femenina, comenzando así el mayor deterioro de las murallas, y ocasionando el golpe más decisivo contra el recinto. En 1842 el paño de muralla junto al Estudio de Gramática amenazaba ruina, y el ayuntamiento comunicó la situación al nuevo duque, que no quiso hacer frente a su rehabilitación. El mismo año se acordó quitar las puertas de los arcos de San Andrés y Carchena para evitar que el peso de las mismas contribuyera al derrumbamiento de dichos arcos. Años más tarde se retiraron también las del arco de la Trinidad, que se tasaron en 320 reales y se colocaron en el corral del mesón.

En 1858 se denunció el hundimiento de otro paño junto al arco de Santiago, y en la misma zona hubo un derrumbe en noviembre de 1859. Estos desplomes alarmaron a las autoridades de la villa y la cuestión jurídica de la propiedad de las murallas pasó al primer plano municipal, ya que si el duque de Alburquerque, quien se consideraba dueño de las mismas no intervenía en ellas, el ayuntamiento debía tomar una medida para evitar que la población continuase en peligro. Se consultó a diversos juristas sobre la legalidad de la posesión ducal de los muros, y su respuesta fue terminante: al quedar abolidos los señoríos jurisdiccionales, el duque no podía considerarse dueño de las mismas, y tras diversos trámites se obligó al duque a que renunciase sobre sus derechos, pasando a partir de entonces la titularidad del recinto amurallado al ayuntamiento.

Tras ello, las autoridades provinciales tomaron cartas en el asunto y enviaron a un delineante de obras públicas para que realizase un informe sobre el estado de la muralla, en el que señaló cuatro zonas en grave peligro: el paño comprendido entre los arcos de Santiago y el de las Cuevas; desde el Hospital de las Llagas hasta el arco de San Martín; desde el arco de Carchena hasta el de San Pedro y, finalmente, el entorno y arco de la Trinidad. Ante tal informe el ayuntamiento ordenó a los vecinos cuyas casas estuviesen adosadas a los tramos de muralla en peligro que desalojaran sus viviendas, así como también la retirada de escombros. Un nuevo informe se realizó en 1868 por el cual se dictaminó el derribo de los paños de muro que se encontraban en peligro, al que acompañaba un presupuesto de gastos y el modo en que debía realizarse, aunque el desmonte de los mismos no se realizó de forma inmediata, sino que se llevó a cabo en varios años. Finalmente, en 1873 se hundió un paño de muralla junto al arco de la Trinidad, desapareciendo los pocos restos que conservaba de su almenado.

La nueva titularidad no reportó ningún beneficio al monumento, pues a causa de la escasez económica del ayuntamiento y el estado ruinoso de las murallas, no comenzaron a restaurarse hasta principios del siglo XX, después de que en el último tercio del XIX se llevasen a cabo los derribos señalados en los informes, debido a que el coste de restauración era mayor que el de su demolición.

En 1873 se derribó el arco de Carchena, y un año después se hundió parte del lienzo de las calles de la Barrera y Herreros. Un nuevo y aparatoso hundimiento en la zona en 1878, en el que desapareció definitivamente el gran paño que envolvía dichas calles, volvió a poner de actualidad el estado de las murallas. El informe señaló varios puntos peligrosos: el lienzo junto al arco de Santiago, calles de la Barrera, de la Magdalena, San Julián, Herreros y arco de la Trinidad. En 1879 se comenzó el derribo de la muralla de la calle de los Herreros, y el 12 de julio del mismo año el ayuntamiento acordó derribar el arco y paño de muralla de la Trinidad. En 1884 se eliminó el arco de Carchena, así como una de las arcadas del de San Andrés. El 19 de diciembre de 1891 se prohibió obtener piedra y tierra de la pendiente que suponía el paño de muralla del castillo, y en 1895 se derribó el arco de San Pedro, que no sólo redujo el peligro, sino que se logró así el ensanche de la calle como cuestión de ornato y arreglo de la vía pública, tal y como justifican las actas municipales. Por entonces también debió derribarse el arco de las Cuevas, aunque no consta su fecha.

Durante las primeras décadas del siglo XX las murallas comenzaron a debilitarse progresivamente. Entre 1923 y 1924 el ayuntamiento comenzó a destinar pequeñas partidas económicas para su restauración, al igual que lo hizo entre 1931 y 1932, obras que continuaron tras la declaración de las murallas en 1931 como conjunto Histórico-Artístico.

En los años 1940, durante la etapa en la que el castillo fue penal, los presos rebajaron 2 m la altura de la muralla en la zona norte del castillo, con vistas a la carretera de Valladolid, para emplear la piedra en la construcción del desaparecido sanatorio antituberculoso situado al sur del castillo.

En el año 1955 se derribó un importante paño de muralla entre el arco de San Basilio y el castillo, para obtener un acceso más amplio a la calle del Palacio que el proporcionado por el citado arco. La intervención, de gran envergadura, resultó fuertemente criticada por los vecinos de la villa por diversos motivos. En primer lugar, por el atentado contra el patrimonio que la actuación suponía, a lo que la corporación municipal respondió que ya existía un pequeño paso, de un hundimiento sufrido siglos antes, y que únicamente se había ampliado con un derribo menor, hecho que corroboran fotografías anteriores al derribo, aunque se trataba de un pasillo muy estrecho practicado en un extremo y de un tamaño mínimo, nada que ver con el visible después de la intervención, en la que desaparecieron unos 8 m de muro aproximadamente. Para llevar a cabo la intervención hubo de moverse miles de metros cúbicos de tierra, ya que el nivel del terreno en el interior de la ciudadela era mayor que en el exterior.

Las denuncias públicas se hicieron más sonadas cuando los vecinos comprendieron la situación: el nuevo acceso abierto permitía la entrada y salida de camiones de gran tamaño a la explanada del castillo, donde se ubicaba una fábrica de achicoria propiedad del alcalde entonces, Felipe Suárez, lo que provocó gran conmoción en la villa. Efectivamente, el tamaño del arco de San Basilio no permitía la entrada de grandes camiones, e incluso era frecuente que los menores quedasen atrancados en la puerta durante sus intentos. La nueva entrada permitía a la fábrica cargar y descargar directamente desde su interior, ahorrando los trabajos de los carretilleros que hasta entonces habían tenido que trasladar a mano la mercancía fuera del recinto para su carga en los camiones.

El 14 de diciembre de 1960 fue autorizada, por parte del Ayuntamiento, la demolición de un panel de muralla en la parte baja de la villa, que cerraba el recinto de la ciudad con el desaparecido arco de San Pedro. Dentro de su demolición también se incluyó una casa solariega perteneciente a la familia Hinestrosa, y que por entonces se consideraba la casa natal de Diego Velázquez de Cuéllar, primer gobernador de Cuba.

En la década de los años 70 las murallas comenzaron a retomar su interés histórico, y la administración mostró su preocupación a través de sucesivas restauraciones de pequeña envergadura. Así, el 19 de febrero de 1972 la entidad financiera Caja Segovia aportó un donativo de 350.000 pesetas para la restauración del arco de San Basilio, obra para la que la Diputación Provincial de Segovia aportó 100.000 pesetas más, que llevó a cabo una Escuela Taller a través del Ayuntamiento de Cuéllar.

El 4 de febrero de 1977 se hundió parte del torreón del arco de Santiago, siendo restaurado por la Dirección General de Bellas Artes de inmediato, aunque los criterios utilizados no devolvieron al torreón su estructura original, ya que su altura quedó reducida considerablemente. Al mismo tiempo el ayuntamiento adquirió unas casas adosadas a la muralla en la calle de la Muralla, y otra en las mismas condiciones junto al arco de San Martín, con el fin de derribarlas para dejar al descubierto los paños de muralla correspondientes. Asimismo, el Ministerio de Cultura a través de la Dirección General de Bellas Artes restauró en aquella década el arco de San Andrés, y posteriormente el paño de muralla interior que une el arco de San Martín con el de Santiago. Nuevamente el ayuntamiento compró a principios de 1986 otro edificio contiguo a la muralla en la zona suroeste, entre las calles Carchena y los Herreros, liberando un paño más, aunque su recuperación fue polémica, ya que sólo mantuvieron un metro de altura en la muralla, rebajando algunos tramos.

Entre 1988 y 1989 el ayuntamiento de Cuéllar mediante una Escuela Taller rehabilitó el paño sur de la Huerta del Duque, que presentaba grandes huecos que asemejaban impactos de artillería, y amenazaba con el peligro de derrumbarse sobre el citado parque. La actuación intervino en 225 m en una superficie de 800 m2 para la que se utilizaron 630 m3 de piedra. Durante la restauración se descubrió una poterna mudéjar, especie de puerta falsa de la que no se tenía constancia.

El 2 de noviembre de 1998, durante las obras llevadas a cabo en la plaza de San Gil, que consistían en eliminar las edificaciones adosadas a la muralla y construir posteriormente una nueva oficina de turismo, se derribó ilegalmente un tramo de muralla de 11 m de largo x 4,5 m de alto x 2,20 m de ancho, justificado como un hundimiento accidental, que tras diversos informes se concluyó que se había tratado de un derribo provocado, y por ello la Junta de Castilla y León abrió un expediente administrativo al ayuntamiento, quien hizo caso omiso a las recomendaciones de los técnicos de la Comisión Territorial de Patrimonio meses antes de ejecutarse las obras. Finalmente el ayuntamiento fue condenado a pagar 8 millones de pesetas, por considerar que fue derrumbada por iniciativa suya.

A pesar de que meses después la Comisión de Patrimonio aprobó su restauración para volver a levantar el tramo de muralla, no se procedió a ello, sino que se habilitó como mirador perfilando en líneas rectas los restos que quedaron. Además, se rebajó en 7 m de largo casi 1,5 m de altura del paño de muralla sobre el que se adosó la nueva edificación, extrayendo por ello más de 13 m3 de piedra de la muralla.

A finales de verano de 2002 se llevó a cabo una importante restauración del paño de muralla ubicado en la calle Nueva, sobre el que se asienta el Hospital de la Magdalena, mediante un convenio entre el ayuntamiento de Cuéllar, el Ministerio de Trabajo y el Instituto Nacional de Empleo, cuyas obras fueron financiadas por la Comunidad Europea a través del Fondo Social Europeo.

Actualmente el conjunto se encuentra en proceso de restauración integral, gracias a un proyecto financiado por el Gobierno español, fruto de las negociaciones iniciadas en el año 2000. El proyecto, que constaba de una estricta catalogación y descripción de los distintos lienzos de muralla de ambos recintos, perseguía una línea europea de financiación, el Espacio Económico Europeo, a través del cual se logró la viabilidad de la restauración.

Las obras fueron adjudicadas el 15 de febrero de 2008 y comenzaron dos meses después, con una extensión durante 2009 y 2010, y un presupuesto total aproximado de 3,4 millones de euros. El proyecto permite acometer de forma conjunta y ordenada la restauración y consolidación del conjunto amurallado, y tiene diferentes fases de actuación.

Se llevará a cabo el recrecido de la mayor parte de lienzos, recuperando el camino de ronda y el almenado, incorporando accesos y haciendo transitable parte del recinto de la ciudadela, como motor turístico. Se realizarán excavaciones en el foso del castillo, para conseguir los niveles originales del mismo, y se cerrará la muralla de la ciudadela en los dos extremos en los que se encuentra dividida, así como la reconstrucción del paño de muralla de la plaza de San Gil. Dentro del mismo plan, se llevará a cabo la restauración del exterior del ala oeste del castillo, y se incorporará la rehabilitación del Hospital de la Magdalena como albergue juvenil.

Para llevar a cabo la restauración de algunos paños de muralla, el ayuntamiento de Cuéllar ha adquirido diversos solares y edificaciones adosadas a la muralla con el fin de liberar la misma y permitir una visión más amplia del lienzo. Como criterio general, se procurará mantener el acabado original siempre que sea posible, pues el objetivo final del proyecto es la recuperación de las defensas, ponerlas en valor y hacerlas visitables en la parte más importante de su trazado.

En la actualidad, la muralla posee un perímetro total que supera los 1.400 metros, de los más de 2.000 de origen, por lo que se conservan tres cuartas partes de la misma. Delimita en su interior una superficie de aproximadamente 14 hectáreas, y se integra perfectamente con el castillo, que es el principal baluarte defensivo de la villa.

Componen la muralla dos recintos diferentes unidos entre sí: la ciudadela y la ciudad. Ofrecen un grosor de un metro y medio aproximadamente y una altura que sobrepasa los 5 metros. La planta que delimitan sus muros puede asemejarse a la forma elíptica; en sus dos extremos y reforzando el perímetro en sus lugares más vulnerables, destacan dos construcciones: al oeste el castillo, y en el flanco oriental la iglesia de San Pedro, con su ábside bajomedieval proyectado fuera del recinto amurallado, de modo similar al que presenta el de la Catedral de Ávila (allí conocido como cimorro), y con un remate de sólidos contrafuertes.

Los materiales empleados son fundamentalmente de labores de cal y canto en mampostería, con algunos toques mudéjares en el torreón del arco de las Cuevas, el arco de San Andrés, el torreón de los Daza, el arco de San Basilio y la puerta sur del castillo. Los muros se levantan con una sucesión de hiladas de piedras de forma irregular y sin tallar, cogidas entre sí con cal. En la actualidad sólo algunos paños de muralla conservan su almenado, y se ha perdido casi en su totalidad el paseo de ronda o defensa por el que discurrían los soldados. También se observan restos de aspilleras y matacanes, principalmente en el entorno del arco de San Martín. No se tiene conocimiento de cómo eran los arcos de las Cuevas (posiblemente mudéjar a juzgar por su torreón), la Trinidad y Carchena.

La ciudadela parece seguir las antiguas fortificaciones del castro celtibérico destruido por los romanos; por otra parte semeja las construcciones de las alcazabas musulmanas. Como en los complejos defensivos de otras ciudades, también en Cuéllar las iglesias servían de remate a las murallas, así la de San Esteban y la de Santiago lo eran de la ciudadela, y San Pedro de la ciudad.

En la parte más alta de la colina sobre la que se levanta Cuéllar, se localiza el primer recinto amurallado, el llamado de la ciudadela, que delimita un área separada del resto del burgo. Se trata del primer recinto murado de la villa, que más tarde se amplió colina abajo como consecuencia del crecimiento urbano. Abarca aproximadamente dos quintos de la superficie total amurallada, y se caracteriza por su situación más elevada, por su proximidad al castillo, y por su menor densidad de edificaciones, que se debe en parte, a la extensa explanada ubicada frente al castillo.

Partía del propio castillo, y atravesaba la Huerta del Duque mediante un largo paño al que sólo le falta el almenado, que aún se conservaba a mediados del siglo XIX, cortado a medio camino por el portillo mudéjar del Castillo. Remata este lienzo en un torreón cuadrangular con decoración mudéjar, que formaba parte de la defensa del desaparecido arco de las Cuevas. Es posible que en este punto se abriera otro portillo para dar entrada a la ciudad justo delante del desaparecido arco de las Cuevas, pues éste pertenecía a la ciudadela.

Desde la calle de las Cuevas la muralla continuaba su recorrido hasta el arco de Santiago, cuyo torreón era a la vez campanario de la iglesia de su nombre, adosada al muro. Desde este punto partía uno de los tramos más fuertes del recinto que aún conserva parte de su almenado, estaba defendido por un torreón intermedio de forma cuadrangular que se localiza en perfecto estado, y finalizaba en el fortísimo arco de San Martín. Una vez en él, la muralla hacía un quiebro en conformidad con la línea del terreno dirigiéndose a la parte trasera de la iglesia de San Esteban, dejándola fuera del recinto y aprovechando su ábside como bastión adelantado de la muralla, que se dirigía a cerrar tras el Estudio de Gramática. El paño de muro que une el Estudio con la puerta de la Judería es uno de los mejor conservados. Al igual que ocurría en el arco de las Cuevas, en este punto nace la muralla de la ciudad en busca del arco de San Andrés. Desde la Judería partía nuevamente la muralla a su encuentro con el castillo, también fortalecido por otro torreón semejante a los citados, actualmente desmochado y denominado Torreón de los Daza, por estar adosado a la casa solariega de esta familia nobiliaria ubicada en la plaza de San Gil. La muralla llegaba al arco de San Basilio a través de un paño prácticamente desaparecido en la actualidad, y de éste arrancaba otro paño que fue derribado para cruzar una calle en 1955 y que moría finalmente en el castillo.

La ciudadela era casi inexpugnable, y resultaba difícil penetrar en el recinto de la ciudad. Existían además defensas exteriores que vigilaban el valle. Dentro del recinto se integraban cinco puertas de acceso, a través de las cuales se accedía desde los distintos arrabales que conformaban la población; sólo se conservan cuatro, habiendo desaparecido el llamado arco de las Cuevas. Además, las iglesias de San Esteban y Santiago se convertían en baluartes defensivos para cerrar este primer recinto amurallado.

Este recinto contenía cinco puertas interiores que comunicaban la ciudadela con el resto de la ciudad. El arco de San Basilio está orientado hacia el camino de Valladolid, Olmedo y Medina del Campo. San Martín, la más céntrica, unía la explanada del castillo con la importante plaza del Mercado del Pan; el arco de Santiago permitía el acceso desde el barrio de la Morería a la parte alta de la Villa; más al norte se sitúa la puerta de la Judería. Por último, el arco de las Cuevas permitía el acceso a la parte más meridional de la ciudad.

Además, dentro del recinto se localiza el portillo del castillo, que conserva restos de decoración mudéjar y está situado a medio camino entre la muralla que conectaba el castillo con el arco de las Cuevas, justo frente a la torre de la iglesia de San Martín, y que actualmente se encuentra cegado en el interior pero es perfectamente visible desde su cara opuesta. Se trata de un portillo para jinetes que comunicaba con el glacis.

El castillo está levantado sobre el ángulo sureste de la muralla, siendo su puerta mudéjar una antigua de las murallas, de gran semejanza con la puerta de San Basilio aunque de mayor envergadura. Esta puerta, llamada en la actualidad torre-puerta, presenta dos torreones laterales ligeramente girados para no permitir un frente directo de tiro frontal y producir el rebote de los proyectiles; posee un zaguán, en el que se localizan los restos de una doble puerta blindada, rastrillo y buhedera. En el interior del castillo también se localizan restos de un aljibe mudéjar, que pertenecería al complejo amurallado para servir de abastecimiento a los puestos de vigilancia, así como una galería del mismo estilo que era la escalera de acceso a una de las torres de la muralla, que al adosar el castillo a la misma, quedó cegada dentro de la fortaleza.

Situada a extramuros de la ciudadela, pues ésta cerraba frente al templo realizando un brusco quiebro, su alta torre de cal y canto estaba destinada primordialmente a proteger la muralla de posibles ataques. Rodea el templo un sistema de gruesos muros que pretende recoger el entorno, revelando un aspecto fortificado. Lo que a simple vista hubiera de parecer el cementerio propio del templo, guarda en su base grandes sillares, que probablemente sean los únicos restos romanos que posea Cuéllar. Es posible que se trate de una fortificación anterior, reutilizada como defensa de la iglesia y recogimiento de su cementerio.

La iglesia de Santiago, de la que se conserva en la actualidad su ábside mudéjar y restos de sus paredes, gozaba de gran reconocimiento entre los templos de la villa, por ser el lugar donde se reunía la nobleza cuellarana y donde tenía su sede la Casa de Linajes. Se alzaba rematando la muralla de la ciudadela, también extramuros de la misma y procurando con su torre mayor defensa en una zona vulnerable. Ésta se encontraba adosada al muro, fortaleciendo el contiguo torreón del arco del mismo nombre.

De la muralla exterior que rodeaba el recinto de la ciudad se conservan pocos restos. Arrancaba de la muralla de la ciudadela, cerca del arco de las Cuevas, donde aún se conserva parte del muro de arranque muy rebajado. Seguía su trayectoria hacia el convento de la Trinidad, sobre el que aún permanece en pie la base de un fuerte torreón, continuado por la muralla, que hace un quiebro hacia el sur para encontrarse con el desaparecido arco de la Trinidad después de discurrir por el portillo de Santa Marina.

A partir del arco de la Trinidad, la muralla apenas es visible en la actualidad, pues permanece oculta tras las edificaciones modernas, pero su trazado cruzaba en línea recta hasta encontrarse con la iglesia de San Pedro, a la que se adhiere por su parte trasera para convertir el templo en un fortín de defensa de la desaparecida puerta de San Pedro, situada en la parte más vulnerable de la villa.

Continúa la muralla por la calle que lleva su nombre, hasta la desaparecida puerta de Carchena, que también formaba un gran conjunto fortificado. A partir de ella el muro atraviesa el Palacio de Santa Cruz, reapareciendo en su fachada trasera como base de una galería de madera propia del palacio, continuando hacia el norte hasta el paño del Hospital de la Magdalena y terminando en el arco de San Andrés. Una vez pasado el arco el muro se dirigía nuevamente a su unión con la muralla de la ciudadela, junto a la puerta de la Judería, guardando en este recinto la plaza mayor y el núcleo de la ciudad antigua.

El recinto de la ciudad contaba con cuatro puertas principales, de las cuales sólo se conserva una, la llamada de San Andrés. Como puede verse por su disposición, la localización de las puertas coincide con cierta precisión con el discurrir de las principales vías de comunicación que atraviesan Cuéllar. Así, el arco de San Andrés está próximo al camino que conduce a Valladolid, a Olmedo y a Medina del Campo; la puerta de Carchena se levanta en dirección a Peñafiel, el arco de San Pedro coincidía con la salida para quienes tomasen la dirección de Segovia y Cantalejo, y el de la Trinidad llevaba al camino de Arévalo.

Dentro de este recinto se localiza una puerta más, el conocido Portillo de Santa Marina, de estilo mudéjar, que comunicaba el espacio ocupado por las antiguas carnicerías con las huertas aledañas al convento de la Trinidad. Su entorno es conocido con el nombre de Dexángel, derivado de desagüe, puesto que los desagües de las carnicerías y otras aguas sucias pasaban bajo el paño de muralla de esta zona camino a la Huerta Herrera. Se trata en definitiva de un acceso de vigilancia.

Situada en la zona sur de la muralla, remataba el punto más vulnerable de la misma, por lo que su construcción es una mezcla de ambos caracteres, tanto religiosa como militar, que la confiere un aspecto de fortaleza. Remataba la muralla a través de un ábside de piedra de cantería, reforzado con vanos de aspilleras en cruz, saeteras y matacanes, dirigidos mediante un adarve colgado cubierto sobre sus contrafuertes, que recorre el ábside incorporándolo al trazado del adarve de la muralla, que fue construido por Francisco Fernández de la Cueva, II duque de Alburquerque en el siglo XVI. Sobre el parapeto campea su escudo de armas junto a dos fuegos superpuestos con troneras cruz y orbe y aspilleras de bóveda escarzana.

Junto al arco de su nombre, adosado al ábside, la iglesia se convirtió en un pequeño fortín que confería mayor seguridad a la zona sur de la muralla, a través de la cual se extendía una amplia llanura y convirtiendo por ello la zona en un punto de riesgo.

La contramuralla, barrera o antemuro era un tercer recinto que abrazaba a los dos anteriores, y que en la actualidad se encuentra bastante deteriorado. Se trata de un baluarte de menores estructuras pero de gran importancia, y se presenta a modo de barbacana ante los muros de parte de la muralla de la ciudadela y de toda la de la ciudad.

Se localizan restos delante de las murallas de la ciudadela a su paso por la Huerta del Duque, y aparecen de forma clara frente a las de la ciudad junto al convento de la Trinidad, en cuyas cercanías se conservan restos de esta contramuralla muy bien almenados, y que continuaba hasta el arco de la Trinidad, desdoblándose en algunos tramos. Reaparece perfectamente visible en las cercanías de la iglesia de San Pedro, tras las edificaciones modernas de la Huerta Herrera, con algunos tramos almenados. Pasado el arco de San Pedro, continúa paralela a la calle de las Parras, donde sus casas están apoyadas sobre la contramuralla, a excepción de las últimas, que para cuya construcción se derribó la contramuralla hace una década. Aparecen nuevamente restos en la calle Nueva, que continúan hasta el arco de San Andrés. A partir de éste, continuaba por la calle de la Barrera (nombre que toma de la contramuralla), siguiendo paralela a la muralla hasta el arco de San Basilio. Al otro lado del mismo y hacia el castillo, reaparece hasta el gran cubo de Santo Domingo, perteneciente a la fortaleza.

Recientes estudios han demostrado que existió un cuarto recinto, actualmente desaparecido, y que partiendo del castillo conectaba con el arco de San Basilio a través de una estructura de torreones, naciendo en dicho arco un muro que llegaba hasta un torreón de gran desarrollo, que al parecer, posteriormente se utilizaría como torre de la iglesia de San Martín; a través de una puerta el muro continuaba hasta unirse finalmente con la ciudadela. Este cuarto recinto reforzaría aún más el castillo, convirtiéndolo en un importante e inaccesible bastión.

Su papel no se limitaba al ámbito defensivo, sino también al comercial y por ello al económico, y sobre todo realizaba una función estética, pues a través de ellas la ciudad mostraba su poder. La muralla medieval servía también como elemento diferenciador del interior urbano respecto a su entorno, y la línea de las murallas marcaba un límite jurisdiccional, así como la residencia dentro de ellas diferenciaba a los vecinos villanos de los aldeanos y de los extranjeros.

Con el tiempo su función militar dejó de tener importancia, y comenzó a primar un valor comercial, pues su presencia y factor de aislamiento la convertían en una aduana a través de la cual se canalizaba y regulaba el acceso a la ciudad, estipulado con el pago del arancel. También esta vigilancia facilitaba el cobro de importantes impuestos y tributos que se aplicaban al tránsito de personas y mercancías, de entre los que destacaban el portazgo, la alcabala o el cornado de la cerca, tributo especial existente en Castilla para este tipo de construcciones.

La separación impuesta por la muralla, sirvió también como barrera sanitaria que aislaba a los núcleos poblados de las pestes y epidemias tan frecuentes en la Edad Media. También influían en la salubridad del interior del recinto ciertas ordenanzas que prohibían arrojar basura y desperdicios dentro de la muralla, obligando a la población a depositarlo fuera.

La percepción que las gentes de la época tenían de las ciudades estaba ligada a sus murallas, y así el mundo urbano, delimitado dentro de su bastión fortificado ofrecía un aspecto dominante que resaltaba en el espacio circundante, y esta era la imagen que Cuéllar ofrecía al visitante, una imagen que era la que correspondía a la cabeza de una extensa Comunidad de Villa y Tierra, a una ciudad que debía ejercer su dominación jurisdiccional sobre el entorno.

El dinero para la construcción o reparación de murallas solía proceder de los repartimientos, impuestos de prorrateo entre todos los habitantes de una comunidad de Villa y Tierra, no sólo el pueblo llano, sino que estaban incluidos los judíos, musulmanes, clérigos y nobles.

Las puertas que daban acceso a las murallas de la ciudadela y de la ciudad, se cerraban con grandes portones provistos de cerrojo, para que una vez cerrados, nadie pudiera entrar ni salir. Se pagaron a finales del siglo XVI varias partidas para poner cerrojos nuevos en las puertas de la Trinidad, Carchena y San Basilio. También se señalaban vigilantes de las mismas a mediados del siglo XVI; en 1551 se ordenó que guardase la puerta de la Trinidad el día de Santiago el señor Gil González y el día de Santa Ana el señor Diego Daza. Asimismo, el 1 de septiembre de 1564 se determinó que se pagara a los porteros que habían guardado las puertas de la villa lo que se les debiese.

Por los apellidos de las personas nombradas para guardar las puertas puede deducirse que era la nobleza quien debía hacerse cargo de la vigilancia de las puertas de la villa. Parece corroborar este hecho la estructura interna de la Casa de Linajes. Esta institución nobiliaria estaba dividida en dos partidas, la de Arriba y la de Abajo, haciendo alusión a la división de la villa en dos mitades: por un lado la ciudadela y por otro la ciudad. Dentro de las dos partidas existían subdivisiones en adras y en cuartos. Las adras eran una división del vecindario de una ciudad, mientras que los cuartos, además de significar una división territorial, tenía una acepción militar que hacía alusión al turno de guardia entre cuatro: uno de centinela, uno de retén y dos de descanso. Esta división militar debió establecerse en su fundación, ocurrida en el siglo XIV, y estuvo vigente hasta principios del siglo XVII, en que desaparece y los caballeros únicamente son asentados en linajes y partidas, dejando a un lado las adras y cuartos. Parece coincidir también el momento de su desaparición con la época en que las murallas dejan de funcionar como un sistema defensivo para comenzar a convertirse en una barrera de aislamiento y vigilancia administrativa.

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Fuentes de Cuéllar

Fuentes de Cuéllar, visto desde el este.

Fuentes de Cuéllar es una localidad situada al norte de la provincia de Segovia (Comunidad Autónoma de Castilla y León), quedando a 9 km. de Cuéllar, municipio al que pertenece. Se celebran fiestas en honor a San Juan Degollado, coincidiendo siempre el sábado, domingo y lunes anteriores a las fiestas de Cuéllar. Cuenta con una población de 57 habitantes en el censo de 2007.

Destaca desde los alrededores debido a situarse en un promontorio, siendo inconfundible para los que la conocen, la silueta de la iglesia de San Juan Bautista. Este es un templo de características arquitectónicas y artísticas únicas en toda la Tierra de pinares, recogiendo la práctica mayoria de los estilos arquitectónicos que han pasado desde hace casi mil años por la comarca.

Al principio



Castillo de Cuéllar

Álvaro de Luna, señor de Cuéllar por dos veces e impulsor de su actual fortaleza.

El Castillo de Cuéllar o Castillo de los Duques de Alburquerque es el monumento más emblemático de la villa de Cuéllar, provincia de Segovia, comunidad autónoma de Castilla y León, España. Es Bien de Interés Cultural desde el 3 de junio de 1931.

Está bien conservado y se compone de una mezcla de distintos estilos arquitectónicos, que abarcan desde el siglo XIII al XVIII, aunque predominan el gótico y el renacentista. Se trata de una edificación militar que a partir del siglo XVI se sometió a obras de ampliación y transformación, convirtiéndose en un suntuoso palacio, propiedad del Ducado de Alburquerque. En sus diferentes etapas constructivas trabajaron maestros como Juan Guas, Hanequin de Bruselas y su hijo Hanequin de Cuéllar, Juan y Rodrigo Gil de Hontañón, así como Juan Gil de Hontañón "el mozo" o Juan de Álava entre otros.

Entre sus antiguos propietarios, destacan don Álvaro de Luna y Beltrán de la Cueva, así como los sucesivos duques de Alburquerque. Sus huéspedes más ilustres fueron los reyes de Castilla, como Juan I y su esposa la reina Leonor, que falleció en él, o María de Molina, que se refugió en este castillo cuando su reino la rechazaba. También destacan las figuras del pintor Francisco Javier Parcerisa, el escritor José de Espronceda, el general Joseph Léopold Sigisbert Hugo o Arthur Wellesley, duque de Wellington, que estuvo acuartelado en el castillo con una guarnición de su ejército durante la Guerra de la Independencia Española.

Fue residencia habitual de los duques de Alburquerque durante siglos, hasta que se trasladan junto a la Corte a Madrid, convirtiéndolo en palacio de recreo y vacaciones, desvinculándose así lentamente del edificio, hecho que se acentúa más aún cuando la línea primogénita del ducado se extingue, y la titularidad pasa a la familia Osorio, descendientes de Ambrosio Spinola, marqués de los Balbases. A finales del siglo XIX el edificio se encontraba prácticamente abandonado, y fue víctima del pillaje. En 1938 se instaló en él un penal para presos políticos, al que se incorpora después un sanatorio para presos tuberculosos, retomando más tarde su utilización como penal que funcionó hasta 1966.

En 1972 interviene la Dirección General de Bellas Artes, llevando a cabo una intensiva restauración, para instaurar en él un centro de Formación Profesional, que tras las nuevas legislaciones de Educación, se convierte en instituto de Educación Secundaria Obligatoria, actividad para la que es utilizado actualmente, entre otros usos.

El castillo de Cuéllar se encuentra en la cumbre de una colina, en lo más alto de la villa, sobre la denominada ciudadela y cerrando el recinto amurallado. Está situado en el nº 4 de la plaza del Palacio, a cuya extensión lindan las fachadas norte y este del mismo; la fachada sur con la Huerta del Duque, y la oeste con el Camino de Santo Domingo. Tiene una superficie total de 1.025 m² y su punto más alto se localiza en la Torre del homenaje, con una altura de 20 m.

Es difícil atribuir con precisión una fecha segura a la construcción del castillo de Cuéllar. El recinto amurallado ya figura en documentos de 1264, siendo Alfonso X el Sabio quien concede al concejo de Cuéllar la posibilidad de invertir la recaudación de ciertas multas en el arreglo del mismo. A pesar de ello, en el paño de muralla sobre el que se asienta el castillo se hallaron, tras una restauración, restos de una muralla del siglo XI. También de época anterior, quizá de finales del siglo XII o principios del XIII sea la puerta mudéjar que se localiza en la fachada sur del castillo, por lo que las hipótesis más completas sugieren que el castillo debió surgir a la par que el recinto amurallado. La primera noticia en la que se cita el castillo como tal data de 1306, cuando el 2 de octubre de dicho año Fernando IV otorga desde Burgos un documento similar al de su abuelo Alfonso X el Sabio, concediendo el empleo de la recaudación de las multas en “el refazimiento del castillo”.

Nada se conoce acerca de la estructura que mostraba en esa época, y fue necesario que pasara un siglo para volver a tener constancia del edificio, pues no fue hasta 1403 cuando el infante Fernando de Antequera, señor de Cuéllar, otorgó una licencia al concejo de Cuéllar para reparar los muros y el castillo, cuyos gastos ascendieron a 30.000 maravedíes que abonaron los vecinos de Cuéllar y su Tierra. En 1431, Juan II de Castilla concedió un privilegio similar al anterior, según el cual las multas debían ser para el "refacimiento de los muros del castillo". El mismo privilegio hace alusión a otro igual que concedió su padre, Enrique III de Castilla, y que no ha llegado hasta nuestros días. A partir de entonces, comenzó un enredoso historial en el señorío de Cuéllar.

El 23 de julio de 1433, Juan II hizo merced de la villa de Cuéllar al condestable Álvaro de Luna, que juró pleito homenaje a sus habitantes el 3 de octubre del mismo año. Al año siguiente seguía ostentando el título de señor de Cuéllar. Curiosamente, el 24 de octubre del mismo año de 1433, don Fadrique de Luna, hijo de Martín I de Sicilia entregó el señorío de Cuéllar a su hermana doña Violante, por lo que existieron dos señores de la villa al mismo tiempo. Esta anomalía sólo puede tener una explicación: don Fadrique habría caído en desgracia del rey ya en julio de 1433 y le desposeyó de la villa otorgándosela a Álvaro de Luna; renegado, don Fadrique al considerar en peligro su señorío, se lo cedió a su hermana Violante, y por ello encontramos señores a ambos en el mismo tiempo.

Es posible que ya entonces Álvaro de Luna comenzase a plantear la nueva fortaleza de Cuéllar, pero dispuso de escaso tiempo material para llevarlas a cabo: en 1439 fue desterrado de la corte, y el señorío de la villa fue cedido por Juan II de Castilla el 26 de abril del mismo año a su homónimo el rey de Navarra, quien lo poseyó hasta 1444. Tal vez por ello, por haber comenzado un proyecto en Cuéllar, consiguió nuevamente el señorío de la villa el 23 de julio de 1444, tomando posesión al año siguiente. Fue entonces cuando llevó a cabo la mayor parte de su obra en el castillo que le defendió de sus enemigos, pues juntó hasta 300 lanzas en su villa para combatir en las revueltas que precedieron a su ejecución en Valladolid. Precisamente uno de aquellos doce jueces que vieron el proceso y le condenaron con la decapitación fue un cuellarano, Juan Velázquez de Cuéllar, que no pudo soportar el remordimiento y se hizo donado en el Monasterio de Santa María de la Armedilla, mandando colocar a su muerte, sobre su sepultura, una cabeza de cera, en recuerdo de aquella que por su firma cortaron al Condestable de Castilla.

Tras la muerte de Álvaro de Luna, el señorío volvió a Juan II de Castilla, y el mismo año en que murió el condestable (1453), se le otorgó a la todavía infanta de Castilla, futura Isabel la Católica, quien ya poseía otros lugares que con el tiempo pasaron a formar parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar: el señorío de Montemayor. Fue señora de la villa hasta 1464, cuando entraron en la historia local su hermanastro Enrique IV de Castilla y Beltrán de la Cueva.

A pesar de pertenecer por herencia a la infanta Isabel, Beltrán de la Cueva tomó posesión del señorío en diciembre de 1464, y las Cortes de Salamanca del año siguiente confirmaron la merced hecha por el rey. Quizá por este motivo, las obras que efectuó en el castillo se basaron en fortificar la edificación existente, para poder así defenderse en caso de ataque por parte de la infanta Isabel. Además, firmó acuerdos de socorro con diferentes miembros de la alta nobleza, con el objetivo de asegurar su posesión.

Beltrán de la Cueva pasó de temer un posible ataque de Isabel a ser bien visto en su corte. Sin duda se ganó el favor real por haber luchado contra los portugueses defendiendo los derechos de la reina en la Batalla de Toro el 1 de marzo de 1476, en el marco de la Guerra de Sucesión Castellana. Desde ese momento y hasta 1811 por la abolición de los señoríos, la villa permanecerá en manos de la Casa Ducal, y las obras iniciadas por Beltrán de la Cueva serán continuadas por el segundo, tercer y cuarto duque, convirtiendo la fortaleza militar en un palacio renacentista, donde tendrán su residencia hasta el siglo XVII, en que se trasladan junto a la Corte a Madrid, pasando a ser su residencia de verano y lugar de celebraciones familiares.

Se inició en este momento una etapa oscura para el monumento, que frecuentado ocasionalmente y sin uso específico, fue deteriorándose con los años, y las escasas noticias que se tienen al respecto de esta época, reiteran el hundimiento de techumbres y otros pormenores que los duques siempre restauran, aunque sin mostrar un especial interés por su conservación y por todas las obras de arte allí almacenadas, entre las que se localizaban una importante vajilla de oro y plata, una conocida armería y diferentes lienzos de pintores reconocidos.

Por su situación geográfica, a medio camino entre Segovia y Valladolid, y la existencia del castillo, la Villa jugó un papel de cierta importancia durante la Guerra de la Independencia, y la fortaleza un lugar codiciado por los franceses. Al igual que lo hicieron con otros monumentos de Cuéllar, como los conventos de San Francisco y La Trinidad o la iglesia de San Pedro, el castillo también fue víctima del robo y destrozo de los franceses. El 28 de febrero de 1808 llegaron los primeros soldados franceses, que se instalaron en la casa de una de las familias nobles de Cuéllar y fueron alimentados y atendidos por la población. Poco después se alzaron en armas contra los franceses la Academia de Artillería de Segovia y el general Gregorio García de la Cuesta por parte de Valladolid. El administrador del duque, cumpliendo con las órdenes que procedían de Segovia, envió todas las armas de fuego que se guardaban en el castillo, para las que fueron necesarios cuatro carros.

En 1812 llegó a Cuéllar el general Arthur Wellesley, Lord Wellington, con un importante número de soldados. Su llegada a Cuéllar debió ser estremecedora: el 1 de agosto de 1812 los soldados de caballería e infantería, victoriosos de la Batalla de los Arapiles fueron vistos cruzando el municipio de San Cristóbal de Cuéllar, mientras desfilaban al son de las trompetas en dirección a la Villa, durando la exhibición desde las siete hasta las once de la mañana. El párroco del municipio, testigo y relator, tuvo que dar cobijo a un capitán inglés y a su esposa, y asegura que Wellington pasó de largo, a caballo “correspondiendo sonriente a los saludos de la multitud”. Tras ofrecer un almuerzo a los mandos superiores, el ejército se encaminó a Cuéllar, donde permanecieron alojados al menos seis días.

El 7 de enero de 1813 regresaron los franceses, que rompieron la puerta del Santa Clara y propinaron una paliza al capellán y al sacristán de la iglesia. También sufrió destrozos el castillo: encendieron una hoguera alimentada por los muebles del mismo y continuaron con el expolio iniciado por sus compatriotas el año anterior. En mayo del mismo año, cuando ya se retiraba del campo de batalla, llegó a Cuéllar el General Hugo (padre de los literatos Eugène, Abel y Victor Hugo), que se alojó en el castillo, acompañado de su convoy, donde descansaron una noche. Fueron atendidos por la población con abundante comida, buena cama y forrajes, pero ante el peligro de las guerrillas abandonaron Cuéllar en dirección a Tudela de Duero.

En 1811 falleció en Londres sin sucesión José Miguel de la Cueva y de la Cerda, XIV y último duque bajo el apellido de la Cueva. Entonces se inició un largo pleito por las casas nobiliarias y mayorazgos que se reunían en su persona. Hubieron de pasar 19 años hasta que, en 1830 el Ducado volvió a poseer titularidad legal: Nicolás Osorio y Zayas, fiel defensor de la Revolución Liberal y padre del conocido alcalde de Madrid, Pepe Osorio, el Gran Duque de Sesto, promotor de la Restauración Borbónica, no sólo a nivel político, sino también económico.

A pesar de no poseer el señorío de Cuéllar, pues este tipo de organismos habían sido abolidos en las Cortes de Cádiz en 1811, poseyeron el título de marqueses de Cuéllar y con él, la propiedad del castillo. Estos nuevos señores del edificio procedían de la gran familia de los Osorio, marqueses de Alcañices y de los Balbases, descendientes de Ambrosio Spinola.

El 3 de junio de 1931 fue declarado, junto con el recinto amurallado de la Villa Monumento Histórico-Artístico, que a partir de 1985 con la nueva ley se denominó Bien de Interés Cultural. Pese a ello, en 1938 el director general de Prisiones en el Gobierno de Burgos pidió al XVIII duque de Alburquerque instalar una institución penitenciaria en el castillo, destinada a presos políticos. El duque cedió entonces al Estado Español el usufructo vitalicio del castillo y la huerta contigua, reservándose el título de propiedad para la Casa Ducal, y poniendo como único requisito que se respetase la estructura y su entorno, señalando que las obras que llegaran a realizarse se ajustasen al carácter arquitectónico del edificio, aspecto que no cumplió la administración, alterando en gran medida la estructura original sin ningún tipo de contemplación. Posteriormente se incorporó un sanatorio destinado a presos tuberculosos para retomar más tarde el penal común, que existió hasta 1966. El 19 de febrero de 1957 el castillo fue noticia en el diario ABC: cinco reclusos que compartían la celda común del Torreón de Santo Domingo se fugan del penal haciendo un agujero en el muro; a las nueve y media de la noche, se descolgaron por la torre con nueve sábanas anudadas, que se rompieron por el peso y los reclusos fueron interceptados. Tras tratar de huir, dos de ellos fueron disparados ocasionándoles la muerte.

En el año 1961 y a pesar del penal, el castillo fue escenario del Día de la Provincia, un acto que pretendía el acercamiento de la ciudad con los municipios de su provincia. Se trató de un gran acontecimiento, con un programa de lo más variado: se eligió Reina de la Provincia, título que recayó en una cuellarana, y se celebraron oficios religiosos y culturales (un certamen de poesía, exposiciones de pintura, de fotografía, de maquinaria e incluso un concurso de carros engalanados), así como diferentes exhibiciones deportivas y folclóricas a cargo de la Sección Femenina y el Frente de Juventudes. También se inauguró el parque de bomberos y el nuevo hospital, que se habilitó en el antiguo Hospital de la Magdalena.

Aprovechando las estancias penitenciarias, en 1968 fue escenario del rodaje de "América Rugiente" (1970), un largometraje español de género policiaco dirigido por Alfio Caltabiano y protagonizado por Wayde Preston, Tano Cimarosa y Eduardo Fajardo, entre otros.

En 1966 cesó la actividad del penal, y a partir de entonces el edificio fue víctima del pillaje y el vandalismo hasta que el Ministerio de Educación intervino en 1972, procediendo a la afectación del usufructo del castillo ante el progresivo deterioro que estaba sufriendo tras el cese de la prisión. Ese mismo año la Dirección General de Bellas Artes llevó a cabo la primera restauración, eliminando los restos de la prisión y consolidando la estructura original, en peligro de hundimiento. Un año más tarde se paralizó la restauración, considerándose que se trataba de un capricho y no de la conservación del edificio. Entonces se intentó buscar una función práctica para su uso, y tras barajar diferentes propuestas entre las que se encontraba su transformación en castillo-museo, un estudio y museo de Miguel Ortiz Berrocal e incluso incorporarlo como Parador de Turismo, se decantó finalmente por instalar un centro de Formación Profesional para Cuéllar y su comarca, de mayor necesidad que las otras propuestas. Tras una minuciosa restauración, el centro abrió sus puertas en el curso 1975-1976, con las especialidades de Electrónica, Electricidad y Administrativo. Tras diversas restauraciones posteriores por parte del Ayuntamiento de Cuéllar, centradas principalmente en la década de 1990, se completó la formación al implantarse en 1996 la Educación Secundaria Obligatoria, convirtiéndose a partir de entonces en el Instituto de Educación Secundaria “Duque de Alburquerque”.

Por último, en 1997 entró en escena el Plan de Dinamización Turística de Cuéllar, y en dos años se musealizó parte del edificio como reclamo turístico a través de unas visitas teatralizadas. Como consta en la escritura de cesión, el duque se reservaba también una sala que albergase su archivo familiar, y en ese mismo año de 1997, su hijo y actual duque, Juan Miguel Osorio y Bertrán de Lis cumplió el deseo de su padre poniendo en marcha la Fundación de la Casa Ducal de Alburquerque, reconocida legalmente en 1999, situando su sede en la Torre del Homenaje del castillo, y tras diversos acuerdos institucionales se agregan a sus fondos documentales, el Archivo Histórico Municipal de Cuéllar y el Archivo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, convirtiendo así la fundación en uno de los archivos nobiliarios más importantes de España.

El edificio actual debe su imagen a un laborioso proyecto de recuperación y restauración en varias fases, iniciado en 1970 y finalizado en los años 1990. El castillo presenta una planta trapezoidal y consta de dos recintos: el primero compuesto por el foso y la barbacana o falsabraga, que bordea las fachadas norte y este, alternando muro y torreones de mampostería para unirse a un lado y a otro con la muralla de la ciudadela. El segundo recinto, de mayor envergadura y solidez, lo forman tres crujías anguladas de vastos torreones, de los que destaca por sus dimensiones la torre del homenaje.

Bordeando el edificio se excavó un foso que precedía la falsabraga Se trata del primer obstáculo defensivo con el que se encontraba el enemigo frente al castillo. Tiene como peculiaridad que nunca tuvo agua, pues es un foso seco que protegía la falsabraga, construida por Beltrán de la Cueva en 1465. Consta de una pequeña cortina de mampostería completada por cinco torres de flanqueo, compuestas por tres cámaras de tiro con sus troneras. A lo largo del muro se abrieron posteriormente otras troneras. Entre la fachada oriental y la falsabraga, encontramos la liza, un corredor de unos tres metros y medio de anchura. Se trata de un pasillo-trampa dotado de dos puertas en recodo para desenfilar la entrada al interior, es de inspiración musulmana.

Contigua a la falsabraga se localiza la antepuerta, estructura independiente a la primera y que cierra el patillo de entrada. Al disponer de un puente levadizo y rastrillo, se abrió un postigo para uso peatonal en una de las hojas de la puerta, cuidando mejor la seguridad del recinto. La torre que flanquea la puerta, se sitúa a la izquierda, y está provista de troneras de palo y de un acceso elevado donde se ubican las cámaras de tiro bajo una bóveda de cañón.

Se trata de un pequeño antepatio al que desemboca la liza. Al frente se halla la puerta de acceso al patio de armas. Sobre un arco conopial aparecen tres escudos rematados por un alfiz, pertenecientes a Beltrán de la Cueva, Enrique IV de Castilla y Mencía de Mendoza y Luna, primera esposa de don Beltrán. Sobre el conjunto heráldico se levanta una ladronera con canecillos y dos matacanes; en ella se abre una ventana de enrejado decorativo que sustituye a una saetera múltiple. En el arranque de la fachada norte aparece el muro de mampostería, quizá reutilizado por Álvaro de Luna, que en su exterior se encuentra forrado de sillería para embellecer el conjunto.

El cubete artillero, denominado Torreón de Santo Domingo por lindar con dicho camino, constaba de dos cuerpos y un terrado (terraza a cielo abierto sin almenar), hoy desaparecido. En el cuerpo inferior se abren varias aspilleras, mientras que en el superior aparecen dos troneras y otras dos aspilleras. El interior alberga una bóveda de ocho nervios radiales, quizá obra de Álvaro de Luna. Se localiza un vano abierto en la clave de la bóveda para subir y bajar munición sin tener que abandonar el terrado. Se desconoce su utilización original, y se baraja la posibilidad de que sirviera como calabozo o capilla. En el siglo XVI se utilizó con fines palaciegos, dotándola de una chimenea renacentista de la que se conservan las ménsulas sobre las que apoyaba la campana.

En la sala principal se abren dos aspilleras en forma de péntaclos, que proporcionan luz al interior, y que serían utilizadas, en caso de necesidad, como vanos de disparo. A través de ellas puede apreciarse la anchura del muro, de 5,80 m, pues debía soportar el peso de los cañones alojados en el terrado, así como los disparos enemigos. También se localizan en el cubo dos troneras de buzón de largo recorrido, y un conducto de ventilación por donde salía el humo de los cañonazos.

En el pavimento de la sala existían unas escaleras, hoy desaparecidas y sustituidas por una trampilla, que bajaban a una segunda bóveda ubicada bajo la anterior, de la que arrancaba una mina. Es posible que se tratara de una aguada que llegaba hasta el río para abastecerse en caso de sitio del castillo, y ya estaba cegada en 1897. La leyenda popular mantiene que se trataba de una mina de comunicación, con el nombre de Túnel de Iscar, y que, según ésta, unía ambos castillos, y tiene origen en la novela Sancho Saldaña o El Castellano de Cuéllar, escrita por Espronceda durante su destierro en Cuéllar, en la que habla de varios pasadizos secretos que poseía el castillo.

Situada en el ángulo sureste del castillo, representa el arte mudéjar del mismo. En su origen debió ser una de las puertas de la muralla, y al edificarse el castillo sobre ésta, se conservó adaptándola al recinto. Está flanqueada por dos torres unidas mediante un arco, y su cuerpo superior fue construido por Álvaro de Luna, que completó el conjunto con un cubo esquinero de sillería. Alberga seis cámaras que en su origen estaban destinadas a uso militar, y que a partir del siglo XVI se incorporaron a la zona palaciega.

El espacio consta de seis cámaras. En la primera se localizan restos de tapial de la muralla del siglo XI, los restos más antiguos de la edificación. Bajando por una escalera de piezas altas que desvelan su función militar, se accede a la tercera cámara, que pudo acoger el aparejo del rastrillo de la puerta sur, donde se aprecian restos de un aljibe mudéjar del siglo XIII que recogía las aguas pluviales. Conserva una ventana aspillerada de mediados del siglo XV con poyos o bancos de piedra, dado a su uso doméstico. Bajo ésta, se sitúa la cuarta cámara, en la que aparecen varias troneras y aspilleras, y una abertura que comunica con el vestíbulo. La quinta cámara, estancia gótica y abovedada fue utilizada en su origen como sala de guardias, como lo muestran sus troneras, reutilizadas en el siglo XVI como ventanales de la capilla, contigua a los aposentos ducales. Bajo esta sala se encuentra la sexta y última cámara, quizá usada como mazmorra, que conserva una bóveda de cuarto de esfera que carece de clave, abriéndose una ventana cenital que comunica con la sala superior.

Se desconoce la cámara exacta en la que se ubicaba el rico Tocador o Cámara de las Duquesas, que aparece de forma reiterada en los inventarios del castillo. Pudo ubicarse en la cámara que posee un balcón abierto hacia la Huerta del Duque, al que la tradición hace llamar el Peinador de la Reina. Por el contrario, su decoración se describe al detalle en los documentos citados: una cama grande, otra llamada de los cardos, otra la amarilla, o la de las amazonas. Había doseles, sitiales, sobremesas y reposteros; una mesilla de nogal con chapas de plata y las armas de los Cueva, con un banco de madera con una cadena plateada; un sello de plata grande para sellar provisiones, con las armas del duque don Francisco; ambientadores, perfumadores, espejos de acero con encajes de nogal, una caja de peines labrada de oro sobre cuero azul con cinco peines e un espejo e una escobilla e unas herramientas; un antorchero, un salterio pequeño de rezar, dos cintas blancas de seda guarnecidas con encajes de oro para la cabeza; un cinto labrado de filo de plata dorado, una caja redonda con polvillos, dos pares de patines de hombre para caminar sobre los hielos e dos pares de mujer para lo mismo, y el gran joyero de la duquesa.

Data del siglo XIII y comunica con la última cámara. Se trata de una escalera de acceso a una de las torres de la muralla urbana, en la que Álvaro de Luna edificó después la “Torre-Puerta”. Es posible que al adosar el castillo a la muralla, la escalera quedase embebida en el mismo, siendo reutilizada y formando parte de su estructura.

Se trata de la torre más alta y sólida del conjunto. De forma cilíndrica, tiene 2,80m de anchura y una altura aproximada de 20m, aunque en origen tenía mayor altura. Construida en sillar por Álvaro de Luna, conserva en la bóveda de la segunda sala su escudo de armas, formando la clave. Posee una escalera de caracol por la que se accede a la segunda cámara y al terrado. La primera sala conforma una bóveda de cuatro nervios que terminan en ménsulas de hojas de palma, y hasta antes de su restauración se conservaba el pozo que surtía de agua a los soldados. En ella se abren tres troneras cuyas cámaras de tiro han sido reutilizadas como ventanales. La clave está picada y contenía las armas de Álvaro de Luna. La segunda sala o Aula Maior contiene una bóveda de seis nervios, y posiblemente sería la sala de capitanes. En ella se abre una cámara de tiro que comunica al exterior con una ventana gótica de rica decoración sobre la que se alza otro escudo, también picado y presumiblemente, de Álvaro de Luna. El terrado presenta unas ménsulas de doble y triple bocel. Fue techada en el siglo XVII y posteriormente perdió parte de su altura.

Su fachada oeste se completa con cinco escaraguaitas, pequeñas torres macizas sujetadas sobre una repisa de lampetas, accesibles mediante una escalera a cielo abierto, construidas por Hanequin de Bruselas en 1435 durante las obras de Álvaro de Luna. El adarve, que compone el camino de ronda, está provisto de almenas, troneras y matacanes.

Se accede a él a través del arco conopial del patillo de entrada. Remodelado por Beltrán II de la Cueva y Toledo, II Duque, se extiende al frente una suntuosa galería renacentista, que fue escenario de espectáculos y fiestas, e incluso utilizado como plaza de toros. En torno a él se levantaron tres crujías con diferentes funciones, y se proyectó una, la norte, pero no llegó a edificarse; en el ala sur se instaló la zona noble, en la oeste la doméstica y en el ala este, la armería grande. Existía otra armería, cuya situación se desconoce. El suelo empedrado que conserva data de la última restauración, eliminando el asfaltado de cemento que se proyectó durante la época penitenciaria.

Desde hace 30 años este espacio acoge la Feria de Artesanía, un evento paralelo a la Feria Comarcal de Cuéllar, que se ha convertido en referente de la artesanía en Castilla y León, ya que su principal criterio es la calidad de las piezas a exponer.

Situada en el ángulo suroeste del castillo, es el único acceso desde el patio a los pisos superiores. Es una escalera monumental, decorativa, de cómodos peldaños diseñada para el tránsito habitual. El tramo superior junto con sus artesonados originales, ya se había sustituido en 1900, y sus peldaños son ligeramente más altos que los del primer tramo. La balaustrada, de construcción extremeña, consta de cuatro bloques en los que base, balaustre y pasamanos están tallados en una sola pieza.

Edificada en pleno Renacimiento, su construcción se inicia en 1559 tras derribar un pórtico gótico. Componen la galería dieciocho arcos de bocelón repartidos en dos pisos; en un tercer nivel se sitúan dieciocho arcos menores adintelados, decorados siguiendo los cánones del arte griego, queriendo imitar un friso dórico. El primer y segundo nivel están rematados alternativamente por la heráldica ducal, repitiéndose los blasones de los Cueva y los Girón.

Partiendo de los sótanos, el edificio se compone de cuatro pisos. En ellos se situaban las caballerizas, por las que se accedía a las cocheras a través de unas rampas empedradas, hoy desaparecidas. La techumbre la conforma una bóveda de cañón dividida en tres espacios por muros de sillería.

La planta baja albergaba las cocheras y el guardarnés. Se accedía a ellas por una puerta situada a la izquierda de la escalera principal. En ellas se guardaban literas, andas, coches e incluso un carro triunfal destinado a grandes celebraciones. Las techumbres de todo el ala están decoradas con artesonados de estuco tallados y decorados a candelieri, y en ocasiones aparece el emblema franciscano, Orden a la que la Casa Ducal estuvo especialmente vinculada. Todas las estancias palaciegas estaban decoradas con un zócalo de cerámica de Talavera, especialmente diseñado para el castillo, del que no quedan restos.

En el primer piso estaban las cámaras de los duques, de sus hijos e invitados, y una reservada para Enrique IV, que vivió gran parte de su reinado en el Alcázar de Segovia y frecuentaba Cuéllar en busca de caza y la compañía de Beltrán de la Cueva. En esta sala se ubicaba también un suntuoso comedor de gala, con un balcón en la fachada sur, que guardaba un tesoro de plata labrada de incalculable valor. La condesa d´Aulnoy tras su visita a España en 1679 escribió impresionada sobre su visita a Cuéllar, afirmando que “el duque de Alburquerque empleó mes y medio para pesar e inventariar su vajilla de oro y plata, compuesta, entre otras muchas cosas, por 1.400 docenas de platos, 50 docenas de fuentes y 700 bandejas”.

En el comedor se abre una puerta que comunica con un gran salón de recepciones que estaba presidido por una chimenea, con amplio ventanal que conserva la reja original, una de las pocas actualmente. De la chimenea, que aún permanecía en el siglo XIX tan sólo se conserva el hueco que ocupaba.

El segundo piso albergaba una sala de recreo y dos pequeños salones a ambos lados comunicados entre ellos, donde actualmente se ubica la secretaría y sala de profesores del instituto. Se conserva el artesonado de iguales características en todo el edificio, y se ha perdido el suelo original de ladrillo, así como el zócalo de cerámica de Talavera que entre otros motivos lucía el escudo de los Cueva. La fachada sur se decora con un esgrafiado de anillos, tan popular en Segovia, rematando las uniones entre ellos con trozos de escoria.

En el ala este se levanta este edificio, la construcción más tardía del conjunto, edificada en el siglo XVII, sustituyendo a otra anterior, quizá donde se ubicaba la armería pequeña. El primer piso estaba ocupado por la armería grande, considerada la más rica y variada del país, mientras que en el segundo se localizaba la Sala de las Moras.

Debido a que la mayor parte de los Duques de Alburquerque ejercieron la carrera militar, se guardaba en el castillo una selecta y valiosísima armería, compuesta no sólo por armas propias de la Casa Ducal, sino también de trofeos adquiridos en los campos de batalla. En 1637 Felipe IV solicita al octavo Duque que le envíe todas las pistolas, carabinas, arneses, corazas y otras armas de á caballo que tuviese, para equipar el ejército real. Albergaba también diversas banderas de tafetán, de naos, de gente de armas; veletas de tafetán, guiones de damasco carmesí, arneses variados, rodelas, lanzas, picas, astas, espadas, alfanjes, ballestas y otras armas. En el siglo XVIII contaba alrededor de 300 armaduras y buena porción de modelitos de cañones de bronce de varias suertes, muchas especies de lanzas, picas, espadas, mosquetes; diferentes estandartes, banderas y otros aprestos militares. También recogía ciertas curiosidades: unos huesos que halló un servidor del duque de Alburquerque en el Marquesado del Valle, al parecer, de desmesuradas proporciones, y atribuidos a una bestia desconocida por los anatomistas de la época (s. XVII). Si sus proporciones eran tan importantes no es descabellado pensar que se tratase de restos óseos de dinosaurio, pues han sido frecuentes este tipo de hallazgos en la zona.

De riqueza incalculable y expoliada durante los últimos siglos, todo cuanto quedaba de ella fue enviado en 1808 a Valladolid cuando ésta y Segovia se alzaron en armas contra los franceses. Tomó parte por tanto en la victoria de los españoles en la Guerra de la Independencia, siendo necesarios siete carros para su traslado.

Completaba el edificio la Sala de las Moras, que ocupaba el segundo piso, estaba distribuida en unos amplios salones. Al construirlos, el antiguo adarve, ya sin uso, se incorporó a la construcción para dar mayor amplitud, abriendo tres preciosos balcones al exterior que fueron eliminados en los años 1970 para devolver al castillo su apariencia medieval. Su nombre procede de la decoración morisca con la que estaba revestida, entre la que se localizan diversas alfombras, cuadros de firma, tapices, armas y valiosos muebles.

La crujía norte no llegó a edificarse, a pesar de que en 1685 fue diseñada por Juan de Carassa, cuyos planos se conservan en el Archivo Histórico Municipal. Las líneas de mechinales que se observan desde el patio de armas tienen que ver con la antigua construcción edificada por Álvaro de Luna y derribada por Beltrán de la Cueva para ampliar el patio de armas.

Esta galería carece de la rica decoración renacentista que la principal. Destaca en ella un corredor losado, construido entre 1558 y 1559. Es posible que a la muerte del III Duque se paralizase un proyecto que tenía como fin el emporticado del patio de armas, ya que la galería se quedó sin terminar. La balaustrada es una réplica de la original, instalada en los años 1990. El paño de fachada que da luz a la Escalera Real fue construido por el IV Duque, y en ella campean los escudos de sus dos esposas, con armas de Leiva y Fernández de Córdoba. En este ala estaba instalado el sector servicios del castillo, donde se localizaban las estancias domésticas.

Los sótanos ubicados en la parte más baja están divididos en cuatro bóvedas de cañón, y una quinta proyectada, que no llegó a terminarse. Constan de cuatro cámaras; en la primera debía estar instalada una cocina, pues se localiza una chimenea de doble tiro, así como varias piletas de piedra y tres hornacinas que fueron usadas como alacenas. La segunda, tercera y cuarta estaban destinadas a almacén de víveres. La planta baja, actualmente cerrada en mampostería guarda tras ella unas bóvedas góticas que al parecer albergaron despensas, calabozos o depósitos de armas. En la primera planta se ubicaban las crujías domésticas, que albergaban las cocinas, algunos talleres y la enfermería, mientras que la segunda planta estaba destinada a las cámaras de los criados, que conservan todas ellas su artesonado original.

Al pie del castillo y perteneciente al mismo, se extiende la Huerta del Duque, un parque de 8 hectáreas en el que se ubicaban los huertos, bosque de caza y otras estancias ganaderas de las que se abastecía la Corte Ducal. Estaba rodeada y unida al castillo a través de un tapial de mampostería que aún hoy conserva, rematada a medio camino por un molino de viento que fue adquirido por los duques en 1496 para destinarlo como aposento del guarda del bosque, constituyendo el documento de compra en la actualidad la noticia más antigua de un molino de viento en Castilla y León. Componían el espacio dos huertas diferenciadas, una grande y otra pequeña, en la que se ubicaba un gran majuelo cercado y una construcción que aparece en los documentos como La Casita, que ha desaparecido.

El bosque, que servía de coto de caza menor a los duques, estaba compuesto en el siglo XVI por olmos mayores y menores, 80 árboles frutales y otras especies vegetales. Además en él se incluía una noria y las casas de los hortelanos del duque. También se localizan en el parque varias fuentes, así como dos albercas y un gran estanque donde patinaban las Duquesas y acompañantes cuando el frío del invierno helaba el agua. Durante el periodo de Beltrán II de la Cueva y Toledo, III duque, la huerta grande fue replantada de jardines de corte renacentista, proporcionando mayor belleza al conjunto, y que fueron deteriorándose a partir del siglo XVII, cuando los duques se instalaron con la corte en Madrid. El parque fue cedido en 2007 por el actual duque al Ayuntamiento de Cuéllar, y en la actualidad conforma el espacio un jardín botánico con diferentes especies de todo el mundo, en el que se han creado diversas zonas de recreo para los habitantes de la villa. También acoge diversas actividades durante el verano, así como anualmente la Feria Medieval Mudéjar de Cuéllar, celebrada el tercer fin de semana de agosto.

Frente al castillo, en la explanada denominada "El Ferial", una amplia plaza natural cerrada por el mismo castillo, la muralla y la iglesia de San Martín, se ubica anualmente la Feria Comarcal de Cuéllar, que tiene origen en el siglo XIII y actualmente es una convocatoria multisectorial, referente comercial de la provincia y de otros puntos de la Comunidad.

Partiendo desde el señorío de Álvaro de Luna, pues se desconoce la estructura anterior a su llegada y la descripción que pudiera hacerse estaría basada en suposiciones, éste aprovechó la muralla para comenzar la actual fortificación, reutilizando dos paños de la misma, y manteniendo la puerta mudéjar que se localiza en la fechada sur. Comenzó las obras posiblemente en 1433, cuando es por primera vez señor de la villa, y las retomó con mayor fuerza durante su segundo señorío, de 1444 a 1453, erigiendo la Torre del Homenaje y las fachadas norte y este, obra de Juan Guas.

Beltrán de la Cueva entró en el señorío de Cuéllar el 24 de diciembre de 1464, y al año siguiente, comenzó a remodelar el edificio, antigua fortaleza de Álvaro de Luna, para convertirlo en un castillo-palacio, donde fijó su residencia y corte. Principalmente se dedicó a fortificar la obra existente, debido a las continuas reclamaciones del señorío de Cuéllar por parte de Isabel la Católica, y buscó aliados entre la nobleza para defenderse de un posible ataque, entre ellos Fadrique Enríquez (Almirante de Castilla), Alfonso de Monroy (Maestre de Alcántara) o Juan Pacheco (Maestre de Santiago).

A cambio, Beltrán de la Cueva debía erigir un altar al santo en la iglesia de San Martín, próxima al castillo, y dotarle de ornamentos y otros enseres.

El 1 de noviembre de 1492 falleció en el castillo Beltrán de la Cueva, y le sucedió en sus Estados su hijo Francisco Fernández de la Cueva, que edificó el Torreón de Santo Domingo y continuó con la ampliación iniciada por su padre, abarcando en primer lugar el nuevo patio de armas, obra de Juan de Álava. Para su ampliación, derribó una edificación situada al lado de la crujía norte, obra de Álvaro de Luna. Llevaron a cabo el resto de las obras Juan y Rodrigo Gil de Hontañón, padre e hijo, colaborando también Juan Gil de Hontañón hijo, en temas de arquitectura, y Juan Majano, vecino de Peñafiel, en la carpintería. A ellos se debe la primitiva galería gótica que después fue sustituida por la renacentista que conserva en la actualidad.

El tercer duque comenzó a transformar la fortaleza militar en un palacio de estilo, adecuando la estructura a los nuevos tiempos y modo de vida. Eliminó el adarve de la fachada sur, que había perdido su razón de ser, y lo sustituyó por una galería similar a la existente en el último piso del patio de armas, proporcionando unas extensas panorámicas al mar de pinares. Las obras las llevó a cabo Hernán González de Lara durante 1552-1557. Por último, retiró la primitiva galería del patio de armas y nuevamente recurrió a Rodrigo Gil de Hontañón, en 1559, para erigir la última y actual, de estilo renacentista. Hontañón ya había estado trabajando un año antes construyendo el corredor losado de la crujía occidental.

Los sucesivos duques continuaron haciendo obras y mejoras, acondicionando el palacio de forma servicial. El cuarto duque mandó erigir la monumental escalera real, que fue acabada en 1569. Ya en el siglo XVII, el noveno duque mandó realizar en 1685 un proyecto para la crujía norte, imitando el modelo de la este, pero no se llevó a cabo el proyecto. Tal vez tuvo que ver en ello Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva, quien fuera XXXIV Virrey de la Nueva España, su hijo y sucesor al año siguiente de aquella propuesta. Debido a sus altos cargos en el reino y sus diversas ocupaciones, no tendría tiempo para llevar a cabo nuevos proyectos en el castillo, que ya había pasado a ser únicamente residencia de verano, y lugar de celebraciones familiares.

No se conocen más intervenciones hasta el siglo XX, cuando en 1938 el edificio fue cedido al Estado Español para convertirlo en prisión. El entonces duque de Alburquerque apuntó como único requisito para la cesión no alterar su estructura, algo que la administración no tuvo en cuenta a la hora de acomodar el castillo como prisión. Se derribaron techumbres y paredes sin ningún tipo de contemplación; se enfoscaron de yeso los frescos murales y se abrieron nuevas puertas y ventanas en los muros, cegando otras existentes. También se taladraron sus muros, enrejando puertas y ventanas para dar la seguridad necesaria al penal. Se añadieron nuevas edificaciones para ampliar el espacio destinado a celdas, así como una capilla para las monjas que estaban como enfermeras al cuidado de los presos tuberculosos. Sobre el torreón de Santo Domingo se edificó un nuevo nivel, eliminando el terrado a la barbeta original para crear una celda común. También se levantó un nuevo piso en el ala este, se colocaron los actuales canecillos renacentistas en la Torre del Homenaje e incluso se construyó un arco de ladrillo común adosado a la torre-puerta, de estilo mudéjar. Por si no hubiera sufrido bastante alteración, la directiva del penal puso en marcha una restauración del edificio utilizando como obreros los propios presos, pero en vez de devolverle su apariencia medieval, se desfiguró aún más su estructura, pues no siguieron el sentido de su arquitectura ni se guiaron por un proyecto, tan sólo trataron de lavar la imagen y justificar con ello los grandes destrozos que habían llevado a cabo.

A partir de 1972 empezaron las restauraciones que dieron como fruto la actual imagen del edificio, que se prolongaron hasta la década de 1990 y comenzaron a eliminarse las nuevas construcciones que habían formado parte del penal: se retiró el nuevo piso del ala este y el creado en el torreón de Santo Domingo; la capilla, garitas y otras estancias modernas fueron eliminadas, devolviendo al castillo su estructura original.

A lo largo de la historia el edificio fue pasando por diferentes propietarios, hasta el siglo XV con la llegada de los Duques de Alburquerque. Ese primer periodo lo completan principalmente los Reyes de Castilla, pues la Villa fue de realengo hasta que entra en la historia local don Beltrán de la Cueva. Además de estos propietarios, otros ilustres huéspedes y visitantes admiraron sus muros en épocas pasadas.

Actualmente es propiedad de Juan Miguel Osorio y Bertrán de Lis, XIX duque de Alburquerque, aunque su uso está cedido al Ministerio de Educación y Ciencia. Alberga un instituto de Educación Secundaria, la sede y archivos de la Fundación de la Casa Ducal de Alburquerque, y la Oficina de Turismo municipal. Además, en varias zonas interiores del edificio se realizan habitualmente representaciones teatrales y visitas guiadas, en la que a través de las estancias y diferentes personajes se da a conocer la historia vivida entre sus muros, y el proyecto está denominado "El Castillo Habitado".

Comenzó a funcionar en el curso 1996-97, adecuando el programa educativo a las nuevas leyes sobre Educación: el proyecto ESO. Actualmente cuenta con una oferta educativa variada: los dos ciclos de la ESO que comprenden 1º, 2º, 3º y 4º curso y Diversificación Curricular para los dos últimos cursos; Aula de Educación Compensatoria; Bachilleratos de Humanidades y Ciencias Sociales, de Ciencias de la Naturaleza y de la Salud y Tecnológico. Por otro lado, también se imparten los Ciclos Formativos de Grado Medio en Gestión Administrativa y Equipos e instalaciones electrónicas, y los de Grado Superior de Administraciones y Finanzas, e Instalaciones electrónicas. Cuenta además con un programa de Garantía Social y es sede del C.F.I.E (Centro de Formación del Profesorado) de la Comarca.

El 21 de julio de 1999 se reconoció oficialmente la Fundación del Archivo Histórico de la Casa Ducal de Alburquerque, que estableció como presidente del patronato al actual Duque y se ubicó su sede en la Torre del homenaje. Inmediatamente se firmaron acuerdos con el Ayuntamiento de Cuéllar para unir a los fondos documentales de la Fundación el Archivo Histórico Municipal y el Archivo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar. En el piso intermedio de la torre se ubicó la sala de documentos, mientras que la planta superior está destinada a sala de investigadores y despacho de la directora de la fundación.

Contiene documentos que abarcan desde el siglo XII hasta 1994, año en que muere el XVIII duque, y por parte de la Casa Ducal alberga documentación de los ducados de Alburquerque, Algete y Sesto; los marquesados de Alcañices, Balbases, Cadreita, Cuéllar y Montaos; los condados de Alba de Aliste, La Corzana, Fuensaldaña, Grajal, Huelma, La Torre de Perafán, Las Torres de Alcorrín, Ledesma, Santa Cruz de los Manueles, Villanueva de Cañedo y Villaumbrosa; los señoríos de Mombeltrán y Villacid; y los mayorazgos de Angulo, Menchaca, Oropesa, Pineda, Recalde, Trejo, Vergara, Vicuña y Rodríguez de Villafuerte.

El Archivo Histórico Municipal alberga toda la documentación generada por Cuéllar desde el momento de su repoblación hasta el año 1980, y su documento más antiguo data de 1184. En él se guardan los documentos relacionados con el funcionamiento de administración local, y está compuesto por actas y acuerdos del regimiento, patronatos de obras pías como las fundadas por el arcediano Gómez González, el capitán Gabriel de Rojas o Francisco Velázquez de Bazán; las cuentas de la alhóndiga y el Pósito, corrección pública (cárcel), instrucción pública, elecciones, quintas, expedientes de obras, y otros documentos. Guarda además la documentación referente al Colegio de Niñas Huérfanas, al Hospital de la Magdalena y Estudio de Gramática de la Villa. Por parte de la Comunidad, completa el archivo documentación sobre propiedades comunes: pinares, montes, dehesas y pastos, por lo que hacen referencia tanto a la propiedad y delimitación de las mismas, como a su aprovechamiento maderero, resinero, ganadero y agrícola, y cronológicamente van desde el siglo XIII hasta el año 1950.

Ubicada en la planta baja de la Torre del homenaje, por ser el castillo el principal centro de atracción de la Villa y el primer lugar al que se acerca el visitante que llega a Cuéllar. Fue inaugurada el 30 de marzo de 1996 con el fin de canalizar e informar a un turismo creciente de año en año.

Invierno: del 15 de septiembre al 31 de junio Mañanas de 10:30 a 14:00h; Tardes de 16:30 a 19:30h (Lunes y miércoles cerrado).

Verano: del 1 de julio al 14 de septiembre Mañanas de 10:30 a 14:00h; Tardes de 16:30 a 19:30h (Abierto todos los días).

El Castillo Habitado surgió en el año 1997 a través de un plan municipal de turismo, con el que se pretendía fomentar y poner en valor el importante patrimonio de la Villa, y muy principalmente el castillo mediante una iniciativa única hasta el momento en España: teatralizar la visita guiada dando vida al monumento, iniciativa que poco a poco han imitado diferentes municipios y ciudades como Segovia, Madrid, Zaragoza o Almería, entre otras, aunque si bien es cierto, este tipo de interpretación del patrimonio se origina en otros países europeos como Francia o Inglaterra. El plan dividió la visita en dos recorridos: el viaje por la zona noble bajo el nombre de Torreón de la Memoria, y por otro lado las Bodegas, un itinerario representando la servidumbre y los oficios básicos de los que se servía el castillo.

El Torreón de la Memoria fue instalado en la torre-puerta de la fachada sur, aprovechando las estancias que no eran ocupadas por el instituto. Se compone de diversas salas en las que se recrean posibles escenas vividas a lo largo de la historia, ambientadas con mobiliario y obras de arte principalmente del siglo XVI, aunque destacan diversos reposteros donados por la Casa Ducal que pertenecen al siglo XVII. Entre sus salas destacan el Salón del Trono, en el que el Duque de Alburquerque y el Marqués de Villena recrean sus disputas; la Sala de las Damas, decorada en estilo morisco, donde las duquesas acompañadas de su corte se refugian entre rezos, juegos y manualidades; la Capilla o las Mazmorras son otras de las estancias que se ubican en la torre sur.

Las Bodegas, situadas en los sótanos de las crujías occidentales, en el mismo lugar que ocupaban las antiguas cocinas y almacenes de abastecimiento, albergan actualmente distintas estancias que recrean las cocinas, bodega y talleres de la servidumbre del castillo, y cuentan la otra historia, aquella cuyos personajes no figuran en los libros de historia, pero que su paso por el castillo fue esencial para que aquellos que sí figuran, existieran.

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