Alianza para el Futuro de Austria

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Publicado por daryl 07/04/2009 @ 13:07

Tags : alianza para el futuro de austria, austria, europa, internacional

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Juan José de Austria

Retrato de don Juan José de Austria (h.1642) por Eugenio de la Cueva (Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid).

Juan José de Austria (Madrid, 7 de abril de 1629 – Madrid, 17 de septiembre de 1679) fue un político y militar español, hijo bastardo del rey Felipe IV y la actriz María Calderón.

El niño fue bautizado como hijo de la tierra en la parroquia de los Santos Justo y Pastor actuando como padrino un caballero de la Orden de Calatrava, ayuda de Cámara del Rey.

Don Juan fue entregado a una mujer de origen humilde llamada Magdalena que se trasladó con el niño a León, ciudad en la que pasó los primeros años de su vida. Cuando don Juan había pasado la puericia, y ante la muerte de Magdalena, su madre, fue trasladado a Ocaña (Toledo), donde empezó a recibir una esmerada educación teniendo por maestros a un jesuita, matemático y cosmógrafo (Juan Carlos de la Faille) y a un inquisidor, teólogo y humanista (Pedro de Llerana y Bracamonte). Su ayo fue don Pedro de Velasco.

Al parecer, el bastardo mostró siempre buena disposición y memoria para el aprendizaje, a lo que se unió una particular facilidad para la pluma, cuyo uso iba a resultar fundamental en su trayectoria política. Además, siguiendo la inclinación heredada de los Austrias, se mostró diestro en el manejo de las armas y el caballo, así como amante de la caza.

En 1642 tuvo lugar el reconocimiento oficial y público de don Juan de Austria como hijo de Felipe IV, cuando éste contaba con trece años de edad, lo cual obligó a estudiar el tipo de tratamiento más conveniente para el bastardo, habida cuenta de su condición de hijo, aunque ilegítimo, del Rey.

Los demás personajes deberían llamar a don Juan, Serenidad, mientras que los cardenales debían otorgarle el título de Alteza.

El 2 de marzo de 1636, Felipe IV había decidido el nombramiento, en secreto, de don Juan como Gran Prior de la Religión de San Juan en Castilla y León, por no alcanzar la edad sificiente. Éste se hizo efectivo en 1642, en San Lorenzo de El Escorial, si bien don Juan no podía profesar con plenos derechos hasta 1645, con motivo de cumplirse su decimosexto aniversario.

Meses después, el Papa ratificaba la recepción de la dignidad prioral por parte de don Juan de Austria. Sin embargo, según los estatutos eclesiásticos, todo Prior, para poder ejercer su gobierno plenamente, debía cumplir dos condiciones: tener más de 31 años y 15 de hábito. Don Juan, en 1644 tenía 15 años y apenas 2 de hábito, por lo que no podía gobernar los Prioratos sin la asistencia de un teniente, de ahí que se solicitara una persona para que le asistiera convenientemente.

En el otoño de 1643, el Rey, con el beneplácito del Consejo, decidió el paso de don Juan a Flandes como Gobernador y Capitán General de los Países Bajos. Sin embargo, el desagrado manifestado en medios flamencos ante el paso de un Gobernador tan joven e inexperto, impidió que el proyecto se llevara a cabo finalmente.

Don Juan se trasladó a Sanlúcar de Barrameda con el fin de mantenerse lo más próximo posible al lugar de anclaje de la Armada, dispuesto a embarcarse en el momento en que llegaran las oportunas órdenes.

En diciembre de 1646, en medio de un ambiente de epidemias, hambre y sequía, el virrey de Nápoles, duque de Arcos, impuso una gabela sobre la fruta, alimento y principal comercio de la población napolitana. Ante las propuestas del pueblo, el virrey prometió en varias ocasiones quitar la gabela, pero la promesa se fue dilatando indefinidamente. En 1647, apareció quemada la garita donde se cobraba dicho tributo, al mismo tiempo que llegaba el aviso de la sublevación de Palermo.

El tumulto se inició en el mercado, entre los vendedores y compradores de fruta y estos alborotos fueron creciendo hasta trasladarse al propio palacio del virrey, objeto de múltiples destrozos.

El 7 de julio de 1647 un pescador, Tommaso Aniello o Masaniello, reunió a numerosos jóvenes, los cuales llegaron hasta el palacio del virrey solicitando la caída de las gabelas. La muchedumbtre obligó al duque de Arcos a huir al Castel Sant'Elmo. Nápoles se convirtió en una inmensa hoguera bajo el mando de Masaniello.

Ante el terrible cariz que adoptaban los acontecimientos, el duque de Arcos se vio obligado a conceder la suspensión de las gabelas e, incluso, se avino a recibir a Masaniello, quien pidió calma al pueblo. Para celebrar la jura de las nuevas concesiones, se preparó una ceremonia a la que acudieron el virrey, Masaniello, los ministros del Consejo Colateral y el cardenal Ascanio Filomarino, arzobispo de Nápoles. Este roce con los poderes fácticos acabó tiranizando a Masaniello, al tiempo que el pueblo se cansaba ya de sus crueldades. Éste fue asesinado mientras arengaba a una muchedumbre en el mercado el 16 de julio de 1647.

Tras la muerte de Masaniello, la revuelta adoptó un carácter separatista apoyada por la Francia de Mazarino, cuyos bajeles y galeones se acercaban a Nápoles.

De esta manera los napolitanos se manifestaban abiertamente contra el Rey de España y aclamaban, en su lugar, al duque de Guisa, Enrique de Lorena, que pronto y de incógnito llegó a Nápoles.

El 17 de abril de 1647, Felipe IV había expedido un despacho destinado a su hijo don Juan en el que le ordenaba embarcarse en Cádiz para encaminarse, en principio, a Menorca. Su misión fundamental sería averiguar el estado y disposición de las armas navales francesas. La Armada de don Juan contaba constaba de seis galeras de la escuadra de España, gobernadas por Luis Fernández de Córdoba y Arce, gentilhombre de la Cámara de don Juan, 31 bajeles de guerra y 8 de fuego, al mando de don Jerónimo Gómez de Sandoval, Capitán General de la Armada del Mar Oceáno.

Llegaron, entre tanto, despachos reales con noticias sobre la llegada a Barcelona de 18 galeras, 4 navíos y otras embarcaciones menores francesas con más de 8.000 infantes que, previsiblemente, intentarían el ataque a Tarragona o Tortosa.

Don Juan prosiguió con rapidez el viaje pasando por Peñíscola donde supo que el Príncipe de Condé había mudado su primera disposición con ponerse sobre Lérida, y que las galeras y navíos, que habían porteado gente y artillería dos veces a Barcelona, habían vuelto a Francia.

Al llegar don Juan a Tarragona se encontró con la confirmación de la noticia, no obstante, permaneció allí para mayor seguridad de Tortosa, Lérida y la propia Tarragona.

Estando la Armada en Tarragona, llegó un correo de Madrid con orden de Su Majestad para que Su Alteza con la Armada, pasase a Italia, aunque no se publicó a qué efecto.

Se pensó en socorrer Nápoles por temor de que las manifestaciones alcanzaran allí la envergadura que habían adquirido ya en Cataluña y Portugal.

Así pues don Juan prosiguió su viaje hacia Italia, con órdenes precisas de luchar con la Armada francesa, si ésta era encontrada durante los días de su navegación.

Tras numerosos incidentes causados por las condiciones climáticas que retrasaron el viaje, el 1 de octubre de 1647 tuvo lugar la llegada de la Armada a Nápoles. El duque de Arcos informó a don Juan de todo cuanto estaba aconteciendo en el Reino.

El 12 de octubre de 1647, don Juan se reunió con los ministros del gobierno político, los cuales acordaron que el remedio más eficaz para poner fin a tan dolorosos acontecimientos era, sin duda, la negociación, siempre y cuando se ocupara personalmente de ella el propio don Juan y no el duque de Arcos, todavía virrey, puesto que éste era odiado por el pueblo y despertaba su mayor desconfianza.

Don Juan se mostró dispuesto a hacer concesiones siempre y cuando el pueblo manifestara su buena voluntad.

Sin embargo, la revuelta napolitana, en el otoño de 1647, se había ya convertido en un movimiento de tintes separatista gracias, fundamentalmente, a la colaboración francesa.

Además, mediante una misiva fechada el 11 de enero de 1648, el Rey otorgaba plena facultad a su hijo "para que haga lo que juzgare expediente y conductible a la tranquilidad". Por otra parte, y en mombre del Rey podía "tratar, ajustar, disponer y concluir con el fidelísimo pueblo de Nápoles y otros del Reino, todo lo que pareciese conveniente al intento referido, sin exceptuar cosa por extraordinaria que sea". Esta plenipotencia daba absoluta libertad a don Juan a la hora de ajustar plenamente la paz con Nápoles.

El 27 de enero de 1648, el duque de Arcos se embarcó, abandonando definitivamente Nápoles.

El 1 de marzo de 1648, el conde de Oñate llegó a Nápoles.

Ante la proliferación de los rumores sobre la pronta llegada de la Armada francesa, Oñate se apresuró a efectuar un reconocimiento de las fortificaciones enemigas, así como de la ciudad, en cuanto a murallas calles, torreones, etc. El maestro de campo Dionisio de Guzmán, don Juan y el conde de Oñate, decidieron la invasión de la ciudad con 2.000 infantes entre españoles, italianos y alemanes y 100 caballos, además de otros 500 caballeros, en su mayor parte napolitanos.

El pueblo empezó a colaborar, dando vivas al Rey; unos por cansancio, otros escandalizados por las ligerezas francesas y, la mayoría, por temor a las posibles represalias de los españoles.

El conde de Oñate concedió un indulto a todos los presos que no fueran franceses. El duque de Guisa, enterado de las victorias españolas, intentó escaparse a los Estados Pontificios pero fue apresado y llevado al castillo de Gaeta para posteriormente ser traladado al Alcázar de Segovia.

Poco a poco, y a imitación de Nápoles, se fueron reduciendo a la obediencia del rey católico todas las demás ciudades.

En virtud de la plenipotencia obtenida el 11 de enero de 1648, don Juan se dispuso a conceder una serie de gracias, privilegios e inmunidades al Reino de Nápoles con el fin de liberarlo de las excesivas imposiciones con que se encontraba gravado.

Una vez llegadas a Madrid las noticias sobre la reducción y pacificación de Nápoles el Rey cursó órdenes para que don Juan ocupara el gobierno de Nápoles, pero éste no acepto, quizás por orgullo o soberbia, por haber deseado ocupar el cargo desde la marcha del de Arcos, o bien por deseo expreso de abandonar la ciudad partenopea.

A pesar de todo, Felipe IV nombró a don Juan como nuevo virrey de Sicilia.

La llegada de la Armada a Mesina, con don Juan al frente, tuvo lugar el 27 de septiembre de 1648. Tres meses después, el 27 de diciembre, don Juan tomó posesión oficial del gobierno de Sicilia, en la Iglesia Mayor, con el juramento y todo el ceremonial que la ocasión merecía.

De esta forma, don Juan se convertía en el nuevo virrey de Sicilia gozando de un sueldo de 2.406 escudos al mes. Además, y en virtud de una determinación personal, adoptada el 25 de septiembre de 1649, la ciudad colaboraría en los gastos del virrey con 60.000 escudos anuales.

Pero, sin embargo, uno de los hechos más importantes de su estancia mesinesa fue el acuerdo suscrito con la ciudad, en virtud del cual, se convertía en contrato público el privilegio de residencia otorgado por Felipe II en 1591 que implicaba la obligación por parte de los virreyes de residir en Mesina con la Corte y los tribunales durante 18 meses seguidos, es decir, la mitad del tiempo habitual de su gobierno (3 años). Según el texto del contrato, los virreyes no podían excusarse de acudir a Mesina salvo en caso de invasión de enemigos y existencia de guerra viva en el Reino o peste en Mesina.

El contrato entre Mesina y don Juan, firmado en Mesina el 25 de septiembre de 1649, fue confirmado por el Rey el 3 de diciembre de 1650, sin embargo, las protestas de Palermo y la Diputación del Reino y el dominio que ejercían sobre el gobierno de la isla lograron que ni don Juan ni los virreyes posteriores hiciesen pública en Sicilia la confirmación real, requisito indispensable para la entrada en vigor del documento.

También recibió don Juan órdenes para llevar a cabo una reforma y reducción del número de tercios y compañías de infantería, ya que el existente en el Reino de Sicilia era excesivo y la cantidad de soldados desproporcionada. Ello redundaría, además, en beneficio de la hacienda.

Al hacerse cargo del virreinato de Sicilia, don Juan tenía una orden real prioritaria: la recuperación de Porto Longone y Piombino, conquistadas por Francia en 1646.

El conde de Oñate recibió las oportunas órdenes para preparar todo aquello que considerara conveniente. El marqués de Caracena, por su parte, enviaría auxilios desde Milán. Miebtras don Juan se encargaría del apresto de la Armada.

Desde Madrid empezaron a divulgarse falsos rumores para hacer creer que la Armada que se preparaba estaba destinada a intervenir en Cataluña. Don Juan, naturalmente, hizo suya dicha estrategia para lograr los efectos deseados y despistar en lo posible a los franceses en ambos frentes (Cataluña y Toscana).

Por otro lado, las fuerzas hispanas poseían cumplida información sobre la situación en hombres y pertrechos de Porto Longone y Piombino.

A la vista de estas informaciones, se preparó una relación detallada, conteniendo las ayudas necesarias para la expugnación de las plazas, así como la estrategia a seguir.

El Rey envió a don Juan un despacho en el que nombraba Teniente a Su Alteza, en el cargo de Gobernador de todas las Armas Marítimas, al conde de Oñate.

A pesar de todos los preparativos, llegaron noticias de Madrid con la orden de posponer la empresa de Toscana, ya que el conde de Oñate había tenido que enviar la mayor parte de la infantería a España, concretamente a Cataluña, para intervenir en la ofensiva contra los franceses.

Afortunadamente para el bando español, cuando la Paz de Westfalia les privó de sus aliados holandeses y la Fronda empezó a preocuparles en el interior, Cataluña dejó de figurar destacadamente en los cálculos de Francia.

Entretanto, la espera hacía difícil el mantenimiento de la Armada en Sicilia, dada la mala situación de la isla. Don Juan recibió órdenes de utilizar la cosecha para el sustento de la Armada. Incluso en el otoño, se recurrió a la venta de oficios y de algunas ciudades, como medio para atender a la carena de los bajeles de la Armada.

A finales de año, a la difícil situación económica de la isla se produjo la crisis política producida por la preparación de una conjura en Palermo. Don Juan abandonó Mesina dirigiéndose a la ciudad objeto de los alborotos, donde permaneció desde el 11 de diciembre hasta el 23 de marzo de 1650, dedicado a sofocar la sublevación.

Una vez pacificada Palermo, por fin, en la primavera de 1650 pudo acometerse la empresa de Porto Longone y Piombino: el 11 de mayo partía don Juan de Sicilia con seis galeras, cinco de Sicilia y la Real, además de ocho navíos de la Armada. Dos días después se llegaba a Lípari, donde las malas condiciones climatológicas y marítimas, obligaban a deternerse. Por otra parte, también navegaba el conde de Oñate con la Armada aprestada en Nápoles. Ambos se encontraron en Gaeta.

Los ataques a ambas plazas fueron simultáneos. Piombino fue la primera en rendirse (19 de junio). A partir de entonces todos los esfuerzos se concentraron en Porto Longone.

A medida que avanzaba el mes de julio se fueron recrudeciendo los ataques, lo cual, sumado al convencimiento por parte de los sitiados de la imposibilidad de ser socorridos, pronto llevaría a la victoria de los hispanos.

El 31 de julio se firmaron y ratificaron las capitulaciones por ambas partes. El 15 de agosto, don Juan, vestido con sus mejores galas, se dispuso a contemplar la salida de los sitiados y la entrada de las armas del Rey Católico. Inmediatamente después, don Juan se embarcó de regresó para Sicilia, haciendo su entrada triunfal en Palermo el 28 de agosto.

Instalado de nuevo en la isla, don Juan se vio de nuevo enfrentado a toda la problemática de la misma.

Desde el punto de vista político, se empeñó en centralizar cada vez más em poder, arrebatando a los sicilianos las concesiones hechas durante los tumultos.

Por otra parte, desde el punto de vista económico, la estrechez en la hacienda siciliana obligó a don Juan a imponer algunos arbitrios que lograron recaudar numerario para las arcas isleñas. A este fin, propuso un decreto de reducción de efectos enajenados, en beneficio de la Real Hacienda.

Desde el punto de vista militar, y en contradicción con la órdenes recibidas al incorporarse como virrey de Sicilia, don Juan, siguiendo el mandato llegado expresamente de Madrid, procuró aumentar las fuerzas militares de Sicilia.

Sin embargo, al menos bajo el virreinato de don Juan, todos estos proyectos quedaron en meros bocetos que no acabaron nunca de ver la luz, primero porque la estancia del bastardo en la islas solo se demoró unos pocos meses más y segundo, porque, en realidad, el Reino carecía de medios suficientes para llevar a buen término proyectos en los que fuera necesaria la inversión de capital, apenas existente en la isla.

Con la marcha de don Juan de Sicilia, se consumaba su primera participacón en las grandes empresas de la Monarquía Hispánica. A partir de entonces su vida se vería jalonada por una presencia constante en importantes acontecimientos político-militares.

El 11 de julio de 1651 tuvo lugar la llegada la llegada de don Juan al Principado de Cataluña. En Tarragona se produjo su encuentro con el marqués de Mortara, virrey de aquel territorio, y ambos se plantearon la posibilidad de poner sitio a Barcelona. El momento era, sin duda, el más idóneo: en 1648, la Paz de Westfalia había supuesto el fin de la guerra contra las Provincias Unidas; entre 1648 y 1652, se había abandonado prácticamente abandonado el frente portugués, concentrando todos los esfuerzos en Cataluña; la Fronda, a partir de 1648, había impedido a las fuerzas francesas una actuación decidida en el Pincipado; pero, sobre todo, fue la situación de guerra civil interna en Cataluña entre los defensores de la anexión a Francia y los españolistas a ultranza, lo que contribuyó a propiciar más la ofensiva.

Entre agosto y octubre de 1651, las tropas de don Juan fueron estrechando el cerco a Barcelona. Pasado el invierno, durante la primavera de 1652, la resistencia de la ciudad se fue haciendo insostenible. El ejército, sin embargo, se consideraba insuficiente para efectuar el asalto final a la ciudad. Así pues, el impedir la entrada de hombres y víveres a Barcelona se convirtió en el principal objetivo militar.

Los intentos franceses por romper el cerco fracasaban una y otra vez, por lo que la ciudad moría víctima del hambre. A finales del verano de 1652, se adivinaba ya la rendición de la ciudad.

En previsión de los futuros acontecimientos y a la vista de los sucesos presentes, ya el 5 de mayo de 1652 partió de Felipe IV la autorización para que su hijo pudiera ofrecer un perdón general a los catalanes.

El 27 de septiembre, los conselleres se entrevistaron con el virrey francés, La Mothe, para proponerle la necesidad de establecer un pacto con don Juan.

En una carta escrita por don Juan a la ciudad de Barcelona y leída en el Consejo de Ciento el 9 de octubre de 1652, se concedía, de forma oficiosa, el perdón. Oficialmente, sin embargo, la proclama del perdón concedido a la ciudad de Barcelona llegó el 11 de octubre de 1652. A partir de ese momento, don Juan se mantuvo al margen de las negociaciones entre Madrid y Barcelona. Simultáneamente, don Juan y el mariscal de La Mothe ajustaron las consabidas capitulaciones.

El 28 de enero de 1653, don Juan fue nombrado virrey de Cataluña, si bien desde su entrada en Barcelona, el 13 de octubre de 1652, venía actuando como tal.

Hábilmente, don Juan se empleó en agradar y cuidar a la burguesía, borrando los amargos recuerdos de la larga y sangrienta guerra civil.

El bastardó convocó las cortes catalanas el 31 de marzo de 1653 ante la protesta de la ciudad de Barcelona que requería para dicha convocatoria la presencia del Rey. El fin fundamental de esta convocatoria era el de tratar de institucionalizar la ayuda que el Principado debía proporcionar a don Juan para la guerra axistente aún con Francia. Otro problema era el de los alojamientos del ejército del Rey en Cataluña.

El 4 de junio de 1653, tras dos meses transcurridos desde la apertura del Parlamento, los tres brazos (el eclesiástico, el militar y el real) acordaron la votación de un subsidio de 500.000 libras anuales durante tres años.

En cuanto al Consejo de Ciento, tras el perdón concedido a Barcelona, fue posible la insaculación de 1653 quedando don Juan con la libertad para elegir a aquellas personas adeptas al gobierno de Madrid.

Por último, con referencia á la otra institución de gobierno en cataluña, la Diputación, la primera insaculación controlada por Madrid tuvo lugar en 1654, en la que don Juan dictó las instrucciones pertinentes.

En el terreno militar, tras la capitulación de Barcelona en 1652, las tropas francesas se habían retirado de Cataluña, salvo del Rosellón y Rosas. A comienzos de 1653, lo galos desarrollaron una amplia ofensiva que les llevó a ocupar Castellón de Ampurias y Figueras extendiéndose por el norte de Cataluña. En el verano de ese mismo año sitiaron Gerona.

Los franceses asaltaron Gerona sucesivamente el 12, 13 y 20 de agosto, defendiéndose sus naturales de forma valerosa.

El 15 de septiembre salieron de Barcelona don Juan, varios títulos y señores, los cabos del ejército, el cual constaba de unos 5.300 infantes y 1.800 caballos. El choque fue reñido y sangriento, pero el bastardo se alzó finalmente con la victoria.

En 1654 la campaña fue más favorable a los franceses, quienes en sus conquistas fueron descendiendo peligrosamente hacia el sur al mando del Príncipe de Conti, hermano de Condé. En el verano los franceses ocuparon Villafranca. En octubre invadieron la Cerdaña y entraron en Seo de Urgel. Ocuparon igualmente Camprodón, Ripoll, Olot, Bagá y Berga. A mediados de noviembre, irrumpieron en Vic pero no lograron ocupar la ciudad.

El Consejo negó la licencia que solicitaba el bastardo. En el otoño y a la vista de los aconteciminetos, don Juan se trasladó a Vic.

En la campaña de 1655 los franceses continuaron llevando la iniciativa, aunque los españoles demostraron mayor capacidad ofensiva. El problema por el lado hispano continuaba siendo la falta de dinero y hombres.

En octubre de 1655, don Juan obtuvo una brillante victoria, logrando la recuperación de Berga y la realización de un elevado número de prisioneros.

Así culminaba la participación militar de don Juan en Cataluña, antes de su partida hacia los Países Bajos. No obstante, la guerra en la frontera pirenaica continuó hasta la firma de la Paz de los Pirineos en 1659.

El 4 de marzo de 1656, don Juan partió del puerto de Barcelona con dos galeras, la denominada San Juan (donde iba él embarcado) y la Santa Ágata. Tras un complicado viaje durante el cual tuvieron que enfrentarse con unos piratas berberiscos, el día 13 llegaron a Cerdeña, prosiguieron luego hacia Génova y después a Milán donde don Juan recogió al marqués de Caracena, gobernador de aquel Estado, para llevarlo consigo a Flandes como gobernador de la Armas en lugar del conde de Fuensaldaña, que había servido el puesto hasta entonces, al lado del archiduque Leopoldo, anterior gobernador de los Países Bajos Españoles.

Por fin, don Juan llegó a Colonia. El 11 de mayo se encontró cerca de Lovaina con el archiduque Leopoldo. Ambos almorzaron juntos y mantuvieron una serie de conferencias, tras las cuales el archiduque se dirigió a Lieja y don Juan a Lovaina, donde fue recibido por el Príncipe de Condé, el conde de Fuensaldaña y el Príncipe de Ligne. Condé lo agasajó con un esplendido banquete. Al día siguiente don Juan llegó a Bruselas, siendo muy bien recibido por el pueblo.

Parece ser que muy pronto se produjo una entrevista entre don Juan y el futuro Carlos II de Inglaterra, que desde mediados del mes de marzo se encontraba en Brujas como huésped de Felipe IV en espera de conseguir la caída de Cromwell, entonces instalado en el poder, para poder lograr la Restauración Monárquica.

Don Juan llegó a Flandes provisto de unas instrucciones muy claras y concretas respecto de lo que se esperaba de su actuación político-militar en su nuevo destino.

Pronto se percató don Juan de que uno de los problemas más importantes por los que atravesaban las provincias flamencas era el económico, debido, por una parte, a la misma situación de inestabilidad y caos que creaban las continuas hostilidades y, por otra, a las dificultades existentes para la llegada de ayuda desde los demás reinos (sobre todo de Castilla). Por todo ello, don Juan se decidió a solicitar del Rey, su padre, el envío de un "poder" análogo al recibido por el archiduque Leopoldo en el verano de 1647, que le permitiera vender, empeñar o hpotecar los dominios y otras rentas ordinarias y extraordinarias de Su Magestad, en el caso de que las remesas de dinero destinadas a sufragar los gastos de Flandes no llegaran o lo hicieran tardíamente.

Felipe IV accedió a enviarle dicho "poder", lo que proporcionó de momento, un cierto respiro al bastardo.

Tras llegar a Bruselas, don Juan se informó de la situacón bélica de Flandes, puesto que la campaña ya se aproximaba; de hecho, llegaron noticias de que los enemigos empezaban a concentrarse en las plazas de armas.

Antes de iniciar la campaña, se hizo un cómputo sobre las necesidades que había en Flandes, las cuales eran muy grandes, sobre todo en el terreno económico, lo que hacía de los donativos de las diversas provincias la principal fuente de ingresos.

Don Juan tras reunir en una Junta de guerra a los principales cabos de su ejército, es decir, el Príncipe de Condé, el marqués de Caracena, el Príncipe de Ligne, el conde de Marsín y don Fernando de Solís, les propuso lanzarse al socorro de la plaza de Valenciennes.

La situación de la plaza era de gran peligro, debido a la poca pólvora existente en ella. Por otro lado, la guarnición era muy escasa, tan solo 1.000 infantes y 200 caballos, en medio de una abundante población burguesa, de cuya actitud se recelaba. La principal ventaja con la que se contaba, en cambio, era la mala comunicación del enemigo, cuyas fuerzas estaban comandadas por los mariscales Turenne y de la Ferté.

Por fin, el 15 de julio, por la noche, se emprendió la acción. Al amanecer, el ejército del mariscal de la Ferté estaba desmantelado y éste hecho prisionero. Más tarde se avanzó hacia el cuartel de Turenne, pero éste había tenido tiempo de retirarse.

El enemigo dejó abandonado abundante armamento en sus líneas y además, se tomaron numerosas cartas de la correspondencia entre los generales franceses y su Corte, lo que permitió conocer el alcance de sus fuerzas.

A comienzos del mes de agosto don Juan se lanzó a sitiar la plaza de Condé, la cual aunque muy poblada, tenía importantes problemas de abastecimiento. Tras un breve asedio, la plaza se rindió el 18 de agosto.

Al margen de los acontecimientos bélicos, don Juan tuvo que enfrentarse igualmente a una activa labor diplomática respecto a las demás naciones que también tenían voz en el concierto internacional. Es especial destacaron las relaciones mantenidas con Inglaterra, la cual se encontraba desdoblada a raíz de la revolución vivida, entre la Inglaterra de Oliver Cromwell, República oficial y reconocida internacionalmente, y este mismo país en el exilio, encabezado por el futuro Carlos II y su hermano, el duque de York, hospedados por el Rey de España en Flandes. También tuvo un capítulo a parte la ratificación o no de ciertos puntos establecidos en la Paz de Münster con las independientes Provincias Unidas.

Entretanto, Francia intentó establecer negociaciones de paz con España, pero a costa de la obtención de grandes ventajas. A comienzos de julio de 1656, llegó a la Corte Monsieur Leone, enviado por Luis XIV para tratar el tema de la paz con el Rey Católico. En septiembre regresó de nuevo a Francia sin haberse conseguido acuerdo alguno, y quedando rotas las conversaciones.

Según consulta real vista en el Consejo de Estado "se pidieron de parte de Francia cosas tan fuera de razón y contra todos los ejemplares anteriores" que el Rey se negó a entrar en más negociaciones porque éstas, tal y como estaban planteados por Francia, atentaban a "su honor y Real Decoro".

Por lo que se refiere a la Inglaterra de Cromwell, continuaban las hostilidades tanto en Europa como en las Indias, no obstante, se consiguieron algunos éxitos como cuando en la primavera de 1656 cinco fragatas de Ostende apresaron a diez navíos ingleses. Poco después, siete fragatas de Dunkerque hicieron lo propio con otras siete naves inglesas.

Por lo que se refiere a las relaciones con el futuro Carlos II, éstas estaban fundamentalmente mediatizadas por el tratado suscrito entre este monarca y Felipe IV, el 12 de abril de 1656. Èste se trataba en realidad de una liga ofensiva-defensiva que ratificaba la establecida en un acuerdo de paz firmado en Madrid, el 15 de noviembre de 1630, entre Felipe IV y Carlos I de Inglaterra.

El Rey de España se comprometía a asistir al monarca inglés con 4.000 infantes y 2.000 caballos a los largo del año 1656, "bien entendido que S.Magestad de la Gran Bretaña haya de tener a su devoción algún puerto, lugar o sitio en Inglaterra donde pueda con seguridad, desembarcar esta gente...".

En contrapartida, el rey inglés, una ez coronado de nuevo en su país, se comprometía a asistir a Felipe IV en la recuperación de Portugal, mediante levas de ingleses e irlandeses, así como de 12 navíos de guerra. Incluso los ingleses devolverían al Rey Católico las ocupaciones llevadas a cabo en las colonias americanas desde 1630.

La campaña se inició muy temprano, ya que en marzo emprendieron las tropas del Rey de España la toma de la plaza de Saint-Ghislain al llegar noticias sobre las intenciones de los franceses de introducir un convoy y refuerzos en dicha plaza.

Tras este primer y exitoso paso, sobrevino una larga interrupción que los historiadores atribuyen a las tirantes relacones entre don Juan y el Príncipe de Condé. A pesar de estos problemas, existían dificultades de índole económica suficientemente importantes como para provocar una interrupción en la campaña bélica.

Entretanto, Turenne invadía las costas flamencas con unos 25.000 efectivos y de la Ferté hacía o mismo en la zona de Luxemburgo con otros 15.000 hombres.

No acababan aquí las desgracias en el gobierno de don Juan a lo largo de 1657, ya que de la Ferté tomaba la plaza de Montmedy que cubría la frontera de Luxemburgo.

Don Juan se mostró partidario de aplicar las escasas fuerzas disponibles en la recuperación de alguna plaza situada en el interior del país, como por ejemplo la villa de Danvilliers, a dos leguas de Montmedy. Pero tuvo que desistir de su idea ya que los franceses se presentaron ante Saint Venant, las fuerzas hispanas trataron de impedirlo, pero la plaza acabó rindiéndose. Los franceses coninuaban avanzando sin cesar.

Don Juan igualmente tuvo que abandonar sus deseos de intentar la recuperación de Mardick a causa del rigor del tiempo, la escasez de tropas y la abundante guarnición de la plaza.

Al finalizar la campaña de 1657 tuvo lugar una Junta presidida por don Juan de Austria, en la que se plantearon las dificultades exisentes para llevar a cabo, con éxito, la siguiente campaña que ya se aproximaba: falta de hombres, falta de medios para hallar dinero, el problema de los alojamientos de tropas, la inferioridad de la fuerzas hispanas frente a las francesas,...

En mayo los franceses lanzaron una ofensiva contra Ostende, en contrándose con una desagradable sorpresa, debido a que hacía meses que las fuerzas de Flandes preparaban el encuentro.

El buen inicio de la campaña con el rechazo de los franceses en Ostende no resultó, en modo alguno, significativo puesto que a partir de entonces las cosas fueron empeorando cada vez más para la Monarquía Hispánica.

Dunkerque fue el inicio del desastre final. Constituía el principal objetivo francés de la presente campaña, pues era el botín prometido a Cromwell en la alianza que ambos países sellaron el 23 de marzo de 1657. La plaza tenía una importancia de primer orden por ser el puerto que dominaba el Mar del Norte. Los franceses, capitaneados por Turenne, pusieron cerco a Dunkerque, contando con la colaboración francesa que se centró, fundamentalmente, en el bloqueo de la plaza por mar. Esta villa, gobernada por el marqués de Leiden, se encontraba en unas condiciones lamentables pues los refuerzos, continuamente solicitados, nunca llegaban, por lo que estaba bastante desguarnecida.

Ante estos acontecimientos, don Juan celebró una Junta de Guerra con todos sus altos mandos. Las fuerzas disponibles eran de unos 14.000 frente a más de 20.000 hombres que tenía el enemigo.

Inmediatamente se dispuso la marcha hacia Fournes, a donde llegaron el 10 de junio con las tropas. Sin embargo, se encontraan sin artillería, ni pertrechos, ni siquiera con pólvora, a causa de los retrasos provocados por ciertos embarazos en su envío. A pesar de todo el 13 de junio salieron de Fournes y se acercaron a los cuarteles y líneas enemigas. Pronto se inició la fortificación del puesto, sin embargo los enemigos no estaban dispuestos a dejarles concluir su labor.

El grueso de la infantería de don Juan ocupó las Dunas, sin embargo el enemigo era muy superior ya que tras dejar unos 60.000 hombres en la plaza de Dunkerque, llegó al campo de batalla con unos 10.000, mientras que don Juan no contaba ni con 5.000 hombres. La máxima fuerza hispana estaba cifrada en la caballería, cuya actuación resultaba muy impropia en el tereno de las Dunas. E combate fue muy desigual y obligó a la retirada de las tropas. Las bajas fueron muy numerosas, especialmente entre la infantería.

Quizás el socorro de Dunkerque se había decidido precipitadamente. Las fuerzas habían acudido sin artillería ni bagaje, pues aquélla venía en camino y el bagaje se dejó por orden de don Juan. Pero, de no haber acudido a socorrer la plaza, ésta habría caído igualmente, dada su mala situación en hombres y víveres.

Este fracaso llevó a don Juan a plantearse seriamente la necesidad de una pronta paz, pero el Consejo, desde Madrid, hizo caso omiso de la propuesta y, por el contrario, animó al Rey a asistir con las fuerzas posibles para que Su Alteza continuara la campaña. A finales de junio de 1658, don Juan daba Dunkerque por perdida, debido a la imposibilidad de socorrer la plaza ni por tierra ni por mar. La estrategia propuesta ahora por el bastardo consistía en tratar de dificultar al máximo a los enemigos sus posibles y futuros objetivos. La mejor manera consistía en enviar infantería a las plazas más importantes y amenazadas.

Don Juan se instaló con las tropas entre Fournes y Nieuwpoort, para cubrir más de cerca las plazas de la marina. El 26 de junio recibió aviso de la rendición de Dunkerque.

Los franceses entregaron este importante puerto del norte a los ingleses, tal y como habían acordado en sus tratados de alianza. Poco después se rendían Bergas y Fournes.

El 30 de agosto, por su parte también la villa de Gravelinas caía en poder de las fuerzas franco-inglesas.

Ypres constituía la siguiente plaza apetecida por los victoriosos franceses. Don Juan, reunido en Junta con los cabos principales de su ejército, se planteó la posibilidad de socorrer la plaza y al final concluyó de común acuerdo voto, que no convenía arriesgar el resto del país en el socorro de Ypres con tan remotas esperanzas de conseguirlo.

La situación no podía ser más crítica: si caía Ypres, quedaban en una posición muy delicada Nieuwpoort y Ostende, cruciales para la comunicación por mar. Si por el contrario acudían a socorrerla, corrían el riesgo de dejar desguarnecidas las plazas que constituían el corazón del país, especialmente Bruselas.

Así pues, el conde Marsín y Caracena pasaron a Gante, el duque de York fue a Brujas, el príncipe de Condé quedó en Tournai, y el príncipe de Ligne quedó en Courtrai y don Juan pasó a Bruselas.

El 25 de septiembre, el príncipe de Barbazón, gobernador de Ypres, se veía obligado a capitular.

En manos de Francia habían ido cayendo todas las principales plazas flamencas. La situación era crítica y se imponía la paz.

Desde Madrid, tras estudiar estas posibilidades, se decidió ordenar a don Juan la realización de una expedición a Inglaterra capitulada con el rey inglés. En caso de que ésta no pudiese realizarse o bien que la misma fracasase, se instaba a don Juan entablar negociaciones con el gobierno de Cromwell.

Pero don Juan no estaba dispuesto a realizar expedición alguna contra Inglaterra, puesto que no daba la menor credibilidad a los pactos establecidos, en su día, por Felipe IV y el rey inglés. Por ello el bastardo se planteó muy seriamente la posibilidad de establecer una alianza amistosa con Cromwell, a modo de puente para intentar conseguir la paz con Francia.

Entretanto se produjo la muerte de Cromwell.

En octubre de 1658, Felipe IV envío un despacho a su hijo ordenándole su regreso a la Península, una vez finalizada la campaña, para hacerse cargo del mando de las armas del Ejército de Portugal.

A comienzos de 1659, las miras del Rey de España estaban puestas en el conflicto portugués, el cual fue una de las razones primordiales para acelerar los acuerdos de paz en Flandes entre las coronas francesa e hispana.

Don Luis de Haro encargó a don Juan la realización de una leva de 3.000 soldados valones para que se encaminasen a la guerra contra Portugal.

El 1 de marzo de 1659 don Juan salió de Bruselas, quedando como gobernador interino de los Países Bajos el marqués de Caracena.

Poco después, el 7 de noviembre de 1659, se ajustó la Paz de los Pirineos entre don Luis de Haro y el cardenal Mazarino, que sellaba la paz, tras casi 25 años de guerra, entre las Coronas de Francia y España.

Felipe IV firmó la Paz de los Pirineos con la esperanza de que este tratado constituiría la antesala a la recuperación de Portugal, relegada por la actuación en los frentes catalán y flamenco.

Felipe IV tuvo en total siete hijos naturales, es decir, nacidos fuera del matrimonio. De ellos, el más engreído era Juan José, que dicho sea de paso, fue el único que obtuvo el reconocimiento oficial de la regia paternidad.

El Infante Juan José de Austria fue un eminente político, militar, legislador y estratega. Con grandes cualidades de mando, un educado hablar y gran capacidad en los campos de la diplomacia, la oratoria, propuestas y toma de decisiones, lo que contrastaba ampliamente con el carácter tímido y la personalidad apagada de su hermano Carlos II. Fue, además, el primero entre los políticos españoles que se dio cuenta del poder de la naciente prensa escrita y la impulsó sufragando revistas dirigidas por personas allegadas a él, aunque también sufrió las mordaces críticas de pasquines y libelos.

En 1677, en medio de su periodo de gobierno, las malas cosechas, el hambre y los brotes de peste le hicieron perder la mayor parte del apoyo popular que tuvo al acceder a él. El sábado 9 de abril se fijó uno de esos pasquines en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid (principal mercado y Repeso de la Villa y Corte) que decía «¿A qué vino el señor don Juan?: A bajar el caballo y subir el pan», refiriéndose a la estatua ecuestre de Felipe IV esculpida por Pietro Tacca, que había sido trasladada desde la fachada del Alcázar hasta el Buen Retiro. No obstante, el control que ejercía fue suficiente para evitar motines y maniobras, como las que en una coyuntura similar, veinte años más tarde, sufrió el Conde de Oropesa (el Motín de los Gatos de 1699) y consiguió mantenerse en el poder hasta su muerte.

«A qué vino el Sr. D. Juan?

A bajar el caballo y subir el Pan».

Sino el caballo de bronce».

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Francisco I de Austria

Francisco II, último Sacro Emperador Romano Germánico

Francisco I de Austria (Francisco José Carlos) (en alemán: Franz Joseph Karl von Habsburg-Lothringen) fue emperador de Austria (1804–1835), rey de Hungría (1792–1835), rey de Bohemia (1792–1835), rey de Lombardía (1815–1835) y último monarca elegido del Sacro Imperio Romano Germánico (1792–1806) bajo el nombre de Francisco II.

Nacido el 12 de febrero de 1768 en Florencia, hijo de Leopoldo II y la infanta María Luisa de España. Fue el último emperador del Sacro Imperio con el nombre de Francisco II y el primero de Austria, de 1804 a 1835.

Contrajo cuatro matrimonios, con Isabel de Wurtemberg, María Teresa de las Dos Sicilias, María Luisa de Austria-Este y Carolina de Baviera.

A su muerte, el 2 de marzo de 1835, en Viena, le sucedió su hijo Fernando I.

Durante su mandato su mano derecha fue Metternich, conductor del Congreso de Viena, cuya relevante gestión devolvió el que habían ostentado los territorios pertenecientes a la corona austríaca. Francisco, que era un convencido reaccionario, asentó su poder sobre medidas de represión policíaca y censura, para conjurar la amenaza del liberalismo. En esa tarea contó con la ayuda inestimable de Metternich, con quien llegó a identificarse plenamente en los años finales del reinado.

Tras la caída del rey Luis XVI de Francia el Imperio participó de forma destacada en las sucesivas coaliciones contra la Francia revolucionaria saldadas con pérdidas territoriales para el emperador. Posteriormente se vio inmerso con el resto del continente en el conflicto contra Napoleón Bonaparte. Participó en el Congreso de Viena y se asoció con la Santa Alianza. En 1804 Francisco I había tomado el título de Emperador de Austria, y en 1806 había decretado la desaparición del Sacro Romano Imperio, que había regido desde 1792.

El Imperio austríaco era el resultado de la acumulación de una serie de posesiones territoriales entre las que, aparte de los propios territorios austríacos, había que añadir los reinos de Hungría, Bohemia y Dalmacia, las provincias italianas de Lombardía y Venecia, la zona de Galitzia y Cracovia, y los ducados de Salzburgo y Bucovina. Tras la celebración del matrimonio entre su hija María Luisa con Napoleón en 1810, el Imperio Austríaco se mantuvo al lado de Francia durante un período de tiempo, pero finalmente, en 1813 Francisco I tuvo que aliarse con Prusia y Rusia para hacer frente a la pretendida hegemonía de Napoleón sobre Europa, alianza que se mantuvo hasta la derrota definitiva del emperador francés en la batalla de Waterloo en junio de 1815.

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María Teresa I de Austria

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María Teresa I de Austria (n. Viena, 13 de mayo de 1717 - † id., 29 de noviembre de 1780) fue Archiduquesa de Austria y Reina de Hungría y Bohemia y Emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico.

Hija del emperador Carlos VI, a quien sucedió al morir en 1740, y de Isabel Cristina de Brunswick. Madre de los fugaces emperadores José II y Leopoldo II. Entre el resto de su descendencia destaca María Antonieta de Austria, última reina absolutista de Francia.

La mayor parte de los Estados europeos habían reconocido esta sucesión y la Pragmática Sanción de 1713 que declaraba indivisibles los territorios de la Casa de Austria. Sin embargo, esta situación cambió a la muerte de Carlos.

Si el imperio de los Habsburgo hubiese formado una entidad nacional, la crisis dinástica se hubiera reducido a una cuestión austriaca exclusivamente. Pero tal imperio era una yuxtaposición de países unidos sólo por la dinastía, lo que tentaba a las potencias imperialistas a destruir la hegemonía que era obstáculo para sus propios intereses.

Federico II el Grande aprovechó la circunstancia para atacar a Austria y arrebatarle Silesia. Carlos Alberto de Baviera le despojó a María Teresa la corona del Sacro Imperio Romano Germánico (1742-45), desencadenando la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-48). María Teresa salvaguardó tras el Tratado de Aquisgrán (1748) el grueso de sus Estados y la corona imperial para su esposo, Francisco de Lorena (1745-65).

De la mano de su canciller Kaunitz formó una alianza con Francia para recuperar Silesia, lo que dio inicio a la Guerra de los Siete Años (1756-63), que no le devolvió Silesia, pero que le permitió extender sus dominios en Galicia (o Galitzia) y la Bucovina, garantizando la sucesión imperial para su hijo José II (1765-90). Participó en el Primer Reparto de Polonia (1772) y renunció a luchar por la sucesión de Baviera.

María Teresa reorganizó sus reinos introduciendo reformas propias del despotismo ilustrado, modernizó el ejército, sometió los poderes locales al gobierno central, impulsó las ciencias y las artes y limitó la influencia de la Iglesia Católica. Moravia y Bohemia fueron unificadas con Austria, pero no Hungría, donde María Teresa realizó concesiones a la nobleza, a cambio de la ayuda que le había prestado durante la guerra.

Tras la muerte de su esposo en 1765, María Teresa nombra co-regente a su hijo José. En 1770, compromete a su hija menor, María Antonieta, con el delfín de Francia, futuro Luis XVI.

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Fernando de Austria

Escudo del Cardenal Infante

El Cardenal Infante don Fernando de Austria (San Lorenzo del Escorial, 16 de mayo de 1609 y 24 de mayo de 1610 - Bruselas, 9 de noviembre de 1641). Infante de España, gobernador del Estado de Milán y los Países Bajos Españoles, virrey de Cataluña, Cardenal-Arzobispo de Toledo (1619-1641) y comandante de las fuerzas españolas durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Nació en El Escorial, cerca de Madrid, en 16091. Era hijo del rey Felipe III y de la reina Margarita de Austria. Su padre deseó que el infante Fernando ingresara en el clero de la Iglesia Católica. De esta forma, en 1619, el infante fue nombrado arzobispo de Toledo y poco tiempo después fue designado cardenal. El infante Fernando no fue ordenado sacerdote, algo habitual en aquella época cuando algún miembro de la realeza o de la aristocracia ocupaba algún cargo eclesiástico.

En 1630 la tía del Cardenal-Infante, Isabel Clara Eugenia pensó en convertir a Fernando en sucesor suyo como gobernador de los Países Bajos Españoles. A causa de la superioridad de la armada holandesa en aquel momento no fue posible realizar el viaje por barco. El Cardenal-Infante se desplazó a Génova en 1633 para reunirse con un ejército. Planeó trasladarse desde Milán a los Países Bajos Españoles atravesando Lombardía, el Tirol, Suabia, y siguiendo al Rin. El Cardenal-Infante pensó asegurar la ruta con una serie de guarniciones y, al mismo tiempo, prestar apoyo a las fuerzas de su primo el rey Fernando de Hungría (el futuro emperador Fernando III), que estaba dirigiendo el ejército imperial frente a los suecos durante la Guerra de los Treinta Años. El Cardenal-Infante ordenó que se adelantase la mitad de su ejército bajo el mando de Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, pero este contingente sufrió numerosas bajas durante su enfrentamiento con las tropas suecas dirigidas por el duque Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn. Ante esta situación los españoles solicitaron la ayuda de cuatro mil efectivos de la caballería del general Albrecht von Wallenstein, pero éste denegó la petición y los españoles tuvieron que conseguir nuevas fuerzas por sus propios medios. El Cardenal-Infante fue capaz de continuar su viaje en 1634, reuniéndose en Baviera con los restos del ejército del Duque de Feria, que había muerto en enero de 1634.

El rey Fernando de Hungría pudo derrotar al ejército sueco en Ratisbona en el mes de julio de 1634. El monarca de Hungría y su primo el Cardenal-Infante Fernando de Austria se apresuraron a unir sus ejércitos. Las fuerzas suecas del duque Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn intentaron desesperadamente impedir esta fusión pero, fueron incapaces de alcanzar los efectivos de Fernando de Hungría. El Cardenal-Infante cruzó el río Danubio en agosto de 1634 y, en el mes de septiembre de aquel año, ambos ejércitos, ya unidos, acamparon al sur de la población de Nördlingen en Suabia. En aquel momento Nördlingen estaba protegido por una pequeña guarnición sueca. Poco después, las fuerzas de Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn alcanzaron Nördlingen. Estos hechos condujeron a la decisiva Batalla de Nördlingen. El Rey de Hungría y su primo, el Cardenal-Infante se prepararon para la batalla, ignorando advertencias en sentido contrario que les hicieron generales más experimentados, como Matthias Gallas. El duque Bernardo y Horn también se prepararon para la batalla pero en aquel momento, además mantener discrepancias personales, subestimaron la superioridad numérica de sus enemigos. Los informes cifraron las fuerzas de la infantería enemiga en 7.000 hombres y no 21.000 frente a los 16.000 que componían la infantería sueca. En el transcurso de la batalla casi todo lo que pudo ir mal a las fuerzas suecas acabó sucediendo y los dos primos de la Casa de Austria consiguieron una victoria militar excepcional. Gustaf Horn fue hecho prisionero, el ejército sueco destruido y sus restos huyeron a Heilbronn.

El rey Fernando de Hungría trató de convencer a su primo para que permaneciese en Alemania pero, poco después de la batalla, el Cardenal-Infante se trasladó con sus efectivos a Bruselas, ciudad a la que llegó a finales de 1634. Debido a la impopularidad del clero en aquel momento en Bruselas, como Gobernador General, minimizó su estatus eclesiástico haciendo hincapié en su autoridad secular. Fernando, hábil como político y diplomático, reformó con rapidez el gobierno y la organización militar en los Países Bajos Españoles, logró contar con el apoyo de los Flamencos contra Francia.

Los poderes del Cardenal-Infante estuvieron limitados en secreto porque los mandos del ejército estaban obligados a seguir las instrucciones que llegasen de España, incluso si éstas eran contrarias a las órdenes de Fernando. En 1635 los franceses decidieron atacar, junto a los holandeses, la ciudad de Namur, desde Maastricht. Sin embargo, los holandeses vacilaron y, finalmente los franceses se retiraron, facilitando a Fernando de Austria la conquista de Diest, Goch, Gennep, Limburgo y Schenk.

En 1636 el Cardenal-Infante retiró los poderes a los últimos sacerdotes protestantes de los Países Bajos Españoles y continuó la expansión militar de los Austrias españoles con la captura de Hirsen, Châtelet y Chapelle, asegurando Luxemburgo empleando contingentes croatas.

El 10 de octubre de 1637 la ciudad de Breda, tras diez meses de asedio, fue tomada de nuevo por el príncipe de Orange, Federico Enrique de Nassau tras permanecer bajo control español durante doce años. Pese a los numerosos intentos del Cardenal-Infante fue imposible volver a controlar esta fortificación estratégica. Fernando de Austria también perdió, frente a los franceses, Chapelles, Landrey y Damvilliers. No pudo conquistar Maubeuge y, este proceso supuso pérdidas territoriales frente a Francia. Fernando sí fue capaz de tomar Amberes, Chastillon, y Geldern pero también perdió el importante punto de Arras en 1640.

Más peligrosos que los adversarios en el campo de batalla fueron los enemigos que tuvo Fernando de de Austria en la Corte Española. Éstos hicieron circular numerosos rumores infundados con los que se trató de socavar la reputación del Cardenal-Infante. En uno de ellos se le acusaba de querer convertirse en un gobernante independiente de los Países Bajos Españoles con ayuda del Rey de Francia. En otro, se afirmaba que en la Corte de Francia se pensaba en un matrimonio entre el Cardenal-Infante y la hija del Duque de Orleans.

En aquel momento, el Imperio Español se encontraba inmerso en una mala situación financiera y militar. En Portugal se inició un levantamiento para separarse de la Corona Española. El Cardenal-Infante llegó a emitir órdenes contradictorias para enviar tropas que ayudasen a sofocar la revuelta portuguesa.

Fernando de Austria cayó enfermo durante una batalla y falleció en Bruselas el 9 de noviembre de 1641. Se cree que su muerte fue provocada por el agotamiento unido a su enfermedad. Los informes hablan de una úlcera de estómago, pero hubo rumores que apuntaron a un posible envenenamiento como causa de su muerte.

Tuvo una hija ilegítima, Ana de la Croix (Bruselas, 1641 – Madrid, 1715), que se convirtió en monja.

Su cuerpo fue enviado a España en 1643.

Las disputas generadas por su sucesión como Gobernador General de los Países Bajos provocaron el fin de la alianza entre el Emperador y la Corte de sus parientes españoles. El emperador Fernando III (viejo compañero de armas del Cardenal-Infante) apoyaba a su hermano el Archiduque Leopoldo Guillermo de Austria, un militar desafortunado pero hábil gobernante, y en Madrid se pensaba en Juan José de Austria, el hijo natural que tuvo el rey Felipe IV con la actriz María Calderón. La investidura como gobernador de Juan José de Austria se retrasó y la Corona Española perdió el control sobre gran parte de los Países Bajos Españoles bajo el mandato del débil gobernador interino Francisco de Melo, Marqués de Terceira.

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Imperio español

Situación del Imperio Español en 1824. En azul los territorios independizados en la Guerra de Independencia Hispanoamericana (1809-1824)

Se denomina Imperio español al conjunto de territorios de España o de las dinastías reinantes en España. Alcanzó los 20 millones de kilómetros cuadrados a finales del siglo XVIII. Durante los siglos XVI y XVII creó una estructura propia no llamandose imperio colonial hasta el año 1768, siendo en el siglo XIX cuando adquiere estructura puramente colonial.

No existe una postura unánime entre los historiadores sobre los territorios concretos de España porque, en ocasiones, resulta difícil delimitar si determinado lugar era parte de España o formaba parte de las posesiones del rey de España, o si el territorio era una posesión efectiva o jurídica, en épocas que abarcan siglos, incorporados de forma distinta, heredados o conquistados, y en las que no estaban igualmente definidas la diferencia entre las posesiones del rey y las de la nación, como tampoco lo estaba la hacienda o la herencia ni el derecho internacional. Así, tradicionalmente se considera a los Países Bajos como parte del mismo (tesis mayoritaria en España y los Países Bajos entre otros); pero existen autores como Henry Kamen que proclaman que esos territorios nunca se integraron en el Imperio Español, sino en las posesiones personales de los Austrias.

El Imperio Español fue el primer imperio global, porque por primera vez un imperio abarcaba posesiones en todos los continentes, las cuales, a diferencia de lo que ocurría en el Imperio Romano o en el Carolingio, no se comunicaban por tierra las unas con las otras.

Durante los siglos XVI y XVII, España llegó a ser la primera potencia mundial, en competencia directa primeramente con Portugal y, posteriormente, con Francia, Inglaterra y el Imperio Otomano. Castilla, junto con Portugal estaba en la vanguardia de la exploración europea y de la apertura de rutas de comercio a través de los océanos (en el Atlántico entre España y las Indias, y en el Pacífico entre Asia Oriental y México, vía Filipinas).

Los conquistadores españoles descubrieron y dominaron vastos territorios pertenecientes a diferentes culturas en América y otros territorios de Asia, África y Oceanía. España, especialmente el reino de Castilla, se expandió, colonizando esos territorios y construyendo con ello el mayor imperio económico del mundo de entonces. Entre la incorporación del Imperio Portugués en 1580 (perdido en 1640) y la pérdida de las colonias americanas en el siglo XIX, fue uno de los imperios más grandes por territorio, a pesar de haber sufrido bancarrotas y derrotas militares a partir de la segunda mitad del siglo XVII.

La política matrimonial de los reyes permitió su unión con la Corona de Aragón primero, y con Borgoña y, temporalmente, Austria después. Con esta política fueron adquiridos numerosos territorios en Europa, donde se convirtió en una de las principales potencias.

España dominaba los océanos gracias a su experimentada Armada, sus soldados eran los mejor entrenados y su infantería la más temida. El Imperio Español tuvo su Edad de Oro entre el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, tanto militar como culturalmente.

Este vasto y disperso imperio estuvo en constante disputa con potencias rivales por causas territoriales, comerciales o religiosas. En el Mediterráneo con el Imperio Otomano; en Europa, con Francia, que le disputaba la primacía; en América, inicialmente con Portugal y mucho más tarde con Inglaterra, y una vez que los holandeses lograron su independencia, también contra estos en otros mares.

Las luchas constantes con potencias emergentes de Europa, a menudo simultáneamente, durante largos períodos y basadas tanto en diferencias políticas como religiosas, con la pérdida paulatina de territorios, difícilmente defendibles por su dispersión, contribuyeron al lento declive del poder español. Entre 1648 y 1659, las paces de Westfalia y los Pirineos ratificaron el principio del ocaso de España como potencia hegemónica. Este declive culminó, en lo que respecta al dominio sobre territorios europeos, con la Paz de Utrecht (1713), firmada por un monarca que procedía de una de las potencias rivales, Felipe V: España renunciaba a sus territorios en Italia y en los Países Bajos, perdía la hegemonía en Europa, renunciaba a seguir dominando en la política europea.

Sin embargo, España mantuvo y de hecho amplió su extenso imperio de ultramar, acosado por el expansionismo británico, francés y holandés, manteniéndose como una potencia económica más importante, hasta que sucesivas revoluciones le desposeyeron de sus territorios en el continente americano a principios del siglo XIX.

No obstante, España conservó algunas fracciones de su imperio en América, principalmente Cuba y Puerto Rico, como también Filipinas y algunas islas en Oceanía como Guam, Palaos o las Carolinas y las Marianas. La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 supuso la pérdida de casi todos estos últimos territorios. Las únicas posesiones que se salvaron fueron las pequeñas islas de Oceanía (excepto Guam), que fueron finalmente vendidas a Alemania en 1899.

El impacto moral de esta derrota fue duro, y se buscó compensarlo creando, con poco éxito, un segundo imperio colonial en África, centrado en Marruecos, el Sáhara Occidental y Guinea Ecuatorial, que perduró hasta la descolonización de las décadas de 1960-1970 al abandonar la última colonia, el Sáhara, en 1975.

El matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón) unió las dos Coronas cuando, tras ganar a Juana «la Beltraneja» en la Guerra Civil Castellana, Isabel ascendió al trono. Sin embargo, cada reino mantuvo su propia administración bajo la misma monarquía. La formación de un estado unificado solo se materializó tras siglos de unión bajo los mismos gobernantes. Como Henry Kamen comentaría después, España fue creada por el Imperio, y no el Imperio por España. Los nuevos reyes introdujeron el estado moderno absolutista en sus dominios, que pronto buscaron ampliar.

Castilla había intervenido en el Atlántico, en lo que fue el comienzo de su imperio extrapeninsular, compitiendo con Portugal por el control del mismo desde finales del siglo XIV, momento en el cual fueron enviadas varias expediciones andaluzas y vizcaínas a las Islas Canarias. La conquista efectiva de dicho Archipiélago había comenzado durante el reinado de Enrique III de Castilla cuando en 1402 Jean de Béthencourt solicitó permiso para tal empresa al rey castellano a cambio de vasallaje. Mientras, a lo largo del siglo XV exploradores portugueses como Gonçalo Velho Cabral colonizarían las Azores, Cabo Verde y Madeira. El Tratado de Alcáçovas de 1479, que supuso la paz en la Guerra de Sucesión Castellana, separó las zonas de influencia de cada país en África y el Atlántico, concediendo a Castilla la soberanía sobre las Islas Canarias y a Portugal las islas que ya poseía, la Guinea y en general todo lo que es hallado e se hallare, conquistase o descubriere en los dichos términos. La conquista del Reino de Fez quedaba también exclusivamente para el reino de Portugal. El tratado fue confirmado por el Papa en 1481, mediante la bula Aeterni regis. Mientras tanto los Reyes Católicos iniciaban la última fase de la Conquista de Canarias asumiendo por su cuenta dicha empresa, ante la imposibilidad por parte de los señores feudales de someter a todos los indígenas insulares: en una serie de largas y duras campañas, los ejércitos castellanos se apoderaron de Gran Canaria (1478-1483), La Palma (1492-1493) y finalmente de Tenerife (1494-1496).

Como continuación a la Reconquista castellana, los Reyes Católicos conquistaron en 1492 el reino taifa de Granada, último reino musulmán de Al-Ándalus, que había sobrevivido por el pago de tributos en oro a Castilla, y su política de alianzas con Aragón y el norte de África.

La política expansionista de los Reyes Católicos también se manifestó en el África continental: Con el objetivo de acabar con la piratería que amenazaba las costas andaluzas y las comunicaciones mercantes catalanas y valencianas, se realizaron campañas en el norte de África: Melilla fue tomada en 1497, Villa Cisneros en 1502, Mazalquivir en 1505, el Peñón de Vélez de la Gomera en 1508, Orán en 1509, Argel y Bugía en 1510 y Trípoli en 1511. La idea de Isabel I, manifiesta en su testamento, era que la reconquista habría de seguir por el norte de África, en lo que los romanos llamaron Nova Hispania.

Los Reyes Católicos también heredaron la política mediterránea de la Corona de Aragón, y apoyaron a la Casa de Nápoles aragonesa contra Carlos VIII de Francia y, tras su extinción, reclamaron la reintegración de Nápoles a la Corona. Como gobernante de Aragón, Fernando II se había involucrado en la disputa con Francia y Venecia por el control de la Península Itálica. Estos conflictos se convirtieron en el eje central de su política exterior. En estas batallas, Gonzalo Fernández de Córdoba (conocido como «El Gran Capitán») crearía las coronelías (base de los futuros tercios), como organización básica del ejército, lo que significó una revolución militar que llevaría a los españoles a sus mejores momentos.

Después de la muerte de la Reina Isabel, Fernando, como único monarca, adoptó una política más agresiva que la que tuvo como marido de Isabel, utilizando las riquezas castellanas para expandir la zona de influencia aragonesa en Italia, contra Francia, y fundamentalmente contra el reino de Navarra al que conquistó en 1512.

El trono castellano lo asumió su hija Juana I «la Loca», declarada incapaz de reinar, manteniendo su padre la regencia (aunque en todos los documentos oficiales aparecían Doña Juana y Don Fernando como reyes, era Fernando quien detentaba el poder).

El primer gran reto del rey Fernando fue en la guerra de la Liga de Cambrai contra Venecia, donde los soldados españoles se distinguieron junto a sus aliados franceses en la Batalla de Agnadello (1509). Sólo un año más tarde, Fernando se convertía en parte de la Liga Católica contra Francia, viendo una oportunidad de tomar Milán —plaza por la cual mantenía una disputa dinástica— y el Navarra. Esta guerra no fue un éxito como la anterior contra Venecia y, en 1516, Francia aceptó una tregua que dejaba Milán bajo su control y de hecho, cedía al monarca hispánico el Reino de Navarra (que Fernando unió a la corona de Castilla), ya que al retirar su apoyo dejaba aislados a los reyes navarros Juan III de Albret y Catalina de Foix. Este hecho fue temporal pues posteriormente volvería a apoyar la lucha de los navarros en 1521.

Con el objetivo de aislar a Francia, se adoptó una política matrimonial que llevó al casamiento de las hijas de los Reyes Católicos con las dinastías reinantes en Inglaterra, Borgoña y Austria. Tras la muerte de Fernando, la inhabilitación de Juana I, hizo que Carlos de Austria, heredero de Austria y Borgoña, fuera también heredero de los tronos españoles.

Carlos tenía un concepto político todavía medieval, y lo desarrolló empleando las riquezas de sus reinos peninsulares en la política europea del Imperio, en vez de seguir la que, con mayor amplitud de miras, había marcado su abuela Isabel en su testamento: continuar la Reconquista en el norte de África. Aunque algunos consejeros españoles lograron que hiciera algunas campañas hacia ese objetivo (Orán, Túnez, Argelia) no consideró ese fin tan importante como las inacabables disputas religioso-políticas de su herencia centroeuropea y, como además, gran parte del ímpetu conquistador de los castellanos se dirigió hacia las tierras nuevamente descubiertas de las Indias Occidentales, no colaboró decididamente en el engrandecimiento de sus reinos peninsulares, salvo en lo que se refiere a las campañas italianas. Ese abandono de la política de conquista del norte de África daría quebraderos de cabeza a la Europa mediterránea hasta el siglo XIX.

Sin embargo, la expansión atlántica sería la que daría los mayores éxitos. Para alcanzar las riquezas de Oriente, cuyas rutas comerciales (especialmente de las espacias de las islas del Pacífico) bloqueaban los Otomanos o monopolizaban los italianos, portugueses y españoles compitieron por hallar una nueva ruta que no fuera la tradicional, por tierra, a través de Oriente Próximo. Los portugueses, que habían terminado mucho antes que los españoles su Reconquista, empezaron entonces sus expediciones con el objetivo primero de acceder a las riquezas africanas y luego circunnavegar África, lo que les daría el control de islas y costas del continente, para abrir una nueva ruta a las Indias Orientales, sin depender del comercio a través del Imperio Otomano, monopolizado por Génova y Venecia, poniendo el germen del Imperio Portugués. Más tarde, cuando Castilla terminó su reconquista, los Reyes Católicos, apoyaron a Cristóbal Colón quien, al parecer convencido de que la circunferencia de la Tierra era menor que la real, quiso alcanzar Cipango (Japón), China, las Indias, el Oriente navegando hacia el Oeste, con el mismo fin que los portugueses: independizarse de las ciudades italianas para conseguir las mercancías de Oriente: principalmente, especias y seda (más fina que la producida en el reino de Murcia desde la dominación árabe). Lo más probable es Colón nunca hubiese llegado a su meta, pero a medio camino estaba el continente americano y, sin saberlo, «descubrió» América, iniciando la colonización española del continente.

Las nuevas tierras encontradas fueron reclamadas por los Reyes Católicos, con la oposición de Portugal. Finalmente el Papa Alejandro VI medió, llegándose al Tratado de Tordesillas, que dividía las zonas de influencia española y portuguesa a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde (el meridiano situado a 46º 37’) longitud oeste, siendo la zona occidental la correspondiente a España y la oriental a Portugal. Así, España se convertía teóricamente en dueña de la mayor parte del continente con la excepción de una pequeña parte, la oriental —lo que hoy día es el extremo de Brasil—, que correspondía a Portugal. En adelante, esta cesión papal, junto a la responsabilidad evangelizadora sobre los territorios descubiertos, fue usada por los Reyes Católicos como legitimación en su expansión colonial.

La colonización de América continuó mientras tanto. Además de la toma de La Española, que se culminó a principios del siglo XVI, los colonos empezaron a buscar nuevos asentamientos. La convicción de que había grandes territorios por colonizar en las nuevas tierras descubiertas produjo el afán por buscar nuevas conquistas. Desde allí, Juan Ponce de León conquistó Puerto Rico y Diego Velázquez, Cuba. Alonso de Ojeda recorrió la costa venezolana y centroamericana. Diego de Nicuesa ocupó lo que hoy día es Nicaragua y Costa Rica, mientras Vasco Núñez de Balboa colonizaba Panamá y llegaba al Mar del Sur (Océano Pacífico).

Años después, bajo Felipe II, este «Imperio Castellano» se convirtió en una nueva fuente de riqueza para los reinos españoles y de su poder en Europa, pero también contribuyó a elevar la inflación, lo que perjudicó a la industria peninsular. Como siempre ocurre la economía más poderosa, la española, comenzó a depender de las materias primas y manufacturas de países más pobres, con mano de obra más barata, lo cual facilitó la revolución económica y social en Francia, Inglaterra y otras partes de Europa. Los problemas causados por el exceso de metales preciosos fueron discutidos por la Escuela de Salamanca, lo que creó un nuevo modo de entender la economía que los demás países europeos tardaron mucho en comprender.

Por otro lado, los enormes e infructuosos gastos de las guerras a las que arrastró la política europea de Carlos I heredados por su sucesor Felipe II, llevaron a que se financiasen con préstamos de banqueros, tanto españoles como de Génova, Amberes y Sur de Alemania, lo que hizo que los beneficios que pudo tener la Corona (el Estado, al cabo) fuera mucho menores que los que obtuvieron más tarde otros países con intereses coloniales, como Holanda y posteriormente Inglaterra.

El periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII es conocido como el Siglo de Oro por el florecimiento de las artes y las ciencias que se produjo.

Durante el siglo XVI España llegó a tener una auténtica fortuna de oro y plata extraídos de «Las Indias». En el estudio económico realizado por Earl J. Hamilton, «El tesoro americano y la Revolución de los precios en España, 1501-1659», esa fortuna tiene unas cifras concretas. Hamilton describe que en los siglos XVI y XVII, desde 1503 y durante los 160 años siguientes, durantela mayor actividad minera, arribaron desde las colonias americanas 16.900 toneladas de plata y 181 toneladas de oro. Sus cuentas son minuciosas: 16.886.815.303 gramos de plata y 181.333.180 gramos de oro.

Se decía durante el reinado de Felipe II que «el Sol no se ponía en el Imperio», ya que estaba lo suficientemente disperso como para tener siempre alguna zona con luz solar. Este imperio, imposible de manejar, tenía su centro neurálgico en Madrid sede de la Corte con Felipe II, siendo Sevilla el punto fundamental desde el que se organizaban las posesiones ultramarinas.

Como consecuencia del matrimonio político de los Reyes Católicos y de los casamientos estratégicos de sus hijos, su nieto, Carlos I heredó la Corona de Castilla en la península Ibérica y un incipiente Imperio Castellano en América (herencia de su abuela Isabel); las posesiones de la Corona de Aragón en el Mediterráneo italiano e ibérico (de su abuelo Fernando); las tierras de los Habsburgo en Austria a las que él incorporó Bohemia y Silesia logrando convertirse tras una disputada elección con Francisco I de Francia en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V de Alemania; además de los Países Bajos a los que añadió nuevas provincias y el Franco Condado, herencia de su abuela María de Borgoña; conquistó personalmente Túnez y en pugna con Francia la región de Lombardía. Era un imperio compuesto de un conglomerado de territorios heredados, anexionados o conquistados.

Ante la posibilidad de que Carlos I decidiera apoyar la mayor parte de las cargas de su imperio en el más rico de sus reinos, el de Castilla, lo cual no gustaba a los castellanos que no deseaban contribuir con oro, plata o caballos a guerras europeas que sentían ajenas, y enfrentados a un creciente absolutismo por parte del rey comenzó una sublevación que aún se celebra cada año llamada de los Comuneros, en la cual los rebeldes fueron derrotados. Carlos I de España y luego V de Alemania se convertía en el hombre más poderoso de Europa, con un imperio europeo que sólo sería comparable en tamaño al de Napoleón. El Emperador intentó sofocar la Reforma Protestante en la Dieta de Worms, pero Lutero renunció a retractarse de su herejía. Firme defensor de la Catolicidad, durante su reinado se produjo sin embargo lo que se llamó el Saco de Roma, cuando sus tropas fuera de control atacaron la Santa Sede después de que el Papa Clemente VII se uniera a la Liga de Cognac contra él.

Pese a que Carlos I era flamenco y su lengua materna era el francés vivió un proceso de españolización o, más concretamente, de castellanización. Así, cuando se entrevistó con el Papa, le habló en español y más tarde, cuando recibió al embajador de Francia, el diplomático se sorprendió de que no usara su lengua materna, a lo que el emperador contestó: «No importa que no me entendáis. Que yo estoy hablando en mi lengua española, que es tan bella y noble que debería ser conocida por toda la cristiandad». Esta frase ha calado bastante en los españoles y, siglos después, aún se utiliza el dicho «Que hable en cristiano» cuando un español quiere que se le traduzca lo dicho.

En América, tras Colón, la colonización del Nuevo Mundo había pasado a ser encabezada por una serie de guerreros-exploradores conocidos como los Conquistadores. Algunas tribus nativas estaban a veces en guerra unas con otras y muchas de ellas se mostraron dispuestas a formar alianzas con los españoles para derrotar a enemigos más poderosos como los Aztecas o los Incas. Este hecho fue facilitado por la propagación de enfermedades comunes en Europa (p.e.: viruela), pero desconocidas en el Nuevo Mundo, que diezmó a los pueblos originarios de América.

Los principales conquistadores fueron Hernán Cortés, quien entre 1519 y 1521, con alrededor de 200.000 aliados amerindios, derrotó al Imperio Azteca, en momentos que este era arrasado por la viruela y entró en México, que sería la base del virreinato de Nueva España. Y Francisco Pizarro quien conquistó al Imperio Inca en 1531 cuando estaba gravemente desorganizado por efecto de la guerra civil y de la epidemia de viruela de 1529. Esta conquista se convertiría en el Virreinato del Perú.

Tras la conquista de México, las leyendas sobre ciudades «doradas» (Cibola en Norteamérica, El Dorado en Sudamérica) originaron numerosas expediciones, pero muchas de ellas regresaron sin encontrar nada, y las que encontraron algo dieron con mucho menos valor de lo esperado. De todos modos, la extracción de oro y plata fue una importante actividad económica del Imperio Español en América, estimándose en 850.000 kilogramos de oro y más de cien veces esa cantidad en plata durante el período colonial. No fue menos importante el comercio de otras mercaderías como la cochinilla, la vainilla, el cacao, el azúcar (la caña de azúcar fue llevada a América donde se producía mejor que en el sur de la península, donde había sido introducida por los árabes).

La exploración de este nuevo mundo, conocido como las Indias occidentales, fue intensa, realizándose hazañas tales como la primera circunnavegación del globo en 1522 por Juan Sebastián Elcano (que sustituyó a Fernando de Magallanes, promotor de la expedición y que murió en el camino).

En Europa, sintiéndose rodeado por las posesiones de los Habsburgo Francisco I de Francia invadió en 1521 las posesiones españolas en Italia e inició una nueva era de hostilidades entre Francia y España, apoyando a Enrique II de Navarra para recuperar el reino arrebatado por los españoles. Un levantamiento de la población navarra junto a la entrada de 12.000 hombres al mando del general Asparrots, André de Foix, recuperaron en pocos días todo el reino con escasas víctimas. Sin embargo el ejército imperial se reconstituyó con rapidez, formando unas tropas de 30.000 hombres bien pertrechadas, entre ellas muchos de los comuneros rendidos para redimir su pena. El general Asparrots, en vez de consolidar el reino, se dirigió a sitiar Logroño, con lo que los navarro-gascones sufrieron una severa derrota en la sangrienta Batalla de Noáin, dejando el control de Navarra en manos de España.

Por otra parte, en el frente de guerra de Italia, fue un desastre para Francia, que sufrió importantes derrotas en Bicoca (1522), Pavía (1525) —en la que Francisco I y Enrique II fueron capturados— y Landriano (1529) antes de que Francisco I claudicase y dejase Milán en manos españolas una vez más.

La victoria de Carlos I en la Batalla de Pavía, 1525, sorprendió a muchos italianos y alemanes, al demostrar su empeño en conseguir el máximo poder posible. El Papa Clemente VII cambió de bando y unió sus fuerzas con Francia y los emergentes estados italianos contra el Emperador, en la Guerra de la Liga de Cognac. La Paz de Barcelona, firmada entre Carlos I y el Papa en 1529, estableció una relación más cordial entre los dos gobernantes y de hecho nombraba a España como defensora de la causa católica y reconocía a Carlos como Rey de Lombardía en recompensa por la intervención española contra la rebelde República de Florencia.

En 1528, el gran almirante Andrea Doria se alió con el Emperador para desalojar a Francia y restaurar la independencia genovesa. Esto abrió una nueva perspectiva: en este año se produce el primer préstamo de los bancos genoveses a Carlos I.

La colonización americana seguía mientras imparable. Santa Fe de Bogotá fue fundada durante la década de 1530 y Juan de Garay fundó Buenos Aires en 1536. En la década de 1540, Francisco de Orellana exploraba la selva y llegó al Amazonas. En 1541, Pedro de Valdivia, continuó las exploraciones de Diego de Almagro desde Perú, e instauró la Capitanía General de Chile. Ese mismo año, se terminó de conquistar el Imperio Muisca, que ocupaba el centro de Colombia,.

Como consecuencia de la defensa que la Escuela de Salamanca y Bartolomé de las Casas hicieron de los nativos, España se dio relativa prisa en hacer leyes para protegerlos en sus colonias americanas. Las Leyes de Burgos de 1512 fueron sustituidas por las Leyes Nuevas de Indias de 1542. Sin embargo, a menudo fue muy difícil llevar estas leyes a la práctica, una pauta que siguieron otras naciones europeas.

En 1543, Francisco I de Francia anunció una alianza sin precedentes con el sultán otomano Solimán el Magnífico, para ocupar la ciudad de Niza, bajo control español. Enrique VIII de Inglaterra, que guardaba más rencor contra Francia que contra el Emperador, a pesar de la oposición de éste al divorcio de Enrique con su tía, se unió a este último en su invasión de Francia. Aunque las tropas imperiales sufrieron alguna derrota como la de Cerisoles, el Emperador consiguió que Francia aceptara sus condiciones. Los austriacos, liderados por el hermano pequeño del Emperador Carlos, continuaron luchando contra el Imperio Otomano por el Este. Mientras, Carlos I se preocupó de solucionar un viejo problema: la Liga de Esmalcalda.

La Liga tenía como aliados a los franceses, y los esfuerzos por socavar su influencia en Alemania fueron rechazados. La derrota francesa en 1544 rompió su alianza con los protestantes y Carlos I se aprovechó de esta oportunidad. Primero intentó el camino de la negociación en el Concilio de Trento en 1545, pero los líderes protestantes, sintiéndose traicionados por la postura de los católicos en el Concilio, fueron a la guerra encabezados por Mauricio de Sajonia. En respuesta, Carlos I invadió Alemania a la cabeza de un ejército hispano-holandés. Confiaba en restaurar la autoridad imperial. El emperador en persona infligió una decisiva derrota a los protestantes en la histórica Batalla de Mühlberg en 1547. En 1555 firmó la Paz de Augsburgo con los estados protestantes, lo que restauró la estabilidad en Alemania bajo el principio de Cuius regio, eius religio («Quien tiene la región impone la religión»), una posición impopular entre el clero italiano y español. El compromiso de Carlos en Alemania otorgó a España el papel de protector de la causa católica de los Habsburgo en el Sacro Imperio Romano.

Mientras, el Mediterráneo se convirtió en campo de batalla contra los turcos, que alentaban a piratas como Barbarroja. Carlos I prefirió eliminar a los otomanos a través de la estrategia marítima, mediante ataques a sus asentamientos en los territorios venecianos del este del Mediterráneo. Sólo como respuesta a los ataques en la costa de Levante española se involucró personalmente el Emperador en ofensivas en el continente africano con expediciones sobre Túnez, Bona (1535) y Argel (1541).

El Emperador Carlos repartió sus posesiones entre su único hijo legítimo, Felipe II, y su hermano Fernando (al que dejó el Imperio de los Habsburgo). Para Felipe II, Castilla fue la base de su imperio, pero la población de Castilla nunca fue lo suficientemente grande para proporcionar los soldados necesarios para sostener el Imperio. Tras el matrimonio del Rey con María Tudor, Inglaterra y España fueron aliados.

España no consiguió tener paz al llegar al trono el agresivo Enrique II de Francia en 1547, que inmediatamente reanudó los conflictos con España. Felipe II prosiguió la guerra contra Francia, aplastando al ejército francés en la Batalla de San Quintín, en Picardía, en 1558 y derrotando a Enrique de nuevo en la Batalla de Gravelinas. La Paz de Cateau-Cambrésis, firmada en 1559, reconoció definitivamente las reclamaciones españolas en Italia. En las celebraciones que siguieron al Tratado, Enrique II murió a causa de una herida producida por un trozo de madera de una lanza. Francia fue golpeada durante los siguientes años por una guerra civil que ahondó en las diferencias entre católicos y protestantes dando a España ocasión de intervenir en favor de los católicos y que le impidió competir con España y la Casa de Habsburgo en los juegos de poder europeos. Liberados de la oposición francesa, España vio el apogeo de su poder y de su extensión territorial en el periodo entre 1559 y 1643.

La bancarrota de 1557 supuso la inauguración del consorcio de los bancos genoveses, lo que llevó al caos a los banqueros alemanes y acabó con la preponderancia de los Fúcares como financieros del Estado español. Los banqueros genoveses suministraron a los Habsburgo crédito fluido e ingresos regulares.

Mientras tanto la expansión ultramarina continuaba: Florida fue colonizada en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés al fundar San Agustín, y al derrotar rápidamente un intento ilegal del capitán francés Jean Ribault y 150 hombres de establecer un puesto de aprovisionamiento en el territorio español. San Agustín se convirtió rápidamente en una base estratégica de defensa para los barcos españoles llenos de oro y plata que regresaban desde los dominios de las Indias.

En Asia, el 27 de abril de 1565, se estableció el primer asentamiento en Filipinas por parte de Miguel López de Legazpi y se puso en marcha la ruta de los Galeones de Manila (Nao de la China). Manila se fundó en 1572.

Después del triunfo de España sobre Francia y el comienzo de las guerras de religión francesas, la ambición de Felipe II aumentó. En el Mediterráneo el Imperio Otomano había puesto en entredicho la hegemonía española, perdiéndose Trípoli (1531) y Bugía (1554) mientras la piratería berberisca y otomana se recrudecía. En 1565, sin embargo, el auxilio español a los sitiados Caballeros de San Juan salvó Malta, infligiendo una severa derrota a los turcos.

La muerte de Solimán el Magnífico y su sucesión por parte del menos capacitado Selim II, envalentonó a Felipe II y éste declaró la guerra al mismo Sultán. En 1571, la Santa Liga, formada por Felipe II, Venecia y el Papa Pío V, se enfrentó al Imperio Otomano, con una flota conjunta mandada por Don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I, que aniquiló la flota turca en la decisiva Batalla de Lepanto.

La derrota acabó con la amenaza turca en el Mediterráneo e inició un periodo de decadencia para el Imperio Otomano. Esta batalla aumentó el respeto hacia España y su soberanía fuera de sus fronteras y el Rey asumió la carga de dirigir la Contrarreforma.

El tiempo de alegría en Madrid duró poco. En 1566, los calvinistas habían iniciado una serie de revueltas en los Países Bajos que provocaron que el rey enviase al Duque de Alba a la zona. En 1568, Guillermo I de Orange-Nassau encabezó un intento fallido de echar al Duque de Alba del país. Estas batallas se consideran como el inicio de la Guerra de los Ochenta Años, que concluyó con la independencia de las Provincias Unidas. Felipe II, que había recibido de su padre la herencia de los territorios de la Casa de Borgoña (Países Bajos y Franco Condado), para que la poderosa Castilla defendiese de Francia el Imperio, se vio obligado a restaurar el orden y mantener su dominio sobre estos territorios. En 1572, un grupo de navíos holandeses rebeldes conocidos como los watergeuzen, tomaron varias ciudades costeras, proclamaron su apoyo a Guillermo I y rechazaron el gobierno español.

Para España la guerra se convirtió en un asunto sin fin. En 1574, los Tercios de Flandes, bajo el mando de Luis de Requesens, fueron vencidos en el Asedio de Leiden después de que los holandeses rompieran los diques, causando inundaciones masivas.

En 1576, abrumado por los costes del mantenimiento de un ejército de 80.000 hombres en los Países Bajos y de la inmensa flota que venció en Lepanto, unidos a la creciente amenaza de la piratería en el Atlántico y especialmente a los naufragios que reducían las llegadas de dinero de las colonias americanas, Felipe II se vio obligado a declarar una suspensión de pagos (que fue interpretada como bancarrota).

El ejército se amotinó no mucho después, apoderándose de Amberes y saqueando el sur de los Países Bajos, haciendo que varias ciudades, que hasta entonces se habían mantenido leales, se unieran a la rebelión. Los españoles eligieron la vía de la negociación y consiguieron pacificar la mayor parte de las provincias del sur con la Unión de Arras en 1579.

Este acuerdo requería que todas las tropas españolas abandonasen aquellas tierras, lo que fortaleció la posición de Felipe II cuando en 1580 murió sin descendientes directos el último miembro de la familia real de Portugal, el cardenal Enrique I de Portugal. El Rey de España, hijo de Isabel de Portugal y por tanto nieto del rey Manuel I hizo valer su reclamación al trono portugués, y en junio envió al Duque de Alba y su ejército a Lisboa para asegurarse la sucesión. El otro pretendiente, Don Antonio, se replegó a las Azores, donde la armada de Felipe terminó de derrotarle.

La unificación temporal de la Península Ibérica puso en manos de Felipe II el imperio portugués, es decir, la mayor parte de los territorios explorados del Nuevo Mundo además de las colonias comerciales en Asia y África. En 1582, cuando el Rey devolvió la corte a Madrid desde Lisboa, donde estaba asentada temporalmente para pacificar su nuevo reino, se produjo la decisión de fortalecer el poderío naval español.

España estaba todavía renqueante de la bancarrota de 1576. En 1584, Guillermo I de Orange-Nassau fue asesinado por un católico trastornado. Se esperaba que la muerte del líder popular de la resistencia significara el fin de la guerra, pero no fue así. En 1586, la reina Isabel I de Inglaterra envió apoyo a las causas protestantes en los Países Bajos y Francia, y Sir Francis Drake lanzó ataques contra los los puertos y barcos mercantes españoles en el Caribe y el Pacífico, además de un ataque especialmente agresivo contra el puerto de Cádiz.

En 1588, confiando en acabar con los entrometimientos de Isabel I, Felipe II envió la «Armada Invencible» a atacar a Inglaterra. La resistencia de la flota inglesa, una serie de fuertes tormentas, problemas de coordinación entre los ejércitos implicados e importantes fallos logísticos en los aprovisionamientos que la flota había de hacer en los Países Bajos provocaron la derrota de la Armada española.

No obstante, la derrota del contraataque inglés contra España, dirigido por Drake y Norris en 1589, marcó un punto de inflexión en la Guerra anglo-española a favor de España. A pesar de la derrota de la Gran Armada, la flota española siguió siendo la más fuerte en los mares de Europa durante años, a pesar de que en 1639, fue derrotada por los holandeses en la batalla naval de las Dunas, cuando una visiblemente exhausta España empezaba a debilitarse.

España se involucró en las guerras de religión francesas tras la muerte de Enrique II. En 1589, Enrique III de Francia, el último del linaje de los Valois, murió a las puertas de París. Su sucesor, Enrique IV de Francia y III de Navarra, el primer Borbón rey de Francia, fue un hombre muy habilidoso, consiguiendo victorias clave contra la Liga Católica en Arques (1589) y en Ivry (1590). Comprometidos con impedir que Enrique IV tomara posesión del trono francés, los españoles dividieron su ejército en los Países Bajos e invadieron Francia en 1590. Implicada en múltiples frentes, la potencia hispana no pudo imponer su política en el país galo y finalmente se llegó a un acuerdo en la Paz de Vervins.

Se ha mostrado en varias obras literarias y especialmente en películas el agobio causado por la continua piratería contra sus barcos en el Atlántico y la consecuente disminución de los ingresos del oro de las Indias. Sin embargo, investigaciones más profundas indican que esta piratería realmente consistía en varias decenas de barcos y varios cientos de piratas, siendo los primeros de escaso tonelaje, por lo que no podían enfrentarse con los galeones españoles, teniéndose que conformar con pequeños barcos o los que pudieran apartarse de la flota. En segundo lugar está el dato según el cual, durante el siglo XVI, ningún pirata ni corsario logró hundir galeón alguno; además de unas 600 flotas fletadas por España (dos por año durante unos 300 años) sólo dos cayeron en manos enemigas y ambas por marinas de guerra no por piratas ni corsarios. Los ataques corsarios en todo caso, entre los cuales destacó Francis Drake causaron serios problemas de seguridad tanto para las flotas como para los puertos, lo que obligó al establecimiento de un sistema de convoys así como al incremento exponencial en gastos defensivos destinados al entrenamiento de milicias y a la construcción de fortificaciones. Sin embargo fueron las inclemencias meteorológicas las que bloquearon con mayor gravedad todo el comercio entre América y Europa. Más grave era la piratería mediterránea, perpetrada por berberiscos, que tenía un volumen diez o más veces superior a la atlántica y que arrasó toda la costa mediterránea así como a las Canarias, bloqueando a menudo las comunicaciones con este Archipiélago y con las posesiones en Italia.

Pese a todos los ingresos provenientes de América, España se vio forzada a declararse en bancarrota en 1596.

El sucesor de Felipe II, Felipe III, subió al trono en 1598. Era un hombre de inteligencia limitada y desinteresado por la política, prefiriendo dejar a otros tomar decisiones en vez de tomar el mando. Su valido fue el Duque de Lerma, quien nunca tuvo interés por los asuntos de su país aliado, Austria.

Los españoles intentaron librarse de los numerosos conflictos en lo que estaban involucrados, primero firmando la Paz de Vervins con Francia en 1598, reconociendo a Enrique IV (católico desde 1593) como Rey de Francia, y restableciendo muchas de las condiciones de la Paz de Cateau-Cambrésis. Con varias derrotas consecutivas y una guerra de guerrillas inacabable contra los católicos apoyados por España en Irlanda, Inglaterra aceptó negociar en 1604, tras la ascensión al trono del Estuardo Jacobo I.

La paz con Francia e Inglaterra implicó que España pudiera centrar su atención y energías para restituir su dominio en las provincias holandesas. Los holandeses, encabezados por Mauricio de Nassau, el hijo de Guillermo I, tuvieron éxito en la toma de algunas ciudades fronterizas en 1590, incluyendo la fortaleza de Breda. A esto se sumaron las victorias ultramarinas holandesas que ocuparan las colonias portuguesas (y por tanto españolas) en Oriente, tomando Ceilán (1605), así como otras islas de las especias (entre 1605 y 1619), estableciendo Batavia como centro de su imperio en Oriente.

Después de la paz con Inglaterra, Ambrosio Spinola, como nuevo general al mando de las fuerzas españolas, luchó tenazmente contra los holandeses. Spinola era un estratega de una capacidad similar a la de Mauricio, y únicamente la nueva bancarrota de 1607 evitó que conquistara los Países Bajos. Atormentados por unas finanzas ruinosas, en 1609 se firmó la Tregua de los Doce Años entre España y las Provincias Unidas. La Pax Hispanica era un hecho.

España tuvo una notable recuperación durante la tregua, ordenando su economía y esforzándose por recuperar su prestigio y estabilidad antes de participar en la última guerra en que actuaría como potencia principal. Estos avances se vieron ensombrecidos por la expulsión de los moriscos entre 1611 y 1614 que dañaron gravemente a la Corona de Aragón, privando al imperio de una importante fuente de riqueza.

En 1618 el Rey reemplazó a Spinola por Baltasar de Zúñiga, veterano embajador en Viena. Éste pensaba que la clave para frenar a una Francia que resurgía y eliminar a los holandeses era una estrecha alianza con los Habsburgo austriacos. Ese mismo año comenzando con la Defenestración de Praga, Austria y el Emperador Fernando II se embarcaron en una campaña contra Bohemia y la Unión Protestante. Zúñiga animó a Felipe III a que se uniera a los Habsburgo austriacos en la guerra, y Ambrosio Spinola fue enviado en cabeza de los Tercios de Flandes a intervenir. De esta manera, España entró en la Guerra de los Treinta Años.

En 1621 el inofensivo y poco eficaz Felipe III murió y subió al trono su hijo Felipe IV.

Al año siguiente, Zúñiga fue sustituido por Gaspar de Guzmán, más conocido por su título de Conde-Duque de Olivares, un hombre honesto y capaz, que creía que el centro de todas las desgracias de España eran las Provincias Unidas. Ese mismo año se reanudó la guerra con los Países Bajos. Los bohemios fueron derrotados en la Batalla de la Montaña Blanca en 1621, y más tarde en Stadtlohn en 1623.

Mientras, en los Países Bajos, Spinola tomó la fortaleza de Breda en 1625. La intervención de Cristián IV de Dinamarca en la guerra inquietó a muchos —Cristian IV era uno de los pocos monarcas europeos que no tenía problemas económicos—, pero las victorias del general imperial Albrecht von Wallenstein sobre los daneses en la Batalla del puente de Dessau y de nuevo en Lutter, ambas en 1626, eliminaron tal amenaza.

Había esperanza en Madrid acerca de que los Países Bajos pudiesen ser reincorporados al Imperio, y tras la derrota de los daneses, los protestantes en Alemania parecían estar acabados. Francia estaba otra vez envuelta en sus propias inestabilidades (el asedio de La Rochelle comenzó en 1627) y la superioridad de España parecía irrefutable. El Conde-Duque de Olivares afirmó «Dios es español y está de parte de la nación estos días», y muchos de los rivales de España parecían estar infelizmente de acuerdo.

Olivares era un hombre avanzado para su tiempo y se dio cuenta de que España necesitaba una reforma que a su vez necesitaba de la paz. La destrucción de las Provincias Unidas se añadió a sus necesidades, ya que detrás de cualquier ataque a los Habsburgo había dinero holandés. Spinola y el ejército español se concentraron en los Países Bajos y la guerra pareció marchar a favor de España, retomándose Breda. En ultramar se combatió también a la flota holandesa, que amenazaba las posesiones españolas. Así, la presencia holandesa en Taiwán y su amenaza sobre las Filipinas llevó a la ocupación del norte de la isla, fundándose la ciudad de Santísima Trinidad (actual Keelung) en el año 1626 y Castillo (actual Tamsui) en 1629.

1627 acarreó el derrumbamiento de la economía castellana. Los españoles habían devaluado su moneda para pagar la guerra y la inflación explotó en España como antes lo había hecho en Austria. Hasta 1631, en algunas partes de Castilla se comerció con el trueque, debido a la crisis monetaria, y el gobierno fue incapaz de recaudar impuestos del campesinado de las colonias. Los ejércitos españoles en Alemania optaron por pagarse a sí mismos. Olivares fue culpado por una vergonzosa e infructuosa guerra en Italia. Los holandeses habían convertido su flota en una prioridad durante la Tregua de los Doce Años y amenazaron el comercio marítimo español, del cual España era totalmente dependiente tras la crisis económica; en 1628 los holandeses acorralaron a la Flota de Indias provocando el Desastre de Matanzas, el cargamento de metales preciosos que era fundamental para el sostenimiento del esfuerzo bélico del Imperio fue capturado y la flota que lo transportaba totalmente destruida, con parte de las riquezas obtenidas los holandeses iniciaron una exitosa invasión de Brasil.

La Guerra de los Treinta Años también se agravó cuando, en 1630, Gustavo II Adolfo de Suecia desembarcó en Alemania para socorrer el puerto de Stralsund, último baluarte continental de los alemanes beligerantes contra el Emperador. Gustavo II Adolfo marchó hacia el sur y obtuvo notables victorias en Breitenfeld y Lützen, atrayendo numerosos apoyos para los protestantes allá donde iba.

La situación para los católicos mejoró con la muerte de Gustavo II Adolfo precisamente en Lützen en 1632 y la victoria en la Batalla de Nördlingen en 1634. Desde una posición de fuerza, el Emperador intentó pactar la paz con los estados hastiados de la guerra en 1635. Muchos aceptaron, incluidos los dos más poderosos: Brandeburgo y Sajonia. Francia se perfiló entonces como el mayor problema.

El Cardenal Richelieu había sido un gran aliado de los holandeses y los protestantes desde el comienzo de la guerra, enviando fondos y equipamiento para intentar fragmentar la fuerza de los Habsburgo en Europa. Richelieu decidió que la Paz de Praga, recientemente firmada, era contraria a los intereses de Francia y declaró la guerra al Sacro Imperio Romano Germánico y a España dentro del periodo establecido de paz. Las fuerzas españolas, más experimentadas, obtuvieron éxitos iniciales: Olivares ordenó una campaña relámpago en el norte de Francia desde los Países Bajos españoles, confiando en acabar con el propósito del rey Luis XIII y derrocar a Richelieu.

En 1636, las fuerzas españolas avanzaron hacia el sur hasta llegar a Corbie, amenazando París y quedando muy cerca de terminar la guerra a su favor. Después de 1636, Olivares tuvo miedo de provocar otra bancarrota y el ejército español no avanzó más. En la derrota naval de las Dunas en 1639, la flota española fue aniquilada por la armada holandesa, y los españoles se encontraron incapaces de abastecer a sus tropas en los Países Bajos.

En 1643 el ejército de Flandes, que constituía lo mejor de la infantería española, se enfrentó a un contraataque francés en Rocroi liderado por Luis II de Borbón, Príncipe de Condé. Aunque fuentes francesas decimonónicas y sobre todo las fuentes originales, siempre informaron de que los españoles, liderados por Francisco de Melo, no fueron ni mucho menos arrasados, la propaganda gala logró un notable éxito mitificando aquella victoria. La infantería española fue seriamente dañada pero no destruida, mil muertos y dos mil heridos de un total de 6 000 soldados de los tercios, los tercios resistieron tres ataques conjuntos de la infantería, artillería y caballería francesas sin perder la integridad. Agotados ambos bandos, se acabó negociando la rendición y el asedio fue levantado. La batalla tuvo pocas repercusiones a corto plazo, pero un impacto tremendo a nivel propagandístico.

La gran habilidad del cardenal Mazarino para manejar esa victoria logró dañar la reputación de los Tercios de Flandes, creando un mito que aún permanece; el de una victoria en la que, para saber el número de enemigos al que se enfrentaron, los franceses sólo tenían que Contar los muertos. Tradicionalmente, los historiadores señalan la Batalla de Rocroi como el fin del dominio español en Europa y el cambio del transcurso de la Guerra de los treinta años favorable a Francia.

Durante el reinado de Felipe IV y concretamente a partir de 1640 hubo múltiples secesiones y sublevaciones de los distintos territorios que se encontraban bajo su cetro. Entre ellas, la guerra de Separación de Portugal, la rebelión de Cataluña (ambos conflictos iniciados en 1640), la conspiración de Andalucía (1641) y los distintos incidentes acaecidos en Navarra, Nápoles y Sicilia a finales de la década de 1640. A estos hechos se sumaban los distintos frentes extrapeninsulares: la guerra de los Países Bajos (reanudada en 1621 tras expirar la Tregua de los Doce Años) y la guerra de los Treinta Años. A su vez, el enfrentamiento con Francia en esta última (desde 1635) quedó conectado con el problema catalán.

Portugal se había rebelado en 1640 bajo el liderazgo de Juan de Braganza, pretendiente al trono. Éste había recibido un apoyo general de pueblo portugués, y los españoles que tenían múltiples frentes abiertos fueron incapaces de responder. Españoles y portugueses mantuvieron un estado de paz de facto entre 1641 y 1657. Cuando Juan IV murió, los españoles intentaron luchar por Portugal contra su hijo Alfonso VI de Portugal, pero fueron derrotados en la batalla de Ameixial (1663) y en la batalla de Montes Claros (1665), lo que llevó a España a reconocer la independencia portuguesa en 1668.

En 1648 los españoles firmaron la paz con los holandeses y reconocieron la independencia de las Provincias Unidas en la Paz de Westfalia, que acabó al mismo tiempo con la Guerra de los Ochenta Años y la Guerra de los Treinta Años. A esto le siguió la expulsión de Taiwán y la pérdida de Tobago, Curaçao y otras islas en el mar Caribe.

La guerra con Francia continuó once años más ya que Francia quería acabar totalmente con España y no darle la oportunidad de que se "recuperara". La economía española estaba tan debilitada que el Imperio era incapaz de hacerle frente. La sublevación de Nápoles fue sofocada en 1648 y la de Cataluña en 1652 y además se obtuvo una victoria contra los franceses en la batalla de Valenciennes (1656, última de las victorias españolas), pero el fin efectivo de la guerra vino en la batalla de las Dunas (o de Dunquerque) en 1658, en la que el ejército francés bajo el mando del vizconde de Turenne y con la ayuda de un importante ejército inglés, derrotó a los restos de los Tercios de Flandes. España aceptó firmar la Paz de los Pirineos en 1659, en la que cedía a Francia el Rosellón, la Cerdaña y algunas plazas de los Países Bajos como Artois. Además se pactó el matrimonio de una infanta española con Luis XIV.

En los últimos años del reinado de Felipe IV, concluidos los grandes conflictos, Felipe IV pudo concentrarse en el frente portugués. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Meses antes de su muerte (ocurrida en Madrid, el 17 de septiembre de 1665), la derrota en la batalla de Villaviciosa (17 de junio) permitía vaticinar la pérdida de Portugal. La situación en España no era más halagüeña, y la crisis humana, material y social afectaba profundamente a las regiones del interior.

España tenía un inmenso imperio en ultramar (ahora reducido por la separación de Portugal y su imperio así como por ataques franceses e ingleses), pero Francia era ahora la primera potencia en Europa.

A la muerte de Felipe IV, su hijo Carlos II tenía sólo cuatro años, por lo que su madre Mariana de Austria gobernó como regente. Ésta acabó por entregarle las tareas de gobierno a un valido, el padre Nithard, un jesuita austriaco. El reinado de Carlos II puede dividirse en dos partes. La primera abarcaría de 1665 a 1679 y estaría caracterizada por el letargo económico y las luchas de poder entre los validos del Rey, el padre Nithard y Fernando de Valenzuela, con el hijo ilegítimo de Felipe IV, Don Juan José de Austria. Éste último dio un golpe de Estado en 1677 que obligó al monarca a expulsar a Nithard y a Valenzuela del gobierno.

La segunda parte comenzaría en 1680 con la toma de poder del Duque de Medinaceli como valido. Se propuso una nueva política económica devaluando la moneda, lo que permitió acabar con las subidas de precios y ayudó a recuperar lentamente la economía. En 1685, llegó al poder el Conde de Oropesa, que propuso un presupuesto fijo para los gastos de la Corte como medio para evitar nuevas bancarrotas.

Las últimas décadas del siglo XVII vieron una decadencia y estancamiento totales en España; mientras el resto de Europa se embarcaba en tremendos cambios en los gobiernos y las sociedades —la Revolución de 1688 en Inglaterra y el reinado del Rey Sol en Francia—, España continuaba a la deriva. La burocracia que se había constituido alrededor de Carlos I y Felipe II demandaba un monarca fuerte y trabajador; la debilidad y dejadez de Felipe III y Felipe IV contribuyeron a la decadencia española. Carlos II era retrasado e impotente, y murió sin un heredero en 1700.

Pero Felipe V no tenía intención de acaparar España para él y sus allegados como pretendió hacer Felipe el Hermoso, él quería ser un buen monarca pese a las muchas diferencias que tenía con su nuevo pueblo. Tanto es así que tras el famoso discurso que pronunció el marqués de Castelldosrius, embajador de España en Francia, Felipe no comprendió nada, ni siquiera la famosa frase «Ya no hay Pirineos»; porque no sabía español y fue su abuelo Luis XIV quien debió interceder por él; pero al finalizar su réplica al embajador, el Rey Sol le dijo al futuro rey «Sed un buen español». Aquel joven de 17 años cumplió toda su vida con aquel mandato.

El deseo de las otras potencias por España y sus posesiones no podía quedar zanjado con el testamento real. Por lo que los confrontamientos eran casi inevitables; el Archiduque Carlos de Austria no se resignó, lo que dio lugar a la Guerra de Sucesión (1702–1713).

Esta guerra y las negligencias cometidas en ella llevaron a nuevas derrotas para las armas españolas, llegando incluso al propio territorio peninsular. Así se perdió Orán, Menorca y la más dolorosa y prolongada: Gibraltar, donde había únicamente 50 españoles defendiéndolo contra la flota anglo-holandesa.

En el Tratado de Utrecht (11 de abril de 1713), las potencias europeas decidían cuál iba a ser el futuro de España en cuanto al equilibrio de poder. El nuevo rey de la casa de Borbón, Felipe V, mantuvo el imperio de ultramar, pero cedió Sicilia y parte del Milanesado a Saboya; y Gibraltar y Menorca a Inglaterra y los otros territorios continentales (los Países Bajos españoles, Nápoles, Milán y Cerdeña) a Austria. Además significó la separación definitiva de las coronas de Francia y España, y la renuncia de Felipe V a sus derechos sobre el trono francés. Con esto, el Imperio le daba la espalda a los territorios europeos. Asimismo, se garantizaba a Inglaterra el tráfico de esclavos durante treinta años («asiento de negros»).

Con el monarca Borbón se modificó toda la organización territorial del Estado con una serie de decretos llamados Decretos de Nueva Planta eliminándose fueros y privilegios de los antiguos reinos peninsulares y unificándose todo el Estado Español al dividirlo en provincias llamadas Capitanías Generales a cargo de algún oficial y casi todas ellas gobernadas con las mismas leyes; con esto se consiguió homogenizar y centralizar el Estado Español utilizando el modelo territorial de Francia.

Por otra parte con Felipe V llegaron ideas mercantilistas francesas basadas en una monarquía centralizada, puesta en funcionamiento en América lentamente. Sus mayores preocupaciones fueron romper el poder de la aristocracia criolla y también debilitar el control territorial de la Compañía de Jesús: los jesuitas fueron expulsados de la América española en 1767. Además de los ya establecidos consulados de Ciudad de México y Lima, se estableció el de Vera Cruz.

Entre 1717 y 1718 las instituciones para el gobierno de las Indias, el Consejo de Indias y la Casa de la Contratación, se trasladaron de Sevilla a Cádiz, que se convirtió en el único puerto de comercio con las Américas.

Los órganos ejecutivos fueron reformados creando las secretarías de estado que serían el embrión de los ministerios. Se reformó el sistema de aduanas y aranceles y el contributivo, se creó el catastro (pese a no llegar a reformarse totalmente la política contributiva) se reestructuró el Ejército de Tierra en regimientos en lugar de en tercios...; pero quizá el gran logro fue la unificación de las distintas flotas y arsenales en la Armada. A estas reformas se dedicaron hombres como José Patiño, José Campillo o Zenón de Somodevilla, que fueron ejemplos de meritocracia y algunos de los mejores expertos en material naval de su época.

A estas reformas le siguió una nueva política expansionista que buscaba recuperar las posiciones perdidas. Así, en 1717 la armada española recobró Cerdeña y Sicilia, que tuvo que abandonar pronto ante la coalición de Austria, Francia, Gran Bretaña y Holanda, que vencieron en Cabo Pessaro. Sin embargo la diplomacia española, apoyada por los Pactos de Familia con sus parientes franceses, lograría que la corona del Reino de las Dos Sicilias recayera en el segundo hijo del rey español. La nueva rama dinástica sería conocida posteriormente como Borbón-Dos Sicilias.

Una de las victorias españolas más importantes de todo el periodo colonial en América, y sin duda la más trascendente del Siglo XVIII, fue la de la Batalla de Cartagena de Indias en 1741 (ver Guerra de la Oreja de Jenkins) en la que una colosal flota de 186 buques ingleses con 23.600 hombres a bordo atacaron el puerto español de Cartagena de Indias (hoy Colombia). Esta acción naval fue la más grande de la historia de la marina inglesa, y la segunda más grande de todos los tiempos después de la Batalla de Normandía. Tras dos meses de intenso fuego de cañón entre los buques ingleses y las baterías de defensa de la Bahía de Cartagena y del Fuerte de San Felipe de Barajas, los asaltantes se batieron en retirada tras perder 50 navíos y 18.000 hombres. La acertada estrategia del gran almirante español Blas de Lezo fue determinante para contener el ataque inglés y lograr una victoria que supuso la prolongación de la supremacía naval española hasta principios del siglo XIX. Tras la derrota, los ingleses prohibieron la difusión de la noticia y la censura fue tan tajante que pocos libros de historia ingleses contienen referencias a esta trascendental contienda naval. Incluso en nuestros días poco se sabe de esta gran batalla, frente al muy conocido episodio de Trafalgar o incluso al de la Armada invencible.

España también se enfrentó con Portugal por la Colonia del Sacramento en el actual Uruguay, que era la base del contrabando británico por el Río de la Plata. En 1750 Portugal cedió la colonia a España a cambio de siete de las treinta reducciones guaraníes de los jesuitas en la frontera con Brasil. Los españoles tuvieron que expulsar a los jesuitas, generando un conflicto con los guaraníes que duró once años.

El desarrollo del comercio naval promovido por los Borbones en América fue interrumpido por la flota británica durante la Guerra de los Siete Años (1756–1763) en la que España y Francia se enfrentaron a Gran Bretaña y Portugal por conflictos coloniales. Los éxitos españoles en el norte de Portugal se vieron eclipsados por la toma inglesa de La Habana y Manila. Finalmente, el Tratado de París (1763) puso fin a la guerra. Con esta paz, España recuperó Manila y La Habana, aunque tuvo que devolver Sacramento. Además Francia entregó a españa la Luisiana al oeste del Misisipi, incluida su capital, Nueva Orleáns, y España cedió la Florida a Gran Bretaña.

En cualquier caso, el siglo XVIII fue un periodo de prosperidad en el imperio de ultramar gracias al crecimiento constante del comercio, sobre todo en la segunda mitad del siglo debido a las reformas borbónicas. Las rutas de un solo barco en intervalos regulares fueron lentamente reemplazando la antigua costumbre de enviar a las flotas de Indias, y en la década de 1760, había rutas regulares entre Cádiz, La Habana y Puerto Rico, y en intervalos más largos con el Río de la Plata, donde se había creado un nuevo virreinato en 1776. El contrabando, que fue el cáncer del imperio de los Habsburgo, declinó cuando se pusieron en marcha los navíos de registro.

En 1777 una nueva guerra con Portugal acabó con el tratado de San Ildefonso, por el que España recobraba Sacramento y ganaba las islas de Annobon y Fernando Poo, en aguas de Guinea, a cambio de retirarse de sus nuevas conquistas en Brasil.

Posteriormente, dos hechos conmocionaron la América española y al mismo tiempo demostraron la elasticidad y resistencia del nuevo sistema reformado: el alzamiento de Túpac Amaru en Perú en 1780 y la rebelión en Venezuela. Las dos, en parte, eran reacciones al mayor centralismo de la administración borbónica.

En la década de 1780 el comercio interior en el Imperio volvió a crecer y su flota se hizo mucho mayor y más rentable. El fin del monopolio de Cádiz para el comercio americano supuso el renacimiento de las manufacturas españolas. Lo más notable fue el rápido crecimiento de la industria textil en Cataluña, que a finales de siglo mostraba signos de industrialización con una sorprendente y rápida adopción de máquinas mecánicas para hilar, convirtiéndose en la más importante industria textil del Mediterráneo. Esto supuso la aparición de una pequeña pero políticamente activa burguesía en Barcelona. La productividad agraria se mantuvo baja a pesar de los esfuerzos por introducir nueva maquinaria para una clase campesina muy explotada y sin tierras.

La recuperación gradual de las guerras se vio de nuevo interrumpida por la participación española en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1779–1783), en apoyo de los Estados sublevados y los consiguientes enfrentamientos con Gran Bretaña. El Tratado de Versalles de 1783 supuso de nuevo la paz y la recuperación de Florida y Menorca (consolidando la situación, puesto que habían sido recuperadas previamente por España) así como el abandono británico de Campeche y la Costa de los Mosquitos en el Caribe. Sin embargo, España fracasó al intentar recuperar Gibraltar después de un duradero y persistente sitio, y tuvo que reconocer la soberanía británica sobre las Bahamas, donde se habían instalado numerosos partidarios del rey procedentes de las colonias perdidas, y el Archipiélago de San Andrés y Providencia, reclamado por España pero que no había podido controlar.

Mientras, con la Convención de Nutka (1791), se resolvió la disputa entre España y Gran Bretaña acerca de los asentamientos británicos y españoles en la costa del Pacífico, delimitándose así la frontera entre ambos países. También en ese año el Rey de España ordenó a Alejandro Malaspina buscar el Paso del Noroeste (Expedición Malaspina).

Las reformas económicas e institucionales produjeron sus frutos, militarmente hablando, cuando se derrotó a los ingleses durante la Guerra de la oreja de Jenkins en su intento de conquistar la estratégica plaza de Cartagena de Indias.

Como resultado, la España del XVIII fue una potencia de nivel medio en los juegos de poder, sin su antiguo nivel de superpotencia. Su extenso imperio en las Indias le daba una notable relevancia y, aunque era mayor en Europa la importancia de Francia, de Inglaterra o de Austria, aún mantenía la más importante flota del mundo y su moneda era la más fuerte.

A pesar de que el imperio español no había recuperado su antiguo esplendor, sí se había rehecho considerablemente de los días oscuros de principios de siglo, en los que estaba a merced de otras potencias. El ser un siglo principalmente pacífico bajo la nueva monarquía, permitió reconstruir y comenzar un largo proceso de modernización de las instituciones y la economía. El declive demográfico del XVII se había invertido, aunque fue necesario incentivar las inmigraciones de otros países europeos, fundamentalmente de alemanes y suizos. Pero todo iba a quedar ensombrecido por el tumulto que iba a ocupar a Europa con el cambio de siglo: las Guerras Revolucionarias Francesas y las Guerras Napoleónicas.

Tras la Revolución Francesa de 1789, España se unió a los países que se aliaron para combatir la revolución. Un ejército dirigido por el general Ricardos reconquistó el Rosellón, pero apenas unos años después, en 1794 las tropas francesas les expulsaron e invadieron territorio español. El ascenso de Godoy a primer ministro supuso una política de apaciguamiento con Francia: con la paz de Basilea de 1795 se logró la retirada francesa a cambio de la mitad de la Española (lo que hoy en día es Haití).

En 1796 el tratado de San Ildefonso supuso la alianza con la Francia napoleónica contra Gran Bretaña, lo que supuso la unión de sus respectivas fuerzas armadas. El combate naval del cabo de San Vicente fue una victoria relativa para los británicos, que no supieron aprovechar, aunque en Cádiz y Santa Cruz de Tenerife la flota británica sufrió sendos fracasos. Lo más reseñable fue la pérdida de Isla Trinidad (1797) y Menorca. En 1802, se firmó la Paz de Amiens, tregua que permitió a España recobrar Menorca.

Pronto se reanudaron las hostilidades, desarrollándose el proyecto napoleónico de una invasión a través del Canal de la Mancha. Sin embargo, la destrucción de la flota aliada franco-española en la Batalla de Trafalgar (1805) arruinó el plan y minó la capacidad de España para defender y mantener su imperio. Tras la derrota de Trafalgar, España se encontró sin una Armada capaz de enfrentarse a la inglesa, y se cortó la comunicación efectiva con ultramar.

Mientras las sucesivas coaliciones eran derrotadas una y otra vez por Napoleón Bonaparte en el continente, España libró una guerra menor contra Portugal (Guerra de las Naranjas) que le permitió anexionarse Olivenza. En 1800 Francia recobró Luisiana. Cuando Napoleón decretó el Bloqueo Continental, España colaboró con Francia en la ocupación de Portugal, país que desobedeció el bloqueo. Así las tropas francesas entraron en el país, acuartelándose unidades en guarniciones de la frontera.

En 1808 Napoleón se aprovechó de las disputas entre el rey español Carlos IV y su hijo, el futuro Fernando VII, y consiguió que estos le cediesen el trono, de modo que España fue tomada por Napoleón sin disparar ni una bala.

Entonces se produjo el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808. Los españoles rebeldes a Napoleón se desplazaron al sur de España y comenzaron la conocida como Guerra de la Independencia Española que tendría un momento de optimismo con la derrota de los ejércitos franceses en la Batalla de Bailén al mando del general Castaños (la primera derrota de un ejército de Napoleón), que los españoles no supieron aprovechar, pues se desmovilizaron a continuación. El posterior contraataque francés capitaneado por Napoleón restableció la autoridad de su hermano José I de España, al que nombró rey. Los enfrentamientos continuaron, ahora con la aparición de la «guerra de guerrillas». Cuando con la ayuda inglesa España logró expulsar a los franceses, y tras la Batalla de Waterloo, Fernando VII recuperó el trono, tuvo que enfrentarse con la independencia de las colonias.

Después de sucesivas insurrecciones a lo largo de toda la era colonial, la Guerra de Independencia Hispanoamericana comenzó a desencadenarse cuando las disputas por el trono entre el rey español Carlos IV y su hijo, el futuro Fernando VII, fueron aprovechadas por Napoleón para intervenir e imponer las llamadas «abdicaciones de Bayona» de 1808, por las cuales ambos renunciaron sucesivamente al trono de España en favor finalmente de José Bonaparte, luego de lo cual Fernando quedó cautivo. Pero la intervención francesa desencadenó un levantamiento popular conocido como Guerra de la Independencia Española (1808-1814) que trajo incertidumbre sobre cuál era la autoridad efectiva que gobernaba España.

Ante la ausencia de una autoridad cierta en España y el cautiverio de Fernando VII, los pueblos hispanoamericanos, muchas veces bajo la dirección de los criollos, comenzaron una serie de insurrecciones desconociendo a las autoridades coloniales, que en las reformas previas habían quedado reducidas a meros agentes de un gobierno ahora en entredicho. El 5 de agosto de 1808 se reunió en Ciudad de México la primera junta revolucionaria ,a la que le siguieron levantamientos en todo el continente para formar juntas de autogobierno.

Las autoridades españolas en América y luego el rey Fernando VII al recuperar la corona española en 1814, negaron legitimidad a las juntas de autogobierno americanas.El virrey Fernando de Abascal, y Pablo Morillo jefe de la expedición pacificadora, fueron los principales organizadores de la defensa de la monarquía española.

Los movimientos populares de las colonias españolas profundizaron las insurrecciones para enfrentarse abiertamente al rey español en una guerra de alcance continental con el objetivo de establecer estados independientes, que generalmente devinieron en regímenes republicanos. En las Guerras de Independencia Hispanoamericana se destacaron Simón Bolívar y José de San Martín, llamados Libertadores, que condujeron los ejércitos insurrectos que derrotaron definitivamente a las tropas leales a la monarquía española, llamadas Realistas, en la batalla de Ayacucho en 1824.

A partir de la década de 1810, y luego de complejos procesos políticos, las colonias españolas en América formaron los actuales estados hispanoamericanos. El expansionismo estadounidense se hizo presente tanto sobre los últimos restos del Imperio Español (forzándose la compra de Florida por cinco millones de dólares en el año 1821 así como adquiriendo posteriormente los derechos sobre las pretensiones españolas en Oregón) como sobre los nuevos países americanos (a través de influencia económica y política y con la anexión de Texas y el norte del nuevo estado mexicano: Nuevo México, Utah, California y Nevada).

En lo que quedó del Imperio, la Guerra de la Independencia fue seguida por una monarquía absoluta (década ominosa), conflictos dinásticos, levantamientos absolutistas, pronunciamientos liberales y luchas por el poder entre facciones liberales que sólo permitieron ciertos periodos lo bastante estables para el desarrollo de una política exterior activa. Destaca entre estos el gobierno de Leopoldo O'Donnell (1856-1863), que tras una dura represión de la disidencia, pudo volver a intervenir activamente en la escena internacional: se ganó una guerra a Marruecos con las victorias de Tetuán y Wad-Ras que permitió ampliar Ceuta y recuperar la plaza de Santa Cruz de la Mar Pequeña, en la costa atlántica; se trató de pacificar Filipinas, se apoyó a Emperador de México sostenido por las potencias coloniales y junto a los franceses se envió una expedición de castigo a Conchinchina, donde habían sido asesinados varios misioneros. Paralelamente, Pedro Santana, a la cabeza de cierta facción dominicana, devolvió la hoy Republica Dominicana a un estatus colonial sólo para que los avatares de la política interna de la isla y el apoyo haitiano la hicieran perderse definitivamente en 1865.

La crisis económica derivada de la subida del precio del algodón por la Guerra de Secesión estadounidense, las malas cosechas y los pobres resultados de los intentos de modernización de la agricultura (desamortización), infraestructuras (ferrocarril) acabaron con el régimen de O'Donnell y su experiencia imperialista. Las guerras y disputas entre progresistas, liberales y conservadores, que se negaban a aceptar que el país tuviera un estatus bajo a escala internacional, se hicieron frecuentes. El descontento creciente por la inestabilidad y la perenne crisis económica llevó al estallido de una revolución que dio paso a experimentos políticos y a la Primera República Española. La posterior restauración monárquica de 1875 marcó un nuevo periodo, más favorable, cuando Alfonso XII y sus ministros tuvieron cierto éxito en recobrar el vigor de la política y el prestigio españoles, en parte por haber aceptado la realidad de las circunstancias españolas y trabajar inteligentemente.

A pesar de estos vaivenes, España había mantenido el control de los últimos fragmentos de su imperio hasta el incremento del nivel de nacionalismo y de levantamientos anticolonialistas en varias zonas, que se fueron desencadenando durante la década de 1870. Este conflicto se tornaría internacional a raíz de la implicación de los Estados Unidos, teniendo lugar a la Guerra Hispano-estadounidense de 1898, cuando una débil España se enfrentó a un Estados Unidos mucho más fuerte que necesitaba nuevos mercados para seguir ampliando su ya fuerte economía.

El desencadenante de esta guerra fue el hundimiento del acorazado Maine, del que se culpó a España (tras una agresiva campaña de prensa de William Randolph Hearst). Las últimas investigaciones no han llegado a demostrar nada de forma concluyente: ni si fue un accidente o un sabotaje externo, ni quién sería el responsable, aún así existe la teoría de que fueron los propios estadounidenses quienes provocaron el incendio en el Maine con el propósito de hundirlo, culpar a España y provocar una guerra para apoderarse de las colonias españolas, autodefiniéndose como defensores de los cubanos contra la tiranía española. Esta guerra acabó con una humillante derrota española y la independencia de Cuba. En Filipinas, los independentistas también contaron con el apoyo estadounidense. España se vio forzada a pedir un armisticio, y se firmó el Tratado de París, por el cual se renunciaba definitivamente a Cuba y se cedían a EE.UU.: Filipinas, Puerto Rico y Guam. Esta serie de sucesos son conocidos como el Desastre del 98.

Desde 1778 con el Tratado de El Pardo, por el que los portugueses cedieron a España a cambio de territorios en Sudamérica la isla de Bioko y sus islotes cercanos así como los derechos comerciales del territorio entre los ríos Níger y Ogoue, España mantenía una presencia en el Golfo de Guinea. En el siglo XIX, algunos exploradores, como Manuel Iradier, cruzaron este límite.

Mientras, los enfrentamientos en el Mediterráneo habían continuado, perdiéndose las posiciones españolas en el norte de África. En 1848, sin embargo, las tropas españolas conquistaron las Islas Chafarinas.

La pérdida de la mayor parte del Imperio Americano llevó a España a volcarse cada vez más en su dominios en África, especialmente tras la derrota contra los Estados Unidos en 1898.

En 1860, tras la guerra contra Marruecos, este país cedió Sidi Ifni por el Tratado de Wad-Ras. Las siguientes décadas de colaboración franco-española implicaron el establecimiento y la extensión de protectorados españoles al sur de la ciudad, y la soberanía española fue reconocida en la Conferencia de Berlín de 1884: España administraba Sidi Ifni y el Sáhara Occidental conjuntamente.

España reclamó también un protectorado en la costa de Guinea desde Cabo Bojador hasta Cabo Blanco. Río Muni se convirtió en un protectorado en 1885 y en colonia en 1900. Las reclamaciones conflictivas sobre Guinea fueron resueltas en el Tratado de París (1898).

En 1911, Marruecos se dividió entre franceses y españoles. El Desastre de Annual (1921) fue una grave derrota militar infligida al ejército español, compensada años después,el 8 de septiembre de 1925,por el desembarco que tuvo lugar al oeste de la bahía de Alhucemas conocido como desembarco de Alhucemas dirigida por el general y dictador español Miguel Primo de Rivera.

Entre 1926 y 1959, Bioko y Río Muni estuvieron unidas bajo el nombre de Guinea Española.

España perdió el interés de desarrollar una extensa estructura económica en las colonias africanas durante la primera parte del siglo XX. Sin embargo, España desarrolló extensas plantaciones de cacao, para lo que se introdujo a miles de nigerianos como trabajadores. Los españoles también ayudaron a Guinea Ecuatorial a alcanzar uno de los mejores niveles de alfabetización del continente y a desarrollar una red de instalaciones sanitarias.

En 1956, cuando el Protectorado francés de Marruecos se convirtió en independiente, España entregó el suyo al nuevo Marruecos independiente, pero mantuvo el control sobre Sidi Ifni, la región de Tarfaya y el Sahara Occidental. El rey de Marruecos, Mohamed V, estaba interesado en los territorios españoles y desató la Invasión del Sahara Español en 1958 por parte del ejército marroquí. Esta guerra fue conocida como Guerra de Ifni o Guerra Olvidada. Ese mismo año, España cedió a Mohamed V Tarfaya y se anexionó Saguia el Hamra (al norte) y Río de Oro (al sur) al territorio del Sahara Español.

En 1959, se le otorgó al territorio español del Golfo de Guinea el estatus de provincia española ultramarina. Como Región Ecuatorial Española, era regida por un gobernador general que ejercía los poderes militares y civiles. Las primeras elecciones locales se celebraron en 1959, y se eligieron los primeros procuradores en cortes ecuatoguineanos. Mediante la Ley Básica de diciembre de 1963, las dos provincias fueron reunificadas como Guinea Ecuatorial y dotadas de una autonomía limitada, con órganos comunes a todo el territorio (entre ellos un cuerpo legislativo) y organismos propios de cada provincia. Aunque el comisionado general nombrado por el gobierno español tenía amplios poderes, la Asamblea General de Guinea Ecuatorial tenía considerable iniciativa para formular leyes y regulaciones.

En marzo de 1968, bajo la presión de los nacionalistas ecuatoguineanos y de las Naciones Unidas, España anunció que concedería la independencia. Ya independiente en 1968, Guinea Ecuatorial tenía una de las mayores rentas per cápita de toda África. En 1969, debido a la presión internacional, España entregó Sidi Ifni a Marruecos. El dominio español en el Sahara Occidental duró hasta que en 1975 la Marcha Verde forzó la retirada española. El futuro de la antigua provincia española continúa siendo incierto.

Marruecos reclama todavía las Islas Canarias, Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía como parte del llamado Gran Marruecos. La Isla Perejil fue ocupada el 11 de julio de 2002 por la policía y las Fuerzas armadas de Marruecos, siendo más tarde expulsados sin derramamiento de sangre por el ejército español en la Operación Romeo Sierra.

La mayoría de los territorios europeos españoles se perdieron en 1713 en la Paz de Utrecht.

El matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón) supuso una única dirección de ambos reinos bajo una administración superior única, el Consejo Real. Se unificó la hacienda (pero no los impuestos), la política interior y exterior, el ejército, las órdenes militares y la Inquisición, y, en lo que no afectase a estos temas, cada reino mantuvo su propia administración, moneda, leyes etc.

De esa forma, la formación de un estado unificado al estilo de las Naciones-Estado nunca llegó a ser una realidad en España. Los Reyes Católicos introdujeron un estado moderno absolutista en sus dominios, restringiendo el poder de la nobleza, organizando su gobierno en torno a los Consejos y dividiendo el país en Reales Audiencias como órganos superiores de justicia, y manteniendo los fueros y tradiciones de sus pueblos.

La organización administrativa de las nuevas conquistas en América parte con la incorporación de las Indias a la Corona Castellana a título de "descubrimiento" (res nullius), apoyados por la donación papal. Isabel la Católica, en su testamento, refuerza la pertenencia a esta corona. Sin embargo, será el Consejo de Indias y no el Consejo de Castilla el que asesore al rey sobre las nuevas tierras. Este Consejos se convirtió en el máximo órgano administrativo sobre las colonias. El comercio con América se centralizó en la Casa de Contratación de Sevilla, restringiéndose a esta los derechos comerciales sobre el nuevo mundo, lo que supuso un impulso demográfico para Sevilla, al obligar a los comerciantes españoles y extranjeros a establecerse en Sevilla.

A la muerte de los Reyes Católicos Carlos I de España, manteniendo formalmente a su madre como reina, pasó a gobernar las nuevas tierras. Las Indias fueron incorporadas definitivamente a la Corona de Castilla en 1519.

La situación se mantuvo similar durante el reinado de Felipe II, que hereda de su padre la Corona de España, pero no la del Sacro Imperio Romano Germánico y las posesiones de los Habsburgo. Bajo su reinado, Portugal y su imperio fueron anexionados a la Monarquía Hispánica, aunque no así a la Corona de Castilla, manteniendo Portugal una posición semejante a la Corona de Aragón. Bajo los llamados Austrias Menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II) las Provincias Unidas alcanzaron una independencia de facto que les sería reconocida en 1648.

A la muerte de Carlos II, le sucede Felipe V. Dos años después de su toma de posesión, se presenta un nuevo pretendiente, Carlos de Austria, apoyado por Inglaterra y Austria, y esto provoca Guerra de Sucesión Española, que supuso, la pérdida de los reinos italianos y de lo que quedaba de los Países Bajos Españoles.

Tras la derrota del pretendiente austriaco a la sucesión del trono, el nuevo rey, Felipe V de España va publicando los decretos de Nueva Planta, diferentes para Aragón y Valencia (1707), Aragón (1711), Baleares (1715), y Cataluña (1716). En ellos, como castigo por su rebelión, deroga parte de los fueros y derechos de los territorios de la Corona de Aragón sobre los que considera tener derecho de conquista. Los decretos tenían matices y efectos diferentes según el territorio histórico (por ejemplo, Cataluña mantiene su derecho civil y parte de sus fueros e instituciones, mientras que Valencia no) y no afectaron ni al Valle de Arán, ni a Navarra ni a las Provincias Vascongadas, los cuales mantienen todos sus fueros por haber sido leales a Felipe de Anjou.

La organización de las Indias, dada su lejanía con la capital, dependía de los Virreyes y del Consejo de Indias, organismos autónomos que manejaban in situ el gobierno de las tierras.

Se convirtió en la responsable del aprovechamiento económico de las colonias americanas. Entre sus responsabilidades figuraba el cobro de los impuestos al comercio con América (entre ellos, el famoso Quinto Real), y tenía competencias en asuntos de política poblacional.

Establecida primero en Sevilla y luego en Cádiz, éstos fueron los puertos obligados de salida y entrada para el comercio de Indias. La prohibición de comerciar con América impuesta a los demás puertos españoles fue la base del crecimiento y prosperidad primero de Sevilla y luego de Cádiz, al obligar a los comerciantes españoles y extranjeros a establecerse en el puerto base de la Casa de Contratación si deseaban comerciar con América. Esto hizo que las colonias forasteras (castellanos, vascos, catalanes, gallegos, valencianos, etc.) y extranjeras (genoveses, franceses, etc.) fuesen importantes en Sevilla y Cádiz.

La integración de los territorios de la Corona en la nueva monarquía estuvo marcada por el poder hegemónico de Castilla. Como en todos los territorios no incorporados en la estructura castellana (Flandes, Indias, Nápoles, Sicilia, Navarra, Vizcaya, etc.), el Consejo de Aragón y el virrey se convierten en el centro de la administración. El Consejo Supremo de Aragón era un órgano consultivo de la corona creado en 1494, a raíz de una reforma en la cancillería real realizada por Fernando el Católico, que desde 1522 estaría integrada por un vicecanciller y seis regentes, dos para el reino de Aragón, dos para el reino de Valencia y dos para el Principado de Cataluña, Mallorca y Cerdeña. Por su parte, los virreyes asumieron funciones militares, administrativas, judiciales y financieras.

Los conflictos entre las instituciones locales y los reyes absolutistas se sucedieron a lo largo de los siglos modernos, hasta la Guerra de Sucesión. En 1521 tenían lugar las Germanías, un movimiento surgido en Valencia entre la incipiente burguesía contra su aristocracia, que se extendió hasta 1523. En Mallorca tuvo lugar en los mismo años otro movimiento similar, dirigido por Joanot Colom. La derrota final de los agermanados supuso una fuerte represión y la reafirmación del dominio señorial. Asimismo, en 1569, todos los diputados de la Generalidad de Cataluña eran encarcelados bajo la acusación de herejía, en el marco de la disputa por el pago del impuesto del excusado.

En 1591, tuvieron lugar las «alteraciones de Aragón», generadas cuando el Justicia de Aragón se niega a entregar a Felipe II al ex-secretario del rey, Antonio Pérez, condenado por la muerte del secretario de don Juan de Austria, que se había refugiado en Aragón. El monarca transgredió todos los privilegios aragoneses para apresarlo e incluso hizo ejecutar al Justicia Mayor de Aragón, Juan de Lanuza.

Durante el siglo XVII, las tensiones fueron bastante mayores. Las necesidades financieras de los monarcas les condujeron a intentar aumentar por todos los medios la presión fiscal sobre los territorios de la Corona de Aragón, tratando de igualar los impuestos en toda España. Pero los fueros garantizaban importantes protecciones frente a las pretensiones reales. Los proyectos de Unión de Armas de Olivares, que buscaban que los otros reinos compartieran las cargas bélicas de Castilla, son un ejemplo de ello.

Tras entrar en guerra la corona con Francia en 1635, el despliegue de los tercios sobre Cataluña generó graves conflictos, que desencadenaron la Guerra de los Segadores en 1640. La Generalidad de Cataluña, tratando de dominar la sublevación popular, declara la formación de una República catalana, pero, ante la imposibilidad de mantenerla, nombra a Luis XIII de Francia conde de Barcelona. El conflicto terminó con la Paz de los Pirineos (1659), por la cual el condado del Rosellón y la mitad norte del condado de la Cerdaña pasaban para siempre a dominio francés y Francia devolvía a España la Cataluña del sur de los Pirineos. Felipe IV no tomó ninguna represalia ante la traición catalana. A finales del siglo, en 1693, estallaría también en Valencia la Segunda Germanía, un alzamiento campesino y antiseñorial en torno a la partición de las cosechas.

Tras el reinado de Carlos II, la Guerra de Sucesión Española dividió el país. La antigua Corona de Aragón fue partidaria del Archiduque Carlos de Austria, cuya derrota acarrearía la supresión de sus instituciones y fueros y la extensión de la organización administrativa del Reino de Castilla por los Decretos de Nueva Planta.

Aquellos súbditos de origen europeo, nacidos en América (criollos) o en la metrópoli (peninsulares). Los españoles nunca fueron mayoritarios en ninguno de los territorios del imperio, salvo en la metrópoli. El costo demográfico para España, especialmente para la Corona de Castilla, fue apreciable, de forma que el crecimiento de población se vio anulado por la emigración a América.

El costo demográfico de las conquistas españolas fue duro: la población amerindia pasó de 80 millones al comienzo del siglo XVI a 12 millones sólo años después, a consecuencia de las las guerras de conquista, las deportaciones, los trabajos forzados y las enfermedades propagadas por los colonizadores (contra las que no tenían defensas naturales).

La defensa de los derechos de los indígenas tuvo en la Escuela de Salamanca y en Bartolomé de las Casas sus máximos exponentes. En la Junta de Valladolid de 1550, y pese a la oposición de Juan Ginés de Sepúlveda, se dictaminó que los indígenas tenían alma. Previamente, el testamento de la reina Isabel la Católica había declarado a los amerindios súbditos de la Corona de Castilla, y por tanto, no susceptibles de esclavitud, lo que propició la llegada de esclavos negros de África. Sin embargo, esta protección legal en muchos casos fue más teórica que práctica. La institución socio-económica de la encomienda, que suponía el deber del encomendero de proteger y evangelizar a los indígenas a cambio de percibir los tributos exigidos a éstos, derivo en explotación y trabajos forzados (por ejemplo, a través del sistema de mita).

En el siglo XVII, los jesuitas establecieron misiones o «reducciones» en la zona fronteriza entre el Brasil portugués y la América española con el propósito de evangelizar la región. Dichas reducciones gozaron de una gran autonomía, inspiradas en las libertades y fueros de las ciudades, aunque adaptadas al modo de vida indígena. Su existencia no fue muy bien vista por los colonos, especialmente los portugueses de Brasil, siendo motivo de tensión en la región. Tras la expulsión de los jesuitas con Carlos III, fueron desmanteladas.

A pesar de lo anterior, cabe destacar que la sociedad hispanoamericana tenía un fuerte componente mestizo que no se hallaba en las colonias francesas o británicas. Desde el principio de la conquista se dio el mestizaje entre personas de diferentes razas, lo que dio lugar a denominaciones basadas en los orígenes raciales de cada súbdito. Los mestizos, minoritarios al principio de la Colonia, estaban llamados a formar la mayoría de la población en casi todos los territorios del imperio.

La protección legal a los amerindios favoreció la importación de esclavos africanos, que llegaron a ser la mayoría de la población en algunos territorios de la cuenca del Caribe y en Brasil.

Por la gran extensión de Imperio Español por todo el mundo, su legado cultural es grande y fuerte. Desde Perú hasta las Filipinas se puede encontrar el legado de dicho Imperio colonial. La lengua española, tras el chino mandarín, es la lengua más hablada del mundo por el número de hablantes que la tienen como lengua materna. Es también idioma oficial en varias de las principales organizaciones político-económicas internacionales (UE, UA, TLCAN y UNASUR, entre otras). Lo hablan como primera y segunda lengua entre 450 y 500 millones de personas, pudiendo ser la tercera lengua más hablada considerando los que lo hablan como primera y segunda lengua. Por otro lado, el español es el segundo idioma más estudiado en el mundo tras el inglés, con al menos 17,8 millones de estudiantes, si bien otras fuentes indican que se superan los 46 millones de estudiantes distribuidos en 90 países.

Al principio



Reino de las Dos Sicilias

Bandera

El Reino de las Dos Sicilias (en italiano Regno delle Due Sicilie) es un antiguo estado de Italia meridional, creado en 1816 y anexionado por el Reino de Italia en 1861. Comprendía los territorios de Nápoles y Sicilia, con una extensión aproximada de unos 95.000 km2. Fue gobernada una rama de la Casa de Borbón española, descendiente de Carlos III de España, él mismo rey de Nápoles y de Sicilia como Carlos VII.

Dos Sicilias estaba formada por los antiguos reinos de Sicilia y Nápoles, ligados a la Corona de Aragón desde los ss. XIII y XV, respectivamente. Con el desmembramiento de la Monarquía Hispánica en el Tratado de Utrecht (1713), Nápoles y Sicilia pasaron a dominio austriaco, pero casi inmediatamente los españoles trataron de recuperarlos (Guerra de la Cuádruple Alianza). Aprovechando la Guerra de Sucesión Polaca, en 1734, Carlos de Borbón, por entonces Duque de Toscana, derrotó a los austriacos con las tropas de su padre Felipe V de España, y recuperó estos reinos para su dinastía, aunque se unirían a los dominios del Rey de España. Carlos fue reconocido de inmediato por Francia en virtud del Primer Pacto de Familia. En 1737 lo harían los Estados Pontificios y, a continuación, el resto de los Estados italianos.

A la muerte de su hermano Fernando VI de España, Carlos cedió el trono de Nápoles-Sicilia a su hijo Fernando (IV de Nápoles y III de Sicilia) en 1759 para poder ceñirse la corona española. Fernando IV de Nápoles, tras el periplo generado con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, regresó al trono napolitano y cambió la denominación Nápoles-Sicilia por Reino de las Dos Sicilias en 1816. Desde entonces fue conocido como Fernando I del Reino de las Dos Sicilias. Su nieto, Francisco II, en 1860 perdió el Reino, conquistado por Garibaldi tras la denominada expedición de los mil. Con esta conquista, el Reino de las Dos Sicilias deja de existir como estado independiente.

El origen del nombre Dos Sicilias se remonta a la llegada a Italia de Carlos I de Anjou, quien recibió del Papa el título de «Utriusque Siciliae Rex» (Rey de las Dos Sicilias). Después de la revuelta de las Vísperas sicilianas, ocurrida en el año 1282, el reino fue dividido en dos partes: la isla siciliana quedó dominada por los aragoneses y la parte continental por los Anjou. Ambos reyes se arrogaron el título de Rey de Sicilia. De aquí nacieron las denominaciones «Regno di Sicilia al di qua del faro» (Reino de Sicilia de este lado del faro) y «Regno di Sicilia al di là del faro» (Reino de Sicilia del otro lado del faro), en referencia al Faro de Messina. En el Congreso de Viena de 1816, se oficializó la unión del Reino de Sicilia y del Reino de Nápoles. Fernando I utilizó el nombre de Dos Sicilias para denominar el nuevo reino.

Las dos principales subdivisiones eran la parte continental del reino, Reali Dominii al di qua del Faro (Reales dominios de este lado del faro) y la Sicilia Reali Dominii al di là del Faro (Reales dominios del otro lado del faro). Refiriéndose al Faro de Messina.

La parte continental del Reino, los Reales dominios de este lado del faro, estaba dividido en 13 provincias: Terra di Lavoro, Principado de Citra, Principado Ultra (Actual Campania); Calabria Citerior, Calabria Ulterior (Actual Calabria); Capitanata, Terra di Bari, Terra d'Otranto (Actual Apulia); Abruzzo Citerior, Abruzzo Ulterior (Actual Abruzzos); el condado de Molise (Actual región del Molise) y la Provincia de Basilicata en Basilicata. La Sicilia era considerada una sola provincia pero a su vez estaba dividida en tres: el Val Demone, el Val di Noto y el Val di Mazara.

El 10 de mayo de 1734, durante la Guerra de Sucesión Polaca, Carlos III de España, perteneciente a la Casa de Borbón, entró en Nápoles y se coronó rey de Sicilia al año siguiente. De esta forma, conquistó todo el sur de Italia que estaba en manos de Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico. En el año 1737, la paz de Viena puso fin a la contienda y el reino de Nápoles consiguió la autonomía de España. A pesar del tratado, continuaron las hostilidades. En agosto de 1744, el ejército de Carlos III venció en la Batalla de Velletri a los austríacos, que querían reconquistar el reino.

En 1759, Carlos III abdicó en favor de su hijo, el futuro Fernando IV de Nápoles, y regresó a España para coronarse rey de España, pues su hermanastro, Fernando VI, había muerto sin descendencia y él era el siguiente en la línea de sucesión.

En el ámbito civil, la situación económica social de Nápoles a comienzos del siglo XVIII era desastrosa, por lo que Carlos III realizó un proceso de reformas de carácter ilustrado. Las primeras reformas de su reinado se basaban en la lucha contra los privilegios eclesiásticos: en el 1741 con un concordato fueron reducidos el derecho de asilo y otras inmunidades, y los bienes de la iglesia fueron subordinados a la fiscalidad.

Carlos III gobernó Nápoles durante más de medio siglo, notándose en el reino una gran alza en la producción agropecuaria y en el comercio. En 1755 fue instituida junto la Universidad de Nápoles la primera cátedra de Economía y de Astronomía del mundo.

Además, el rey trasladó la residencia real a Caserta donde construyó el Palacio Real de Caserta, actualmente Patrimonio de la Humanidad. También construyó el palacio de Portici, el museo de Capodimonte, la Capilla San Severo y el Teatro San Carlo, el más antiguo teatro de ópera activo del mundo (también Patrimonio de la Humanidad). Hizo construir un albergue para los pobres y comenzó las excavaciones en Pompeya y Herculano.

En 1759, después de la partida del rey Carlos, convertido en Rey de España, subió al trono Fernando IV de Nápoles con sólo 8 años de edad. Los principales regentes del niño fueron Domenico Cattaneo, príncipe de San Nicandro, y el marqués Bernardo Tanucci.

En 1768 Fernando IV se casó con María Carolina de Austria, hija de la emperatriz María Teresa I de Austria y hermana de María Antonieta, reina de Francia. Mientras Fernando IV sólo se preocupó de las relaciones con la Iglesia y de la construcción de obras públicas, como la Academia de Arquitectura de Nápoles o la Casa Vanvitelliana, la nueva reina participó activamente en el gobierno del reino.

En los primeros años de gobierno, María Carolina se mostró tolerante con los movimientos republicanos. Sin embargo, tras la caída de Luis XVI durante la Revolución Francesa, se unió a la Primera Coalición que formaron varios estados europeos en contra de Francia, instituyendo severas persecuciones contra todos los sospechosos de simpatizar con la causa revolucionaria francesa.

En 1796, Napoleón Bonaparte invadió Italia y venció con facilidad a las tropas austriacas y a los débiles gobiernos locales. En 1798, los franceses ocuparon Roma y los jacobinos crearon la República Romana. Fernando IV de Nápoles envió un ejército para frenar a los franceses. En un primer momento, el general napoleónico Championnet se retiró de Roma, permitiendo que el Rey Fernando IV entrase triunfalmente. Pero luego Championnet contraatacó y el ejército napolitano no fue capaz de resistir y se retiró hacia Nápoles, entregando a los franceses todas las fortalezas de los territorios septentrionales del Reino, incluyendo Gaeta.

El 8 de diciembre de 1798, Fernando IV realizó desde L'Aquila una proclama por la que llamaba a los ciudadanos a defender el reino. En su marcha hacia Nápoles, Championnet se encontró con una fuerte resistencia de campesinos en Abruzzo y Lazio destacando la que organizó Michele Pezza, apodado Fra Diavolo.

Finalmente, los franceses llegaron hasta las puertas de Nápoles. El 22 de diciembre de 1798, el Rey abandonó la capital meridional para trasladarse a Sicilia. La ciudad quedó prácticamente indefensa, a excepción de los Lázaros. La resistencia fue eficaz, según reconoció el propio general Championnet, pero inútil. Los defensores fueron bombardeados por los mismos napolitanos jacobinos que finalmente lograron tomar el Castel Sant'Elmo. Esta contienda, próxima a una guerra civil, costó la vida de 8.000 napolitanos y 1.000 franceses.

El 22 de enero de 1799, un grupo de napolitanos jacobinos entre los cuales estaban Mario Pagano, Domenico Cirillo, Nicola Fasulo, Carlo Lauberg y Giuseppe Logoteta proclamaron en el Castel Sant'Elmo la República Partenopea. Este nuevo estado se caracterizó por estar controlado por los franceses y no tener apoyo popular. La república no tuvo éxito en las provincias, porque la gente quería a Fernando y reclamaba la monarquía. A fines de enero, el cardenal Fabrizio Ruffo viajó a Palermo para presentar al rey Fernando un proyecto de reconquista del Reino de Nápoles. Aceptado el plan, el cardenal volvió a Nápoles donde contó con el apoyo de los napolitanos. Miles de hombres se prepararon para luchar contra los jacobinos en defensa de los Borbones. Ruffo creó el Ejército Católico Real, y el 13 de junio de 1799, Fernando IV restauró la monarquía borbónica.

Después de la victoria en Austerlitz el 2 de diciembre de 1805, Napoleón entró en Italia y dominó definitivamente Nápoles, declarando el fin de la dinastía Borbón y nombrando rey a su hermano José Bonaparte. Fernando volvió a escapar a Sicilia y realizó un protectorado con Gran Bretaña. En 1808, Napoleón consiguió la abdicación de los últimos borbones reinantes en Europa: Carlos IV y Fernando VII de España. José Bonaparte se marchó a España para reinar y le sucedió en Nápoles Joaquín Murat, que gobernó hasta mayo de 1815.

Después de 20 años de guerras entre la Francia napoleónica y el resto de las naciones europeas, el congreso de Viena, iniciado en el 1814 y terminado en el 1815, basó la reorganización del viejo continente en el principio de legitimidad por el que se devolvían las tierras a sus antiguos monarcas. En Italia esta política se aplicó con mucha elasticidad: la República de Génova fue agregada, en contra de su voluntad, al Reino de Piamonte-Cerdeña para formar un estado más fuerte que frenara a los franceses. La República de Venecia no fue restaurada. A pesar de haber contribuido a la derrota de Napoleón, el reino meridional no sólo no obtuvo los pretendidos señoríos papales de Benevento y Pontecorvo sino que perdió el estratégico enclave mediterráneo de la Isla de Malta en favor de Inglaterra.

El rey Fernando pagó un caro precio por recuperar su reino: debió renunciar a Malta lo cual también imponía una reducción del 10% sobre los derechos aduaneros de importación de sus productos.

También el Rey napolitano debió firmar el 12 de junio de 1815 un tratado secreto con Austria por el cual se comprometía en no cambiar las instituciones políticas del Reino y otorgarle 25 mil hombres (reducidos a 13 mil el 4 de febrero de 1819) en caso de guerra.

En acuerdo con lo que decidió el congreso de Viena, Fernando emitió un decreto por el cual unificaba los reinos de Nápoles y Sicilia en el Reino de las Dos Sicilias. Entre el 8 y 11 de diciembre del 1816, la constitución siciliana de 1812 fue reemplazada por los nuevos institutos parlamentarios independientes. El Reino de Sicilia dejó de existir y fue incorporado al recién nacido Reino de las Dos Sicilias: el rey asumió así el título de Fernando I Rey del Reino de las Dos Sicilias.

Los efectos políticos de la restauración post napoleónica tuvieron graves consecuencias en los reconstruidos estados pre unitarios italianos, especialmente en Piamonte. Sin embargo en las Dos Sicilias no fue así, Fernando I y sus ministros tuvieron el mérito de dejar intactas gran parte de las innovaciones de los franceses, así se puso a la cabeza de una modernizada monarquía administrativa. Lo que sí cambiaron fueron las relaciones con la iglesia, que volvieron a ser buenas.

Persino Tito Manzi, quien fue un exponente del gobierno de Murat, declaró que a pesar de la presencia de tropas austriacas en el reino hasta 1817, Nápoles se distinguió en el cuadro de la Restauración, como la única capital italiana donde se logró con éxito acrecentar la fuerza del Gobierno. Además se pudo concentrar firmemente el poder en las manos del soberano y organizar a la vez administraciones eficientes y funcionales, dar fuerza al estado y reducir los privilegios del clero y la nobleza.

El 1 de julio de 1820, con la noticia de que en España se había restaurado la Constitución de 1812, en Nola se rebelaron pidiendo la Constitución un grupo de militares entre los cuales estaban Michele Morelli y Giuseppe Silvati. La revuelta fue apoyada por otros generales, como Guglielmo Pepe. Fernando se vio obligado a conceder la constitución tomando el ejemplo de España y nombró su vicario a su hijo Francisco. El 1 de octubre comenzaron los trabajos del parlamento elegido a finales de agosto, en el cual prevalecieron los ideales burgueses introducidos por los franceses. Entre los actos del Parlamento se encuentran la reorganización de la administración de las provincias y comunas y medidas sobre la libertad de prensa y de culto.

Las novedades introducidas en las Dos Sicilias no fueron de agrado para las potencias europeas dado que rompían lo acordado en el Congreso de Viena. Es por eso que Francisco fue convocado a Liubliana por las potencias de la Santa Alianza. Luego del Congreso de Liubliana el reino fue invadido por las tropas austriacas, que en marzo de 1821 derrotaron al ejército constitucional napolitano comandado por Guglielmo Pepe. Fernando decidió no pelear más para restablecer el orden en el reino y no comenzar una guerra con Austria. El 23 de marzo, Nápoles fue ocupada, la constitución fue revocada y comenzaron las represiones.

Fernando I, como rey de las Dos Sicilias se encargó de construir edificios tanto para la familia real como para el pueblo. Se construyeron dos cementerios para todas las clases sociales en Palermo y en Nápoles y se ampliaron varias calles napolitanas. Restauró el Palacio Real de Nápoles y terminó los palacios de Caserta y de Portici empezados por su padre Carlos.

También construyó observatorios en Nápoles y Palermo, fundó la Academia de las Bellas Artes y de las Ciencias en Nápoles en 1778 y creó una biblioteca en Palermo. En 1779 construyó la fábrica de Granili y el año siguiente la Villa Real. Durante su reinado también se hicieron los teatros de Fiorentini, del Fondo y de San Fernando.

Durante su reinado, las Dos Sicilias se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Italia y de Europa. Se crearon escuelas gratuitas en cada comuna y en el 1779 se transformó la Casa de los Jesuitas de Nápoles en un orfanato. Se crearon las universidades de Catania en 1778 y la de Palermo en 1779. Fernando también organizó la construcción del huerto botánico de Palermo, el puerto de Nápoles, el Palacio Real de Cardito y la famosa iglesia de San Francisco de Paula en Nápoles. Además construyó puentes, canalizó ríos y en 1790 saneó el Golfo de Nápoles.

En este período el reino vivió la prosperidad económica: se redujeron los impuestos, se creó la Bolsa de cambio y se emprendieron muchos nuevos comercios, entre los cuales estaba la pesca de corales.

La creación del Reino de las Dos Sicilias, o sea, la pérdida de independencia de Sicilia, cayó muy mal a los sicilianos. Desde los tiempos de la dominación aragonesa se habían negado al sometimiento frente a gobiernos napolitanos; además Sicilia perdió su constitución del 1812, inspirada en el modelo inglés.

Este hecho exacerbó los ánimos contra los napolitanos, porque en realidad, el organismo parlamentario se remontaba al tiempo de los normandos, del cual los sicilianos estaban orgullosos y al que también todos los reyes que gobernaban la isla juraban fidelidad. Aunque en realidad, este parlamento no tenía nada de democrático, representaba la voluntad de los nobles y generalmente era manipulado por los soberanos.

Las relaciones entre los reyes borbónicos y los barones sicilianos fueron cordiales hasta el 1780, cuando dado al empuje del absolutismo reformador con los ideales del ilusionismo, el rey de Nápoles, Fernando IV envió a la isla al marqués Domenico Caracciolo para reducir el poder de Sicilia. A partir de entonces aumentaron las desconfianzas recíprocas entre los napolitanos y sicilianos: en 1778 fueron limitados los derechos de trasmisión hereditaria de los feudos, el 4 de mayo de 1789 se abolió el vasallaje personal y en 1790 fue aprobado un proyecto de un nuevo catastro, que debía ser la base de un sistema fiscal que reducía los privilegios de los barones.

Durante la ocupación francesa del Reino de Nápoles, el soberano se refugió en Sicilia con la protección del Reino Unido. En 1812 se abolió el feudalismo y fue promulgada una nueva constitución al modelo inglés. Gran Bretaña, promotora de la transformación de monarquía absoluta a monarquía constitucional deseaba apoderarse de la isla: El enviado inglés Lord Bentinck negoció con un enviado de Murat en la isla de Ponza, que el soberano francés se mantendría en el poder aunque cayera Napoleón, a cambio de que Sicilia fuera cedida a Gran Bretaña.

Después del congreso de Viena, el austriaco Klemens von Metternich defendió la restitución de Fernando I para favorecer a los intereses de Austria en el territorio meridional. A cambio de su empeño personal para que la Sicilia quedara en poder de Fernando, Metternich pidió a la casa de Borbón 2 millones de francos. El rey napolitano quiso pagar sólo 1.200.000, pero el diplomático austríaco no aceptó porque su patrimonio familiar había sido dilapidado por su padre. Gran Bretaña se conformó con poseer solamente Malta, por el hecho de que la península itálica estaba influenciada por Austria. Lo importante para Gran Bretaña era evitar la influencia francesa sobre la región.

Los sicilianos no estuvieron de acuerdo con la nueva ley de Fernando I, que reservaba para él mismo casi todas las responsabilidades administrativas de la isla. También el clero estaba en contra de la monarquía napolitana y poseía una representación política de 65 miembros en el parlamento establecido por la constitución de 1812.

En 1819 la legislación administrativa, centralizada y antifeudal fue incorporada también en Sicilia pero encontró muchísima resistencia por parte de la nobleza. Sólo en 1838 se pudo abolir el carácter patrimonial de las tierras de los barones dando fin al feudalismo.

En los años siguientes al período napoleónico el Reino de las Dos Sicilias, guiado por Fernando I y sucesivamente de su hijo Francisco I, continuó afectado por la influencia de Austria y Gran Bretaña. Bajo el reinado de Fernando II el reino se convirtió en Estado realmente independiente, aunque Francia, Austria y Gran Bretaña buscaron mantenerlo en sus esferas de influencias, dado a la posición estratégica de la península en el centro del Mar Mediterráneo.

Sucediendo en 1830 a su padre Francisco I, que había gobernado desde 1825 (En 1830 Muere Fernando I y le sucede su hijo Fernando II). Fernando II, con sólo 20 años, mostraba ya su fuerte personalidad que marcaría sus 30 años de reinado.

A los pocos meses decidió continuar el programa de resaneamiento financiero comenzado por el anterior Primer Ministro Medici: abolió los montos de más contribuciones, disminuyó drásticamente sus privilegios y bajó los impuestos. Hecho esto, dio un fuerte impulso a la economía: construyó calles, puentes y vías férreas, realizó un gran número de acuerdos comerciales, los más importantes con Gran Bretaña, Francia, Rusia, el Reino de Cerdeña, Estados Unidos, Dinamarca y Prusia. Mandó párrocos a las comunas donde no habían escuelas alimentadas para difundir una educación básica al pueblo; prohibió la mendicidad mandando a la mayor parte de los mendigos a institutos donde se les enseñaba un oficio.

Asimismo, potenció al ejército y a la marina con el intento de afirmar definitivamente la independencia del sur, de las potencias extranjeras. Comenzó a afirmar su presencia militar con dos demostraciones de la flota en las costas africanas, que convencieron, en 1833 a Túnez y en 1834 a Marruecos, a no obstaculizar más, el comercio de la flota mercantil meridional, como lo habían hecho durante siglos.

El 29 de enero de 1848, Fernando II fue el primer soberano italiano en conceder la constitución (promulgada el 10 de febrero) dada la grave revuelta siciliana por la independencia iniciada a finales de 1847 y por la insistencia de los liberales napolitanos.

Con esta Constitución, se formó un Parlamento con dos cámaras: una de 164 miembros elegidos por el pueblo y otra de 50 pares elegidos por el rey. El 18 de marzo se agregó el adjetivo constitucional al nombre del Reino en el Diario Oficial.

El 3 de abril la bandera de las Dos Sicilias (blanca con el escudo Borbón en el centro) incorporó un borde verde y rojo. La pesada y casi infantil festividad de los napolitanos provocó grandes destrozos. Las calles de Nápoles se vieron plagadas de desfiles casi cotidianos cada vez más inflamados. Se publicaron una gran cantidad de diarios, la mayoría escritos por inexpertos, que discutían como mejorar la nueva Constitución.

Las elecciones se celebraron el 18 de abril pero la afluencia a las urnas fue escasa. El lunes 15 de mayo, en coincidencia con la apertura del primer Parlamento, en el Palacio Comunal de Monteoliveto di Napoli, un grupo de diputados revolucionarios liderados por Giovanni La Cecilia y Pietro Mileti declararon insatisfactoria la Constitución apenas proclamada. Propusieron modificaciones como la abolición de la Cámara de los Pares y se negaron a prestar juramento al rey. En realidad querían remover la monarquía y proclamar la república.

Fernando II hizo muchos intentos de conciliación con los rebeldes; pero ahora un rey educado con los ideales del absolutismo sus acciones fueron autocontroladas, pero él no cedió a las provocaciones.

Sin embargo, hubo muchas víctimas y devastación, aunque los diputados antimonárquicos no sufrieron daño alguno.

El 15 de junio se celebraron nuevas elecciones que también tuvieron escasa participación ciudadana. El 25 de mayo se limitó la libertad de prensa porque infundía rumores falsos entre la población y muchos periódicos eran antimonárquicos.

Una serie de acontecimientos producidos el 15 de mayo provocaron una fuerte oposición al gobierno del rey. Desde entonces, se produjo un conflicto gobierno-rey que continuó hasta el 12 de marzo de 1849, prometiendo nuevas elecciones que nunca se concretaron.

Al final de marzo, Fernando II ofreció a Sicilia un Parlamento, un virrey propio y amnistía a los revolucionarios. Esto no fue suficiente para los sicilianos, pues el grito de guerra se escuchaba ya entre los miembros de la Cámara siciliana. El rey mandó un ejército, y en septiembre de 1848 había mandado parte de su flota, la tercera más grande del mundo. El ejército ocupó la isla y hubo 1.500 soldados napolitanos muertos, no se sabe cuántos sicilianos.

Desde los acontecimientos del 15 de mayo de 1848, el rey, previamente alabado por los liberales comenzó a recibir apodos como Monstruo coronado, Tigre Borbón, Calígula de Nápoles y sobre todo Rey bomba. Cabe aclarar que las insurrecciones eran muy comunes en los estados europeos de la época.

El 19 de mayo de 1849 se volvió a usar la tradicional bandera blanca con el escudo Borbón y la constitución fue suspendida pero no derogada. Así falló el primer intento constitucional de Italia.

Se necesita retroceder a los tiempos del emperador romano de oriente Justiniano I para encontrar una Italia unida. Desde la invasión de los lombardos en el 568 se rompe la unidad política y durante 1.300 años se generaron diversas naciones. Mientras el norte se dividía en pequeños y cambiantes estados o era conquistado por diversas potencias, el sur continental desde el año 1000 con la invasión normanda, se vio unido. En el sur se vio un fuerte nacionalismo en la nación napolitana, con su cultura, identidad, bandera e himno propio.

Por este motivo no existía la idea de un estado italiano a nivel popular, por ejemplo en las Dos Sicilias se llamaban extranjeros a los otros italianos de la península.

A mediados del siglo XIX habían en la península 7 estados, los cuales 3 eran completamente libres: El reino de las Dos Sicilias, que era el más grande y más próspero, el Reino de Cerdeña y los Estados Pontificios. Los otros cuatro eran dominados directa o indirectamente por Austria: El Reino Lombardo Veneto, los ducados de Parma y Módena y el Gran Ducado de Toscana.

La lengua oficial en todos los reinos preunitarios era el italiano salvo en el Piamonte Cerdeña donde era el francés, pero en realidad en la península no existía una lengua común, los italohablantes en 1861 eran sólo el 2,5% de la población según T. De Mauro o el 9,5% según A. Castellani, de estos, los toscanos eran la mayor parte, dado que el italiano nació allí. En el Piamonte se hablaba, se escribía y se pensaba en francés, los franceses los consideraban como verdaderos compatriotas.

En Italia no había un comercio integrado, sólo el 20% lo era entre los estados peninsulares, se puede decir que la religión era lo único en común entre los italianos.

A Fernando II de Borbón, le fue solicitado en varias ocasiones la presidencia de una hipotética Liga de Estados italianos, ya en 1831, liberales italianos reunidos en el congreso de Bolonia decidieron ofrecer al rey de Nápoles la corona de Italia, porque lo consideraron el más abierto a sus ideales. En 1832 Fernando II intentó en dos ocasiones, llegar a un acuerdo con el Reino de Cerdeña para abolir la influencia extranjera en la península. El gobierno piamontés se negó porque había hecho un acuerdo con Austria un tratado defensivo que le bastaba para sentirse seguro de eventuales ataques. Esta propuesta del rey meridional cayó muy mal a Viena y fue interpretada como una ofensa antiaustríaca. Muchos de los que deseaban la unificación de Italia apoyaban al rey napolitano, por ejemplo el mazziniano Attilio Bandiera le comunicó a Fernando II sus ideologías republicanas pero su disponibilidad a seguirlo si se convertiría en el soberano constitucional de toda Italia.

Austria ejercía una hegemonía sobre gran parte de Italia: el 24 de abril del 1847 advirtió, con una nota diplomática, al Gran Ducado de Toscana a no conceder reformas en su forma de política. El 17 de julio ocupó Ferrara, acción formalmente legal por el Tratado de Viena. A este juego de supremacía política se sumó el Reino Unido, al enviar a Lord Minto para intimidar a Austria. La respuesta de los Habsburgo fue la ocupación militar de los ducados de Parma y Módena, estando así más cerca de Toscana y de los Estados de la Iglesia.

Pero ya en agosto, el papa Pío IX tomó la iniciativa de formar una Liga Aduanera entre los estados de Italia, tomando como ejemplo aquélla de los estados alemanes de 1833 (el Zollverein). En noviembre se firmó un proyecto de entendimiento entre Roma, Florencia y Turín y hubo contactos con Nápoles y Módena para lograr tal proyecto.

El momento crucial para poner a prueba los proyectos de unión federal italiana fue el año 1848: el 13 de marzo, en Viena, se produjo una insurrección pidiendo la constitución, y lo mismo sucedió, entre el 18 y el 22, en Milán, en ese entonces bajo el dominio austríaco; este último episodio es conocido como las cinco jornadas de Milán. El comandante austriaco en Milán, Radetzky, tuvo que abandonar la ciudad y los revolucionarios pidieron ayuda al rey piamontés Carlos Alberto de Saboya para librarse completamente de los austríacos. El 24 de marzo de 1848 el Piamonte declaró la guerra a Austria dando comienzo a la primera guerra de independencia italiana.

El 26 de marzo el ministro de exterior de las Dos Sicilias solicitó la convocatoria de un congreso en Roma, apoyando el proyecto de una Liga Política italiana. En dicho congreso, el representante piamontés solicitó ayuda militar. El 7 de abril Fernando II declaró la guerra a Austria y envió al norte un ejército de 16.000 hombres, comandados por el general Guglielmo Pepe. El 20 de abril la ruptura entre las Dos Sicilias y Austria era completa. Cuando las naves duosicilianas partieron de Sicilia, los sicilianos, desde los fuertes les disparaban, siendo esta la demostración de que consideraban que su verdadero enemigo hereditario era Nápoles y no Viena.

El gran duque de Toscana, Leopoldo II envió 3.000 soldados y de los Estados Pontificios partieron 7.000 soldados y 10.000 voluntarios. Los duques de Módena, Parma y Piacenza decidieron unirse al Piamonte, y Venecia proclamó la república, separándose de Austria.

Los delegados piamonteses nunca fueron a Roma, el proyecto de la liga debía ser frenado porque su rey tenía otros planes: quería convertirse él, o uno de sus sucesores, en el único Rey de Italia.

Después de días de inútil espera, el 4 de mayo tras la suspensión de las tentativas de una liga política, la delegación meridional de retiró y el mismo día el general Pepe se embarcó hacia el norte. Era uno de los pocos entusiastas, dado que ni los otros generales, ni los soldados lo eran: en el sur no eran populares ni la guerra, ni el nacionalismo, ni la misma independencia italiana; el pueblo ya se sentía libre desde hace mucho tiempo.

Después de la insurrección antimonárquica del 15 de mayo de 1848, Fernando II ordenó, el 22, al ejército meridional terrestre y marítimo regresar al país, muy preocupado por las revoluciones independentistas en Sicilia. Por eso fue muy criticado por los liberales de la época, pero había que considerar dos factores: no había ningún pacto entre el Reino de Cerdeña y las Dos Sicilias, por lo que en caso de derrota piamontesa, Austria habría podido invadir el sur; mientras que en caso de victoria, el reino meridional no obtendría ningún beneficio, pero perdería hombres y gastaría dinero. Sumado a esto, en medio de una revolución, si mantenía las tropas allí se arriesgaba a perder la Sicilia.

Sin embargo, las operaciones en el norte estaban en una situación favorable y los soldados meridionales contribuyeron en forma decisiva a las victorias de Cuartone y Montara del 29 de mayo, y la de Gioto del 30, a pesar de la inferioridad numérica, por lo que el belicoso Guigliermo Pepe desobedeció la orden del rey y permaneció en la zona de conflicto con una muy pequeña porción del ejército que lo siguió.

Mientras tanto, el 29 de mayo se realizó una votación para la unión de Lombardía al Piamonte (561.000 votos a favor y 681 en contra ) que debía ser confirmada por una asamblea constituyente en un futuro próximo. También, el 11 de junio las tropas pontificias, comandadas por Giacomo Durando fueron derrotadas en Vicenza.

El contingente naval meridional estaba al mando del almirante Raffaele de Cosa, quien se negó a cumplir en una primera instancia la orden de retirase. Ante una nueva orden de regresar a la patria, recibida el 11 de junio mientras se producía el bloqueo de Trieste (el puerto austriaco más importante) y dado que la mayoría de los marineros eran fieles al rey, decidió finalmente aceptar la orden y partió la noche del 12.

Pero la guerra continuaba: los austriacos tomaron la ofensiva en las operaciones y se produjo la derrota piamontesa de Custoza el 23 de julio. Carlos Alberto de Saboya se retiró a Milán donde fue asediado por los propios milaneses en el palacio donde se hospedaba y en medio de la noche regresó a Turín.

Finalmente se alcanzó un armisticio por el que Austria recuperó muchas de sus tierras, pero que sin embargo no otorgaba ningún beneficio al Gran Ducado de Toscana, que había combatido hasta el final, lo que ponía de manifiesto que Carlos Alberto consideraba este primer enfrentamiento contra Austria como una guerra dinástica, utilizando a los italianos para su propio beneficio. Piamonte perdió gran parte de la Lombardía y Radetzky volvió a Milán vitoreado por la población. Al año siguiente se reanudaron las hostilidades, pero los piamonteses fueron vencidos definitivamente en Novara el 3 de marzo de 1849. Después de este último fracaso, Carlos Alberto se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Víctor Manuel II. Las causas principales de la derrota se pueden encontrar en el retiro de las tropas romanas y meridionales por un lado, y por otro, a que Carlos Alberto promovía el expansionismo piamontés en vez de una confederación italiana.

La primera guerra de independencia fue la única que logró la participación de todos los estados italianos. Tras la derrota, se perdió para siempre la posibilidad de lograr una unificación italiana que garantizara al mismo tiempo la autonomía de los estados. Esta fue la principal causa de la mala unificación de los piamonteses, realizada con la fuerza.

La política desestabilizante del Reino Unido en contra las Dos Sicilias después de La cuestión del azufre, continuó con William Gladstone, que fue enviado por su gobierno para seguir el proceso que debería haber sucedido en las Dos Sicilias con los miembros adheridos a la sociedad secreta Unidad de Italia. Sus actividades eran la difusión de ideas antimonárquicas, que invitaban a la desobediencia civil. Por ejemplo, en septiembre de 1849 explosionó una bomba delante del Palacio Real de Nápoles cuando se celebraba una fiesta por la llegada del Papa Pío IX, que tuvo que huir de Roma a causa de la instauración de la República Romana. De estos hechos hubo 42 imputados, de los cuales los primeros 3 fueron condenados a cadena perpetua, otros 2 mandados a prisión por 30 años y el resto de menor importancia en el hecho, fueron condenados al exilio.

Gladstone regresó a Londres en 1851 y se reunió con el primer ministro Lord Palmerston y le mostró cartas suyas enviadas al ministro de exteriores Lord Aberdeen en las que se etiquetaba al reino del sur como la negación de Dios y hablaba sobre las malas condiciones en las cárceles napolitanas. Estas cartas exageraban el absolutismo borbónico, y cuando fueron publicadas provocaron aún más revoluciones. Después de la unificación italiana, Gladestone confesó que él las había escrito por encargo de Lord Palmerston y que él no había visto ninguna cárcel y que había hecho caso a lo que comentaban los revolucionarios.

En realidad muchos británicos se maravillaban viendo las buenas condiciones de los exiliados meridionales que llegaban al Reino Unido. El sistema judicial meridional fue reconocido por los estudiosos como el más avanzado de Italia preunitaria. Ejemplos son la Escuela meridional de Eerecho, el Código Penal de 1819, y que los magistrados eran elegidos por concurso y no por voluntad del rey.

En el Reino de Cerdeña la realidad era muy distinta: si se asume la pena de muerte como índice de violencia de un régimen, el reino sardo es el más brutal, y cuando los liberales llegaron al poder, las ejecuciones aumentaron en gran medida. Era un reino violento, endeudado y con una altísima tasa de criminalidad.

Después de la derrota de la primera guerra del Piamonte contra Austria en 1848 y en 1849, esta última continuó ejerciendo su poder sobre la península. Pero Napoleón III, emperador de Francia, realizó una política de intentar expulsar a los Habsburgo de Italia, favoreciendo los deseos expansionistas del Piamonte. Gran Bretaña, que junto con Francia dominaban el norte de África, no quería que Napoleón III extendiera su influencia en la península para tener mayor control del Mediterráneo.

Camillo Benso, conde de Cavour obtuvo el cargo de Primer Ministro en 1852 y comenzó su objetivo expansionista buscando apoyo en las potencias (Francia y Gran Bretaña). Estas dos, junto con el Imperio Otomano, entraron en guerra con Rusia en 1854 en la Guerra de Crimea. Los ingleses pidieron al Piamonte el envío de tropas y Cavour aceptó mandar 18.000 soldados. En el Sur, Fernando II declaró su neutralidad en el conflicto y negó a Inglaterra y Francia el uso de los puertos meridionales como base de operaciones de guerra; esto provocó la ira de las dos potencias.

El expansionismo piamontés, bien enmascarado con el ideal unitario, se desarrolló después del Congreso de París en 1856 celebrado al finalizar la Guerra de Crimea. Entre el Reino Unido y Piamonte se decidió que se debía ocupar Nápoles y se dio la posibilidad que Inglaterra pudiera comprar Sicilia después de la conquista.

Entre Napoleón III y el rey piamontés Víctor Manuel II se comenzaron los preparativos para la guerra contra Austria, y se acordó que Piamonte se anexionaría Lombardía, Véneto, Módena y Parma, y como compensación Francia recibiría Saboya y Niza. El 23 de abril, Austria dio un ultimátum de 3 días a Piamonte pidiendo el desarme. Francia y Piamonte no quisieron atacar primero a Austria, para que los Habsburgo quedasen ante Europa como los agresores. El 29 de abril de 1859, el ejército austríaco, al mando del general Ferencz Gyulai, atravesó el río Ticino e invadió el territorio piamontés dando comienzo a la denominada Segunda guerra de Independencia. Tras esta guerra se expulsaron a los duques de Toscana, Parma y Módena, cuyos territorios fueron anexados al Piamonte.

El 22 de mayo del 1859, después de 30 años de reinado, murió Fernando II. Heredó el trono su hijo de 23 años Francisco II el cual no tenía suficiente experiencia, con carácter muy débil y muy tímido. Francia e Inglaterra reanudaron la diplomacia y mandaron a Nápoles representantes para atraer al joven rey a su esfera de influencia política: le pedían la reactivación de la monarquía constitucional e intervenir en sus guerras. Pero Francisco tenía muy en claro la frase del padre Constitución igual a revolución y tampoco quería aliarse con el Piamonte.

El 7 de junio, turbado de las manifestaciones de los liberales napolitanos que querían entrar en guerra al lado del Piamonte, Francisco II nombró como presidente del Consejo y ministro de guerra a Carlo Filangieri una figura militar y política de primer nivel conocido y respetado mundialmente. La negativa del rey a conceder la Constitución y aliarse con el Piamonte fue determinante para la cercana caída del reino, fue la última esperanza para que el pueblo meridional se salvara de una unificación a la fuerza.

Por su parte, Gran Bretaña aconsejaba la neutralidad al rey napolitano, porque tras una victoria de Napoleón III, Francia extendería su influencia también al sur. Esto dio lugar a una política de aislamiento del Reino de las Dos Sicilias en un contexto europeo plagado de alianzas estratégicas.

Pero después de la victoria franco-piamontesa en la segunda guerra de independencia, el Reino Unido se vio obligado a cambiar su política: la Confederación Italiana tenía el riesgo de ser dominada por Francia, la cual había salido vencedora. En cambio, se debía lograr un estado italiano unido para frenar la influencia francesa en la península. Es por eso que Inglaterra envió representantes para lograr la unificación a toda costa.

Ya en el 1820 y después en 1848 se dieron en Sicilia las primeras revoluciones, pues en la isla casi no existían los ideales unitarios (sólo los intelectuales eran mazzinianos) y se quería por encima de todo la liberación del dominio napolitano. Se llegó a proclamar, el 13 de abril de 1848 la deposición de Fernando II y se ofreció la corona a la Casa de Saboya, que se negó porque Fernando envío una carta al Piamonte amenazando con un conflicto armado.

Sin embargo, bajo el gobierno Borbón, Sicilia gozaba de excepcionales privilegios: los impuestos eran bajos, no existía el servicio militar obligatorio y la vida y la propiedad eran seguras. Las calles de Sicilia eran tan seguras como las del norte de Europa. En la década del 1850 se construyeron más avenidas, se ampliaron los puertos y se crearon escuelas y hospitales; a pesar de todo esto, los sicilianos estaban descontentos y querían la autonomía de la parte continental del reino. La fuerte presencia comercial y financiera inglesa había generado una difusa anglofilia y se barajó la posibilidad de independizarse bajo un protectorado inglés. Esta propuesta fue bien recibida en Londres pero Napoleón III de Francia declaró que si Gran Bretaña entraba en Sicilia, comenzaría una guerra.

Por su parte, Mazzini incitaba las rebeliones de los sicilianos y se reunían en el norte con enviados de los rebeldes para pedir ayuda. Para el Reino de Cerdeña, este clima era perfecto para comenzar la conquista del sur.

Giuseppe Garibaldi, con la llamada "Expedición de los Mil", que fue quien conquistó el Reino de las Dos Sicilias, fue mandado a Sicilia por los acuerdos entre Gran Bretaña y Piamonte. El 6 de mayo de 1860 zarpó del puerto de Quarto (Provincia de Génova) con 1.033 hombres, en su mayoría veteranos de las guerras de independencia en dos barcos de vapor hacia la isla.

El 18 de abril de 1860 Cavour envió dos naves de Guerra a Sicilia, oficialmente para proteger a los súbditos piamonteses presentes en la isla, pero en realidad para conocer la cantidad de tropas borbónicas y de revolucionarios que se encontraban en la isla.

Al final de abril, el mismo Cavour fue a Génova, donde permaneció dos días, para controlar los preparativos de la expedición que el Piamonte pensaba hacer, mandando a Giuseppe Garibaldi a Sicilia. El 28 de abril llegó un telegrama para Garibaldi, que vivía en Quarto, comunicando que había fracasado la revolución en Sicilia. La desesperación de los voluntarios más cercanos a Garibaldi fue tal que decidió no partir. Pero al día siguiente el estadista Francesco Crispi le envió otro telegrama inventando que la insurrección se ganó en Palermo. Entonces los Mil partieron de Quarto el 6 de mayo en los buques Lombardo y Piamonte, los cuales no fueron robados como dice la historia oficial.

La investigación histórica desmiente la versión romántica de esta empresa: Los Mil no eran un grupo de improvisados aventureros revolucionarios. En gran parte eran veteranos de las dos guerras de independencia y entre sus filas habían mercenarios ingleses, húngaros, polacos, turcos y alemanes. Además, fue indispensable el apoyo del Piamonte, de los oficiales borbónicos convertidos a la causa y de los latifundistas sicilianos e ingleses. Dos millones de francos-oro fueron dados por Cavour para la expedición de los Mil y otros 3 millones de las logias masónicas inglesas; suma equivalente a 25 millones de euross.

La llegada de los Mil era ya sabida por el gobierno meridional, gracias al embajador de las Dos Sicilias en Turín, que tenía conocimiento de cuándo partió Garibaldi hacia Sicilia y en qué parte de la isla desembarcaría. Por ello se enviaron naves que tratasen de interceptar las garibaldinas.

El 12 de mayo a las cuatro de la mañana, los Mil iniciaron la marcha hacia el interior de la isla y, al día siguiente, Garibaldi fue informado de que los soldados borbónicos iban en su dirección desde Palermo. El 14, Garibaldi desde la ciudad de Salemi declaró el fin de la dinastía borbónica y se proclamó dictador de Sicilia en nombre del rey Víctor Manuel de Saboya. Pero ya los Mil no eran mil, puesto que se les habían sumado 1.200 picciotti mafiosos reclutados por los barones.

Esta batalla dejó un saldo de 32 muertos y 182 heridos garibaldinos y 36 muertos y 150 heridos entre los borbónicos. Los aproximadamente 2800 soldados meridionales que quedaron ilesos comenzaron a dudar fuertemente de la habilidad y fidelidad de sus comandantes.

El general Landi a las ocho de la tarde abandonó Calatafemi y volvió a Palermo. En marzo del año siguiente, el 1861, él retiró del Banco de Nápoles una suma de 14.000 ducados (equivalentes a 224.000 euros) a su favor, según él regaladas personalmente de Garibaldi. Él y sus cinco hijos encontraron altos rangos en el ejército italiano después de la unificación.

Además de esta corrupción, Cavour repartió dinero para comprar a los jefes militares de las Dos Sicilias, como modo de neutralizar las reacciones. Esta misión fue llevada a cabo por el contralmirante Carlo Pellion di Persano, que disponía la enorme suma de un millón de ducados (16 millones de euros actuales) destinados a la corrupción de los oficiales borbónicos.

El 15 de mayo se nombró como nuevo general de Sicilia a Ferdinando Lanza, quien fue a Palermo para defenderla de la invasión garibaldina. Lanza contaba con 571 oficiales, 20.000 soldados, 681 caballos, 175 mulas y 36 cañones; pero también una población propensa a rebelarse.

Garibaldi fue informado de las tropas que había en la ciudad y declaró que era imposible tomar Palermo. Pero Francesco Crispi lo convenció de que atacase, prometiendo que en caso de derrota los garibaldinos se podrían refugiar en las naves piamontesas e inglesas. Entonces, decidió marchar a la ciudad.

El comandante Lanza se enteró la tarde del día 26 de que los garibaldinos se aproximaban a la ciudad y decidió retirar las tropas para salir al encuentro de Garibaldi para tratar de impedir su ataque, pero dejó sólo 260 hombres protegiendo las puertas San Antonio y Termini. Precisamente por estas puertas entraron los 4.000 garibaldinos, a las cuatro de la mañana del día 27, mientras que en la ciudad sólo había 6.000 soldados durmiendo en los cuarteles. Las pocas tropas meridionales de guardia opusieron resistencia, pero después escaparon hacia el Palacio Real, donde estaba Lanza.

Garibaldi se acuarteló en el palacio Pretorio, desde donde incitó al pueblo a la revolución. Se montaron barricadas en las calles y desde las casas se disparaba a los soldados borbónicos. Lanza ordenó bombardear la ciudad desde los buques anclados en puerto y hubo 600 víctimas civiles. En la mañana del 28 llegaron tropas enviadas desde Nápoles, pero no pudieron desembarcar hasta el día siguiente. Las batallas del 28 y 29 de mayo fueron favorables a los camisas rojas, pero tras la llegada de más tropas napolitanas la situación comenzó a cambiar. Garibaldi ordenó que, en caso de ataque enemigo, se retirasen al palacio Pretorio.

La situación era muy complicada para Garibaldi, que se estaba quedando sin municiones, pero el 30 de mayo se firmó un Armisticio de un día para retirar los cadáveres y curar a los heridos. El 31 se pretendía dar el gran golpe a Garibaldi pero la prórroga se prolongó tres días más, causando un gran descontento entre las filas borbónicas. Después de días de combates, el 8 de junio el Rey Francisco II debió firmar la capitulación de Palermo y ordenó que las tropas se retirasen a Messina, pensando que esta ciudad no caería y para organizar la reconquista de Palermo. Así, unos 24.000 soldados abandonaron la capital siciliana para viajar hacia Messina. Ante estos sucesos, está claro que Garibaldi no hubiese podido conquistar Sicilia si no hubiera sido por el bloqueo que sufría la armada meridional, la más potente del mediterráneo y que poseía más de 100 unidades.

Garibaldi sacó del banco de Palermo una suma de 5 millones de ducados (equivalentes a 80 millones de euros) que eran propiedad de los ciudadanos palermitanos, para dividirlo entre los garibaldinos y los oficiales borbónicos transformados a la causa.

La diplomacia europea hacía sentir sus quejas por esta política despreocupada del Piamonte que violaba el código ético del derecho internacional. Sin embargo, ningún país acudió en socorro del Reino de las Dos Sicilias.

En esta política internacional, las Dos Sicilias tenía a un rey inmóvil, política y diplomáticamente aislado. Mientras en Sicilia avanzaban las tropas piamontesas, Francisco II, en vez de ir personalmente a dirigir sus tropas como algunos le aconsejaban (entre ellos su esposa María Sofía de Baviera), buscó mediante la diplomacia la alianza con una potencia, Francia. Esto fue lo contrario de lo que había realizado su antecesor Fernando II, el cual quería conservar la autonomía del reino y estaba provisto de autónomos cuerpos de guerra capaces de resistir cualquier invasión.

Era difícil pensar que Napoleón III habría enfrentado a los aliados piamonteses con los que pocos años antes había ganado una sangrienta guerra contra Austria. Pero el rey meridional no tomó en cuenta estas consideraciones y mandó el 12 de junio a París una carta pidiendo ayuda. El Emperador francés respondió que era necesario ceder a las exigencias del momento, es decir el ideal nacional.

De este modo, el rey duosiciliano se vio obligado a hacer cosas que nunca hubiese querido: el 25 de junio de 1860 restableció la Constitución de 1848 y se fijaron fechas de los comicios para la elección del Parlamento. Además, se cambió la bandera, que pasó a ser el tricolor italiano con el escudo Borbón en el centro. También realizó un proyecto de autonomía para la Sicilia, delegando a un virrey de la familia Borbón y concedió una amnistía general para todos los presos políticos.

Con la Constitución, el soberano realizó un error fatal: en vez de dar una rápida solución a la invasión, al haber un Congreso las decisiones eran más lentas, y además, el Parlamento estaba formado por muchos liberales, que apoyaban la invasión. En estos momentos de crisis, el rey tuvo menor poder de decisión y fue más inmóvil políticamente.

En esta política de diplomacia, Francisco II envió dos diplomáticos a Turín para llegar a un acuerdo con el Piamonte. Las conversaciones estaban avanzando y hasta se vio la posibilidad de formar una liga italiana; pero el Piamonte pidió que las decisiones fueran aprobadas por el Parlamento meridional, que recién sería elegido en septiembre, con el objetivo de retardar las negociaciones.

Mientras tanto, Garibaldi seguía avanzado por Sicilia, y el general Bosco atacó con sólo 3.000 hombres al enemigo, a pesar de no tener permiso. El encuentro se produjo en Milazzo el 20 de julio, a donde llegó Garibaldi con 8.000 hombres. A diferencia de otros generales, Bosco perdió en primera fila defendiendo la fortaleza de Milazzo, pero los refuerzos que había pedido no llegaron y se vio forzado a retirarse. Este ataque causó 120 muertos entre las filas borbónicas, mientras los garibaldinos contaron 780 hombres entre muertos y heridos.

El mariscal Clary, comandante de Messina que se había negado a mandar refuerzos a Milazzo, dejando inoperantes a 22.000 hombres, el 26 de julio acordó con el general garibaldino Medici retirar sus tropas dejando sólo 4.000 hombres en Sicilia, con la obligación de no atacar mientras no fueran atacados primero. Gracias a las acciones de los corrompidos generales Landi, Lanza y Clary en dos meses y medio el Reino perdió la isla de Sicilia.

El gobierno piamontés comenzó a temer la creciente fuerza de Garibaldi en el sur, que empezaba a poner en peligro la autoridad del rey Víctor Manuel. . Entonces, se planteó que el gobierno napolitano cayera antes de la llegada de Garibaldi, y se mandaron emisarios piamonteses a la capital meridional. Los emisarios propusieron a los generales meridionales derrocar a Francisco II, pero éstos se negaron porque provocaría un gran malestar en la población.

En agosto comenzaron las preparaciones de Garibaldi para cruzar el estrecho de Messina, cosa que se realizó el día 18. La flota meridional, que había sido mandada para frenar el avance garibaldino, no hizo nada para frenar el desembarco enemigo, y el mismo Garibaldi agradeció a la marina meridional su tácita colaboración, y confesó que no hubiera podido cruzar el estrecho con una marina hostil. Los 20.000 hombres garibaldinos entraron en Calabria, donde tampoco encontraron resistencia, y en sólo 17 días llegaron a las puertas de Nápoles.

En este punto, Francisco II, aconsejado por los expertos militares del Estado mayor, quienes pensaban que la única forma de vencer a los garibaldinos era reorganizando el ejército, decidió el 4 de septiembre, retrasar la línea de defensa al río Volturno, al norte de Nápoles. El rey estaba convencido de que podría reorganizar la contraofensiva desde los Estados Pontificios, pensando que serían inviolables dada la presencia del Papa. Así Francisco II, el 5 de septiembre abandonó la capital para evitar que su población sufriera bombardeos con víctimas y pérdidas materiales.

Según muchos, sería un error dejar la capital al enemigo. El hermano del soberano, Alfonso, pensaba que con un simple monarca de buena voluntad en aquella época, si hubiera combatidoe hubiera vencido fácilmente a Garibaldi. Otros pensaban que sería mejor avanzar hasta Salerno y en caso de derrota entonces retirarse al norte.

El 7 de septiembre Garibaldi entró en Nápoles con unos pocos hombres sin encontrar oposición, y dos días más tarde entró el resto del ejército. La población acogió con entusiasmo a Garibaldi, pero esto no debe hacer pensar que lo apoyaba: en las manifestaciones habían infiltrados piamonteses y mafiosos, quienes repartieron dinero y comida para que el pueblo festejara; los que se negaron, debieron quedarse en sus casas temiendo de ser asesinados si se manifestaban en contra de los garibaldinos.

Garibaldi se proclamó dictador de las Dos Sicilias, el Palacio Real de Nápoles fue totalmente saqueado, los objetos más preciosos fueron enviados a Turín, otros vendidos al mejor postor. El 11 de septiembre el oro de la Tesorería del Estado, patrimonio de la Nación, (equivalente a 1.670 millones de euros), y los bienes personales del rey (equivalentes a 150 millones de euros) todos depositados en el Banco de Nápoles, fueron sacados y proclamados bienes nacionales. También todos los nombres borbónicos de calles y edificios públicos fueron cambiados por nombres de reyes piamonteses.

La situación en Nápoles era muy confusa, y después de los primeros festejos, en completa anarquía, se produjeron varias rebeliones que fueron reprimidas por la nueva policía, formada principalmente por los miembros de la Camorra.

El Rey Francisco II, reorganizó su ejército de 40.000 hombres detrás del río Volturno, en Capua. Las tropas garibaldinas siguieron avanzando, pero fueron derrotadas en la Batalla de Caiazzo el 21 de septiembre. Para los soldados borbónicos, el efecto psicológico de esta victoria fue enorme, pero el comandante en Jefe, Ritucci, hombre recto y prudente, no aprovechó el momento y se retrasó en los preparativos de la batalla.

El rey montó finalmente a caballo y se batió junto a sus hombres en la Batalla del Volturno el 1 de octubre. Las tropas meridionales se dividieron en diversas columnas para dificultar la retirada del enemigo pero esto provocaba la incomunicación de los diferentes sectores, debido a la escasa tecnología de la época. Ambos ejércitos tenían 24.000 soldados cada uno, pero mientras Garibaldi reclutaba hombres a toda costa, Francisco II dejó a 17.000 hombres sin combatir. A las 2 de la mañana, las tropas meridionales abandonaron la fortaleza de Capua avanzando hacia los garibaldinos con el grito de guerra ‘’viva ‘o ‘ré’’.

El ejército meridional se dividió en 4 columnas pensando juntarlas a la entrada de Caserta. Garibaldi, que conocía las operaciones borbónicas, prefirió mantener su posición y tratar de resistir la avanzada meridional. Una gran ventaja que poseía el ejército garibaldino era la posibilidad de realizar rápidos desplazamientos desde Caserta al campo de batalla, utilizando las líneas ferroviarias construidas por los Borbones. La razón de la derrota meridional en esta batalla fue la mala coordinación entre las columnas: las tropas comandadas por Von Mechel llegaron a Caserta donde combatieron valerosamente, pero las comandadas por el general Ruíz, a causa de su increíble lentitud, no llegaron; los soldados combatientes empezaron a sufrir grandes bajas y debieron retirarse. Cuando Ruíz llegó se enteró de la noticia de la retirada de su compañero también ordenó retirarse; pero unos 2000 soldados no lo obedecieron y se lanzaron contra los garibaldinos, la mayoría fueron tomados prisioneros.

La batalla dejó unos 506 muertos, 1528 heridos y 1389 prisioneros por parte de los garibaldinos, y entre los meridionales 308 muertos, 820 heridos y 2507 prisioneros. Por estos resultados Garibaldi solicitó ayuda militar al gobierno piamontés y Francisco II quiso aprovechar el estancamiento de los garibaldinos para volver a atacar; pero los generales le aconsejaron reorganizar las fuerzas y entonces se retiró de Capua a Gaeta.

El 8 de octubre, el gobierno piamontés emitió un decreto que indicaba un plebiscito a sufragio universal masculino en toda Italia para ratificar la anexión al Piamonte. La fórmula era El pueblo quiere una Italia unida e indivisible con Víctor Manuel II como rey constitucional y sus sucesores. El sur continental, votó el día 21 de octubre.

El voto no fue secreto, de hecho se votaba en las plazas, en los edificios públicos y en las iglesias. Habían tres urnas en cada recinto de voto, dos que contenían las boletas del Sí y No y la otra donde se colocaba el voto.

Estos plebiscitos fueron usados como propaganda por el reino piamontés, queriendo probar que el pueblo quería unirse al Piamonte, ser gobernados por el rey de la casa de Saboya y abandonar la época de independencia y a las cuatro generaciones de la dinastía borbónica napolitana.

El 12 de noviembre se produjeron otros combates en los alrededores de Gaeta donde después, el rey Francisco II con sus últimos 20.000 soldados fue asediado hasta el 13 de febrero de 1861, por el general piamontés Enrico Cialdini con 18.000 soldados.

El 26 de noviembre el rey emanó una proclama pidiendo a los soldados que estaban en los Estados Pontificios unirse a las bandas anti unitarias que ya se desarrollaban en todo el sur contra los unitarios garibaldinos.

La historia de este asedio impresionó vivamente a la opinión pública europea, sobre todo por el comportamiento heroico de la reina María Sofía de sólo 19 años, la cual a pesar de las bombas, arriesgó su vida para socorrer día y noche a los soldados heridos o moribundos.

Después de meses de asedio, Francisco II se dio cuenta de la imposibilidad de la victoria y empezó a barajar la opción de la retirada. El 13 de febrero, mientras se estaban concluyendo las tratativas de capitulación, Cialdini se negó a suspender las hostilidades e intensificó el fuego. A las 7 de la mañana del 14 de febrero del 1861, el rey y la reina abandonaron Gaeta y se embarcaron en una nave francesa que los trasportó a Terracina, en los territorios papales. Después de la retirada, el rey nunca abdicó, dejando para él y sus herederos el título de Rey del Reino de las Dos Sicilias. Este largo asedio dejó un saldo de 895 muertos meridionales y 50 piamonteses.

Al caer Gaeta, sólo quedaban dos fortalezas de las Dos Sicilias: Messina y Civitella del Tronto. Messina, que estaba protegida por 4.300 hombres, cayó el 13 de marzo de 1861 por la acción de las tropas de Cialdini, costando 47 víctimas. Civitella del Tronto, en la provincia de Teramo, fue la última fortaleza de las Dos Sicilias y cayó el 20 de marzo, 3 días después de la proclamación del Reino de Italia. Estaba defendida por 382 soldados meridionales con 17 cañones y fue asediada por 3.379 piamonteses con 20 cañones. La defensa de este último bastión costó un centenar de muertos, el resto fue tomado prisionero.

En el momento de la unidad de Italia, los bancos más importantes eran el Banco de las Dos Sicilias con 200 millones de liras de la época y el Banco de Milán con 120 millones. Durante los primeros cinco años, se produjo una lucha entre el Banco napolitano y la Banca Nacional (piamontesa). Pero mientras que este último abría sucursales en todo Italia, al Banco de Nápoles le era muy difícil abrir filiales en el norte porque necesitaba obtener la autorización estatal.

Antes de la unificación, el Reino de Cerdeña tenía una enorme deuda pública, pero tras la anexión del sur el nuevo estado Italiano declaró bienes nacionales al oro estatal depositado en las Dos Sicilias, 2/3 de la total reserva áurea de Italia. A esto se le suma la nueva política fiscal unitaria, que favorecía los intereses del norte ante los del sur: Tras la unificación surgieron nuevos impuestos, sobre la agricultura, la industria, la edificación, el consumo que eran mayores en el sur que en el norte.

También la industria sufrió un grave revés: muchas fábricas meridionales fueron cerradas, en el 1861, en el sur estaba el 51% de las industrias italianas, mientras que 1951, el porcentaje se redujo a 12,8%. Esto provocó desempleo en el sur lo que empobreció aún más esta población. Después de la unificación surgieron las causas de la actual pobreza del sur de Italia.

Desde el edicto de Garibaldi del 2 de julio de 1860, que declaraba bienes nacionales muchas tierras de los campesinos y durante varios años siguientes, se produjeron grandes revueltas por la independencia del sur que pusieron en dificultades al recién nacido reino de Italia durante los primeros años unitarios. Los revolucionarios, muchos campesinos y pastores, otros ex soldados del reino fieles a su rey; fueron llamados «briganti» (bandidos) porque practicaban guerras de guerrillas y realizaban saqueos. Éstos eran apoyados con armas y provisiones por el clero, que veía sus iglesias profanadas por el gobierno. Por esta política de expropiación piamontesa fue excomulgado Víctor Manuel por Pío IX.

Esta violenta y espontánea contrarrevolución popular se debe a la fidelidad de la población del sur a la dinastía Borbón y sobre todo al aumento de los impuestos y a la confiscación de tierras por parte del nuevo gobierno piamontés.

La revuelta estalló en todo el sur a finales del 1861 y el Piamonte envió a Nápoles a Enrico Cialdini dándole poderes extraordinarios con un total de 120.000 hombres. El general piamontés se enfrentó a unos 80.000 revolucionarios pero divididos en casi 500 bandas lo que facilitó su exterminio. Así se comenzó una de las más cruentas represiones de la historia italiana. El sur fue plagado de matanzas, devastaciones, fusilamientos, detenciones domiciliarias forzosas, saqueos de granjas, expropiación de tierras y cierre de industrias lo que provocó una total ruina de la población meridional.

En 1870 se instauró la ley marcial en el ex Reino de las Dos Sicilias y las rebeliones se pudieron sofocar hacia el año 1878. En todos estos años murieron un total de 70.000 meridionales en batalla o fusilados, esta cifra es muy superior a la de todos los caídos para lograr la unificación.

Los movimientos separatistas se mantienen hoy en día reflejados en el Movimiento neoborbónico el cual pretende la autonomía del Sur de Italia restaurando el histórico Reino de las Dos Sicilias.

La emigración meridional después de la unificación, fue una de las más grandes olas migratorias de todos los tiempos. La población del sur, derrotada y colonizada, no tenía otra opción que partir de su patria hacia América. Los puertos de Nápoles y Palermo fueron los centros de la emigración meridional.

Los destinos principalmente eran Estados Unidos y Argentina, la mayoría de los inmigrantes eran agricultores, pero tuvieron que quedarse en las ciudades trabajando en los puertos, o en la minería.

En un comienzo, el 85% de la emigración provenía del norte de Italia, pero después de la unificación, el porcentaje de meridionales empezó a aumentar progresivamente llegando al 56%.

En 1900, se llegó a la enorme cifra de 8 millones de emigrantes italianos, de los cuales 5 millones provenían del ex reino de las Dos Sicilias, Italia era el país de Europa con más emigración. La emigración continuó también en el transcurso del siglo XX; en la década de 1950 emigraron unos 6 millones de meridionales y en la actualidad la diáspora continúa, cada año unos 90.000 sureños deben abandonar sus tierras.

Desde los tiempos del rey Carlos, el Reino meridional vivió una fuerte reactivación económica, debido a la total restauración de la estructura del reino, tanto política como económicamente. Sin embargo, a partir de las revoluciones del año 1848 comenzaron a notarse diferencias entre los valores previstos por el Estado y los reales, es decir, los ingresos eran menores a los esperados, y los gastos mayores. Algunos años, entre 1848 y 1860 se produjo déficit fiscal en la economía.

A pesar de este último retroceso, el Reino de las Dos Sicilias poseía en su momento la mejor finanza pública de toda la península italiana, y concentraba de hecho más de las dos terceras partes del total del oro de la península.

La moneda oficial del Reino de las Dos Sicilias era el ducato, que era moneda más fuerte de la Italia preunitaria. Un ducato valía 10 carlini, un carlino era equivalente a 10 grana, el grana era equivalente a 2 tornesi, y este último a 6 cavalli.

Con respecto al comercio, Las Dos Sicilias mantenía un activo comercio con países de todas partes del mundo. Fue el único estado italiano pre-unitario en enviar buques mercantes a América y a Australia. Esto se debe a la importancia de la flota mercantil meridional, la más numerosa de Italia y la cuarta del mundo, que constaba de unos 9.800 buques, el 80% del total de la península. A esto se le suma que el primer barco a vapor italiano en navegar en el Mar mediterráneo (1818), y el primero en llegar a América (1854), eran meridionales.

La industria era un sector muy importante en el Reino de las Dos Sicilias. En la exposición internacional de París de 1856, el reino recibió el premio al tercer país con mayor desarrollo industrial del mundo, después de Gran Bretaña y Francia.

La industria más importante era la metalúrgica. En el reino existían 100 industrias de este tipo, de las cuales se destaca el centro industrial de Pietrarsa, el más importante de Italia, donde trabajaban más de 1.000 obreros. Entre los logros más importantes de la industria metalúrgica meridional se destacan la fabricación de la primera locomotora italiana, inaugurada en 1836, y el primer puente de hierro de Europa continental, sobre el río Garigliano en el 1833.

Otra industria muy importante del reino era la producción textil, la cual proporcionaba la segunda fuente de ingresos por exportación después de los productos agropecuarios. Los productos eran de algodón, lana, seda y cuero. La producción textil estaba diseminada por todo el reino, pero era Salerno la ciudad más importante. Allí trabajaban más de 10.000 obreros, por esa razón era denominada La Manchester de Italia. Los productos de cuero más fabricados eran carteras y guantes; estos últimos eran, después de los ingleses, los más abundantes en el mercado europeo. En 1860 la producción llegó a ser de 850.000 unidades anuales.

La agricultura era el sector más fuerte de la economía meridional. Con sólo el 36% de la población de Italia y sin tener grandes llanuras como la del Po, en el sur se producía el 50.4% de trigo, el 80.2% de cebada y avena, el 53% de patatas y el 41.5% de legumbres de toda la península. Esto se debe sobre todo a las políticas de los reyes meridionales: ya el rey Carlos disminuyó considerablemente los impuestos y retenciones del sector agropecuario para incentivar la producción.

A su vez, eran sumamente importantes las agroindustrias, de las cuales las principales eran la producción de pasta, de productos relacionados con el tomate y el aceite de oliva. Este último era exportado a todo el mundo y constituía la mitad de las exportaciones meridionales.

El producto más explotado en el Reino era el azufre, cuyos yacimientos se localizaban en Sicilia. La explotación de este compuesto cubría el 90% del consumo mundial de este producto, indispensable para la industria de la época, en especial la de los explosivos. La minería de azufre tenía un valor estratégico en el comercio mundial, y a esta razón se atribuye el constante interés del Reino Unido en la explotación del azufre siciliano. El rey Fernando II comenzó a incomodar a Gran Bretaña con la denominada cuestión del azufre: Desde 1816 existía entre Londres y Nápoles un tratado de comercio y rápidamente los mercaderes ingleses se aprovecharon para obtener casi toda la producción de azufre de la isla. Compraban barato y lo vendían a precios altísimos. Entonces Fernando II, tratando de aprovechar al máximo los beneficios debidos a sus materias primas, le concedió el comercio del azufre a una sociedad francesa que pagaba el doble que los ingleses.

Otra actividad importante era la explotación de las salinas para la producción de sal, tanto de uso alimenticio como industrial. Las salinas más grandes se encontraban en Sicilia, en las cuales se producían unas 110.000 toneladas de sal por año. También eran notables las salinas pugliesas, las preferidas del rey Fernando II, que fundó varias villas agrícolas en la zona, distribuyendo gratuitamente terrenos y capitales a los trabajadores.

El el Siglo XVIII, bajo el impulso de los reyes borbónicos, se produjo un renacimiento cultural en Nápoles después de varios siglos de dominación extranjera. Nápoles era uno de los centros culturales más importantes de Europa y difusora de las ideas de la Ilustración, tan sólo superada por París. Nápoles fue la cuna de grandes personalidades de la cultura como Giambattista Vico, uno de los pensadores más importantes de la época; y Gaetano Filangieri, importante jurista cuya obra La Ciencia de la Legislación fue inspiradora del Código Napoleónico y la Constitución estadounidense.

El reino de las Dos Sicilias tenía cuatro universidades: la de Nápoles, fundada por el emperador Federico II en 1224, las de Messina y Catania, y la de Palermo, la más reciente y fundada por el rey Fernando I de las Dos Sicilias. Comparando con otros estados italianos preunitarios, las Dos Sicilias estaban a la vanguardia de la educación superior. Por ejemplo, la primera universidad en Milán se creó en el 1863, ya en el Reino de Italia. En el 1860, el número de egresados meridionales era mayor que el de todo el resto de Italia (16.000 meridionales por 9.000 del resto de Italia). En las casas editoras napolitanas se imprimían el 55% de los libros de Italia.

En Nápoles se instauró la primera cátedra universitaria de economía política del mundo en 1754. La facultad de jurisprudencia fue la que desarrolló el primer código marítimo y código militar de Italia. Con respecto a la geología, en Nápoles se fundó el observatorio sismológico Vesuviano, el primero del mundo. Con respecto a la astronomía, en Palermo, en 1801, Giuseppe Piazzi descubrió el primer planeta enano, el más pequeño de todos, que se encuentra entre Marte y Júpiter. Lo denominó Ceres Ferdinandea, y hasta 2006 se consideró un asteroide.

Pero la educación universitaria era sólo para las clases privilegiadas. Con respecto a la educación pública, la educación primaria era pobre. Si bien el Rey Fernando I creó numerosas escuelas gratuitas, el pueblo del interior del reino priorizaba el trabajo agropecuario de los campesinos sobre la instrucción en las escuelas. Cabe aclarar que en las Dos Sicilias sólo el 10% de los campesinos estaba alfabetizado.

La Nápoles borbónica era una de las capitales del arte mundial, principalmente de la música. En Nápoles, en la segunda mitad del siglo XVIII se había dado origen a un nuevo estilo de ópera, la Opera buffa, que tuvo impacto en Italia y en toda Europa. Nápoles contaba con el teatro lírico más antiguo del mundo, el Teatro San Carlo, inaugurado en 1737. Este teatro era uno de los más importantes de Italia y fue cuna de grandes compositores meridionales como Alessandro Scarlatti, Giovanni Battista Pergolesi, Saverio Mercadante, Domenico Cimarosa, y Giovanni Paisiello entre otros. Entre los grandes compositores italianos que compusieron para el teatro se encuentran Rossini, Bellini y Donizetti.

También en Nápoles florecieron otras disciplinas como la pintura, plasmada en la escuela pictórica de Posillippo, y la arquitectura, con formidables testimonios arquitectónicos como los Palacios reales de Nápoles, Caserta y Portici. Importante era también la arqueología: en el reinado de Carlos III se realizaron excavaciones en Pompeya y Herculano cuyas piezas fueron expuestas en el Museo Arqueológico.

El Reino de las Dos Sicilias gozaba de un servicio sanitario mejor que el de los otros estados de Italia. Las Dos Sicilias tenía el porcentaje más alto de médicos por habitantes en Italia. Para 9 millones de habitantes del reino había 9.390 médicos, mientras que en todo el norte, para 13 millones de habitantes había sólo 7.087 médicos.

Este reino tenía la mortalidad infantil más baja, mientras que las cifras más altas se registraban en Lombardía, Piamonte y en Emilia Romagna. En el año 1821, una ley obligó a los progenitores a vacunar a sus hijos contra la viruela. Hasta el año 1859 no se incorporó esta ley en el Reino de Piamonte-Cerdeña.

En el 1782 se realizó la primera intervención en Italia de profilaxis contra la tuberculosis. En el año 1847, había 22 hospitales en las Dos Sicilias. El de San Leucio fue el primero gratuito en 1789. También tuvo la primera clínica ortopédica de Italia y el hospital Real Morotrofio de Aversa fue el primero de psiquiatría, y el primero en Europa en eliminar la utilización de cepos para los enfermos.

El escudo de Armas del Reino de las Dos Sicilias se compone por un escudo central oval formado por 19 partes que representan otras zonas de Europa. Por encima se encuentra la corona real borbónica y está rodeado por seis collares que representan las órdenes caballerescas: la Orden de San Gennaro, la de San Jorge, la del Toisón de Oro, la Orden del Espíritu Santo y la Orden de Carlos III.

Al principio



Edad Contemporánea

Máquina de hilados en una fábrica francesa del siglo XIX. La difusión tecnológica permitió la extensión de la Revolución Industrial, primero a Europa Noroccidental y después, en lo que se denominó Segunda revolución industrial, a los actuales países desarrollados (especialmente Alemania, Rusia, Estados Unidos y Japón). A finales del siglo XX, los NIC o nuevos países industrializados (especialmente China) iniciaron un rápido crecimiento industrial.

Edad Contemporánea es el nombre con el que se designa el periodo histórico comprendido entre la Revolución francesa y la actualidad. Comprende un total de 220 años, entre 1789 y el presente. La humanidad experimentó una transición demográfica, concluida para las sociedades más avanzadas (el llamado primer mundo) y aún en curso para la mayor parte (los países subdesarrollados y los recientemente industrializados), que ha llevado su crecimiento más allá de los límites que le imponía históricamente la naturaleza, consiguiendo la generalización del consumo de todo tipo de productos, servicios y recursos naturales que han elevado para una gran parte de los seres humanos su nivel de vida de una forma antes insospechada, pero que han agudizado las desigualdades sociales y espaciales y dejan planteando para el futuro próximo graves incertidumbres medioambientales.

Los acontecimientos de esta época se han visto marcados por transformaciones aceleradas en la economía, la sociedad y la tecnología que han merecido el nombre de Revolución Industrial, al tiempo que se destruía la sociedad preindustrial y se construía una sociedad de clases presidida por una burguesía que contempló el declive de sus antagonistas tradicionales: los privilegiados y el nacimiento y desarrollo de uno nuevo: el movimiento obrero, en nombre del cual se plantearon distintas alternativas al capitalismo. Más espectaculares fueron incluso las transformaciones políticas e ideológicas (Revolución liberal, nacionalismo, totalitarismos); así como las mutaciones del mapa político mundial y las mayores guerras conocidas por la humanidad.

La ciencia y la cultura entran en un periodo de extraordinario desarrollo y fecundidad; mientras que el arte y la literatura, liberados por el romanticismo de las sujecciones académicas y abiertos a un público y un mercado cada vez más amplios; se han visto sometidos al impacto de los nuevos medios de comunicación de masas, escritos y audiovisuales, lo que les provocó una verdadera crisis de identidad que comienza con el impresionismo y las vanguardias y aún no se ha superado.

La Edad Contemporánea es una división reciente de la historia, ya que es el cuarto segmento de la vieja clasificación de Cristóbal Celarius en Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna. De hecho, lo que para los historiadores de tradición latina es la "Edad Contemporánea" o "Época Contemporánea", para los historiadores anglosajones son los Late Modern Times (literalmente "Últimos Tiempos Modernos", traducible como "Edad Moderna Tardía" o "Edad Moderna Posterior"), en contraste con los Early Modern Times (literalmente "Tempranos Tiempos Modernos", traducible como "Edad Moderna Temprana" o "Edad Moderna Anterior"). Es legítimo cuestionarse si hubo más continuidad o más ruptura entre la Edad Moderna y la Contemporánea.

Si se define la Modernidad como el desarrollo de una cosmovisión con rasgos bien característicos (antropocentrismo -confianza en el ser humano por sobre lo divino-, idea de progreso social, énfasis en la libertad individual, valoración del conocimiento y la investigación científicas, etcétera), entonces es claro que la Edad Contemporánea es una continuación de todos estos conceptos, que surgieron en Europa Occidental a finales del siglo XV y comienzos del XVI con el Humanismo, el Renacimiento y la Reforma Protestante; y se acentuaron durante la denominada crisis de la conciencia europea de finales del siglo XVII, que incluyó la Revolución Científica y preludió a la Ilustración. Las revoluciones de finales del XVIII y comienzos del XIX pueden entenderse como la culminación lógica y exacerbación de esta cosmovisión respecto del período precedente. A partir de entonces, la confianza en el ser humano y en el progreso científico se manifestó en una ideología muy característica: el positivismo, que encontró su reflejo político en el liberalismo y en el secularismo, y religioso en el agnosticismo; llevado a su extremo, permitió el desarrollo del darwinismo social. A su vez, la doctrina de los derechos humanos, desarrollada con elementos anteriores, se plasmó para dar forma a la democracia contemporánea, que a partir del siglo XIX se fue extendiendo con distintas vicisitudes hasta llegar a ser el ideal más universalmente aceptado de forma de gobierno en la actualidad, con notables excepciones.

Pero por otra parte, durante la Edad Contemporánea se desarrolló también un discurso correlativo que pone un fuerte énfasis en la llamada crítica de la Modernidad, y que en su vertiente más radical desemboca en el nihilismo. Es posible seguir el hilo de esta crítica de la Modernidad en el Romanticismo y su utopía de reencontrarse con las raíces históricas de los pueblos, o en la filosofía de Arthur Schopenhauer o más modernamente del Existencialismo, o en ideologías políticas como el comunismo, o en estilos artísticos como el teatro del absurdo, o en concepciones teóricas como el Postmodernismo, por mencionar tan solo algunos ejemplos puntuales. Pero por otra parte, la idea de reemplazar al ideal ilustrado de progreso y confianza optimista en las capacidades del ser humano, es en sí misma una noción progresista y de confianza en la capacidad del ser humano que efectúa esa crítica, por lo que esas "superaciones de la Modernidad" muchas veces son vistas a posteriori como nuevas variantes del discurso moderno.

En cada uno de los planos principales del devenir histórico (económico, social y político), puede cuestionarse si la Edad Contemporánea es una superación de las fuerzas rectoras de la Modernidad o sólo significa el periodo en que triunfan y alcanzan todo su potencial de desarrollo las fuerzas económicas y sociales que durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente: el capitalismo y la burguesía; y las entidades políticas que lo hacían de forma paralela: la nación y el Estado. En el siglo XIX, estos elementos confluyeron para conformar la formación social histórica del estado liberal decimonónico europeo clásico, regido por una minoría burguesa empecinada en la acumulación de capital, asentada sobre una gran masa de proletarios, compartimentada por las fronteras de unos Estados nacionales de dimensiones compatibles con mercados nacionales que a su vez controlaban un espacio exterior disponible para su expansión colonial.

Sin embargo, en el siglo XX, esta triple identidad (económica, social y política) se fue trizando. Por una parte, el surgimiento de una poderosa clase media, en particular gracias al desarrollo del estado del bienestar, tendió a limar la distancia entre la burguesía y el proletariado. Por la otra, el capitalismo fue duramente combatido, aunque con éxito bastante limitado, por ideologías inspiradas en el marxismo, desde el comunismo más radical hasta las variantes más moderadas de socialismo; en el siglo XX, en el campo científico, los presupuestos del capitalismo fueron puestos a prueba por el desarrollo de la moderna Teoría de Juegos, que en muchos aspectos enmendó la plana a los planteamientos económicos clásicos de Adam Smith. En cuanto a los Estados nacionales, si bien numerosos pueblos y naciones del globo terminaron por convertirse en sendos Estados durante los siglos XIX y XX, éstos no siempre resultaron viables, y una cantidad numerosa de ellos terminaron degenerando en terribles conflictos civiles, religiosos o tribales, en particular cuando las fronteras se fijaron siguiendo los límites geográficos de los imperios coloniales en desintegración, que a su vez habían sido delimitados con criterios bien distintos al interés de las naciones sometidas a dichos imperios; por otra parte, los estados nacionales se transformaron, después de la Segunda Guerra Mundial, en actores cada vez menos relevantes en el mapa político, debido a la hegemonía impuesta por los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre ellos.

La desaparición de ésta y del bloque comunista ha dado paso al mundo actual del siglo XXI, en que las fuerzas rectoras tradicionales presencian el doble desafío que suponen tanto la tendencia a la globalización como el surgimiento o resurgimiento de todo tipo de identidades -religiosas, sexuales, de edad, nacionales, grupales, culturales, deportivas- o actitudes -pacifismo, ecologismo- muchas veces competitivas entre sí.

En los años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX se derrumba el Antiguo Régimen de una forma que fue percibida por los contemporáneos como una aceleración del ritmo temporal de la historia, que trajo cambios trascendentales conseguidos tras vencer de forma violenta la oposición de las fuerzas interesadas en mantener el pasado: todos ellos requisitos para poder hablar de una Revolución, y de lo que para Eric Hobsbawm es La Era de la Revolución. Suele hablarse de tres planos en el mismo proceso revolucionario: el económico, caracterizado por el triunfo del capitalismo industrial que supera la fase mercantilista y acaba con el predominio del sector primario (Revolución Industrial); el social, caracterizado por el triunfo de la burguesía y su concepto de sociedad de clases basada en el mérito y la ética del trabajo, frente a la sociedad estamental dominada por los privilegiados desde el nacimiento (Revolución burguesa); y el político e ideológico, por el que se sustituyen las monarquías absolutas por sistemas representativos, con constituciones, parlamentos y división de poderes, justificados por la ideología liberal (Revolución liberal).

Uno de los pilares de la sociedad contemporánea, en relación a todos los períodos históricos precedentes, es el proceso de industrialización acelerada que se vivió desde la Revolución Industrial en adelante. Esta se vivió en fechas distintas según el lugar y las influencias: segunda mitad del siglo XVIII (Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial), primera mitad del XIX (Europa), segunda mitad del XIX (Estados Unidos, Rusia y Latinoamérica), primera mitad del XX (Japón), segunda mitad del XX (naciones africanas).

Con anterioridad, las sociedades agrarias que habían devenido en mercantiles gracias al intercambio comercial, seguían elaborando productos de manera artesanal, y por lo tanto, con bajas cuotas y altos costes de producción. La maquinización de muchos procesos que hasta entonces habían sido efectuados manualmente, permitió la elaboración de éstos en serie, lo que trajo varias consecuencias. En primer lugar, los costos de producción disminuyeron ostensiblemente, en parte porque al fabricarse de manera más rápida se invertía menos tiempo en su elaboración, y en parte porque las propias materias primas, al ser también explotadas por medios industriales, bajaron su coste. En segundo lugar, se produjo la estandarización de la producción, de modo que los pocos productos antiguos y exclusivos fueron reemplazados por muchos productos nuevos, pero todos iguales unos a otros. En tercer lugar, las sociedades industrializadas pudieron prescindir de mano de obra cualificada, contratando a obreros menos preparados y despidiendo a vastas cantidades de ellos, con el consiguiente problema social que implicaban las crecientes masas de desocupados y parados, la precarización del empleo, y la brutal desigualdad entre bajos salarios y altas exigencias laborales. En cuarto lugar, la disminución del costo de formar a obreros y artesanos liberó recursos para que sectores crecientes de la población pudieran acceder a una mejor educación, generando así una clase media que, con mayor o menor fortuna, consiguió ser un colchón entre los inmensamente ricos y los inmensamente pobres.

La Revolución Industrial se originó en Inglaterra. Varios factores influyeron en esto. Por una parte, Inglaterra era uno de los países con mayor disponibilidad de carbón, mineral indispensable para alimentar la máquina de vapor (debido a tener un poder calorífico mayor que la madera, el otro combustible tradicional), que fue el gran motor de la Revolución Industrial temprana. Por otra, la sociedad inglesa había atravesado una serie de guerras civiles en el siglo XVII, que derivaron en el reemplazo del Absolutismo por una monarquía parlamentaria que daba garantías para el emprendimiento individual. Síntoma importante de esto es el enorme desarrollo que en Inglaterra tenía el sistema de patentes industriales. Además, durante el siglo XVIII se construyó Inglaterra un gran imperio colonial que, a pesar de la pérdida de las Trece Colonias, emancipadas en la guerra de 1776 a 1781 (ver independencia de Estados Unidos), tenía a su disposición los riquísimos territorios de la India, entre otros, los cuales eran una fuente importante de materias primas para su industria. De ahí la facilidad con la cual Inglaterra pudo industrializarse, a finales del siglo XVIII.

Ya a finales del siglo XVII habían experimentos con calderas de vapor, y Thomas Newcomen había desarrollado en 1705 una máquina de vapor que mejoraba el trabajo en las minas. Pero fue en 1782 cuando James Watt incorporó un sistema de retroalimentación en la máquina de Newcomen, volviéndola así mucho más eficiente. El invento de Watt daría la vuelta al globo, y sería el primer salto hacia la industrialización. En paralelo, se desarrollaron nuevas técnicas agrarias, en lo que se denominó la revolución agrícola, y que permitió mejorar el rendimiento agrícola y ganadero; al mismo tiempo, inventos como la lanzadera volante y otros permitieron mecanizar el trabajo textil (revolución textil), poniendo a la industria textil inglesa a la cabeza de la producción mundial de telas.

Estas novedades no siempre fueron bien acogidas por la población. Entre la gente cundió el miedo a que las máquinas algún día reemplazarían por completo el esfuerzo humano, y de esta manera se terminaran las fuentes de trabajo. El miedo a la cesantía y al paro forzoso llevó a muchos obreros a revolverse, crear disturbios, y arrasar con las industrias que habían incorporado máquinas. Si bien por una parte disminuyeron los puestos de trabajo, la consecuencia más nefasta fue la rebaja en el nivel salarial, y por tanto, se abrieron las puertas a horarios de trabajos infames y al pauperismo.

En paralelo a la Revolución Industrial, el poder económico creciente de la burguesía chocaba con los privilegios de los dos estamentos sociales que conservaban sus prerrogativas desde la Edad Media, que eran el clero y la nobleza. Ya a finales del siglo XVII, los monarcas absolutos habían empezado a prescindir de los aristócratas para el gobierno, llamando como ministros a gentes de la burguesía, como por ejemplo Jean-Baptiste Colbert, el ministro de finanzas de Luis XIV. De esta manera, los burgueses fueron cobrando conciencia de su propio poder. En el siglo XVIII abrazaron los ideales de la Ilustración. En respuesta, los monarcas absolutos adoptaron algunas ideas ilustradas, creando así el despotismo ilustrado, el cual a la larga se reveló como insuficiente para satisfacer las aspiraciones burguesas, que se inclinaban con fuerza cada vez mayor hacia un gobierno constitucional. Finalmente, ante la resistencia de la nobleza, el descontento de la burguesía estalló en forma de rebeliones populares contra los privilegiados. En las colonias con una burguesía ascendente, esto se manifestó en guerras de independencia, mientras que en las metrópolis, esto produjo movimientos revolucionarios.

También estos derechos son "derechos naturales", esto es, se oponen a los "derechos positivos", que son aquellos consagrados por los distintos ordenamientos jurídicos; vale decir, los derechos humanos se conciben como anteriores a la ley del Estado. "Los derechos del hombre son recogidos en una Constitución -por eso se pueden llamar constitucionales- pero no son creados por ella. Son derechos, según se dice en esas declaraciones, que pertenecen al hombre por ser quien es y no en virtud de ciertos hechos propios o ajenos, o de condiciones posteriores, como puede ser la nacionalidad, las preferencias políticas o la religión del individuo".

Pero como el Estado puede arrollar estos derechos, los ilustrados concibieron limitarlo mediante una Constitución Política, prefiriendo el imperio de la ley al gobierno del rey. Aunque los ilustrados podían diferir sobre sus preferencias en cuanto a la definición del perfecto sistema político, desde la mayor autoridad del rey hasta el principio de separación de poderes (notablemente Montesquieu en El espíritu de las leyes -1748-), prácticamente todos concordaban en la necesidad de dicha Ley Suprema que rigiera a la nación soberana. A su vez, esta Constitución debía ser generada por el pueblo y no por la monarquía o el gobernante, ya que se trata de una expresión de la soberanía, y ésta reside en la nación y en los ciudadanos, y por lo tanto, ya no en el monarca, como predicaban los teóricos defensores del Absolutismo (Hobbes, Bossuet). De ahí que los ilustrados defendieran, como representante de los derechos del pueblo, un parlamentarismo que podía ser más o menos amplio.

Cuesta no reconocer en todas estas concepciones, la gran influencia que sobre los teóricos políticos de la Ilustración tuvo el ejemplo político inglés, que después de 1688 decantó en una monarquía parlamentaria con plena separación de poderes. De hecho, la Constitución de 1787, que entró en vigencia en Estados Unidos está fuertemente imbuida en la tradición jurídica consuetudinaria británica. No es raro este contraste entre constitución escrita (Estados Unidos) y consuetudinaria (Inglaterra), si se piensa que el proceso jurídico británico se produjo en el lapso de unos 600 años, mientras que su equivalente estadounidense se produjo en apenas una década, y por tanto, el texto escrito se hizo indispensable para crear todo un nuevo sistema político desde la nada, mientras que esto no fue necesario en el caso británico, que había evolucionado fluidamente y había tenido tiempo de decantar en el paso de los siglos. De hecho se plasmaba en el prestigio de varios textos legales (algunos medievales, como la Carta Magna de 1215, otros modernos como el Bill of Rights de 1689), la jurisprudencia de tribunales con jueces independientes y jurados y los usos políticos, que implicaban un equilibrio de poderes entre Corona y Parlamento (elegido por circunscripciones desiguales y sufragio restringido), frente al que el Gobierno de su Majestad respondía. Las primeras constituciones escritas en el continente europeo fueron la polaca (3 de mayo de 1791) y la francesa (3 de septiembre de 1791). No obstante, el primer documento legal moderno de su tipo (más bien un ejercicio teórico y utopista que no se aplicó) fue el Proyecto de Constitución para Córcega que Jean Jacques Rousseau redactó para la efímera República Corsa (1755-1769).

Las primeras españolas aparecieron como consecuencia de la Guerra de Independencia Española: la redactada en Bayona por los afrancesados (8 de julio de 1808) y la elaborada por sus rivales del bando patriota en las Cortes de Cádiz (12 de marzo de 1812 llamada popularmente Pepa), tomada como modelo por otras en Europa. En la América Hispánica las primeras constituciones fueron creadas entre 1811 y 1812, como consecuencia del movimiento juntista, que fue la primera fase del movimiento independentista latinoamericano. El Congreso de Angostura, con la inspiración de Simón Bolívar, redactó la Constitución de la Gran Colombia (incluía las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) el 15 de febrero de 1819.

Los ingleses se habían instalado en Norteamérica desde el siglo XVII, dando lugar así a las Trece Colonias. Durante la gran guerra colonial que los ingleses emprendieron con los franceses (1756-1763), y que fue correlato americano de la Guerra de los Siete Años europea, los colonos estadounidenses cobraron conciencia de su propio poder. En los años siguientes, la metrópolis inglesa se condujo con poco tacto con las colonias, y tras el enfriamiento progresivo de relaciones, los colonos y los "casacas rojas", como se llamaba a las tropas inglesas por el color de su uniforme, tuvieron las primeras refriegas. En 1776, en un "congreso continental" reunido en la ciudad de Filadelfia, las Trece Colonias proclamaron la independencia. La guerra, liderada por George Washington por el lado colonial, terminó con la completa derrota de los ingleses en la batalla de Yorktown (1781), y la posterior admisión de la independencia (1783). Durante algunos años hubo dudas sobre si las Trece Colonias seguirían su camino como otras tantas naciones independientes, o si se unirían en una única nación. En un nuevo congreso celebrado otra vez en Filadelfia, el año 1787, acordaron finalmente una solución intermedia, conformando un estado federal con una compleja repartición de funciones entre la Federación y los Estados miembros, todo ello bajo el mandato de una única carta fundamental, la Constitución de 1787, la primera escrita en el mundo. La Federación, conocida como los Estados Unidos, se inspiró para su creación y para la redacción de su carta magna, en los principios fundamentales promovidos por la Ilustración, incluyendo el respeto a los derechos humanos, el individualismo, la democracia, etcétera, transformándose así en un ejemplo a seguir por los burgueses de otras latitudes, que encontraron aquí inspiración para los siguientes movimientos revolucionarios que vendrían.

Jean-Jacques Rousseau (Quentin de la Tour, 1753) es el padre intelectual de las revoluciones de finales del siglo XVIII. Ve en la sociedad corrupta del Antiguo Régimen menos valores que en el buen salvaje (avanzado en su Discours sur les Sciences et les Arts -"Discurso sobre las Ciencias y las Artes"- y popularizado con la novela Emilio). Su doctrina de Contrato social, basado en ese concepto de bondad natural del hombre, llevará a la búsqueda de la soberanía nacional, y más adelante, de la democracia, pero también está en el origen intelectual del estado uniformador y totalitario de las dictaduras del siglo XX.

El general y primer presidente George Washington despide al noble francés y también general Marqués de La Fayette (1784). Al frente de tropas de la monarquía francesa había apoyado la independencia de las Trece Colonias frente a Inglaterra, al igual que hizo el gobernador de Luisiana Bernardo de Gálvez y Madrid con tropas de la monarquía española, en un ajuste de cuentas de la anterior Guerra de los Siete Años. La Fayette, influido por su experiencia americana, fue partidario de las reformas moderadas y de una monarquía constitucional durante la posteriores acontecimientos revolucionarios en Francia.

El británico Thomas Paine tuvo una trayectoria vital ligada a las revoluciones americana y francesa. Expulsado de Inglaterra, también tuvo problemas con el régimen terrorista de Robespierre, y acabó su vida en suelo norteamericano. Fue autor de tres importantes libros: el liberal Common Sense ("El Sentido Común") donde defiende la independencia de Estados Unidos, el polemista The Rights of Man ("Los Derechos del Hombre") respondiendo al ataque a los excesos revolucionarios de Francia de Edmund Burke (quien, por el contrario, había defendido la americana, aunque con argumentos más conservadores que los radicales de Paine); y el anticlerical y volteriano The Age of Reason (La edad de la razón).

Francia había apoyado activamente a las Trece Colonias contra su enemigo de siempre, Inglaterra, y había enviado tropas a cargo del Marqués de La Fayette para prestarles apoyo militar. Pero esto le costó caro a la monarquía francesa, y no sólo en términos monetarios. El gobierno de Luis XVI, bienintencionado, pero no demasiado competente, era enormemente impopular, y una serie de crisis económicas llevaron a la monarquía al borde del desastre, mientras que el pueblo y la burguesía pedía, como remedio para los males económicos, que tanto el clero como la nobleza pagaran impuestos, como el resto de los súbditos de la corona francesa. Ante la crisis, Luis XVI convocó a los Estados Generales, pero una vez reunidos, los diputados de la nobleza, el clero y los estamentos no privilegiados (el llamado "Tercer Estado") no pudieron ponerse de acuerdo sobre el sistema de votación (por clase favorecía a la nobleza y al clero, mientras que por diputado favorecía al Tercer Estado). Finalmente, el Tercer Estado se separó para formar su propia Asamblea Nacional. El 14 de julio de 1789, la situación se escapó de todo control cuando el pueblo de París, en un movimiento espontáneo, tomó la fortaleza de La Bastilla, símbolo de la autoridad real. El rey, sorprendido por los acontecimientos, pareció hacerles concesiones a los revolucionarios por un tiempo (éstos no querían, en principio, derrocarle, sino tan solo obligarle a aceptar una constitución), pero luego de un intento de fuga en 1791, fue prácticamente un prisionero de los representantes del Tercer Estado. La Constitución de 1791 tenía forma monárquica, pero en el fondo confería el poder a una Asamblea Legislativa, que gobernó a su amaño contra la nobleza y el clero. En 1792 Francia fue envuelta en guerra contra otras potencias vecinas (Austria y Prusia), decididas a aplastar el movimiento revolucionario antes de que el ejemplo se contagiase a sus territorios. Todo terminó en una degollina generalizada, el llamado Terror, que duró entre 1793 y 1795, y en el cual los restos de la aristocracia y el clero fueron barridos casi por completo (exiliados o ejecutados), así como el rey, para dar paso a un nuevo régimen político, el Directorio (1795-1799).

En medio de estos eventos hizo carrera Napoleón Bonaparte, un general que ganó popularidad a través de sus victorias en Italia y Egipto. En 1799 se sumó al golpe de estado que derribó al Directorio e instauró el Consulado; en 1804, Napoleón se proclamó Emperador de los franceses (no Emperador de Francia). Aunque finalmente derribado en 1815, Napoleón dejó un extenso legado tras de sí. Consciente de que no podía retomar el Derecho del Antiguo Régimen, pero sumergido en el marasmo de la atropellada y caótica legislación revolucionaria, dio la orden de compendiar todo ese legado jurídico en cuerpos legales manejables. Nació así el Código Civil de Francia o Código Napoleónico, inspiración para todos los demás estados liberales, y que contribuyó a propagar la Revolución en cuanto superestructura jurídica que expresaba la sociedad burguesa-capitalista. A éste código siguió después un Código de Comercio, un Código Penal y un Código de Instrucción Criminal, este último antecedente del derecho procesal moderno. También emprendió una serie de reformas administrativas y tributarias en Francia, que eliminaron muchos privilegios y fueros territoriales a favor de una nación unitaria y centralizada. En su campaña contra los privilegios creó también la Legión de Honor, la más alta distinción del Estado, que reconocía no el privilegio de cuna o la riqueza, sino el mérito personal. De esta manera, el régimen político, jurídico e institucional de Napoleón Bonaparte, inspirado en los ideales revolucionarios de 1789, se transformó en modélico para el mundo.

Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 26 de agosto de 1789. Con una voluntad universalista e ilustrada, supuso una invitación a la extensión de las ideas revolucionarias a las demás naciones.

Ejecución de Luis XVI, 21 de enero de 1793. La ejecución por su pueblo de un rey que según todo el ideario político de su tiempo, tenía poderes absolutos, causó un impacto enorme, ya con todas las monarquías europeas solidarizaron en guerra contra la Revolución.

Napoleón cruzando los Alpes (Jacques-Louis David, 1801). Hijo de la Revolución, de ideario igualitarista (se dice que ponía en la mochila de cada soldado el bastón de mariscal), plasmó los ideales revolucionarios en una nueva institucionalidad política, administrativa y jurídica.

El tres de mayo de 1808 en Madrid, por Goya. La lucha entre las fuerzas napoleónicas y los defensores del Antiguo Régimen obligó a los pueblos europeos a tomar partido no sólo militar, sino también ideológico, e ingresar así a la Edad Contemporánea.

En América, sometida desde el siglo XVI al dominio colonial español, se había formado durante el XVIII una próspera clase mercantil, que veía con malos ojos los intentos de la metrópoli por mantenerlos sometidos a numerosas trabas administrativas, legales, burocráticas o mercantiles, bien sea por mala fe, bien sea por miedo al poder que los burgueses pudieran desarrollar, bien sea por hacer la guerra económica a otras naciones europeas impidiéndoles comerciar con América, o bien sea por simple inepcia. El caso es que numerosos burgueses americanos, los criollos, buscaban no emanciparse, pero sí cambiar las relaciones entre la metrópoli y las colonias; sólo algunos exaltados operando en la sombra, la mayor parte de ellos agrupados en logias masónicas como la Logia Lautarina, buscaban verdaderamente la independencia.

La oportunidad vino con el cautiverio de Fernando VII de España, a manos de la invasión napoleónica. Napoleón Bonaparte envió emisarios a América para exigirles su fidelidad, pero los criollos, quizás espoleados por el fracaso de Napoleón en retener la Luisiana (vendida a Estados Unidos en 1803), se negaron a someterse, y para preservar el poder de Fernando VII, se abocaron al movimiento juntista, preservando su poder en Juntas de Gobierno convocadas en cada capital de gobernación o virreinato, pero a un tiempo aprovechando la ocasión para introducir reformas económicas, incluyendo la libertad de comercio o la libertad de vientres. Todo esto fue mal visto por los elementos más fidelistas, quienes hicieron la guerra a los juntistas, a veces abiertamente y por mano militar. Tampoco le agradó este estado de cosas a Fernando VII, quien salió del cautiverio en 1814 y apoyó una serie de acciones militares para abatir a las colonias, cada vez más emancipadas. Los patriotas, ahora resueltos no a obtener beneficios sino a emanciparse derechamente, formaron sendos ejércitos, y en campañas militares de varios años, consiguieron libertar América: José de San Martín invadió Chile desde Argentina (1817), y luego saltó desde ahí al Perú, con el apoyo del gobierno de Bernardo O'Higgins (1822), mientras que Simón Bolívar emprendió una marcha triunfal por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, hasta que uno de sus lugartenientes, el Mariscal José de Sucre, venciendo en la Batalla de Ayacucho (1824), derrotó al último bastión realista. Paralelamente, en México, hubo un movimiento revolucionario propio, que llevó a la proclamación de la independencia por Agustín de Iturbide, quien casi de inmediato se proclamó Emperador de México.

A pesar de los ideales panamericanos de Simón Bolívar, que aspiraba a reunir a todas las repúblicas, a semejanza de las Trece Colonias, éstas no sólo no se reunieron, sino que siguieron disgregándose. La Gran Colombia duró hasta 1830 y se escindió en Ecuador, Colombia y Venezuela; por su parte Uruguay se independizó de Argentina en 1828; y un intento por crear una Confederación Perú-Boliviana terminó con su derrota militar a manos de las tropas chilenas, en 1839.

El cura Hidalgo, precursor de la independencia de México.

Simón Bolívar, el más decisivo de los libertadores de América.

José de San Martín, desde Argentina ejerció un papel de similar importancia.

Toussaint-Louverture, líder de la revolución haitiana, la única basada en la rebelión de los esclavos negros.

Estos no fueron los únicos movimientos revolucionarios, aunque sí fueron los más importantes. En algunas ciudades autónomas de Europa (Lieja en 1791, por ejemplo) hubo varias insurrecciones que siguieron el modelo revolucionario francés, con mayor o menor éxito. El conato revolucionario europeo que tuvo mayor éxito, fue la sublevación de los griegos, que se emanciparon del Imperio Otomano en 1823. Fuera del mundo occidental, aunque no puede hablarse de movimientos revolucionarios propiamente tales en el sentido que hemos reseñado, sí es claro que los distintos movimientos occidentalizadores (Era Meiji en Japón, abolición del Imperio Manchú en China, etcétera), se inspiraron para crear naciones "modernas" y "occidentales", en los llamados ideales de 1789.

Todos estos movimientos revolucionarios encontraron concreción intelectual en el Romanticismo. Los antecedentes del mismo se encuentran ya en la segunda mitad del siglo XVIII, con obras literarias como Las desventuras del joven Werther de Goethe, o la novela gótica de Horace Walpole y sus epígonos. Sin embargo, en la época predominaba el espíritu del Neoclasicismo. De hecho, aunque suele verse al Romanticismo como una reacción contra el Neoclasicismo, la verdad es que entre uno y otro movimiento se produjo una transición bastante pausada, hasta el punto que hay quien afirma, quizás de manera un tanto extrema, que son dos fases de un mismo movimiento intelectual. Por lo pronto, es sintomático que la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, movimientos ambos de rebelión contra el Antiguo Régimen, estén asociados artísticamente no con el Romanticismo que por entonces nacía, sino con el Neoclasicismo, y que el gran pintor de escenas revolucionarias sea el neoclásico Jacques-Louis David.

El Romanticismo se caracteriza por conferirle la máxima importancia al sentimiento, incluso la pasión, por sobre el racionalismo. También prestaba suma atención a las peculiaridades y particularidades de cada pueblo o nación, desembocando así en un fuerte nacionalismo. Este énfasis doble confluyó en una sostenida investigación de las raíces de cada pueblo y nación, en la búsqueda de lo que los alemanes llamarían el Volkgeist o "Espíritu del pueblo". En ese sentido, se opone decididamente a la Ilustración, que confería un énfasis supremo a la Razón, y que por lo mismo, aspiraba a un carácter universalista o ecuménico.

El Romanticismo encontró su más fuerte expresión en el arte romántico. La literatura romántica se llenó de tipos literarios atormentados y zaheridos por las pasiones, en lucha constante contra una sociedad que se niega a darle libertad al individuo. En Inglaterra destacan entre otros Lord Byron, Percy Shelley y Mary Shelley, quienes vivieron vidas tempestuosas y murieron jóvenes. En Italia se alza la figura de Alessandro Manzoni. En España, el Romanticismo se plasma en José Zorrilla, quien con su Don Juan Tenorio replantea el mito barroco que plasmara Pedro Calderón de la Barca en El burlador de Sevilla. En Estados Unidos emerge la figura de Edgar Allan Poe. Este Romanticismo literario fue muy combatido inicialmente, en parte por su postura transgresora, y en parte por la actitud desenfadada y anticonvencional de sus representantes, quienes llevaron vidas escandalosas para la época. El enfrentamiento definitivo se produjo en 1830, cuando un joven Víctor Hugo estrenó su obra teatral Hernani, desatando una verdadera batalla campal entre los románticos y los acostumbrados al teatro neoclásico. A partir de este evento, conocido informalmente como la batalla de Hernani, el Romanticismo literario se impuso plenamente en Francia. Una importante veta del Romanticismo fue la exploración de las antiguas tradiciones populares, que llevaron a obras como las recopilaciones de cuentos de los Hermanos Grimm, o a la redacción de una versión definitiva del ciclo mitológico de Finlandia en el moderno Kalevala.

También hubo una importante Pintura romántica, que se abrió paso con enormes contratiempos. En su época, la pintura La balsa de la Medusa (1822), resultó enormemente escandalosa, debido no sólo a su técnica, sino también porque fue interpretada como una metáfora de Francia hundiéndose bajo el gobierno de Carlos X. Quizás la pintura romántica más significativa sea La libertad conduciendo al pueblo, de Eugenio Delacroix. También el Romanticismo alcanzó a la Música, a partir de las últimas obras de Beethoven. Los músicos románticos, como Héctor Berlioz, Giuseppe Verdi, Nicolás Paganini, Fryderyk Chopin o Robert Schumann, quebraron la rígida tradición clásica, dándose mayores libertades compositivas y acentuando los efectos musicales por sobre la forma.

Pero no se agota allí el espíritu romántico. En el Derecho encontró lugar en las tesis de Savigny, cabeza de la Escuela histórica del derecho, quien propugnaba la necesidad de encontrar el verdadero Derecho Alemán, expurgando el a su juicio extranjero e intruso Derecho Romano. Y en Filosofía, con su reacción frente al criticismo racionalista de Inmanuel Kant, el idealismo de Friedrich Hegel es su máxima plasmación.

El Romanticismo terminaría alcanzando su triunfo pleno y aceptación hacia la década de 1840. A partir de entonces iniciaría un largo declive. Quizás el último literato romántico sea Gustavo Adolfo Bécquer, fallecido en 1870. Y el último músico que puede ser considerado como un romántico, Piotr Ilich Tchaikovski, vino a fallecer recién en 1891.

Desde la Paz de Utrecht (1714) en adelante, y con la excepción a medias de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), Europa entró en un período de baja intensidad bélica, en el cual los monarcas prefirieron mantener el status quo, antes que embarcarse en guerras de aniquilación contra el enemigo. Pero con la Revolución Francesa, los monarcas absolutistas europeos tuvieron buenos motivos para temer por sus tronos, y se coaligaron para invadir Francia. Entre 1792 y 1815, siete coaliciones militares se formaron para conquistar Francia y aplastar los ideales de 1789. Inicialmente Francia se limitó a defenderse, pero episodios como la Batalla de Valmy (1792) prendieron en la conciencia europea, no tanto como incidentes bélicos, sino por su valor como reflejo de la confrontación de dos ideologías, la "revolucionaria" y la "reaccionaria".

El surgimiento de Napoleón Bonaparte agudizó aún más las guerras europeas. Napoleón reflotó el viejo proyecto de Luis XIV, de una Francia imponiéndose sobre todas las otras potencias europeas. En una década de guerras, desde la campaña de Italia (1796-1797) hasta la formación de la Confederación del Rhin (1806), conquistó todos los pequeños burgos, señoríos y reinos sobrevivientes en Alemania e Italia, y derrotó decisivamente a Austria y Prusia. En 1807 llegó a un acuerdo con Rusia, repartiéndose Europa en dos esferas de influencia. Napoleón intentó destruir a Inglaterra con el bloqueo continental, impidiendo que ésta comerciara con el continente; seguir esta política a ultranza le significó enredarse en una larga guerra contra Portugal y España por un lado, y con Rusia por el otro. Este sobreesfuerzo llevó al desastre de la campaña contra Rusia de 1812, y desde entonces el poder de Napoleón Bonaparte decayó hasta que fue definitivamente derrotado en la Batalla de Waterloo. Aunque Napoleón había sido derrotado, su actuar militar había trastocado todos los equilibrios de poder en Europa, además de haber paseado por ella los ideales nacionalistas inherentes a la Revolución Francesa, y por tanto, las potencias europeas debieron sentarse en la mesa de negociaciones para reconstruir un nuevo orden internacional europeo, que reemplazara al que había funcionado desde la Paz de Westfalia en adelante (1648). El resultado fue el Congreso de Viena.

En 1815, representantes plenipotenciarios de las grandes naciones europeas se reunieron en la ciudad de Viena para debatir el futuro de Europa. Del llamado Congreso de Viena, celebrado ese mismo 1815, emergió un nuevo orden internacional que, con algunas variaciones significativas en el tiempo, regiría a Europa en principio hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914.

El Congreso de Viena, como reacción ante los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa, pero viéndose imposibilitada de regresar a una concepción política basada en la monarquía de derecho divino, optó por el principio de legitimidad dinástica. Se aseguró así la posición de cada gran monarquía europea (Inglaterra, Francia, España, Austria, Prusia y Rusia), a despecho de las reclamaciones nacionales de las naciones que no habían conseguido reunirse en Estados. Las más significativas de estas reclamaciones desatendidas fueron las de Alemania e Italia, que finalmente afrontarían sus propios procesos de unificación entre 1859 y 1871. De hecho, componente importante de la gran Revolución de 1848 fue, en las naciones sin Estado, el intento por independizarse o unificarse de alguna gran monarquía preexistente que los soyuzgaba de acuerdo al orden internacional anterior a 1789. Por su parte, las monarquías europeas prosiguieron la política de alianzas y contraalianzas propia del siglo XVIII, llevada a su paroxismo por Otto von Bismarck y su compleja red diplomática (Bismarck fue canciller de Alemania entre 1871 y 1890). Para obrar como policía de intervención y salvaguardar el orden de Viena, el Zar Alejandro I de Rusia propuso la creación de la Santa Liga, la cual mantuvo cierta actividad en la década de 1820, reprimiendo alzamientos liberales como la sublevación de Riego en España (1823), pero que después de la Revolución de 1830 dejó de desempeñar un papel de verdadera significación en la política europea.

Siendo Francia la nación europea en donde se había iniciado la tradición republicana moderna, con la Revolución Francesa, es lógico que se pusiera a la cabeza de los movimientos revolucionarios, lo cual dio lugar al aforismo de que "cuando Francia estornuda, todos los demás se resfrían". En Francia se libró lo más crudo de la Revolución de 1830, y la subsiguiente Revolución de 1848 fue aún mucho más dura. Hubo también levantamientos nacionales localizados. En 1867, después de la estruendosa derrota del Imperio Austríaco frente a Prusia, los húngaros se sublevaron contra Austria y la pusieron en situación de tal aprieto, que el Emperador debió acceder a darle estatus especial a sus reclamaciones, conformando así la doble monarquía conocida como Imperio Austrohúngaro. En 1864, Otto von Bismarck inició la serie de guerras que llevarían a la unificación alemana, y que culminarían con su triunfo en la Guerra Franco-Prusiana, y la proclamación del Segundo Reich. Algo antes, en 1859, se había iniciado por iniciativa del Conde de Cavour, la unificación italiana, culminada en 1864. Aun así, Roma, hasta entonces en manos del Papa y sostenida por Napoleón III de Francia (1852-1870), no sería anexada sino hasta la caída de éste, convirtiendo al Papa Pío IX en el "prisionero del Vaticano" y generando una situación incómoda para la Iglesia Católica, que sólo se resolvería con el Tratado de Letrán, en 1929.

Francisco José, heredó el imperio de los Habsburgo en el momento crítico de la revolución de 1848. Su entidad multinacional le hacía el principal obstáculo tanto para la unificación alemana como para la italiana. Logradas ambas, la vocación de la dúplice monarquía (austro-húngara) fue el control de la zona danubiana y los balcanes, frente a la descomposición del Imperio Turco y el expansionismo del ruso.

Giuseppe Garibaldi y los camisas rojas simbolizaron el sentimiento popular que llevó a la unificación italiana, aunque su tendencia política radical fue reconducida en beneficio de la burguesía industrial del norte y la monarquía de los Saboya.

Richard Wagner representa estilísticamente el paso del romanticismo al nacionalismo musical, y un proceso ideológico y vital similar. Su tetralogía de óperas El anillo del nibelungo (1848-1878) recrea la mitología nórdica en beneficio de la construcción de la identidad nacional alemana. El mecenazgo del excéntrico rey Luis II de Baviera construyó para gloria suya el Teatro de la Ópera de Bayreuth. Todas las ciudades importantes del mundo civilizado construyeron edificios más o menos costosos, incluso en sitios tan alejados de Europa como Manaos o Iquitos (durante la fiebre del caucho, como se reflejó en la película Fitzcarraldo).

Giuseppe Verdi cumplió un papel semejante en Italia. Alguna pieza de sus óperas como el Coro de los esclavos (Va, pensiero de Nabucco, 1842) se extendió popularmente como himno revolucionario. De hecho, vitorear su propio nombre (¡Viva V.E.R.D.I.!) se utilizaba clandestinamente como acrónimo de Vittorio Emmanuele Rege di Italia.

La combinación de la Revolución Industrial con los ideales democráticos de la Revolución Francesa produjeron mortíferos efectos sociales. En su campaña por acabar con los privilegios, los revolucionarios promovieron el principio de libertad contractual, y acabaron con los restos de los gremios, organizaciones sociales del trabajo que databan de la Edad Media. La consecuencia es que los trabajadores perdieron poder negociador, al no ser protegidos jurídicamente los contratos de trabajo, y por ende, el trabajo en sí se hizo mucho más precario. Surgió de esta manera el fantasma del pauperismo, la extrema pobreza. Además, la mejora en la explotación agrícola llevó a que muchos campesinos abandonaran el campo y buscara su futuro en la ciudad, enrolándose en las filas de los obreros, agudizando así la crisis entre unos pocos que empezaron a concentrar los medios de producción, y una vasta mayoría que trabajaba jornadas laborales de 14 o 16 horas diarias, sin descanso semanal, por salarios de hambre y miseria. Estas durísimas condiciones laborales fueron retratadas en varias novelas de la época, como por ejemplo Los miserables de Víctor Hugo, o Oliver Twist de Charles Dickens.

Uno de los efectos colaterales de estos cambios sociales, es el incremento de la emigración. Campesinos arruinados y obreros sin nada que perder, decidieron abandonar Europa y tentar suerte en otras naciones. Una de las mayores emigraciones nacionales se produjo después de la gran hambruna en Irlanda de 1847, que llevó a numerosos irlandeses a cruzar el Océano Atlántico e instalarse en los Estados Unidos. Algo después, por mencionar otro ejemplo, el agente chileno Vicente Pérez Rosales reclutó a un buen contingente de alemanes para instalarlos en el sur de Chile, en calidad de colonos.

Pero la mayor parte de los obreros no podía, o simplemente no quería, marcharse a tentar suerte en otro lugar. Las grandes revoluciones (la Revolución de 1830 o la Revolución de 1848) tuvieron un fuerte componente social, en particular en Francia, y los dirigentes defensores de los intereses de los obreros tuvieron destacada participación (si bien, a la larga, la Revolución de 1848 terminó decantándose en el Segundo Imperio de Napoleón III).

A nivel doctrinal, surgieron varias ideologías que tendían a responder al liberalismo, a cuya exagerada aplicación hacían responsable de la grave crisis social.

Una de estas respuestas fue el anarquismo (del griego, "sin jefes"). Los anarquistas predicaron que las reglas coactivas en sí eran nefastas, y que debían ser abolidas por completo, en particular el Estado, que se sostendría por la coacción y así logra imponer una economía monopólica burguesa, para derivar a una sociedad en donde los seres humanos se regularan a sí mismos por la vía de contratos enteramente privados. Se dividió en varias vertiendes, básicamente las "evolucionarias" y las "revolucionarias". Una de ellas, de índole pacifista, encarnada entre otros por León Tolstoi, sostenía que debía llegarse a esa sociedad anarquista por medios no violentos, e intentaron crear comunidades que fueran ejemplares de este modelo de sociedad. Otra vertiente, violenta, preconizada por Mikhail Bakunin, sostuvo que los gobiernos debían ser derribados por la fuerza, haciendo de los métodos insurreccionales un método de lucha contra la opresión de los gobiernos, teniendo destacada participación en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.

Otra vertiente de pensamiento, algo más elaborada, fue el grueso tronco de los socialismos. A comienzos del siglo XIX, una serie de pensadores planificaron utopías sociales en las cuales se redistribuían los bienes para evitar la crisis social. Algo después llegó Karl Marx, quien los calificó despectivamente de socialistas utópicos, por sostener que sus modelos no eran sostenibles en la realidad, en contraposición a sus propias ideas, a las que calificó de socialismo científico. El marxismo, muy inspirado en el pensamiento de Friedrich Hegel, preconizaba la lucha entre los dueños del capital (la burguesía) y los trabajadores, debiendo imponer los segundos una dictadura del proletariado, como fase previa a la abolición completa del Estado, expresando estas ideas en su obra clave, El capital.

Marx no se conformó con ser un simple pensador, sino que pasó a la acción. Durante la Revolución de 1848 lanzó su Manifiesto comunista, con la célebre frase "¡Trabajadores del mundo, uníos!". Luego del fracaso de 1848, participó en las actividades de formación de la Primera Internacional, en colaboración con el ya mencionado Bakunin, del cual finalmente terminaría por separarse, debido a sus discrepancias ideológicas y políticas.

Aunque repudiadas en su forma pura, las ideas socialistas fueron adaptadas con posterioridad por numerosos actores políticos. En Alemania, como respuesta al régimen de Otto von Bismarck, surgió un Socialismo alemán que se encauzó dentro de las vías partidistas. En Inglaterra, los simpatizantes del socialismo decidieron proceder con moderación, y arribaron así al Socialismo fabiano; la Sociedad Fabiana terminaría transformándose, con el tiempo, en la semilla del futuro Partido Laborista de Inglaterra.

Proudhon y sus hijos, por Courbet (1865). Era de los considerados socialistas utópicos por los posteriores, autodenominados científicos. Sin embargo la observación científica frente a las ensoñaciones románticas fue uno de los postulados de Proudhon.

William Morris, artista e intelectual, sin vincularse ideológica ni orgánicamente a marxismo ni anarquismo, se aproxima al movimiento obrero como muchos otros reformistas sociales.

La enorme presión social acumulada llevó a los políticos más perspicaces a la dictación de leyes que protegieran a los trabajadores. Se prohibió, o al menos se limitó, el trabajo infantil, mientras que se tomaron resguardos para el trabajo de las mujeres. Estas leyes pueden ser rastreadas en fecha tan temprana como 1830, aunque fueron esfuerzos esporádicos e inorgánicos. También se fue permitiendo poco a poco la actividad sindical, aunque en muchos países la conformación de un sindicato siguió siendo un acto ilegal. El primer cuerpo de leyes más o menos orgánico que protegía a los trabajadores, fue dictado por iniciativa de Otto von Bismarck, quien a pesar de ser de derecha, y por tanto vinculado a los intereses políticos e industriales de la aristocracia prusiana, estaba interesado en arrebatarle banderas de lucha a los socialistas.

Mientras tanto, Estados Unidos seguía su propia carrera. En 1803 adquirió la Luisiana y en 1819 la Florida, ampliando así sus fronteras hasta territorios que no estaban bajo dominio de ninguna potencia occidental. Estos nuevos territorios fueron constituidos como estados que ingresaron a la Unión. Se abrió el camino hacia el oeste, y se inició así la épica legendaria del Far West. Todos los que carecían de oportunidades en el territorio mismo de Estados Unidos, tenían la posibilidad de probar fortuna en ese "salvaje Oeste", ayudando así a expandir los bordes territoriales de Estados Unidos hasta que a comienzos del siglo XX alcanzó sus fronteras definitivas.

Estados Unidos sufrió aún otro intento de invasión por parte de Europa, cuando los británicos invadieron América e incluso llegaron a quemar Washington en 1815. Pero después no hubo potencia europea capaz de incorporar a Estados Unidos como colonia. De este modo, el Presidente James Monroe pudo después promulgar su famosa Doctrina Monroe, sintetizada en la frase "América para los americanos", y que promovía el aislamiento continental: ni Estados Unidos intervendría en los asuntos políticos de Europa, ni dejaría que Europa hiciera lo propio en Estados Unidos. Esta doctrina, inicialmente defensiva, devino con el tiempo, por la aparición de la doctrina complementaria del Destino Manifiesto (es el "destino manifiesto" de Estados Unidos llevar la libertad y la democracia al resto de las naciones del globo), en un verdadero "derecho de intervención" sobre América; a esto se lo conoció como el Big Stick o "Doctrina del Gran Garrote", y fue aplicado masivamente por Theodore Roosevelt (Presidente entre 1901 y 1908), especialmente en Panamá (véase Independencia de Panamá y Canal de Panamá).

Al mismo tiempo, Estados Unidos vivió un fuerte proceso de industrialización. Esto llevó a una fuerte dicotomía entre el Norte, mayormente industrial y expansionista, y el Sur, fuertemente agrario y conservador. Estas tensiones llegaron a su punto álgido por el problema de la esclavitud. En 1861 estalló la Guerra de Secesión, y después de cuatro años de luchas, el Sur fue definitivamente aplastado por el Norte.

También Estados Unidos inició su propio desarrollo cultural, el cual osciló entre la construcción de una épica e identidad nacional (por ejemplo, los escritores James Fenimore Cooper y El último mohicano o Walt Whitman y Hojas de hierba), y la influencia europea y particularmente anglosajona (por ejemplo, Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne). El resultado es una cultura única y peculiar en muchos aspectos, que conjuga la vieja tradición occidental con algunos nuevos valores, procedentes de su condición de "país de frontera".

Después de su proceso de emancipación (1809-1824), las jóvenes repúblicas de Latinoamérica debieron afrontar la tarea de darse a sí mismas una organización propia, en particular desde el fracaso de los grandes proyectos panamericanos (la Gran Colombia, la Confederación Perú-Boliviana). En lo político, el sello común a éstas dentro de la variedad de desarrollos que asumieron, fue la oscilación entre la inestabilidad política y el autoritarismo. En algunos casos, un poco a imitación del Imperio Napoleónico, se dieron una forma política imperial, como es el caso de Brasil (1822-1888) o de México (1821-1823). En otros, surgieron dictadores que a veces duraron décadas en su cometido, como por ejemplo Juan Martínez de Rozas en Argentina o el Mariscal de Santa Anna en México. Hubo naciones que se enfrascaron en densas guerras civiles que responden a los distintos intereses políticos imperantes, como por ejemplo la guerra entre las provincias y la metropolitana Buenos Aires (federalismo contra centralismo en Argentina), y en menor medida las continuas rebeliones de Concepción contra Santiago de Chile. La mencionada República de Chile se consolidó tempranamente como una república políticamente estable, pero al precio de consolidar bajo Diego Portales un régimen político (la Constitución de 1833) de carácter fuertemente autoritario, calificado de tarde en tarde incluso de monárquico disfrazado. El fermento autoritario llevó también a numerosas guerras de carácter territorial, siendo probablemente las más destacadas, la Guerra del Pacífico (Perú y Bolivia contra Chile) y la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay).

En Europa, por su parte, persistía un cierto sentimiento de nostalgia por el pasado colonial de Latinoamérica, y aún hubo algún conato de construir imperios europeos en la región. Así, en 1865, España tentó una invasión contra Chile y Perú, mientras que en la misma década, en 1864, y a pretexto de pagarse la deuda externa de México, dicha nación fue invadida por Francia, nación que intentó incluso crearse un Emperador títere en la figura de Maximiliano de Austria (1864-1867). Estados Unidos se opuso firmemente a estas intervenciones europeas en América, adoptando como principio el aislamiento continental implícito en la Doctrina Monroe, pero éste derivó pronto en el autoarrogado derecho de intervención, bien visible en el apoyo que Theodore Roosevelt otorgó a Panamá para su independencia de Colombia.

En lo social, Latinoamérica intentó ponerse tan rápido como pudo a la par de las sociedades europeas. Así, la poderosa oligarquía mercantil intentó llevar a cabo una profunda industrialización de la sociedad. En esta labor intervinieron profundamente los capitales procedentes de Europa. El resultado fue, por una parte, el progreso de las repúblicas, pero por la otra, la importación de los problemas sociales que el industrialismo había ocasionado en Europa, creando también en Latinoamérica una cuestión social, agudizada por los problemas derivados de la multietnicidad latinoamericana, con sus elementos poblacionales de raigambre europea, indígena y africana.

En México, las fuertes tensiones entre una oligarquía positivista (bajo Porfirio Díaz) y una amplia base campesina desprotegida llevaron finalmente a la Revolución Mexicana (1910 - 1920), en la que líderes campesinos como Emiliano Zapata y Pancho Villa se rebelaron y pusieron en jaque al viejo orden. En medio de este proceso se promulgó la Constitución de 1917, que fue pionera entre los documentos de su tipo en el mundo, por incorporar en su articulado diversas garantías sociales para la población. De todos modos, el reestablecimiento de la paz social fue dificultoso, y la nueva institucionalidad sólo puede considerarse establecida y consolidada bajo la Presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940).

Juan Manuel de Rosas, principal dirigente de la Confederación Argentina(1835-1852).

Diego Portales, ministro de José Joaquín Prieto (presidente de Chile, 1831-1841).

En lo cultural, Latinoamérica se transformó, en cierta medida, en el patio trasero de Europa. En la segunda mitad del siglo XIX, la literatura latinoamericana se ciñó a los experimentos derivados del Realismo en Europa, y a inicios del XX, a la experimentación de las vanguardias. La reivindicación plena del elemento indígena y nacional en la literatura latinoamericana, vendría ya bien iniciado el siglo XX, asociándose con una postura política cercana a la izquierda, puesto que la intelectualidad de la derecha se adscribió más bien a los ideales del positivismo (por ejemplo, Porfirio Díaz en México).

Lenin definió al imperialismo como fase superior de desarrollo del capitalismo (1905); y John A. Hobson (1902) estudió su relación con el crecimiento demográfico y el descenso de la tasa de beneficio en los países europeos, fenómeno para el que la emigración y los imperios coloniales servía como válvula de escape para reducir tensiones sociales, cuyo estallido de otro modo hubiera sido difícilmente evitable. La segunda mitad del siglo XIX fue sin duda la Era del Capital, no sólo por eso, sino por la aparición de El Capital de Carlos Marx (1867, completado póstumamente en 1885 y 1894). Las tensiones, no obstante, no dejaron de acumularse por más que las opiniones públicas de finales del siglo XIX, optimistas y despreocupadas, confiaran en el progreso indefinido (al tiempo que mostraban la proclividad de la naciente sociedad de masas a la manipulación de sus más bajas pasiones y su violencia latente -resentimiento social, lucha de clases, ultranacionalismo, antisemitismo, revanchismo, chauvinismo, jingoísmo-). La inviabilidad de la continuidad de las estructuras quedó violentamente puesta de manifiesto por el estallido de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias.

A consecuencias de la Revolución Industrial, las naciones europeas dieron un salto de gigante en el arte de la guerra. El antiguo barco a vela fue dejado atrás en beneficio a las naves impulsadas por carbón primero, y por petróleo después. En tiempos de Napoleón Bonaparte aún los barcos a vapor eran una curiosidad; apenas medio siglo después, en 1856, se botaba al mar el primer acorazado. El barco de hierro e impulsado por carbón se transformó en símbolo del nuevo imperialismo, hasta el punto que la política europea de imponerse por la vía directa del ultimátum militar pasó a ser motejada, no sin una miga de ironía, como la "diplomacia de las cañoneras". Los progresos de la guerra en tierra no fueron menores. El siglo XIX vio el surgimiento de las primeras ametralladoras, de una nueva composición para la pólvora que no echaba humo, del fusil de retrocarga... Además, el antiguo sistema de reclutamiento del siglo XVIII fue sustituido por el servicio militar obligatorio, inspirado por el más puro sentido democrático de que todos los habitantes de la República deben contribuir a su defensa, lo que permitió a las naciones europeas poner en pie de guerra a ejércitos de literalmente millones de hombres, por primera vez.

También la política mundial impulsaba a la creación de estos imperios. En los siglos XVI y XVII, cuando los europeos habían llegado a otras tierras, se habían encontrado con grandes potencias que les impedían el paso (el Imperio Otomano en el Medio Oriente, el Gran Mogol de la India en el subcontinente indostánico, el Imperio Manchú en China, el Shogunato Tokugawa en Japón), y para las cuales no fue en nada dificultoso el expulsar o mantener a raya a los intrusos; el caso extremo fue el ritual de humillación ante el Emperador, que los japoneses obligaron a los holandeses de la colonia de Deshima, a cambio de permitirles mantenerse allí y profitar del comercio con el archipiélago. Pero en el siglo XVIII, varias de estas potencias iban en franca declinación, y los europeos más audaces se aprovecharon para colarse entre los insterticios. El caso más flagrante fue la India, en donde los europeos se instalaron poco a poco, sustituyendo a todos los poderes locales hasta convertirse en gobernantes de facto de todo el subcontinente, manteniendo el Raj Mogol una autoridad puramente nominal, hasta su derrocamiento definitivo en 1857.

A este vacío de poder fuera de Europa, la propia Europa acompañaba la creación de un delicado equilibrio de poderes, después del Congreso de Viena, que parecía cerrar para siempre la posibilidad de conseguir la hegemonía por el método de abatir a todos los rivales; empresa que había tentado Napoleón Bonaparte, obteniendo un fracaso estrepitoso en el proceso. Además, nuevos territorios significaban el acceso a nuevas fuentes de materias primas con las cuales fomentar el proceso industrial que Europa estaba viviendo por aquellos años.

Beneficiados por los resultados de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), con la cual expulsaron a los franceses de la India y Canadá, los británicos pudieron reponerse de la pérdida de los Estados Unidos y mantener la delantera en labrarse un imperio mundial. A finales del siglo XIX, el Imperio Británico se extendía por aproximadamente una cuarta parte de todas las tierras emergidas, incluyendo una gran cantidad de tierras en África, la casi totalidad de la India, Australia, y una fuerte influencia en China y el Lejano Oriente en general. Francia le había seguido de cerca; en 1830 había iniciado una nueva aventura imperialista lanzándose contra Argelia, y después había enviado sus embarcaciones y sus tropas hacia el Lejano Oriente, fundando varios protectorados, forma jurídica que apenas encubría lo que era una explotación colonial en toda regla. Holanda, otrora muy poderosa, seguía conservando su dominio sobre Indonesia. Traumatizada con la pérdida de su imperio colonial, España no consiguió rehacerlo, conservando a duras penas Cuba y otras posesiones de las Antillas, y también algunos enclaves en el norte de Africa. Italia y Alemania, unificadas tardíamente, no alcanzaron a generar grandes imperios coloniales, debiendo conformarse con el dominio de algunas islas en la Polinesia y algunos territorios menores. Estados Unidos y Rusia, por su parte, prefirieron lanzarse a la colonización por tierra firme: el primero colonizó todo el continente americano desde su antigua base en las Trece Colonias hasta California mientras que los rusos sometieron a los últimos janatos mongoles en la estepa centroasiática y se abrieron paso hasta el Océano Pacífico a través de todo el ancho de Eurasia, fundando a orillas de éste el puerto de Vladivostok.

Los europeos obtuvieron distintos resultados en sus empresas colonizadoras. Hubo empresas lanzadas contra las repúblicas latinoamericanas, pero ellas fueron coronadas con rotundos fracasos, obteniendo el peor de ellos Napoleón III al intentar convertir a México en un imperio títere del suyo propio. África, por su parte, era un continente a la fecha casi inexplorado, y la labor de colonización fue precedida por acuciosas empresas de exploración; a finales del siglo XIX sólo subsistían Liberia, Orange, Transvaal y Abisinia como naciones independientes, cada una por razones diversas. La India, por su parte, se dejó someter más o menos mansamente a los británicos, pero en 1857 hubo un masivo levantamiento popular en su contra, que llevó a la disolución de la Compañía de las Indias Orientales y a su anexión directa a la Corona de Inglaterra; además, sus intentos por atacar y anexarse Afganistán fueron sendos fracasos. En China, los británicos recurrieron a la táctica de debilitar su economía infiltrando opio en su sociedad, y cuando los chinos se negaron a seguir adelante, los británicos invadieron China y la obligaron manu militari a abrirse al comercio (véase Guerra del Opio). En Japón, una escuadra comandada por el comodoro Matthew Perry llegó hasta la bahía de Yedo en 1853 y arrancó al Shogunato Tokugawa un tratado por el cual los japoneses debieron abrirse por fuerza al comercio.

De esta manera, hacia finales del siglo XIX, el mundo entero era regido desde Europa, con la visible excepción de aquellos territorios que estaban bajo la esfera de influencia de Estados Unidos. En 1885, por el Tratado de Berlín, las potencias europeas se repartieron tranquilamente el mundo en un acuerdo que no contemplaba para nada las aspiraciones de las naciones no europeas.

Todo esto generó y fomentó un fuerte racismo entre los europeos. Se llegó a afirmar que la conquista del mundo habitado era la "sagrada misión del hombre blanco", de llevar la civilización a los salvajes de la Tierra. Para el europeo del siglo XIX era natural pensar que los asiáticos, indígenas, negros o cualquier individuo no caucásico, era por naturaleza inferior. Irónicamente, el Darwinismo vino a proporcionar nuevos argumentos para esta postura, ya que algunos consideraron muy seriamente que el hombre blanco era la cumbre de la evolución humana. El epítome de esta ideología fue la creencia en la superioridad intrínseca de la "raza nórdica", que terminará teniendo crudas consecuencias al ser adoptada como credo político por los caudillos del Tercer Reich.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la vida intelectual basculó nuevamente desde la postura idealista propia del romanticismo, a una objetivista y vinculada al desarrollo científico. Hay dos buenas razones para esto. En primer lugar (sin seguir un orden particular), el éxito soberano de las potencias imperialistas europeas al extenderse sobre el planeta llevó a la convicción de que la cultura europea era el epítome de la civilización. En segundo lugar, la ciencia del segundo tercio del siglo XIX hizo importantes progresos técnicos. Así, la astronomía hizo importantes progresos: es la época en que se descubre el planeta Neptuno y se desarrolla la astrofísica, descubriéndose la técnica de la espectrometría, entre otras cosas. La química, por su parte, se revolucionó con el desarrollo de la tabla periódica de los elementos. La geología, por su parte, reconoció la existencia de la Edad de Hielo y de la vida fósil, incluyendo descubrimientos como el Hombre de Neanderthal (1856). En el ámbito de la técnica hubo numerosos nuevos inventos, desde el convertidor Bessemer para procesar el acero, hasta la fotografía.

Sin embargo, las novedades científicas más impactantes emergieron en el campo de la biología. La apertura del campo de la microbiología, por obra de Louis Pasteur, y que llevó a concebir por primera vez a las enfermedades infecciosas como ocasionadas por agentes patógenos microscópicos, lo que a su vez llevó al desarrollo de la técnica de la vacunación. Por su parte, en 1859, y después de más de dos décadas de investigaciones, Charles Darwin publicó su libro El origen de las especies, en el cual no "inventó" la teoría de la evolución, que ya había sido propuesta previamente por Jean-Baptiste Lamarck, síno que la explicó por primera vez por mecanismos naturales convincentes (concretamente, la selección natural), ocasionando de paso un terremoto conceptual al derribar por primera vez con argumentos sólidos el relato de la creación según el Génesis. De esta manera, la intelectualidad europea depositó toda su fe en el progreso de la ciencia. Se pensaba que el progreso de la humanidad era imparable, y que dentro de no demasiado tiempo, la ciencia resolvería todos los problemas económicos y sociales. A este dogma filosófico se le llamó Positivismo. Este se vinculó, a su vez, con el Liberalismo para producir una nueva doctrina social, el llamado Darwinismo social, que buscaba aplicar los descubrimientos científicos de Darwin a las teorías sociales. Su máximo exponente fue el filósofo británico Herbert Spencer.

Este ambiente de optimismo es bien visible en particular en las primeras novelas de Julio Verne, que utilizando el trasfondo del relato de aventuras, son una glorificación de la ciencia y la técnica (Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, De la Tierra a la Luna); aunque por otra parte, el Verne más tardío escribió relatos mucho más sombríos, poniendo ahora énfasis en los peligros de la ciencia desatada (Los quinientos millones de la Begún, La misión Barsac), al tiempo que su contemporáneo Herbert George Wells hacía algo similar en obras como La guerra de los mundos, El hombre invisible, La isla del Doctor Moureau o La máquina del tiempo.

En el reverso de esta visión optimista, destaca el realismo literario, género que reaccionó contra los excesos sentimentales del romanticismo tardío, y que devino en naturalismo; irónicamente, el principio básico del naturalismo era construir una literatura lo más científica y objetiva posible, para el estudio de los problemas sociales de la época. En esta senda, escritores como Émile Zola denunciaron implacablemente las injusticias sociales producidas por la industrialización indiscriminada, en novelas como Naná.

El siglo XIX, como producto de la industrialización, vio el surgimiento de la moderna sociedad de masas, como oposición a la vieja división entre una reducida élite aristocrática y la gran masa del bajo pueblo. Esto ocurrió porque los costos de producción de las mercancías bajaron, quedando la producción a disposición de nuevos actores sociales, la clase media, con nuevos medios económicos provenientes de las profesiones liberales, y que por ende pudieron ascender socialmente. Nuevos inventos, como el envasado de comida en latas (desarrollado inicialmente para el ejército napoleónico), permitieron que las nuevas clases sociales accedieran a nuevas fuentes de alimentación.

A esto contribuyó la implantación, a lo largo del siglo XIX, del sistema de educación primaria obligatoria, que tendió a reducir drásticamente las tasas de analfabetismo en Europa (si bien no a erradicarlo). La mayor cantidad de público lector incentivó el desarrollo de la prensa escrita, incluyendo fenómenos tales como la prensa amarilla. Los modernos métodos de impresión, por su parte, permitieron aumentar la producción de libros. A inicios del siglo XIX, el libro de poemas El corsario de Lord Byron se transformó en el primer libro en la historia con un tiraje inicial superior a los 10.000 ejemplares. También se desarrolló una nueva forma de literatura popular, el folletín, híbrido entre la prensa escrita y la antigua novela, que se publicaba por entregas en los diarios. A través del folletín fueron dadas a conocer obras como Los misterios de París de Eugene Sue, Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Los miserables de Víctor Hugo o David Copperfield y Oliver Twist de Charles Dickens. A finales del siglo, por iniciativa del mencionado Víctor Hugo, surgieron los primeros convenios internacionales sobre derecho de autor.

Todos estos nuevos sucesos, por supuesto, abarcaban tan solo a la sociedad europea, y en medida más reducida a la de América. En el resto del mundo, sometido al dominio colonial europeo, las nuevas condiciones de vida alcanzaban tan solo a la clase social europea, mientras que los nativos proseguían viviendo el magro estilo de vida que habían heredado desde antaño.

Quizás la característica más notoria de la época sea una exacerbación de las ideas morales. El símbolo máximo de la moral puritana del siglo XIX es la Reina Victoria, a pesar de que, en estricto rigor, y de creer a su biógrafo Lytton Strachey, Victoria giró hacia el puritanismo tan sólo después del fallecimiento de su esposo, el príncipe de Sajonia-Coburgo, en 1861. Esta moral se caracterizaba en lo principal por una exacerbación de los principios morales, y en la represión sistemática de las pasiones, en particular aquellas de orden sexual. El comportamiento liberal se calificaba como libertinaje, como bien lo supo Oscar Wilde, escritor que pagó el haberse atrevido a desafiar las convenciones sociales de su tiempo con una condena a presidio. Se construyó alrededor de la gente de la época una cierta aura de pureza moral, la cual en muchos casos resultó ser pura hipocresía, como a inicios del siglo XX denunció el citado Strachey con sus crónicas biográficas contenidas en Victorianos eminentes.

La moral victoriana encontró violentos críticos a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Al ya mencionado Oscar Wilde podemos añadir al austríaco Sigmund Freud, que describió las enfermedades mentales y neurosis derivadas de la represión sexual.

Una de las novelas más emblemáticas en torno a la moral victoriana, es el Drácula de Bram Stoker. Al margen de la simbología religiosa y el tema de la lucha del bien contra el mal, Stoker marca un nítido contraste entre sus héroes, provenientes todos del mundo victoriano, y su villano, un vampiro que, entre otras cosas, encarna las más salvajes pulsiones sexuales.

A inicios del siglo XIX, podía considerarse a la esclavitud como una institución cada vez más deslavada en el mundo occidental, pero sin embargo no había desaparecido por completo de éste. Muchas naciones de la Tierra emprendieron una campaña para abolir la esclavitud, bien sea de manera directa, o bien sea mediante el paso intermedio de la libertad de vientre, según la cual, aunque el esclavo seguía siendo esclavo, sus hijos nacerían ya libres, y no podrían ser esclavizados jamás. La abolición de la esclavitud era un corolario lógico del principio de la Ilustración, que propugnaba la igualdad ante la ley de todos los seres humanos sin excepción. La resistencia más pertinaz contra el movimiento abolicionista, se produjo en los Estados Unidos, cuyos estados sureños, sustentados en el comercio del algodón, dependían por completo de los esclavos. Aunque puede discutirse si el abolicionismo fue la causa fundamental de la guerra o un mero pretexto, lo cierto es que la bandera abolicionista fue enarbolada por el Norte durante la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865), y rechazada por los estados del Sur. Después de esta guerra, la esclavitud fue abolida en Estados Unidos, aunque la discriminación racial persistió en dicha nación, con políticas tales como "separados pero iguales", y puede decirse que dicha segregación ha subsistido en buena medida hasta el día de hoy. En Rusia, donde no había esclavos, existía la institución de la servidumbre, que fue abolida por la Reforma Emancipadora de 1861 (zar Alejandro II), no sin problemas y resistencias.

Durante el siglo XIX, la mujer siguió ocupando un rol social de segunda fila, y persistió su papel como moneda de cambio, por vía de matrimonio, entre diversos patrimonios familiares vinculados a los grandes capitales. Ya a finales del siglo XVIII hubo mujeres que propugnaban la emancipación femenina, como por ejemplo la inglesa Mary Wollstonecraft, o la revolucionaria francesa Olimpia de Gougues, que propugnó una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana como complemento a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero fueron casos aislados, y en todo caso intensamente combatidos; la hija de la mencionada Mary Wollstonecraft, Mary Shelley (autora de Frankenstein, por ejemplo, tuvo que escapar de Inglaterra para poder vivir su romance con Percy Shelley. Incluso ya entrando el siglo XX, defensores de los derechos de la mujer como Bertrand Russell fueron ácidamente criticados por sus posturas.

A finales del siglo XIX, surgió un intenso movimiento social a favor de las mujeres, que encontró su bandera en la conquista del derecho a voto. Este movimiento fue el de las sufragistas, y empezaron a conquistar varios éxitos a partir de 1902, fecha en la que se admitió el derecho a voto femenino en Nueva Zelanda, y luego en otras naciones de la Tierra. Sin embargo, habría que esperar hasta la Primera Guerra Mundial para que el movimiento de emancipación femenina cobrara verdadera fuerza.

En la Europa del siglo XIX, la religión institucionalizada sufrió fuertes embates. En el siglo XVIII, la Iglesia Católica había perseguido fuertemente a la Ilustración, buscando censurar (incluso con éxito) a la Enciclopedia, y condenando varias obras ilustradas (entre ellas la totalidad de la obra de Voltaire) a caer dentro del Index Librorum Prohibitorum (índice de libros prohibidos). En el siglo XIX, potenció aún más su alianza con los sectores ultraconservadores, condenando el liberalismo, el racionalismo y otras doctrinas y usos del mundo contemporáneo, del que se quería distanciar y aparecer como una alternativa tradicionalista. Se definieron como dogma de fe las doctrinas de la infalibilidad del Papa (Concilio Vaticano I, 1869) y la Inmaculada Concepción (1854). La opción por la fe y los milagros quedó manifiesta con el apoyo vaticano a las apariciones de la Virgen de Lourdes (1858, aprobadas en 1862).

Los nuevos descubrimientos científicos que parecían contradecir a las Sagradas Escrituras, como la teoría darwinista presentada en 1859 en El origen de las especies (teoría evolucionista que aplicaba el principio de selección natural por supervivencia del más apto), seguido por El origen del hombre (The descent of man, 1871, también de Charles Darwin), en donde se explicitaba que el hombre y el mono compartían ancestros comunes. Ambos textos tuvieron gran repercusión y fueron mucho más combatidos en el ámbito religioso anglicano y protestante que en el católico; donde no hubo pronunciamiento oficial alguno, e incluso en algunos casos permitió explorar las perspectivas que abrían, no sin problemas (caso del jesuita Teilhard de Chardin). Otro caso de ambigua relación entre ciencia y fe fue la polémica sobre la generación espontánea, paradigma biológico de lo que científicos católicos como Pasteur consideraban como ciencia orientada a la justificación del agnosticismo y cuestionaron con éxito.

En lo político, el movimiento nacionalista italiano anheló, y finalmente consiguió, que los Estados Pontificios pasaran a formar parte de una Italia unificada, lo que significó su destrucción en 1870, algo más de once siglos de haber sido creados por la donación de Pipino el Breve. Aún después, el Papa lideró una dura contienda contra Otto von Bismarck, quien trató de eliminar el catolicismo de Alemania en la Kulturkampf (operación política que terminó fracasando).

Aunque el siglo XIX marcó uno de los momentos más débiles del Papado, sin embargo, eso no quiere decir que la causa de la religión hubiera sido derrotada. Más allá de una minoría intelectual de entre los profesionales liberales o de los obreros con conciencia de clase, la gran mayoría de la sociedad, desde las clases dirigentes hasta las clases bajas, pasando por las clases medias, estaban muy lejos de considerarse ateas. Un ingrediente clave de la moral victoriana fue su sustrato religioso, imprescindible para la cohesión social, extremo del que era consciente el propio Carlos Marx, autor de la expresión opio del pueblo con la que motejaba a la religión. Por otro lado, la religión como fuerza conservadora cumplía un papel que para algunos autores fue vital en la resistencia a la gran transformación que supuso la embestida del mercado contra las instituciones tradicionales. No sólo las tradicionales instituciones de caridad, sino la organización del sindicalismo católico y la doctrina social de la Iglesia (Rerum novarum, 1891) se presentaron como una alternativa tanto al capitalismo liberal como al movimiento obrero revolucionario.

No parece muy exagerada tal denominación, debida al historiador Arno Mayer, para tres décadas que incluyen las dos guerras mundiales y el convulso período de entreguerras, con la descomposición de los Imperios Austrohúngaro, Turco y Ruso; la agudización de las tensiones sociales que llevaron a revoluciones como la Mexicana, la Rusa y la llamada Revolución Española simultánea a la Guerra Civil; la crisis del sistema capitalista manifiesta desde el Jueves Negro de 1929; y el surgimiento de los fascismos y sistemas políticos autoritarios; al tiempo que se desarrollan los primeros Estados Sociales de Derecho, como la República de Weimar, prácticas de pacto social como los Acuerdos Matignon y se aplican las teorías económicas de John Maynard Keynes (divergentes del liberalismo clásico) en los programas intervencionistas del New Deal de Franklin Delano Roosevelt.

El fin de la Guerra Franco-Prusiana, en 1871, inició una realineación de las fuerzas políticas en Europa. Inglaterra y Francia, enemigos decididos desde la época napoleónica, habían unido fuerzas, en particular desde el final de la Guerra de Crimea en 1856, para sostener al Imperio Otomano e impedir la salida de Rusia al Mar Mediterráneo. Para contrarrestar esto y evitar un revanchismo francés, Otto von Bismarck, el Canciller de Alemania, tendió lazos con el Imperio Austrohúngaro, al que había derrotado en 1866. Cuando Italia ingresó a la alianza en 1881, nació la llamada Triple Alianza. Bismarck intentó romper la alianza de Inglaterra y Francia, pero esto sólo consiguió un rechazo por parte de Inglaterra, y el acercamiento de Francia a su antiguo enemigo, Rusia, conformándose así la Triple Entente o Entente Cordiale. Así, en 1893 se habían configurado los bandos que después tomarían parte en la Primera Guerra Mundial.

A su vez, los imperios coloniales habían alcanzado su máxima expansión, y ya no habían nuevas tierras por conquistar o anexarse. Por lo que cualquier intento por imponerse a los rivales europeos, pasaba por aplastarlos en una guerra total. Entre 1871 y 1914, con la excepción de los Balcanes, Europa vivió en paz, pero que era conocida, y no por nada, como la paz armada. Se inició también una veloz carrera armamentista, en la cual crecieron los ejércitos, se desarrollaron nuevos inventos (la ametralladora, el alambre de púa o los gases tóxicos), que harían una guerra futura bien diferente, y mucho más demoledora, que las Guerras Napoleónicas a las que los generales europeos estaban acostumbrados a jugar en sus cuartos de estrategia. El resultado sería la gran guerra general de 1914 a 1918, que haría saltar para siempre al viejo orden del Congreso de Viena.

En 1914 un incidente internacional menor, el llamado atentado de Sarajevo, le dio pretexto a Austria para presionar a Serbia, una de las jóvenes repúblicas nacidas sobre las cenizas del cada vez más decrépito Imperio Otomano. El ultimátum de Austria a Serbia puso en marcha la red de alianzas y pactos defensivos, y en pocos días, Europa se vio sumergida en una violenta guerra general. Alemania se jugó la baza del Plan Schlieffen, que implicaba una maniobra de tenazas que acorralara a los franceses como en Sedán, en 1870, después de lo cual podrían volverse para repeler a los rusos. Pero la operación salió mal, se llevaron a cabo maniobras envolventes que resultaron inútiles, y pronto el frente de batalla quedó estacionario en la desgastante guerra de trincheras. En el frente ruso, por su parte, debido a la inepcia de los altos mandos del Zar, los alemanes no tuvieron mayores problemas en controlar el frente, e incluso llegaron a liquidarlo en 1918. Pero era demasiado tarde para ellos, porque a consecuencias de la guerra submarina, Estados Unidos había entrado al conflicto, y con su apoyo, Inglaterra y Francia pudieron quebrar el frente y derrotar a Alemania.

Sobrevino entonces un nuevo orden internacional, nacido del llamado Tratado de Versalles y otros anexos, firmados en 1919, y que condenaron a la disolución a los imperios centrales (Alemania, Austria, el Imperio Otomano), y que se basó en el principio de soberanía nacional. Se impuso también una durísima indemnización a Alemania, que arrojó a la recientemente creada República de Weimar al caos económico y político. Para garantizar el nuevo orden internacional se creó por primera vez un organismo supranacional, que pretendía limitar la soberanía absoluta de los Estados; era la Sociedad de Naciones, en cuyo seno deberían resolverse los conflictos del futuro sin recurrir a la vía armada. Sin embargo, la exclusión de Alemania y la Unión Soviética, más el rechazo del Congreso de los Estados Unidos a la admisión estadounidense en la Sociedad, la condenó a ser una suerte de "club de amigos" de Inglaterra y Francia, mostrando con el paso del tiempo una dramática inoperancia frente a los sucesos que desembocarían en la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, descontento el pueblo ruso contra sus dirigentes, se alzaron en armas y derrocaron al Zar Nicolás II, reemplazándolo por una república de corte liberal. Sin embargo, el gobierno cayó pronto en el caos, lo que aprovecharon los bolcheviques (comunistas) para hacerse del poder, en la Revolución Rusa (octubre de 1917). El resultado de este proceso fue el derrumbe del régimen de los zares, y el surgimiento en su reemplazo de la Unión Soviética, de clara inspiración tecnocrática, estatista y marxista. Pronto, la Unión Soviética se ofreció al mundo como modelo político alternativo al capitalismo democrático e industrial defendido por los Estados Unidos, sembrando las semillas de lo que a futuro sería la Guerra Fría.

Francisco Madero, presidente de 1910 a 1913, tras la revolución que derrocó a Porfirio Díaz, fue asesinado en el siguiente golpe de estado, de signo conservador, a cargo de Victoriano Huerta.

El presidente provisional Eulalio Gutiérrez entre Pancho Villa y Emiliano Zapata, líderes militares de extracción revolucionaria y campesina, procedentes del norte y sur del país respectivamente. Banquete tras la toma de ciudad de México, diciembre de 1914.

Mural de José Clemente Orozco en Hospicio Cabañas (Guadalajara, México). Junto con otros muralistas, como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, desarrollaron una forma original de arte comprometido y de fácil acceso popular.

Caricatura del primer ministro francés Georges Clemenceau (el Tigre) en las trincheras. Fue el estadista aliado más partidario de un trato duro a Alemania en el Tratado de Versalles.

Discurso de Lenin, líder de la revolución bolchevique y de la primera experiencia en el mundo de dictadura del proletariado en aplicación de su interpretación del marxismo.

Haile Selassie, el negus de Etiopía, fue destronado por la invasión de la Italia fascista, en lo que fue la última anexión colonialista europea en África y el primer gran fracaso de la Sociedad de Naciones. Demostrada su inoperancia, quedó expedito el camino al expansionismo de las potencias del Eje que, estimulado por la política occidental de apaciguamiento (crisis de Austria y Checoslovaquia) y no intervención (Guerra de España), más temerosa del peligro comunista, llevó a la Segunda Guerra Mundial.

El general Józef Piłsudski ejerció un poder dictatorial en la Polonia del periodo de entreguerras, entre las amenazas soviética y alemana.

El general Francisco Franco mantuvo en España una de las más duraderas dictaduras europeas, fascista en su origen (Guerra Civil 1936-1939), que evolucionó hacia el nacionalcatolicismo, el pacto con los Estados Unidos (en esta foto de 1959 aparece con el presidente Eisenhower, también general) y la tecnocracia desarrollista, hasta su muerte en 1975.

El emperador japonés Hiro Hito empequeñecido físicamente por el general Mac Arthur, ya despojado de su divinidad protocolaria tras la derrota de 1945. El expansionismo militarista japonés no había tenido una identificación ideológica con los fascismos europeos, sino más bien una relación estratégica por la convergencia de intereses.

Paralelamente a la Primera Guerra Mundial, el mundo empezó a hacerse más grande. El decrépito Imperio Manchú fue derrocado en 1911, después de un largo período de guerras civiles, y China cayó en las manos de Sun Yat-Sen, que llevó a cabo un acelerado proceso de modernización en el país. Esta iniciativa occidental chocó a poco con la infiltración de los comunistas quienes, liderados por Mao Tsé Tung, promovieron una guerra civil que llevaría al derrocamiento del régimen occidentalizador, en beneficio de un nuevo Estado comunista: sería la Revolución China de 1949.

Por su parte, en Japón, el Shogunato Tokugawa había sido derrocado en 1868, y los sucesivos Emperadores que tomaron a su cargo el país, impulsaron una profunda occidentalización. En 1905 los japoneses, menospreciados por ser "no occidentales", infligieron una dura derrota a los rusos, y en 1914 entraron a la Primera Guerra Mundial a favor de la Triple Entente y se apoderaron de varias colonias alemanas en el Pacífico, las cuales retuvieron después del conflicto, cimentando así el nacionalismo imperialista japonés que los arrojaría de cabeza a la Segunda Guerra Mundial.

Entretanto, las ideas de independencia comenzaban a soplar en la India. Después de la Primera Guerra Mundial, y bajo el liderazgo de Mahatma Gandhi, y su movimiento de resistencia no violenta, los nacionalistas de la India se hicieron cada vez más fuertes. Después de la Masacre de Amritsar (1919), los británicos se vieron obligados a iniciar un lento proceso de negociaciones, que culminaría en su independencia.

Estados Unidos, por su parte, emergió como la gran superpotencia mundial después de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, cuando Woodrow Wilson pidió al Congreso de los Estados Unidos que aprobara el ingreso de la nación a la Sociedad de Naciones, éste se opuso, basándose en la vieja (y a esas alturas periclitada) política de aislamiento continental. Tendrían que hacerlo después, y por la fuerza, durante la Segunda Guerra Mundial.

De este modo, la adopción por parte de potencias no europeas, de aquellas ideas y principios (y tecnologías) propios de Europa, llevaron a la paradoja de que la mismísima Europa se redujo, en cuanto a tamaño e importancia, en el concierto mundial, y en adelante debería conformarse con ser un actor más, en un escenario político que de pronto se había hecho enormemente más vasto.

En los llamados locos veinte, la economía de Estados Unidos fue presa de la especulación bursátil. El resultado fue la Gran Depresión de 1929, que no sólo arruinó a Estados Unidos, sino que también a la mayor parte del mundo. Se generó ahí un caldo de cultivo para el totalitarismo de cualquier clase. El comunismo se hizo popular, pero también vinieron los imitadores de Benito Mussolini, el caudillo que había impuesto el Fascismo en Italia (1922), y cuyo más aventajado discípulo fue Adolfo Hitler.

Apenas llegó al poder en Alemania (1933), Hitler inició una dura política internacional, que lo llevó a la anexión de varios territorios y repúblicas. Cuando invadió a Polonia, en 1939, Inglaterra y Francia respondieron con la declaración de guerra. Sobrevino entonces una nueva conflagración general, aún más dura que la anterior, y que sólo culminó con la destrucción completa del Tercer Reich y de sus aliados, Italia y Japón. El fin de la guerra significó también la ruina definitiva de las potencias imperialistas europeas, ahora decisivamente superadas por Estados Unidos y la Unión Soviética, pero también marcó el estreno de la bomba atómica, lo que generó un nuevo apocalíptico escenario internacional: era la primera vez en toda la historia universal que el ser humano disponía de la tecnología necesaria para aniquilarse a sí mismo como especie.

La política de librecambismo que reemplazó, al menos en parte, al proteccionismo de la época absolutista, así como la creación de gigantescos imperios coloniales, tendió a demoler las barreras para el comercio y la inversión. De esta manera, los empresarios exitosos ya no estaban limitados por las fronteras nacionales a la hora de invertir y buscar ganancias. Adicionalmente, la industrialización y el desarrollo de nuevas técnicas abrió nuevos mercados para recursos que hasta entonces carecían de toda utilidad, como por ejemplo el petróleo y el caucho. En determinados casos, la avidez empresarial generó verdaderas "fiebres", como por ejemplo la "fiebre del salitre" en el norte de Chile, con posterioridad a la Guerra del Pacífico, o la "fiebre del caucho" en Brasil. El mundo entero se convirtió así en un enorme y vasto mercado global, creándose así por primera vez una red de comercio internacional de escala literalmente mundial, no sólo por su alcance geográfico, sino también por la interconexión entre los distintos productos que se comerciaban a lo largo y ancho del planeta, sirviendo unos como materias primas a otros y alargando las cadenas de producción, haciéndolas más intrincadas e interdependientes.

Habiéndose desarrollado Estados Unidos como un laxo gobierno central que dejaba mucho quehacer legislativo a los estados federados, y habiéndose expandido geográficamente hacia el oeste de manera brutal, no es raro que en dichas tierras haya prosperado con mayor fuerza el capitalismo industrial. El ejemplo más destacado es el petróleo, descubierto en Texas en 1859, y explotado pronto por un monopolio frente al cual se puso David Rockefeller, quien construyó en su torno una gran fortuna. Otro ejemplo destacado fue Andrew Carnegie, quien creó su propio imperio financiero en torno al acero. En el campo de los servicios también surgieron varios poderosos grupos comerciales, como por ejemplo el imperio periodístico de William Randolph Hearst o los primeros estudios de Hollywood (véase Historia del cine). Incluso en el campo de la invención, Thomas Alva Edison fue pionero en la idea de reunir a un grupo de trabajadores en un taller, creando así la moderna investigación tecnológica en la que importa más el proyecto común, que la figura del inventor o investigador propiamente tal.

La sociedad reaccionó ante los monopolios con cierto temor. En Estados Unidos se dictaron leyes antimonopolios, e incluso en virtud de ellas, Rockefeller fue llevado a juicio. Su firma, la Standard Oil Company, familiarmente conocida como Esso, fue llevada a juicio y condenada a disgregarse en 1911. Sin embargo, estas acciones no impidieron que en el paso de los siglos XIX al XX se concentrara el capital en manos de un nuevo club de multimillonarios, y que se crearan las modernas transnacionales, tal y como se conocen hoy en día.

Como una reacción a los cambios económicos y políticos en torno a la Primera Guerra Mundial, se sentaron las bases del estado del bienestar. Durante el siglo XIX, fiel a los principios del liberalismo a ultranza, se había concebido al Estado como un mero garante del orden público, sin que tuviera legitimidad para intervenir en la actividad económica de la nación. Los economistas como David Ricardo, por su parte, prestaban sustento teórico a dichas decisiones políticas. Sin embargo, de manera progresiva, el Estado había tenido que intervenir poco a poco en la regulación de las condiciones de trabajo, a través de las leyes sociales, creando el moderno Derecho del Trabajo, como una manera de responder a los apremiantes problemas derivados del industrialismo, tuvo que desactivar la bomba de tiempo que representaban las aspiraciones de grupos socialistas, comunistas y anarquistas.

Sin embargo, fue después de la Primera Guerra Mundial que se produjo el cambio teórico fundamental. El economista John Maynard Keynes observó que la oferta económica es refleja de la demanda (no al revés, como planteaba clásicamente la ley de Say), y por ende, la manera de levantar la economía era subsidiando la demanda a través de una fuerte intervención estatal. Sus consejos fueron acogidos como casi milagrosos después de que la Gran Depresión literalmente arrasó con el mercado laboral, generando un pavoroso paro masivo. De esta manera se sentaron las bases de un estado fuertemente regulador e interventor en materias económicas, que subsistirán más o menos hasta el día de hoy, en todos aquellos lugares en que el keynesianismo no fue exitosamente combatido por el monetarismo.

Resulta significativo observar que en la década de 1930, varios regímenes políticos muy diferentes entre sí, siguieron políticas intervencionistas como una salida práctica a la Gran Depresión. Stalin, en la Unión Soviética, por vivir en una economía dirigida desde el Estado, no tuvo mayores problemas con el Crack de 1929, pero Adolfo Hitler aplicó un fuerte intervencionismo desde el Estado, centrándose en particular en las obras públicas y la fabricación de armamentos. Mientras tanto, en Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt hizo parcialmente otro tanto a través de su New Deal (Nuevo Trato o Nuevo Acuerdo).

La primera mitad del siglo XX vio también una serie de revoluciones científicas sin precedentes, que marcaron un cambio de paradigma fundamental en el pensamiento científico.

En el campo de la biología, se redescubrió el trabajo de Gregor Mendel, que en el tiempo de su publicación había pasado desapercibido; esto llevó a una serie de investigaciones que develaron el papel jugado por el ADN en el código genético. También la Medicina progresó enormemente. Por una parte, al descubrirse que cada ser humano pertenece a un grupo sanguíneo, desapareció el riesgo inherente a toda transfusión sanguínea. Por su parte, las investigaciones de Alexander Fleming llevaron al desarrollo de la penicilina, el primer antibiótico, poniendo en manos de los médicos una poderosa arma para luchar contra las enfermedades; esta nueva técnica mostró lo que era capaz al salvar las vidas de miles de soldados durante la Segunda Guerra Mundial.

En el campo de la Paleontología, por su parte, una serie de hallazgos en cascada permitió empezar a desenmarañar el complejo árbol de la evolución humana. En 1894 se descubrió al Hombre de Java, y poco después emergieron el Sinántropo en China, y todo el frondoso linaje del Australopithecus en África.

La mayor de las revoluciones de dicho período se produjo en el campo de la Física. Durante el siglo XIX se habían acumulado varios problemas técnicos que la vieja Mecánica Newtoniana no era capaz de responder adecuadamente.

En 1900, el físico Max Planck propuso que la luz no podía propagarse en cualquier cantidad discreta, sino que sólo era capaz de viajar en pequeños "paquetes" de un tamaño determinados, llamados "quanta". El concepto de cuanto cambió la visión del mundo subatómico. Hacía poco que las investigaciones habían confirmado la existencia del átomo (hasta finales del siglo XIX, el átomo era tan sólo una construcción teórica, pero no habían pruebas tangibles de su existencia hasta el descubrimiento del electrón en los rayos catódicos). Poco después, las investigaciones de Niels Bohr y Ernest Rutherford permitieron por primera vez tener un panorama completo de los fenómenos subatómicos. Por ello, resultó un golpe muy rudo la enunciación del Principio de incertidumbre, que establece un límite a lo que puede ser conocido en el campo subatómico. Las consecuencias de este principio trascenderían a lo meramente científico, y se convertirían en una especie de metáfora de la incertidumbre que los intelectuales reclamaban como una característica propia de la vida en el siglo XX.

Paralelamente, el joven físico Albert Einstein publicó en 1905 un breve trabajo que, ampliado en 1915, se transformaría en las bases de toda una nueva concepción del cosmos: la Teoría de la Relatividad. Einstein abolió así el espacio absoluto y el tiempo absoluto de Isaac Newton, y proclamó que tanto el espacio como el tiempo estaban relacionados con la materia y la energía, y que ambas cosas eran relativas al punto de vista del observador. La nueva visión del universo que emergió aquí representó un verdadero terremoto intelectual, y abrió las compuertas para toda la investigación astronómica del siglo XX.

Por su parte, se postuló por primera vez que la Nebulosa de Andrómeda no era un anexo de la Vía Láctea, sino una galaxia por derecho propio. De esta manera, el universo apareció aún más grande y vasto de lo que nunca antes se pensó.

El siglo XX vio un cambio substancial en materia artística. Es cierto que el arte ha ido cambiando con el tiempo, pero cada nuevo movimiento artístico partía de la presunción implícita de ser "el último", y de trepar hacia la academia como el canon absoluto. Sin embargo, la rebelión de los pintores relacionados con el Impresionismo, la exaltación de la libertad individual del artista frente al convencionalismo de la academia, y por último la apología del constante cambio frente a un mundo también cambiante, abrieron la puerta para el fenómeno de las vanguardias. Al respecto escribe Juan-Eduardo Cirlot: "Hemos hablado del fondo experimental y cientifista del arte del presente, (...), al indicar que el ismo se diferencia del estilo en que se produce conscientemente, como resultado de una voluntad expresamente orientada a una finalidad, y no como surgimiento de un poder cultural actuante a través del hombre".

La primera gran vanguardia pictórica es el Impresionismo. Este movimiento se entronca con el Prerrafaelismo, con la pintura de la Escuela veneciana y con la obra de Constable y Turner, pero aunque con tradición por detrás, su emergencia desató una revolución. En primer lugar, el cambio de foco de los pintores impresionistas, desde el retrato fiel del objeto en sí hacia la captura de la luz y los efectos lumínicos sobre dichos objetos, era todo un golpe a la cátedra que se había practicado desde el más temprano Renacimiento. En segundo lugar, sus cultores, en vez de buscarse un lugar en la academia, se rebelaron decisivamente contra ella, y abolieron para siempre el predominio del academicismo sobre el arte pictórico. En tercer lugar, los impresionistas aprovecharon poderosamente las más modernas tecnologías de la época, incluyendo la fotografía (que utilizaron para captar el movimiento y fijarlo) hasta la moderna pintura en tubos (que les permitió salir a pintar al natural, al aire libre, lejos de la molesta tarea de preparar sus propias pinturas para las telas).

Aunque el Impresionismo como tal tuvo una vida más bien corta (aproximadamente entre 1863 y 1874, fechas de dos importantes exposiciones pictóricas en París), en su secuela los artistas se sintieron libres para rechazar las convenciones académicas, desatando así un conjunto de movimientos laxamente agrupados bajo el nombre de Postimpresionismo. Entre ellos se cuentan Vincent Van Gogh, Henri Matisse, Henri Rousseau y Paul Gauguin, cultores cada uno de un estilo propio y personalista.

Las vanguardias se fueron alejando progresivamente de la intención de los pintores antiguos por captar la realidad tal cual, función en la que la moderna fotografía los estaba desplazando con celeridad, y fueron desarrollando un arte pictórico cada vez más imaginativo. En 1909, con su cuadro Las señoritas de Aviñón, Pablo Picasso rompió con la perspectiva lineal que los pintores manejaban desde el Renacimiento, y propuso en su lugar la perspectiva múltiple, dando paso al Cubismo. Por su parte, Giorgio de Chirico y su llamada Pintura metafísica fue preparando el camino hacia una nueva manifestación artística, el Surrealismo.

A finales del siglo XIX, los esfuerzos del realismo literario y del naturalismo se vieron cada vez más agotados, y los escritores empezaron a buscar nuevos rumbos para la literatura. Marcel Proust en su monumental saga de siete novelas, En busca del tiempo perdido, marca un hito en la pretensión de captar la realidad hasta sus más mínimos detalles.

Los poetas, por su parte, tendieron a inclinarse hacia un lenguaje cada vez más rebuscado y barroco, produciendo violentas contracturas con sus versos. El simbolismo intentó imponer lo artificioso y violento en la literatura, destacándose la poesía de Arthur Rimbaud. La gran ruptura conceptual se produjo cuando Filippo Tommaso Marinetti lanzó su Manifiesto futurista, según el cual la literatura debe adaptarse a los tiempos, y las innovaciones técnicas y sociales son tan dignas como material literario, como los temas antiguos o clásicos; al respecto dirá que un coche de carreras puede ser tan bello como la Victoria de Samotracia...

La literatura popular, por su parte, continuó con la fascinación por el folletín. En el tiempo de la Belle Époque se crearon algunos personajes clásicos para la posteridad, como Drácula, Sherlock Holmes o El fantasma de la ópera, sentándose las bases, entre otras cosas, de las modernas novela policiaca y novela negra. En un sentido, la literatura folletinesca tendía a ser más conservadora que la literatura experimental, al ser esta última más bien dirigida a una élite selecta e ilustrada, pero por otra parte reflejaba bien las tensiones propias del período anterior y contemporáneo a la Primera Guerra Mundial.

En 1922 se publicó la obra que durante la mayor parte del siglo XX se considerará como la cumbre de la literatura experimental. El escritor irlandés James Joyce, inspirándose en la Odisea de Homero, publica el Ulises, verdadero compendio de todas las técnicas experimentales conocidas en la literatura de la época, y de algunas nuevas, como por ejemplo la corriente de la conciencia. La obra fue incluso prohibida o tachada de pornográfica, pero a la larga demostraría ser altamente influyente en los escritores posteriores del siglo XX.

Puede afirmarse que las vanguardias cristalizaron, de una manera u otra, en torno al surrealismo, ya que este movimiento sintetizó ideario político, las más modernas ideas intelectuales de la época y vocación vanguardista, y además alcanzó por igual a varios medios artísticos, incluyendo el por entonces naciente cine.

En 1916, en Suiza, mientras Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, un grupo de artistas liderados por Tristan Tzara desarrollaron el concepto de rebelión total: el Dadaísmo, intento por renegar de todo dogma artístico establecido y de refundar el arte desde cero. El Dadaísmo terminaría fagocitándose a sí mismo porque el renegar de todo dogma se convirtió en sí mismo en un dogma, pero varios adeptos al movimiento dadá se inscribieron después en las filas del Surrealismo.

El surrealismo ("superrealismo" o "sobrerrealismo" en francés) era un intento por ir más allá de la realidad, explorando no sólo el mundo físico, sino también el medio interno del ser humano, aprovechando para ello las teorías sobre el inconsciente que había desarrollado la Psicología gracias a Sigmund Freud y sus sucesores (a veces en abierta revuelta contra el propio Freud). Y encontró fortuna en la Pintura (Salvador Dalí, por ejemplo) tanto como en la Literatura (André Breton, por ejemplo), así como en el Cine (la película Un perro andaluz, por ejemplo). Los surrealistas también tomaron partido político por la izquierda, lo que fue origen de no pocos cismas y tensiones internos en el grupo.

En general, puede decirse que el Surrealismo expresó en el campo del arte, la voluntad general de construir un nuevo mundo sobre las cenizas de la Primera Guerra Mundial. Por eso, es lógico que su vitalidad terminara por agotarse al estallar la Segunda Guerra Mundial, aunque su estela pudo seguirse después en autores como Jean Paul Sartre y el Existencialismo, en particular por la vocación militante de estos intelectuales.

Sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo orden mundial emergió, en el cual las viejas potencias imperialistas europeas estaban por completo arruinadas; sus vastos imperios eran viejos carcamales políticos que pronto se disolvieron en medio del movimiento de la Descolonización, lo que aumentó el número de actores políticos mundiales desde una cincuentena hasta aproximadamente doscientos, en menos de medio siglo.

Sin embargo, este proceso de descomposición internacional sólo significó un cambio de amos. Tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética habían sobrevivido en buenas condiciones, y ahora estaban en condiciones de luchar frente a frente por la supremacía mundial. Ambos colosos estaban destinados a no entenderse, no sólo por cuestiones de política internacional, sino porque sus propias estructuras sociales y políticas eran diferentes: Estados Unidos era una nación republicana con un sistema electoral democrático y un sistema económico basado en el libre mercado, mientras que la Unión Soviética era un régimen totalitario gobernado por un sistema de partido único y un sistema económico de planificación estatal.

Empezó así la Guerra Fría, en la cual las dos potencias renunciaron a exterminarse mutuamente en una guerra masiva total, y en vez de ello empezaron a socavarse mutuamente en sus respectivas áreas de influencia, interviniendo en conflictos de escala menor, regional o continental. Metafóricamente, cayó un Telón de Acero sobre Europa, y por extensión sobre el mundo, separando a éste en dos esferas de influencia más o menos reconocibles, amén de varias zonas de influencia disputada, y que pronto se transformaron en puntos de fricción internacional. A esta lógica responden conflictos como la independencia de Israel (1948), el bloqueo de Berlín (1949), la Revolución China (1949), la Guerra de Corea (1950-1953), la intervención de la Unión Soviética en Hungría (1956), la invasión anglofranca contra el Canal de Suez (1956), la Revolución Cubana (1959), el desembarco en Bahía Cochinos (1961), la Crisis de los Misiles (1962), la Guerra de los Seis Días (1967), el aplastamiento de la Primavera de Praga (1968), la Guerra de Vietnam (1958-1975), el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), la Guerra de Yom Kippur y la subsiguiente crisis energética (1973), la intervención soviética en Afganistán (1979-1986), etcétera. La renuncia al conflicto total derivaba de que la combinación de dos inventos de la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica y el misil balístico, hacían imposible que alguien pudiera sobrevivir a un ataque nuclear de represalia, no sólo por la aniquilación en sentido literal que ambos bandos deberían afrontar bajo el fuego nuclear, sino también porque el levantamiento de polvo del suelo por las explosiones generaría un invierno nuclear que oscurecería la Tierra por semanas o quizás meses, interrumpiendo la fotosíntesis y provocando una gran mortandad entre las especies (incluida la humana). A este panorama se le dio un acrónimo de humor negro: MAD ("loco", en inglés), sigla de Mutually Asegurated Destruction ("Destrucción Mutua Asegurada"). Este nuevo orden internacional recibió también el nombre de "equilibrio del terror".

En medio de este panorama, se hizo evidente que los grandes problemas de la Humanidad sólo podrían resolverse actuando en conjunto. Ante el fracaso de la Sociedad de Naciones para evitar la Segunda Guerra Mundial, se reemplazó a este organismo por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual fue fundada en San Francisco en 1945; en 1948 dio un paso simbólico al proclamarse la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El Derecho Internacional, antaño fuertemente soberano, evolucionó también para recoger estas nuevas tendencias, que incluyen nociones como la justicia universal y el respeto irrestricto a los derechos humanos por sobre las respectivas jurisdicciones nacionales.

Además de mantener una destacada actuación política como foro mundial de las naciones, la ONU desarrolló una serie de organismos paralelos que tendieron a mejorar las condiciones de vida en todo el mundo. A la ya fundada Organización Internacional del Trabajo (OIT), absorbida ahora por la ONU, se sumaron la Unesco, la FAO, la Organización Mundial de la Salud (OMS), etcétera.

El movimiento nacionalista, que había surgido en la Europa del siglo XIX y se había pretendido imponer como principio de nacionalidad, una de las principales inspiraciones de las relaciones internacionales a partir de los catorce puntos de Wilson (a pesar de lo imposible de su aplicación, como demostró el Tratado de Versalles de 1919 y la difícil existencia de las nuevas naciones de Europa Oriental) se contagió al resto del mundo: a lo largo de los vastos imperios coloniales, más de un centenar de comunidades étnicas tradicionales o meros agregados coyunturales resultado del trazado artificial de fronteras coloniales fueron identificadas como naciones por concienciadas élites autóctonas que empezaron a buscar activamente la independencia.

En 1947, el Imperio Británico abandonó la India en medio de un sangriento conflicto interno, que originó la creación de tres estados: uno de mayoría hindú (India), otro de mayoría budista (Sri Lanka) y otro de mayoría musulmana (Pakistán), del que posteriormente se independizó el enclave oriental (Bangla Desh, 1971). En 1948, el sionismo vio llegado el momento de imponer la fundación del Estado de Israel en parte de la colonia británica de Palestina, iniciando un conflicto de larga duración con la población árabe (palestinos) y los estados árabes vecinos. Indonesia se independizó de Holanda. La Indochina francesa inició una guerra de independencia que originó el dividido estado de Vietnam, que continuó en guerra civil y con intervención extranjera, en la que los estadounidenses sustituyeron a los franceses (Guerra de Vietnam). Las únicas colonias europeas supervivientes en Asia fueron los pequeños enclaves de Hong Kong y Macao (entregados a China a finales del siglo XX).

En Africa, los imperios coloniales se fueron abandonando, a veces con independencias pactadas y otras en medio de sangrientas guerras, como la guerra de Argelia contra Francia, la independencia de Kenya (Jomo Kenyatta y los Mau Mau) contra Inglaterra, o las guerras de independencia de Angola y Mozambique contra Portugal. La descolonización del Sahara español originó un nuevo conflicto entre el nuevo ocupante (desde 1975 el reino de Marruecos) y el Frente Polisario. El último territorio abandonado por una potencia europea fue la Somalía Francesa (Yibuti, 1977), aunque la última variación fronteriza fue la independencia de Eritrea frente a Somalia.

Todos estos movimientos generaron enormes problemas políticos. En general se aceptó el principio del uti possidetis para delinear a los nuevos Estados, pero sucedió que muchas veces, las fronteras de los dominios coloniales habían sido trazadas para conveniencia de los imperios europeos, separando o juntando etnias y naciones de manera completamente arbitraria. De esta manera, los nuevos estados cayeron pronto en la inestabilidad política o en férreas dictaduras, originando de paso catástrofes sociales tales como el genocidio de etnias minoritarias, o los desplazamientos masivos de refugiados más allá de las fronteras de su país natal. Los dominios coloniales, que habían sido gobernados simplemente para expoliar sus productos, con una atención mínima a las necesidades de las poblaciones nativas, eran más pobres que las naciones europeas, y en medio de las conmociones políticas y guerras civiles, la pobreza empeoró, y con ello las hambrunas y enfermedades. Empezó así a hablarse así de un Tercer Mundo, uno que no entraba ni le interesaba ingresar a la órbita capitalista o comunista, y que luchaba por su propia supervivencia.

Sukarno lideró la independencia de Indonesia y acogió la Conferencia de Bandung, inicio del movimiento de países no alineados o tercermundismo.

Otro líder tercermundista, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, junto con el líder soviético Nikita Jrushchov, que apoyó financiera y técnicamente a la construcción de la presa de Asuán. Previamente la Unión Soviética había también apoyado la nacionalización del Canal de Suez durante la llamada crisis de Suez.

Patricio Lumumba, líder de la independencia del Congo, cuyos intentos de mantener una política no alineada o acercarse a la Unión Soviética fueron frustrados entre golpes de estado e intentos secesionistas. La responsabilidad de su asesinato aún no está aclarada.

Tres generaciones de líderes hindúes: Mahatma Gandhi marcha apoyándose en Nehru e Indira Gandhi. Ésta última no fue la única mujer que llegó a liderar uno de los nuevos países independizados en Asia (Golda Meir en Israel), antes que los países desarrollados donde la liberación de la mujer estaba más avanzada.

A nadie se le escapó que estas nuevas naciones, si bien débiles por sí mismas, en conjunto representaban a la mayor parte de la población de la Tierra, y tampoco que el principio "un voto para cada nación" las llevaría pronto a controlar la Asamblea General de las Naciones Unidas. Hubo así variados intentos por articular a los países del Tercer Mundo, al margen de la voluntad de las superpotencias, quienes veían estos movimientos como una amenaza. El primer paso fue dado por la Conferencia de Bandung, celebrada en 1955, y que fue seguida de varios otros intentos por articular a estas naciones. En América Latina, quizás la iniciativa más importante en tal sentido sea el Pacto Andino, generado en 1967.

Asimismo, la miseria política y social de las nuevas naciones, en particular de las africanas, fue mitigada en parte por la intervención de los organismos internacionales dependientes de la ONU, y en parte por la acción de un nuevo tipo de órgano social, las ONG. La influencia de ambas en evitar una catástrofe humanitaria es algo que probablemente esté todavía por ser medido con certeza.

Entrevista entre el general Juan Domingo Perón, presidente populista de Argentina, y el también general Alfredo Stroessner, dictador de Paraguay.

El líder de la revolución cubana Fidel Castro, inicialmente populista que evolucionó al comunismo, en la tribuna de un acto en Berlín Oriental en 1972, con dirigentes de la República Democrática Alemana.

Los generales Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla encabezaron respectivamente las juntas militares que en Chile y Argentina recondujeron violentamente situaciones comprometidas desde la perspectiva internacional de los Estados Unidos e interna de las clases dominantes.

La más grande zona de conflicto en el mundo durante la Guerra Fría fue el Medio Oriente. Esta región, relegada desde el siglo XVI a ocupar un rol secundario en la política internacional, se transformó bruscamente en la más gravitante del planeta, cuando sus inmensas reservas petroleras le otorgaron un monopolio casi absoluto sobre el mercado energético mundial. Sin embargo, después de la desintegración del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, esta región quedó atomizada en varios territorios (Siria, Líbano, Jordania, Iraq, etcétera). Para colmo, bajo la influencia del nacionalismo del siglo XIX, había surgido el sionismo, que pretendía obtener un Estado Nacional judío en Palestina. Esta ambición se concretó en 1948, con la creación de Israel. En respuesta, Israel y el mundo árabe se han visto enfrascados en cuatro guerras abiertas (la guerra de 1949, la invasión anglofrancesa contra el Canal de Suez en 1956, la Guerra de los Seis Días y la Guerra de Yom Kippur), y en un estado permanente de tensión con la población palestina del territorio, incluyendo la aparición de grupos terroristas.

Moshé Dayán, principal estratega israelí en la Guerra de los Seis Días y la de Yom Kipur, junto a otros militares israelíes en 1955.

El presidente norteamericano Jimmy Carter, el egipcio Anwar el Sadat y el israelí Menájem Beguin en los acuerdos de Camp David (1978), que trajo la paz entre Israel y Egipto.

El líder palestino Yasir Arafat, el israelí Isaac Rabin y el presidente norteamericano Bill Clinton, en rondas de paz que fracasaron por la oposición de los grupos radicales.

A contrapelo de la escalada en la tensión política mundial, en la vida cotidiana de Occidente se produjo un período de bonanza material y espiritual, graficado en el fenómeno del baby boom. El final de las penurias de la Segunda Guerra Mundial, además de una serie de adelantos tecnológicos caseros tales como los electrodomésticos y la televisión, generaron un sentimiento de confianza hacia el futuro.

Pero esta emoción no era generalizada. Esta década es también el tiempo de esplendor del existencialismo, que era reflejo del pesimismo propio de la Guerra Fría, y que se planteó muchas veces como una crítica desde la izquierda al capitalismo defendido por los Estados Unidos. Los miedos de aquel tiempo, en particular a la bomba atómica, se sintetizaron en el cine de serie B, por ejemplo. También hubo una mayor represión y puritanismo sexual, como por ejemplo la cruzada emprendida contra el cómic desde la publicación del libro La seducción del inocente.

Alrededor de estos hitos creció la rebeldía juvenil de una generación completa que se negaba a aceptar el mundo conservador y tradicionalista de los adultos, que encontró desahogo en figuras como James Dean y su película Rebelde sin causa, en el movimiento poético beatnik, y especialmente en el naciente rock and roll y su primera gran superestrella, Elvis Presley.

La acumulación de presión social desde las nuevas generaciones provocó una rebelión generalizada en los sesentas, marcada por la cultura del movimiento hippie. Los jóvenes de la época leían libros como El guardián entre el centeno o En el camino, compraban historietas de la Marvel, escribían literatura experimental, escuchaban formas cada vez más sofisticadas de rock and roll, y se entregaban tanto al amor libre como a la cultura de la droga. A la larga, el movimiento hippie, basado en ideales tales como el regreso a la naturaleza, el pacifismo a ultranza y el rechazo a los valores sociales del materialismo y el consumismo, terminó engullido por la propia sociedad y vendido como un producto de consumo más, lo que motivó su disolución. Pero aun así, la llamada revolución de las flores dejó su impronta en movimientos tales como la gran rebelión estudiantil de 1968, o el megaconcierto de Woodstock (1969).

Mientras tanto, la tensión política había ido aminorando en el mundo. Después de la Crisis de los Misiles de 1962, que había puesto a la Humanidad al borde de la Tercera Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética buscaron formas más conciliadoras de manejar la política mundial, incluyendo la implementación del famoso teléfono rojo. El resultado fue la llamada distensión. Influencia decisiva en el panorama mundial tuvo Henry Kissinger, secretario de estado del Presidente Richard Nixon, que inició un acercamiento a la China comunista de Mao Tsé Tung para contrarrestar la influencia rusa, así como numerosas maniobras de intervención en países extranjeros. Probablemente el mayor símbolo político de la época sea la Guerra de Vietnam, llevada adelante por sucesivas administraciones de Estados Unidos, y a la cual la juventud de dicha nación en masa se opuso con numerosas movilizaciones.

El activismo político fue un sello de la época. No sólo se movilizó la gente contra Vietnam, sino que adquirió preponderancia el movimiento por los derechos civiles. Líderes como Martin Luther King y Malcolm X, por ejemplo, lucharon por la igualdad de derechos entre los blancos y los negros. También cobró importancia el movimiento feminista, que luchaba contra la discriminación de la mujer frente al varón.

Durante la década de 1970, el mundo empezó nuevamente a marchar hacia un ambiente de tensión política. Se produjeron movimientos conservadores en todo el mundo: los telepredicadores de Estados Unidos, el fortalecimiento del ala conservadora en el Vaticano, el llamado despertar islámico, etcétera.

En 1981 asumió Ronald Reagan como Presidente de los Estados Unidos. Con una política abiertamente agresiva hacia la Unión Soviética, a la que calificó sin ambages como el "imperio del mal", empezó a promover el final de la Guerra Fría mediante, entre otras estrategias, el establecimiento en el espacio exterior de un sistema de intercepción de misiles balísticos, la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica, bautizada socarronamente por la prensa como "Star Wars", por parecer tan de ciencia ficción como la película La guerra de las galaxias, en ese entonces de moda.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan encabezaron la reacción neoconservadora de los años ochenta, neoliberal en economía y agresiva tanto en el interior (recortes al estado del bienestar) como en política exterior (Guerra de las Malvinas, despliegue de los euromisiles...).

Juan Pablo II, primer papa polaco y el más viajero de la historia, durante uno de sus viajes a Polonia (1987). Tuvo un importante papel en el estímulo al movimiento opositor (sindicato Solidarnosc de Lech Wałęsa) que contribuyó a la crisis del sistema comunista en el este de Europa.

En 1985 asumió Mijaíl Gorbachov como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. Con él se produjo una cierta renovación generacional de las altas cúpulas jerárquicas soviéticas, lo que llevó a un enfoque distinto y menos beligerante de la Guerra Fría. Emprendió entonces Gorbachov una serie de reformas administrativas, tendientes a otorgar progresivas libertades en el interior del régimen soviético. Estas políticas sociales y económicas fueron enmarcadas dentro de lo que se llamó la perestroika (del ruso, traducible por "reestructuración"), y el nuevo espíritu político fue llamado la glásnot (del ruso, traducible por "apertura" o "transparencia").

En materia de política internacional, Gorbachov manifestó su voluntad de llegar a nuevos acuerdos, cuyo mayor exponente fue el tratado de desarme de 1987, que significó el final de la carrera armamentista entre las superpotencias. Sin embargo, los nuevos vientos soplaban también en los países de la órbita comunista, en los cuales empezaron a gestarse procesos de rebelión contra la hegemonía soviética.

En 1989, todas estas tendencias llegaron a su culminación, con varios hitos claves. En Alemania fue derribado el Muro de Berlín. En Rumania, el autócrata Nicolae Ceausescu fue derrocado, y poco después fusilado. Y en la propia Unión Soviética, ésta se declaró como disuelta, dando lugar a la Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A los pocos años, durante un golpe de estado promovido contra Gorbachov, Borís Yeltsin consiguió alzarse hacia el poder, y promovió un hondo proceso de reformas liberales. El régimen comunista terminó así de desplomarse, y Rusia cayó en el caos económico, mientras algunos grupos económicos vinculados a las mafias rusas consiguieron hacerse con el control político del país.

La caída del bloque comunista provocó una serie de cambios políticos internacionales. Dentro del propio ámbito antiguamente comunista convivían una serie de problemáticas étnicas y religiosas oprimidas durante años por el autoritarismo soviético, y que estallaron con toda su fuerza. Así, la antigua Yugoslavia, ahora disuelta, se fragmentó en naciones como Serbia y Croacia, que muy pronto se hicieron la guerra entre sí. Por otra parte surgieron movimientos separatistas, como el de Chechenia, duramente reprimido por los nacionalistas rusos. Muchas naciones del antiguo bloque comunista miraron hacia la Europa Occidental, buscando y consiguiendo su ingreso a la flamante Unión Europea.

El camino de la Unión Europea había sido largo. En 1949 la unión comercial de Bélgica, Holanda y Luxemburgo había dado lugar al Benelux, que funcionó en parte como un modelo en miniatura para lo que después iba a ser la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA); de ella se gestó la Comunidad Económica Europea. En el mismo 1989 en que se desplomaba el bloque soviético, la primitiva comunidad económica derivó en una relativa unidad política, generando un Parlamento Europeo. La unión de las naciones europeas no estuvo exenta de distintas fricciones, en particular considerando el largo historial de tensiones nacionalistas y guerras entre distintas naciones, resultando en ese sentido emblemática la unión de Francia y Alemania Occidental en un proyecto económico y político paneuropeo común, así como la tardía unión de Inglaterra a la Comunidad Económica Europea. Este proceso de unificación se vio complicado después de 1989, con la incorporación de nuevos actores políticos (los países de Europa del Este), en particular debido a los frágiles equilibrios derivados de la existencia de una moneda común, el euro.

Fuera de Europa, China avanzó en su propio camino. Después de la muerte de Mao Tsé-Tung, en 1976, se produjo una apertura en el régimen comunista chino, el cual intentó la empresa de generar una economía de mercado sin sacrificar el régimen político comunista de partido único. Después de 1989, sin la tutela de la Unión Soviética, China consiguió imponerse en el mundo como una de las más grandes superpotencias.

Por su parte, el fin de la Guerra Fría trajo a Estados Unidos una década de relativa paz y prosperidad. Es sintomático que los estadounidenses hayan dejado de votar en este período a los republicanos, tradicionales representantes del nacionalismo, para darle el poder al Partido Demócrata, con Bill Clinton a la cabeza (1992-2000).

En América Latina, por su parte, después de un largo período de dictaduras, se produjo una liberalización política que llevó a la construcción de nuevos regímenes democráticos. Sin embargo, no en todos los casos éstos resultaron exitosos, y los tradicionales pronunciamientos militares o los estallidos populares no desaparecieron por completo del mapa.

En forma paralela a la drástica reducción en el número de superpotencias mundiales, el avance de la occidentalización se vio apoyado por toda una serie de nuevos inventos que aceleraron las comunicaciones a lo largo de todo el planeta. Ya el telégrafo en 1847 había contribuido a conectar lugares lejanos casi en tiempo real, y luego el teléfono, la telegrafía sin hilos y numerosos otros aparatos permitieron la comunicación a grandes distancias. A comienzos del siglo XX se masificaron tanto la radio como el cine, que sirvieron como vehículos de la cultura occidental hacia tierras a veces muy distantes; a estos dos inventos se sumó, desplazándolos en buena medida aunque sin llegar a reemplazarlos, la televisión. Surgió también la moderna publicidad de masas.

Todos estos inventos permitieron que las ideas viajaran a distancias cada vez mayores. En la década de 1960 empezó a hablarse seriamente de la aldea global, para describir este fenómeno. Sin embargo la computación, la tecnología decisiva para la globalización aún estaba en pañales. El primer computador fue ENIAC, desarrollado en el ambiente universitario en 1943, pero los computadores no empezaron a mostrar su verdadero potencial sino hasta la aparición del microtransistor. A partir de entonces, era sólo cuestión de tiempo antes de que se desarrollaran conceptos tales como Internet, correo electrónico, intercambio de archivos en línea, la blogósfera, etcétera.

Aunque es demasiado prematuro señalar hacia dónde llevan estos cambios, lo cierto es que la combinación de revolución informática y otra nueva línea de avances, la ingeniería genética, han llevado a un cambio de la mismísima concepción del ser humano, desplazando al menos en parte las ideas humanistas sostenidas desde el Renacimiento, y en particular desde la Revolución Francesa. Este cambio ha encontrado concreción artística en un nuevo movimiento cultural, el cyberpunk, que siguiendo las pautas de integración multimedia de la globalización, concentra cine, música, televisión, literatura y moda a su alrededor.

La globalización ha producido también un gran intercambio cultural a nivel planetario. Aunque sin duda es la cultura occidental en su versión estadounidense la que ha tenido mayor difusión, a través del control de los medios de comunicación, no es menos cierto que esta misma cultura ha ido a buscar inspiración muchas veces en las culturas no occidentales. Así, el rock and roll hunde sus raíces en el jazz y aún más atrás, en los ritmos de la música del África negra, mientras que la animación se ha visto fuertemente influida por la cultura del manga y del anime, procedente de Japón, por mencionar dos ejemplos.

Los nuevos medios de comunicación introdujeron una aceleración en el ritmo de cambio de las modas, las tendencias y los referentes culturales. Esto es bien visible en el caso de la música rock, entendida en su sentido más amplio, que ha experimentado una serie de cambios y mutaciones que la han hecho prácticamente irreconocible. Por su parte, conviven en los cines y en la televisión los más diversos géneros cinematográficos.

La aceleración llegó al máximo con Internet, que posibilitó por primera vez el intercambio masivo de información en tiempo real. La consecuencia es el surgimiento de una simultaneidad, lo que produjo, a su vez, la fragmentación de las distintas culturas en tribus urbanas de distinto tipo. La coexistencia de estas distintas manifestaciones culturales no siempre es tolerante y pacífica; la propagación por vía de globalización ha llevado a que se propaguen también las ideas contrarias a la globalización.

El empuje del movimiento globalizador ha llevado al problema de tomar postura frente al mismo. Quienes son favorables a la globalización argumentan que ésta facilita el libre intercambio de ideas, la expresión individual y el respeto por los derechos de las personas, además de que debido al progreso tecnológico este fenómeno es virtualmente imparable. Sus detractores, en cambio, suelen opinar que la globalización es unilateral, ya que promueve una cultura particular (la estadounidense) como aquella que debiera imponerse a todo el planeta, que la globalización arrasa con las minorías culturales, lingüísticas y religiosas en el resto del mundo, y que los defensores de la globalización la fomentan para defender sus propios intereses económicos. No existe una unidad de intereses ni de expresión en estos movimientos, que incluyen desde la defensa del proteccionismo agrario (José Bové) hasta los más clásicas protestas sociales antes expresadas en el movimiento obrero, el ecologismo y el pacifismo. La respuesta a la globalización se ha organizado en torno a redes sociales dinámicas con el denominado movimiento antiglobalización o altermundialismo, iniciado de forma más o menos espontánea en las manifestaciones de Seattle (1999) como respuesta a la reunión del FMI y en la Contracumbre del G8 en Génova (2001) e institucionalizado en torno al Foro Social Mundial de Porto Alegre (organizado de forma alternativa a los mismos y a los elitistas encuentros del denominado Hombre de Davos). Han generado el lema otro mundo es posible.

Los atentados que llevó a cabo Al Qaeda (una enigmática red de terrorismo islamista organizada por el millonario saudí Osama Bin Laden) contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, y la reacción estadounidense posterior, liderada por el presidente George W. Bush (guerra de Afganistán de 2001 y guerra de Irak), evidenciaron la existencia de un nuevo tipo de conflicto global que Samuel Huntington había previamente denominado con el término choque de civilizaciones (en polémica con Francis Fukuyama que había proclamado, en los tiempos de la caída de la Unión Soviética, que la historia tendía ineludiblemente hacia sistemas liberales, y que cuando éstos se conseguían, estábamos ante el Fin de la Historia). Los atentados dejaron en claro la capacidad que el propio sistema occidental (tecnología occidental, sistema económico occidental) permitía a los grupos que la utilizan en su contra; la reacción estadounidense, más allá de su éxito o fracaso relativo, demostró la gigantesca capacidad de respuesta de Estados Unidos y la solidez de su alianza con un gran número de países (OTAN, Japón, gobiernos de los países islámicos denominados moderados -monarquías del Golfo, Marruecos, Jordania, Pakistán-), al tiempo que Rusia y China evitan comprometerse y algunos países del denominado eje del mal efectuaban acercamientos a Occidente (Libia, Siria, Corea del Norte). No obstante, las divisiones existentes en la vasta coalición pro-occidental se expresaron en la diferente actitud de cada uno de los países aliados de Estados Unidos: divergencia entre la opinión pública y los gobiernos, sobre todo en los países musulmanes; resistencia de Francia y Alemania (denominados vieja Europa frente a la nueva Europa de los aliados más firmes de Estados Unidos -los antiguos países comunistas del Este de Europa, la España de José María Aznar y la Italia de Berlusconi-) a implicarse en la guerra de Irak, o la salida de las tropas españolas (tras el atentado del 11 de marzo de 2004 y la inmediata victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero). Tampoco dentro de los mismos Estados Unidos la posiciones eran unánimes, sobre todo tras no encontrarse las armas de destrucción masiva que se había afirmado que poseía Saddam Husein (hecho que se había aducido como casus belli para el ataque preventivo) y otros escándalos (torturas en la prisión de Abu Ghraib y detención sin plazo ni juicio de los denominados combatientes ilegales en el centro de detención de Guantánamo).

El predominio de los Estados Unidos, única superpotencia de la escena internacional tras la desaparición de la Unión Soviética, se ve contestado, al menos nominalmente, por las declaraciones en favor de un mundo multipolar en vez de unipolar. En eso suelen coincidir, aunque en muy distintos términos, desde la postura común de la política exterior de la Unión Europea hasta la más agresiva del Irán de Mahmud Ahmadineyad (expresión del islamismo radical) o la Venezuela de Hugo Chávez (y otros líderes hispanoamericanos que en algunos casos reciben la denominación de indigenistas -Evo Morales en Bolivia-).

La crisis económica de 2008, que surgió como consecuencia del estallido de una burbuja financiera-inmmobiliaria, ha puesto en cuestión las bases del sistema financiero internacional y desatado el temor a una profunda recesión que cuestione la continuidad del sistema capitalista y el propio sistema democrático, identificados ambos en lo que se ha llegado a denominar capitalismo democrático.

El paso del tiempo demostrará si la historiografía del siglo XXI o posterior considerará que la evolución histórica entre la caída de la Unión Soviética y el atentado contra las Torres Gemelas es sólo un nuevo desarrollo de las mismas características propias de toda la Edad Contemporánea, o si se trata de una nueva época completamente distinta que justifica una nueva periodización de la historia y una renovación metodológica a la hora de tratarla por la historiografía (Historia del mundo actual, Historia del tiempo presente o Historia inmediata).

Al principio



Exilliteratur

Europa a principios de 1941

Exilliteratur (del alemán: Literatura del Exilio) hace referencia a aquella literatura que es producida por autores que han debido exiliarse, y la cual trata o está influida por este hecho. Normalmente se aplica al exilio de autores alemanes entre 1933 y 1945 a causa de la dictadura nazi, y a su obra. No obstante, los autores alemanes del exilio no conforman un grupo homogéneo, ni en el carácter de sus obras ni en la ideología: había comunistas como Anna Seghers, de ideología marxista pero sin pertenecer al partido, como Bertolt Brecht, o autores de carácter más conservador como Thomas Mann. La temática varía desde la novela de denuncia a la novela histórica o de evasión, pasando por las analogías históricas para explicar el ascenso del nazismo o el futuro que aguarda, y pasando por géneros como la lírica y el teatro.

Durante la República de Weimar crisis económicas y políticas asolan a Alemania. De este caldo de cultivo surge el nacionalsocialismo. En 1933 Adolf Hitler llega al poder y poco a poco socava el sistema democrático, hasta que consigue el poder absoluto, y comienza a llevar a cabo sus políticas represivas, racistas, antisemitas e imperialistas.

El nacionalsocialismo se introduce en la vida diaria de los alemanes; el trabajo y el tiempo libre lo dominan organizaciones dependientes del partido, y la maquinaria de manipulación (cf. Joseph Goebbels) y censura no permite la más leve discrepancia y consigue implantar la irracionalidad política nazi en la sociedad, mientras Hitler prepara, a partir de 1935 una poderosa maquinaria militar y realiza los primeros movimientos expansionistas. Aparecen los primeros campos de concentración para disidentes, judíos, homosexuales, romaníes, etc., y se aplican medidas de eugenesia y eutanasia, en un intento por "purificar la raza aria".

Los nazis consideraban el arte moderno, las vanguardias que se habían desarrollado de manera esplendorosa en Alemania y Europa, como arte degenerado y autores vanguardistas, de izquierdas, judíos o críticos del nazismo han de exiliarse. Este exilio tendrá lugar en una miríada de países y se realizará de formas muy diversas.

Una primera etapa del exilio alemán puede considerarse la que transcurre desde 1933 hasta 1940, durante la cual la mayoría de autores alemanes se exiliaron en países europeos. En 1940 toda Europa occidental y central queda bajo el dominio nazi o gobiernos pro-nazis, y algunos países europeos neutrales, como España, con un gobierno fascista que había recibido ayuda militar de Hitler y Mussolini para derrocar a la Segunda República Española, y que es invitada a formar alianza con el Eje, Suecia, que suministra materias primas a Alemania nazi, y Suiza, que sufre grandes presiones para conservar su neutralidad y que niega la entrada a muchas personas ante las presiones de Alemania. La mayoría de autores entonces huyeron a EE. UU., México o la Unión Soviética.

Fue uno de los principales países de exilio, formándose núcleos sobre todo en París. A Francia huyeron intelectuales como la autora alemana judía Anna Seghers, Bodo Uhse (quien colaboró con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española), Franz Werfel o Arnold Zweig.

Las propias publicaciones francesas dieron cabida en sus páginas a los artículos de los exiliados. Asimismo, se publicó un periódico diario en alemán para los exiliados, Pariser Tageblatt (Diario parisino), más tarde llamado Pariser Tageszeitung (Periódico parisino).

Francia, junto a Suiza, fue el principal país donde se representaron obras de teatro. Asimismo se funda una editorial, Carrefour Verlag.

Francia fue derrotada por Alemania en julio de 1940 y se instaló un gobierno afín en el sur de Francia (Gobierno de Vichy) que comenzó una persecución contra muchos refugiados alemanes. Muchos autores, como Anna Seghers huyeron al sur de Francia con la esperanza de conseguir un pasaje de barco para Estados Unidos. Marsella era el último refugio en Europa para huir del avance alemán.

Hasta su caída ante el nazismo entre 1938 y principios de 1939 (cf. Tratado de Munich), Checoslovaquia fue uno de los principales países de refugio y muy hospitalario; para los exiliados alemanes no era necesario un permiso de residencia y el gobierno checo los acogió activamente.

En Praga se publicó el periódico Arbeiter Illustrierte Zeitung (Periódico Ilustrado Obrero), prohibido en Alemania con el ascenso de Hitler. Se relocaliza una editorial, Malik Verlag.

Los Países Bajos fueron uno de los países europeos más solidarios con los exiliados alemanes, si bien no se le consideraba un país muy seguro, pues había caído fácilmente ante los alemanes. Tuvo gran importancia en cuanto a editoriales, como Querido Verlag (Editorial Querido), de Klaus Mann, o Allert de Lange. Se publicó la revista Die Sammlung (La colección).

El Reino Unido tuvo una política muy restrictiva, lo que se tradujo en que aceptaron tan sólo una quinta parte de exiliados en comparación con los Países Bajos. Los exiliados debían demostrar que no serían una carga para el Estado británico, y algunos políticos se mostraban reacios a causa de la Política de apaciguamiento. A partir de 1938 su actitud se relajó, si bien en 1940 se internaron en campos de concentración a muchos exiliados alemanes. No hubo editoriales ni publicaciones importantes en el Reino Unido.

Tuvieron una política muy restrictiva. Suecia, que mantenía relaciones comerciales con Alemania, reconocía la "J" de Juden (Judío) timbrada en los pasaportes alemanes de ciudadanos de dicha religión.

Bertolt Brecht es el autor más destacado que pasó por Suecia y Finlandia (su periplo le llevó por Austria, Suiza, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Gran Bretaña y EE. UU.). También destacan, y permanecieron en Suecia, Nelly Sachs, Peter Weiss y Willy Brandt.

Austria: se constituyó en un país de paso o refugio temporal, pues contaba con un gobierno filofascista (austrofascismo). Algunos autores permanecieron hasta el Anschluss (anexión de Austria por parte de Alemania) en 1938. Por ejemplo Elias Canetti o Hermann Broch, quien fue apresado, pero un movimiento solidario internacional, incluyendo a James Joyce, consiguió presionar hasta lograr su liberación.

Permaneció neutral durante Segunda Guerra Mundial, pero a cambio tuvo que mantener buenas relaciones con Alemania. Sólo entraban a Suiza exiliados famosos y con dinero, y se rehusaba normalmente a los judíos. Suiza se constituyó como lugar de paso en los primeros tiempos del nazismo.

Emil Oprecht tuvo gran influencia en los teatros de Zúrich y Basilea , además era propietario de una editorial que publicó y financió obras de teatro y la revista Maß und Wort, (Medida y Palabra) de Thomas Mann.

España no fue un país que acogiera exiliados del nazismo per se. En su lugar, tras el inicio de la Guerra Civil en 1936, muchos exiliados alemanes vieron a España como un lugar donde podían llevar a cabo activamente su lucha contra el fascismo.

En Alemania, Italia, Austria y otros lugares de Europa había gobiernos de carácter fascista contra los que había poca o ninguna oposición por parte de la población. Muchos exiliados llegaron con las Brigadas Internacionales para poder luchar activamente contra lo que veían un enemigo común.

Alemanes e italianos podían, además, luchar contra aquéllos que los habían obligado a abandonar sus países, pues tanto Hitler como Mussolini enviaban armas y personal militar para apoyar al ejército de Francisco Franco.

Lucharon o colaboraron con la Segunda República Española autores como Ludwig Renn (quién comandó la sección alemana, pues tenía experiencia de la Primera Guerra Mundial), Bodo Uhse, Gustav Regler (quien fue herido en la Batalla de Guadalajara) o Alfred Kantorowicz.

Asimismo, muchos escritores estuvieron en algún momento en España como reporteros. Por ejemplo, Erika y Klaus Mann, quienes hicieron en 1938 un reportaje para la prensa francesa; Egon Erwin Kisch, quien hizo un reportaje sobre el desalojo de los cuadros del Museo del Prado para protegerlos durante el asedio a Madrid; Maria Osten, que hizo un reportaje para la revista El Mono Azul dirigida por Rafael Alberti, sobre la vida cotidiana en Madrid, o Ernst Toller, pacifista que llevó a cabo una labor práctica a favor de los niños.

También destaca la figura de Robert Capa, quien es el autor de la celebérrima fotografía de La Muerte de un Miliciano.

Otros intelectuales alemanes no fueron a España pero realizaron escritos a favor de la República; por ejemplo: Thomas Mann, Anna Seghers o Heinrich Mann. Colaboraron también con emisiones de radio dirigidas a las tropas alemanas desde Radio Barcelona y Radio Madrid, además de la emisora de habla alemana en Madrid, Deutscher Freiheitsender.

En 1940 el ejército nazi, que previamente se había anexionado y repartido Polonia con la Unión Soviética, lanza un ataque sobre Europa occidental: caen los Países Bajos, Bélgica y finalmente Francia. Meses atrás también habían caído Dinamarca y Noruega. En principio, la Blitzkrieg alemana parece imparable, y sólo el Reino Unido queda para hacer frente a la maquinaria bélica nazi (cf. Batalla de Inglaterra).

Muchos escritores alemanes se encontraban en Francia u otros países europeos ahora bajo el dominio de Hitler, o de gobiernos títeres afines a la Alemania nazi, y vuelve a hacerse necesario huir. Esta vez el objetivo preferido es América, sobre todo Estados Unidos.

La Unión Soviética tuvo una política selectiva y restrictiva, pues sólo acogía a comunistas o simpatizantes comunistas.

Aquellos escritores que fueron acogidos dependían, para publicar, de la política interna de Iósif Stalin, si bien tuvieron todo tipo de facilidades económicas. Se estima que la URSS aceptó a unos 500 exiliados.

El poeta Johannes R. Becher dirigió la edición alemana en Moscú de la revista Internationale Literatur. Entre 1936 y 1939 se publicó la que es considerada por muchos la mejor revista literaria de la época, Das Wort, en la cual, siguiendo la política de Frente Popular, se aceptaban trabajados no sólo de comunistas, sino también de todo tipo de antifascistas. Por ejemplo, colaboraron con esta revista, si bien físicamente no estuvieron en Moscú, autores como Bertolt Brecht, Lion Feuchtwanger y Willi Bredel.

En agosto de 1939 se produce un giro de 180 grados en la política soviética: se firma el Pacto Molotov-Ribbentrop, un tratado de no agresión entre Alemania y la URSS, en el que en secreto se acordaba la división entre ambas potencias de Polonia, que caería en septiembre de ese año cuando, tras tres semanas de imparable avance alemán, decenas de divisiones soviéticas invadían Polonia por el este, hasta encontrarse con las tropas alemanas y completar la partición.

Este hecho se tradujo, en el ámbito intelectual, en la prohibición de cualquier actitud antifascista, la cual no volverá sino hasta 1941 (cf. Operación Barbarroja). Durante esta época se trabaja sobre la Historia de la Literatura, dejando el presente de un lado. En algunos casos muy concretos, se produjo la deportación de algún intelectual alemán a las autoridades nazis, o su encarcelamiento en Siberia.

Característico del arte en la Unión Soviética a partir de 1934 fue la presión oficial por la implantación del llamado realismo socialista: durante la década de 1920 se había tenido la sensación, en la Unión Soviética de estar creando una realidad y una sociedad nuevas, incluyendo su cultura y su arte, y la experimentación artística estaba en auge. Cuando Stalin fue consolidando su poder, buscó detener la evolución artística y volver a modelos más tradicionales, a un arte que entendiera el pueblo. Esto resultó en la vuelta a los modelos literarios del siglo XIX, del realismo, más tradicionales y menos plurales.

Muchos autores alemanes en particular, y antifascistas en general, se vieron muy decepcionados con el pacto nazi-soviético, y ante la actitud del gobierno de Stalin. No obstante, muchos intelectuales alemanes que pasaron el exilio en Moscú, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, y constituirán el núcleo cultural de la nueva República Democrática Alemana.

Estados Unidos era probablemente el país donde más oportunidades había. Las autoridades fueron extremadamente generosas, más de 7 500 personalidades de las artes, ciencia, cultura, etc., fueron acogidos. La mayoría se asentaron en Nueva York y Hollywood. Algunos ejemplos son los de Albert Einstein, Marlene Dietrich, Vicki Baum, Fritz Lang, Bertolt Brecht o Thomas Mann.

Quizás los peores parados fueron los escritores. Los científicos, o filósofos (cf. Escuela de Fráncfort), etc., encontraron trabajo en universidades estadounidenses, pero los escritores en general no.

Se les ofreció a muchos contratos de un año en los estudios de Hollywood, pero no se consiguieron adaptar artísticamente. Se esperaba de ellos que se nacionalizaran estadounidenses y encontraran un trabajo. Para muchos exiliados esto les planteaba el problema que se consideraban representantes de la verdadera Alemania, en oposición a la Alemania nazi, y por lo tanto no querían naturalizarse y establecerse allí indefinidamente, sobre todo los de mayor edad.

Los autores que fueron contratados por los estudios de cine de Hollywood pronto se encontraron con que la realidad del cine estadounidense era muy distinta a la del europeo. En Europa el cine se había considerado un arte más, y se habían adoptado muchas de las ideas vanguardistas. Cada producción cinematográfica era un proyecto artístico en el que todo el equipo colaboraba para conseguir una obra de arte, que reflejara las inquietudes e innovaciones de la época. En EEUU, sin embargo, el cine era de carácter mucho más comercial, y se consideraba una industria, donde lo que importaba era el éxito económico y no la expresión del arte. Bertolt Brecht se queja amargamente en un poema: Hollywood es un mercado donde se venden mentiras y yo me pongo a la cola de los vendedores para ganarme el pan.

En el teatro los dramaturgos también se encontraron con un teatro de carácter naturalista, más convencional que las grandes experimentaciones e innovaciones que se habían dado en el teatro alemán.

También algunos autores encontraron cierto rechazo de la población, tanto en forma de antisemitismo como de anticomunismo.

A pesar de todo, la mayoría de los exiliados permanecieron en EEUU tras la Segunda Guerra Mundial.

Tras la Segunda Guerra Mundial la posición de EEUU se radicalizó, y se inicia la caza de brujas de intelectuales como Bertolt Brecht o Thomas Mann quienes son investigados e interrogados por el Comité de Actividades Anti-americanas, por el único motivo de su ideología. Ofendidos, molestos, y temiendo mayores represalias, deciden regresar a Europa.

México también fue un país muy generoso. Aquellos que fueron rechazados en Estados Unidos, generalmente por pertenecer al Partido Comunista, tuvieron que solicitar asilo a este país, que también acogió a muchos judíos. A diferencia de EEUU, en México la pequeña colonia de exiliados alemanes permaneció ideológicamente muy organizada. Destacaron autores como Anna Seghers, Ludwig Renn, Egon Erwin Kisch, Bodo Uhse o Gustav Regler, quien había abandonado el partido tras el Pacto Molotov-Ribbentrop.

En México se publicaron muchos trabajos de estos escritores, en editoriales como El Libro Libre. Allí se creó la revista Freies Deutschland (Alemania libre) que ulteriormente se convirtió en el periódico del partido en la RDA, y el Neues Deutschland (Nueva Alemania)-que todavía existe en la RFA-. También mantuvieron una vida cultural muy intensa, con actividades y clubes como el club Heinrich Heine.

Tras la Segunda Guerra Mundial la mayoría regresó a Alemania, a la recién formada RDA, donde se integraron en mayor o menor medida en la vida cultural.

Los países latinoamericanos en general no fueron destinos donde exiliarse, ya que la inestabilidad política en muchos de estos países no permitía saber si podrían llegar a colaborar con los nazis o no. No obstante, y en muchos casos debido a la corrupción de los consulados, fueron importantes como lugares de paso, para escapar desde Europa.

Entre los autores que sí se quedaron, destacan Erich Arendt que permaneció en Colombia o Balder Olden en Uruguay.

Notorias fueron dos revistas publicadas por exiliados: Das andere Deutschland (La otra Alemania) en Buenos Aires, y Deutsche Blätter (Páginas alemanas) en Santiago de Chile. No obstante, no había grupos detrás de estas revistas como ocurría en otros países, sino solamente individuos.

En 1945 casi todos volvieron a Europa. Quizás una de las pocas excepciones fuera la de Udo Rukser.

Si bien se cultivaron todos los géneros literarios, lo predominante fue la novela. En primer lugar, porque es más sencilla de llegar al público, y además más fácil de traducir a otros idiomas, pues debía llegar a los países de acogida donde no se hablaba alemán.

El teatro se encuentra con el problema de que no hay tantos locales, ni es fácil conseguir un lugar donde representarlo, sobre todo en alemán.

La lírica si bien no fue la principal, fue prolífica sobre todo por el poco espacio que ocupa, lo que permitía su publicación en periódicos o revistas y tuvo bastante importancia sobre todo en las creaciones de Bertolt Brecht y Paul Celan.

El II Congreso Internacional de Escritores se organizó en Valencia en 1937, en plena Guerra Civil española y congregó a intelectuales de todo el mundo, incluyendo una delegación alemana y muchos artistas españoles como Antonio Machado, Rafael Alberti, Ramón Sender, Jacinto Benavente o Miguel Hernández.

A diferencia de congresos anteriores, como el 'Primer Congreso de escritores por la defensa de la cultura, este congreso tiene un marcado carácter político y antifascista, buscando la toma de conciencia por parte de los intelectuales y sus obras en contra de ésta amenaza.

Muchos intelectuales alemanes ya estaban colaborando con la República, ya fuera moral o militarmente. El objetivo de este congreso, la actividad en contra del fascismo, tiene una significación especial para los exiliados alemanes: en España se podía llevar a cabo una lucha que no era posible en Alemania.

En 1934 se celebró en Moscú este congreso en el que se establece la política oficial del régimen de Stalin hacia las artes, al imponer el realismo socialista. Para el gobierno soviético, tras la revolución se ha de crear una nueva sociedad y por lo tanto la literatura debe ir encaminada al realismo tradicional, que enseñe al pueblo a crear una nueva sociedad basada en los principios socialistas. Se rechazan, por tanto, las vanguardias, especialmente el expresionismo, que se consideran destructivas.

Esto provoca el rechazo de muchos escritores alemanes; chocan con la política de Stalin de la revolución en un solo estado, y afirman que la revolución aún no ha llegado a los países occidentales y, por lo tanto, no tiene sentido una literatura realista que construya una nueva sociedad, sino que ante el capitalismo sólo caben la crítica destructiva y las vanguardias, y no una literatura posrevolucionaria.

No obstante, algunos autores como el húngaro Georg Lukács hicieron suya la posición de la URSS y criticaron el expresionismo y las vanguardias, defendiendo la novela tradicional del siglo XIX.

Esto tendrá importancia en el ambiente literario del exilio alemán en la polémica que entre 1937 y 1939 se desarrollará entre los intelectuales alemanes sobre el expresionismo.

Es quizás el debate (y disputa) más importante entre los intelectuales alemanes exiliados. Dura desde 1937 hasta 1939 y tiene como protagonistas las revistas Die Neue Weltbühne, Internationale Literatur y Das Wort.

En 1937, Klaus Mann y, sobre todo, Alfred Kurella afirman que el expresionismo se trata de un estilo en el que se deja fluir lo irracional, lo interior e incontrolado, llevando al fascismo.

Dado que el nacionalsocialismo se basaba en la irracionalidad del ser humano y de las masas, y siguiendo el dogma soviético del realismo socialista, estos autores criticaron el expresionismo que tanta importancia había tenido en las obras de algunos autores como Bertoldt Brecht.

Autores como Bertolt Brecht o Anna Seghers entonces critican el dogmatismo soviético y reclaman la importancia de la vivencia individual del artista. Anna Seghers tuvo un intercambio epistolar con Lukács, si bien fueron las tesis basadas en las directrices soviéticas de éste último las que se impusieron en la literatura de la futura RDA.

Este debate no fue tan importante como el del expresionismo. Básicamente se acusa a los autores de novelas históricas de evadirse de la realidad, del presente.

El deber del escritor, para los críticos de la novela histórica, era denunciar el nacionalsocialismo y el fascismo, y no abstraerse de la realidad para tratar temas históricos.

La respuesta viene de Alfred Döblin y Lion Feuchtwanger: la novela histórica que provenga de intelectuales antifascistas puede tener la función de mostrar paralelismos con otras situaciones históricas, lo cual puede ayudar a comprender el presente y el futuro.

Asimismo, los autores de novela histórica se reunieron en París en 1938 en un congreso sobre la misma.

La novela Transit (Tránsito), publicada en 1944, cuyo título se refiere al visado de tránsito necesario para escapar, es altamente autobiográfica, pues cuenta la historia de un fugitivo que intenta llegar a Marsella para huir del avance del fascismo, tal como le ocurrió a Anna Seghers. Cuenta la historia de un fugitivo que ha huido de un campo de concentración (podría considerarse la continuación lógica de Das Siebte Kreuz). En París debe encontrarse con Weidel, un exiliado alemán que le proporcionaría papeles para salir del país, pero se ha suicidado, y tan sólo encuentra una novela sin terminar y cartas de su mujer. En Marsella le confunden con Weidel; conoce a su mujer de la que se enamora, por lo que no desea, al final, decir la verdad sobre su identidad. Finalmente decide permanecer en Francia, donde intenta llevar una vida normal.

Anna Seghers vivió la situación en Marsella, con su marido capturado por las autoridades, intentando conseguir su liberación y pasajes y papeles para huir de Francia, por lo que narra con precisión el caos de la ciudad francesa, y el vacío en la identidad personal de aquellos que tenían que huir y dejar todo atrás.

La novela Das siebte Kreuz (La séptima cruz) fue publicada en 1942 en México por la editorial Libro Libre. Narra la huida de siete prisioneros que huyen del campo de concentración ficticio de Westhofen (quizás basado en un campo real que sí existió, Osthofen). El título alude a las siete cruces que levanta Fahrenberg, el comandante del campo, donde torturará a cada uno de los huidos. Son capturados o muertos seis de ellos, pero el protagonista, Georg Heisler, consigue escapar de Alemania gracias a la ayuda de varias personas que están dispuestas a arriesgarse, las cuales van formando una red entre sí de colaboración para ayudar a Georg a escapar.

Es una novela que comenzó a escribirse varios años después de que Anna Seghers se exiliara, por lo que no tenía una percepción en primera persona de lo que ocurría en Alemania, por lo que se basa en la prensa y en testimonios. En parte tiene aún el tema primigenio de la resistencia ante los nazis, en un momento en el que estaba claro que el pueblo alemán no iba a rebelarse; Seghers trata de mostrar que los nazis pueden ser poderosos, pero no son invencibles, si el pueblo comienza a actuar de una manera u otra contra ellos.

Asimismo, también analiza de dónde viene la lealtad a los nazis, la cual no surge tan sólo por el apoyo a sus políticas e idearios, sino que también se sustenta en gente que consigue poder gracias a ellos (como el alcalde de un pueblo que aparece en la novela), trabajo, o incluso sentido de importancia, como muchos de los miembros de las SA o SS.

Escrita en 1936, ésta fue su novela más famosa. Se basa en la figura real de Gustav Gründgens, actor y marido de Erika Mann, su hermana; critica el oportunismo de este personaje, que se convirtió en el actor más importante del nacionalsocialismo. Asimismo, Klaus Mann hace un retrato de la sociedad y la vida cultural durante la dictadura nazi.

Es una de las novelas más exitosas sobre el tema del exilio alemán. Se basa en la experiencia de su hermana mayor, Erika Mann, y de su vida en el exilio en Estados Unidos como confereciante, hasta la entrada de ambos hermanos en el ejército, durante la Segunda Guerra Mundial.

En esta novela histórica, Bertolt Brecht critica la, para él, supuesta objetividad del estudio de la Historia. También aprovecha para atacar la figura del líder (Führer), al usar personajes con visiones subjetivas entrevistados por un historiador 20 años después de su muerto, descubrir que Julio César no era un hombre tan grande como se le tiene.

La novela relata la vida de Adrian Leverkühn, desde su infancia hasta su muerte. Leverkühn, un prodigio en la música a principios del siglo XX, intencionadamente representa su propia historia vital a través de la historia moral de Fausto: a cambio de desarrollar su arte, contrae la sífilis y muere; en paralelo, la sociedad alemana se encamina, con el nazismo, hacia su fatídico y catastrófico destino, pues vende su "alma" cultural al salvajismo y la irracionalidad nazi.

En esta trilogía, Feuchtwanger trata el tema del historiador judío Flavio Josefo. En el primer libro de la trilogía, Der judische Krieg (La guerra judía), Feuchtwanger hace aparecer el dilema de los judíos en el siglo XX, pues debían ser patriotas en sus respectivos países y al mismo tiempo defender y mantener su credo judío, lo que muchas veces chocaba, como en el caso de Alemania, con el antisemitismo de la población, cuya patria debían los judíos amar también. Esto refleja la propia experiencia vital de Feuchtwanger, que creció en una familia fuertemente nacionalista alemana, pero también judía, y se incrementó con la llegada al poder de los nazis y sus políticas racistas. Flavio Josefo vivió en una época en la que la Primera Guerra Romano-Judía tuvo lugar.

Durante la trilogía Flavio Josefo, Feuchtwanger busca cómo trascender ese nacionalismo judío que parece habérsele impuesto y el patriotismo (romano, en el caso de Flavio Josefo, pero, basándose en la experiencia vital de Feuchtwanger, cuya familia era ferviente patriota de Alemania) y así conseguir ser un ciudadano del mundo: Flavio Josefo no consigue esto y no puede trascender de su origen judío. Se da cuenta de que lo intentó demasiado pronto, y en su lecho de muerte murmura: Der Tag wird kommen (El día llegará).

Esta obra, de carácter novela histórica escrita en dos partes, trata del rey francés Enrique IV (1553-1610). Fue Enrique IV quien decretó el Edicto de Nantes (1598), en el cual garantizaba la libertad religiosa, y ponía fin a las guerras de religión. Fue asesinado por un radical católico. Heinrich Mann hace hablar al rey muerto, explicando, con alusión a la Alemania nazi, que la tolerancia sólo puede conseguirse manteniendo la lucha por ella.

La novela Das Beil von Wandsbek (El hacha de Wandsbek) trata sobre la ejecución de unos comunistas por parte de los nazis, y se basa en una noticia real. Al no encontrar un verdugo, deciden que un carnicero lo haga. A raíz de esto, su negocio es boicoteado por la gente, pues no compran, y el carnicero termina suicidándose. Esta novela, si bien hace un recorrido analizando a los distintos personajes de la sociedad durante la Alemania nazi, muestra una actitud irreal por parte de la gente del pueblo, pues en realidad la oposición a los nazis dentro de Alemania resultó ser mínima.

El teatro fue el género más castigado por el exilio, pues requiere de un lugar donde representarse. En principio se contaba con los escenarios de Suiza, Austria y, sobre todo Checoslovaquia, pero a partir de 1938 Austria fue anexionada por Alemania y Checoslovaquia se convirtió en un lugar poco seguro -sería anexionada en 1939- y, desde entonces, sólo quedó Suiza en Europa.

En los países de acogida de los intelectuales exiliados no se hablaba alemán, y el teatro tenía que ser traducido y sobre todo en Estados Unidos, ser adaptado a un modelo más naturalista, pues al publico estadounidense, más tradicional, no le gustaba el teatro de vanguardias (sobre todo el expresionista) que se había desarrollado en Alemania y Europa.

Por lo tanto, el teatro, al menos el innovativo, siguiendo la tradición europea, queda relegado a Suiza (y con problemas a causa de las presiones del gobierno nazi), a los Alemanes del Volga, a Buenos Aires, al club Heinrich Heine en México y algunos teatros de Estados Unidos.

La obra relata la historia de Hans Mamlock, el director de un hospital universitario, que es expulsado de su trabajo por la política antisemita de los nazis y termina suicidándose. Para Friedrich Wolf, equivocadamente -la obra fue escrita muy pronto, en 1933, antes del Holocausto o incluso la Noche de los cristales rotos-, la política antisemita nazi no era un fin en sí mismo, sino una maniobra de distracción para hacerse con el poder absoluto en Alemania. El hijo de Mamlock termina uniéndose a la resistencia, un tema bastante común en las obras literarias de los primeros años del exilio, en los que se esperaba una reacción por parte de la población alemana.

Des Teufels General (El general del diablo) está basada en Ernst Udet, un general de la Luftwaffe, a quien se le pide que investigue posibles casos de sabotaje, y descubre a varios de sus oficiales implicados. Ante la disyuntiva de delatar a sus oficiales, con los que está de acuerdo en su sabotaje a la guerra nazi; siguiendo la moral militar, entre unirse a ellos y ser un traidor, se suicida.

Jakobowsky und der Oberst (Jakobowsky y el coronel) es una comedia que trata de un coronel polaco antisemita, refugiado en Francia tras la caída de su país y que tiene como compañero de viaje no deseado, a un judío compatriota suyo. Finalmente el coronel llega a apreciar a su compañero de viaje, pues dependen uno del otro para huir.

Leben des Galilei (La vida de Galileo) está basada en la persona de Galileo Galilei, y muestra a un científico en su conflicto con la Inquisición; engaña a la Inquisición retractándose, pero a la vez, en secreto, entrega manuscritos a colaboradores para que se difundan; se retracta de sus ideas ante el miedo de torturas y de perder su comodidad en la vida -algo con lo que probablemente Brecht hubiera estado de acuerdo-, pero no obstante intenta pasar su conocimiento. Brecht pretendía que sirviera, asimismo, de analogía para los autores que permanecieron en Alemania (exilio interior).

Brecht modificó la obra a raíz de los ataques nucleares contra Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 por parte de los estadounidenses: Galileo ya no es un héroe. Plantea la responsabilidad de la ciencia ante lo que investiga y desarrolla. Para Brecht, la ciencia no tiene más objetivo que la ciencia en sí misma y no tiene por qué conducir al progreso de la Humanidad, como se pone de manifiesto con las armas nucleares.

Mutter Courage und ihre Kinder (Madre Coraje y sus hijos) se sitúa en la Guerra de los Treinta Años, y trata de una pícara que con sus tres hijos, sigue al ejército sueco con un carro y vive de la guerra. Pierde a sus tres hijos, el precio que ha de pagar por los beneficios obtenidos de la guerra.

En esta obra Brecht utiliza el Verfremdungseffekt para evitar la catarsis, que el público se identifique con el personaje, de manera que puedan ver la obra desde el distanciamiento y analizar tanto la actitud de la mujer como lo terrible de la guerra y la obtención de beneficios de ésta.

Furcht und Elend des Dritten Reiches (Terror y miseria en el Tercer Reich) muestra en 24 escenas aspectos de la vida en la Alemania nazi y la psicología del nazismo, como el terror que llevan a cabo para consolidar y ejecutar su poder. Fue una de las primeras obras de Brecht en introducir el Verfremdungseffekt para distanciar al público de la obra.

Fue escrita durante su exilio en Dinamarca.

Die Gewehre der Frau Carrar (Los fusiles de la Señora Carrar) tiene como escenario un pueblo de pescadores de Málaga durante la Guerra Civil española, donde Teresa Carrar y sus hijos viven. Uno de sus hijos apoya a la Segunda República Española pasando armas a los voluntarios. La madre está en contra de ello, queriendo que tanto ella como sus hijos se mantengan fuera de la contienda: Wer zum Schwert greift, wird durch das Schwert umkommen (Quién recurre a la espada, será muerto por una). Pero le traen a su hijo asesinado por un grupo de fascistas afines a Franco y la señora Carrar decide coger los fusiles e ir con su otro hijo y su hermano al frente.

Der gute Mensch aus Sezuan (La buena persona de Sezuan) tiene lugar en la provincia china de Sichuan (es la escritura oficial actual; el nombre original de la obra de teatro es Sezuan). Cuenta la historia de una prostituta, Shen Te que es considerada, según las enseñanzas de los dioses, como una buena persona; pero es explotada continuamente y la gente se aprovecha de su bondad. Un día desaparece, y posteriormente aparece su primo Shui Ta, que es todo lo contrario a Shen Te: frío, serio, duro, que pone a su servicio a quienes habían explotado a su prima y tenían deudas con ella, de manera que comienza a conseguir beneficios de éstos. Corren rumores que Shui Ta ha matado a su prima.

En realidad, Shui Ta es Shen Te, quien se ha disfrazado de hombre y, con una nueva identidad, ha comenzado a explotar a los demás.

Es una denuncia del capitalismo, el cual, para Brecht, no permite el bien: o bien uno es explotado, o bien uno tiene que explotar a los demás.

Der aufhaltsame Aufstieg des Arturo Ui (El resistible ascenso de Arturo Ui) cuenta la historia de un gángster ficticio, basado en Al Capone, Arturo Ui. Empresarios del comercio de coliflores le apoyan para que elimine la competencia. Es un paralelismo con la ascensión de Hitler, la cual fue apoyada por el gran capital alemán. Como Hitler, Arturo Ui quema un depósito (el incendio del Reichstag), realiza una matanza (la Noche de los cuchillos largos) y se anexiona una ciudad para Chicago (el Anschluss).

El propio título describe el tema fundamental de la obra: la ascensión de Hitler podría haberse evitado.

Como problemática principal, la lírica se enfrentaba a la dificultad de la traducción a los idiomas de los distintos países de acogida. Por otro lado, no obstante, es más breve lo que permite su publicación en periódicos, donde la novela o el teatro no pueden aparecer.

Hay dos temáticas principales: el tema del regreso y la añoranza de Alemania, y la naturaleza. Ésta última temática fue una manera de contrarestar la apropiación por parte de los nazis de ésta, para sus propios fines; también era uno de los pocos géneros que podían tratar los autores que permanecieron en Alemania.

No se innova demasiado en el aspecto creativo, permaneciendo tradicional.

Destacaron Bertolt Brecht, Paul Celan y Nelly Sachs.

El mayor representante de la lírica del exilio es Bertolt Brecht.

En la recopilación Svendborger Gedichte (Historias de Svendborg, en honor a la ciudad danesa donde pasó parte de su exilio europeo), aparecen poemas sobre todo basados en la crítica contra Hitler. Es una lírica sencilla, y, como hace en el teatro (cf. Verfremdungseffekt), busca la participación del lector, dejando como inacabados muchos poemas, de manera que el lector se vea forzado a reflexionar sobre éste.

Durante el exilio en Estados Unidos realiza una crítica agresiva de este país, y también trata el regreso.

Así, Brecht se lamenta: Die Vaterstadt, wie finde ich sie doch?/Folgend den Bomberschwärmen/Komme ich nach Haus (Mi ciudad natal, ¿cómo la encontraré?/Siguiendo a los enjambres de bombarderos/Vuelvo a casa).

Se plantea cómo encontrará su Alemania natal tras 12 años en el exilio, una Alemania destruida por la guerra, y con una población que él encuentra ajena, pues habían abrazado el nazismo hasta el final.

Sobre Estados Unidos se lamenta amargamente: Hollywood es un mercado donde se compran mentiras, y yo me sitúo en la cola de los vendedores para ganarme el pan.

Los intelectuales alemanes exiliados tuvieron, muchas veces, que escribir guiones para Hollywood. A diferencia de Europa, el cine en Estados Unidos era comercial, no interesaba la expresión artística, sino el beneficio económico, y por lo tanto la creatividad, la inventiva, y la innovación no se tenían en cuenta.

Theodor Adorno había declarado que después de Auschwitz no habría poesía. No obstante, Celan trata el tema del Holocausto con un sentimiento extraordinario en Todesfuge (La fuga de la muerte), su poema más emblemático.

Su poesía es hermética y el poema tiene una estructura que intenta imitar a la de la fuga en la música: se sucede el mismo tema con variaciones. No utiliza signos de puntuación.

Comienza el poema: Schwarze Milch der Früher wir trinken sie abends (Negra leche del alba la bebemos por la tarde), con un oxímoron: la leche, elemento de vida, y lo negro, la muerte.

Er ruft spielt süßer den Tod der Tod ist ein Meister aus Deutschland (Grita para que toque más dulce la muerte la muerte es un maestro de Alemania).

Con Maestro hace referencia a los gremios, y a la literatura alemana del Bildungsroman, concretamente a la novela de Goethe Wilhem Meisters Lehrjahre (El Aprendizaje de Wilhem Meister), en la que cuenta la experiencia vital del personaje y cómo se desarrolla y progresa en la vida. Para Celan, el desarrollo de Alemania terminó en el Holocausto.

Dein goldenes Haar Margarete/dein aschenes Haar Sulamith (Tu pelo dorado, Margarete/tu pelo de ceniza, Sulamit).

Margarete es la amante de Fausto en la obra de teatro de Goethe, y su pelo dorado describe el estereotipo de alemán y de ario. Sulamit un personaje bíblico judío. Su pelo de ceniza hace referencia a los hornos crematorios de los campos de exterminio.

La literatura del exilio interior es la que fue escrita por aquéllos que permanecieron en Alemania pero que criticaron de una manera u otra al régimen nacionalsocialista. Se pudo publicar hasta cierto límite en los primeros momentos, porque los nazis tardaron en controlar la producción literaria y porque no se preocupaban de la circulación del papel y quedaron lagunas. Peter Suhrkamp permaneció en Alemania dirigiendo la Fischer Verlag (Editorial Fischer) y publicó algunos libros. Terminó en un campo de concentración.

La poesía es el género principal del exilio interior, en concreto tiene importancia la Naturlyrik, centrada en la naturaleza. Destacan Wilhelm Lehmann y Oskar Loerke. Ante la pobreza del lenguaje con los nazis, crean un rico lenguaje altamente metafórico. Se trata, no obstante, de una literatura de evasión.

Apenas hubo producciones clandestinas antifascistas; intentaron tanto llamar a la resistencia como denunciar el terror nazi ante el pueblo alemán y ante el mundo.

Estos autores alemanes fueron fuertemente criticados por escritores como Thomas Mann.

En mayo de 1945 terminaba la Segunda Guerra Mundial en Europa, con la caída de Berlin ante el Ejército rojo y el avance de las fuerzas anglo-estadounidenses por el oeste de Alemania , Austria e Italia.

En la Conferencia de Yalta se acuerda, y en la Conferencia de Potsdam se ratifica, la partición de Alemania y Austria entre las cuatro potencias vencedoras: el Reino Unido, Estados Unidos y Francia, que formarían la posterior República Federal Alemana; y la Unión Soviética, que formaría la República Democrática Alemana.

Por lo tanto, no sólo se enfrentan los intelectuales alemanes con el problema del retorno tras hasta 12 años de exilio, sino que también se encuentran con un país dividido.

La mayoría de autores marxistas decidieron volver: Anna Seghers, Arnold Zweig, Friedrich Wolf o Willi Bredel, entre otros. Todos estos intelectuales marxistas tuvieron bastante protagonismo en la RDA, integrando el nuevo núcleo cultural de este Estado.

Los autores exiliados en Estados Unidos, sobre todo los que no eran de ideología marxista se vieron ante la disyuntiva del regreso. Bertolt Brecht sólo regresó a Europa (y no a Alemania) cuando fue perseguido en Estados Unidos a causa de su ideología marxista (fue interrogado y perseguido por el Comité de actividades antiamericanas) y tomó la decisión de abandonar el país.

Thomas Mann en principio decidió quedarse. Sus hijos se habían naturalizado estadounidenses y para Mann, el nazismo era responsabilidad del pueblo alemán, ya que había recibido un apoyo masivo y lealtad hasta el final. No obstante, en 1949 recibió un premio literario en la RDA y cuando regresó a Estados Unidos fue objeto de la persecución del Comité de actividades anti-americanas. Thomas Mann decidió retornar a Europa, pero no regresó a Alemania.

Lion Feuchtwanger, Franz Werfel y otros permanecieron en Estados Unidos hasta su muerte.

La recepción que la literatura del exilio alemán tuvo en las dos Alemanias fue dispar, y, sobre todo en la RFA, se vio afectado por el grave enfrentamiento entre Thomas Mann por un lado, y el de Walter von Molo y Frank Thiess por otro. Para Thomas Mann, toda Alemania era culpable de lo que había pasado con los nazis. Los dos últimos eran autores que habían permanecido en Alemania al margen de los nazis y acusaron a los exiliados de ver la tragedia alemana desde los palcos y las butacas de patio. Mann entonces respondió tajantemente que toda la literatura que se había publicado en Alemania durante 12 años estaba manchada de sangre.

A raíz de esto, los intelectuales exiliados son calificados de comunistas y antipatriotas, y, en la RFA son excluidos del canon literario, y olvidados. Se produce una brecha en la literatura alemana, que no tiene continuidad. Se sospecha hasta de las obras de Heinrich Heine, que tardarán 30 años en ser incluidas en el canon; tan sólo a partir de los años 1980 resurgiría cierto interés en la RFA por la literatura del exilio, pero aún hoy no están integrados en el canon literario alemán.

En la RDA la situación fue algo diferente. La literatura del exilio no recibió tanta marginación, y autores como Anna Seghers fueron personajes importantes de la vida cultural. No obstante, estuvo sujeta a la política oficial por lo que el uso de la literatura debía ajustarse a las necesidades del partido.

En general, la Exilliteratur tan sólo ha visto un resurgimiento en los últimos años y no está demasiado incorporada al canon en Alemania, donde el énfasis ha estado en autores más antiguos y en la literatura extranjera, antes que en el periodo entre 1933 y 1945. Se habla de la brecha que se produjo, como de la Stunde Null (Hora Cero) para la Literatura alemana tras la Segunda Guerra Mundial.

Al principio



Fascismo

Europa en 1941-1942, con la mayor expansión de los regímenes fascistas. En azul, aparecen las potencias del Eje -Alemania e Italia- y los estados satélites, ocupados o aliados. Los únicos de éstos que no tuvieron regímenes semejantes al fascismo fueron Finlandia y Dinamarca. En blanco aparecen los países neutrales, que en la Península Ibérica eran regímenes fascistas.

El concepto de régimen fascista puede aplicarse a algunos regímenes políticos totalitarios o autoritarios de la Europa de entreguerras y a prácticamente todos los que se impusieron por las potencias del Eje durante su ocupación del continente durante la Segunda Guerra Mundial. De un modo destacado y en primer lugar a la Italia fascista de Benito Mussolini (1922) que inaugura el modelo y acuña el término; seguida por la Alemania del III Reich de Adolf Hitler (1933) que lo lleva a sus últimas consecuencias; y, cerrando el ciclo, la España Nacional de Francisco Franco que se prolonga mucho más tiempo y evoluciona fuera del periodo (desde 1936 hasta 1975). Las diferencias de planteamientos ideológicos y trayectorias históricas entre cada uno de estos regímenes son notables. Por ejemplo, el fascismo en la Alemania nazi o nacional-socialismo añade un importante componente racista, que sólo es adoptado en un segundo momento y con mucho menor fundamento por el fascismo italiano y el resto de movimientos fascistas o fascistizantes. Para muchos de estos el componente religioso (católico u ortodoxo según el caso) fue mucho más esencial, tanto que Trevor-Roper ha podido definir el término fascismo clerical (entre los que estaría el nacionalcatolicismo español).

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

También se pueden encontrar elementos del fascismo fuera del período de entreguerras, tanto antes como después. Un claro precedente del fascismo fue la organización Action Française (Acción Francesa, 1898), cuyo principal líder fue Charles Maurras; contaba con un ala juvenil violenta llamada los Camelots du Roi y se sustentaba en una ideología ultranacionalista, reaccionaria, fundamentalista católica y antisemita. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial reaparecieron movimientos políticos minoritarios, en la mayor parte de los casos marginales (denominados neofascistas o neonazis), que reproducen idénticos o similares planteamientos, o que mimetizan su estética y su retórica; a pesar de (o precisamente como reacción a) la intensa demonización a que se sometió a la ideología y a los regímenes fascistas, considerados principales responsables de la guerra que condujo a algunos de los mayores desastres humanos de la historia. En muchos países hay legislaciones que prohíben o limitan su existencia, sus actuaciones (especialmente el denominado crimen de odio), su propaganda (especialmente el negacionismo del Holocausto) o la exhibición de sus símbolos.

El fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo; y propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, denominada cuerpo social, formado por cuerpos intermedios y sus representantes (patronales, sindicales, burocráticas, militares, religiosas, regionales) unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a las sociedad. Para ello inculcaba la obediencia de las masas (idealizadas como protagonistas del régimen) para formar una sola entidad u órgano socio-espiritual indivisible. Utiliza hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder dictatorial en el que se concentra todo el poder con el propósito de conducir en unidad al denominado cuerpo social de la nación.

El fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de forma irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identifica tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.

Las conexiones del fascismo con movimientos intelectuales —artísticos como el futurismo y otras vanguardias y filosóficos, como el irracionalismo y el vitalismo— supusieron en realidad, más que su influencia, su utilización y manipulación, que fue atractiva —en mayor o menor medida, con mayor o menor grado de compromiso o simple contemporización, y a veces con evolución posterior en contra— para muchas personalidades destacadas: italianos como Gabrielle D'Annunzio, Filippo Tommaso Marinetti, Curzio Malaparte o Luigi Pirandello; alemanes como Martin Heidegger, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Wilhelm Furtwängler o Herbert von Karajan; franceses como Robert Brasillach, Louis-Ferdinand Céline o Pierre Drieu La Rochelle; españoles como Ernesto Giménez Caballero, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Eugenio D'Ors o Agustín de Foxá; noruegos como Knut Hamsun, rumanos como Mircea Eliade; e incluso estadounidenses como Ezra Pound. En concreto en el caso de Alemania, ocurrió con tópicos culturales como el del superhombre de Nietzsche, o incluso con las desviaciones pseudocientíficas justificadoras del racismo, como la eugenesia y el darwinismo social. La ciencia misma fue un principal objeto de consideración, encuadrada y subordinada de forma totalitaria al Estado y al Partido —de forma no muy diferente a como lo era en la Unión Soviética—.

Cualquier idea emanada del jefe es un dogma indiscutible, y una directriz a seguir ciegamente, sin discusión ni poder ser sometida a análisis. Se exaltan los valores de la virilidad, la camaradería y el compañerismo de los hermanos de armas, todo ello en sintonía con algunas tradiciones militaristas existentes en todos los ejércitos, pero que fueron exacerbados para su utilización por estados cuya conexión con el fascismo es más o menos estrecha. Serían los casos del ejército alemán, el japonés y los llamados militares africanistas españoles.

Se suele indicar que una característica de los países donde triunfaron los movimientos fascistas fue la reacción de humillación nacional por la derrota en la Primera Guerra Mundial (se ha utilizado la expresión nacionalismo de vencidos), que impulsaba a buscar chivos expiatorios a quienes culpar (caso de Alemania), o la frustración de las expectativas no cumplidas (caso de Italia, defraudada por el incumplimiento del Tratado de Londres). En ambos casos, el resentimiento se manifestaba, en el plano internacional, en contra de los más claros vencedores (como Inglaterra, Francia o Estados Unidos); mientras que en el plano interno se volcaba contra el movimiento obrero (sindicalistas, anarquistas, comunistas, socialistas) o el peligro real o imaginado de una revolución comunista o incluso una Conspiración Judeo-Masónico-Comunista-Internacional, o cualquier otra fantasmagórica sinarquía oculta en cuya composición incluyera a cualquier organización que los fascistas juzgasen transnacional y opuesta a los intereses del Estado, como el capitalismo, la banca, la bolsa, la Sociedad de Naciones, el movimiento pacifista o la prensa. Sobre todo en el caso alemán, se insistía en la convicción de pertenecer a un pueblo o raza superior cuya postración actual se debe a una traición que le ha humillado y sometido a una condición injusta; y que tiene derecho a la expansión en su propio espacio vital (Lebensraum), a costa de los inferiores.

La componente social del fascismo pretende ser interclasista y antiindividualista: niega la existencia de los intereses de clase e intenta suprimir la lucha de clases con una política paternalista, de sindicato vertical y único en que tanto trabajadores como empresarios obedezcan las directrices superiores del gobierno, como en un ejército. Tal es el corporativismo italiano o el nacionalsindicalismo español. El nacionalismo económico, con autarquía y dirección centralizada se adaptaron como en una economía de guerra a la coyuntura de salida de la crisis de 1929, con un importante nivel de proteccionismo. No obstante, no hubo en ningún sistema fascista ni planes quinquenales al estilo soviético, ni cuestionamiento de la propiedad privada siempre que cumpliera lo que el Estado dictaminara como "función social", ni alteraciones radicales del sistema capitalista convencional más allá de una fuerte intervención del mercado favoreciendo determinadas áreas de las grandes empresas industriales. Estas características sirven como base a una crítica (de orientación tanto liberal como materialista) que resalta la conveniencia del fascismo para un sector importante de la burguesía.

Desde ese punto de vista, se suele mantener que los movimientos fascistas de entreguerras fueron alimentados por las clases económicamente poderosas (por ejemplo la alta burguesía industrial o las familias conservadoras ricas), para oponerse a los movimientos obreros y a la democracia liberal. Esa tesis fue defendida en 1936 por el historiador Daniel Guérin (Fascismo y grandes negocios), en la que lo asocia a un complejo industrial-militar, expresión que sería posteriormente reutilizada para definir otros contextos, como el de la carrera de armamentos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Noam Chomsky describe el fascismo como el sistema donde el Estado integra la mano de obra y el capital bajo el control de una estructura corporativa. Aunque la tesis que identifica al fascismo con un capitalismo de Estado corporativo (una economía altamente intervencionista que protege y financia a grandes empresas privadas) no siempre es sostenida ampliamente, hay muchos elementos que permiten la identificación de intereses entre fascismo y una cartelización del entrono económico-político. Así, por ejemplo, cuando se compara la estructura económica de la población entre países, en concreto el peso económico del 5% de la población con mayores ingresos en la renta nacional, mientras que en Estados Unidos disminuyó un 20% entre 1929 y 1941 (cifras similares para el noroeste de Europa), en la Alemania nazi aumentó un 15%.

Según la doctrina tercerposicionista, el fascismo no es de izquierda ni de derecha, ni capitalista ni comunista, ya que el fascismo sería una idea totalmente original; sin embargo en la práctica más que una idea original sería una fusión sincrética de varias ideas políticas -proyectos, discursos, etc.- aglutinadas siempre bajo el nacionalismo unitario y el autoritarismo centralista.

Una de las razones de considerar usualmente al fascismo como un movimiento de derecha política suele ser la alianza estratégica del fascismo con los intereses de las clases económicas más poderosas, junto a su defensa de valores tradicionales como el patriotismo o la religiosidad, para preservar el statu quo. Lo que no tiene por qué estar en contradicción con su poco respeto por la libertad económica y la autonomía del mercado libre ni por ciertas características similares al socialismo estatalista o a la Doctrina Social de la Iglesia. También se han señalado parentescos, a nivel de política económica, entre el dirigismo económico del fascismo y la Sozialpolitik de Otto von Bismarck y el New Deal de Franklin Roosevelt. Aunque esta colaboración no existiera en un principio, o su apoyo se pueda calificar de tardío y parcial, una vez alcanzado el poder, la plutocracia cooperó decididamente con el fascismo en sus diversas versiones.

Por otra parte las razones para considerar que el fascismo tiene conexiones con la izquierda política y es una variante chovinista del socialismo de Estado, son su programa económico colectivista (proteccionismo, nacionalización, etc.) y discurso político, más no como movimiento o proyecto doctrinario (donde eran antagónicos). El fascismo y sus variantes apelaban al sentimiento popular y las masas como las protagonistas del régimen, especialmente por la virilidad exaltada en el trabajo manual y obrero (obrerismo); a pesar de ello no reconocía la libertad de asociación por motivos de clase (libertad sindical) sino la identificación de los trabajadores como "súbditos" del Estado, "pueblo" y "patria", por ello su símil con el populismo. El programa económico del fascismo toma importantes criterios de la Nueva Política Económica (NPE) que Lenin aplicó luego del fracaso en la implantación del comunismo en Rusia, que consistía en recurrir al capitalismo para fortalecer la economía nacional. La idea, en el caso de Mussolini (ex-militante socialista), era usar a los capitalistas industriales para implantar en conjunto con el gobierno el corporativismo nacionalista y totalitario. Esta paradoja es explicable ya que el corporativismo, el proyecto político del fascismo, haría que todos los sectores de la sociedad deban obligatoriamente integrarse y trabajar unificadamente al mando del gobierno, por lo que esta corporación incluiría aspectos considerados normalmente "capitalistas" y "socialistas".

Según el economista austriaco Ludwig von Mises la raíz del fascismo, en sus diferentes vertientes, se encuentra en las ideas colectivistas del socialismo y más propiamente como una escisión patriótica del marxismo, que comparte las tesis del rechazo al mercado libre, la sociedad burguesa, el gobierno limitado y la propiedad privada y en la exaltación de un sector de la sociedad como el elegido por "la historia" para dirigir las vidas del resto de la sociedad que por "razones históricas" está permitido de vulnerar el principio de igualdad ante la ley al reclamar "derechos especiales" sobre los demás (ej. clasismo, racismo, sexismo, etc.). El fascismo apenas variaría, en la práctica, sobre qué grupo y cómo se debería administrar la propiedad expoliada a los individuos. Posteriormente Friedrich Hayek sostendrá que el intervencionismo conlleva progresivamente a una economía centralizada similar al fascismo.

Por otra parte, las ventajas que los nuevos regímenes le proporcionaban a la plutocracia eran evidentes: eliminaba la posibilidad de revolución social obrera, suprimía los sindicatos reivindicativos y mantenía otras restricciones en las relaciones capital-trabajo, legitimando el principio de liderazgo en la empresa; al suprimir la libre competencia permitía crear cárteles oligopólicos de empresas favorecidas con millonarios contratos estatales o subsidiadas por el gobierno como "incentivos" a la producción nacional. Además, de su indudable éxito en respuesta a la Gran Depresión, al menos en el corto plazo. La sensación de estabilidad era muy marcada: Mussolini había conseguido que los trenes funcionaran con puntualidad (tras el famoso incidente de uno de sus primeros viajes como Duce, en el que supuestamente mandó fusilar a un maquinista). El que esa sensación de estabilidad corresponda o no con una real eficacia es secundario, y de hecho parece que la puntualidad ferroviaria (y quizá también el incidente del maquinista) era más bien un mito.

Lo mismo puede decirse del origen personal de algunos de sus miembros, empezando por el propio Mussolini, que antes del término de la Primera Guerra Mundial, era un importante ideólogo obrerista y militante socialista. El origen social de los líderes fascistas en distintas partes de Europa fue muy diferente: a veces aristocrático (Starhemberg, Mosley, Ciano), a veces proletario (Jacques Doriot y el PPF francés); muchas veces militares (Franco, Pétain, Vidkun Quisling, Szálasi, Metaxas), o juristas (José Antonio Primo de Rivera, Ante Pavelic, Oliveira Salazar). Los casos más destacados, los propios Hitler y Mussolini, eran fuertes personalidades de oscuro origen, desclasados e inadaptados, pero de irresistible ascensión. Sus militantes salían de entre los estudiantes (muy abundantes en la Guardia de Hierro rumana o el rexismo belga), de los pequeños propietarios campesinos, de los desempleados urbanos y, sobre todo, de la temerosa pequeña burguesía empobrecida o amenazada por la crisis y atemorizada por el miedo al comunismo y al desorden público. Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal del fascismo.

Es propio de los movimientos fascistas, tanto en la retórica como en ciertos programas económicos y sociales, la identificación con la tierra y los valores campesinos frente a la decadencia y corrupción que se denuncian en las masas urbanas desarraigadas, lo que a veces se veía como una tensión entre modernidad y tradición. Una constante es la colonización planificada de zonas improductivas (desecación de pantanos en Italia, Plan Badajoz en España). Incluso en la industrializada Alemania, Hitler planteó la expansión del espacio vital (Lebensraum) hacia el este como un proyecto esencialmente de colonización agraria que lograría la germanización de extensos territorios en la Europa oriental poblada por la raza inferior de los eslavos (recuperando la Drang nach Osten medieval).

Los valores familiares tradicionales eran fomentados, insistiendo en la necesidad de mantener altas tasas de natalidad y fecundidad. Las familias numerosas eran premiadas, siguiendo una política natalista, retóricamente conectada con la virilidad agresiva del expansionismo militar. El papel laboral de la mujer, que había sido imprescindible en la Primera Guerra Mundial, había fomentado un precoz feminismo que estaba consiguiendo en muchos países la principal reivindicación sufragista: el sufragio femenino. La imagen del ejército de parados que no encuentran trabajo mientras que algunas mujeres sí era explotado como un factor de resentimiento social contra las opiniones progresistas. El encuadramiento social impulsado por los regímenes fascistas ponía a cada sexo en lo que se entendía que era su sitio: la mujer dedicada al hogar y a la crianza de la mayor cantidad posible de hijos, y el hombre al trabajo y a la guerra, y no consentía lo que se definía como desviación homosexual (alguna duda en ese sentido, como las presuntas orgías internas de las SA, fueron una de las excusas utilizadas en su descabezamiento —Noche de los cuchillos largos—). El lenguaje simbólico fascista es sexualmente explícito: se le ha definido como un anti-eros que combate contra el propio cuerpo y contra todo lo que represente disfrute y placer, en una compulsión física que asocia masculinidad con dureza, destrucción y auto-negación.

La mejora de la raza no sólo implicaba la pureza racial evitando el mestizaje, sino que también debía ser interna a ésta, incluyendo la eugenesia (en el caso de Alemania también la eutanasia) aplicada a los subnormales y otros discapacitados, en un movimiento que no era originario de los países con régimen nazi o fascista, sino del ámbito cultural anglosajón, y que se popularizo en muchos otros (Suecia, Australia o los Estados Unidos).

El fascismo tuvo una base racial en Alemania, aunque no en Italia (al menos inicialmente, hasta 1938); los nazis construyeron una amalgama ideológica de gran eficacia movilizadora a partir de fuentes mitológicas y literarias y supersticiones de carácter romántico, así como de los textos clásicos dedicados a consagrar la desigualdad de las razas y de publicaciones y panfletos de carácter ocultista; destacando dos elementos: el mito de la raza aria superior de origen nórdico (que mezcla la hipótesis filológica de la existencia de un pueblo indoeuropeo original con la pseudocientífica teoría nórdica, sustentada por algunos autores como Houston Stewart Chamberlain) y el antisemitismo (que se había reavivado desde la divulgación de los Protocolos de los Sabios de Sión, falsificados para la justificación de los pogromos de la Rusia zarista). El antisemitismo estaba presente en muchos países de Europa central y oriental desde la Edad Media, y fue uno de los elementos que se utilizaron en los mismos para el surgimiento endógeno de movimientos fascistas. A ello se sumó la ocupación nazi y los gobiernos colaboracionistas impuestos, que explotaron a conciencia ese sentimiento para su propia conveniencia. El resultado fue que en muchas ocasiones los verdugos de las SS eran superados en crueldad por soldados de países aliados, a los que tenían que contener (por ejemplo en Rumanía), o se producían matanzas espontáneas de judíos a cargo de la población local, como la llamada matanza de Jedwabne en Polonia.

El racismo entendido en su expresión puramente biológica, es decir, la intelectualización de la supremacía racial, no está presente en todos los movimientos fascistas, además de estar presente en otros contextos cuya relación con el fascismo es más controvertida, como el supremacismo blanco en Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica. Lo que sí aparece como una constante del fascismo, y para muchos autores lo caracteriza de racismo, es la concepción de la etnicidad como elemento identitario. Esa identidad étnica puede expresarse de otras formas, como las que atienden al origen geográfico (caso de la xenofobia de los movimientos neofascistas o neonazis que se oponen a la inmigración en muchos países europeos desde finales del siglo XX), la religión (fundamental para el fascismo francés, belga, croata o español, y más adelante en el conflicto de Irlanda del Norte o los casos de limpieza étnica que se han dado en las Guerras yugoslavas) o el idioma.

En Italia se dio a partir de 1924 un fuerte proceso que se denominó Italianización fascista que pretendía homogeneizar toda diferencia idiomática y cultural, acabando con cualquier minoría por asimilación o absorción (en vez de por exterminio como ocurrió en el Holocausto nazi).

En el caso español existió una expresión ideológica hispanista —que no debe confundirse con el hispanismo de los estudiosos extranjeros de la lengua y cultura española—, que en algunas ocasiones se ha definido como panhispanismo, y que no puede definirse como un racismo sensu stricto, aunque sí una hipervaloración de las características étnicas, religiosas, culturales e idiomáticas identificadas con lo español, sobre todo en relación con su expansión por América. Fue mantenida particularmente por las élites sociales de varios países hispanoamericanos, destacadamente en Argentina, y se expresó en el concepto de Hispanidad (acuñado por el sacerdote vasco emigrado a Argentina Zacarías de Vizcarra —La Hispanidad y su verbo, 1926— y divulgado por Ramiro de Maeztu —Defensa de la Hispanidad, 1934—). Se llegó a instituir el 12 de octubre como fiesta del Día de la Hispanidad, que ya venía celebrándose con el inequívoco nombre de Día de la Raza desde 1915 (a iniciativa de Faustino Rodríguez-San Pedro) y que se extendió por Hispanoamérica. Las ideas o más bien tópicos de Raza, Hispanidad e Imperio eran indistinguibles en la retórica de la Falange Española que heredó el Franquismo, y el propio Franco escribió el guión de la película Raza (1941), cuyos elementos ideológicos más incómodos (por su evidente identificación con los fascismos derrotados en 1945) se autocensuraron en posteriores montajes. Otro elemento fue aún más étnicamente excluyente: el de Antiespaña, que definía como antiespañol a todos los elementos que se consideraban nocivos y que degeneraban la raza (rojos, masones y separatistas). Hubo incluso un programa pseudocientífico, a cargo del coronel-psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, que pretendía identificar y suprimir el gen rojo, con participación de miembros de la Gestapo en el bando sublevado durante la Guerra Civil. El nuevo clima intelectual y político posterior a la derrota del Eje hizo abandonar discretamente estas posturas, por otras que insistían en la retórica de la misión evangelizadora y el mestizaje como rasgos de «lo español».

El fascismo es un movimiento totalitario en la medida en que aspira a intervenir en la totalidad de los aspectos de la vida del individuo. Hannah Arendt entendía que la masificación de la sociedad contemporánea llevaba al individuo a la soledad, el terreno propio del terror, la esencia del gobierno totalitario. El fascismo se legitima afirmando la dependencia del individuo respecto al Estado, liberándole de esa manera de su miedo a la libertad (expresión de Erich Fromm). Su individualidad no tiene sentido, porque la realización de una persona sólo se entiende dentro de los vínculos sociales de los que el Estado es la culminación. Cualquier forma de acción individual o colectiva ajena a los fines del Estado es rechazada. No existen derechos individuales ni colectivos.

Se lleva a cabo una «estatización» de todos los ámbitos de la vida: económica, social, política, cultural e ideológica. El encuadramiento social se efectúa con todos los medios de la propaganda, con adopción de uniformes y lenguaje militar y uso masivo de los símbolos y lemas patrióticos y adoctrinantes. Las grandes concentraciones y movilizaciones colectivas de todo tipo buscan formar la conciencia unitaria, llegando a extremos curiosos (como el día de comer patatas que se instauró en Alemania).

El fascismo desdeña las instituciones del Estado republicano y sustituye el voto como expresión de la voluntad popular por las expresiones masivas de apoyo al líder. La identificación de pueblo y estado se hace en un todo orgánico, el de un organismo cuasi-biológico y autónomo cuyos miembros han de responder a las órdenes de la mente directora. Esta identificación también está presente en la ideología del Integralismo, iniciada en Portugal y desarrollada en Brasil. El adjetivo orgánico se utilizará profusamente en las últimas etapas del franquismo (definido como una democracia orgánica). Hitler utilizaba el plebiscito como arma en las relaciones internacionales: sus grandes decisiones son apoyadas por plebiscitos de apoyo masivo utilizados como amenaza: el líder fascista se presenta como portavoz de la nación unificada que habla con una sola voz. Esto refuerza otro de sus elementos principales: el «liderazgo carismático». El líder es casi divino y su liderazgo no es racional: Führer, Duce, Poglavnic, Caudillo, etc. Mussolini opuso a los principios de la Revolución Francesa de «libertad, igualdad y fraternidad» la consigna: «creer, obedecer y combatir».

Otro de los rasgos clásicos del fascismo es el imperialismo, entendido como una política exterior expansiva y agresiva, que proporciona una útil identificación de intereses en el interior, volcando las energías hacia un enemigo común evitando la expresión de los conflictos internos.

Generalmente se apoya en reivindicaciones irredentistas, concretas o genéricas, próximas en el tiempo o lejanas, tomadas de mitos del pasado, lo que refuerza su carácter romántico, más de religión que de ideología. Su relación con la realidad histórica es contradictoria, buscándose la intemporalidad: Por un lado se sublima el futuro utópico, a crear por el Estado Novo (Estado Nuevo, en Portugal o Brasil) donde el hombre nuevo, portador de valores eternos, tendrá su expresión en la unidad de destino en lo universal. Por otro lado, se insiste en recuperar el esplendor de un pasado mítico, y también las denominaciones de sus regímenes aluden a eso (el III Reich, la Terza Roma, la Tercera Civilización Helénica). El expansionismo hacia el exterior es considerado como una necesidad vital, casi orgánica: el lebensraum o espacio vital hacia el Este para Alemania, o el Imperio mediterráneo para Italia. Franco diseñó unas Reivindicaciones españolas, que exhibió ante Hitler en su famosa entrevista de Hendaya del año 1941.

Las relaciones internacionales, basadas en la renuncia a la guerra, que se querían construir desde la Sociedad de Naciones, eran despreciadas; al igual que el pacifismo, considerado débil y decadente. El fascismo sólo concibe un estado de naturaleza hobbesiano con la imposición y expansión del más fuerte.

La vinculación de las dictaduras y los regímenes militares con el fascismo es un asunto controvertido, pues todo régimen impuesto por la fuerza suele ser acusado de fascismo, fundamentalmente a efectos polémicos, igual que se les califica de tiranías. Aunque no todo gobierno militar es fascista, ni los fascismos alcanzaron siempre el poder de forma violenta, sí que se caracterizaron por sus actividades violentas antes y después de su toma del poder, y por su desprecio explícito por la legalidad institucional. La violencia tiene un valor positivo para el movimiento fascista: es una fuerza de cambio, al igual que la juventud, que también es exaltada. Se utilizaban todo tipo actividades intimidatorias: desde las purgas con aceite de ricino (habituales en los fasci di combattimento antes de la marcha sobre Roma), los destrozos de mobiliario o tiendas (noche de los cristales rotos contra los judíos alemanes) o las palizas; hasta el asesinato de los adversarios políticos o de los objetivos considerados enemigos sociales. Se aplicaba extensivamente la expresión de Jose Antonio Primo de Rivera la dialéctica de los puños y de las pistolas. Los agentes ejecutores podían ser los aparatos del Estado, pero más frecuentemente fueron grupos juveniles organizados paramilitarmente.

Una vez generalizada, y demostrada la impunidad de quienes la ejercen, la represión política opera como un mecanismo por el cual no solamente el que la recibe directamente pierde la libertad: sino que la sociedad entera —al reprimirse cada uno de sus miembros a sí mismo, temeroso de sufrir el mismo castigo— pierde la libertad para todos.

Es muy controvertido el papel de la Iglesia católica al respecto. La intervención de los católicos en política había dado origen a partidos confesionales católicos como el Zentrum (Partido del Centro o Centro Católico de Heinrich Brüning en Alemania, con especial presencia en Baviera, donde tuvo una escisión, el Bayerische VolksPartei (Partido Popular de Baviera), y el Partito Popolare Italiano (Partido Popular Italiano de Don Sturzo y Alcide De Gasperi); ambos reprimidos por nazis y fascistas respectivamente. En Italia, el Vaticano promovió la sustitución de la militancia en el prohibido Partito Popolare por la de Acción Católica, cuya finalidad política era más discreta. Más adelante, el deseo de Mussolini de prohibir ésta fue frustrado por la encíclica papal Non Abbiamo Bisogno (No tenemos necesidad, 1931).

El mismo papa, Pío XI, que había condenado el agnosticismo de Maurras (1926), e incluso excomulgado a los miembros de Action Française (1927), tuvo no obstante una relación pública con Mussolini que podía verse como cálida (Pactos de Letrán, calificación de hombre enviado a nosotros por la Providencia, petición de voto a los fascistas en las elecciones de 1929), al tiempo que condenaba en la encíclica Dilectissima nobis el laicismo agresivo de la Segunda República Española; aunque se ha llegado a encontrar un apunte suyo en un diario secreto describiendo su oposición íntima a nazismo y fascismo.

La identificación de Pío XII y la iglesia católica española (sometida a una violentísima represión que llegó a calificarse de persecución religiosa) con el bando sublevado en la Guerra Civil Española (calificada de Cruzada) y el régimen franquista posterior fue explícito (Carta colectiva de los obispos españoles, Concordato español de 1953), llegándose a acuñar el término nacionalcatolicismo para definir uno de sus rasgos ideológicos y una de las principales familias que le sustentaban. También se levantó la excomunión a Action Française (1939). Entre tanto, importantes intelectuales franceses católicos anteriormente cercanos a ese movimiento, como Georges Bernanos y Jacques Maritain, se habían distanciado de él y pasaron a oponerse al fascismo.

La postura del Vaticano en la Segunda Guerra Mundial comenzó por una débil condena de la invasión de Polonia (país fuertemente católico) que los aliados consideraron demasiado cautelosa. El mantenimiento de una postura neutral y los intentos de mediación fueron interpretados como un apoyo oculto a Alemania, al marginar en ellos a Estados Unidos y la Unión Soviética. De hecho, desde el Vaticano se atribuye a la propaganda soviética el mantenimiento de esta acusación. También ha causado algunos problemas con las relaciones entre el Vaticano y el estado de Israel.

Tras la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales de guerra huyeron a Suiza y a Argentina con la ayuda de religiosos católicos (algunos con pasaportes del Vaticano y disfrazados de sacerdotes). Como también la iglesia católica ayudó a judíos, y personas de todas las nacionalidades recibieron salvoconductos, se especula con que el Vaticano tuviese algún conocimiento respecto a la situación de las minorías religiosas y étnicas dentro de Alemania e Italia antes del final de la guerra, a diferencia de otros gobiernos aliados. Tal situación se ha considerado en algunos casos como ejemplo de una actitud de la Iglesia comprometida con los perseguidos; en otros casos se ha criticado que, teniendo noticia de las atrocidades que se cometían, no condenase expresamente los regímenes nazi y fascista durante la guerra. También se ha investigado la relación de monasterios y otras instituciones católicas con el trabajo esclavo al que se sometió a distintos colectivos.

En 1998 el papa Juan Pablo II realizó una autocrítica de la postura del Vaticano ante el Holocausto, pidiendo perdón; aunque defendió a Pío XII, cuyo proceso de beatificación inició al mismo tiempo.

A finales del siglo XIX existían en Italia algunas organizaciones denominadas fascio (traducible por haz, significando la fuerza de la unión), de la que la más importante era el Fasci Siciliani (fascio siciliano, 1895-1896). No eran muestra de una ideología uniforme, aunque predominaban los componentes nacionalistas y revolucionarios. Surgiendo del movimiento obrero, dividido al comienzo de la Primera Guerra Mundial entre el internacionalismo pacifista y el nacionalismo irredentista, se crearon el 1 de octubre de 1914 los Fasci d'Azione rivoluzionaria internazionalista en reivindicación de la entrada de Italia en el conflicto en contra de los Imperios Centrales. Fusionado con el Fasci autonomi d'azione rivoluzionaria se redenominó como Fasci d'azione rivoluzionaria, ya dirigido por Benito Mussolini, y conocido como Fascio de Milán. El 24 de enero de 1915 se formó una organización nacional.

En 1919, terminada la guerra, las expectativas territoriales quedaron frustradas por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (el equivalente para Austria del Tratado de Versalles). El poeta Gabrielle D'Annunzio llevó a cabo una aventura militar que acabó en la creación del Estado libre de Fiume y la redacción de una constitución que puede entenderse como precedente inmediato del fascismo. Entre tanto, con un país empobrecido y un gobierno débil, Mussolini refundaba la organización de Milán con el nombre de Fasci italiani di combattimento (Fascios italianos de combate), que empezaron a destacar por su lucha callejera contra huelguistas, izquierdistas y otros enemigos políticos y sociales. El temor ante una revolución similar a la rusa de las clases medias y la alta burguesía italiana vio en los fascistas de Mussolini la mejor arma para desarticular los movimientos obreros organizados. Sus partidarios se fueron encuadrando de forma paramilitar como Camisas Negras. Entre sus dirigentes fundadores había intelectuales nacionalistas, ex-oficiales del ejército, miembros del cuerpo especial Arditi y jóvenes terratenientes que se oponían a los sindicatos de obreros y campesinos del entorno rural. El 7 de abril de 1921 se convertirían en partido político con el nombre de Partito Nazionale Fascista (Partido Nacional Fascista, PNF), caracterizado por su oposición a liberalismo y comunismo. En 1922, en la Marcha sobre Roma, Mussolini obligó al rey de Italia, Víctor Manuel III, a entregarle el poder, que detentó con el título de Duce (caudillo, que ya había usado D'Annunzio).

En 1928 se prohibieron todos los partidos, excepto el PNF. La estructuración doctrinal, que no había sido considerada necesaria, también fue tardía. En 1927 se promulgó la Carta del Lavoro (adaptada en España como Fuero del Trabajo). En 1932 se publicó en la Enciclopedia Italiana el artículo Fascismo, atribuido al propio Mussolini aunque en realidad escrito por Giovanni Gentile. Editado separadamente como La Doctrina del Fascismo (La Dottrina del Fascismo), fue traducido a varios idiomas. En abril de 1940 (ya durante la Segunda Guerra Mundial) se pretendió destruir todos los ejemplares, como consecuencia del cambio de postura del Duce sobre algunos puntos del texto.

La política económica tampoco tuvo una orientación clara, entre un inicial respeto por el libre mercado y un claro dirigismo posterior. La política monetaria a veces sólo obedecía al prestigio de mantener una lira fuerte. No obstante, siempre gozó del apoyo de la poderosa patronal Confindustria, con cuyo acuerdo, sobre todo a partir del Pacto Vidoni (2 de octubre de 1925), se establecieron los elementos principales del régimen corporativo, muy restrictivo para las actividades sindicales (ilegalización de los sindicatos libres, del derecho de huelga, encuadramiento obligatorio de los trabajadores en el movimiento fascista -1926-). La misma Confindustria llegó a estar dirigida por el destacado fascista Giuseppe Volpi en los últimos años del régimen (de 1934 a 1943).

Las dificultades económicas debidas a la Gran Depresión empujaron al régimen de Mussolini a la expansión exterior, con la invasión de Etiopía (1935) y la intervención en la Guerra Civil Española, con ambiciones de resucitar un imperio Mediterráneo que tendría su continuación en la invasión de Albania (1939), ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El seguidismo frente a la Alemania nazi no podía ocultarse, e incluso se mimetizaron rasgos como el racismo (Manifesto della razza, Manifiesto de la raza, 14 de julio de 1938). La invasión de Sicilia y el sur de Italia por los aliados provocaron la destitución del Duce por el Gran Consejo Fascista (General Badoglio), aunque la intervención alemana le rescató por algunos meses en que se constituyó una efímera República de Saló en el norte. Su actividad legislativa, limitada a los últimos meses de la guerra, tuvo un planteamiento socioeconómico teórico que se ha denominado socialización fascista (Manifiesto o Carta de Verona de 14 de noviembre de 1943).

La ideología y los regímenes fascistas tuvieron eco en casi todos los países europeos y algunos sudamericanos (por ejemplo Argentina, que acogió muchos líderes nazis tras la guerra).

De una manera mucho más evidente surgieron a semejanza del Fascio italiano organizaciones caracterizadas por lo que puede denominarse liturgia o parafernalia fascista: los despliegues de masas, organizados y disciplinados, el saludo romano brazo en alto, los símbolos y lemas, la presencia callejera agresiva, la utilización de correajes paramilitares y uniformes, en particular las camisas de un determinado color: negras (Italia, SS en Alemania, Inglaterra, Finlandia) pardas (SA en Alemania), azules (España, Francia, Irlanda, Canadá, China), verdes (Rumanía, Hungría, Brasil) doradas (México) o plateadas (Estados Unidos).

No se produjo una homogeneidad total entre los distintos movimientos y regímenes fascistas, que de hecho insistían en enfatizar las peculiaridades nacionales, su originalidad y su raíz endógena. Por otro lado, ocurrió en algunas ocasiones que rivalizaron violentamente partidos de filiación nazi y fascista dentro del mismo país (caso de Austria). En cuanto a las relaciones internacionales, las vicisitudes del equilibrio europeo llevaron a un entendimiento estratégico entre Hitler y Mussolini, pero bien podía haber sucedido de otra manera, y de hecho así lo intentó explícitamente la diplomacia británica. En otros casos, se mantuvo una neutralidad benévola que no ocultaba las simpatías (España hacia el Eje, Portugal hacia Inglaterra), o el enfrentamiento abierto contra otro régimen fascista (caso de Grecia).

El que los movimientos fascistas alcanzaran el poder de forma endógena (es decir, sin imposición exterior) en unas naciones y en otras no, ha intentado ser explicado viendo las similitudes y diferencias entre ellas. Los diferentes grados de desarrollo económico y de consolidación del régimen dentro del sistema político son un buen indicador para ello: las democracias estables y económicamente más desarrolladas, con una identidad nacional consolidada, no tuvieron movimientos fascistas con posibilidades de éxito. En cambio, Alemania e Italia presentaban debilidades en esos aspectos: sus unificaciones nacionales eran muy recientes (1870), sus economías se habían industrializado tardíamente (respecto a la Europa Noroccidental). Italia seguía siendo un país relativamente atrasado. Alemania, aunque había presentado un desarrollo económico y social notablemente acelerado (para 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, se podía concebir que llegaría a superar a Inglaterra como potencia industrial, posibilidad que fue sin duda uno de los factores que explican la propia guerra), se vio sometida a unas condiciones especialmente duras por el Tratado de Versalles (Clemenceau, a pesar de las advertencias de economistas como Keynes insistió en que Alemania pagará), lo que produjo graves desórdenes económicos en todo el periodo de entreguerras, además de un profundo resentimiento. Aun así, el triunfo del nazismo hubo de esperar al peor momento de la Gran Depresión posterior al Jueves Negro de 1929.

La Europa meridional y oriental, con un desarrollo industrial menor, unas instituciones democráticas débiles y en muchos casos una existencia nacional reciente, fue mucho más proclive al desarrollo del fascismo, con características locales muy marcadas en cada caso, algunos triunfantes y otros no.

En cambio, durante la Segunda Guerra Mundial se impusieron en buena parte de Europa gobiernos denominados colaboracionistas que desarrollaron regímenes fascistas con mayor o menor grado de similitud al alemán o italiano.

Existieron algunos intentos (hacia 1942) de las potencias del Eje por organizar cuerpos militares con prisioneros provenientes de los países colonizados por los aliados, sobre todo de los países árabes, del subcontinente indio (Legion Freies Indien o Legión Tigre, creada por el independentista Subhas Chandra Bose) y del Asia Central soviética. Incluso hubo una división formada por musulmanes bosnios (1943). Los resultados de estas operaciones no fueron muy eficaces, sobre todo en el campo ideológico, aunque sí fueron explotadas propagandísticamente. En cuanto al acercamiento de algunas personalidades musulmanas, como el gran mufti de Jerusalén Amin al-Husayni o el primer ministro de Iraq Rashid Ali al-Kaylani (que terminó con su huida y el pogrom antijudío de Bagdad —Farhud, junio de 1941—), se trataba de coincidencias estratégicas más que ideológicas; lo que también se suele aplicar a la mucho más importante alianza que suponía el Imperio Japonés, con el que, no obstante, nazismo y fascismo tenían similitudes políticas mayores.

2. Política exterior: Batalla contra Versalles . Igualdad de derechos en Ginebra ; que de todas maneras será inútil si el pueblo no tiene deseo de luchar.

3. Economía: ¡Hay que salvar a los campesinos! ¡Política de asentamientos!... La capacidad del mundo es limitada y la producción se fuerza por todas partes. La única posibilidad de re-ocupar a parte del ejército de desempleados radica en el asentamiento. Pero se necesita tiempo y no hay que esperar una mejora radical, porque hay poco espacio vital para el pueblo alemán.

El incendio del Reichstag (del que se acusó a los comunistas), la muerte del anciano Hindenburg y la renovación de la victoria electoral del Partido facilitaron la transición a un régimen de partido único que aplicó sin concesiones el programa nazi, incluyendo la represión de toda oposición política o social y la legislación de pureza racial (Leyes de Núremberg). El rearme y el encuadramiento social (que ignoraba cualquier reivindicación salarial o de condiciones laborales), y una política económica intervencionista (comparable en cierto modo al keynesianismo) dirigida por Hjalmar Schacht, redujeron el paro de 6 millones a sólo 400.000. La política de apaciguamiento de las potencias europeas (Acuerdos de Múnich) permitió una serie ininterrumpida de éxitos internacionales, entre los que se cuentan la remilitarización de Renania, la anexión de Austria y los Sudetes y la victoria de su aliado Franco en la Guerra Civil Española (en la que se experimentaron entre otras, las tácticas aéreas de la Legión Cóndor). En 1939, a los pocos días del término de ésta, el pacto nazi-soviético y la crisis de Danzing, significaron el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en cuya primera fase consiguió imponerse en toda Europa (excepto en la batalla de Inglaterra), con una poco decisiva ayuda italiana. La invasión de la Unión Soviética (operación Barbarroja) y la entrada de los Estados Unidos (Alemania le declaró la guerra, manteniendo su alianza con Japón) llevaron a su derrota, que parte de la élite nazi pretendió vivir como el fin de la civilización.

Una coalición de partidos de derecha, llevó al poder a Engelbert Dollfuss en 1932. Sus principales apoyos eran el tradicional Christlichsoziale Partei (Partido Social Cristiano) y una amalgama de movimientos más extremistas, como la paramilitar Heimwehr, aglutinados por Ernst Rüdiger Starhemberg bajo el nombre de Vaterländische Front (Frente Patriótico), de más clara orientación fascista. Dollfuss disolvió de forma indefinida el parlamento (marzo de 1933) e inició un régimen autoritario que recibía el nombre de Ständestaat. En respuesta a la creciente actividad de movimientos pro-nazis, partidarios de la anexión a Alemania (Anschluss), prohibió al NSDAP local (junio de 1933) y al SDAPÖ (febrero de 1934). En julio del mismo año fue asesinado. Fue sustituido por Kurt Schuschnigg, que siguió oponiéndose a las pretensiones de anexión. En cambio Arthur Seyß-Inquart, su ministro de interior y sustituto como canciller, requirió la presencia militar alemana que acabó con la independencia austríaca.

El Nationale Front (Frente Nacional Suizo) se fundó en 1930, con ideología de extrema derecha y antisemita. Aprovechó el modelo de democracia directa para forzar un referéndum con el objetivo de enmendar la constitución en ese sentido, en 1935, pero fue ampliamente derrotado, y sus actividades declinaron. El Nationale Bewegung der Schweiz (Movimiento Nacional de Suiza), fue fundado en 1940 y actuaba como paraguas de las actividades alemanas en el país.

La indefinición y arbitrariedad de las fronteras caracteriza a esta amplia región. Los Tratados de Versalles difícilmente hubieran podido aplicar los 14 puntos de Wilson, que pretendían conseguir la paz con el reconocimiento del principio de nacionalidad: un estado para cada nación. La disolución de los imperios multinacionales (Imperio Alemán, Imperio Ruso, Imperio Austrohúngaro e Imperio Turco) fue sustituida por un conjunto de reinos y repúblicas de difícil definición y coexistencia, en ausencia de fronteras naturales, y con un nivel de desarrollo económico y social más atrasado que en la Europa Central u Occidental.

El nacionalismo exacerbado, el militarismo, los liderazgos carismáticos, la agresividad expansiva o defensiva y las salidas políticas autoritarias o totalitarias, todas ellas características o componentes de lo que se suele definir como fascismo, fueron muy frecuentes en esta zona de Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. Un factor añadido fue la vecindad de la Unión Soviética, que se veía como uno de los dos enemigos principales (el otro era la propia Alemania) entre los que la región estaba «emparedada». La democracia como régimen político era de implantación reciente, y las sucesivas crisis económicas (la posterior a la guerra y la de 1929) la sometieron a fuertes tensiones, que hizo que en muchos países se optara por salidas autoritarias. Donde se mantuvo, las fuerzas políticas y sociales se polarizaron entre las alternativas extremas: fascismo y comunismo.

El pacto nazi-soviético de 1939 (contradictorio en términos ideológicos, pero pragmática y estratégicamente un éxito temporal para ambos) llevó al reparto de buena parte del territorio (Polonia, las repúblicas bálticas y Besarabia). Una vez estallada la guerra, la ocupación en unos casos, o en otros la alianza con las potencias del Eje determinó una mayor proximidad con las políticas nazis o fascistas.

Corneliu Zelea Codreanu fundó el 24 de julio de 1927 la Legión del Arcángel Miguel, una organización fuertemente antisemita y nacionalista, cuyos legionarios vestían camisas verdes. Los adeptos y miembros del movimiento eran llamados "legionarios". En marzo de 1930 Codreanu formó la "Guardia de Hierro", una rama paramilitar y política de la Legión; éste nombre llegó a aplicarse para la Legión entera. Sus miembros llevaban uniformes verdes (considerados símbolo de rejuvenecimiento, por sus uniformes ganaron el apodo "Las camisas verdes") y se saludaron entre ellos como los romanos. El símbolo principal utilizado por la Guardia de Hierro fue una cruz triple, representando barras de prisión (como escudo del martirio), a veces llamada "La Cruz del Arcángel Miguel". El movimiento atrajo a destacados miembros de la intelectualidad rumana, como Mircea Eliade. No fue el único grupo de las mismas características: durante los años treinta rivalizó violentamente por la primacía en la lucha callejera con el movimiento de los Lăncieri (lanceros), de camisas azules, con los que frecuentemente chocaba. Tras el asesinato de Codreanu el líder de la Guardia de Hierro pasó a ser Horia Sima. Llegó al poder en 1940, fundando el Estado Nacional Legionario aliado al general Ion Antonescu, aproximándose cada vez más a la Alemania de Hitler, de la que Rumania fue aliada durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de las potencias del Eje, Rumania pasó a ser una república popular, comunista.

La personalidad más cercana al fascismo de los políticos de la derecha búlgara fue Alejandro Tsankov, que controló un régimen autoritario de gran violencia represora desde el golpe de estado de 1923 hasta 1934, en que fue desplazado del poder por el Zveno (Звено, un movimiento también ultraconservador, con presencia en el ejército y partidario del corporativismo), a su vez derrocado en 1935 por el propio rey Boris III, que inició un gobierno personal autocrático asistido por el primer ministro Georgi Kyoseivanov, que asoció a Bulgaria a las potencias del Eje, logrando algunas reivindicaciones territoriales irredentistas, aunque evitó declarar la guerra a la Unión Soviética. Murió en 1943 en circunstancias poco claras, ocupando la regencia Kyril de Bulgaria, que fue depuesto en 1944 por una coalición de partidos dominada por los comunistas, pero que incluía al propio Zveno. Entre tanto Tsankov había acentuado su identificación con el nazismo alemán, que mimetizó a través de un pequeño partido denominado Movimiento Social Nacional (1932), asociado con otros como la Unión Nacional de Legiones Búlgaras (Съюз на Българските Национални Легиони, 1933) de Hristo Nikolov. En los últimos años de la guerra (1944) llegó a presidir un gobierno búlgaro en el exilio en Alemania.

En Grecia, el General Ioannis Metaxas estableció un régimen de carácter fascista el 4 de agosto de 1936. El régimen del 4 de agosto o Tercera Civilización Helénica (paráfrasis del III Reich) se designa habitualmente como el Fascismo Griego. Tenía muchos paralelismos con el fascismo alemán e italiano: militarismo, saludo romano, intervencionismo, doctrina racista y nostalgia por las glorias pasadas del país, símbolo clásico (se eligió el labrys o doble hacha), organización juvenil (Ethniki Organosi Neolaias —Organización Nacional de Juventudes, EON—); aunque algunas características propias lo distancian. La posición internacional de Grecia, aliada a Inglaterra y opuesta al expansionismo italiano en los Balcanes, provocaron la Guerra Greco-Italiana de 1941 en que los griegos resistieron inicialmente con éxito: un caso peculiar de enfrentamiento de dos fascismos.

La muerte de Metaxas y la victoria alemana tras las duras batallas de la Operación Marita inició un periodo de ocupación. Se crearon organizaciones de corte nazi y antisemita, como el EEE (Ethniki Enosis Ellas), el EKK (Ethnikon Kyriarchon Kratos), el Partido Nacional Socialista Griego (Elliniko Ethnikososialistiko Komma, EEK) liderado por George S. Mercouris, la ESPO (Organización Patriótica Helénica Socialista) y la Sidira Eirini (Paz de Hierro). Los alemanes confiaron la administración a gobiernos colaboracionistas locales, presididos por Georgios Tsolakoglou, Konstantinos Logothetopoulos y Ioannis Rallis, que llegó a crear los Tágmata Asfalías (Batallones de Seguridad) para oponerse a la guerrilla comunista del Ellinikos Laïkos Apeleftherotikos Stratos (ELAS), que se estaba haciendo muy activa, con lo que el final de la guerra mundial se convirtió para Grecia en una Guerra Civil griega.

Tras los violentos años posteriores a la Primera Guerra Mundial que disolvió el Imperio Austro-Húngaro, que incluyeron una efímera revolución comunista (República Soviética Húngara de Béla Kun) en medio de una guerra civil y una intervención militar rumana, el Reino de Hungría (1920 - 1945) estuvo bajo la regencia de Miklós Horthy. Se instauró un régimen autoritario y con marcado carácter nacionalista, anticomunista y antisemita, que se alió a las potencias del Eje al comenzar la Segunda Guerra Mundial.

Con un carácter más inequívocamente fascista, Ferenc Szálasi fundó en 1935 un Partido de la Voluntad Nacional, pero fue ilegalizado dos años más tarde por su radicalismo violento. Tuvo sus orígenes en la filosofía política de los extremistas pro-alemanes como Gyula Gombos, que acuñó el término nacional socialismo en los años veinte, y que había llegado a ser primer ministro con Horthy. Unificado con otros partidos similares, como el Partido Nacional Socialista de Obreros y Campesinos Húngaros (fundado en 1933 y que se conocía como camisas verdes), el partido fue reconstituido en 1939 con el nombre de Partido de la Cruz Flechada o Movimiento Hungarista (Nyilaskeresztes Párt – Hungarista Mozgalom) bajo el modelo explícito del partido nazi alemán. Su iconografía estaba claramente inspirada en la de los nazis: el emblema de la Cruz flechada era un antiguo símbolo tribal magiar que representaba la pureza racial de los húngaros de modo similar a como la svastica hacía lo propio para la raza aria. Gobernó Hungría desde el 15 de octubre de 1944 hasta enero de 1945, destacando por su actividad antisemita en los últimos momentos de la llamada solución final. Tras la guerra, Szálasi y otros líderes del partido fueron juzgados como criminales de guerra por los tribunales húngaros, condenados a muerte y ejecutados.

La descomposición del Imperio Austro-húngaro y la necesidad de reconocimiento a Serbia, llevó a los vencedores de la Primera Guerra mundial a la creación en 1918 de un Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, llamado Reino de Yugoslavia (Eslavia del Sur) desde 1929. Los recelos de los croatas ante los serbios, encontraron un altavoz en el periódico Hrvatski Domobran (Ejército Croata) del Movimiento Juvenil Croata, de Branimir Jelić y Ante Pavelić. El cierre del periódico y la prohibición de todos los partidos nacionalistas en 1929 radicalizaron al grupo, que se exilió en Bulgaria y exigió la independencia en una declaración conjunta con nacionalistas macedonios. Desde 1932 iniciaron acciones terroristas, con la denominación Ustachá (insurgente, rebelde, que se aplicaba a la Rebelión Herzegovina de 1875).

La ocupación del Eje en 1941 (Alemania el Norte e Italia el Sur) permitió la proclamación de la independencia del Estado Independiente de Croacia, bajo la dirección totalitaria del poglavnik (caudillo, duce o führer) Pavelić, con el Ustachá como partido único, e incluso un rey nominal perteneciente a una rama lateral de la casa de Saboya (Roberto, rebautizado con el épico nombre de Tomislav II de Croacia, por el primer rey croata, del siglo X), que no llegó a pisar su territorio. El Ustachá se destacó por la intensidad del colaboracionismo y la emulación en las más dura represión, incluyendo el exterminio de judíos, gitanos, y serbios; e incluso de los propios croatas cuando se identificaban como comunistas o cristianos ortodoxos (la confesión mayoritaria, considerada nacional, era la católica). Se formó la Hrvatska Legija (Legión Croata) que combatió junto a los alemanes en el frente ruso, aunque los principales enemigos militares del estado croata fueron los partisanos serbios controlados por los comunistas. Su relación con los Chetniks (guerrilla monárquica, anticomunista y ultranacionalista serbia) fue más ambigua. Los Ustachá se dispersaron al final de la guerra, que trajo la formación de la Yugoslavia de Tito. Miles de ellos se refugiaron en Argentina, como el propio Pavelić, que se hizo consejero de seguridad de Juan Domingo Perón.

El liderazgo de Ahmet Zogu (que acabó reinando como Zog I), heredero de una dinastía regional de gobernadores hereditarios de Mati y líder de un Partido Reformista Popular de imprecisa ideología, ha de entenderse en función de la estructura social y económica preindustrial de Albania. Sólo puede considerarse próximo al fascismo por su dependencia colonial con la Italia de Mussolini, a la que se aproxima desde 1925. Se exilió en Londres ante la invasión italiana de 1939.

La incorporación de los Sudetes a Alemania y la posterior partición de Checoslovaquia hizo que fuera muy distinta la presencia política de fascistas o nazis locales en el protectorado de Bohemia y Moravia (que mantuvo un gobierno local considerado poco fiable por los nazis, y se administraba en la práctica con un gobierno militar alemán) y en la República Eslovaca (1939-1945), más afin a la ideología del III Reich, en la que los simpatizantes nazis locales gobernaban dirigidos por el sacerdote católico Jozef Tiso y el Hlinka (Unidad Nacional) o Partido del Pueblo Eslovaco, que desde 1939 era el único legal, junto con el Deutsche Partei (Partido Alemán, para los alemanes radicados en Eslovaquia) y el Partido Húngaro Unificado (para los húngaros). Dentro del partido, el Presidente Tiso representaba la tendencia más moderada, de marcado conservadurismo clerical católico, mientras que el Primer Ministro Vojtech Tuka y el Ministro del Interior Alexander Mach representaban la tendencia más similar al fascismo o al nazismo.

El Lapuan liike (Movimiento Lapua) fundado en 1929, fue un partido político de marcado nacionalismo y anticomunismo, heredero de los Guardias Blancos de la guerra civil finlandesa de 1918 y que fue radicalizándose hasta adquirir un claro carácter fascista. Sus líderes provenían de la ciudad de Lapua (Vihtori Kosola y el general Kurt Martti Wallenius). Intentó un golpe de estado en 1932 (la rebelión Mäntsälä), tras el que fue prohibido. Se reorganizó un nuevo partido denominado Isänmaallinen kansanliike (Movimiento Patriótico del Pueblo, IKL), que añadía el carácter integrista religioso del movimiento Herännäisyys de la región de Ostrobotnia. Incorporó la parafernalia fascista de camisas negras y organizó un movimiento juvenil (Sinimustat, liderado por Elias Simojoki, un sacerdote fanático de fuerte carisma). Se presentó a las elecciones de 1933 en alianza con el partido conservador, y en solitario en 1936 y 1939, sin alcanzar el poder. En 1938 se inició un procedimiento para su ilegalización, no concedida por los tribunales.

Tras las coyunturas críticas posteriores al pacto nazi-soviético (la Guerra de Invierno y la Paz de Moscú, 1939–1940), Finlandia se había visto obligada a apoyarse en Alemania para garantizar su independencia contra la Unión Soviética (Guerra de Continuación), de modo que se vio conveniente incluir al ILK en el gobierno de concentración nacional de 1941. Por el contrario, ya no se hizo lo mismo en el de 1943 (las circunstancias bélicas habían cambiado). A petición de la Unión Soviética, el ILK fue prohibido cuatro días antes del armisticio que puso fin a la guerra (19 de septiembre de 1944).

La Eesti Vabadussõjalaste Keskliit (Unión de participantes en la guerra de independencia de Estonia, abreviadamente Vapsid y sus miembros vaps), dirigida por Andres Larka y Artur Sirk, nació en 1929 como una asociación de excombatientes y se fue convirtiendo en un movimiento político nacionalista y antiparlamentario que utilizaba un encuadramiento paramilitar y uniforme con boina negra. Más allá de eso, no presentaba otras similitudes con el fascismo, pues rechazaba el racismo y no tuvo contactos internacionales. Tras algunas intervenciones políticas, en el referéndum de 1933, fue prohibida como consecuencia de la declaración de un estado de emergencia. Se reconstituyó, acentuando sus características radicales y alejando a sus miembros más moderados, y fue definitivamente disuelta en 1935.

Existieron algunos movimientos nacionalistas violentos en Letonia en los años 1930, caracterizados por el antesemitismo, el anticomunismo y, como rasgo especial, el antigermanismo, por el deseo de una pureza étnica letona. La Ugunskrusts (Cruz de Fuego, 1932), de Gustavs Celmins, fue enseguida ilegalizada, pero reapareció como la Pērkonkrusts (Cruz de Trueno). Su símbolo era equivalente a la svastica y sus miembros llevaban un uniforme paramilitar de camisa gris y boina negra. Fueron nuevamente disueltos y su líder encarcelado tras el establecimiento de un régimen autoritario por el presidente Karlis Ulmanis. Más tarde, durante la ocupación alemana, Celmins y algunos miembros de la Cruz de trueno colaboraron con los nazis (el denominado Comando Arajs, de Viktor Arajs, que incendió una sinagoga en Riga y asesinó a miles de judíos y comunistas), mientras que otros se opusieron, incluso participando en la resistencia. Desaparecido el movimiento bajo la Unión Soviética, a la caída de ésta (1990) reapareció con un programa de Letonia para los letones más radical que el del gobierno independentista, y un intento de volar el monumento a los soviéticos liberadores de Riga. La mayor parte de sus dirigentes fueron detenidos y condenados a penas menores.

El movimiento fascista lituano, denominado Geležinis Vilkas (Lobo de Hierro), se formó en 1927 y fue liderado por Augustinas Voldemaras. Disponía de una sección violenta (Tautininkai), que se empleaba contra sus enemigos políticos. Fue prohibido en 1930 y en 1934 intentó un golpe de estado contra el presidente Antanas Smetona, de tendencia autoritaria y anteriormente presidente honorario de ese mismo movimiento. En 1938 Voldemaras se exilió. Durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, muchos de sus dirigentes colaboraron con los ocupantes, aunque un movimiento nacionalista, anticomunista y antisemita de imprecisa ideología denominado Lietuvos Aktyvistų Frontas (Frente Activista Lituano, LAF), que llegó a formar un gobierno provisional en 1941, no obtuvo el reconocimiento alemán para funcionar como gobierno títere y se autodisolvió.

El régimen de gobierno de Józef Piłsudski a través del Partido Socialista de Polonia durante la Segunda República Polaca fue en realidad una dictadura autoritaria bajo una fachada constitucional y democrática valiéndose de presidencias títeres como la de Stanisław Wojciechowski o Ignacy Mościcki. Sin embargo, su énfasis centralizador para mantener la independencia y unidad de Polonia, que logró en 1918 tras ciento veintitrés años de particiones, provocó que su relación con el nazismo fue más bien hostil, y que un movimiento de características similares al fascismo, Endecja (acrónimo de Narodowa Demokracja o Democracia Nacional), dirigido por Roman Dmowski, fuera decididamente reprimido. La ocupación alemana instauró un Gobierno General sin ninguna clase de gobierno títere con colaboracionistas locales: se pretendía teóricamente la futura germanización del territorio por colonos alemanes, una vez despejado de lo que se describía como razas inferiores (eslavos y judíos).

La zona más desarrollada económica y socialmente, también disponía de los regímenes democráticos más estables y arraigados. También es importante considerar que, o bien estaban entre los vencedores de la Primera Guerra Mundial, o bien habían sido países neutrales y pretendían seguir siéndolo. La aparición de movimientos fascistas o nazis pudo tener un desarrollo endógeno, pero su llegada al poder fue estrictamente dependiente de su ocupación o no por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso en ese caso, nunca ejerció un poder real sino estrictamente tutelado por ésta, cuando no se redujo a ser un simple enmascaramiento de la ocupación.

El Nationalsocialistiska Arbetarpartiet (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores de Suecia) se formó en 1933 por Sven Olof Lindholm como escisión de un anterior Partido Nacional Socialista. Su sección juvenil se llamaba Nordisk Ungdom (Juventud Nórdica) Inicialmente funcionó como una total imitación del partido nazi alemán, identificándose en principio más bien con las ideas de Otto Strasser (más izquierdista que Hitler). Se fue distanciando paulatinamente de sus conexiones alemanas, adoptando desde 1938 un emblema diferente (el Vasakärven o haz de trigo emblema de los Vasa) y cambió su nombre a Svensk Socialistisk Samling (Unidad Socialista Sueca). Durante la Segunda Guerra Mundial, en que Suecia fue neutral, decayó su actividad, hasta su disolución en 1945.

El Danmarks Nationalsocialistiske Arbejderparti (Partido Nacional Socialista de Dinamarca, DNSA), fundado el 16 de noviembre de 1930, mimetizó actitudes e ideología del partido nazi alemán. Fue liderado inicialmente por Cay Lembcke, y no pasó de tener unos cientos de seguidores, y unos resultados incluso menores en las elecciones de 1932. A partir de 1933 fue reemplazado por Frits Clausen, que concentró la actividad del partido en su región (Schleswig Norte).

Como la ocupación alemana de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial no alteró el sistema político local, ni siquiera llegó entonces a formar parte del gobierno de concentración, con presencia de todos los partidos excepto el comunista y el nazi. En marzo de 1943 hubo incluso unas elecciones en que los partidos partidarios de la ocupación fueron derrotados, y el 29 de agosto se disolvió el gobierno, declarando la ley marcial. El DNSA se disolvió en mayo de 1945, al terminar la guerra.

Léon Degrelle, impresionado por el grito de los contrarrevolucionarios mexicanos en la guerra cristera (Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe), fundó a su vuelta a Bélgica, en 1930, el movimiento Cristus rex o rexismo, que se extendió sobre todo en ambientes ultraconservadores católicos de la zona francófona (Valonia). Entre sus líderes estaban José Streel, Louis Collard y Victor Mathys.

En la zona neerlandófona (Flandes) se creó simultáneamente la Vlaamsch Nationaal Verbond (Unión Nacional Flamenca, VNV), fundada por Staf de Clerq en 1933. Su lema era Autoridad, disciplina y «Dietsland», siendo éste el nombre que proponían dar al estado pan-neerlandés a crear, excluyendo la zona de Valonia.

El rexismo se presentó a las elecciones a partir de 1936, obteniendo modestos resultados. Tanto él como el VNV fueron acentuando sus tendencias filonazis (totalitarismo, antisemitismo, admiración por Hitler), y recibieron apoyo financiero de Alemania. Con la ocupación, se convirtieron en la articulación del colaboracionismo, formando incluso dos unidades militares que actuaron en la guerra: la División SS Valonia y la Legión Flandes.

Se especula con la posibilidad de que ciertas características de los primeros libros de la serie de cómics Las aventuras de Tintín puedan ser calificadas de anticomunismo o racismo y sean debidas a la proximidad al rexismo de su autor (Hergé).

El Nationaal-Socialistische Beweging in Nederland (Movimiento Nacional Socialista en los Países Bajos, NSB) fue un partido político fascista, que se fue desarrollando durante los años 1930 y se convirtió en el único partido legal durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, periodo en el que funcionó como una verdadera sucursal del partido nazi. Sus fundadores fueron Anton Mussert, que llegó a ser el líder, y Cornelis van Geelkerken. Basaba su programa en el fascismo italiano y el nazismo alemán, aunque hasta 1936 no se había declarado antisemita, e incluso tenía judíos entre sus miembros.

Vidkun Quisling, líder del Nasjonal Samling (Unión Nacional, fundado en 1933), inicialmente de tendencia conservadora y religiosa y que había sido anteriormente ministro con el partido agrario, se presentó a las elecciones con muy escasos resultados. Evolucionó hacia posiciones miméticas con el nazismo a partir de 1935, aunque no pasó a ser un partido muy minoritario. Aprovechó la invasión alemana para dar un golpe de estado (9 de abril de 1940), pero los ocupantes prefirieron instaurar una gobernación militar que trataba a sus aliados locales con bastante recelo, mientras que la familia real se refugiaba en Inglaterra, donde se constituyó un gobierno en el exilio. Desde 1942 Quisling se incorporó al gobierno de la Noruega ocupada como ministro, y en 1943 alcanzó el rango de máximo dirigente. El nombre de Quisling pasó a ser sinónimo de colaboracionista y se usaba como epíteto despectivo, sobre todo en la propaganda de los aliados y en la literatura posterior.

La extrema derecha en Francia tenía una prolongada tradición, que se remonta a la restauración monárquica de 1814, y se había visto alimentada desde 1871 con el miedo a la revolución proletaria (experiencia de la Comuna de París) y el revanchismo por la derrota en la Guerra Franco-prusiana (que incluía el irredentismo por la pérdida de Alsacia y Lorena). El añadido del antisemitismo a partir del Caso Dreyfus, terminó de constituir en determinados círculos sociales, políticos e intelectuales, una amalgama ideológica que puede considerarse como un claro precedente del fascismo. Este ambiente encontró su expresión en grupos como la Action Française, creada en 1898 por Maurice Pujo y Henri Vaugeois, y que se mantuvo como referente de la extrema derecha francesa bajo el liderazgo de Charles Maurras. Su fuerte personalidad fue determinante para centrar los elementos de la reivindicación de la personalidad tradicional francesa en la monarquía y el catolicismo (en ambos casos con un criterio totalmente utilitario: él mismo era agnóstico), y empujar al activismo callejero a la sección juvenil denominada Camelots du roi.

Ese grupo fue el principal, pero no el único: Croix-de-feu (Cruz de fuego) de François De La Rocque, Jeunesses Patriotes (Jóvenes Patriotas) de Pierre Taittinger, Le Faisceau (el Fascio) de Georges Valois —de explícita inspiración—, el Parti franciste (Partido o Movimiento francista) de Marcel Bucard, conocido por Chemises bleues (camisas azules) financiado por el fascismo italiano, y la Solidarité Française (Solidadridad Francesa) de François Coty, más próxima al nazismo alemán, que también usaba camisas azules y se distinguía por sus boinas negras. El más radical y violento fue La Cagoule o Comité secret d'action révolutionnaire (Comité secreto de acción revolucionaria) de Eugène Deloncle, fundado en 1935 con financiación y apoyo del empresario Eugène Schueller (dueño de L'Oréal). Infiltrado por la policía, muchos miembros fueron detenidos en 1937. Muchos de los otros movimientos fueron disueltos por una ley adoptada durante el gobierno del izquierdista Léon Blum (Frente Popular) en junio de 1936.

Durante el periodo de entreguerras, en el que la vida política de Francia se vio sometida a alternancias políticas pendulares entre el Bloque Nacional y el Cartel de las Izquierdas, en algún momento se temió que la radicalización de las posturas condujera a una salida autoritaria similar al fascismo, sobre todo desde la émeute sanglante (una manifestación de excombatientes que degeneró en violencia el 6 de febrero de 1934). No obstante, la mayoría social de Francia optó por salidas posibilistas que incluían el pacto social (acuerdos Matignon de 7 de junio de 1936, con el gobierno del Frente Popular). La comparación con la tragedia española que comenzó sólo un mes después (18 de julio de 1936) visibiliza el distinto grado de cohesión social en una y otra nación, que explica en buena parte que el fascismo no triunfara endógenamente en Francia. No obstante, muchos franceses tomaron partido apasionadamente por un bando u otro de la Guerra Civil Española.

Tuvo que ser la humillante derrota frente a Alemania (Batalla de Francia) la que hiciera llegar al poder a las fuerzas políticas más cercanas al fascismo. El territorio fue dividido en dos zonas: la primera directamente ocupada por el ejército alemán, el norte y el oeste, donde se organizó alguna organización para encuadrar a los franceses más afines ideológicamente (Mouvement social révolutionnaire —Movimiento social revolucionario— fundado en París en 1940 por Eugène Deloncle); y la segunda, el centro y sur, que se confió al mariscal Pétain; mientras que las colonias se decidían por el control alemán o por sumarse a la Francia Libre organizada en Londres por De Gaulle. Pétain en su zona, llamada Francia de Vichy organizó un État Français bajo el lema de Travail, famille, patrie (Estado Francés y Trabajo, Familia, Patria; en clara referencia contraria a la denominación République Française —'República Francesa'— y al lema revolucionario Liberté, Égalité, Fraternité —'Libertad, Igualdad, Fraternidad'—). Es discutible su clasificación como régimen puramente totalitario, dada la presencia en esta autodenominada Révolution Nationale de elementos muy diversos, que bajo de los planteamientos retóricos comunes, no ocultaban su personalidad diferenciada: desde los claramente fascistas (el Parti Populaire Français -Partido Popular Francés, PPF-de Jacques Doriot y el Rassemblement national populaire —Unión nacional popular— de Marcel Déat), pasando por los reaccionarios clásicos (Action Française, el clero conservador), hasta los reformadores posibilistas (tecnócratas, planistas —partidarios de la planificación económica—, personalistas demócrata-cristianos, los denominados no-conformistas de los años 30, la École des cadres d'Uriage, René Belin —el redactor de la Charte du Travail—), como ocurría simultáneamente en España con las llamadas familias del franquismo. Hubo incluso una unidad militar francesa que se envió al frente ruso, a semejanza de la División Azul española (la Légion des volontaires français contre le bolchévisme —Legión de los voluntarios franceses contra el bolchevismo—).

España y Portugal se caracterizaban por un evidente atraso económico y social, y un cierto aislamiento. En los años 1920 se instauraron regímenes autoritarios (António de Oliveira Salazar y el general Miguel Primo de Rivera) que no ocultaban los paralelismos con el fascismo italiano. El caso español presentó violentos movimientos pendulares, con la Segunda República Española y la Guerra Civil Española, en que la intervención alemana e italiana en apoyo del bando sublevado fue decisiva en momentos clave, a pesar de la política de no intervención que intentaron mantener Francia e Inglaterra.

La pervivencia de los dos régimenes fascistas ibéricos se puede explicar también en parte por su aislamiento relativo de la escena europea y su oportunismo y capacidad de transformación. Fue decisiva su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial y la posterior alineación con los Estados Unidos, que permitió el mantenimiento de ambos hasta mediados de los años setenta.

El denominado desastre de 1898 significó para España una frustración nacional equivalente a la guerra franco-prusiana para Francia o la Primera Guerra Mundial para Alemania e Italia. Se produjo una introspección negativa que se plasmó en un interminable debate intelectual sobre el Ser de España, mientras se ahondaban las fracturas internas (social, territorial y religiosa, lo que se ha venido en denominar las dos Españas) que llevaron a la Guerra Civil Española de 1936. La crisis del sistema político de la Restauración, un liberalismo controlado por la oligarquía y el caciquismo, se prolongó en medio de crisis periódicas (Semana Trágica de 1909, Crisis de 1917, Desastre de Annual de 1921) hasta que el ejército, con una trayectoria secular de intervención en la vida política, impuso al cirujano de hierro demandado por los regeneracionistas con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Las soluciones económicas autárquicas y corporativistas, y el desprecio de las instituciones parlamentarias le asemejan al contemporáneo fascismo italiano, pero no se pretendió crear un estado totalitario y la decisión de instaurar algo semejante a un partido único (la Unión Patriótica, 1925) no llegó a pasar de un tímido intento. No se produjo una gran intensificación de la represión política ni social: la Organización Corporativa Nacional contó incluso con la colaboración del sindicato socialista UGT. Ante la pasividad de la mayor parte de la sociedad civil, la oposición estuvo organizada por grupos de intelectuales y los partidos republicanos. A la caída del dictador, el gobierno de transición que le siguió recibió el cómico nombre de dictablanda.

Durante la dictadura de Primo de Rivera Ernesto Giménez Caballero comenzó a difundir la ideología fascista. Admirador de Mussolini, había visitado Italia en 1928. A su vuelta propagó lo que él llamó la "latinidad" militante. Admiraba Roma como la capital de la religión y del fascismo. Pero fue Ramiro Ledesma, que trabajó en la Gaceta literaria que editaba Giménez Caballero, quien un mes antes de proclamarse la Segunda República Española fundara la revista La conquista del Estado inspirada en su homónima italiana La conquista dello Stato, como él mismo dice, germen del fascismo español.

En su tercer número reivindicaba "imponer violentamente su política". El siguiente número, que salía el 4 de abril, fue retirado por la policía.

La Segunda República Española (1931) llegó en medio de una fiesta popular que rápidamente derivó en una intensificación de la lucha de clases y del resto de las contradicciones acumuladas. El 4 de junio La conquista de Ramiro Ledesma salía a la calle con la proclama: "¡Viva la Italia fascista! ¡Viva la Rusia soviética! ¡Viva la Alemania de Hitler! ¡Viva la España que haremos! ¡Abajo las democracias burguesas y parlamentarias!".

Ramiro Ledesma, fundó en 1931 las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista junto a Onésimo Redondo, primera organización política española de categórico cuño fascista. Las JONS aspiraban a derarrollar un nacionalismo revolucionario de tipo fascista que pudiera competir con la izquierda entre las clases bajas. este grupo se caracterizaba por su nacionalismo radical (contra las autonomías regionales), la defensa del catolicismo (para Ledesma y Onésimo Redondo la religión era lo que para el nacismo la sangre aria ) y el anticomunismo (que se expresaba contra el movimiento obrero anarquista y socialista, dado el reducido tamaño del Partido Comunista de España).

Más adelante surgiría la Falange Española fundada por José Antonio Primo de Rivera. José Antonio, se interesaba ya a fondo en algo bastante parecido al fascismo (de cuño italiano) como vehículo capaz de dar forma y contenido ideológico al régimen autoritario nacional proclamado, con tanta inseguridad, como poco éxito por su padre. José Antonio no se mostró al principio opuesto a emplear la etiqueta de "fascista". Según Payne, la Falange no se diferenciaba en ningún aspecto significativo con el partido de Mussolini. LLegando en casos a utilizar su misma retórica. En ese ambiente se mimetizaron y adaptaron los lemas y símbolos fascistas (saludo romano, camisa azul, yugo y flechas, etc.).

En febrero de 1934 La Falange de José antonio se fusionó con las JONS de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. El entusiasmo de este último por Hitler, su oratoria demagógica y su indudable proclividad a los procedimientos violentos convirtieron a las Juntas de Ofensiva Nacional–Sindicalista por él fundadas en el sector más radical de la Falange.

Algunos otros intentos se quedaron en proyecto, como el Partido Laborista de Eduardo Aunós. Otros partidos de posturas extremas tuvieron componentes más tradicionales (conservadurismo, clericalismo, monarquismo o tradicionalismo): el Partido Nacionalista Español de José María Albiñana, Tradición y Renovación Española y el Bloque Nacional de José Calvo Sotelo. Aunque la mayor parte de la derecha tuvo una posición más posibilista, representada por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles, sus juventudes actuaban como un grupo de disciplina casi paramilitar (Juventudes de Acción Popular, JAP, de Ramón Ruiz Alonso).

La Guerra Civil supuso para el bando sublevado la unificación de todos los partidos políticos en un único Movimiento Nacional (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), que pretendía convertirse en el único cauce de participación en la vida pública y encuadrar todos los aspectos de la sociedad (Frente de Juventudes, Sección Femenina, Educación y Descanso) y de la economía, en un sistema corporativo (sindicato vertical). En lo político, la caracterización del modelo de gobierno de la dictadura del general Francisco Franco se ha hecho como fascismo (a secas o con distintos adjetivos: fascismo rural, fascismo clerical, ) o como un régimen autoritario. Para otros no es un fascismo puro, sino un régimen típicamente reaccionario, que adoptó oportunistamente en sus inicios una fachada hitleriana-mussoliana y que pretendía la reproducción feudal.

Posiblemente la razón principal de su prolongada existencia en el tiempo fue la visión pragmática de Franco tanto hacia el exterior como en el interior. Sus relaciones internacionales pasaron de la alianza con el Eje durante la guerra civil a la neutralidad en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial (benévola hacia el Eje pero manteniendo garantías hacia a los aliados). La invasión de Rusia provocó el reclutamiento de una División Azul que se reunió en el frente ruso con otras similares de los países satélites del nazismo. La derrota de Alemania condujo al aislamiento internacional, mientras se acogían en España a muchos de los líderes fascistas que huían de sus países (Degrelle, Pavelic, Otto Scorzeny, Hauke Pattist ). Tras una durísima posguerra de autarquía y nacionalcatolicismo, el franquismo supo aprovechar la oportunidad que le ofrecía la Guerra Fría para superar su aislamiento mediante la alianza con los Estados Unidos desde 1953.

No se admitía oposición interna, pero se administraban salomónicamente cuotas de poder entre las distintas familias del franquismo (azules o falangistas, militares, carlistas, católicos, tecnócratas). En los textos legales y las proclamas políticas, la autodefinición de su régimen evolucionó de ser un Estado totalitario en los años treinta (Fuero del Trabajo de 1938, de clara inspiración fascista italiana) a un impreciso Reino en los años cuarenta (Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1947) y una Democracia Orgánica en los sesenta (Ley Orgánica del Estado de 1967).

La revolución del 28 de mayo de 1926, ampliamente apoyada por sectores civiles, instauró un régimen autoritario militar, que desde 1932 fue gobernado por António de Oliveira Salazar, un profesor universitario. Al año siguiente se aprobó una Constitución que concentraba el poder en la figura del presidente, manteniendo la ficción de elecciones y bicameralismo. El periodo de cuarenta años posterior recibe el nombre de Estado Novo. La similitud con el fascismo se marcó con mecanismos de encuadramiento social, como la Mocidade Portuguesa (para la juventud), o la Legión Portuguesa (organización paramilitar, que fue la única parte del régimen salazarista que adoptó y defendió abiertamente las intenciones de Hitler para Europa, frente a una postura oficial neutral o favorable a los aliados). También se imitaron mecanismos propios del corporativismo económico y social italiano. Un partido rival, con características similares al fascismo, denominado Movimento Nacional-Sindicalista (MNS) de Francisco Rolão Preto, conocido como Camisas azuis (camisas azules), mantuvo una relación confictiva con Salazar, que acabó disolviéndolo; lo que condujo a una revuelta fácilmente reprimida (10 de septiembre de 1935). Preto (que acusaba a Salazar de instaurar un régimen fascista) se exilió y la mayor parte de los nacional-sindicalistas se integraron en la União Nacional (Unión Nacional), que desde 1934 era el único partido que se presentaba en las elecciones.

El apoyo discreto al bando sublevado en la Guerra Civil Española dio oportunidad a Salazar para el mantenimiento de una alianza estratégica con el gobierno de Franco, que se denominó Pacto Ibérico (1939).

No fueron ocupados durante la guerra. La presencia de movimientos fascistas fue poco importante, a veces puramente testimonial. Su nivel de desarrollo económico y social era posiblemente el más avanzado del mundo. Sus sistemas políticos demostraron una gran estabilidad y capacidad de respuesta a las crisis económicas y sociales. La tendencia a desentenderse de los asuntos europeos de la opinión pública interna en los Estados Unidos (al mismo tiempo muy implicados económicamente en la burbuja financiera de créditos e indemnizaciones entre vencedores y perdedores de la Primera Guerra Mundial), y la insistencia en mantener la política de no intervención y de apaciguamiento por parte de la mayor parte de la clase política británica; determinaron que su capacidad de gestión de la coyuntura internacional fuera muy deficiente, y la respuesta bélica en la primera fase de la guerra muy poco eficaz. No obstante, su capacidad de resistencia y la preservación de su identidad democrática fue finalmente decisiva y exitosa. La alianza coyuntural con la Unión Soviética duró poco más de lo que tardó en terminar la guerra.

La Unión Británica de Fascistas se creó en 1932. Nunca pasó de ser un grupo minoritario, aunque mantuvo actividades violentas contra judíos, sindicalistas y comunistas. Su sección de activistas se conocía como blackshirts (camisas negras) a imitación de los fascistas italianos, y fue prohibida en 1936. El partido entero fue ilegalizado en 1940, y su líder, Oswald Mosley, encarcelado durante todo el periodo de la Segunda Guerra Mundial.

Los Blueshirts (camisas azules) del Army Comrades Association (ACA), más tarde denominados National Guard (Guardia Nacional (Irlanda)) fueron un movimiento similar al fascismo, compuesto por veteranos del movimiento independentista (Irish Republican Army —IRA—, Ejército Republicano Irlandés) liderados por el general Eoin O'Duffy. Se fundó varios años después de la independencia, en 1932, y mantuvo enfrentamientos con otras organizaciones del movimiento nacionalista irlandés. El predominio ideológico del nacionalismo recientemente triunfante y un catolicismo fuertemente integrista caracterizaron la vida política y social de la Irlanda de entreguerras. Durante la Segunda Guerra Mundial Irlanda se mantuvo neutral.

La New Guard fue una organización paramilitar durante los años 1930s, e intentó derrocar violentamente al primer ministro de Nueva Gales del Sur. Tuvo miembros en distintas partes de Australia, pero sus socios y la base de apoyo predominantes estaban en Nueva Gales del Sur y en su capital, Sydney.

El Parti national social chrétien, Canadian National Socialist Unity Party o Christian National Socialist Party (Partido Nacional Socialista Cristiano), fundado por Adrien Arcand en 1934, tenía una sección violenta, denominada Blueshirts (camisas azules) dedicada a agresiones callejeras a izquierdistas, inmigrantes y miembros de grupos raciales minoritarios. Su programa ultranacionalista era pan-canadiense, de integración de la comunidad francófona y la anglófona. También incorporaban el antisemitismo y la admiración por Hitler y el nazismo. Alcanzaron alguna representación electoral y una militancia de algunos miles de miembros, sobre todo en la zona de Quebec, Alberta y Columbia Británica. Fueron prohibidos en 1940, como otros grupos menores: la Canadian Union of Fascists (Unión Canadiense de Fascistas, vinculados al grupo británico de Mosley) y el Canadian Nationalist Party. Arcand volvió a intentar la unificación de estas corrientes bajo el nombre de National Unity Party (Partido de la Unidad Nacional) en 1949, con poco éxito electoral.

Existieron grupos fascistas durante la década de 1930. Por ejemplo, la Silver Legion (Legión de Plata) de William Dudley Pelley y el German American Bund o German American Federation (Federación Germano-americana) de Fritz Kuhn abiertamente apoyados por la Alemania nazi en esa época, y que funcionó como un lobby o grupo de interés y presión política. Al mismo tiempo, la radio católica acogía al padre Charles Coughlin, que comenzó a mostrar simpatía hacia el nazismo y un fuerte anti-semitismo. El American Nazi Party de George Rockwell fue un pequeño grupo en las décadas siguientes, que apoyaba el movimiento White Power (supremacismo blanco) y se oponía al creciente movimiento por los derechos civiles.

Se ha sugerido la similaridad con el fascismo de otras personas, organizaciones e instituciones: el gobernador y senador Huey Long fue acusado de implantar un régimen de mano dura en el estado de Louisiana. Las simpatías fascistas y el apoyo hacia Alemania e Italia de muchas de las familias más ricas de los Estados Unidos se apuntó en las cartas de William Dodd, embajador en Alemania, así como los pagos a periodistas por parte del magnate de la prensa William Randolph Hearst que propició artículos favorables hacia la Alemania nazi. La preocupación por cuestiones similares se reflejó en una novela semi-satírica: It Can't Happen Here, (No puede ocurrir aquí) de Sinclair Lewis, publicada en 1935.

En 1933, se denunció una conspiración para derrocar al presidente Franklin D. Roosevelt mediante un golpe militar. Esta presunta conspiración, cuya existencia real es difícilmente demostrable, se conoció como el Business Plot (Complot de los Negocios), porque teóricamente involucraba a la élite industrial y financiera, cuyos intereses se suponían amenazados por la política del New Deal. Se desveló ante la opinión pública cuando el general de los marines retirado Smedley Butler testificó ante el Comité McCormack-Dickstein del Congreso que había sido tanteado por un grupo de altos intereses económicos, liderado por los imperios industriales DuPont y J. P. Morgan, para orquestar un golpe fascista contra Roosevelt.

Desde puntos de vista opuestos (tanto conservadores como izquierdistas), se ha propuesto que el mismo Roosevelt tomó prestadas ideas del fascismo europeo de los años 30, aunque tal cosa difícilmente puede determinar que se le califique a él o a su política de fascista. Es habitual comparar la cartelización de la industria italiana realizada por Mussolini y la que realizó Roosevelt en la industria estadounidense mediante la National Recovery Act. Los gobiernos fascistas solían adoptar políticas económicas favorables a los grandes negocios, buscando proteger y consolidar grandes empresas nacionales, favoreciendo a los principales empresarios con monopolios y oligopolios, en lo que se ha venido a denominar corporativismo. Alguna de las críticas a Roosevelt le acusan de haber emprendido políticas similares en la esperanza de que el esfuerzo combinado de la gran empresa sería capaz de sacar al país de la Gran Depresión (véase New Deal y corporativismo).

Con anterioridad a la Revolución de 1917 funcionó un grupo denominado Centenas Negras, que podría considerarse como un precedente del fascismo. Después, los partidarios del régimen zarista u opuestos a los bolcheviques y apoyados por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial formaron el Movimiento Blanco, que llegó a controlar amplias zonas durante un corto periodo de tiempo en la Guerra Civil Rusa (1918-1922). Su programa ideológico, que se definía sobre todo por los círculos de emigrados rusos (muy activos en París y Londres), se basaba en el conservadurismo (en defensa económica de los intereses de terratenientes y burguesía; y religiosa de la Iglesia Ortodoxa Rusa -políticamente no había una definición tan clara, entre la autocracia zarista y la democracia representativa más al gusto de los aliados, pero siempre opuesta a los soviets-), el anticomunismo y el antisemitismo. El nacionalismo también era un rasgo muy evidente, sobre todo contra el internacionalismo proletario, y por razones obvias, se prefería nombrar a sus adversarios por el nombre de Komintern. No obstante, la rusificación de la Unión Soviética a partir de la época de Stalin, que utilizó extensamente los instrumentos movilizadores del nacionalismo y el antisemitismo, así como el culto a la personalidad, compitió con eficacia en esos campos (por ejemplo, al denominar la Segunda Guerra Mundial como Gran Guerra Patria).

Con efecto más militar que ideológico, durante la guerra existió un Movimiento de Liberación Ruso (Русское Освободительное Движение) e incluso un Ejército de Liberación Nacional Ruso del que fue parte fundamental fue la Brigada Kaminsky que combatió bajo las órdenes alemanas y llegó a gobernar la República Lokot o Autonomía Lokot (Локотскoe Самоуправление) en los óblast de Kursk y Oryol, dirigida primero por Konstantin Voskoboinik y tras su muerte por Bronislav Kaminski. En Serbia tuvo actividad un Cuerpo de Guardia Ruso en Serbia (Русский Охранный Корпус, Русский Корпус в Сербии, Russisches Schutzkorps Serbien).

En el periodo posterior al derrumbe de la Unión Soviética, en la Federación Rusa han aparecido movimientos y personalidades políticas de extrema derecha, que recuperan el antisemitismo y el nacionalismo exacerbado, como Vladímir Zhirinovsky y otros más minoritarios, incluso de estética neonazi.

La ideología japonesa que suele denominarse nacionalista, expansionista, imperialista o militarista, guarda cierta relación con el fascismo, además del hecho de que Japón formó parte de las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y que la ocupación japonesa de extensos territorios en Asia permite de algún modo la comparación a la de los alemanes e italianos en Europa. Existió en los años 20 y 30 una organización dentro del ejército que pretendía instaurar un gobierno militar totalitario: la Kōdōha (Facción del Camino Imperial), que aunque nunca llegó a formar un partido político, sí intervino en política, e incluso intentó tomar el poder mediante fallidos golpes de estado entre 1934 y 1936. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial el peso del ejército incluso aumentó.

Existió un movimiento intelectual ultranacionalista, el Yuzonsha, en el que pueden encontrarse similitudes con los intelectuales fascistas europeos: sus representantes serían Ikki Kita, que evolucionó a un pensamiento cercano al fascismo en Un esbozo de plan para la reorganización de Japón (日本改造法案大綱 Nihon Kaizo Hoan Taiko, 1923) y Shūmei Ōkawa (Japón y el camino japonés, Nihon oybi Nihonjin no michi, 1926), cuyo pensamiento ha sido calificado de panasianismo. Ambos se involucraron en los intentos de golpes de estado, siendo ejecutado Kita y encarcelado unos años Ōkawa, que continuó popularizando la idea del inevitable choque de civilizaciones con Occidente, en que Japón debía asumir el papel de liberador y protector de Asia. Fue procesado como criminal de guerra de clase A por el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente.

El Kuomintang desarrolló una sección secreta, que actuó como una policía secreta y fuerza paramilitar, denominada de varias formas, entre ellas como Sociedad de Camisas Azules (藍衣社 en chino). Estuvo bajo la dirección de Chiang Kai-shek y sus miembros provenían inicialmente de la Academia Militar Whampoa. A través de ella se buscaba liderar el partido Kuomintang y la propia República de China con una cierta similitud con el fascismo europeo, que a veces se ha calificado de fascismo confuciano. El principal ideólogo, Liu Jianqun (劉健羣), había sido influido por lecturas sobre el fascismo europeo y escribió un panfleto titulado Algunas Opiniones Sobre la Reforma del KMT, donde, entre otros rasgos propios de los movimientos fascistas, proponía el uso de camisas azules para identificarse. Su influencia se extendió del sistema militar al político, y a la vida social y económica de la China de los años 1930. El auge y caída de la Sociedad de Camisas Azules fue rápido, aunque oscuro. En raras ocasiones se refiere la posibilidad de la continuación de sus actividades tras el establecimiento de la República Popular de China en el continente y la limitación del ejercicio del poder del KMT a Taiwan.

El Partido de las Falanges Libanesas (en árabe حزب الكتائب اللبنانية Hizb al-Katā'ib al-Lubnaniyya), conocido como Kataeb (Falanges) fue fundado en 1936 por Pierre Gemayel, siguiendo los modelos italiano y español, entre los cristianos maronitas del Líbano. La dimensión ideológica del partido siempre fue menos importante que su componente identitario religioso, que aglutina a una comunidad nítidamente definida en la sociedad libanesa, segregada entre cristianos y musulmanes. Su lema es Dios, Patria y Familia. Su ideología es nacionalista, más particularmente fenicista (por la idealización del pasado fenicio), contraria al nacionalismo árabe. La situación de dependencia colonial de Francia llevó a la Falange a luchar junto con los también libaneses musulmanes sunitas. Tras la independencia, desde 1948 se alió con el nuevo estado de Israel para compensar el aumento de población musulmana por la llegada de refugiados palestinos. Tras sufrir varias escisiones sigue existiendo en la actualidad, y la familia Gemayel sigue liderándolo.

En 1938 se fundó dentro de la comunidad de afrikáner sudafricano el Ossewabrandwag (literalmente "Centinela del Vagón de Bueyes", OB), un partido de inspiración nazi, con un grupo paramilitar denominado Stormjaers (Cazadores de tormentas). Durante la Segunda Guerra Mundial, en la que se oponían a ayudar a Inglaterra frente a Alemania, realizaron actos de terrorismo y algunos de sus dirigentes fueron encarcelados, pero el partido nunca llegó a ser prohibido. Tras 1945, varios de sus miembros pasaron a ocupar puestos de responsabilidad en el régimen del apartheid. En particular, John Vorster llegó a ser primer ministro de 1966 a 1978.

La cercanía cultural e idiomática hizo que para algunos grupos intelectuales y políticos desde los años treinta fuera más fácil la identificación con el nombre de la Falange Española que con el del fascismo italiano o el nazismo alemán, y surgieron movimientos con ese nombre en muchos países latinoamericanos, con muy distinta evolución a lo largo del tiempo.

En México, sobre todo a partir de la crisis económica de 1929 que hacía para algunos colectivos menos aceptable lo que percibían como una gran presión migratoria, surgieron numerosos grupos de carácter ultranacionalista y xenófobo o racista (alguno particularmente antisemita, otro antichino), que se conocían como dorados o camisas doradas. Tuvieron una presencia puntual entre algunos colectivos de comerciantes. Se destacaron en enfrentamientos callejeros con sindicatos izquierdistas en 1935.

En Brasil hubo en los años 30 un movimiento similar al fascismo, la Ação Integralista Brasileira (Acción Integralista Brasileña, AIB) de Plínio Salgado, que sacó su nombre de un movimiento antiparlamentario, tradicionalista y monárquico de comienzos de siglo en Portugal, el Integralismo Lusitano. Utilizaba una adaptación de la parafernalia fascista: camisas verdes, el símbolo sigma (Σ) y el saludo romano con el grito Anauê! («¡Eres mi hermano!», en tupí). Su relación con Getúlio Vargas fue conflictiva, incluyendo un intento de golpe de estado en 1938, tras el que se desintegró el movimiento.

Es objeto de controversia la identificación o no con el fascismo de movimientos muy opuestos entre sí: por un lado los que suelen calificarse de populismo (como el peronismo argentino, el APRA de Haya de la Torre en Perú, o el Estado Novo de Getúlio Vargas en Brasil); y por otro las dictaduras militares latinoamericanas que van desde la dictadura de Trujillo en la República Dominicana al Genocidio guatemalteco, pasando por el llamado Proceso de Reorganización Nacional de Argentina, la Dictadura cívico-militar en Uruguay, el Régimen de Pinochet en Chile o el régimen militar de Hugo Banzer en Bolivia. Los regímenes más prolongados en el tiempo fueron el somocismo de Nicaragua (1937–1979) y la dictadura de Stroessner en Paraguay (1954–1989).

El fascismo en sus expresiones más tradicionales resurgió en las décadas de los 80 y 90 del siglo XX bajo los nombres de neofascismo y movimiento neonazi, que en sus formas más marginales reproduce la estética retro y actitudes similares (violencia juvenil callejera). Como movimiento político de presencia institucional, en Italia apareció después de la Segunda Guerra Mundial bajo la forma del partido político Movimento Sociale Italiano (Movimimiento Social Italiano, misinos), que con el tiempo buscaría una presencia más asumible por el régimen político democrático bajo el nombre de Alleanza Nazionale (Alianza Nacional) y se redefinió como postfascista, llegando al gobierno italiano (Giancarlo Fini, bajo la presidencia de Silvio Berlusconi, 1994).

Desde finales del siglo XX han aumentado las posibilidades electorales de los partidos que basan su propuesta política en distintas ofertas de dureza contra la inmigración y mantenimiento de la personalidad nacional. Además de en Italia, en varias democracias europeas la presencia de partidos de extrema derecha, o personalidades con un pasado nazi o fascista han llegado a ocasionar incluso problemas internacionales: fue el caso del escándalo por la llegada de Kurt Waldheim a la presidencia de Austria (1996) o la entrada en el gobierno del mismo país del Freiheitliche Partei Österreichs (Partido Liberal de Austria, FPÖ) de Jörg Haider en 1999. En los Países Bajos ocurrió un caso similar con la Lijst Pim Fortuyn (Lista Pim Fortuyn, LPF) en 2002. En Francia, la inesperada posibilidad de que Jean-Marie Le Pen (Front National, Frente Nacional) pudiera llegar a la presidencia de la República, llevó a una agrupación del voto de todo el espectro político de izquierda a derecha en su contra en las elecciones de 2002.

El concepto, tal como fue utilizado originariamente por Jürgen Habermas, designaba a los movimientos terroristas de extrema izquierda de los años 60. En la actualidad se ha extendido su uso, que en Estados Unidos se hace para calificar peyorativamente a cualquier ideología izquierdista y en los medios afines a Israel para hacer lo mismo con los críticos a este Estado, de un modo similar al epíteto antisemita.

El surgimiento en la escena internacional del fundamentalismo islámico a partir de la revolución iraní (1979) y su extensión a otras repúblicas islámicas, así como al terrorismo internacional, ha puesto de manifiesto la posibilidad de un totalitarismo de corte religioso, que emplea técnicas violentas de algún modo comparables al fascismo; para calificarlo peyorativamente se ha venido utilizando el epíteto de islamofascismo, aunque tales movimientos ideológicos son bastante alejados entre sí. También es habitual señalar las similitudes con el fascismo de movimientos denominados fundamentalismo cristiano, que en algún caso se han llegado a denominar cristofascismo.

El epíteto fascista se aplica con fines peyorativos de forma muy extendida el lenguaje coloquial, y muy frecuentemente también en todo tipo de literatura, sobre todo a efectos polémicos o descriptivos, más allá de su adecuación o no a una estricta correspondencia con la ideología o los regímenes políticos fascistas. Se asocia con las posturas políticas de extrema derecha y las ideas y actitudes racistas, intolerantes o autoritarias; y al desprecio por el diferente, el marginado, el que no que piensa del mismo modo o las minorías.

Edward Malefakis, La dictadura de Franco en una perspectiva comparada, en García Delgado Franquismo: el juicio de la historia. Ediciones Temas de Hoy, 2000, p. 28, citado por Vicenç Navarro, en Franquismo o fascismo (Reformaenserio, abril 2001).

Las estructuras de poder externas al estado son potenciales rivales del propio poder estatal, por lo que los estados siempre tienen alguna razón para pretender su abolición; el comunismo da rienda suelta a esta pulsión. Pero las estructuras de poder externas al Estado son también potenciales aliados del Estado, particularmente si sirven para reforzar los hábitos de subordinación y acatamiento entre la población, y por tanto, siempre existe la oportunidad potencial de una alianza mutuamente beneficiosa; aquí mismo descansa la estrategia fascista.

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